Archivo de septiembre, 2010

La mar de Xàbia

La terra valenciana (III)
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Cosmos, de Carl Sagan

Desde hoy, con el diario Público

Supongo que esto es publicidad, pero me da lo mismo: representa también una buena ocasión para que Cosmos llegue a más hogares, y eso me parece importante.

Carl Sagan en Cosmos

Carl Sagan en Cosmos

Cosmos, un viaje personal es la obra maestra de Carl Sagan, probablemente el mejor divulgador de la ciencia y de las maravillas que se esconden tras la ciencia, tras la curiosidad, tras la capacidad de maravillarse, tras el pensamiento racional y el humanismo secular. Es la clase de cosa que debería estar en cada hogar, pues resulta imposible ver Cosmos y no empezar a hacerse preguntas, a indagar respuestas, a mirar al cielo y a la tierra con otros ojos, con otra mente y con otro corazón.

Hay quien dice que Cosmos ha envejecido, que la ciencia ha avanzado mucho en estos años, que por muy buena que sea es ya un producto antiguo. Yo, la verdad, me la acabo de ver de pe a pa y lo más que podría añadir son unas cuantas notas a pie de página; la mayor parte, para situar el contexto. El resto sigue siendo perfectamente válido, perfectamente actual, e incluso tan adelantado a su tiempo como lo era la primera vez que se emitió. Cosmos sigue hablando del futuro –de nuestro futuro– más aún que del pasado. Ignorando las ropas y peinados ochenteros y con una poca habilidad para leer entre líneas cuando Sagan habla de los peligros y esperanzas para la Humanidad, Cosmos ha envejecido mejor de lo que yo recordaba. Sobre todo, sigue siendo igual de íntegra y veraz. Sigue sin contar mentiras, algo cada vez más raro. Sigue siendo la mejor televisión posible, dedicada a instruir y fascinar mentes inquietas, no a embrutecer mediocridades o adular suficiencias. Sigue hablando de cosas verdaderas con honradez sencilla.

Cosmos, un viaje personal.

Polvo de estrellas

La Humanidad forma parte indisoluble, indistinguible del cosmos. Todo lo que somos surgió con el mismo universo y en el corazón de las estrellas. En palabras de Sagan, somos polvo de estrellas.

Tú y yo formamos parte indisoluble, indistinguible, del cosmos. Somos materia y energía, existimos en el espacio y el tiempo, evolucionamos con la entropía, la fluctuación, la luz y el calor. No hay tanta diferencia entre tú y yo y los peces y los diamantes y las estrellas. Nuestra naturaleza es la misma; somos –muy, muy profundamente– la misma cosa. Para ti, para mí y para todo lo que existe, el cosmos es algo personal.

Y esta es la auténtica historia más grande jamás contada: la historia de todo y de todos, de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que seremos. Comprender el cosmos es comprendernos a nosotros mismos; entender tu ser profundo y el mío. De dónde venimos, dónde estamos, a dónde vamos y qué pintamos aquí, suponiendo que pintemos algo. Acompáñame. Vamos a descubrir, vamos a aprender, vamos a soñar cosas ciertas.

Es un muy largo viaje el que nos trajo hasta aquí, iniciado cuando tus primeros quarks y electrones surgieron en un lugar y tiempo de extrema energía. Ahora, vivimos en un universo a escalas inmensas, lleno de realidades asombrosas, desde la materia más minúscula hasta las grandes murallas estelares. Pasando, claro, por la vida: las plantas, los animales, tú, yo.

También ha sido un largo viaje de conocimiento, aprendizaje y evolución personal colectiva. Desde que algún retatarabuelo miró a las estrellas y se preguntó qué había allí hasta las naves que surcan el espacio profundo y observan galaxias lejanas, hemos vivido una fascinante aventura de curiosidad, maravilla, imaginación, escepticismo y pensamiento científico. Sobre las cenizas de aquella Biblioteca de Alejandría donde pereció el saber de la Antigüedad, hemos terminado por comenzar a entender. Poco a poco, hemos empezado a aprender.

Aprender estas cosas verdaderas es nuestro derecho, pues nos hace más sabios y mejores; y también nuestro deber, porque sin saber qué somos y cómo llegamos hasta aquí difícilmente podremos conocernos bien y empujar hacia un futuro mejor. Así pues, vamos a compartir desde este domingo el viaje personal de Carl Sagan, el astrofísico del pueblo, porque es nuestro propio viaje personal. Sí, el tuyo también. ¿O acaso tú no formas parte del cosmos, de la realidad?

En las orillas del Océano Cósmico.

El universo al que pertenecemos es un universo de escalas inmensas, que se observa a sí mismo con ojos humanos desde una minúscula cala en las orillas del Océano Cósmico. Y es en esta calita donde Carl Sagan, el astrofísico de la gente sencilla, inicia su viaje personal por el universo que somos; el viaje personal de todos nosotros, el de todo lo que existe.

Carl Sagan en su Biblioteca de Alejandría

Carl Sagan se adentra en su Biblioteca de Alejandría

Con En la orilla del océano cósmico, Sagan nos arrastra a un recorrido desde las distancias más grandes hasta las que mejor entiende la gente humana: galaxias, nebulosas, sistemas solares, planetas, la Tierra, el mar donde surgimos, la roca donde medramos. Así, comenzamos a descubrir nuestro lugar en el cosmos y nuestra verdadera dimensión.

Pero Sagan no se detiene aquí, sino que se adentra en otros dos largos viajes. Uno, desde los orígenes de la Humanidad, es el que nos ha permitido llegar hasta aquí, saber lo que sabemos, empezar a entender: la aventura fascinante del conocimiento, de la curiosidad, de la capacidad de maravillarse, del aprendizaje. La aventura de la ciencia, del método científico y del pensamiento racional.

Y con el segundo, nos lleva a otra larguísima odisea más: nuestro recorrido por el tiempo. Reduciendo la historia universal a un año –en uno de los muchos clásicos de la divulgación que caracterizan a Cosmos– podemos comprender los abismos temporales que permitieron la evolución del universo, de la Tierra, de la vida, nuestra propia evolución hasta ser lo que somos. Y seremos.

Dije al principio que Cosmos se realizó hace ya 30 años y la ciencia ha avanzado mucho desde entonces. Sin embargo, En la orilla del océano cósmico –por ejemplo– no ha envejecido más que estéticamente; y eso, en estos casos, hasta puede ser una virtud. Sólo cabría añadir que ahora no consideramos a Plutón como planeta, que el brazo galáctico de Carina-Cisne donde habitamos se define hoy como Orión-Cisne y que hemos encontrado algunas galaxias más en el Grupo Local. Todo lo demás que Sagan nos cuenta en este capítulo sigue siendo válido, actual, incluso adelantado a su tiempo y al nuestro. Hasta cuando nos habla de los riesgos que acechan a nuestro mundo –refiriéndose a las amenazas de la Guerra Fría que le tocó vivir– ya vislumbra los peligros para la posteridad. Los peligros de hoy.

Cosmos de Carl Sagan

Ah, sí, cada viernes publicaré una columnita en la sección de Ciencias (en papel y ocasionalmente también en la web), presentando el episodio de esa semana. ;-) De hecho, este post es una recopilación y ampliación de los dos primeros. Y no, ya sé lo que estás pensando, pero que conste que yo no me llevo ni un euro con todo esto. Hay cosas en esta vida que se hacen porque crees en ellas y quieres empujar hacia una sociedad, un futuro y unas personas un poquito mejores. Cosmos lo hizo con millones, incluyendo a este que te habla, y puede seguir haciéndolo hoy, aquí.

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Fuego

Una de las más viejas herramientas tecnológicas de la Humanidad
es también un interesantísimo y espectacular fenómeno químico
que nos introduce en las leyes de la termodinámica,
la física cuántica y la naturaleza de la entropía y el tiempo.

Llama de una vela

En una vela, la mecha entra en combustión con el oxígeno del aire para formar la llama.

Todos lo conocemos, casi todos nos hemos quedado hipnotizados viéndolo arder alguna vez. Desde la humilde cerilla o el hogar que da nombre a nuestras guaridas hasta las erupciones volcánicas, las tormentas ígneas de los grandes desastres naturales o humanos y las inmensas llamaradas del Sol, monumentales como muchos planetas Tierra, el fuego está ahí desde que hubo un ahí. Hasta cierto punto, se puede decir que este universo surgió con una gran ignición. ¿Qué es el fuego? ¿Por qué calienta e ilumina? Y, ¿de qué modos distintos llegó a sernos tan útil en nuestra evolución final?

De la naturaleza del fuego.

En realidad, las llamaradas solares o el Big Bang no son fuego en sentido estricto, sino fenómenos físicos de naturaleza distinta que sólo coinciden con él en que son capaces de emitir luz y calor. Hoy vamos a centrarnos en lo que los humanos hemos conocido como fuego desde tiempo inmemorial: esa cosa fantasmal que arde ante nuestros ojos con llamas bailarinas y nos calienta, nos ilumina y nos quema.

En principio, el fuego es un fenómeno químico bastante sencillo: rigurosamente hablando, consiste en la oxidación rápida y exotérmica de la materia mediante el proceso denominado combustión, aunque no haya llama ni humo ni ninguna de sus otras características más visibles. Vamos a ver lo que significa esto.

Una parte significativa de los átomos y moléculas que componen la realidad material que conocemos pueden combinarse con el oxígeno del aire, del agua o de cualquier otro lugar para producir óxidos. Aquí tenemos que quitarnos una idea preconcebida de la cabeza: la herrumbre u orín que vemos en los metales oxidados no es el óxido, sino sólo un tipo de óxido. Hay muchísimos más, que no tienen ese aspecto ni parecido. El agua, por ejemplo, es un óxido. H2O, ¿recuerdas? Dos átomos de hidrógeno primordial combinados con uno de oxígeno estelar. De hecho, se puede llamar sistemáticamente al agua monóxido de dihidrógeno (y también ácido hidroxílico y de otras maneras), lo que ha dado lugar a una deliciosa broma pedagógica que aprovecha el temor de mucha gente a todo lo que suene a química. Nuestro propio organismo está lleno de óxidos muy distintos desempeñando un montón de funciones biológicas, como por ejemplo en la respiración de cada una de nuestras células.

Agua

El universo está lleno de óxidos producidos como resultado de combustiones; por ejemplo, el agua, una combinación de hidrógeno y oxígeno.

En realidad, la oxidación puede darse con cosas que no son oxígeno; pero la que se da con oxígeno es muy común y la primera que se descubrió, hasta el punto de darle nombre a todo el fenómeno. Hay óxidos naturales y artificiales por todas partes, pues se trata de una de las reacciones más corrientes de la química que nos formó y nos mantiene aquí.

Cuando esta reacción de oxidación produce energía en forma de calor, siguiendo las leyes de la termodinámica química, decimos que es exotérmica y la llamamos combustión. La combustión puede ser muy lenta o muy rápida, y en ella siempre hay una sustancia que actúa de combustible y otra que actúa de oxidante o comburente. Como vivimos en la corteza de un mundo donde el oxígeno está bastante presente hoy en día, este oxígeno resulta ser el comburente más común a nuestro alrededor.

El combustible puede ser cualquier materia capaz de combinarse con el oxidante o comburente emitiendo calor en el proceso. Algunos de los combustibles más eficaces que existen se basan en el carbono, también muy abundante en la Tierra. De manera muy significativa, está presente en todo lo que vive (la vida en la Tierra está sustentada completamente en el carbono) o estuvo vivo alguna vez, desde la leña hasta el carbón o el petróleo y el gas natural. No en vano estas últimas sustancias se denominan hidrocarburos; es decir, compuestos de carbono e hidrógeno, que oxidan –se queman– muy bien con el oxígeno.

Nuestro propio cuerpo, muy rico en compuestos del carbono, sería un buen combustible si no fuera porque el 45-75% de agua que contiene tiende a detener la combustión (apagarla). El agua tiende a detener la combustión porque ya está quemada (oxidada); por tanto, no puede arder y además se mete por medio, bloquea y enfría la oxidación del resto de las sustancias que impregna. Este es el motivo de que, mal que les pese a muchos, el motor de agua no pueda ser.

El proceso de la combustión produce una o varias sustancias que incorporan los componentes del combustible y el comburente, aunque reorganizados de una manera distinta. Estas sustancias pueden ser de muchos tipos, pero las más conocidas son el sólido que llamamos ceniza (aunque, por ejemplo, podríamos considerar también al agua como una ceniza fría de hidrógeno y oxígeno) y una serie de componentes gaseosos que escapan en forma de llama y humo (el humo también suele arrastrar una parte de las cenizas más volátiles). La llama y el humo pueden ser visibles o invisibles por completo al ojo desnudo, según las propiedades de cada combustión en particular. Estas sustancias, si han ardido por completo, ya no pueden volverse a usar como combustible o comburente porque han completado la reacción y no les queda energía química para ceder.

En el corazón de la llama.

Como dije más arriba, la combustión puede ser muy lenta o muy rápida. Cuando es muy rápida, puede llegar a convertirse en una deflagración; y si es tan veloz que genera una onda de choque supersónica, entonces hablamos de detonación o explosión (aunque no todas las explosiones son el resultado de este tipo de reacción). Por ejemplo, la combustión muy rápida de un hidrocarburo del tipo de la gasolina con el oxígeno del aire en un motor de combustión interna –como en un coche o una moto– provoca una deflagración que mueve el pistón y con él al resto del motor.

Funcionamiento de un motor de combustión interna.
La ignición de una mezcla de hidrocarburos y oxígeno atmosférico
aporta la energía necesaria para moverlo.

Cuando la combustión es moderadamente rápida pero no tanto, entonces nos encontramos con el fuego que conocemos como tal. Y su parte más llamativa y fascinante es, naturalmente, la llama. La llama está compuesta por los gases calientes y las cenizas más volátiles que son resultado de la combustión y se alejan de la misma siguiendo principios físicos corrientes como la convección y las leyes que gobiernan el comportamiento de los gases.

Incandescencia

Los objetos muy calientes –como este hierro al rojo vivo o el filamento de la bombilla– emiten luz por incandescencia, un fenómeno cuántico.

Pero, ¿por qué brilla y calienta? Si no quisiéramos profundizar, podríamos decir simplemente que los objetos calientes emiten energía en forma de calor y luz, punto. Lo llamamos calor e incandescencia, y la mayoría de la gente se conforma con eso, pero nosotros no. ¿De qué forma una reacción química como la combustión puede producir luz y calor?

Cuando un cuerpo –sólido, líquido, gaseoso, lo que sea– aumenta su temperatura, es porque los átomos y moléculas que lo forman se han excitado. Un átomo desexcitado por completo estaría en estado fundamental y se hallaría a la mínima temperatura posible: aproximadamente 273,15ºC bajo cero, lo que llamamos el cero absoluto. Por eso esta es la temperatura más baja posible en nuestro universo: nada puede estar más inmóvil que quieto por completo, ni tener menos energía que ninguna energía en absoluto.

Sin embargo, el cosmos está lleno de energía capaz de provocar excitación y no hay nada en él que esté o pueda llegar al cero absoluto teórico: lo impide la Tercera Ley de la Termodinámica. Hasta el espacio profundo, vacío casi por completo, viene a estar a unos 270 grados bajo cero. Esos tres grados de diferencia (2’725 para ser exactos) se los aporta la radiación del fondo cósmico, que es resultado del Big Bang que nos fundó y omnipresente a este lado de la realidad. En los laboratorios humanos, con técnicas muy sofisticadas, se ha logrado alcanzar la friolera –literalmente– de cien billonésimas de grado por encima del cero absoluto. Y sin embargo, no es el cero absoluto. Todo lo que existe en este universo está en algún grado de excitación, aunque sea ínfimo.

En el momento en que algo está excitado, por poco que sea, decimos que se encuentra a una determinada temperatura; y además, puede transferir una parte de esa energía que lo mantiene excitado a otros cuerpos. Esta transferencia es lo que llamamos calor, y constituye uno de los mecanismos más esenciales mediante los que funciona la realidad. Sin calor, no habría entropía y este universo permanecería eternamente congelado en un absurdo estado inicial sin posibilidad alguna de variar hacia ningún otro estado; y, por tanto, desprovisto también de tiempo. Estaríamos ante un universo fallido. Por eso la Termodinámica es tan importante. Pero, ¿cómo pasa el calor a estos otros cuerpos, como por ejemplo nuestra piel, para que podamos sentir el calorcito de la hoguera (o el calor del Sol a través del vacío cósmico, de tal modo que la vida pueda existir)? ¡Ah! Aquí ya tenemos que profundizar un poquito más y adentrarnos en los valles extraños de la mecánica cuántica.

Calor cuántico.

Imagen infrarroja de una serpiente en torno a un brazo humano

Imagen infrarroja de una serpiente enrollada en torno a un brazo humano. Al ser un animal de sangre fría, la serpiente emite menos radiación térmica que un animal de sangre caliente como el humano. La radiación térmica es una forma de radiación electromagnética (fotónica), producida por los electrones saltando entre los distintos estados de excitación de los átomos que componen los cuerpos.

Una de las proposiciones más esenciales de la física cuántica dice que, en la escala de lo muy pequeño, la realidad no funciona de manera suave y continua sino abruptamente, a saltos entre distintos estados. Esto es: las cosas no ocurren de manera lineal, sino de cuanto en cuanto. Sí, exactamente por ese motivo se llama física cuántica; imaginativa que es la gente.

Entre otras cosas, los átomos que componen la materia están formados por dos partículas cargadas: el protón, con carga positiva, y el electrón, con carga negativa (más el neutrón, que no viene a cuento ahora). Estas partículas son lo bastante pequeñas para comportarse de manera cuántica. Particularmente, el electrón sólo puede existir en unos determinados orbitales alrededor del núcleo atómico (donde están los protones y neutrones). Es decir: o está en uno o está en otro, pero no está en el medio, ni pasa por el medio, ni nada parecido. Sí, ya, no es nada intuitivo eso de que algo pueda ir del punto A al punto B sin pasar por el camino intermedio (aunque, para empezar, el electrón existe como una nube de probabilidad con incertidumbre cuántica, o sea que ya te puedes hacer una idea de cómo va esto…).

