Así le tomamos la medida al tiempo

Estas fechas son muy curiosas.

Termómetro de mercurio

Que el termómetro y su escala sean una invención humana no significa que el calor no exista. Pues con el tiempo pasa igual. Imagen: Wikimedia Commons.

Me sigo encontrando con personas que no captan a la primera la diferencia entre el tiempo y la medida del tiempo. O sea, entre el tiempo como hecho físico y la manera como lo contamos: años, días, segundos, etcétera. En consecuencia, algunas opinan que el tiempo es una invención humana y no existe de verdad.

Bien, pues esto es como confundir el espacio con los kilómetros, o el calor con los grados centígrados. O los números con las cosas que cuentan. Por ejemplo, por mucho que el número 8 con sus dos cabecitas una encima de la otra sea una invención humana, si nos dan ocho bofetones en vez de uno o dos pillaremos enseguida la diferencia entre hecho físico (las bofetadas), medida (8) y la relación entre ambas. :-P Una cosa son los hechos físicos y otra distinta la manera como nosotros los humanos los medimos. Que es de lo que va este post.

El tiempo es un hecho físico real, que Aristóteles definió como la medida del cambio (Física, libro IV, partes 10-13.) Aunque Aristóteles esté bastante superado en estos temas, y aunque hubo otros que defendieron que el tiempo no existe con mejores argumentos, va a ser que sí existe, o algo que se le parece mucho. Si no existiera el tiempo, o algo que se comporta exactamente como el tiempo, este sería un universo estático, congelado en su mismísimo momento inicial. El tiempo y la entropía están estrechamente relacionados. Tanto, que hay quien los considera dos avatares del mismo hecho físico: el que obliga al universo a cambiar constantemente (por ejemplo, creando, desarrollando y destruyendo a cosas como tú o yo o las estrellas) y lo empuja irreversiblemente hacia adelante (o sea, hacia donde apunta la flecha del tiempo) sin parar. La flecha del tiempo, a su vez, quedó determinada por la bajísima entropía del universo inicial. En realidad el tiempo no es sino una de las cuatro dimensiones del espaciotiempo. El doctor Sergéi Krásnikov de Púlkovo tuvo a bien aclararnos un poco todo esto para este blog aquí.

La capacidad de medir el espaciotiempo tuvo que comenzar con la humanidad. Es difícil imaginar que en cuanto surgió una inteligencia intelectiva no comenzáramos a calcular cuántos pasos hay hasta aquella montaña, y si lograremos llegar antes del anochecer. Y si no, ya te enterarás, ya, cuando los tengas que caminar.

Parece que desde el principio nos aclaramos bastante mejor con el espacio que con el tiempo. Probablemente porque, al igual que los demás animales, tenemos una percepción intuitiva de la distancia. Un gato sabe cuánto tiene que saltar para cazar al ratón. Una araña, cuánto debe moverse para tejer su tela. Una abeja, por dónde anda su panal. El tiempo, en cambio, se nos hace un poquito más difícil de aprehender. Intuitivamente sabemos que está ahí, pues tenemos una percepción clara de pasado, presente y futuro; lo que se suele llamar el tiempo psicológico. Pero se presta mal a tocarlo con los dedos, o pasarle los ojos por encima (a decir verdad con el espacio en sí nos pasaría lo mismo, pero como podemos ver y tocar las cosas que se hallan en él, nos parece que lo controlamos mejor.) A medirlo, vamos.

Del sol y la luna, del día y el mes.

Básicamente sólo podemos medir el tiempo observando ciclos, y sólo hay dos ciclos obvios a primera vista para una inteligencia terrestre. El primero es el periodo de luz y oscuridad al que llamamos día. Este ciclo día/noche requiere muy poca inteligencia para captarlo y es incluso posible que algunos animales no humanos tengan alguna clase de consciencia del mismo, más allá de los ritmos circadianos y el mero seguimiento del entorno en general. El segundo es el ciclo lunar (lunación) y para ser exactos su periodo sinódico: el que va de luna llena a luna llena (o de nueva a nueva o como prefieras). Darse cuenta del periodo sinódico lunar ya requiere un poquito más de inteligencia, de memoria y de atención para al menos fijarse y llevar la cuenta.

