Archivo de octubre, 2010

Un finde de ciencia-ficción

Este fin de semana ando de parranda por el Congreso Nacional de Fantasía y Ciencia Ficción. ;-)
Así pues, sólo una anotación breve.

Cartel de la XXVIII HispaCon 2010

Cartel de la XXVIII HispaCon 2010

Este fin de semana, y hasta el martes, se celebra en la Casa de la Cultura de Burjassot el XXVIII Hispacon; esto es, el Congreso Nacional de Fantasía y Ciencia Ficción. Hacía más de una década que no se realizaba en Valencia, así que no estaba dispuesto a perdérmelo. Aún menos tendiendo en cuenta que anda por ahí mi editor, un gran aficionado al tema. :-D

Aunque desconocida para muchos, ha existido en España una larga historia de excelente ciencia-ficción que se remonta por lo menos a 1532, con el Somnium del clérigo Maldonado. Y se extiende a lo largo de los siglos con el Viaje Fantástico del Gran Piscator de Salamanca (1732), el abate Marchena (1787) o el diplomático Enrique Gaspar: su Anacronópete (1887) relata un viaje en una máquina del tiempo ocho años antes que H. G. Wells. A finales del siglo XIX, los primeros congresos socialistas convocan premios de literatura utópica que exploran posibles sociedades futuras de corte socialista o anarquista: algunas de las obras surgidas en estos certámenes pueden calificarse netamente como ciencia-ficción de gran calidad; por ejemplo, La Nueva Utopía de Ricardo Mella.

La ciencia-ficción española ingresa en el siglo XX mediante una diversidad de autores y estilos; hasta nuestro Premio Nobel científico, don Santiago Ramón y Cajal, se aventuró en el género con sus Cuentos de Vacaciones a caballo entre una especie de divulgación científica y un a modo de ciencia-ficción. Si bien entre las muchas habilidades intelectuales de don Santiago no se contaba la de narrador –al menos, a tenor de estos Cuentos–, muchos otros vinieron a remediarlo. Durante las primeras décadas del siglo de la técnica hay una auténtica efervescencia creativa en el género: desde las novelas del fin del mundo tanto laicas (La catástrofe de N. Tassin, 1924) como católicas (La bestia del apocalipsis del sacerdote Juan José Valverde, 1935)  hasta los viajes a Marte de Modesto Brocos (ca. 1930) e incluso una literatura fantástica humorística en clave de ciencia-ficción. Sin olvidar, por supuesto, al coronel Ignotus (gracias, Agustín).

La Guerra Civil y la dictadura franquista arrasó todo esto, como tantas otras cosas valiosas más. Con la Ilustración y buena parte de la ciencia españolas fusiladas o en el exilio, y bajo un régimen totalitario nacionalcatólico, toda esta clase de ideas no eran muy bienvenidas (y eso que había habido un buen número de religiosos entre estos autores). Hay que esperar veinte años para que alguien tan poco sospechoso de ideas extrañas como el veterano de la División Azul, inspector de la policía política franquista y (todo sea dicho) excelente escritor Tomás Salvador publique La Nave (1959), restaurando así al menos una sombra de ficción científica como gran literatura en España.

Por lo demás, la ciencia-ficción había encontrado un pequeño refugio en torno a la Editorial Bruguera: relatos inocuos (y muchas veces infames) para inofensivo entretenimiento popular, ambientados una semana en el espacio, la que viene en el oeste americano y a la otra como folletín romántico. Es la época de las novelas de a duro, y en la mayor parte de los casos no se trata de verdadera ciencia-ficción sino de folletines ambientados en naves espaciales. No obstante, a partir de 1953 va surgiendo en Editorial Valenciana la obra del liriano George H. White, pseudónimo de Pascual Enguídanos: la Saga de los Aznar (sin coñitas :-P), que en gran medida fue reescrita por el propio autor a partir de 1973, cuando la censura era ya menos férrea. Premiada como la mejor serie europea de ciencia ficción en la EuroCon de 1978, muchos la consideran la expresión más acabada de una saga de este género en castellano. Existe un círculo de entusiastas a su alrededor, que aprovechan la HispaCon para celebrar su propia AznarCon:

AznarCon 2010

AznarCon 2010.

AznarCon 2010

Mi editor, Pedro G. Bilbao, presentando una ponencia en la AznarCon 2010.

Bueno, y no os doy más la brasa. Os dejo con otro par de fotos de la HispaCon 2010:

HispaCon 2010

HispaCon 2010 por el día

HispaCon 2010

HispaCon 2010 por la noche

Stand HispaCon 2010

Stand HispaCon 2010

Y quien quiera pasarse, que recuerde que tiene hasta el martes. El programa de actividades está aquí.

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¿Gafas de colores contra la dislexia?

…y contra el autismo, y contra la hiperactividad, y contra el mal comportamiento,
y contra las dificultades escolares, y contra las migrañas, y contra… ¿suena a charlatanería, quizás?

Gafas de colores

"Gafas de colores", supuestamente eficaces contra la dislexia y otros trastornos del aprendizaje y neurocognitivos, vendidas en numerosos países bajo una pluralidad de marcas comerciales.

Como sé que con este post me juego una denuncia de esas de taparte la boca, ahí va el disclaimer o apercibimiento legal: este artículo elabora sobre las lentes oftálmicas, láminas y gafas de colores ofrecidas al público por determinadas marcas y profesionales con el supuesto propósito de solucionar una diversidad de problemas de lectura, aprendizaje y comportamiento infantil; y lo hace a partir de lo expuesto en la declaración clínica conjunta de la Academia Estadounidense de Pediatría, la Academia Estadounidense de Oftalmología, la Asociación Estadounidense de Oftalmología Pediátrica y Estrabismo y la Asociación Estadounidense de Ortoptistas Certificados cuyo resumen («abstract»), una vez traducido al castellano, dice así:

«Las incapacidades de aprendizaje, incluyendo los impedimentos para la lectura, se diagnostican habitualmente en niños. Sus etiologías son multifactoriales, reflejando influencias genéticas y disfunciones de los sistemas cerebrales. Las incapacidades de aprendizaje son problemas complejos que requieren soluciones complejas. […] La mayor parte de los expertos opinan que la dislexia es un trastorno basado en el lenguaje. Los problemas de visión pueden interferir con el proceso de aprendizaje; pero los problemas de visión no son la causa de la dislexia primaria o las incapacidades de aprendizaje. La evidencia científica NO apoya la eficacia de los ejercicios del ojo, la terapia conductual visual o las lentes o filtros tintados especiales para mejorar el rendimiento educativo a largo plazo en estas enfermedades neurocognitivas pediátricas complejas. Las aproximaciones al diagnóstico y tratamiento que carecen de evidencia científica sobre su eficacia, incluyendo los ejercicios del ojo, la terapia conductual de visión o los filtros o lentes tintados especiales, no se avalan y no deberían ser recomendados.»

Learning Disabilities, Dyslexia, and Vision.
En
Pediatrics (Revista oficial de la American Academy of Pediatrics) 2009;124;837-844;
Declaración clínica conjunta de la American Academy of Pediatrics, Council of Children with Disabilities; American Academy of Ophthalmology; American Association for Pediatric Ophthalmology and Strabismus; American Association of Certified Orthoptists.
DOI: 10.1542/peds.2009-1445. Copyright © 2009 by the American Academy of Pediatrics.
Texto completo en PDF.

Este artículo, por tanto, parte de esta información y se sustenta en ella de buena fe para informar al público sobre estos productos y expresar la opinión personal del autor al respecto, sin presunción de formación médica o análoga. Dicho queda.

Gafas de sol

Gafas de sol de diversos colores dispuestas para su venta en una tienda de Manhattan. A la luz de la información científica disponible, no está demostrada la diferencia terapéutica entre el uso de las lentes o filtros que se distribuyen como útiles contra la dislexia y unas gafas de sol coloreadas corrientes como estas, con un precio muy inferior.

¿De qué va esto?

Pues va de que hoy estoy cabreado. Francamente cabreado. Y además, te lo voy a contar. Verás. Tengo una amiga muy querida con una hija de ocho años (no, no es hija mía). Esta niña es una cría muy inteligente y salada, que a mí me cae muy bien, aunque debo matizar que a mí me van las experiencias fuertes; porque la chiquilla en cuestión tiene su carácter, es un terremoto que no para quieta y algunos adultos no acaban de saber cómo manejarse con ella. Adicionalmente, la niña presenta diversos problemas de aprendizaje y entre ellos algunos bastante inespecíficos vinculados con la lectura. Existe alguna posibilidad de que se trate de dislexia o algún trastorno relacionado, aunque también es fácil que se derive tan solo de sus problemas de concentración por ser –simplemente– un puro nervio. Se estaba considerando la posibilidad de llevarla a algún profesional para una evaluación más detallada.