Cuando un átomo es excitado (se calienta), sus electrones comienzan a saltar de cuanto en cuanto hacia orbitales cada vez más exteriores; si se excita mucho, terminarán por perderse y diremos que está ionizado. Cuando empieza a enfriarse, estos electrones –si no han escapado– retornan hacia los orbitales inferiores. Y aquí está el secreto: cada vez que un electrón salta a un orbital exterior lo hace porque absorbe un fotón, y cada vez que vuelve a uno inferior emite un fotón. Es decir: cuando algo se calienta absorbe fotones (de la radiación térmica circundante), pero en el momento en que empieza a enfriarse los emite hacia el exterior.

Habiendo fotones de por medio, estamos ante radiación electromagnética. El calor, la interacción más esencial de este universo, la que permite la entropía y el tiempo, se vehicula mediante esta forma de radiación electromagnética que llamamos radiación térmica, compuesta por estos fotones. Cuando un átomo recibe y absorbe fotones, sus electrones marchan a orbitales exteriores salto fotónico a salto fotónico: así es como se excita, se calienta. Y en cuanto comienza a enfriarse, de vuelta hacia un estado más fundamental, sus electrones (si no se han perdido) regresan también salto fotónico a salto fotónico, emitiendo uno cada vez. Por tanto, cuando un átomo recibe radiación térmica absorbe fotones y se calienta; y cuando se enfría, los vuelve a emitir, lo que calentará a su vez a otros átomos situados a su alrededor. Este fenómeno es uno de los campos de estudio fundamentales de la electrodinámica cuántica.

Por eso el fuego calienta. Por eso el Sol calienta. Por eso el universo está caliente y tiene entropía y tiempo. Por eso, también, tu cuerpo está caliente y es capaz de calentar. Lo hacen estos humildes, minúsculos fotones saltando de átomo en átomo cada vez que un electrón cambia de orbital. Desde el inicio del tiempo y para siempre jamás.

De la luz multicolor y la física cuántica.

Llama en gravedad cero

En gravedad cero, la convección no aleja de la mecha los productos incandescentes que producen la luz, lo que resulta en una llama esférica.

Este fenómeno de la electrodinámica cuántica explica por qué el calor se transfiere de unos cuerpos a otros: es obra de la radiación electromagnética térmica, a una frecuencia situada generalmente en el rango de los infrarrojos. Por eso, las cámaras que pueden ver en el infrarrojo detectan los cuerpos calientes.

¿Y la luz? Bueno, en apariencia la respuesta debería ser fácil: la luz no es más que esta misma radiación electromagnética a mayor frecuencia. Diríamos –y creíamos antiguamente– que, conforme aumenta la temperatura, los electrones brincan cada vez más rápido, los fotones se emiten a frecuencia mayor y la emisión térmica va desplazándose hacia el rango de la luz visible e incluso el ultravioleta –que son también radiación electromagnética, sólo que a una frecuencia superior–. Así, se pasaría de proyectar calor a emitir asimismo luz y…

…y tenemos un problema. No te supondrás que iba a ser tan sencillo, ¿no? :D

En apariencia debería ser así. Pero ya hemos visto que esto de la cuántica se comporta de maneras extrañas. Cuando un objeto sólido se calienta lo bastante, en efecto, la frecuencia de la radiación electromagnética que emite aumenta y pasa del infrarrojo a las regiones inferiores de la luz visible de color rojo: decimos que está al rojo vivo. Si se calienta aún más, la frecuencia sigue subiendo y va pasando a proyectar luz amarilla, después blanca (cuando decimos que está al blanco) y finalmente azul. Esto estaba ya estudiado a finales del siglo XIX: la Ley de Desplazamiento de Wien definía la frecuencia a la que la radiación es mayor para cada temperatura determinada y la potencia total emitida quedaba determinada por la Ley de Stefan-Boltzmann. Todo controlado, ¿eh?

Va a ser que no. Porque si la temperatura sigue aumentando, lógicamente la frecuencia tendría que seguir aumentando hacia el ultravioleta. Y en ese momento debería volverse invisible, puesto que el ojo humano no puede ver la radiación ultravioleta. Sin embargo, esto no ocurre: por muy caliente que esté un cuerpo, sigue siendo visible con su brillo blanquiazul hasta que se consume por completo, si es que se consume. ¡Oops! Parece que tenemos un problema aquí.

A principios del siglo XX, se intentó resolver este problema mediante la Ley de Rayleigh-Jeans. Y funcionaba bien, pero sólo hasta cierto punto, pues lamentablemente predecía que un cuerpo que estuviera en condiciones de equilibrio térmico con el ambiente circundante emitiría… energía infinita. Ajá, infinita. Como a todas luces esto no sucede en la realidad, sino más bien todo lo contrario (la luminosidad y por tanto la energía emitida por los objetos calientes comienza a reducirse a partir de cierta temperatura, mientras que el color se queda estancado en el azul), significa que toda nuestra comprensión de cómo funciona el mundo estaba mal de alguna manera muy retorcida: estábamos ante una violación mayor de las leyes físicas conocidas en su tiempo, la llamada catástrofe ultravioleta.

No te lo vas a creer: hubo que descubrir un nuevo ámbito de comprensión de la realidad para darle explicación. Este es ni más ni menos el origen de la física cuántica, o casi.

Catástrofe ultravioleta

La "catástrofe ultravioleta". Según la ley clásica de Rayleigh-Jeans, un cuerpo negro ideal debería emitir cada vez más luz conforme aumenta la frecuencia (o disminuye la longitud de onda) debido al incremento de temperatura, hasta un punto en el que estaría irradiando energía infinita. Como esto evidentemente no sucede en la realidad, hizo falta la ley cuántica de Planck para explicarlo.

Fue el supuestamente poco cuántico Einstein quien propuso aplicar la Ley de Planck, primera de la mecánica cuántica, para resolver este rompecabezas cósmico por fin. Y funcionó. Si la energía térmica emitida no lo hace de manera continua, sino en paquetes discretos –los condenados cuantos– con una energía proporcional a la frecuencia, entonces todo vuelve a tener sentido. Pues en el modelo clásico, esta energía quedaba distribuida uniformemente a lo largo de todo el rango de emisión y terminaba acumulándose hasta el infinito; mientras que en el modelo cuántico sólo lo hace en unos modos específicos, correspondientes a estos estados cuánticos discretos.

Dicho de otra manera: la energía electromagnética no sigue la descripción lineal clásica, sino que sólo puede oscilar o emitirse en paquetes discretos (cuantos) de energía proporcional a la frecuencia. Como resultado, el número de modos posibles para una energía determinada en oscilación a alta frecuencia se reduce, y con ella la energía promedio a tales frecuencias. Finalmente, la potencia radiada cae a cero y la potencia total emitida es finita (no infinita, como predecía la física clásica y obviamente no podía ser). Así, la Ley cuántica de Planck describe lo que sucede exactamente en la realidad.

Estos paquetes o cuantos de energía radiada se llaman fotones. Y así fue como comenzamos a comprender profundamente no sólo la luz y el calor, sino también la entropía y el tiempo que rigen nuestra existencia y evolución.

Fuego sobre la Tierra.

Los primeros indicios fósiles del fuego que conocemos en el planeta Tierra surgen con la aparición de las plantas terrestres, fuera del mar, hace unos cuatrocientos setenta millones de años. Antes de eso, no había muchas cosas que pudieran arder fuera del agua; y dentro del agua, las cosas arden fatal. Pero, sobre todo, la presencia de estas plantas aéreas incrementaron enormemente la presencia de oxígeno en la atmósfera. Cuando el oxígeno libre en el aire pasó del 13%, empezaron a producirse los primeros incendios forestales por las causas naturales corrientes, consumiendo parte de esta flora que había salido del mar. Dada su poca densidad y altura, no se piensa que estos incendios fueran muy espectaculares. Sin embargo, su combustión lenta comenzó a producir carbón vegetal; y este carbón vegetal nos informa de la presencia del fuego antiguo sobre la faz de nuestro planeta desde por lo menos el Silúrico.

No fue hasta la aparición de los grandes bosques, en el Devónico, cuando comenzaron a ocasionarse importantes incendios forestales. Sin embargo, hay que esperar hasta el Carbonífero –con mucha biomasa terrestre y mucho oxígeno aéreo– para ver fuegos a gran escala capaces de formar relevantes yacimientos de carbón (y hasta el 20% del carbón formado por este procedimiento es carbón vegetal fosilizado, lleno de evidencias y pistas sobre la larga evolución de la vida en el planeta Tierra).

Incendio forestal visto desde la estación espacial

Un incendio forestal en Utah, Estados Unidos, visto desde la Estación Espacial Internacional. Observatorio de la Tierra, NASA.

Hacia finales del Pérmico, durante el Gran Morir, los niveles de oxígeno atmosférico cayeron acusadamente y con ellos el número e intensidad de los fuegos; a principios del Triásico parece haber una significativa carencia de producción de carbones en la Tierra, lo que nos invita a pensar en una biomasa muy reducida tras la gran extinción. El fuego vuelve a hacer aparición con fuerza entre el Jurásico y el Cretácico. No obstante, la imaginería popular sobre un infierno global durante la extinción que se cargó a los dinosaurios es infundada: no hay indicios de que los incendios fueran más fuertes o extensos en este periodo que en los inmediatamente anteriores o posteriores.

Los custodios del fuego.

El fuego, por tanto, era un fenómeno generalizado y corriente cuando los primeros humanos aparecimos por aquí. Y desde el principio, estuvo vinculado a nuestra historia, con hondos significados simbólicos, religiosos, filosóficos y –por supuesto– de orden práctico.

Existen indicios de la presencia del fuego en las comunidades humanas, y quizás un cierto dominio del mismo, desde hace aproximadamente un millón y medio de años. En el yacimiento de Chesowanja (Kenia), poblado por homo erectus, se han encontrado restos de una especie de cerámica primitiva cocida a una temperatura de entre doscientos y cuatrocientos grados; no obstante, se trata de pruebas inconcluyentes. Por el contrario, no cabe la menor duda sobre su uso generalizado a partir del rango de los 200.000-400.000 años, y de hecho es uno de los elementos fundamentales para distinguir entre las culturas del Paleolítico Inferior y las del Paleolítico Medio.

El control del fuego aportó cambios significativos al comportamiento humano. Su calor y su luz nos permitió adentrarnos en lugares más fríos y en el corazón de la noche, ayudó a espantar animales peligrosos o molestos y mejoró nuestra nutrición mediante la ingesta de proteínas cocinadas. Richard Wrangham, de la Universidad de Harvard, piensa que el cocinado de determinados tubérculos permitió la evolución de dientes más pequeños y cerebros más grandes, junto a un aporte de energía adicional que nos dio alas para salir a cazar más a menudo.

En realidad, son incontables las cosas que el dominio del fuego hizo por nosotros, empujándonos constantemente hacia adelante por la senda de la humanidad y la civilización. El fuego es, seguramente, la tecnología estrella de la especie humana. Sin él, nunca habríamos desarrollado la cerámica, la metalurgia o cualquier otra tecnología capaz de sacarnos del Paleolítico, por no mencionar la electricidad, el motor de combustión interna, el vuelo aeroespacial o… la física cuántica, por ejemplo. También ha sido, con frecuencia, un destructor de civilización por vías accidentales o violentas; y hasta de esa destrucción surgieron más cosas nuevas. El fuego viaja con nosotros desde que empezamos a ser lo que somos; y seguirá acompañándonos en nuestro camino, bajo cualquiera de sus formas, por siempre jamás.

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Así funciona un arma termonuclear

De la  fusión, lo único que no sabemos hacer aún es contenerla.
Si no tenemos la menor intención de contenerla, por supuesto que sabemos encender estrellas. ¿Qué te creías?
Modelo del núcleo de un arma nuclear israelí

Modelo de producción del núcleo de fisión de un arma nuclear clandestina israelí. Fotografía obtenida por el Dr. Mordechai Vanunu mientras trabajaba en Dimona, en 1985.

Te dejamos en el post anterior entre un montón de esferas de metal tibio, con una bolsa de polvo blanco en las manos y un tipo de uniforme o bata blanca sujetando un termo de café pequeño en tu cara. Ya aprendiste la manera de hacer una bomba de fisión, como la de Nagasaki, o en general las primeras que ha realizado cualquier país. Sin embargo, tu acompañante habló de un tipo de arma increíblemente más poderosa. Habló de encender una estrella sobre una ciudad.

–Esa no me la voy a creer tan fácil –dijiste, o algo así.
–¿Y para qué te crees que es ese polvo blanco que tienes ahí y este termo que tengo yo aquí? –te contestó– Ese polvo es deuteruro de litio, que llamamos liddy. Y en este envase tengo un poquito de tritio.
–¿Y eso qué es? –preguntaste.
–La materia de la que están hechas las estrellas.
–No j*das.
–Ajá. Y las pesadillas, también.

La materia de la que están hechas las estrellas.

Las estrellas son, fundamentalmente, grandes cantidades de hidrógeno comprimido en un solo lugar por atracción gravitatoria entre sus átomos. Cualquier aglomeración de hidrógeno lo bastante grande terminará encendiéndose en forma de un sol, aunque sea un sol muy pequeñito y débil, como las enanas marrones. AB Doradus C lo hace con sólo 93 veces la masa de Júpiter.

¿Y esto a qué se debe? ¿Por qué se encendieron y se encienden las estrellas?

El hidrógeno es el elemento más antiguo y común que hay en este universo, por la sencilla razón de que es el más simple de todos: un solo protón con un electrón dando vueltas alrededor. La inmensa mayoría de la materia que se formó durante el Big Bang era hidrógeno –el Big Bang fue demasiado primario para producir nada más complejo–, y ahí sigue desde entonces. Como el hidrógeno es muy reactivo, a menudo se presenta combinado con otras cosas; por ejemplo, formando agua junto al oxígeno –que apareció junto al resto de elementos dentro de las mismas estrellas–. En realidad, todo y todos somos una mezcla del hidrógeno primigenio y polvo de estrellas, en palabras de Carl Sagan.

Tabla periódica de los elementos

Dado que lo que distingue a cada elemento de la materia es el número de protones en su núcleo, con independencia de los neutrones o electrones que contenga, la tabla periódica de los elementos está ordenada secuencialmente por esta cifra: el número atómico. Todo lo que tiene un solo protón en su núcleo es hidrógeno, todo lo que tiene dos es helio, y así sucesivamente hasta las más remotas islas de estabilidad de la materia.

Por otra parte, los elementos de este universo existen bajo la forma de distintos isótopos. Lo que define qué es una cosa es su número de protones: toda materia con un protón en su núcleo es hidrógeno, si tiene dos es helio, si tiene tres es litio y así sucesivamente. Sin embargo, el número de neutrones puede variar dentro de un cierto rango y no por eso deja de ser el mismo elemento. Normalmente existe una combinación más común de protones y neutrones, que constituye cada uno de los elementos básicos que conocemos, y otras más raras hasta que el núcleo se vuelve totalmente inestable y transmuta en otra cosa. Estas variantes del mismo elemento que tienen idéntico número de protones pero un número variable de neutrones se llaman isótopos.

Por eso ordenamos la tabla periódica de los elementos según el número de protones (número atómico), ya que el número de neutrones puede variar para el mismo elemento. Como hemos apuntado, un núcleo con un solo protón es siempre hidrógeno; pero si lleva dos es helio, y si carga tres será litio, sea cual sea su número de neutrones. Un núcleo con seis protones es siempre carbono. Setenta y nueve protones, y será oro. Noventa y dos protones, y tenemos uranio. Noventa y cuatro es plutonio. Y así con todos. Así existen en la naturaleza, así los organizamos en la tabla periódica y sobre esa base creamos elementos nuevos. Como querían –y nunca lograron– los alquimistas.

Para distinguir unos isótopos de otros, les añadimos un numerito detrás (o, más técnicamente, un superíndice antes de su símbolo). Este numerito representa la suma total de protones y neutrones en su núcleo. Por ejemplo, el uranio-235 (o 235U) se llama así porque contiene 92 protones y 143 neutrones: total, 235. El uranio-238 (238U) tiene 92 protones (esto no puede cambiar o dejaría de ser uranio) y 146 neutrones: total, 238. Así sabemos a qué isótopo nos estamos refiriendo. Los isótopos del mismo elemento tienen un comportamiento químico muy parecido, pero el físico puede llegar a variar bastante.

Otro isótopo muy conocido es el carbono-14 (14C), ampliamente usado en datación, con seis protones y ocho neutrones. La mayor parte del carbono natural es carbono-12 (12C), cuyo núcleo posee seis protones y seis neutrones. Comparando la presencia de uno y otro, podemos descubrir la antigüedad de las cosas (ya hablaremos más a fondo de este asunto). Esto ocurre con todos los elementos de este universo, con todo lo que somos.

Isótopos naturales del carbono

Los tres isótopos naturales del carbono: carbono-12 (6 protones y 6 neutrones), carbono-13 (6 protones y 7 neutrones) y carbono-14 (6 protones y 8 neutrones). En los tres casos es carbono, tiene el aspecto de carbono y se comporta químicamente como carbono, por tener seis protones (y forma parte de nuestro organismo, por ejemplo). Sin embargo, sus propiedades físicas varían. Por ejemplo, mientras que el carbono-12 y el carbono-13 son estables, el carbono-14 es inestable y radioactivo: emite radiación beta, uno de sus neutrones "extras" se transforma así en un protón y el núcleo se convierte en nitrógeno-14 (que tiene 7 protones y 7 neutrones), con el aspecto y las propiedades del nitrógeno (por tener 7 protones). Dado que la mitad de la masa del carbono-14 pasa a ser nitrógeno-14 cada 5.730 años aproximadamente (más o menos lo que llevamos de civilización humana), la presencia de este isótopo natural resulta especialmente útil para la datación precisa de objetos históricos.