Rotación terrestre

El eje de rotación terrestre está inclinado con respecto al plano de la Eclíptica (por así decirlo, la “línea Sol-Tierra”, representada en rojo en este gráfico.) Esto hace que tengamos estaciones y que las horas de luz y oscuridad varíen a lo largo del año. No está claro cuándo supimos con certeza que la suma de ambas dura siempre lo mismo. Imagen: 1718.wikispaces.com (Clic para ampliar)

En primera instancia, para medir el tiempo, la luz del sol no es un indicador muy preciso. A menos que estemos cerca del ecuador, las horas de luz (y oscuridad) varían notablemente a lo largo del año. A la latitud de España, por ejemplo, se van más de un 23%, que es muchísimo. En latitudes donde luego surgirían cosas curiosas como los lugares ahora llamados Cairo, Bagdad, Mbabane o Stonehenge, puede oscilar entre el 13,5% y el 36%. Esto es extraño, confunde. Nuestra cueva está siempre a los mismos pasos de distancia del río, pero cuando hace calor llegamos antes de que se haga de noche y cuando hace frío, no. No parece muy confiable, sobre todo si nos va la vida en ello. A un nivel muy primitivo, el día sólo nos sirve para contar ciclos luz-oscuridad, marcar momentos como el amanecer o el anochecer y hacer estimaciones genéricas.

No se sabe cuándo nos dimos cuenta de que la suma de luz y oscuridad dura siempre lo mismo y lo llamamos un día, porque la medida psicológica del tiempo es fuertemente subjetiva: hay ratos que se nos pasan volando y otros que no parecen acabar nunca, por no mencionar que mientras dormimos no nos enteramos. No es evidente por sí mismo. Para asegurarnos de que los días siempre duran lo mismo hace falta un reloj que no sea de sol, y aún faltaban muchos milenios para que tuviéramos esa clase de relojes. Intenta demostrar que un día completo dura lo mismo que el anterior sin un reloj o algo que desempeñe su función y enseguida me comprenderás.

Fases y libración lunar

Las fases de la luna, tal como se ven desde el Hemisferio Norte terrestre. El periodo transcurrido entre dos puntos cualquiera de sus fases siguiente varía relativamente poco, en torno a los 29,53 días. Por cierto, el bamboleo aparente se conoce como “libración”. Imagen: Wikimedia Commons.

La luna, en cambio, es más de fiar. El número de ciclos luz-oscuridad que transcurren entre luna nueva y luna nueva varía poco. Son siempre algo menos de treinta; convencionalmente, veintinueve (la media exacta son 29,5306). Como máximo se va de siete horas, apenas un 1%, en la práctica imperceptible a simple vista. Además, probablemente por mera coincidencia pese a lo mucho que se dice lo contrario, cuadra bastante con otro ciclo natural. Uno que, aunque suele irse bastante más, difícilmente nos pasaría desapercibidos a los humanos y sobre todo a las humanas: la menstruación, con sus 28 días de media pero a menudo 29. Que no en vano se llama también regla en numerosas lenguas latinas (español regla, francés règles, catalán regla, portugués regras, gallego regra, rumano regulă, occitano règla, etc.) e incluso en algunas muy poco latinas, como el ruso: регулы, transcrito reguly.

Sí, como la de medir espacio (es. regla, fr. règle, ca. regle, pt. régua, ro. riglă, etc.) La regla de medir y la regla de sangrar vienen del latín regŭla, o sea, un bastón o palo recto. Por ahí se origina también la palabra regular (del latín regulo, dirigir, guiar, seguramente con el susodicho bastón), que en numerosos idiomas modernos hace referencia a lo que es uniforme, lo que cambia poco, lo que siempre funciona igual. Y resulta que las cosas regulares van extraordinariamente bien para medir. No otra cosa es una regla de medir (distancias) o la dilatación y contracción del mercurio en un termómetro (temperatura) o las marcas de un transportador (ángulos.) Y cada vez que una jovenzuela de las que en el mundo son aprende a llevar la cuenta de su regla de sangrar mientras se le agitan las hormonas, está aprendiendo una nueva manera de medir el tiempo. Para medir cosas necesitamos una referencia regular absoluta, algo que siempre mida lo mismo, o al menos parecido. En el caso del tiempo, nos hacía falta un ciclo regular y Luna vino a regalárnoslo con su periodo sinódico.

Hueso de Lebombo y Tianhe-2

Arriba: el hueso de Lebombo (Swazilandia) con sus 29 marcas, de 35.000 años de antigüedad, un palo de cómputo como los que se siguen usando en la zona hasta la actualidad. Eso lo convierte en el primer instrumento matemático y por tanto científico conocido de toda la historia de la humanidad. Si además se usó para contar el ciclo sinódico lunar de 29 días, también sería el primer calendario. Abajo: el superordenador Tianhe-2 (Vía Láctea-2) del Centro Nacional de Supercomputación en Cantón, China. En el momento en que escribo esto, aparece en el Top500 como el más potente del mundo con 3.120.000 núcleos, 33,82 Pflops/s de Rmax (Linpack) y 54,9 Pflops/s de Rpeak teórica. Pese al abismo de tiempo, conocimiento, ciencia y tecnología entre ambos, en su esencia son lo mismo: instrumentos para computar.