Hasta aquí, lo normal con un crío movido que puede tener, o no, un problema de aprendizaje. Entonces, desde hace un par de semanas, mi amiga se ha visto en el centro de una auténtica campaña para que le compre unas ciertas gafas de colores. «¿Gafas de colores?», te preguntarás, como se preguntó ella. «¿Qué demonios tendrán que ver unas gafas de colores con un potencial trastorno neurocognitivo complejo como la dislexia o similar?» Pues sí, sí, gafas de colores: según sus proponentes, son poco menos que la panacea universal y la solución de todos los problemas para la niña y para la madre. Bueno, o casi todos. ¿Su precio? Unos seiscientos o setecientos euros de nada. Hay trabajadores que no ganan ese dinero en un mes.

A mi amiga –una persona también inteligente y hasta cierto punto escéptica, perteneciente a una familia para la que esas cifras representan un esfuerzo económico significativo– el asunto le huele a chamusquina. Consulta con su óptica habitual, con otra que le pilla cerca de casa, con un médico y con un par de amistades que trabajan en el sector. Todos le dicen que es lo mejor que se ha inventado desde la sopa de ajo. Aún desconfiando, le pide a su hermano –persona de mejor formación– que le haga el favor de mirar a ver de qué va eso. Su hermano pregunta en varias ópticas, consulta en Internet, incluso visita una organización local de profesionales de la visión. Todos insisten en que se trata de una maravillosa novedad que le arreglará a su hija la (no diagnosticada) dislexia y lo que sea menester. Avalada por Sanidad y por todos los médicos y no sé cuántas cosas más. Científicamente verificada. ¡Y hasta ha salido en la tele y en los periódicos!

Pero a ella, pelín cabezona a fuer de racional, el tema le sigue sonando raro. Así que, casi in extremis y bajo una fuerte presión social, llama a un fulano que conoce y que le merece cierto crédito personal en estas materias relacionadas con la cosa científica: vuestro seguro servidor, el tío Yuri. El tío Yuri, que es la primera vez que oye hablar del asunto en su vida, parpadea con algún escepticismo y dice aquello de «dame un rato, que voy a echar un vistazo por ahí». El asunto, claro, apesta a charlatanería por los cuatro costados; pero, habiendo tantas garantías profesionales y presuntamente científicas, sin duda es materia a manejar con precaución y mente abierta. Eso sí, como se dice de viejo, no tan abierta que se te vaya a caer el cerebro. Que luego es una guarrada de recoger, y todo eso.

Cuentas de colores curalotodo.

Síndrome de sensibilidad escotópica

La hipótesis subyacente a las lentes o filtros Irlen se sustenta en la existencia de un cierto "síndrome de sensibilidad escotópica" (síndrome Irlen, síndrome de Meares-Irlen), que provocaría a sus víctimas una serie de distorsiones de lectura como las representadas en la imagen. Sin embargo, la existencia de esta enfermedad tampoco está validada científicamente; y estas distorsiones y síntomas –que son reales y padecidos por quien los sufre– se pueden atribuir a una diversidad de trastornos ya conocidos sin necesidad de recurrir a tal "síndrome".

En el primer vistazo, me encuentro con lo mismo que el hermano de mi amiga: toda clase de garantías, páginas enteras de testimonios favorables, estudios supuestamente científicos avalando el producto y hasta famosetes de medio pelo promocionándolo en las páginas web de los respectivos distribuidores. Todo ello, con un tufo a campaña de marketing de primera para vender un producto milagrero; lo cual, obviamente, no hace más que aumentar mis dudas. ¿Has visto alguna vez a famosetes promocionando un fármaco contra el cáncer, por poner un ejemplo? Y lo de los estudios científicos, así a pelo, qué quieres que te diga: a estas alturas, uno ya ha visto unos cuantos convenientemente cocinados por la industria correspondiente. Así pues, me dedico a husmear con mayor profundidad.

El primer progreso se produce cuando logro descubrir el nombre original del producto: se trata de los filtros o lentes Irlen. En España se comercializan, por ejemplo, otras lentes de colores análogas bajo la marca Chromagen. Resulta que el invento, como novedad, no es gran cosa: data de al menos 1980 y sus orígenes, de los inicios del siglo XX. Además, desde el principio, se promocionó a través de los medios de comunicación de masas más que mediante los canales científicos habituales: demostraciones de eficacia en televisión y toda la pesca. Mi particular medidor de charlatanería comienza a vibrar seriamente.

El segundo descubrimiento, ya más preocupante, es que la lógica detrás de la lentes coloreadas en cuestión obedece al diagnóstico de una supuesta enfermedad no aceptada por la comunidad científica: el llamado Síndrome de Sensibilidad Escotópica, descubierto por un profesor neozelandés y una psicóloga o algo parecido norteamericana. De nuevo, este presunto síndrome y su solución –los cristales coloreados de marras, ¡qué conveniente!– ha sido popularizado en los países de habla inglesa mediante best-sellers y cosas por el estilo… pero no encuentro nada ni parecido a una validación científica metodológicamente admisible.

Con estos datos en la mano y el detector de charlatanes cantando ya por bulerías, renuncio a seguir abriéndome paso entre el barullo para todos los públicos –¿cuántas páginas de testimonios favorables se pueden llegar a escribir?– y me voy directamente a las fuentes de literatura científica seria. Ya que la cosa parece provenir del mundo anglosajón entro en PubMed, el portal de artículos biomédicos científicos de la Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos, organismo público federal de los Institutos Nacionales de Salud. Una breve búsqueda comienza a producir resultados rápidamente. La primera, en la frente; un viejo artículo de 1991 ya nos advierte lo siguiente en su abstract:

«Revisamos la investigación relacionada con el uso de lentes tintadas y láminas coloreadas Irlen para alumnos que van retrasados. Muchos de estos estudios no fueron publicados en revistas referenciadas y son metodológicamente pobres. Se discute la debilidad del argumento Irlen, incluyendo la ausencia de evidencia para apoyar la afirmación de que estas lentes deben ser prescritas y fabricadas de manera exclusiva. La sintónica es otra forma de «terapia de visión por colores» que se ha aplicado a personas con dificultades de lectura. La investigación sobre esto se ha revisado, y también se ha demostrado que presenta irregularidades de procedimiento que impiden alcanzar conclusiones firmes. Debido a la pobre calidad de muchas de estas investigaciones, las afirmaciones de sus proponentes no se pueden demostrar ni dejar de demostrar. […]»

En Ophtalmic and Physiological Optics (Revista del Colegio de Ópticos del Reino Unido), julio 1991; 11(3):206-17: Lentes tintadas y terapias relacionadas en los problemas de aprendizaje – una revisión. Autores: Evans BJ, Drasdo N.; Departamento de Ciencias de la Visión, Universidad de Aston, Birmingham, Reino Unido.

Ups. Bueno, es un artículo antiguo, ¿eh? ¡Casi veinte años! Vamos, vamos, si hay tanta gente profesional recomendándolo, no puede ser tan malo. A ver, sigamos buscando

«Fracaso de las lentes tintadas en azul para cambiar los resultados lectores de individuos disléxicos.

Autores: Christenson GN, Griffin JR, Taylor M.; Christenson Vision Care, Hudson, Wisconsin 54016, USA.

CONTEXTO: Este estudio fue diseñado para corregir un fallo mayor percibido en estudios anteriores que investigaban las lentes tintadas y la dislexia: la carencia de un método directo y validado científicamente para diagnosticar el tipo y la severidad de la dislexia.

MÉTODOS: Dieciséis estudiantes de entre 5º y 8º grado [10-14 años], diagnosticados con dislexia mediante el Test de Determinación de Dislexia (DDT), fueron divididos al azar en dos grupos de ocho. A un grupo se le aplicó la prueba primero con filtros azules y, de 2 a 5 semanas después, sin filtros; utilizando el Test Gates-McGinitie de comprensión lectora. Al otro grupo de ocho se le aplicó la misma prueba, primero sin filtros y de 2 a 5 semanas después con filtros. El nivel escolar del test utilizado para cada individuo era acorde al nivel de decodificación DDT.

RESULTADOS: No hubo diferencia significativa en el nivel de comprensión lectora o la velocidad de lectura cuando la condición con filtro azul se comparó con la condición sin filtro.»

En Optometry – Revista de la Asociación Estadounidense de Optometristas (octubre 2001;72(10):627-33).

Esto… eh…

«El uso de lentes tintadas como un método para mejorar las habilidades lectoras en niños con dislexia ha sido un asunto controvertido en los últimos años. El propósito del presente estudio fue determinar si las lentes tintadas ocasionan una mejora significativa en la capacidad lectora de los niños disléxicos. […]

Los análisis de varianza [estadística] en la capacidad lectora no mostraron ni mejoría ni deterioro atribuible al color o densidad de la lente cuando se [tienen en cuenta] los márgenes de error […]. Adicionalmente, la lente que fue preferida subjetivamente por cada niño [tampoco] se correlacionó con la habilidad lectora real.»

Archivos de Oftalmología, volumen 111, febrero de 1993, pp. 213-218; ¿Las lentes tintadas mejoran la capacidad lectora de los niños disléxicos?, por Sheryl J. Menacker (médica); Michael E. Breton (doctor en medicina); Mary L. Breton; Jerilynn Radcliffe, (doctora en medicina); Glen A. Gole, (médico). División de Oftalmología, Hospital Infantil de Philadelphia (Pennsylvania).