El hidrógeno no constituye una excepción a todas estas reglas; sólo que, por razones históricas, le pusimos nombres propios a sus distintos isótopos. Con mucha diferencia, el isótopo más común del universo es hidrógeno-1 (1H), históricamente denominado protio. Esto es, un protón y ningún neutrón en su núcleo: si 1 + 0 = 1, pues estamos ante hidrógeno-1. Sin embargo, una muy pequeñita parte del hidrógeno que existe tiene un neutrón junto a su protón. Como 1 + 1 = 2, lo denominamos hidrógeno-2 (2H) e históricamente le pusimos el nombre deuterio y el símbolo D; una práctica antigua cada vez más abandonada por poco sistemática.

Isótopos naturales del hidrógeno

Los tres isótopos del hidrógeno. El protio y el deuterio son estables, pero el tritio no: uno de sus neutrones emite pronto una partícula beta y se convierte en un protón, dando lugar al helio-3 (2 protones, 1 neutrón). El hidrógeno-4, aunque existe, es en extremo inestable y pierde rápidamente su tercer neutrón para convertirse de nuevo en tritio.

Debido a sus características químicas, la mayoría del hidrógeno del universo está en forma de moléculas de dos átomos juntos (H2). Cuando uno de estos átomos es de hidrógeno-1 y otro de hidrógeno-2, se le llama hidruro de deuterio y se representa como 1H2H o HD. En la Tierra, en cambio, la mayor parte de este deuterio está combinado con otras cosas, como el resto del hidrógeno. Una de las más comunes es el agua: H2O. La inmensa mayor parte del agua natural es 1H2O, con el hidrógeno corriente. Sin embargo, una minúscula proporción es 1H2HO (óxido de deuterio-protio, a veces representado HDO) o bien 2H2O (óxido de deuterio, también representado como D2O). A estas formas de agua que tienen algún hidrógeno distinto del hidrógeno-1 se les llama agua pesada (porque la pesencia de los neutrones adicionales la hace pesar un pelín más por cada unidad de volumen).

Existe aún otro isótopo natural del hidrógeno, en proporciones aún mucho más pequeñas: el hidrógeno-3 (3H), llamado tritio y simbolizado T. Siguiendo la misma lógica, su núcleo continúa teniendo un protón (o dejaría de ser hidrógeno) y dos neutrones; 1 + 2 = 3. Resulta extremadamente raro y, a diferencia de sus hermanos, ya no es estable: uno de sus neutrones tiende a desestabilizarse, emitir un rayo beta y convertirse en un nuevo protón. ¿Dos protones en el mismo núcleo? Entonces ya no es hidrógeno: ahora es helio. Para ser exactos, helio-3 (3He).

El tritio es tan raro que incluso el producido en centrales nucleares vale unas mil veces más que el oro. Su suministro está estrictamente controlado y un particular sólo puede adquirirlo en cantidades minúsculas; casi siempre, para iluminadores por fosforescencia o experimentos científicos. Si intentas comprar algo más que microgramos, aunque tengas el dinero para pagarlo, algunas personas de humor muy esaborío van a hacerte una visita y preguntar por tu rollo. El deuterio, en cambio, es de venta casi libre y su precio a peso sólo duplica el del oro y anda cerca del rodio; tiene variadas aplicaciones industriales y científicas.

¿Y todo esto qué tiene que ver con las estrellas y con las armas termonucleares? ¡Todo! Porque el hidrógeno-2 (deuterio) y el hidrógeno-3 (tritio) son los dos isótopos del universo conocido que fusionan con más facilidad. ¿Y qué es fusionar?

Núcleos atómicos maniáticos.

Los núcleos pequeñitos pueden fusionar entre sí. Bueno, en realidad podría hacerlo cualquier núcleo, pero la cantidad de energía necesaria para lograrlo a partir de determinado tamaño no se concentra en el mismo punto en ningún lugar del universo conocido. Porque esa es una pega esencial de la fusión: hay que aportar mucha energía inicial para que llegue a producirse; lo que pasa es que cuando se produce, entrega un montón de energía aún mayor.

La razón de que haya que aportar tanta energía para que se produzca la fusión es bastante sencilla: simple repulsión electromagnética. Dijimos más arriba que los núcleos de los átomos están formados por protones (que tienen carga eléctrica positiva) y neutrones (que no tienen carga eléctrica, y por eso se llaman así); los electrones de carga negativa, por su parte, no están en el núcleo sino en orbitales cuánticos a bastante distancia del mismo.

Esto quiere decir que todos los núcleos tienen carga eléctrica positiva (la de sus protones); y cuanto más grandes sean, más (porque tienen más protones). ¿Recuerdas aquello de que polos opuestos se atraen y polos iguales se repelen? Pues eso: a los núcleos no les gusta mucho acercarse entre sí y se mantienen a una respetable distancia, los muy dignos. Para que se animen a arrimarse, hay que ponerlos ciegos de energía. Cuando se ponen bien calientes, se les quitan las manías. Lo que pasa es que eso requiere mucha calentura.

Más técnicamente, es preciso acelerarlos a temperaturas termonucleares para que se produzca la unión (y por eso la fusión fría no cuadra… ya hablaremos). Entonces los dos átomos se fusionan en uno solo, liberan un neutrón y con él una cantidad enorme de energía. En realidad, si contamos átomo a átomo, menos que con la fisión que vimos en el post anterior; pero la densidad energética de la fusión es muy superior, lo que se transforma en una liberación de energía mucho más grande por unidad de masa (por cada gramo de material “fusible” empleado, vamos). Si un kilogramo de uranio-235 military grade puede soltar 88 terajulios cuando fisiona, un kilogramo de deuterio-tritio (2H+3H) entrega 337 terajulios: casi cuatro veces más (ah, sí… la reacción materia-antimateria podría producir cerca de noventa mil terajulios por kilo). Por comparación, los explosivos convencionales más poderosos como el octanitrocubano generan una energía de 0,0000085 terajulios por kilogramo y el tradicional TNT, poco más que la mitad de este último; y nunca podrían hacerlo con una eficacia, instantaneidad y variedad energética tan grandes, por muchos órdenes de magnitud.

Repulsión y fusión nuclear

Polos opuestos se atraen, polos iguales se repelen. Los núcleos atómicos están compuestos por neutrones (sin carga) y protones (con carga positiva); como resultado, los núcleos en su conjunto son fuertemente positivos y por tanto se repelen con fuerza entre sí. En condiciones normales, esta repulsión los mantiene separados e impide que puedan llegar a fusionar. Sin embargo, a temperaturas termonucleares (millones de grados), los núcleos vibran violentamente y la inercia de estos movimientos es capaz de vencer a la repulsión electrostática, haciéndolos colisionar y fusionar entre sí con alta liberación de energía. En la imagen, dos núcleos de deuterio (hidrógeno-2) y tritio (hidrógeno-3) colisionan, fusionan y liberan un núcleo de helio-4 y un neutrón altamente energéticos.

Hidruro de litio

Hidruro de litio. En su variante isotópica deuteruro de litio ("liddy") constituye el combustible de fusión de las armas termonucleares.

El hidrógeno-1 fusiona mal, porque sólo tiene protones que tienden a repelerse fuertemente entre sí y carece de neutrones que hagan de mediadores. Sin embargo, el hidrógeno-2 (deuterio) y el hidrógeno-3 (tritio) lo hacen mucho mejor, precisamente porque poseen neutrones. La fusión más fácil de lograr, la que más pronto se produce, es la de deuterio + tritio para transformarse en helio-4 (helio común), un neutrón libre y 17,59 MeV de energía total.

–¿El tritio es lo que tienes en esa especie de termo de café? –preguntas entonces a tu guía.
–Exacto.
–¿Y el deuterio es lo que tengo yo aquí en las manos?
–Ajá. Pero combinado con otro elemento: el litio. Específicamente, en su isótopo litio-6.
–¿Y eso? ¿Litio, para qué?

De todas las reacciones de fusión posibles, la que une deuterio con litio-6 es la más energética de todas: genera dos átomos de helio y 22,4 MeV de energía. Se da la circunstancia de que el hidruro de litio es un viejo conocido de la química; esto es, una molécula compuesta por un átomo de hidrógeno y otro de litio. Sustituyendo el hidrógeno corriente por su isótopo hidrógeno-2 (deuterio) y el litio corriente (litio-7) por su isótopo litio-6, obtenemos una variante isotópica del hidruro de litio convencional que se llama deuteruro de litio-6 cuyo descubridor Igor Kurchatov denominó liddy. Al igual que el hidruro de litio, es un polvo blancuzco y un poco cristalino, no radioactivo, muy tenue y ligero; barato, estable y fácil de manipular.

Entonces miras con algún escepticismo la bolsa de polvo terrible al que llaman liddy, apartándotela quizá un poquito de la barriga, y apuntas:

–Pues no parece gran cosa.
–Eso es porque no lo has magreado bien –te contesta tu guía, con una risita.

Fusión.

En las estrellas, la energía para superar la repulsión electrostática viene dada por la gravedad, que atrae entre sí grandes masas de hidrógeno con su correspondiente porcentaje de deuterio y tritio. La gravedad va comprimiendo unos átomos contra otros hasta que la temperatura aumenta de tal modo debido al incremento de la presión que sus núcleos –cada vez más próximos y con mayor inercia– comienzan a fusionar y liberar energía. Entonces la estrella se enciende: ha nacido un sol. Y quiere estallar, pues la energía generada es mucha; pero la inmensa gravedad contiene su explosión hasta que alcanza un punto de equilibrio durante los siguientes millones de años (hasta que se va consumiendo el material fusionable).

Para encender una estrella con una ínfima fracción de esa masa, teníamos que encontrar una manera de sustituir la gravedad por otra fuerza igualmente capaz de superar la repulsión electrostática entre núcleos, aunque fuera durante un instante; y también de contener la reacción por un momentín mientras se completa. El problema es que la cantidad de energía necesaria para conseguirlo tiene que calentar el material fusionable a unas temperaturas equivalentes a varios cientos de millones de grados centígrados. Pero no hay ningún explosivo ni combustible en este mundo capaz de lograr algo así, por muchísimo.

Los Pilares de la Creación (Nebulosa del Águila)

Los Pilares de la Creación, un criadero de estrellas en la Nebulosa del Águila. La materia molecular de la nebulosa va colapsando sobre sí misma por atracción gravitatoria, formando discos de acreción en torno a esferas de gas, de donde surgen respectivamente los planetas y las estrellas. La esfera central, si es lo bastante grande, seguirá comprimiéndose hasta alcanzar temperaturas termonucleares, permitiendo así la fusión del hidrógeno que contiene. Ha nacido un sol.

Un momento… ¿cómo que no?

Pues claro que sí. Tenemos bombas atómicas, ¿no? ¡Lo vimos en el post anterior! Si recuerdas, cuando la energía emitida por la fisión del uranio-235 o el plutonio-239 pasa a la materia circundante, la calienta a temperaturas equivalentes a trescientos millones de grados o más. Tenemos una fuente de energía instantánea capaz de generar esa clase de calentón y transferírselo a un contenedor de materiales fusionables situado en las proximidades.

Así pues, sólo tenemos que encontrar una manera de mantener una cierta cantidad de materiales fusionables quieta en un sitio mientras le estalla una bomba atómica al lado. Lamentablemente, la explosión de una bomba atómica no es la clase de suceso que deja las cosas quietas y tranquilitas a su alrededor, y menos aún dentro del radio de aniquilación. Si pones algo al lado de un arma nuclear mientras detona, pasará a estado plasmático y se desintegrará sin importar de qué material esté hecho. Eso incluye al liddy este y a cualquier otra materia del universo conocido. ¿Cómo lo resolveremos?

La genialidad diabólica de Teller, Ulam y Sakharov.

Las primeras ideas consistieron en inyectar una mezcla de gases deuterio y tritio (que forman el combustible de fusión idóneo) en el centro de la esfera de implosión de un arma nuclear clásica. Esto tiene dos virtudes: la primera, sirve como estupenda fuente neutrónica para iniciar la reacción de fisión, en sustitución de las bolitas anteriores de polonio/berilio y cosas por el estilo. La segunda es que, cuando la fisión del plutonio se produce, va a fusionar una pequeña cantidad de este deuterio y tritio generando una cantidad aún mayor de neutrones y energía. Sin embargo, esta aproximación tiene enormes limitaciones.

Una de ellas es que, como vimos más arriba, el tritio sale enormemente caro: mil veces más que el oro. Un arma que use mucho tritio cuesta una fortuna, mucho más de lo que resulta prudente cuando tienes la intención de hacerte un arsenal con esta clase de dispositivos. Otra de ellas es que el tritio es inestable y decae naturalmente en forma de helio-3: si almacenas un kilo de tritio, en doce años y pico se habrá convertido en medio kilo de tritio y otro medio kilo de helio-3, que no nos sirve. Esto es indeseable y obliga a constantes mantenimientos y purificaciones del tritio del arma. Por otra parte, esta disposición básica no permite que las reacciones de fusión se completen eficazmente, pues el material resulta disgregado demasiado pronto.

Las armas nucleares en las que se ha inyectado deuterio + tritio en su centro, y/o se ha dispuesto a su alrededor en distintas formas, no son verdaderas armas termonucleares por el sencillo motivo de que la mayor parte de la energía no procede de las reacciones de fusión, sino todavía de las de fisión. Se llaman armas aceleradas por fusión (fusion-boosted), y pueden incrementar hasta un 20% la potencia original del arma de fisión hasta un máximo teórico de un megatón aproximadamente.

Vamos, que nos hemos quedado como estábamos. Tenemos un arma sólo un poco más potente, mucho más cara, igualmente limitada por debajo del megatón y aún más complicada y menos flexible. Sobre todo, aún no hemos aprendido a hacer estrellas. No mola.

Resulta fascinante descubrir cómo el equipo norteamericano y soviético dieron casi los mismos pasos, sin que hubiera mucho espionaje efectivo entre ambos para el proyecto termonuclear (a diferencia del nuclear). Ya se sabe que los equipos de similar cualificación, enfrentados al mismo problema, suelen alcanzar soluciones muy parecidas. Al final, la solución la encontró primero el equipo estadounidense encabezado por Edward Teller y Stanislaw Ulam: iban más avanzados por haber echado a andar antes por el camino de las armas atómicas, ya con el Proyecto Manhattan durante la Segunda Guerra Mundial, lo que se saldó con los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki.

Diseño Teller-Ulam

Diseño básico de Teller-Ulam. La radiación generada por un primario de fisión comprime una etapa secundaria concebida para ultracomprimir y calentar a temperaturas termonucleares un combustible de fusión.

Hay que decirlo: es una genialidad. Diabólica, terrible, lo que quieras, pero una genialidad. Se llama el diseño Teller-Ulam de fusión por etapas, y resuelve elegantemente de un plumazo todos los problemas anteriores (en la URSS fue redescubierto independientemente poco después, y allí se llamó la tercera idea de Sakharov). La idea consiste en situar los elementos de fisión y de fusión en etapas consecutivas, separadas entre sí, de modo que cada una active a la siguiente. Para lograrlo sin que todo resulte destruido antes de llegar a funcionar, se basa en un hecho simple: la energía generada por una bomba atómica está compuesta en gran medida por rayos X avanzando a la velocidad de la luz; mientras que el núcleo se expande a sólo unos mil kilómetros por segundo o cosa así (es decir, una tricentésima parte).

Vamos a aprovechar esa diferencia de velocidades para utilizar la energía del arma nuclear antes de que ésta destruya el contenedor de productos de fusión. Trataremos de crear un delicadísimo mecanismo de relojería que sólo empieza a funcionar cuando ya ha comenzado a dejar de existir y tiene que funcionar del todo antes de que termine de dejar de existir. Una tontería de nada, vaya.

La gran explosión, la gigantesca explosión.

Así pues, vamos a situar varios elementos en nuestra arma termonuclear. A un lado, colocaremos una pequeña bomba atómica: se llama el primario, porque es quien lo va a poner en marcha todo. Al otro lado, situamos el contenedor de productos de fusión, que está compuesto fundamentalmente por cilindros o esferas concéntricas de uranio-235 o plutonio-239 rellenas con este polvo que hemos bautizado como liddy –deuterio y litio–; este contenedor es el secundario. Entre ambos colocaremos espuma de poliestireno o un aerogel del tipo del FOGBANK, un disco de metal pesado (frecuentemente uranio-238) y un par de cosillas más que me temo que siguen siendo bastante secretas.

La idea es sencilla: lograr que la explosión de la bomba atómica normal (el primario) transfiera un porcentaje importante de su energía al contenedor de liddy cebado con plutonio (el secundario); de tal modo que el liddy se vea atrapado entre las reacciones de fisión del primario y las de las esferas de uranio y plutonio que lo contienen. Así se producirá un pico inmenso de energía, suficiente para que el deuterio y el litio que lo forman no sólo estén combinados químicamente sino que pasen a fusionarse físicamente. Pues, al hacerlo, liberarán una inmensa, una monumental cantidad de energía. La energía de las estrellas.