Declaración conjunta de la Academia Estadounidense de Pediatría, la Academia Estadounidense de Oftalmología, la Asociación Estadounidense de Oftalmología Pediátrica y Estrabismo y la Asociación Estadounidense de Ortoptistas Certificados sobre las gafas de colores

Fragmento de la Declaración conjunta de la Academia Estadounidense de Pediatría, la Academia Estadounidense de Oftalmología, la Asociación Estadounidense de Oftalmología Pediátrica y Estrabismo y la Asociación Estadounidense de Ortoptistas Certificados sobre las "gafas de colores", publicada en Pediatrics (2009;124;837-844). En el texto resaltado se lee "...los filtros o gafas coloreados especiales no se avalan y no deberían ser recomendados". © 2009, American Academy of Pediatrics. (Clic para ampliar)

A estas alturas, claro, mi medidor de charlatanería y productos milagreros ya berrea cual contador Geiger en Chernóbyl. Y mi cabreo va en aumento al mismo ritmo. Comienzo a pensar seriamente que alguien le quiere tangar a mi amiga una pasta que sólo se puede permitir con un gran esfuerzo, en nombre de la salud y la educación de su hija, mediante un vil cuento chino con todos los parabienes médicos, ópticos y mediáticos de su entorno habitual más los testimonios habituales en todas las páginas web, revistas y demás. No es de esperar que una madre de familia que no habla inglés y trabaja de sol a sol para sacar adelante a su chiquilla tire horas en el PubMed buscando información científica de alto nivel: tiene que fiarse de lo que le dicen las autoridades de su alrededor. Y resulta que las susodichas autoridades, al parecer, no tienen ni puñetera idea de lo que están hablando; si es que no le están ocultando información para impedirle saber que estas gafas de colores constituyen, como poco, un método terapéutico controvertido y con muy dudosos avales científicos. Eso sí, para hacerle las pruebas colorimétricas a la niña e informarle sobre la pasta que le van a costar las lentes y sus opciones de pago están rápidos y diligentes como el rayo.

Para rayo, el que me está saliendo a mí encima de la cocorota junto a una nubecita negra. Porque, entonces, observo que varios de estos artículos que he obtenido en el PubMed hacen referencia a una cierta declaración clínica conjunta de las principales entidades científicas de los Estados Unidos competentes en la materia con respecto a estas gafas de colores. Mediante una rápida búsqueda, me encuentro el texto citado al principio de este artículo, con fecha de 2009. Resulta que la Academia Estadounidense de Pediatría, la Academia Estadounidense de Oftalmología, la Asociación Estadounidense de Oftalmología Pediátrica y Estrabismo y la Asociación Estadounidense de Ortoptistas Certificados… ¡llevan advirtiendo desde al menos 1993 que la efectividad terapéutica de las gafas de colores es, en el mejor de los casos, una conjetura sin validar científicamente! Recordemos:

[…] los problemas de visión no son la causa de la dislexia primaria o las incapacidades de aprendizaje. La evidencia científica NO apoya la eficacia de los ejercicios del ojo, la terapia conductual visual o las lentes o filtros tintados especiales para mejorar el rendimiento educativo a largo plazo en estas enfermedades neurocognitivas pediátricas complejas. Las aproximaciones al diagnóstico y tratamiento que carecen de evidencia científica sobre su eficacia, incluyendo los ejercicios del ojo, la terapia conductual de visión o los filtros o lentes tintados especiales, no se avalan y no deberían ser recomendados.»

Learning Disabilities, Dyslexia, and Vision. En Pediatrics (Revista oficial de la American Academy of Pediatrics) 2009;124;837-844;
Declaración clínica conjunta de la American Academy of Pediatrics, Council of Children with Disabilities; American Academy of Ophthalmology; American Association for Pediatric Ophthalmology and Strabismus; American Association of Certified Orthoptists. DOI: 10.1542/peds.2009-1445.
Copyright © 2009 by the American Academy of Pediatrics.
Texto completo en PDF.

Uno puede entender, con algún esfuerzo, que hasta al mejor profesional se le pasen por alto unos oscuros artículos publicados en la literatura extranjera. Lo que no tiene ningún sentido es que ignoren declaraciones conjuntas de las principales entidades científicas en su especialidad, repetidas y publicadas insistentemente a lo largo de casi dos décadas, garantizando a un público indefenso la eficacia de un supuesto tratamiento no avalado y no recomendado por estas instituciones. Es como si un electricista doméstico ignorara el Reglamento Electrotécnico de Baja Tensión o un ingeniero atómico desconociese la normativa internacional sobre seguridad nuclear, recomendando a sus clientes en su lugar prácticas sugeridas por una empresa con intereses en el sector (bueno… ejem…).

Aún hay más: el mecanismo de acción y la naturaleza específica del producto son esencialmente desconocidos. En ningún lugar se explica de qué manera estas lentes o filtros hacen lo que se supone que hacen (no de manera verificable científicamente, vaya), ni tampoco por qué tienen que ser esas específicamente y no cualquier otro cacho de cristal coloreado (en algún sitio hablan de la supresión de las frecuencias lumínicas perniciosas, pero de nuevo la utilidad de esto está sin validar). En suma: todo lo que rodea a estos cristales de colores parece estar sistemáticamente orientado a la venta de un producto determinado –las gafas, filtros y láminas en cuestión– en vez de al progreso de la ciencia, la medicina, la oftalmología, la óptica o el bienestar público en general. Algo muy característico de la charlatanería.

Filtro polarizado

Existen, naturalmente, numerosas lentes y filtros que permiten aguzar la visión mediante distintas técnicas como la reducción del brillo, el incremento del contraste, etcétera. Por ejemplo, en la imagen vemos cómo un filtro polarizado vuelve visibles las tortugas que hay dentro del agua (las típicas "gafas de pescador"). Pero esto no mejora y no tiene por qué mejorar ningún trastorno neurocognitivo o conductual subyacente; la sensación de "ver mejor" (o con más confort) y los sesgos de confirmación y atribución típicos en estos casos pueden conducir fácilmente a un efecto placebo.

La respuesta de los (verdaderos) científicos.

Mensaje enviado a los Colegios Oficiales de Medicina y Optica sobre las lentes Irlen

Mensaje enviado el martes antepasado a diversos Colegios Oficiales de Medicina y Optica sobre las lentes de colores. (Clic para ampliar)

Empiezo a preguntar por ahí, a amigos y conocidos de varias ciudades. Resulta que el caso de mi amiga no es excepcional ni mucho menos. Las gafas de colores se están vendiendo en un número de comercios y consultas oftalmológicas y ópticas como método terapéutico útil contra la dislexia, la hiperactividad y diversos trastornos del aprendizaje y el comportamiento. Algunos se asombran ante mi pregunta: ¿acaso no lo he visto en la tele, en la prensa? (Bien, la verdad es que no…)

Resulta obvio que ha llegado la hora de saltar del mundo virtual (aunque sea referenciado y perfectamente científico) al mundo real. El asunto parece lo bastante grave como para consultar directamente a los máximos representantes de ópticos y oftalmólogos en España, así que el martes antepasado (28 de septiembre) envié una serie de correos electrónicos al Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos de España, al Colegio Nacional de Ópticos-Optometristas de España y al Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid, así como al Colegio de Ópticos Optometristas de la Comunitat Valenciana y el Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Valencia (ciudad donde resido actualmente). En ellos, les informaba del resultado de esta pequeña investigación y les prevenía que este post iba a ser muy crítico contra algunos de sus colegiados, invitándoles a realizar cualquier aclaración que considerasen oportuna. Si quieres ver uno de los mensajes enviados, amplía la imagen de la derecha; todos fueron muy parecidos a ese.

La reacción de la mayor parte de estas instituciones fue muy amable y cooperadora. De manera particular, el Colegio de Ópticos-Optometristas de la Comunitat Valenciana me sugiere que me ponga en contacto con dos personas: la doctora Rosa María Borrás, profesora titular de óptica y optometría en la Universitat Politècnica de Catalunya; y el doctor Joaquín Vidal López, óptico-optometrista y psicólogo, profesor en la Universitat Oberta de Catalunya, autor de la tesis doctoral «Estudio de los factores que intervienen en los efectos de las lentes coloreadas sobre la velocidad lectora: análisis de tres modelos teóricos explicativos» (2007).

Me pongo a leer la tesis del Dr. Vidal y llamo por teléfono a la Dra. Borrás. Rosa Borrás resulta ser una profesora de lo más afable y accesible; una de esas personas que saben tanto sobre su especialidad que cada una de sus frases constituye un verdadero compendio de conocimientos a diseccionar y analizar con calma. Al final de la conversación, me da pena colgar el teléfono: podría haber seguido aprendiendo de sus palabras mucho más. En el tema que nos ocupa, confirma mis sospechas: la eficacia de las gafas de colores para el tratamiento de trastornos neurocognitivos complejos como la dislexia permanece sin demostrar y es inexistente con toda probabilidad. Lo que ocurre, me dice, es que pueden aumentar el confort visual para algunas personas –disléxicas o no– a las que la proximidad de líneas de color negro sobre un fondo blanco resultan molestas o confusas. Como resultado, también existe la posibilidad de reducir algunos dolores de cabeza y migrañas relacionados con estas molestias; todo lo cual puede provocar efectos en los estudios por resonancia magnética funcional e inducir un efecto placebo al usuario. Pero, en sus propias palabras, «un vidrio óptico no puede hacer otra cosa que esto. Otro tipo de virtud no tiene. Ni va leer mejor, ni nada. Los problemas de comprensión y lectura van a quedarse igual.»

Escola Universitària d'Òptica i Optometria de Terrassa, Universitat Politècnica de Catalunya

Desde la Escuela Universitària de Óptica y Optometría de Terrassa, perteneciente a la Universitat Politècnica de Catalunya - BarcelonaTech, la Dra. Rosa Mª Borrás nos explica que el único efecto posible de las "gafas de colores" es incrementar el confort visual y no pueden tratar o curar problemas del aprendizaje o del comportamiento.

Mientras tanto, desde el Colegio Nacional de Ópticos-Optometristas de España (donde, por cierto, dentro de tanta amabilidad como me he encontrado mientras investigaba este post fueron especialmente agradables) me hacen llegar copia de un artículo publicado en su revista oficial, la Gaceta Óptica, firmado por el mismo Dr. Vidal y donde puede leerse lo siguiente:

«Por lo tanto, los filtros coloreados utilizados en el presente trabajo no parecían ser un método eficaz para tratar los problemas de lectura porque propiciaban la aparición del efecto placebo y, al no estar demostrada su eficacia como tratamiento, se debería desaconsejar a los pacientes porque se desperdicia tiempo y recursos económicos que podrían ser empleados en intervenciones que hayan demostrado su eficacia.»

–En Gaceta Óptica, órgano oficial del Colegio Nacional de Ópticos-Optometristas de España; marzo 2008;424:28-29.

O sea, que no era un problema de que la gente tenga dificultades con el inglés y las publicaciones extranjeras. La misma conclusión a la que llegaron las instituciones norteamericanas detalladas más arriba estaba disponible en la Gaceta Óptica desde marzo de 2008 como mínimo.

He consultado con más personas expertas en óptica y oftalmología pediátricas durante la elaboración de este post. Ninguna de todas ellas defendió que las gafas de colores pudieran ser de alguna utilidad en el tratamiento de los problemas de lectura, aprendizaje o comportamiento infantil con base neurológica, psiquiátrica, psicológica o neurocognitiva. Antes bien al contrario, me encontré con algunas opiniones fuertes sobre las mismas, que se me permite citar sin desvelar quién lo dijo. Preguntada una de estas fuentes deseosas de mantener el anonimato sobre la supuesta especificidad de estos cristales que justificara su elevado precio, respondió: «Ellos [los fabricantes] dicen que es porque retienen unas frecuencias muy específicas, pero esto ni está demostrado ni sirve para nada [en los trastornos del aprendizaje]. Además, el efecto sobre la retina variaría incontrolablemente según las condiciones de iluminación. Ni siquiera llevan antirreflejos, polarización ni nada parecido. No hay ninguna diferencia con un cristal óptico normal.« Otra concluyó, simplemente: «qué retengan frecuencias ni qué niño muerto… cobrarle a la gente cientos de euros por unos vidrios tintados no se justifica de ninguna manera.»

Reconozco públicamente que me esperaba algún tipo de defensa corporativista, intentos de marear la perdiz o introducir confusión o al menos disculpar o justificar el asunto. No ocurrió nada de todo esto. Nadie me hizo la menor sugerencia sobre lo que debía escribir o dejar de escribir. Antes bien al contrario: todo el mundo fue claro, directo y cooperador. A lo más que llegó una persona fue a pedirme «cariño» con aquellos compañeros que pudieran estar en un error de buena fe; petición que me parece de lo más justa. Por haber pensado lo que pensé, pido disculpas de manera igualmente pública: lección aprendida.

Colores Irlen

Algunas personas presentan molestias visuales al enfocar la vista en patrones de líneas negras sobre fondo blanco (similares a las líneas de texto en un papel), con un efecto de hiperexcitabilidad cerebral que puede llegar a producir confusión y dolores de cabeza durante la lectura. Parte de estas personas encuentran alivio al ver tales patrones a través de un filtro de otro color. Suponer que esto implica una posibilidad de tratamiento de la dislexia, el autismo o cualquier otro problema neurocognitivo o conductual complejo no se sostiene científicamente.

¿Cómo es esto posible?

El problema no es tanto si las gafitas de marras sirven para algo por encima del efecto placebo, o no, o todo lo contrario. En principio, si están bien hechas, resultan inocuas para la vista: a nadie se le van a estropear los ojos por llevar unas gafas de colores de mediana calidad. El problema es que, confiados en este método, muchas familias pueden dejar de tratar problemas neurocognitivos o conductuales verdaderos en sus hijos: una consecuencia perversa típica de las pseudociencias. Y que valen una pasta porque se les suponen unas propiedades terapéuticas especiales garantizadas por profesionales, autoridades y medios de comunicación cuya eficacia permanece sin demostrar. Seiscientos o setecientos euros por unas lentes coloreadas de eficacia probablemente nula como tratamiento médico constituyen una cifra abultada y abusiva; las garantías de funcionamiento sin validación científica independiente lo convierten en una simple estafa aunque fuesen la panacea que prometen ser, puesto que esta garantía es engañosa, inexistente y orientada a inducir error en el comprador para sacarle los cuartos.

Cometen estafa los que, con ánimo de lucro, utilizaren engaño bastante para producir error en otro, induciéndolo a realizar un acto de disposición en perjuicio propio o ajeno.

–Artículo 248.1 del Código Penal español.

El delito de estafa será castigado con las penas de prisión de uno a seis años y multa de seis a doce meses, cuando: […] Se cometa abuso de las relaciones personales existentes entre víctima y defraudador, o aproveche éste su credibilidad empresarial o profesional.

–Artículo 250.1.7 del Código Penal español.

Pietro Longhi, El Charlatán

Pietro Longhi, El Charlatán (1757). Óleo sobre lienzo, 62 x 50 cm. En el Palacio de Ca' Rezzonico, Venecia.

En realidad, no es que todos estos profesionales, medios y autoridades varias que han apoyado o propuesto el uso de las gafas de colores como método terapéutico sean unos estafadores. La mayoría –estoy convencido– actúan de buena fe, por lo que cabría hablar más de desidia y dejación de responsabilidades (la responsabilidad de estar correctamente informado y actualizado para informar y tratar adecuadamente al paciente, ciudadano o cliente). Lo que ha pasado, simplemente, es que alguien se ha asegurado de que los estudios favorables fueran traducidos, publicados y difundidos entre los profesionales y el público; mientras que los discrepantes, al no tener a nadie especialmente interesado en fomentarlos detrás, han permanecido en la oscuridad pese a ser claramente mayoritarios, metodológicamente correctos y adecuadamente validados.

Este es un problema común cuando hay una industria y unos intereses empresariales detrás de una proposición pretendidamente científica. Por ejemplo: durante décadas, numerosas empresas tabaqueras pagaron, difundieron y publicitaron hasta el más irrelevante estudio que pareciera decir que fumar no era tan malo para la salud. También durante décadas, varias compañías de hidrocarburos hicieron lo propio con el plomo en la gasolina, y al menos hasta hace poco algunas lo hacían para negar el calentamiento global, apelando siempre a la ignorancia científica de un público desinformado y crédulo al que además hacen creer justo, sabio, mejor informado que sus congéneres y hasta heroico por resistirse a la conspiración estatal-cientista. A veces llegaron a utilizar a las mismas personas sin vergüenza alguna, como Frederick Seitz, negacionista profesional de la relación tabaco-cáncer, de la CFC-capa de ozono y finalmente del cambio climático antropogénico, siempre por cuenta de grandes corporaciones. Un libro imprescindible en ese sentido es Merchants of Doubt (Bloomsbury, 2010; ISBN 978-1-59691-610-4). Habiendo pasta detrás, siempre hay alguien dispuesto a publicar cualquier cosa.

En la medicina, y sobre todo en los servicios médicos populares, esto también ocurre. Y no poco. Es relativamente complicado colocarle a un ministerio de Sanidad un medicamento sin suficientes avales científicos, pero no lo es tanto desarrollar una campaña de marketing para que el público lo demande y en su caso lo pague. Lo hemos visto ocurrir con la homeopatía –me entra una intensa vergüenza ajena cuando veo una farmacia con homeopatía, y desde luego no entro a comprar en ella si puedo impedirlo, como evito pisar cualquiera que no suministre condones o anticonceptivos–; pero también ha sucedido con toda una serie de diagnósticos y tratamientos mucho menos que científicos y poco más que placebos. Entre ellos, los que ya tratamos en psiquiatría delirante. No hace falta carro, mulo ni sombrero de pico para ser un charlatán; los de ahora gastan traje, grandes tarjetones y apoyo mediático tanto generalista como especializado.