Disposición de las cabezas MIRV y la carga termonuclear en un ICBM

Disposición de las cabezas MIRV/MaRV y la carga termonuclear en un ICBM avanzado (en la fotografía, un RS-24 Yars ruso). El esquema interior del MIRV/MaRV es una estimación a partir de la información pública disponible al respecto. (Clic para ampliar)

Una vez organizado el montaje, la manera de ponerlo en marcha es muy simple. Sólo hay que hacer detonar la bomba atómica del primario y todo lo demás ocurrirá en cadena sin necesidad de ninguna otra intervención. Las fases van como sigue:

  1. El primario de fisión detona como vimos en el post anterior. Al hacerlo, emite grandes cantidades de rayos X y radiación gamma muy energéticos en todas direcciones. Una parte de este frente fotónico comienza a avanzar hacia la etapa secundaria.
  2. Entre el primario y el secundario se encuentra un sistema denominado etapa interetapas. La naturaleza exacta de este sistema es uno de los secretos mejor guardados de la historia, y después de medio siglo sigue sin llegar al público. Su función es participar en la contención de la detonación del primario pero, sobre todo, enfocar la energía del frente fotónico hacia el secundario de una manera específica exacta. La idea es que esta radiación caliente la cavidad interior de la bomba (“hohlraum”) de forma homogénea e incida sobre el secundario desde todos los ángulos a la vez.
  3. Toda esta energía viaja a la velocidad de la luz, y el equilibrio térmico en el interior del hohlraum se alcanza rápidamente. El material que contiene –espuma de poliestireno, FOGBANK o similar– pasa de golpe a estado plasmático. Ahora la carcasa del secundario se encuentra bombardeada desde todos los ángulos por la radiación que emite el primario, y además está sumergida en un plasma que aumenta su temperatura a gran velocidad.
  4. Debido a la elevada temperatura del plasma circundante, se inicia un fenómeno conocido como ablación en la superficie exterior del secundario. Los materiales sometidos a ablación van perdiendo partículas de fuera hacia adentro, lo que provoca una fuerza expansiva-compresiva por acción-reacción. Básicamente, cuando la cantidad de energía es muy alta –y con una bomba atómica estallando a pocos centímetros, la energía es muy alta– la ablación es muy rápida y esta fuerza adquiere todas las características de una explosión que comprime violentamente el combustible de fusión y el núcleo de plutonio-239 que hay en su interior.
  5. Cuando el núcleo de plutonio-239 del secundario (la “bujía”, sparkplug) se ve ultracomprimido por las fuerzas de ablación procedentes del exterior… pues se convierte exactamente en el núcleo de plutonio de una bomba atómica de fisión. O sea que fisiona y empieza a estallar como si fuera un segundo primario. Ahora el liddy está atrapado entre dos bombas atómicas detonando a la vez: la del primario y el plutonio fisionando en el núcleo del secundario.
  6. La carcasa del secundario (en ablación) suele estar fabricada de uranio-238. El uranio-238 no es fisible en condiciones normales, pero en situaciones de alta temperatura, presión y densidad neutrónica fisiona estupendamente. Y en estos momentos está comprimiéndose y desintegrándose entre el plasma de muy alta temperatura generado por la detonación del primario y la avalancha neutrónica procedente de la fisión del núcleo del secundario. Ya te puedes imaginar lo que pasa a continuación: fisiona a su vez, y además muy energéticamente.
  7. Con esto, el combustible de fusión está atrapado entre tres bombas atómicas estallando a la vez: dos concéntricas, que lo ultracomprimen, lo calientan a cientos de millones de grados y lo bañan en neutrones de alta energía; y la del primario que sigue suministrando grandes cantidades de energía a todo el conjunto para mantener el proceso.
  8. Entonces, ocurre una brujería de estas a las que los físicos son tan aficionados. Resulta que el liddy sería un magnífico combustible de fusión (la fusión deuterio-litio es la segunda reacción más energética de todo el universo, sólo por detrás de la materia-antimateria). Pero presenta dos problemas: su sección eficaz es relativamente pobre y además no produce neutrones. Esto significa que la probabilidad de que suceda es relativamente baja y encima no nos aporta neutrones para algo que va a venir después: tendríamos una bomba termonuclear flojucha. Sin embargo, esto no es problema: las avalanchas neutrónicas que proceden de las dos bombas atómicas entre las cuales el liddy está atrapado ahora fisionan sus átomos de litio y forman tritio. Rápidamente, el liddy –deuteruro de litio– se transforma en triddy –deuteruro de tritio– y eso es deuterio y tritio: exactamente la materia con la que fusionan las estrellas, también muy energética pero además con una sección eficaz altísima y abundante emisión neutrónica. La bomba está fabricando ahora su combustible sobre la marcha, incluyendo el costosísimo tritio, y en el proceso se está convirtiendo en una estrella pequeñita autocontenida por ablación.
  9. Fusión. Conforme el litio transmuta en tritio, la sección eficaz aumenta bruscamente y, a cientos de millones de grados y millones de atmósferas de presión, los núcleos de deuterio y tritio fusionan de repente. Eso provoca un rápido embalamiento energético y neutrónico, que dispara hasta otras cinco reacciones de fusión adicionales mediante distintas combinaciones de deuterio, tritio, litio y el helio-3 que se va formando en el proceso también. La estrella acaba de encenderse.
  10. La masiva andanada neutrónica instantánea producida por estas reacciones de fusión alcanza rápidamente al resto de metales pesados que aún se encuentran pulverizados en su entorno: el plutonio-239 de los núcleos del primario y el secundario, el uranio-235 o -238 de la carcasa del secundario y el uranio-238 de la funda exterior. Al hacerlo, realimenta enormemente sus reacciones de fisión, aumentando aún más la energía total del dispositivo termonuclear. La bomba Zar llegó a producir el 1,4% de la potencia de salida del Sol durante 39 nanosegundos.
  11. Detonación termonuclear. Las fuerzas de compresión y ablación ya no son capaces de contener este pico de energía monumental por más tiempo. Surge una densa esfera de radiación fotónica que se expande a la velocidad de la luz y otra sólo un poco más lenta de neutrones muy energéticos. La radiación fotónica (fundamentalmente en forma de luz, rayos X y radiación gamma) se transfiere velozmente al aire circundante, calentándolo y dilatándolo de manera explosiva. Los neutrones irradian y vuelven radioactiva la materia circundante. Se produce una gigantesca explosión, que a diferencia de las de fisión no tiene límite teórico. Con las más potentes que se llegaron a construir, no queda nada en decenas de kilómetros a la redonda.
Animación con el funcionamiento y efectos de un arma termonuclear

Animación con el funcionamiento y efectos de un arma termonuclear

No obstante, la ventaja más significativa de las armas termonucleares sobre las nucleares no es sólo su enorme potencia, sino su coste mucho más bajo y su mayor flexibilidad. ¿Coste bajo, con todos estos materiales exóticos? Sí: como la energía producida por unidad de masa es mucho mayor, la cantidad de material necesaria para hacer la misma bomba es significativamente menor. Una bomba de fisión de medio megatón, cerca de su máximo teórico, es un trasto inmenso atiborrado de costoso plutonio que necesita un bombardero pesado para transportarla; la misma bomba, pero en fusión, sale mucho más barata y además caben seis en la punta de cualquier ICBM. Y encima cuesta menos de mantener.

También, como hemos dicho, son más flexibles. Aumentar o reducir la potencia de un arma termonuclear es sencillo, lo que ha dado lugar a las armas de potencia variable o dial a yield. Mediante un mando analógico o digital que modifica algunas particularidades de la activación del secundario, es posible modificar la energía producida por el mismo entre la máxima permitida por el diseño y ninguna en absoluto (cerrando el secundario y dejando la detonación del primario a pelo). Otra flexibilidad de los explosivos termonucleares es que se puede variar su diseño para producir armas de propósito especial: bombas de neutrones, bombas exoatmosféricas de pulso electromagnético incrementado, bombas de radiación residual reducida o aumentada (la bomba del juicio final de Szilard) y un largo etcétera.

¿Por qué es tan difícil?

Pergeñar un precario petardo nuclear es relativamente fácil; no deja de ser una tecnología con 65 años de antigüedad. Cualquier doctorando en física nuclear de cualquier universidad del mundo debería ser capaz de parir un diseño básico con mayor o menor esfuerzo; cualquier país provisto de centrales nucleares y alguna industria debería poder construirlo con algún tiempo y gasto –mucho tiempo y mucho gasto si se quiere mantener la discreción–. Lo que ocurre es que acabas con un trasto monumental de poca potencia, menor eficiencia y casi nula utilidad militar en el mundo moderno. Es poco más que un juguete físico, a lo mejor capaz de lograr que a tu sector más patriotero y militarista se le ponga durísima, pero cuyas posibilidades prácticas son sumamente limitadas.

Lanzamiento de un SLBM Trident II D-5 desde un submarino en inmersión

Lanzamiento de un SLBM norteamericano Trident II D-5 desde un submarino en inmersión

En realidad, tú no quieres una bomba nuclear. Tú quieres una fuerza nuclear, compuesta por armas nucleares. Y, amigo mío, amiga mía, eso es una liga completamente distinta. Es como querer jugar la final de la Champions con el bravo y mítico Alcoyano C.D. Este es el momento en que la cosa comienza a complicarse. Para empezar, ahora ya no necesitas una cosa, sino dos: un vector –es decir: una manera de llevarla hasta su blanco– y un arma lo bastante pequeña y ligera como para que quepa en tu vector. Ops. Esto empieza a complicarse.

Como no vas a ponerte a trastear con ICBMs avanzados desde el primer día –más que nada, porque para eso necesitas un programa espacial de envergadura, o su equivalente– tendrás que apañarte con aviones. Siempre podrías lanzar tu trasto físico del tamaño de un turismo desde un Hércules o cosa parecida. Lo que pasa es que, por menos pasta de la que te va a costar todo el proyecto, podrías hincharte a comprar Eurofighters Tranche Sopotocientos y armamento aire-superficie con una potencia explosiva equivalente a muchas unidades de tu primitiva bomba atómica; lo cual, por cierto, sería bastante más flexible y adaptativo en una guerra real.

Quien empieza a adentrarse por el camino de las armas nucleares, debe saber que ese es un camino muy largo, con muchas bifurcaciones sin salida y con un coste inmenso. Para empezar, necesitas un enemigo; es una estupidez meterte en un lío semejante sin un enemigo claro, una estrategia definida y unos usos específicos. Este enemigo debe ser lo bastante poderoso como para que no puedas derrotarlo sin recurrir a las armas atómicas, pero al mismo tiempo no tan poderoso que su represalia te convierta a ti y a tu país entero en contaminación ambiental (a menos que pretendas jugar en la liga de la Guerra Termonuclear Total, claro; en tal caso, te sugiero ingresarte en un psiquiátrico porque tienes algún problema de percepción de la realidad).

El caso clásico de entrada tardía razonable en el mundo del armamento nuclear es el de India y Pakistán. India y Pakistán son dos países con muchos motivos para odiarse y muy pocos para quererse, centrados en un severo conflicto sobre partes importantes de su territorio; entre ellas, Bengala, Cachemira y el Punjab. En sesenta años han tenido cuatro guerras y cinco broncas serias. Más o menos desde 1971 India suele ganar estas trifulcas –a pesar del apoyo chino y estadounidense a Pakistán–, pero ambos saben que el día menos pensado el otro les da una sorpresa; mientras que, por otra parte, la victoria final resulta muy poco probable (e incluso indeseable: ¿qué haces tú mañana con ciento setenta y cinco millones de pakistaníes o mil doscientos millones de indios?). Este es el caso paradigmático que justifica un programa nuclear militar: enemigo claro, invencible –en el sentido de levantar la bandera sobre su Parlamento mientras sus últimas tropas huyen– y potencial de conflicto nítido y constante. “Potencial de conflicto” del tipo de cuatro guerras recientes y a la espera de la quinta, no meras paranoias patrioteras o simplemente racistas y xenófobas.

Sólo en una situación así, el inmenso coste y esfuerzo de poner en marcha un programa nuclear militar tiene algún sentido razonable. Al principio, porque pueden decantar a tu favor una guerra que de otro modo tendría un resultado incierto; después, porque disuaden al oponente de comenzarlas. En el proceso, porque te otorga palancas negociadoras que no podrías obtener de ninguna otra manera. Eso sí, prepárate a adoptar en tu país la filosofía del pakistaní Zulfikar Ali Bhutto: “comeremos hierba, pero haremos una bomba nuclear”. Si no tienes razones muy buenas (y recursos igualmente buenos) para implantar semejante política, más vale que lo dejes estar.

Este es un poder grande, duro y fuerte; quienes lo adquirieron, lo hicieron con presupuestos prácticamente ilimitados y porque temían a otros hombres más que al mismísimo demonio. En cuanto ese miedo cedió un poco, los esfuerzos para reducirlo han sido constantes. Muchos países se han declarado a sí mismos zonas libres de armas nucleares. Ellas siguen ahí, en sus guaridas, acechando día y noche la vida de todos y los destinos de la Humanidad; pero quizá hayamos aprendido algo de tanto miedo y necedad. Las armas termonucleares no se pueden desinventar, y quizás ni siquiera sería juicioso prescindir completamente de la tecnología por si las moscas. Siendo realistas, proporcionan una garantía de seguridad tan inmensa que difícilmente desaparecerán en su totalidad, y hasta es posible que aparezcan nuevos usuarios. Sin embargo, todo avance que reduzca el riesgo de exterminarnos a nosotros mismos será un progreso de la Humanidad; y quizá, en algún futuro hacia el que merecería la pena empujar, no necesitemos de estas ni de ninguna otra clase de armas. Ojalá.

La bomba Zar, la más potente de la historia, era una termonuclear de tres etapas y liberó entre 50 y 60 megatones.

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Gagarin

Al parecer hubo un tipo que usaba el mismo nick que yo. Y el muy jodío hizo algo curioso.

Lugar de aterrizaje de Yuri Gagarin, Engels, URSS.

El lugar donde Rita, su mamá y una vaca vieron bajar a un señor bajito del cielo (imagen de 1967; clic para ampliar).

Érase una vez una niña de seis años que se llamaba Rita. Rita vivía con sus papás en una granja colectiva a orillas de un río muy, muy grande, no lejos de un lugar llamado Engels. El papá de Rita era guardabosques y su mamá, que se llamaba Anna Akimova, se dedicaba a cuidar el ganado. Esta mañana, Rita había salido con su mamá para llevar a una vaca a pastar en los campos cercanos. Hacía un día muy bonito, con un cielo muy azul. Se acercaba ya el mediodía y el sol brillaba con fuerza, aunque era el mes de abril y aún hacía un poco de frío. De pronto, Rita señaló a lo alto y anunció:

–¡Mira, mamá! ¡Hay un señor que baja del cielo!

La mamá de Rita quiso decirle que no fuera tan fantasiosa (porque la verdad es que Rita, a veces, era un poquito fantasiosa); pero miró de reojo al punto donde señalaba la niña. Y entonces, ella también lo vio. Había, en efecto, un señor con un mono naranja y un casco blanco que bajaba del cielo en paracaídas. Anna y Rita se quedaron un poco pasmadas, viéndole descender en los campos cercanos. Y cuando el señor del mono naranja echó a andar hacia ellas arrastrando su paracaídas, la mamá de Rita la agarró con fuerza y ambas retrocedieron un poco asustadas. No hacía tantos años que terminó la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría estaba ya en su pleno apogeo y podía ser que los señores que bajan del cielo no trajeran buenas intenciones. Aunque, para ser espía o soldado enemigo, este tipo era más bajito que los de las películas. Y sonreía, como si estuviera inmensamente feliz. Además, en el casco blanco que llevaba ahora en la mano ponía “CCCP“: el acrónimo de su país.

Entonces, el señor bajito del mono naranja que había bajado del cielo les gritó:

Yuri Gagarin tras su aterrizaje

Anatoly Lugansky tomó esta fotografía, una de las primeras de Yuri Gagarin tras su aterrizaje junto al Volga, cerca de Engels.

–¡Eh, no tengáis miedo! ¡Soy soviético, como vosotras! ¡Vengo del espacio y tengo que encontrar un teléfono para llamar a Moscú!

El señor bajito del mono naranja, un joven de veintisiete años que resultó ser muy alegre y simpático, se llamaba Yuri Alekseyevich Gagarin. Era el 12 de abril de 1961, cerca del mediodía, hora de Moscú. Y lo más cañero de todo es que decía la verdad: acababa de regresar del cosmos con una nave espacial llamada Vostok-1, que tomó tierra automáticamente a alguna distancia de allí. ¡Esto era una cosa para contar mañana en el cole!

Rita y su mamá le llevaron a la granja colectiva, charlando amistosamente (aunque, la verdad, mamá no se acababa de creer mucho su historia). Mientras el supuesto kosmonavt hablaba por teléfono, alguien dijo que había oído en la radio un rato antes algo sobre el asunto este. Que el tipo era un héroe, el primer hombre en viajar al espacio, una cosa del otro mundo. Entonces, empezó una especie de locura colectiva, mucho más que cuando el Sokol de Saratov ascendió a segunda división. La gente se hizo fotos con él y se lo llevaron en un camión hacia la cercana base aérea de Engels. Pero apenas habían salido a la carretera cuando apareció un helicóptero a recogerlo. Al poco, el lugar se llenaba de soldados, científicos y cámaras. La radio repetía triunfalmente con palabras muy grandes que la Unión Soviética había llevado al primer hombre al cosmos. Y el señor bajito y simpático del mono naranja salió en la tele y en los periódicos y en las revistas de todo el mundo, una y mil veces. Pues, en efecto, la historia de la civilización terrestre acababa de cambiar ante los ojos atónitos de Rita, su mamá y una vaca –cuyo nombre, por desgracia, no recordamos–, que vieron el instante en que la Humanidad entraba definitivamente en la Era Espacial.

El amanecer en un lugar llamado Baikonur.

La aventura extraordinaria del joven bajito con mono naranja había empezado unas horas antes, esa misma mañana, en un lugar secreto situado mil quinientos kilómetros al sudeste de allí. Por aquel entonces ese lugar aún se llamaba Tyuratam, pero pronto el mundo entero lo conocería como Baikonur. El cosmódromo de Baikonur.

Esa mañana, todo el mundo se levantó muy temprano en Baikonur. Algunos ni siquiera habían dormido. Entre otros, un señor regordete, cuellicorto y cabezón cuyo nombre era tan secreto que sólo se le llamaba por las iniciales S. P. o número 20; aunque el mundo llegaría a conocerle como el Diseñador Jefe. Este señor Número 20 era quien ideó todo aquello y lo había llevado a cabo –con la ayuda de otros muchos casi tan geniales como él, claro–; y también quien decidió que el joven bajito, simpático y ligón llamado Yuri Gagarin se convertiría en el héroe de su fabulosa aventura. Le conocía en persona como al resto de sus aguiluchos –los elegidos para la gloria del programa espacial soviético–, eran amigos y hoy este aguilucho Gagarin se convertiría en águila… o moriría en el intento.

Teen Gagarin

Un Yuri Gagarin adolescente en su época de aprendiz de forjador y gamberro simpático entre las muchachas de Lyubertsy.