El caso que nos ocupa es relativamente inocuo; de hecho, es tan, tan inocuo que –siguiendo a las instituciones científicas anteriormente mencionadas– no hace nada, ni bueno ni malo. Pero no está bien. Empuja a personas de recursos económicos limitados a gastar un dinero que no tienen en un producto cuya eficacia por encima del efecto placebo es desconocida; y, de hecho, no parece muy significativa. Por confianza en el producto milagrero, potencia el retraso o la renuncia al tratamiento efectivo real. Lo hace abusando de la confianza y de la autoridad de los profesionales clínicos y los medios de comunicación. Y además, aprovechándose del clásico chantaje emocional a los papás: ¿Y si funciona? ¿Y si privo a mi hijo o hija de algo que necesita? ¿Qué dirán? ¿Seré un mal padre o  una mala madre si no le compro esto? Las soluciones simples a problemas complejos resultan siempre muy populares (aunque raramente eficaces y a menudo contraproducentes), lo que refuerza el engaño y el anhelo del cliente: ¡si pudiera arreglárselo sólo con unas gafas…!

Señor médico, señor óptico, señor publicista, señor periodista, señor o señora lo que sea: si usted ha estado en un error de buena fe con respecto a este producto, le ruego que acepte mi consejo y se ponga en contacto con su colegio oficial o sociedad profesional para que le proporcionen los detalles correctos sobre el mismo. Ya me han contado que ha pagado usted un dinero importante por el derecho a venderlo, que esto le hace daño y no le viene ni mucho menos bien; me temo que eso tendrá que reclamárselo a las personas oportunas. Yo, por mi parte, apelo a su profesionalidad y honradez.

En todo caso, si usted confía lealmente en este producto, supongo que es muy libre de aconsejárselo a su clientela aunque las máximas autoridades en la materia digan que ni lo apoyan ni lo recomiendan para ningún uso terapéutico efectivo. Pero no asegure usted que está validado científicamente, porque después de treinta años sigue sin estarlo (otra característica típica de las pseudociencias); y entonces su consejo bienintencionado se convierte en un engaño, un fraude, incluso aunque el producto fuera la mayor maravilla desde que se inventó el pan de molde. Que, honestamente, no tiene pintas de ninguna clase, más allá de mejorar el confort visual. Vamos a mantener las certezas científicas en un sitio y las ventas comerciales en otro, ¿no le parece? Es que si no, al final del recorrido, los perjudicados serán ustedes y su credibilidad.

Y si lo vende o aconseja usted como método terapéutico a sabiendas de todo esto por mero beneficio económico, pues qué le puedo decir. Que no es usted de los míos; ni merece ser considerado científico, sino charlatán, y estaremos enfrentados. Qué le vamos a hacer.

Agradecimientos: Este artículo no se habría podido elaborar sin el excelente servicio PubMed ofrecido por la Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos y, desde luego, sin la colaboración amabilísima e inestimable del Colegio Nacional de Ópticos-Optometristas de España; el Colegio de Ópticos-Optometristas de la Comunitat Valenciana; la Dra. Rosa Mª Borrás, profesora titular de óptica y optometría en la Universitat Politècnica de Catalunya; el Dr. Joaquín Vidal López, óptico-optometrista y psicólogo, profesor en la Universitat Oberta de Catalunya; el Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos de España; otros especialistas que han optado por permanecer en el anonimato; y mi amiga I. A. Z., que tuvo a bien confiar en la opinión del tío Yuri para materia tan delicada como los ojos de su hija, y al hacerlo me puso sobre la pista de este tema. Desde aquí, mi agradecimiento a todos ellos y a cualquier otra persona o entidad que se me haya podido pasar por alto. Los errores son míos, los aciertos son suyos.

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¡Qué malo!Pschá.No está mal.Es bueno.¡¡¡Magnífico!!! (124 votos, media: 4,85 de 5)
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De la muerte

…y de la vida.

ATENCIÓN: Este post puede contener alguna imagen no apta para personas fácilmente impresionables.

Veneno

Símbolo oficial de la Unión Europea para las sustancias venenosas (directiva 67/548/EWG del Departamento Químico Europeo). El cráneo humano, solo o acompañado de otros huesos, ha sido un símbolo de la muerte y el peligro mortal en muchas culturas desde tiempo inmemorial debido a los procesos de esqueletización comunes a todos los cuerpos humanos tras su fallecimiento.

Hay una cosa que me llama poderosamente la atención. Con toda probabilidad, el nacimiento, la muerte y las funciones fisiológicas esenciales son las únicas experiencias que vamos a compartir todos los seres humanos que en el mundo somos. Y sin embargo, en las sociedades occidentales de hoy en día parece ser de mal gusto hablar sobre ello. La muerte en particular, casi una obsesión cultural en tiempos antiguos y clave en el pensamiento religioso premoderno, ha desaparecido por completo del discurso público. Parece ser socialmente inadecuado hablar de ella, una cosa macabra, inquietante y de mal rollo. A mí me parece no solo importante, sino algo por completo natural. Hablemos, pues, del morir. Y, necesariamente, del vivir.

Una experiencia personal.

Como ya te habrás dado cuenta, no suelo hablar mucho de mí mismo por este medio. Bueno, la verdad es que –descontando alguna anécdota– no lo hago en absoluto. Tengo varios motivos para ello, entre los que destacaré dos. El primero es que me siento más cómodo, más libre y hasta más seguro escribiendo bajo seudónimo. El segundo es que este blog y este avatar Gagarin quieren señalar frecuentemente a las estrellas y, siguiendo al filósofo, no me gusta dar muchas opciones para que nadie se centre inadvertidamente en el dedo. Los dedos de señalar siempre tienen padrastros, algo de mugre bajo la uña y, sobre todo, son esencialmente irrelevantes para los temas que suelo tratar. No vendría a cuento.

Sin embargo, hoy voy a hacer una excepción, precisamente porque sí viene a cuento: tengo una experiencia personal extensa con la muerte. Mi madre murió cuando yo tenía cuatro años, mi padre al poco de que alcanzara la mayoría de edad y el resto de la familia más inmediata donde me crié no llegó a ver este nuevo milenio. También han desaparecido otras personas de gran importancia para mí; prefiero reservarme los detalles sobre esto. Por si no fuera suficiente, he tenido algún trabajo relacionado con la muerte; especialmente, cuando se producen determinadas pérdidas colectivas.

Vamos que, más allá del tratamiento científico habitual en este blog, hoy hay también una experiencia personal larga y complicada; te confesaré que, a veces, me siento como si hubiera vivido una guerra de esas duras, donde cae todo el mundo a tu alrededor, un mundo entero desaparece y terminas asombrándote de que tú aún sigas en pie (aunque ciertamente tocado). Sí, la vida es a veces un poco perra, pero ahora no vayas a hacerme la guarrada de darte pena o eso: es lo que hubo, tocó apechugar y hay muchos otros que por el mero hecho de nacer en un lugar o de una manera equivocados lo han tenido mucho peor. Si te da mucha penita, puedes hacer una donación a Cruz Roja o a Médicos sin Fronteras o a la UNICEF o algo.

Cuando tienes la ocasión de vértelas tantas veces y tan de cerca con la dama de la guadaña, a la fuerza terminas por aprender algunas lecciones; de las científicas y de las otras. Una de ellas es que la muerte es necesaria de muchas maneras distintas y en muchos órdenes de la realidad diferentes. Hace desaparecer lo viejo y permite que surja lo nuevo. Mantiene el control demográfico y esas cosas. Sobre todo, sin muerte no hay vida. Hasta este universo tendrá que morir alguna vez. Y, Grandes Helores aparte, de la muerte siempre nace nueva vida, nuevas existencias, futuros.

Polinización

El Segundo Principio de la Termodinámica parece sugerir que la entropía debe aumentar constantemente hasta la muerte térmica del universo, lo que impediría el surgimiento de estructuras más complejas y organizadas a partir de otras más simples. Sin embargo, evidentemente esto no sucede en la realidad. Y es que, junto a la entropía, existe la fluctuación.

De la vida, de la entropía y de la fluctuación.

Para entender la muerte, pues, tenemos que entender primero un poco de la vida. La vida es una de esas fluctuaciones que logran violar localmente el –por demás– invencible principio de entropía: la Segunda Ley de la Termodinámica. Ya sabes que en este universo respetamos por fuerza las leyes de la Termodinámica, pero no necesariamente en todos los momentos y lugares a la vez.

A mí me gusta visualizar la entropía como una legión infinita de duendecillos bastante bordes cuya única misión en el cosmos consiste en batirlo para empujarnos constantemente hacia el desorden y el caos –es decir: hacia el equilibrio–, sin que se les escape ni el más ínfimo detalle de la realidad. Imagínate una casa. Una casa recién construida, nueva, recién amueblada y limpia como una patena. Incluso aunque no residan en ella fuerzas caóticas como los niños, incluso aunque lleves muchísimo cuidado, incluso aunque no la ocupes, la casa se va a ir ensuciando y deteriorando. Surge polvo y suciedad por todos los rincones. Aparecen pequeñas averías, y luego cada vez mayores. Los muebles se estropean. Se desarrollan grietas. Algunas bombillas dejan misteriosamente de funcionar.

En diez años, la casa ya no parece tan bonita ni tan nueva. En cien años, hay que llevar cuidado de no hacerse daño con algo. En mil años es una ruina. En un millón de años, allí sólo queda un bosque. O un desierto. Entonces, tú intentas evitarlo: la limpias, la mantienes, la reparas, la vigilas. Y lo consigues… temporalmente, pero acto seguido todo empieza a deteriorarse otra vez. Incluso aunque aportes constantemente trabajo para mantenerla como nueva (lo que ya de por sí indica que hay una fuerza de alguna clase empeñada en lo contrario), la casa seguirá ajándose. Hay un momento a partir del cual ya no es económico ni merece la pena seguir manteniéndola; entonces, decimos que está vieja y la derribamos para construir otra cosa. O, simplemente, la dejamos decaer.

A todo el universo le pasa lo mismo, desde las grandes murallas galácticas hasta las uñas de los pies. Este es el efecto de la entropía. La razón es más o menos sencilla: todo sistema organizado está intrínsecamente en desequilibrio con respecto al medio circundante; y cada uno de sus elementos, con respecto al resto de sus propios componentes. En nuestra casa hay cargas mecánicas desiguales. Y concentraciones de sustancias bastante puras, y duras interfases entre unas sustancias y otras (el cristal, el marco y la pared, por ejemplo). Y la densidad de polvo y otros contaminantes en el interior es radicalmente distinta a la que hay en el exterior, separada por delgadas líneas de transición (paredes, puertas, ventanas, tejados). Hay productos muy distintos en contacto entre sí, que tienden a reaccionar químicamente con el tiempo. Está expuesta al sol, a la lluvia, al viento, a los seísmos, a las alimañas, a la humedad, al hielo, a las plantas, a todo; y ella intenta heroicamente separar el exterior del interior, impedir que entre nada de todo esto, mantener un desequilibrio entre lo de fuera y lo de dentro. Pero los duendes de la entropía empujan y empujan y empujan hacia el equilibrio, y siempre, siempre terminan por vencer.

Todo intento de luchar contra ellos es una guerra perdida, no te imaginas hasta qué extremo: al final, su triunfo resulta inevitable; es ley cósmica. Y sin embargo, podemos ganarles batallas locales en determinados momentos del tiempo y del espacio. Eso es, en esencia, la vida.

Resonancia magnética cervical

Técnicas de imagen médica como la resonancia magnética nos permiten observar las duras interfases físico-químicas entre los distintos órganos y con el exterior. Este es un desequilibrio radical que la entropía siempre está dispuesta a corregir... dispersándolos y, con ello, matándonos.

Pues a un ser vivo le pasa lo mismo. Aunque se podría decir que las cosas vivas están en un cierto equilibrio interno (homeostasis), creo que es más preciso definirlo como un sistema organizado estabilizado dinámicamente y sujeto a constante variación temporal. Desde un punto de vista mecánico, químico o termodinámico, difícilmente se puede decir que la sangre y las células de su alrededor se hallen muy en equilibrio, por ejemplo; ni siquiera todos los órganos se hallan a la misma temperatura. Lo que están es implicados en un sistema complejo que tiende a autoestabilizarse. Pero, a la más mínima (una enfermedad, una lesión, un cambio en el medio, hasta variaciones leves), se desestabilizan rápidamente. Entonces, aparecen una serie de acciones y reacciones cuyo propósito es recuperar la estabilidad, pues tal es la naturaleza de las cosas vivas; todos conocemos las muchas maneras como un organismo vivo se defiende frente a las agresiones y alteraciones del medio (incluso del medio interno: la enfermedad).

Cuando la agresión o la alteración del medio es demasiado potente, el sistema agota su capacidad para seguir estabilizándose a sí mismo y la homeostasis fracasa. Entonces, las tenues murallas de vida que mantenían el desequilibrio esencial entre el ser vivo y lo que hay a su alrededor caen y los duendes de la entropía penetran por la brecha en oleada para restablecer el equilibrio termodinámico fundamental. La entropía aumenta rápidamente, los mecanismos de autoestabilización residuales colapsan en cadena también, y el ser vivo pierde por completo su competencia para mantener el interior separado del exterior. Su existencia como sistema organizado más o menos autónomo ha terminado y está ya demasiado deteriorado para poderla recuperar: es la muerte. El equilibrio con el medio circundante se incrementa rápidamente y prosigue de muchas maneras simples y complejas reduciendo cada uno de sus componentes a sus elementos fundamentales, que se equilibrarán también con lo que hay alrededor: es la putrefacción, el decaimiento, la desaparición. Polvo (de estrellas) eras y en polvo (de estrellas) te convertirás.

Pero entonces, si estos duendes universales de la entropía son tan invencibles… ¿cómo es que el cosmos, las estrellas, los planetas, la vida pueden llegar a surgir? Frente a un ejército tan potente, ¿por qué pudimos construir nuestra casa o crear un ser vivo completo en nuestro interior? Si hay una fuerza inconmesurablemente poderosa que empuja toda la realidad hacia el máximo equilibrio termodinámico, hacia la homogeneidad final, ¡no debería surgir nada más complejo que lo anterior, jamás! ¿No…? Entonces, ¿cómo es que llegan a formarse las galaxias, los soles, los mundos, nosotros? ¡Lo impide ni más ni menos que el majestuoso Segundo Principio de la Termodinámica, señor de universos enteros! ¡Ley cósmica, oiga!

Aquí es donde acecha de entre los lugares que no ven los ojos otra fuerza poderosa a la que podríamos denominar las hadas rebeldes de la fluctuación: enemigas a muerte del ejército de los duendes de la entropía, siervos del Señor Segundo Principio de la Termodinámica, desde el inicio de los tiempos y para siempre jamás. Blandiendo sobre sus cabellos el Teorema de la Fluctuación y al grito de «¡por la Paradoja de Loschmidt, fluctuación cuántica y termodinámica!» merodean constantemente el universo y se buscan con los duendes de la entropía para mantenerse enzarzadas contra ellos en una lucha eterna cuanto a cuanto por el dominio de la realidad.

Nebulosa de la Cabeza de Caballo

Nebulosa de la Cabeza de Caballo, un criadero de estrellas en la Constelación de Orión. En su base se forman constantemente soles y sistemas solares enteros. Si la tendencia a una mayor entropía no pudiera ser violada localmente, este tipo de fenómenos no podrían darse jamás.

Un pelín más técnicamente, la entropía total siempre debe aumentar, pero no tiene por qué hacerlo localmente en todo momento y lugar. De lo contrario, la simetría temporal de las ecuaciones que rigen el movimiento quedaría violada. Por ejemplo: si tú grabas en un video cualquier proceso de estas características que dependa del tiempo, al pasarlo al revés esa imagen «en reversa» no viola las leyes de la mecánica. Se puede decir que para cada «trayectoria hacia adelante» donde aumenta la entropía, existe una «anti-trayectoria hacia atrás» donde ésta se reduce. Esto sería imposible si el Segundo Principio de la Termodinámica se diera necesariamente en todo caso local. El problema de derivar un modelo termodinámico irreversible a partir de leyes universales que funcionan igual de bien hacia adelante o hacia atrás se conoce como la Paradoja de Loschmidt.

Pero, paradójico y todo, así funciona el universo que vemos suceder constantemente a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos. En realidad, lo que ocurre es que el Teorema de Fluctuación y el Axioma de Causalidad nos proporcionan una generalización del Segundo Principio de la Termodinámica donde los sistemas pueden revertir localmente su entropía; en ella, el enunciado convencional de este Segundo Principio constituye un caso particular. Además de que nuestros ojos lo ven ocurrir diariamente por todas partes, la demostración del Teorema de Fluctuación sólo requiere que el estado inicial del sistema se pueda describir matemáticamente (como todo en este universo); que posea consistencia ergódica, es decir, que la probabilidad del efecto esté implícita en la existencia de la causa (evidente por sí mismo: un efecto sólo puede ser el resultado de sus causas); y que las leyes físicas que lo rigen sean temporalmente simétricas, o sea, reversibles a lo largo de la flecha del tiempo.

Esto de que la entropía de un sistema sea localmente reversible, interpretado en sentido amplio, da lugar a muchos efectos curiosos y al desarrollo de la realidad a la que pertenecemos. Volvamos al ejemplo de la casa. Veíamos que el polvo, por ejemplo, ha empezado a acumularse. Si un día te hartas de limpiarlo, al cabo de un tiempo descubrirás que el polvo ha formado esas bolitas que ruedan por todas partes. Entonces te pica la curiosidad y pones una de tales bolitas al microscopio; y descubres que está constituida por una estructura filamentosa altamente organizada. Lo ha hecho el aire, la electricidad estática, los atractores de los átomos y moléculas que lo componen. Vale. ¡Pero es una violación de la entropía, de la tendencia al máximo desorden!