Yuri Gagarin era un joven piloto de la Fuerza Aérea Soviética que pertenecía ya a una nueva generación para quienes la Segunda Guerra Mundial era un recuerdo de la infancia y Stalin, un nombre de su adolescencia. Nacido en 1934, tenía once años cuando acabó el conflicto y diecinueve cuando desapareció el autócrata. Por aquel entonces, Gagarin era aún aprendiz de forjador en una fábrica, que había aprendido a pilotar avionetas en un aeroclub local y estudiaba para técnico aeronáutico en una escuela de formación profesional. Y es que procedía de una familia muy humilde: hijo de un carpintero y de una campesina a la que le gustaba mucho leer, se había criado en un suburbio industrial periférico de Moscú con no muy buena fama llamado Lyubertsy. Sus profesores decían de él que era buen estudiante pero bastante gamberro. Las muchachas de Lyubertsy coincidían en que era bastante gamberro, pero un gamberro simpático a pesar de su corta estatura –1,57, en un país donde los tipos suelen ser bastante inmensos– y esas cosas que se dicen antes de dejarse, uh, acaramelar.

En 1955, a los veintiún años, Gagarin terminó su curso de técnico aeronáutico con unas notas bastante estupendas a pesar de estos entretenimientos e ingresó en la Fuerza Aérea Soviética para convertirse en piloto militar. Recibió sus alas en la Escuela de Pilotos de Orenburg, a los mandos de un MiG-15; a continuación, se casó con una chavala de nombre Valentina Goryacheva, aunque dicen las malas lenguas que no sentó mucho la cabeza en el tema de faldas.

Sus superiores le enviaron a ejercer su nueva y definitiva profesión en un lugar llamado Luostari, en el óblast de Múrmansk, apenas unos pocos kilómetros al sur del Círculo Polar Ártico. Para parar a los bombarderos capitalistas si algún día decidieran atacar a la Rodina por el Polo Norte, Noruega o ese rollo. Como te imaginarás con facilidad, no es la Costa del Sol exactamente; sino un lugar maldito entre la tundra y los hielos del Océano Glaciar Ártico, con una climatología casi extraterrestre, que sólo tiene una virtud: crear magníficos pilotos, porque es preciso ser un magnífico piloto para gobernar aviones en un sitio donde hay una ventisca infernal antes de almorzar y otra después de comer como cosa de todos los días. O casi todos; luego están los días verdaderamente malos.

Por lo visto, se le daba bien: a los veinticuatro años fue ascendido a teniente y a los veintiséis, a teniente primero. Más o menos en ese mismo año, 1959, comenzó a circular entre los oficiales jóvenes de la Fuerza Aérea Soviética que había una nueva oportunidad laboral relacionada con los recientes vuelos al espacio del Sputnik y de Laika. Que se admitían voluntarios, vamos, para un curro muy secreto, muy exigente y muy peligroso que conducía directamente a la gloria o a la muerte en versión fritanga estratosférica y cachitos múltiples. Exactamente la clase de proposición que un joven piloto de caza encuentra irresistible: hubo miles de solicitudes, y entre ellas estaba la del teniente primero Yuri Gagarin. Quien, por cierto, acababa de tener a su primera hija: Yelena.

El cohete de Gagarin

El cohete Vostok 8K72K que llevaría a Gagarin al espacio.

En 1960, se contaba ya entre el selecto grupo de veinte pilotos expertos elegidos para que uno de ellos se convirtiera en el primer ser humano en viajar al cosmos. Su corta estatura fue, precisamente, un punto a su favor: el espacio disponible en aquellas primeras Vostok era francamente reducido y los tipos grandullones no cabían. Pero no fue el único: las pruebas, cursos, exámenes, entrenamientos y comprobaciones de seguridad rayaban lo inhumano. Poco a poco, dos nombres fueron destilándose en aquel exclusivo grupo de pilotos excepcionales: Gherman Titov y nuestro Yuri Gagarin. Pronto se convirtió en el favorito, precisamente por ser de origen humilde (algo muy valorado en la Unión Soviética) y porque su nombre no sonaba tan alemán como el de Gherman Titov (si bien Gherman es relativamente común en Rusia y viene de San Germán de Constantinopla, un patriarca antiguo de la Iglesia Ortodoxa).

Pero el señor Número 20, el legendario Diseñador Jefe que ya había lanzado al Sputnik y a Laika y otros cuantos objetos y animales más, no se dejaba impresionar por detalles de esos; y era precisamente este dios de la cosmonáutica quien debía tomar la decisión. Al parecer, sucedió de una forma bastante anecdótica. Estaban varios compañeros esperando en una sala para entrar a uno de los últimos exámenes teóricos, y pasaban el rato haciéndose preguntas entre sí, por practicar la prueba. Entonces, a instancia de uno de sus colegas, Yuri comenzó a recitar de carrerilla y con detalles exhaustivos los procedimientos técnicos de control de la Vostok; casi como si la hubiera diseñado él mismo. Casualmente, el Diseñador Jefe se encontraba en la habitación de al lado y pudo oírlo a través de la puerta. Y como ya tenía una muy buena opinión sobre él, especialmente porque Gagarin comprendía el alcance histórico y filosófico de todo aquel invento como muy pocos, tomó la decisión final en ese instante: el terror de las niñas de Lyubertsy, que acababa de tener a su segunda hija Galina, sería el primer gran héroe de la Era Espacial.

Y así estaban las cosas en aquella mañana del 12 de abril de 1961. A unos pocos kilómetros, en una plataforma que se llamaba entonces sitio número 1 y ahora se conoce como la salida de Gagarin, esperaba ya una variante mejorada del primitivo cohete R-7 Semyorka denominada Vostok-8K72K. En la punta, una minúscula nave espacial con aspecto de helado de cucurucho raro llamada Vostok-1 y nombre en clave Cedro (Кедр, “Kedr”) aguardaba al elegido para pasar al libro gordo de la historia con letras grandes y doradas… o a una tumba con letras también grandes y doradas.

Jamás se había hecho antes. Era la primera vez en que la Humanidad decidió enviar a uno de sus hijos más allá de la suave atmósfera que nos vio surgir. Y no sólo eso, sino que además iban a por el premio gordo: debía describir una órbita completa alrededor del planeta Tierra, pues sólo así se abriría la puerta para los viajes espaciales futuros. Aut Cæsar aut nihil, y esas cosas.

Поехали!

Gagarin durante el entrenamiento

Gagarin durante el entrenamiento

La mañana anterior, 11 de abril, Yuri y Gherman –Titov era el piloto de respaldo, por si a Gagarin le pasaba algo en el último momento– estuvieron charlando con unos soldados de la base de lanzamientos. Después, acudieron ya al chalé donde debían pasar la noche, junto a su jefe de entrenamiento, el general Nikolai Kamanin. En el centro de control, acaba de comenzar la cuenta atrás. Mientras se hallaban en esta casa comenzaron ya a tomar comida espacial, preparada por la Academia de Medicina de la URSS: dos raciones de puré de carne y una de salsa de chocolate, en tubos de 160 gramos. Durante la tarde, les colocan los sensores médicos que uno de los dos llevará puestos durante el vuelo y les toman las mediciones en reposo a lo largo de hora y media. Aparentemente, Yuri está muy tranquilo durante este proceso: su presión arterial es de 115/60, su pulso asciende a 64 pulsaciones por minuto y su temperatura corporal está en 36,8 ºC. A las nueve y media de la noche, el Diseñador Jefe se pasa a hacerles una visita y conversar un rato con ellos: todo está listo y el lanzamiento procederá según lo programado, con Yuri como primer piloto. Poco después, ambos cosmonautas se van a la cama; aunque el general Kamanin, quien permanece despierto en el cuarto adyacente, les oye conversar en la oscuridad hasta bien entrada la noche. Habría sido interesante estar en esa conversación, ¿eh?

En la mañana del 12 de abril de 1961, como ya dijimos, todo el mundo se levanta muy temprano en Baikonur. Yuri y Gherman hacen algo de deporte, desayunan aquellos tubos de comida espacial estrictamente controlada y acuden a que les vistan con sus trajes de vuelo, sus cascos blancos y su monos naranja. A cada minuto que pasaba, había más gente alrededor: técnicos, médicos, especialistas, militares, los miembros del comité estatal. Todo el mundo parece estar de muy buen humor, aunque también se respira mucha tensión en el ambiente y la seriedad de quienes saben que se disponen a hacer historia, y no pequeña. Yuri sigue muy tranquilo y bromea con todo el mundo, como es su carácter. Ha amanecido ya cuando Gagarin, Titov y un grupo de especialistas y soldados se suben a un autobús en dirección al sitio número uno, seguidos por un vehículo de escolta. Conforme se aproximan, Yuri mira al inmóvil cohete Vostok-K que ya apunta más allá de los cielos.

Son las ocho y pico de la mañana cuando hay unos breves discursos, unas despedidas bastante emotivas y Yuri echa a andar hacia la plataforma de lanzamiento acompañado por técnicos, médicos y el general Kamanin. Aún existe la posibilidad de que se tuerza un tobillo o algo así subiendo la escalerilla, y entonces Titov será el primer hombre en el espacio… o el primer muerto intentándolo. Pero no sucede nada de eso. Yuri se introduce en un ascensor, asciende hasta la punta del cohete y allí es introducido y sujeto a la cápsula Vostok-1.

En principio, no está previsto que Yuri tome los mandos: será un vuelo completamente automático. No obstante, le han entregado un sobre con las claves precisas para hacerlo en caso necesario. A bordo lleva comida espacial para diez días, por si acaso fallase el procedimiento de reentrada y tuviera que esperar allá lejos hasta que la órbita decaiga por sí sola. Aunque, si falla algo, lo más normal es que todo sea bastante más rápido y definitivo. Muchos pisos más abajo, las bombas comienzan a inyectar el keroseno y el oxígeno líquido para los motores cohete RD-108 de 1959.

Gagarin en la Vostok 1

Yuri Gagarin a bordo de la Vostok 1, listo para despegar.

Se acercan las nueve de la mañana del doce de abril de 1961, y el joven bajito y simpático que se llama Yuri Gagarin está ya encerrado en la Vostok-1. La Vostok-1, con su aspecto general de un cucurucho de helado medio asomando en la punta del cohete, está compuesta por dos partes: una esférica donde se halla el aspirante a kosmonavt, y otra en forma de cono truncado para los equipos electrónicos, de orientación y apoyo. Alrededor, unos depósitos esféricos con oxígeno y nitrógeno líquidos para soporte vital y propulsión. Por radio, verifican los últimos parámetros previos al lanzamiento. El Diseñador Jefe está al mando, hoy como jefe de control de misión, y dice:

–Zarya llamando a Kedr. La cuenta atrás [final] está a punto de empezar.
–Recibido –contesta Yuri–. Me encuentro bien, estupendo de ánimo, listo para ir.

Los rusos no usan la conocida cuenta atrás estadounidense que va descontando segundos en voz alta. Simplemente, el reloj va marcando el momento de realizar las distintas acciones previas al lanzamiento, y por fin marca la hora de cambiar la historia de la Humanidad para siempre. Entonces, mientras el cohete Vostok comienza a vibrar, los soportes de la torre de lanzamiento se apartan de él y los motores empiezan a proyectar llamaradas anaranjadas, la voz del Diseñador Jefe recita:

–Etapa preliminar… intermedia… principal… ¡lanzamiento! Te deseamos un buen vuelo, todo está correcto.

Yuri siente una suave sacudida, el estruendo de los motores cohete acelerando a máxima potencia y el fuerte tirón que le separa del suelo para llevarlo ni más ni menos que al espacio. Ve que ha comenzado a moverse y grita a la radio:

–Poiejaly! (Поехали! “¡Allá vamos!”)

Son las nueve y siete minutos de la mañana. En medio de una gran humareda, llamaradas inmensas y un rugido atronador, el cohete Vostok-8K72K se eleva desde las estepas de Kazajstán hacia el lugar donde el cielo ya no es azul pero a cambio está lleno de estrellas. Lejos de allí, a orillas del Volga, una niña llamada Rita saca a pastar a una vaca en compañía de su mamá.

108 minutos para meter a la Humanidad en la Era Espacial.

Parte del panel de instrumentos de la Vostok-1 de Yuri Gagarin

Parte del panel de instrumentos de la Vostok-1 de Yuri Gagarin (clic para ampliar).

A los 119 segundos de vuelo, los cuatro impulsores externos se separan y caen hacia el desértico downrange de Baikonur. Gagarin conversa con su control de lanzamiento Zarya-1, indicando que todo parece ir bien. El Diseñador Jefe le confirma que el lanzamiento se ha producido dentro de todos los parámetros programados y que los datos transmitidos por el cohete son similares a lo previsto. A las nueve y diez, cuando el cohete lleva ahora 156 segundos elevándose a toda potencia, el aire se vuelve tan tenue que el fuselaje aerodinámico ya no es necesario y se separa, dejando al descubierto la nave Vostok-1 donde viaja Gagarin. El sistema de orientación óptico Vzor se activa y comienza a tomar referencias para el largo viaje por la órbita de la Tierra. El control de tierra le ve a través de un enlace de televisión; Gagarin parece encontrarse bien, consciente y orientado, muy contento. Los sensores médicos conectados a su cuerpo no presentan ninguna anomalía significativa. Hay que tener en cuenta que, hasta ese momento, nadie sabía realmente si un ser humano podría sobrevivir a un vuelo espacial.

A los cinco minutos del lanzamiento, el cohete principal agota igualmente su combustible y se separa para caer a tierra también. La fase superior se enciende para llevar a la nave espacial hasta su destino. Un minuto después, a las 09:13, Yuri transmite al Diseñador Jefe en Zarya-1:

–El vuelo sigue bien. Puedo ver la Tierra. La visibilidad es buena… puedo verlo casi todo. Hay un poquito de espacio bajo la cubierta nubosa de cúmulos… Continúo el vuelo, todo está bien.

Otro minuto más tarde, el aún aspirante a kosmonavt se ratifica:

–Todo funciona muy bien. Todos los sistemas están operativos. ¡Sigamos adelante!

A las 09:15, la etapa superior está activa aún y se encuentran ahora sobre Asia Central. El cielo es negro por completo y está lleno de estrellas. Debido al veloz aumento de la distancia a Baikonur, las comunicaciones de radio empeoran rápidamente. Está previsto: Zarya-2, el centro de seguimiento de Kolpashevo, trata de restablecer las comunicaciones lo antes posible. A las 09:17, la última etapa se apaga y el computador de a bordo libera a la nave espacial Vostok. Ahora ya no tiene ninguna propulsión, ni la necesita. Diez segundos después, Yuri Gagarin entra en órbita. ¡Está en el espacio! Ahora ya es un verdadero kosmonavt, el primero de todos, el pionero de la Humanidad: el fundador. Cualquier cosa que hagan las generaciones futuras más allá de la Tierra, lo harán como sucesores del ciudadano soviético Yuri Alekseyevich Gagarin a bordo de su nave Vostok-1, creada por el señor Número 20 y los suyos. Pero aún queda mucho trabajo por hacer hasta regresar con vida a casa. Ahora mismo se encuentra sobre Siberia, en dirección al este, al Océano Pacífico. Transmite a Zarya-2:

Yuri Gagarin en órbita

Yuri Gagarin en vuelo. Imagen transmitida a través de un enlace de televisión con los centros de control Zarya.

–La nave está funcionando normalmente. Veo la Tierra a través del ojo de buey del Vzor. Todo procede según lo planeado.

A las 09:21 la Vostok-1 sobrepasa la Península de Kamchatka para adentrarse en el Océano Pacífico, abandonando así la Unión Soviética. Gagarin aprovecha para emitir un informe de situación:

–Las luces están activadas en el monitor de descenso. Me encuentro bien y de buen ánimo. Parámetros de cabina: presión atmosférica 1, humedad 65, temperatura 20. Presión en el compartimiento 1, primer automático 155, segundo automático 155, presión en el sistema de retrocohetes 320 atmósferas.

Ha transcurrido un cuarto de hora desde el lanzamiento y se está haciendo rápidamente de noche. Va a ser el día y la noche más cortos vividos por un ser humano jamás: poco más de 100 minutos para dar la vuelta completa a la Tierra y todos sus husos horarios. Conforme la Vostok-1 se adentra hacia las tinieblas del Pacífico, Zarya-3 (en Yelizovo) entra en contacto con el kosmonavt a las 09:26 y éste les pide un informe de telemetría. Sin embargo, Zarya-3 apenas tiene datos aún:

–¿Qué podéis decirme del vuelo? ¿Qué me decís? –pregunta Yuri.
–No hay instrucciones de Número 20 –le contestan desde Yelizovo–. El vuelo procede con normalidad.
–¡Pero dadme los datos del vuelo! Ah, y mandadle un saludo al Rubio –pide Gagarin, en referencia a su amigo y futuro cosmonauta Alexei Leonov.

Zarya-3 no puede darle datos de telemetría todavía –sólo lleva seis minutos en órbita y en aquella época esas cosas se tomaban su tiempo–, pero sí confirmarle que todos los sistemas están operando correctamente. La conversación languidece mientras las comunicaciones empeoran, conforme la Vostok-1 entra definitivamente en la noche sobre el Océano Pacífico. Desde Alaska, una estación de guerra electrónica estadounidense capta las imágenes de televisión que proceden desde el espacio, donde se ve a un hombre joven con casco hablando en ruso. No saben a qué atenerse, pero comprenden que están ante algo histórico y se ponen en comunicación con Washington. A casi ocho kilómetros por segundo y más de trescientos kilómetros de altitud sobre la superficie terrestre, Gagarin avanza ahora hacia las Islas Hawaii. Las comunicaciones por VHF ya no son posibles a tanta distancia, pero continúan intercambiándose mensajes por HF. Un rato más tarde, Yuri transmite:

Trayectoria de la Vostok-1 de Yuri Gagarin

Trayectoria de la Vostok-1 (clic para ampliar; horas expresadas en UTC).