Estás ante una fluctuación. Un tiempo y lugar donde se ha violado localmente la tendencia a una mayor entropía, y en vez de algo más desorganizado, ha surgido algo más organizado. Se debe al propio funcionamiento de las demás leyes de la realidad, que tienden a generar determinadas estructuras y sistemas. Para que se desarrollen estructuras complejas como las moléculas o las estrellas y no te digo ya sistemas tan sofisticados como la vida, tienen que darse estas fluctuaciones.

Lo que viene a decir el Manifiesto Rebelde de las Hadas de la Fluctuación es que, aunque la batalla final contra la tiranía entrópica esté irremediablemente perdida dentro de un uno y más de de mil ceros de años, todas y cada una de las batallas hasta entonces se pueden ganar, o cuanto menos empatar. Que hay eones enteros de realidad por los que merece la pena luchar.

Hipnos Tanatos

Casi todas las culturas han personificado de algún modo a la muerte, siendo muy reconocida hoy en día la "dama de la guadaña". En la imagen, vaso griego clásico que representa a los hermanos mellizos Hypnos (Sueño) y Thánatos (Muerte), hijos de Nyx (Noche) y Erebos (Oscuridad), llevándose a Sarpedon del campo de batalla troyano. Museo Británico, pieza Cat. Vases D56.

Del vivir y del morir.

La muerte se produce conforme los persistentes duendes de la entropía vencen a las hadas rebeldes de la fluctuación. No se trata de un instante, sino de un proceso.

Me viene aquí ahora una representación sindical de los duendes de la entropía a quejarse, muy dolidos. Dicen que me he pasado siete pueblos con ellos; que ellos sólo son unos buenos currantes acosados constantemente por las iluminadas esas de la Fluctuación. Uno, francamente ofendido, murmura que a buenas horas iba a tener yo metabolismo, bioquímica o incluso existencia si no fuera por su callada labor. Y que como un día de estos se líen la manta a la cabeza y se declaren en huelga, lo vamos a flipar: el universo se quedará paralizado por completo sin remisión alguna.

No les falta su parte de razón. Sin entropía o sin fluctuación, nada de lo que conocemos podría existir. Ambas no son sino dos aspectos de la fuerza que empuja al tiempo hacia adelante, y con él al desarrollo y evolución de todo el cosmos. Eso nos incluye, claro, a nosotros. Nuestra vida personal, aunque nos parezca tan importante, no constituye sino una chispita minúscula de los procesos a gran escala que permitieron el desarrollo y evolución del universo. Y esos procesos incluyen numerosas transformaciones entre lo vivo y lo inerte –lo muerto–.

Se dice a menudo que, cuando nacemos, comenzamos a morir. Y es verdad. Incluso se puede extender a escalas cósmicas: cuando el universo surgió, comenzó también a morir; y nuestra vida personal es apenas un breve paso en ese proceso inmenso propulsado por la entropía y por la fluctuación. Si me apuras, lo asombroso es que tú y yo y todos los que conocimos alguna vez llegáramos a alentar, a amar, a odiar, a sentir y soñar y pensar; un artefacto tan vistoso de la entropía y las fluctuaciones que empuja a muchos hacia la superstición.

Aunque, a decir verdad, sólo parece tan llamativo desde nuestro pequeño punto de vista. En términos cósmicos, por el momento no somos mucho más que un moho raro con muchas ínfulas atrapado en una breve línea de gases tenues entre el abismo y el frío, en un planeta minúsculo de un sol mediocre olvidado en una galaxia cualquiera. Y si cada galaxia del universo costara un céntimo de euro, no habría dinero suficiente en el planeta Tierra para comprarlas todas ni muy de lejos. Quizá cuando logramos hacer algo más que arrastrarnos como un líquen con patas por la superficie de un planetucho perdido podremos comenzar a darnos, con justicia, algo más de pisto. En nuestro descargo cabe decir que, a fin de cuentas, acabamos de empezar como quien dice.

La vida y la muerte son, pues, aspectos del mismo proceso. Tú te formaste en el vientre de tu madre a partir de la materia inerte y la energía no-viva que mamá absorbió durante el embarazo mediante la alimentación, el aire, su mera presencia en la superficie de este planeta. Carbono, nitrógeno, oxígeno, hidrógeno, energía variada y un puñado de cosillas más: eso te construyó. La brujería de la vida radica en su habilidad para organizar todo eso en un sistema complejo capaz de estabilizarse, desarrollarse y reproducirse a sí mismo que encima hace cosas y presenta una entropía menor que todas esas sustancias y energías sueltas por ahí: la fluctuación.

Soldado georgiano muerto en la guerra con Rusia de 2008

Guerra de Osetia del Sur del verano de 2008. Este soldado georgiano ha sido fatalmente alcanzado por la materia y energía de un arma rusa, de manera suficiente para penetrar o desarticular todas sus protecciones físicas y biológicas como ser vivo organizado. A consecuencia de los efectos de estas fuerzas, su homeostasis y los procesos biológicos que mantenían estabilizados sus desequilibrios internos esenciales y sus funciones superiores han quedado dislocados irreversiblemente. La entropía se apodera de él para restablecer el equilibrio con el medio: decimos que está cadáver, muerto y descomponiéndose. No obstante, sigue habiendo muchas cosas vivas en él; y con sus restos, surgirán muchas más.

Sin embargo, ese es un sistema en desequilibrio radical con el medio circundante e incluso entre las distintas partes que lo componen (o de lo contrario estaría termodinámicamente muerto y no haría nada en absoluto). Sólo puede durar un tiempo, porque la entropía presiona eternamente para devolverlo a un estado de mayor equilibrio: el desorden, el caos, la desorganización que a partir de cierto punto ya no permite mantener las funciones biológicas y mentales superiores. Aunque lográramos prolongar la vida indefinidamente con medios tecnológicos, tarde o temprano los duendes de la entropía terminarán imponiéndose –aunque sea, estirándolo mucho, al aproximarnos a la muerte térmica del universo–. Entonces sobreviene lo que llamamos la defunción, el óbito, el fallecimiento, el estirar la pata, vaya.

No obstante, determinar este momento exacto es asunto discutible, precisamente porque se trata de un proceso y no de un instante. Los antiguos se asombraban de las similitudes entre el sueño, el coma y la muerte, dando lugar a numerosos mitos y leyendas. En general, aprendimos pronto a reconocer algunos signos y síntomas indicativos de que el proceso es ya irreversible. El favorito fue siempre la parada cardiorrespiratoria: el momento en que el funcionamiento del corazón y los pulmones no puede mantenerse ya estabilizado y queda interrumpido. Hoy en día sabemos que este criterio, aunque acertado en la mayoría de los casos, no resulta infalible y condujo a numerosos errores en el pasado: la función cardiorrespiratoria se puede restablecer, bien de manera natural o mediante técnicas médicas ahora comunes como la resucitación cardiopulmonar avanzada. En el estado actual del conocimiento médico consideramos signo de desorganización irreversible la pérdida sostenida de toda actividad cerebral. En caso de duda, todas las culturas han considerado la evidencia de putrefacción como prueba definitiva de muerte.

Y con acierto. Esto de la putrefacción no es más que la continuación de los procesos entrópicos o fluctuantes de la vida, pero desde luego al iniciarse pone en evidencia que no hay posible marcha atrás: el ser vivo está demasiado desestabilizado como para mantener gran parte de sus desequilibrios internos básicos. Perdida por completo la homeostasis, la entropía empuja para terminar de esparcir, desorganizar y consumirlo todo, restableciendo así el equilibrio con el medio circundante. Y para ello se vale también de otras fluctuaciones, en forma de bacterias, gusanos, carroñeros y demás. El ciclo de la vida y de la muerte prosigue así. Pronto, los átomos y moléculas que una vez formaron un ser humano terminarán perteneciendo de nuevo al planeta y a otras plantas y animales, incluyendo otros humanos. Como en el reciclaje.

Descomposición de un lechón a cámara rápida. Ojo esos estómagos delicados.

Los mitos de la muerte.

Sala de emergencias

Sala de urgencias críticas de un hospital moderno. En la actualidad, es posible reanimar y curar a personas que en el pasado se daban por definitivamente muertas.

Para incontables personas a lo largo de toda la historia de la Humanidad, esto de la muerte ha constituído siempre el misterio último y el miedo definitivo. Sin duda, tuvo que ser determinante en el surgimiento de los mitos, las leyendas y las religiones. Este que te escribe, que como ya te dije al principio ha vivido alguna cantidad significativa de muerte a su alrededor, no opina que haya ningún misterio especial más allá de los propios –y fascinantes– de la naturaleza, la entropía y el cosmos en su conjunto. Jamás vi nada que me diera algún motivo fehaciente para cambiar de opinión. Las cosas vivas nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos: eso es todo. El miedo, por su parte, es libre; si te interesa mi punto de vista personal, te diré que la muerte en sí no me inspira mucho temor. Supongo que a estas alturas sería como tenerle miedo a volar, después de todo lo que he viajado en avión. Le tengo miedo –eso sí– a algunas formas de morir, que las hay de bastante perras. Y, sobre todo, a lo que pudiera pasarle después a algunas personas que quiero. Pero para mí y a la luz de todo lo expuesto, la muerte es algo tan natural como la vida y debe ocurrir necesariamente. A mí, también. Entropía, fluctuación: ley cósmica.