–Informe regular de situación: son las nueve horas y cuarenta y ocho minutos, el vuelo procede con éxito, Spusk-1 está operando con normalidad. El índice móvil del monitor de descenso está moviéndose […] Me encuentro bien.

A las 09:51, comunica también que el control de actitud por orientación solar se ha activado. Aún tiene que esperar dos minutos más para recibir desde Khabarovsk el mensaje que llevaba esperando todo el rato:

–Kedr, aquí Zarya-2. Por orden de Número 33 [el general Kamanin] hemos encendido los transmisores y comunicamos lo siguiente: el vuelo procede normalmente y la órbita ha sido calculada.

A Yuri le cuesta mantenerse quieto en su asiento cuando oye estas palabras. Porque está exultante: ¡lo han logrado! No sólo está en el espacio, sino que se encuentra en una órbita verdadera y estable alrededor de la Tierra, no derivando sin rumbo hacia cualquier lugar. Ahora, incluso si todo saliera mal y nunca pudiera volver, Yuri Alekseyevich Gagarin pasaría ya a la historia como el primer navegante verdadero del cosmos: el cosmonauta original. Sin embargo, el terror de las niñas de Lyubertsy tiene toda la intención de regresar sano y salvo, aunque sólo sea para volver a ver a sus hijas y celebrarlo como corresponde a tan excepcional ocasión. Contesta, a las 09:56:

–Recibido, recibido, Zarya-2. Kedr está en órbita calculada alrededor de la Tierra. Continúo el vuelo, me encuentro sobre América […]

En realidad no se halla sobre el continente americano, pero puede verlo a la confusa luz del amanecer desde allá arriba, donde ya no hay “arriba” ni “abajo”. Sobrevuela el Pacífico Sur en dirección a la Península Antártica para pasar al Atlántico mientras el sol sale ante sus ojos a toda velocidad. Cristóbal Colón, Fernando de Magallanes, Vasco de Gama, Yuri Gagarin, susurra la Historia en sus oídos. En el noticiario de las diez en punto, Radio Moscú comienza a anunciar al mundo que hay un cosmonauta soviético en el espacio, para asombro de las gentes y las naciones. Yuri intenta varias transmisiones durante estos minutos, pero no se reciben en la URSS, al otro lado del planeta. Salvo una, a las 10:13, emitida ya desde el Atlántico Sur: “Os recibo bien; el vuelo sigue…”.

A las 10:25, la Vostok-1 conmuta automáticamente a actitud de reentrada. Se encuentra cerca de la costa angoleña, a 8.000 kilómetros del punto de aterrizaje previsto en Rusia occidental. Los retrocohetes se disparan durante cuarenta y dos segundos; con eso, la nave espacial pierde velocidad y comienza a caer de nuevo hacia la Tierra sobre África. Diez segundos despúes el computador de a bordo ordena la separación del módulo de equipamiento, pues está previsto su aterrizaje por separado.

Copia de la Vostok-1

Copia de la Vostok-1 en el Museo del Aire y del Espacio, París Le Bourget.

Entonces sucede un fallo que está a punto de terminar con la misión y matar a Gagarin durante la ardiente reentrada: un grupo de cables no se separa correctamente y los dos módulos quedan enganchados. Además, conforme vuelve a haber aire alrededor de la nave, aunque sea todavía muy tenue, la Vostok-1 comienza a girar sobre sí misma a gran velocidad debido a la forma esférica del módulo de descenso. Sin embargo, Yuri no trata de comunicarse para decir que algo va mal: ha deducido correctamente que estas anomalías no ponen en peligro a la nave y, según diría después, “no quise hacer ruido innecesariamente”. Unos minutos más tarde, el grupo de cables que ha impedido la adecuada separación se quema por el enorme calor de la reentrada y los dos elementos de la Vostok-1 se distancian por fin. Yuri se encuentra ahora sobre Egipto y la nave sigue rotando con fuerza, sometiéndole a aceleraciones de 8,5 g, pero el cosmonauta permanece consciente y sigue sin transmitir nada en particular.

A partir de las 10:35, la Vostok-1 pasa sobre las pirámides de Egipto y se adentra en el Mar Mediterráneo, al oeste de Chipre. Tras atravesar Turquía, regresa a la Unión Soviética por la costa del Mar Negro, cerca de Krasnodar. El cielo vuelve a ser azul. Sigue descendiendo en dirección al Volga y por fin, a las 10:55, Yuri activa el asiento eyectable a siete kilómetros de altitud tal y como estaba previsto. Esto generó alguna polémica con posterioridad, puesto que se suponía que los cosmonautas debían permanecer con su nave hasta el aterrizaje para hacer valer sus récords ante la Federación Aeronáutica Internacional (aunque, como no podía ser menos, la cosa quedó definitivamente saldada a su favor; y, de todos modos, esto era ya astronáutica). Sin embargo, esta era una preocupación completamente secundaria para el equipo del señor Número 20: la toma de tierra final podía ser dura y no estaban dispuestos a que uno de sus valiosos cosmonautas se rompiera los dientes así como así. Por tanto, hubo tres paracaídas en el aire: el del módulo de descenso, el del módulo de equipamiento y el de Yuri. Debido a los problemas de separación sobre África, el módulo de equipamiento caería bastante lejos.

A las 10:55, dos chicas adolescentes vieron aterrizar el módulo de descenso de la nave espacial Vostok-1. Lo contaron así: “Era una bola muy grande, como de dos o tres metros, con un paracaídas enorme. Cayó, rebotó y volvió a caer. Se hizo un agujero bastante grande donde había caído por primera vez…”

Yuri, cuyo paracaídas se ha abierto a 7.000 metros de altitud, es arrastrado por un viento suave hasta las orillas del Volga. Allí desciende, sobre unos campos de cultivo, y ve a una niña que señala hacia él, con su mamá y una vaca. Son las once y cinco, y la Humanidad ha entrado en la Era Espacial de la mano del Diseñador Jefe y el joven bajito del mono naranja que se llama Yuri Alekseyevich Gagarin. La mamá parece asustada, pero la niña –Rita– le mira con unos ojos enormes y llenos de fascinación.

–¡Mira, mamá! ¡Hay un señor que baja del cielo!

Y colorín colorado, este cuento no ha acabado y ya nunca terminará.

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Reparando homosexuales, destruyendo personas

Cuando la ciencia deja de ser ciencia y hace concesiones a
los valores morales tradicionales, los tabús sexuales, las doctrinas religiosas
y los linchamientos sociales, nos acercamos rápidamente al borde del abismo.

Estatua de Alan Turing en Bletchley Park.

Monumento a Alan Turing (1912-1954), padre de la informática moderna, de la máquina de Turing, de los ordenadores de propósito universal y criptoanalista de la máquina Enigma. Fue empujado al suicidio por las brutales terapias contra la homosexualidad que le aplicaron como alternativa a la prisión.

¿Puede haber mala ciencia? Sí, claro: toda aquella que abandona el método científico para satisfacer los prejuicios, miedos, manías y deseos de determinados grupos sociales, políticos o religiosos. Ya te conté en Psiquiatría Delirante cómo la mala ciencia se usó para justificar y potenciar la esclavitud, el racismo, el colonialismo salvaje, la lobotomía, los abusos farmacológicos, el Ku Klux Klan y hasta el genocidio nazi; es que esto de la psiquiatría, la psicología y la neurología (y la antropología), por lo que tienen de estudio íntimo del ser humano, da mucho juego para hacer el animal en cuanto se salen del más estricto método científico. Hoy hablaremos de otra tendencia que ha gozado de diversas épocas de popularidad a lo largo de los últimos doscientos años: la reparación del personal sexualmente desviado o, si tal cosa no era posible, la supresión de su peligrosidad social; una de cuyas víctimas más notorias fue –naturalmente– Alan Turing, el padre de la informática moderna.

Sexualidades alternativas.

Este asunto de los gustos sexuales más allá del metesaca reproductivo básico ha sido materia delicada en todas las sociedades que ha creado la Humanidad; y su percepción y tratamiento, también. Para empezar, cada sociedad y tiempo ha tenido sus tabúes sexuales, con frecuencia distintos e incluso contradictorios. Los romanos, que tan exagerados eran en algunas cosas, sentían un profundo desprecio por algo tan normalito como el sexo oral: la irrumatio estaba sujeta a burla y ridículo, y la persona que chupaba –fellator o fellatrix– se consideraba humillada de manera vergonzosa; una actividad propia de prostitutas y esclavos (y esclavas, claro).

Por el contrario, un romano nunca habría entendido nuestro escándalo ante las relaciones sexuales con menores de edad, y seguramente se habría reído de nosotros. Bueno, un romano y toda cultura anterior al siglo XX, donde la edad reproductiva aceptada comenzaba de manera natural con el inicio de la pubertad y la edad a la que resultaba posible casarse era incluso anterior. De hecho, las leyes que determinan una edad mínima de consentimiento no empezaron a generalizarse hasta  finales del siglo XVII, y esta edad era de entre diez y doce años; y así siguió siéndolo hasta segunda mitad del siglo XIX, cuando comenzaron a subirla por razones relacionadas con el puritanismo y el victorianismo anglosajones. Este es el motivo de que la edad de consentimiento sea más elevada en los países tradicionalmente protestantes que en los tradicionalmente católicos (en España, por ejemplo, sigue siendo de 13 años, y en muchos estados mexicanos es incluso inferior de facto; los países musulmanes y asiáticos, por su parte, sólo han establecido limitaciones a raíz de esta influencia anglosajona). En todas las grandes culturas de la Antigüedad –Egipto, Mesopotamia, Grecia, Roma, China– la edad de los participantes en un acto sexual no era ni siquiera asunto de su interés, o al menos no lo bastante como para hablar de ello o codificarlo de ninguna manera. En realidad, se consideraba parte del metesaca reproductivo básico: “las muchachas echan tetas y comienzan a parir hijos, ¿cuál es la noticia?”, nos habría preguntado cualquier súbdito o ciudadano de tiempos pasados.

Fresco erótico de las Termas Suburbanas de Pompeya

Un fresco en las Termas Suburbanas de Pompeya plasma un trío sexual donde un hombre sodomiza a otro mientras éste mantiene relaciones con una mujer (siglo I dC aprox.).

La naturaleza del acto sexual, en cambio, ha sido objeto de restricciones, limitaciones y tabúes a lo largo de casi toda la historia de la Humanidad. Y, de manera muy notable en Occidente, la homosexualidad masculina. La femenina, en cambio, no parecía ser tan importante: lo que hicieran las hembras entre parto y parto nunca llegó a convertirse en materia de estado. Es bastante conocida la actitud liberal e incluso positiva de los griegos ante el tema (incluyendo a los muy machotes espartanos), pero también las severas condenas plasmadas en el Antiguo Testamento bíblico contra los sodomitas (que los clérigos posteriores extendieron a la homosexualidad femenina, aunque no es eso lo que dice el texto original). Los romanos, más que nada, hacían chistes al respecto (los romanos eran unos cachondos, si bien unos cachondos bastante crueles); y el historiador británico Edward Gibbon (1737-1794) comentó que “de los quince primeros emperadores [romanos], Claudio fue el único cuyos gustos en el amor eran enteramente correctos“.

Antes –durante la República Romana– habían empezado a aparecer leyes, como la Lex Scantinia, prohibiendo la homosexualidad entre personas libres (los esclavos eran cosas, y por tanto podían ser utilizadas a discreción de cada cual); parece que el número de persecuciones efectivas en virtud de estas leyes fue muy reducido y eran más un arma arrojadiza política que otra cosa. En tiempos imperiales, habían perdido ya buena parte de su vigencia. Dicen que Nerón se casó con uno de sus esclavos (el primer registro de un matrimonio homosexual de la historia), consta que Heliogábalo hizo lo propio con otro esclavo que se llamaba Hierocles, Trajano se lo pasaba pipa con los chavales, Adriano hace leyenda con el guapísimo Antinoo y el tema estaba lo bastante normalizado como para representarse en espacios públicos; por ejemplo, en las termas suburbanas de Pompeya (donde aparece un trío bisexual y una escena lésbica).

A los egipcios antiguos, por su parte, el asunto no les resultaba de particular interés. Aunque apenas se conservan referencias al respecto, la primera pareja homosexual (o bisexual) conocida podrían ser los supervisores de la manicura real (estilistas, vaya, ¡qué raro!) Nianjjnum y Jnumhotep, según las imágenes presentes en su tumba común de Saqqara (aprox. 2.400 a.C.). Pero vaya, que parece que a los egipcios esto de la cosa gay les importaba también lo bastante poco como para ni siquiera hablar de ello (ni para relatarlo, ni para exaltarlo ni para condenarlo; o lo llevaban muy escondido o se les daba una higa).

Ocurre además que, en la mayoría de las culturas antiguas, las relaciones interpersonales que no determinasen linajes reales o aristocráticos (lo que las convertía en un asunto de estado) se consideraban eminentemente un asunto privado entre personas o familias donde nadie más tenía por qué meter el hocico. En Roma, por ejemplo, no existía una ceremonia civil específica a la que llamar boda o matrimonio; la manifestación pública de que una pareja vivía junta por mutuo consentimiento, o había intercambiado dotes, bastaba para considerarlos una nueva familia (aunque los ricos y poderosos organizaban grandes fiestas y rituales que están en la base de nuestra bodas modernas). Estaba la conferreatio, el manus, el usus, el coemptio y los distintos arreglos entre esclavos y entre esclavos y libres y entre ciudadanos y no-ciudadanos y el sursum corda. Vamos, que cada cual se lo montaba como quería y podía dentro de unas ciertas costumbres sociales generalmente admitidas. Marcial (40-104 dC), en sus Epigramas, nos habla de numerosas familias homosexuales; y Juvenal (60-128 dC) nos cuenta que acudir a una de estas fiestas para celebrar una unión homosexual se había convertido en cosa corriente.

Vaso Warren, Roma

La copa Warren (Roma, aprox. 5 - 15 dC) difícilmente puede ser más explícita. Pieza GR 1999.4-26.1, British Museum.

La persecución de la homosexualidad occidental.

En las religiones abrahámicas de las que emerge el cristianismo dominante en Occidente a partir de la caída de Roma, en cambio, todo esto está mucho más severamente reglamentado y restringido. Y la homosexualidad masculina, como ya sabemos, es el objeto de duras condenas:

Torah, Biblia y Hadith

Los libros sagrados de las religiones abrahámicas como la Torah judía, la Biblia cristiana y las Hadiz de los musulmanes contienen numerosas apelaciones a la persecución y muerte de las personas homosexuales por orden divina.

“Si alguien se acuesta con varón como con mujer, ambos han cometido abominación: morirán sin remedio; su sangre caerá sobre ellos.”
–Levítico 20:13, en la Biblia.

El Nuevo Testamento cristiano no es mucho más comprensivo al respecto; el único cambio es que, bajo las leyes romanas, ya sólo pueden condenar a la gente al infierno:

“¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores ni los rapaces heredarán el Reino de Dios.
–Primera Epístola a los Corintios 6:9-10, en la Biblia.

Sobre esta base religiosa, la cultura occidental derivó hasta adquirir un carácter fuertemente homófobo a lo largo de los siguientes siglos. Con la cristianización y decadencia de Roma, la homosexualidad va siendo demonizada y termina por convertirse en un chivo expiatorio social sujeto a castigos brutales que comúnmente incluían la muerte –al estilo de aquellos tiempos, ya sabes–. Ya los tres primeros emperadores cristianos penalizaron virulentamente toda relación homosexual, lo que aparece recopilado así en el Código Teodosiano:

“Cuando un hombre se casa y está a punto de ofrecerse a sí mismo a los hombres a la manera de las mujeres, lo que él desea; cuando el sexo ha perdido todo su significado; cuando el crimen es uno del que no es beneficioso saber; cuando Venus es cambiada a otra forma; cuando el amor se busca y no se encuentra; [entonces] ordenamos que se alcen los estatutos, que las leyes se armen con una espada vengadora, que esas personas infames que ahora son culpables, o pronto lo serán, sean sujetas a pena exquisita.”
Codex Theodosianus, 9.7.3.

Te puedes imaginar que esto de la pena exquisita era, básicamente, cualquier forma horrenda de morir lentamente. Así desaparecían las uniones homosexuales legales durante los siguientes diecisiete siglos; y así se extinguía también toda posibilidad de mantener relaciones homosexuales al amparo de la ley cristiana. Los perpetradores (y sobre todo los pasivos) quedaban directamente condenados a la hoguera:

“Todas las personas que tienen la costumbre vergonzosa de condenar el cuerpo de un hombre, desempeñando la parte de una mujer para sufrimiento del sexo ajeno (pues no parece que sean diferentes a las mujeres), deben expiar un crimen de esta clase entre las llamas vengadoras a la vista del pueblo.
Codex Theodosianus, 9.7.6.

Ejecución de homosexuales en Zurich.

El caballero suizo Von Hohenberg es quemado vivo junto a su escudero frente a las murallas de Zurich, en 1482. Ambos habían sido condenados por homosexualidad.

El emperador Justiniano (483-565), en sus Novellæ Constitutiones, comienza a convertir a los homosexuales en chivos expiatorios de todos los males que afectan al pueblo, igual que se hizo con los judíos y las brujas:

“Y puesto que sabemos que algunos hombres, en las cadenas del diablo, se dan de manera grandemente disoluta a cosas que son contrarias a la propia naturaleza […], dado que el hambre y los terremotos y las pestilencias están causados por estos pecados, les amonestamos para que se abstengan de los crímenes mencionados, para no perder sus almas. Y si hay algunos que perseveren en esta iniquidad tras esta nuestra amonestación, ellos mismos se han demostrado indignos de la clemencia de Dios […] y se les aplicará la pena de muerte.”
Novellæ Constitutiones, 77. Ver también la 141.

San Pedro Damián (1007-1072) cargó extensamente contra la homosexualidad y la masturbación en su Liber Gomorrhianus. La monja mística Hildegarda de Bingen (1098-1179) –canonizada de facto por Juan Pablo II y Benedicto XVI– aseguró que, según sus visiones, Dios en persona abominaba de la homosexualidad tanto masculina como femenina (en lo que constituye una de las primeras condenas expresas del lesbianismo). Por su parte, el reformador protestante Martín Lutero (1483-1546) dijo:

“El vicio de los sodomitas es de una enormidad sin parangón. Se aparta del deseo y la pasión naturales, plantados en la naturaleza por Dios, según los cuales el varón tiene un deseo pasional por la hembra. La sodomía persigue lo que es completamente contrario a la naturaleza. ¿De dónde viene esta perversión? Sin duda alguna, procede del diablo.”
–En Plass, E.M.: Lo que dice Lutero: una antología.

Se profundizaba así en una larguísima persecución que la Inquisición católica y las autoridades protestantes recogieron con gran afición durante toda la Edad Media y el Renacimiento. Cualquier persona sospechosa de cometer el llamado crimen contra natura o pecado nefando corría un riesgo cierto e inmediato de acabar en la hoguera, además de otros tormentos brutales fáciles de imaginar dadas sus características. Sólo en Sevilla, entre 1578 y 1616, fueron ejecutadas al menos cincuenta y cinco personas por esta razón, y un número muy superior resultaron condenadas a azotes y galeras. En los territorios protestantes, la homosexualidad se persiguió con aún mayor afán. Y en los territorios musulmanes sucede lo propio, más al calor de las Hadiz que del Corán, aunque al parecer de una manera menos obsesiva hasta el surgimiento y expansión del wahabismo a partir de mediados del siglo XIX (pues existe una literatura homoerótica árabe durante toda la Edad Media, a diferencia de lo que sucede en la Cristiandad, donde fue exterminada por completo).

Resulta imposible saber cuánta gente fue encarcelada, torturada y asesinada por homosexualidad durante este largo periodo, aunque con toda seguridad la cifra asciende a muchos miles y puede que algunos millones. Todo lo relacionado con la afectividad entre personas del mismo sexo, y especialmente entre hombres, fue demonizado en la mentalidad popular al mismo nivel que los judíos, los herejes o las brujas (y los cuatro conceptos fueron vinculados en el proceso). La caza del marica se convirtió en deporte habitual, con la aprobación de la sociedad y la complicidad de las autoridades.

Homofobia pseudocientífica.

La libertad guiando al pueblo, de Eugene Delacroix

La Revolución Francesa de 1789 marcó el principio del fin del Antiguo Régimen en Europa. En la imagen, La libertad guiando al pueblo, de Eugène Delacroix (1830). En 1791, la Francia revolucionaria despenalizaba la homosexualidad por primera vez en Europa Occidental desde la caída del Imperio Romano.

La Ilustración, el Racionalismo y los cambios revolucionarios que terminaron con el Antiguo Régimen a lo largo de los siglos XVIII, XIX y XX comenzaron a acabar también con estas persecuciones brutales, pues los poderes religiosos que habían sido predominantes durante todo el periodo anterior se vieron ahora rechazados y expulsados de muchos ámbitos. Pero, si bien a esas alturas todo el mundo sabía ya que las brujas no eran más que pobres desgraciadas y que los herejes seguramente eran librepensadores, el antisemitismo y la homofobia no iban a desaparecer con tanta facilidad. La sociedad necesitaba nuevos argumentos para seguir odiando y despreciando a estos colectivos, y ahí estuvo la mala ciencia para proporcionárselos con una serie de conjeturas e hipótesis que violaban el método científico por todas partes pero las buenas gentes anhelaban tragarse con anzuelo, plomada y sedal. ¿Cómo íbamos a seguir manteniendo los valores familiares tradicionales racistas, clasistas, mojigatos, antisemitas y homófobos, si no?

Como suele ocurrir, el pecado, la violación de determinadas reglas morales y religiosas, fue convertida en enfermedad. Lentamente, las personas gays, lesbianas y bisexuales dejaron de ser pecadores para transformarse en enfermos. Eso, además, permitía mantener la criminalización de la homosexualidad en los países más tradicionalistas como materia de salud pública, moral social y protección de la juventud. Fue el psiquiatra austro-alemán Richard von Krafft-Ebing quien, en su famosa obra Psychopathia Sexualis (1886), caracterizó un gran número de desviaciones sexuales como enfermedades mentales.

Los razonamientos de Krafft-Ebing difícilmente pueden considerarse científicos: en esencia, está convencido por razones morales y religiosas de que el único fin de la sexualidad es la procreación, y por tanto todo lo que se salga de los mecanismos estrictamente necesarios para garantizarla son parafilias (“desviaciones”). Por ejemplo, para Krafft-Ebing, la violación era un acto moralmente reprobable pero no una perversión sexual, puesto que podía dar lugar a un embarazo.

Obviamente, la homosexualidad masculina y femenina cayó de lleno en la telaraña psiquiátrica de Krafft-Ebing (que hoy en día sabemos que no sirve, esencialmente, para nada). No era la primera vez que la atracción por las personas del mismo sexo resultaba caracterizada como una forma de enfermedad mental, pero la enorme influencia de Psychopathia Sexualis convirtió este concepto en dogma científico-moral para todo psiquiatra, neurólogo o psicólogo de su tiempo, pasando rápidamente a la política, la religión y la sociedad porque les venía de lo más bien. Y si la homosexualidad era una enfermedad, entonces tenía pronóstico, diagnóstico y sobre todo tratamiento. Porque sí, porque todas las enfermedades los tienen; esta no iba a ser una excepción.

Homomonumento en Amsterdam

El Homomonumento de Amsterdam, en memoria de las personas homosexuales asesinadas por su condición. Hasta 15.000 seres humanos perecieron en los campos de exterminio nazis por preferir a las personas de su mismo sexo.

A su manera, los planteamientos de Krafft-Ebing fueron un avance para su tiempo. Por ejemplo, era firmemente contrario al uso de la castración y otros métodos quirúrgicos para combatir la enfermedad nefanda, favoreciendo el hipnotismo y otras técnicas blandas en su lugar. Ni siquiera fue partidario de encerrar a los homosexuales en manicomios, como empezó a ocurrir poco después. Durante los siguientes años se fueron generalizando diversas técnicas para erradicar esta enfermedad mental: la amputación del clítoris, los ovarios o el útero en las mujeres, la castración en los hombres, la vasectomía, la sección del nervio púbico y posteriormente la lobotomía a escala industrial que ya tratamos en el artículo anterior. Y si se hacía en la infancia, mejor, para coger la enfermedad a tiempo. A su manera, funcionaba, claro: cuando dejas a alguien castrado o convertido en un vegetal, lo más normal es que su perversión sexual mejore (al desaparecer el deseo sexual en su conjunto, obviamente). Por desgracia, estos tratamientos presentan algunos incómodos efectos secundarios: constituyen una fábrica de psicópatas peligrosos, antisociales y trastornados graves de toda especie, cuando no inválidos para toda la vida o directamente suicidas.

Los nazis, en su sempiterna búsqueda de soluciones simplonas a problemas complejos, afrontaron este problema de salud pública mediante su solución favorita: la eugenesia y el exterminio. Erradicado el enfermo se erradica la enfermedad o, en términos más castizos, muerto el perro se acabó la rabia. Con esta sencilla aplicación del sentido común, aproximadamente cincuenta mil homosexuales acabaron en las prisiones nazis y entre cinco y quince mil desaparecieron en los campos de exterminio. Sí, la mala ciencia, los prejuicios y el peor sentido común nos ponen a todos al borde del abismo.

En los países occidentales y en el entorno soviético prefirieron seguir avanzando en los tratamientos, con o sin internamiento. Una nueva generación de psiquiatras, psicólogos y neurólogos a ambos lados del Telón de Acero decidieron que eso de ir capando o lobotomizando a la gente por ahí era un atraso: ahora disponían de un potente arsenal farmacéutico para tratar el supuesto mal. Y se aplicaron a fondo, con las mejores técnicas neuropsiquiátricas de su época: electroshock, choque farmacológico, castración química, tratamientos hormonales, aplicación de toda clase de psicofármacos y por supuesto largas sesiones de psicoterapia sustentadas en la aceptación de la enfermedad y la mejora de la calidad de vida (pues ya iban dándose cuenta de que el tema no tenía cura, y es normal: no se puede curar lo que no es una enfermedad). El gran científico y padre de la informática moderna, Alan Turing, fue una de las víctimas de estas atrocidades (que frecuentemente se aplicaban por orden judicial o paterna, como una alternativa a la cárcel o el reformatorio); quizá Turing sea la cara más visible de los miles y probablemente millones de víctimas de todas estas supercherías que empujaban a la gente a la locura, la violencia, el aislamiento y el suicidio de manera sistemática y científica.

La terapia de reparación.

Técnica Ludovico, La naranja mecánica

Fotograma de La Naranja Mecánica (Stanley Kubrick, 1971), donde se muestra una representación cinematográfica de la terapia aversiva.

Ah, sí, y otro truqui que se la habría puesto dura al mismísimo Pavlov: la terapia aversiva. Siguiendo los principios fundamentales del condicionamiento clásico y de la escuela conductista, a algún genio se le ocurrió que si le arreas a alguien calambres eléctricos en los genitales u otras partes del cuerpo mientras lo expones al objeto de su deseo, a lo mejor –a lo mejor– le toma repelús y deja de desearlo. Y es que los conductistas son muy aficionados a brillanteces del tipo de curarte la fobia a las arañas exponiéndote a un nido de arañas, o el miedo a volar metiéndote en el asiento trasero de un avión acrobático (que no digo que no pueda llegar a funcionar en algunos casos, pero telita con la genialidad). Por supuesto, funciona mucho mejor con los niños porque se coge la enfermedad a tiempo, etcétera.

En fin: el caso es que toda una generación de conductistas y asimilados se pasaron algunas décadas metiéndoles descargas eléctricas a la gente (y con frecuencia a menores) una y otra vez para generarles aversión a las personas del mismo sexo. Este tratamiento, básicamente el experimento Ludovico de La naranja mecánica, se puede resumir fácilmente como una larga serie de crueles sesiones de tortura terapéutica para inducir temor, rechazo y paranoia ante todo lo vinculado con la misma (como, por ejemplo, fotos de personas de tu mismo sexo desnudas o en actitud erótica que te iban enseñando, y entonces, ¡zasca! Voltios a tutiplén.)

Esta técnica fue muy popular para regenerar desviados en las prisiones de diversas dictaduras recientes que mantuvieron o mantienen la criminalización de la homosexualidad; entre ellas, el franquismo, sobre todo en las prisiones de Badajoz y Huelva. Y también en clínicas privadas, de nuevo con preferencia a los niños y niñas raritos o sólo sexualmente curiosos. La cosa sigue así hasta 1973, cuando la homosexualidad es retirada del DSM norteamericano por falta de todo fundamento científico para seguir considerándola una enfermedad mental; en Europa, no desaparecerá por completo del CIE hasta 1992. La completa rehabilitación de Alan Turing por el Gobierno Británico y la petición de disculpas póstumas del entonces Primer Ministro Gordon Brown es, quizá, la mejor expresión del fin de estas supersticiones medievales en el mundo occidental:

“Si bien a Turing se le aplicó la ley de su tiempo y nosotros no podemos hacer que el reloj vuelva atrás, por supuesto su tratamiento fue absolutamente injusto, y me agrada tener la oportunidad de decir lo mucho que lamento y lamentamos lo que le ocurrió… Por tanto, en el nombre del Gobierno Británico y de todos aquellos que viven en libertad gracias al trabajo de Alan, me siento muy orgulloso de decir: lo sentimos mucho; merecías algo mucho mejor.”
–El Primer Ministro del Reino Unido, Gordon Brown, en declaración oficial (2009).

Aquí, por supuesto, aún no se ha disculpado nadie por nada.

Web católica homófoba

En pleno siglo XXI, páginas web de organizaciones religiosas que pretenden pasar por científicas (como esta de una autodenominada Asociación Médica Católica) siguen tratando de confundir al público con ideas patológicas sobre la homosexualidad que no se apoyan en ningún fundamento científico y son muy peligrosas para la salud mental de las personas. Constituyen la cara amable, moderna y pseudocientífica de una vieja superstición (clic para ampliar).

Pese a todos estos avances, a través del nuevo fundamentalismo religioso con piel de oveja pseudocientífica, algunas de estas técnicas para enderezar maricas y bolleras han llegado hasta nuestros días. Sobre todo en y desde los Estados Unidos, vagamente nucleadas en torno a la organización integrista NARTH, diversas clínicas mucho menos que científicas siguen ofertando la denominada terapia de reparación –también llamada terapia reparativa, terapia de reorientación sexual o terapia de conversión–. Las principales organizaciones científicas contemporáneas consideran esta terapia falsa, ineficaz,  muy peligrosa para la salud mental de las personas y carente de todo fundamento científico: una vez más, no se puede curar lo que no es ninguna enfermedad. Esto es así incluso cuando se renuncia a los métodos directos, pero se aplica manipulación mental mediante sesiones o cursos de pseudo-psicoterapia y autoayuda, como los patrocinados en España y Latinoamérica por distintas iglesias tanto católicas como protestantes. Quien lo intente, aunque sea de manera bienintencionada, terminará hiriendo y destruyendo a la persona con toda probabilidad.

(Convendría recordar aquí que, en la mayoría de países europeos contemporáneos, quien aplique semejantes tratamientos a una persona menor de edad es más que posible reo de maltrato y abuso infantil, y puede que hasta de abuso sexual de menores; por lo que cualquier persona de bien que tuviera conocimiento de algo semejante en su entorno debería ir a ponerlo en conocimiento del juzgado de guardia inmediatamente.)

Para empeorar las cosas, el nuevo fundamentalismo islámico en el mundo musulmán también ha hecho bandera de la persecución de la homosexualidad y los homosexuales, con numerosos encarcelamientos, torturas y ejecuciones en una extensa región del mundo. A veces parece que lo que llevamos de siglo XXI es un retroceso al siglo XI, la verdad.

Sin embargo, y pese a los errores pasados, la ciencia ha seguido aprendiendo y ahora sabe que las personas homosexuales no están enfermas; por fortuna, ya nadie podrá acogerse a un argumento científico para justificar sus prejuicios, su odio y su ignorancia. Y al hacerlo, no son las personas homosexuales quienes han sido rehabilitadas –pues no les debería haber hecho ninguna falta, si no hubiera sido por tanta injusticia–, sino la ciencia quien se ha rehabilitado a sí misma de una mancha vergonzosa mediante su mayor poder, el que la diferencia de todo dogma y superstición: la capacidad de reconocer sus propios errores, aprender de los mismos y contribuir decisivamente a la lucha humana por un mundo mejor.

Declaración de la Asociación Psiquiátrica Americana sobre las terapias de reorientación sexual.

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Carl Sagan, el maestro de millones

A lo largo de su corta vida, el Dr. Carl Sagan dio un nuevo sentido a la divulgación científica,
trabajó incansablemente por la paz entre los pueblos
y fue capaz de enseñar cosas maravillosas a millones de personas sencillas por todo el planeta.

Carl Sagan

Carl Sagan, doctor en astronomía y astrofísica, divulgador de la ciencia.

Si eres una persona de mente inquieta e interesada por la ciencia y el futuro de la humanidad, sin duda habrás oído hablar de él, habrás leído algo de él o habrás visto algo creado por él. Y si no, deberías hacerlo de inmediato. A partir de los años ’60 y hasta su temprana muerte en 1996, el astrónomo y astrofísico estadounidense Carl Sagan se convirtió en la cara más popular y fascinante de una ciencia que se iba haciendo cada vez más compleja y más lejana para las gentes de a pie. Mediante sus libros, sus conferencias y sus apariciones en televisión, fue capaz de hacer llegar las maravillas del universo al que pertenecemos a millones de personas por todo el mundo, junto a una nueva conciencia planetaria vertebrada en torno al humanismo secular. Sin él, la ciencia habría seguido probablemente su camino; pero su conocimiento popular y el apoyo de sociedades enteras a sus planteamientos jamás habría sido igual. Esta es la historia del Dr. Sagan, el niño de mente inquieta, conciencia clara y frente despejada que logró convertirnos a todos en niños de mente inquieta, conciencia clara y frente despejada, que es seguramente lo mejor y más brillante que se puede ser.

El chaval que miraba más allá.

Carl Edward Sagan nació el 9 de noviembre de 1934 en una familia judía de origen ruso huida de los pogromos zaristas que se ganaba la vida en Brooklyn, en el corazón de Nueva York. Sus padres eran trabajadores: papá Sam Sagan era obrero textil y mamá Rachel Gruber, un ama de casa que se había criado en la miseria más infecta. El joven Carl se crió junto a su hermana Clara en un minúsculo apartamento muy cerca del Océano Atlántico. Cuando tenía cinco años, le llevaron a ver la Exposición Internacional de 1939, donde quedó asombrado por primera vez con las cosas que podía hacer la ciencia, la técnica y el progreso social. Y es que, desde niño, en aquel humilde hogar de judíos reformistas se respiraba un ambiente que el propio Carl describiría así años después:

“Mis padres no eran científicos. Apenas sabían nada de ciencia. Pero al introducirme simultáneamente en el escepticismo y en la capacidad de maravillarme, me enseñaron dos modos de pensamiento complejos de conciliar que son centrales al método científico.”

Con cinco años salía por primera vez solo de casa –cosa corriente en aquellos tiempos, aunque ahora nos hayamos vuelto todos unos paranoicos– para ir a la biblioteca pública con una tarjeta que le consiguió su madre. Allí pidió por primera vez un libro sobre estrellas, y quedó maravillado al descubrir las abismales escalas cósmicas. A los seis o siete años fue con un amiguito al Museo Americano de Historia Natural, donde se fascinó con las exhibiciones sobre meteoritos, dinosaurios y animales modernos en sus hábitats naturales. Él, que apenas había salido de la Gran Manzana.

Carl Sagan de niño.

Carl Sagan de pequeño. Ya entonces su padre se quedaba embobado escuchándole hablar de estrellas y dinosaurios.