En Mi visión del mundo, Albert Einstein decía lo siguiente, que yo comparto en su gran mayoría:

La experiencia más hermosa que tenemos a nuestro alcance es el misterio. Es la emocíón fundamental que está en la cuna del verdadero arte y de la verdadera ciencia. El que no la conozca y no pueda ya admirarse, y no pueda ya asombrarse ni maravillarse, está como muerto y tiene los ojos nublados. Fue la experiencia del misterio, aunque mezclada con el miedo, la que engendró la religión. La certeza de que existe algo que no podemos alcanzar, nuestra percepción de la razón más profunda y la belleza más deslumbradora, a las que nuestras mentes sólo pueden acceder en sus formas más toscas… son esta certeza y esta emoción las que constituyen la auténtica religiosidad. En este sentido, y sólo en éste, es en el que soy un hombre profundamente religioso. No puedo imaginar a un dios que recompense y castigue a sus criaturas, o que tenga una voluntad parecida a la que experimentamos dentro de nosotros mismos. Ni puedo ni querría imaginar que el individuo sobreviva a su muerte física; dejemos que las almas débiles, por miedo o por absurdo egoísmo, se complazcan en estas ideas. Yo me doy por satisfecho con el misterio de la etemidad de la vida y con la conciencia de un vislumbre de la estructura maravillosa del mundo real, junto con el esfuerzo decidido por abarcar una parte, aunque sea muy pequeña, de la Razón que se manifiesta en la naturaleza.

Más allá de las religiones y leyendas, han surgido algunos mitos de la Edad Contemporánea en torno a la muerte. Uno de ellos es que la existencia de un alma hasta cierto punto material u otra cosa análoga habría quedado demostrada mediante su peso, que sería de 21 gramos. Esta fue la conclusión a la que llegó un cierto doctor Duncan McDougall a principios del siglo XX, pesando a diversas personas y animales a lo largo de su agonía y muerte. Según el Dr. McDougall, un ser humano perdería estos 21 gramos de peso en el momento de morir; los perros, no. Sus observaciones nunca han podido ser validadas independientemente o reproducidas bajo circunstancias controladas, la metodología utilizada por McDougall resulta enormemente controvertida (muestra pequeña, método de pesaje incorrecto) y el mero hecho de hablar de un momento de la muerte y no de un proceso de la muerte ya nos sugiere que el buen doctor no acababa de tener claros algunos conceptos. Hoy en día, las conclusiones de McDougall se consideran generalmente pseudociencia.

Curiosamente, la imaginería popular tradicional ha creído siempre que las personas ganamos peso al morir, en vez de perderlo como aseguraba este médico. De ahí viene la expresión peso muerto o pesar como un muerto. Los miembros humanos amputados o anestesiados también parecen pesar mucho. Todo esto no es más que un error de percepción, derivado de que no tenemos mucha costumbre de levantar un cuerpo o un miembro adultos que no coopera en absoluto con su propia fuerza. Entonces, nos olvidamos de que una flaca de cincuenta kilos pesa tanto como un saco grande de cemento; y un tipo de cien, más que algunos motores pequeños de coche. En situaciones de emergencia, además, no es raro tener que manipular un cuerpo aplicando cargas y palancas que aumentan aún más la sensación de peso.

Ascensión al empíreo

"Ascensión al Empíreo" de El Bosco (ca. 1490), parte de la colección de cuatro postigos "Visión del Más Allá". Muchas personas creen reconocer en esta pintura el "túnel de luz" que algunos aseguran ver durante experiencias cercanas a la muerte. Óleo sobre panel, Palacio del Dux, Venecia.

Otro de estos mitos modernos generalizados, cómo no, es el del túnel de luz (que algunos extienden a la visualización de seres de luz ydemás). Lo primero que cabe objetar es que esta experiencia, de ser cierta, difícilmente resulta universal: sólo parecen haberlo percibido algunas personas y yo nunca me he encontrado con ninguna. Personalmente, conozco a varias que estuvieron al borde de la muerte o clínicamente muertas; no vieron nada parecido. Una chica que se había dado un fuerte golpe con la moto, teniendo entonces catorce años, me describió que ella sólo había visto como si los cuerpos del personal médico que tenía alrededor en el box de urgencias se estiraran al poco de entrar en parada cardiorrespiratoria aguda, según sus propias palabras, «igual que en un cuadro de El Greco«. Finalmente, «se fue de golpe» y sólo despertó muchas horas después.

Un señor de mediana edad que conocí coincidía en esto del «irse de golpe»: entró en varios comas con muerte clínica a consecuencia de un problema cardíaco grave y me contaba que, para él, había una discontinuidad temporal entre el momento de entrar en coma profundo y el de salir del mismo, como cuando te ponen anestesia general: un «clic» instantáneo entre un momento y el otro, sin nada en medio. Doy fe de que a mí me han puesto tres veces anestesia general y, en efecto, tal cual eso fue lo que sentí en todos los casos. Finalmente, un soldado que resultó herido durante una reciente guerra europea me lo contó así: «Estábamos saliendo de un pueblo. Di dos pasos hacia la carretera y al ir a dar el tercero, casi me caigo de la cama del hospital.» Entre una cosa y otra habían pasado tres semanas, un balazo por sorpresa en el cuello disparado desde un bosque cercano y una carrera hasta la puerta de urgencias más próxima a golpe de bolsas de plasma, pinchazos de adrenalina (epinefrina) y desfibrilador militar aplicado de aquella manera. Este efecto de desconexión súbita parece ser común a varias formas de pérdida de conocimiento, coma, anestesia y muerte clínica.

No voy a poner en duda el testimonio de las personas que aseguran haber visto el túnel de luz en cuestión, que hasta aparece reflejado en un cuadro de El Bosco. Sí afirmo que no parece ser ni mucho menos una experiencia universal y que, por otra parte, tampoco sería tan raro que algunas personas alucinaran de manera parecida cuando cerebros muy similares (todos los cerebros humanos son muy similares) comienzan a morir de manera semejante por falta de oxígeno y nutrientes. En todo caso, de todas las personas que he visto morir, sólo una me dio la impresión de que estuviera viendo algo; y, por la forma rápida como movía las pupilas, no me pareció que fuera nada fijo en un solo punto.

A estas alturas, como dije más arriba, la muerte ya no es el misterio que acostumbraba a ser. Tenemos ya muchos conocimientos sobre las razones por las que vivimos y morimos, algunas de las cuales he comentado a lo largo de este post; y no parece que se trate de ningún suceso extraño o excepcional en el transcurrir del cosmos, la vida, la entropía y la fluctuación. Vivimos y morimos como parte de los fenómenos a gran escala que constituyen este universo; la materia y energía que nos componen va cambiando de estado y situación, permitiendo durante un tiempo el surgimiento de la vida y la mente. Después pasa a otros estados distintos, como cualquier otro proceso físico-químico, y al menos una parte de esa misma materia y energía acaba repartida entre otros seres vivos; o no, según donde caigamos fritos. No veo posible de ninguna manera realista que la conciencia de la propia existencia, resultado de una complejísima organización cerebral extremadamente frágil, pueda mantenerse a lo largo de esos procesos. El resto es ya cosa de la permanencia de la memoria cuántica. En todo caso, sólo lo que está vivo puede morir. Ya que los duendes de la entropía y las hadas de la fluctuación nos han hecho ese regalo, más vale aprovecharlo, porque muy –muy– probablemente no se repetirá.

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Resultados encuesta: ¿Cuál será la próxima gran revolución tecnológica?

Resultados encuesta septiembre 2010.

Resultados de la encuesta en La Pizarra de Yuri, septiembre 2010: ¿Cuál será la próxima gran revolución tecnológica?

Resultados de la encuesta en La Pizarra de Yuri, septiembre 2010: ¿Cuál será la próxima gran revolución tecnológica?

Una vez cerrada la primera encuesta, realizada entre el 1 y el 30 de septiembre de 2010 (inclusives), los 1.492 votos emitidos han dado lugar a los siguientes resultados en detalle:

¿Cuál será la próxima gran revolución tecnológica?

    1. Nanotecnología y nuevos materiales: 487 (32,64%).
    2. Nuevas formas de producción energética: 335 (22,45%).
    3. En biotecnología, medicina o genética: 282 (18,9%).
    4. Inteligencia artificial: 160 (10,72%).
    5. Una nueva oleada de la revolución informática: 115 (7,71%).
    6. Relacionada con las ciencias de la mente humana: 77 (5,16%).
    7. Otra: 36 (2,41%).

      Los porcentajes totalizan el 99,99% y no el 100% debido a los redondeos porcentuales.

      Esta encuesta no es científica. Sólo refleja la opinión de aquellas personas que eligieron participar.
      Los resultados no representan necesariamente la opinión del público, de los usuarios de Internet en general o de los lectores de La Pizarra de Yuri en su totalidad.

      Abierta ya la encuesta de octubre:

      ¿Hacia dónde debería dirigirse la exploración espacial humana en el futuro próximo?

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