Ya papá Sam se quedaba bastante embobado oyendo hablar a su único hijo sobre estrellas y dinosaurios, pero lo consideró parte de sus gustos infantiles. Y aunque el chaval apuntaba maneras, pocos en aquel lugar tan humilde creían que de allí pudiera surgir un gran científico. A Sagan le gustaba recordar una conversación con su abuelo materno Leib Gruber, que por lo visto discurrió más o menos así:

–¿Y tú qué quieres ser de mayor?
–Quiero estudiar astronomía.
–Eso está muy bien, pero ¿qué piensas hacer para ganarte la vida?

Pese a la poca fe de su entorno, el muchacho Sagan siguió creciendo e interesándose cada vez más por los misterios del mundo y del universo. Durante su adolescencia, en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, fue al instituto público Rahway de Nueva Jersey. De ahí saltó a la Universidad de Chicago, donde se graduó en 1954 y obtuvo un master en ciencias en 1956. En 1957 se casó con la destacada bióloga evolucionista Lynn Margullis, que le daría sus dos primeros hijos: Dorion y Jeremy Sagan. Pero Carl seguía soñando con los dinosaurios y con las estrellas.

Científico de la NASA, profesor en Harvard y Cornell, divulgador y antibelicista.

Carl Sagan estuvo relacionado con el programa espacial norteamericano desde fechas muy tempranas. Mientras conseguía su doctorado en astronomía y astrofísica, trabajó en el laboratorio del genetista H. J. Muller y comenzó a relacionarse cada vez más estrechamente con la NASA, que aún trataba de hacer algo en el espacio ante la avalancha de éxitos soviéticos. Como científico visitante en el Jet Propulsion Laboratory, colaboró ya de manera relevante en las primeras misiones Mariner a Venus, que junto a las Venera soviéticas demostraron su hipótesis de que debía tratarse de un lugar muy seco y caliente.

Consiguió una beca de investigación Miller para estudiantes destacados en la Universidad de California en Berkeley entre 1960 y 1962, y entre 1962 y 1968 trabajó en el Observatorio Astrofísico del Smithsonian en Cambridge, Massachusetts. Así, estuvo entre los primeros en teorizar que Europa de Júpiter posee océanos de agua a gran profundidad, y que Titán de Saturno tiene océanos de compuestos líquidos en su superficie. Convertido ya en un especialista en atmósferas planetarias, el jovenzuelo surgido de un suburbio neoyorquino empezaba a brillar con luz propia.

Carl Sagan en 1972

Carl Sagan en las Conferencias CETI (1972)

Merced a la estrecha vinculación entre el Observatorio Astrofísico del Smithsonian y el Observatorio de la Universidad de Harvard, que posteriormente daría lugar a la fundación del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian, el entonces aún poco conocido doctor Carl Sagan comenzó a investigar y dar clases en Harvard. Allí se destacó pronto como un pedagogo excepcional, capaz de explicar la ciencia más compleja con sencillez y buen humor. A los 34 años, en 1968, saltaba a la Universidad Cornell como profesor titular. Regresaba así a su Nueva York natal y permaneció vinculado a esta institución durante el resto de sus días. Dirigió su Laboratorio de Estudios Planetarios y fue co-director del Centro de Radiofísica e Investigaciones Espaciales.

Por aquel entonces ya había empezado a publicar artículos de divulgación científica para una colección de la popular revista LIFE y un libro titulado Vida inteligente en el universo en cooperación con el astrofísico soviético Iosif Shklovski. Sagan empezaba a destacarse así no sólo como científico notable, sino también como educador de las masas y un hombre de conciencia comprometido en tender puentes entre modelos de civilización antagónicos dispuestos a aniquilarse en cualquier momento, lo que le ocasionó no pocos líos y pinchazos con la CIA, el FBI y otras agencias gubernamentales. Hablamos de los años más duros de la Guerra Fría, poco después del macarthismo, cuando el mero hecho de escribir una carta a la URSS podía incluirte en alguna lista secreta poco recomendable.

En 1968 se divorció de Lynn para casarse de nuevo con la artista y escritora Linda Salzman, con quien tendría a su tercer y último hijo Nick Sagan.  A partir de 1970 sus libros de divulgación comienzan a multiplicarse, sus colaboraciones con la NASA también y empieza a aparecer frecuentemente en la televisión norteamericana, sobre todo en el muy popular show de Johnny Carson. El estilo directo y fascinante de este científico de altos vuelos que procede del pueblo y sabe cómo hablar al pueblo comienza a llegar a millones de personas por toda la Unión, quienes descubren una oportunidad única para aprender cosas que nadie más les hace entender. Es un éxito mediático inmediato y el doctor Carl Sagan de Cornell, que habla a la gente sencilla de estrellas y dinosaurios, se convierte rápidamente en un personaje público inmensamente popular y querido. Una de sus expresiones favoritas, billions and billions (miles y miles de millones, en referencia a aquellos abismos cósmicos que tanto le impresionaron de niño), se transforma en una imagen de marca y es recogida por los principales humoristas del país. El maestro de millones ha encontrado su lugar, y esos millones dicen que les mola y quieren más.

Billions and billions.

Entre 1973 y 1979, Sagan publica la friolera de seis libros de alta divulgación: Comunicación con inteligencias extraterrestres (MIT Press, 1973); Marte y la mente humana (Harper & Row, 1973); La Conexión Cósmica (Anchor Press, 1973); Otros mundos (Bantam Books, 1975); Murmullos de la Tierra (Random House, 1978); Los dragones de Edén (Ballantine Books, 1978, que le permite ganar el Premio Pulitzer) y El cerebro de Broca (Ballantine, 1979), más otros textos de menor entidad. Todos ellos constituyen éxitos editoriales en el mundo entero, con millones de copias vendidas, y actualmente se consideran clásicos.

La placa Carl Sagan montada en la Pioneer 10.

La placa elaborada por Carl Sagan con un mensaje de la Humanidad, ya montada en la Pioneer 10 y lista para el lanzamiento (NASA).

Las apariciones televisivas se disparan: todo el mundo quiere escuchar las palabras fascinantes y comprensibles de este astrofísico del pueblo. Da conferencias, organiza cursos. Mientras tanto, encuentra el tiempo para seguir enseñando a sus alumnos de la Universidad de Cornell, investigando desde el Centro de Radiofísica e Investigaciones Espaciales que co-dirige y colaborando con la NASA. En 1972, despega hacia el espacio profundo la Pioneer 10, con la universalmente famosa placa de oro que contiene un mensaje de la Humanidad a quien quiera que haya allá. Frank Drake y Sagan la diseñaron, y fue su esposa Linda Salzman quien realizó el dibujo. En 1973, la Pioneer 11 hace lo propio. Ambas placas contienen información esencial sobre la especie humana, su aspecto, su naturaleza y su posición en el universo en el momento en que fueron lanzadas. Las dos están ya fuera del sistema solar, en dirección a Aldebarán y Al-Thalimain Prior, adonde llegarán dentro de algún que otro millón de años. En la misma línea, participa decisivamente en la elaboración y emisión del Mensaje de Arecibo, orientado hacia el Cúmulo de Hércules (M13), que alcanzará dentro de 25.000 años. Estos son, hoy por hoy, los principales intentos de la Humanidad para hacer saber su existencia a cualquier otro viviente que no haya nacido al calor de nuestro Sol.

Mientras tanto, Sagan se interesa en los peligros y problemas de nuestro propio mundo. Preocupado por el grave riesgo de guerra nuclear que se vivía en esos momentos, trata de tender lazos con otros científicos soviéticos y como experto en atmósferas planetarias comienza a realizar aportaciones en el problema del invierno nuclear y el cambio climático antropogénico. Co-fundó la Sociedad Planetaria, una de las asociaciones científicas más importantes de los Estados Unidos. Y durante el siguiente año, se va configurando su obra maestra de alta divulgación: una serie de televisión llamada Cosmos.

Cosmos.

Cosmos, un viaje personal (Cosmos, a personal voyage) fue una serie de televisión en trece episodios presentada por Carl Sagan y escrita por él mismo, la novelista Ann Druyan –que pronto se convertiría en su tercera esposa– y el astrofísico Steven Soter. La emitió por primera vez la cadena semipública norteamericana PBS en 1980. Y hoy por hoy, sigue siendo la serie de la PBS más vista del mundo, incluso por encima de Barrio Sésamo. La han visto más de quinientos millones de personas en más de sesenta países, y sigue siendo tan fascinante como el primer día.

Los trece episodios de Cosmos hacen un completo recorrido por lo que la humanidad sabía sobre si misma y sobre el universo que la rodea en el momento de su realización. Fue premiada con el Emmy y con el Peabody. Nunca nadie logró contar tantas cosas maravillosas, a tanta gente y en tantos lugares con una sola producción. Estos capítulos son los siguientes:

  1. Carl Sagan en Cosmos

    Carl Sagan en Cosmos, explicando las órbitas planetarias.

    En las orillas del océano cósmico (The shores of the Cosmic Ocean).

  2. Una voz en la fuga cósmica (One voice in the Cosmic Fugue).
  3. La armonía de los mundos (The harmony of the worlds).
  4. Cielo e infierno (Heaven and hell).
  5. Blues para un planeta rojo (Blues for a Red Planet).
  6. Historias de viajeros (Travellers’ Tales).
  7. El espinazo de la noche (The backbone of night).
  8. Viajes a través del espacio y el tiempo (Journeys in space and time).
  9. Las vidas de las estrellas (The lives of the stars).
  10. El filo de la eternidad (The edge of forever).
  11. La persistencia de la memoria (The persistence of memory).
  12. Enciclopedia galáctica (Encyclopaedia Galactica).
  13. ¿Quién habla en el nombre de la Tierra? (Who speaks for Earth?).

Posteriormente se agregó un decimocuarto episodio, Ted Turner entrevista al Dr. Sagan, donde el fundador de la CNN mantiene una conversación con Carl. La banda sonora de la serie es de Vangelis (con algunas partes especialmente escritas para la ocasión), Dmitry Shostakovich, Goro Yamaguchi, Wolfgang Amadeus Mozart, Louis Armstrong, Igor Stravinsky, Johann Sebastian Bach, Antonio Vivaldi y Nikolay Rimski-Korsakov, entre otros músicos de gran calibre.

Carl Sagan en Cosmos

Carl Sagan en el capítulo final de Cosmos: ¿Quién habla en el nombre de la Tierra?

Simultáneamente, se editaba un libro con el mismo título que recogía los temas tratados en este documental. Vendió más de cinco millones de ejemplares e hizo a Sagan rico y famoso en el mundo entero. Una generación entera, entre los que se encuentra este que te escribe, aprendió su lugar en el cosmos, los fundamentos del método científico y el poder del asombro y la curiosidad a través del viaje personal de Carl Sagan: Cosmos, probablemente la mayor y mejor obra de alta divulgación de la historia contemporánea.

La ciencia como una luz en la oscuridad.

Y el astrofísico del pueblo siguió adelante, ahora ya capaz de educar al mundo entero, convertido definitivamente en maestro de millones. Consciente de su alcance y responsabilidad, va agregando rasgos cada vez más humanísticos y sociales en sus obras, que al mismo tiempo siguen siendo rigurosamente científicas. Durante los años ’80, escribe con Paul Ehrlich y Donald Kennedy El frío y las tinieblas: el mundo después de la guerra nuclear, donde introduce al público el concepto de invierno nuclear (Sidgwick & Jackson, 1985); con su nueva mujer redacta también El Cometa, inmediatamente antes del último paso del Halley (Ballantine, 1985); y una novela de ficción: Contact (Simon & Schuster, 1985), de la que también se hizo una película.

Son los años de Reagan y Gorbachov, y Sagan toma partido claramente en contra del belicismo del presidente norteamericano y a favor de las propuestas de reducción de armas nucleares del nuevo Secretario General soviético. Es arrestado en dos ocasiones durante unas manifestaciones en el exterior del Campo de Pruebas de Nevada, por encaramarse a la alambrada. Habla, escribe, se moja, sigue enseñando… y se convierte también en azote de los magufos y supersticiosos, que están en periodo expansivo, con su sencillo escepticismo de a pie y un racionalismo profundamente humanista fácil de entender por todos. En este periodo, va adquiriendo también la convicción de que la magufería –con su potencial para expandir el pensamiento mágico, la ignorancia anti-intelectual y el fanatismo religioso– es otra de las amenazas a las que tendrá que enfrentarse la humanidad en el futuro próximo. En materia religiosa se declara agnóstico, pero es proponente del materialismo positivo, del humanismo secular racionalista y escribe bastantes párrafos muy críticos con las creencias de las religiones tradicionales (y muy especialmente del dios monoteísta occidental). Sin embargo, no se declara ateo porque, en sus propias palabras, un ateo tiene que saber mucho más de lo que yo sé.

A principios de los años ’90, Sagan sabe ver las tendencias que está tomando el mundo tras el fin de la Guerra Fría, y no le gustan. Su obra eleva el nivel filosófico, que llega a ser tan alto como el científico. El concepto de consciencia planetaria, la ciencia y la razón como cultura, como modelo de civilización, humanidad y convivencia, alcanza su culmen en estas creaciones finales: Sombras de antepasados olvidados (Ballantine, 1993); Un punto azul pálido (Random House, 1994) y El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad (Ballantine, 1996), así como su obra póstuma Miles de millones (Billions and billions, Ballantine, 1997) inciden cada vez más en estas ideas. En El mundo y sus demonios nos encontramos con su última enseñanza a las gentes sencillas de todo el mundo, lúcida y magistral:

Carl Sagan con Ann Druyan

Carl Sagan con su última esposa, la novelista Ann Druyan, que participó en muchas de sus creaciones.

“Si no somos capaces de pensar por nosotros mismos, si somos renuentes a cuestionar la autoridad, entonces somos sólo marionetas en las manos de quienes están en el poder. Pero si los ciudadanos están educados y son capaces de formarse su propia opinión, entonces los que están en el poder trabajarán para nosotros. En todos los países, deberíamos enseñar a nuestros hijos e hijas el método científico y las razones por las que existe una Declaración de Derechos. Y con ello, una cierta dosis de honestidad, humildad y espíritu comunitario. En el mundo acosado por los demonios donde vivimos por el mero hecho de ser humanos, esto puede ser todo lo que se interponga entre nosotros y la oscuridad.”

Pues, en 1994, al maestro de millones le han encontrado una rara enfermedad parecida a la leucemia, llamada síndrome mielodisplásico. Requiere tres trasplantes de médula ósea durante los siguientes dos años, lo que le deja muy débil y desprovisto de sistema inmunológico. En estas condiciones, una neumonía calla su voz para siempre el 20 de diciembre de 1996, poco después de cumplir 62 años. Ya se dice que la luz que brilla el doble dura la mitad.

Desde las lunas de Barsoom.

Estación Memorial Carl Sagan (ex-Mars Pathfinder)

La nave espacial interplanetaria Mars Pathfinder, antes de su lanzamiento. Una vez establecida en Marte, fue rebautizada como Estación Memorial Carl Sagan.

El mundo entero lamentó la pérdida del astrofísico del pueblo, que está enterrado en el cementerio de Ithaca, en su natal Nueva York. Y el mundo científico y todos los que habían trabajado con él, también. No sólo tiene dedicadas calles, estampillas de correos y museos al aire libre, sino que algunas personas insistieron en conservar su memoria mucho más allá de la muerte. Por ejemplo, los trabajadores y científicos de la NASA, que casi organizan un motín para que se cambiara el nombre a la Mars Pathfinder, una vez firmemente establecida en Marte, por el de Estación Memorial Carl Sagan (el divulgador había sido un gran proponente y teórico de las misiones marcianas). El asteroide 2709 Sagan fue bautizado en su honor.

Hay al menos tres galardones científicos en su honor: el Premio en Memoria de Carl Sagan, otorgado por la Asociación Astronáutica Americana y la Sociedad Planetaria que co-fundó; la Medalla Carl Sagan de la División de Ciencias Planetarias de la Asociación Astronómica Americana; y el Premio Carl Sagan para la comprensión pública de la Ciencia, que otorga el Consejo de Presidentes de Sociedades Científicas de los Estados Unidos.

En estos tiempos en que nos ha tocado vivir, parece como si las ideas y enseñanzas de Carl Sagan fueran más actuales e importantes que nunca. Entre fanáticos vocíngleros de todos los signos, guerras de religión del siglo XXI, sociedades en involución, ataques a los derechos humanos y el retorno de las numerosas supersticiones e ignorancias que en el mundo han sido, la pedagogía, la ética y la razón comprensible por todos del astrofísico de la gente sencilla resultan urgentes y fundamentales. Más allá de las estéticas, difícilmente ha perdido un ápice de actualidad. Sigue siendo capaz de fascinar. Sigue siendo capaz de hacernos soñar. Sigue siendo capaz de sacar lo mejor de nosotros mismos: ese niño de mente inquieta, conciencia clara y frente despejada y soñadora. Que es seguramente, como dijimos, lo mejor y más brillante que se puede ser.


La última entrevista a Carl Sagan, poco antes de su muerte (no la he encontrado con subtítulos en castellano, pero sí en portugués, que se entiende bastante bien). Parte 1, parte 2, parte 3.

Carl Sagan, doctor en astronomía y astrofísica, divulgador.

Carl Sagan (1934-1996).
Doctor en astronomía y astrofísica, especialista en Ciencias Planetarias.
Medalla de Servicios Públicos Distinguidos y Medalla de Logros Científicos Excepcionales de la NASA, Premio Hugo, Premio Humanista del Año (1981), Premio Isaac Asimov, Premio John F. Kennedy a la Astronáutica, Medalla Konstantin Tsiolkovsky de la Federación de Cosmonautas Soviéticos, Premio Masursky, Premios Emmy, Peabody y Pulitzer, Medalla al Bienestar Público de la Academia de Ciencias de los Estados Unidos.
Divulgador de la Ciencia, la Paz, el Humanismo Secular y la Razón Ilustrada, para la Humanidad.

Thank you, Carl.

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¡Qué malo!Pschá.No está mal.Es bueno.¡¡¡Magnífico!!! (88 votos, media: 4,91 de 5)
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