Puede que por todo esto, los primeros calendarios de la humanidad fueron lunares. Los más antiguos se remontan a la prehistoria. Tenemos, por ejemplo, el calendario de Aberdeenshire, hallado en ese concejo de Escocia, con unos 10.000 años de edad. Sin embargo, hay algún otro objeto muy, muy anterior que resulta de lo más intrigante. Por ejemplo, el hueso de Lebombo (entre Sudáfrica y Swazilandia), un peroné de babuino con 35.000 años de antigüedad usado como palo de cómputo; los bosquimanos de la región siguen usando objetos similares para contar y calcular hasta la actualidad. Eso lo convierte en el instrumento científico más antiguo que se conserva, porque el hecho de contar es un acto matemático y por tanto científico. No hay ninguna diferencia obvia entre la lógica de fondo subyacente al hueso de Lebombo y al superordenador Tianhe-2 de los chinos, el más potente del mundo en estos momentos. Esencialmente, ambos sirven para lo mismo: para computar.

Y el hueso de Lebombo tiene… veintinueve marcas. Naturalmente, existen muchos motivos distintos por los que un ser humano quisiera contar veintinueve unidades de algo. Muchísimos. Pero igual de naturalmente, entre esos motivos se incluye la posibilidad de que alguien estuviese contando los días del ciclo lunar, o los de su ciclo menstrual, o ambos. En este caso, ese sería además el primer calendario conocido de la humanidad. Permíteme ensoñar por un instante: nuestro primer matemático, nuestro primer científico, al menos el primero que nos dejó una anotación, pudo ser una muchacha curiosa contando los días de su regla y comparándolos con las fases de la luna y maravillándose ante semejante prodigio hace treinta y cinco milenios tal noche como hoy, en plena Edad de Piedra. Lo que también la convertiría en el primer astrónomo, el primer astrofísico y el primer biólogo conocido. Por qué demonios no. Bajo sus cabellos tenía todo lo necesario para poder.

Bueno, ya. Sea Aberdeenshire o Lebombo o cualquiera de los otros que hay por ahí, no cabe duda: nuestros primeros calendarios fueron lunares, para contar días y meses. A decir verdad, lunisolares, puesto que establecen una relación entre el periodo sinódico lunar y el ciclo de luz-oscuridad al que llamamos “día”, regido por el sol. Y así, la humanidad comenzó a medir el tiempo por fin.

Del año, las estaciones y las horas.

Hay otra observación que tampoco pudo pasarnos desapercibida durante mucho tiempo. El día será poco de fiar a lo largo del año porque las horas de luz y oscuridad cambian mucho, pero ese cambio es en sí mismo regular. Por ejemplo, en Europa, cuando el clima es frío el sol se levanta menos en el cielo y durante menos tiempo que cuando es cálido. Es más: la altura máxima que el sol alcanza en el cielo desde el punto de vista terrestre va aumentando durante algo más de 180 días, desde la temporada fría a la temporada cálida. Luego, se reduce durante otros tantos, de la temporada cálida hasta la fría. Entre ambos, suman trescientos sesenta y pico. Y así una y otra vez. Es una regla.

Además, este hecho viene acompañado por toda otra serie de fenómenos cíclicos de gran importancia para nosotros los humanos desde tiempos prehistóricos: las migraciones de los animales que cazamos o carroñeamos, la maduración de las frutas y bayas que recolectamos, la necesidad o no de preparar pieles o tejidos para abrigarnos, la disponibilidad de agua en ríos y lagos, los vientos, las tormentas y las inundaciones. Mil cosas. Sin embargo, no nos consta que los paleolíticos tuvieran una idea clara de esto, que ahora llamamos año. Sin duda tuvieron que observar estos hechos, pero parece que más bien se dejaban llevar junto con el resto de la naturaleza, probablemente con la ayuda de leyendas y tradiciones ancestrales. Si tenían una concepción intelectual clara del año solar, no nos han dejado ningún rastro.

Pero entonces inventamos el Neolítico, con la agricultura y el pastoreo. Para las sociedades agrícolas y ganaderas, el conocimiento del año y sus estaciones es vital. No es posible la agricultura sin una percepción clara de los tiempos de siembra y cosecha, de las heladas, de la crecida de los ríos, de las épocas de riego, de los propios ciclos anuales de las plantas, de todo. Lo mismo ocurre con la ganadería. Además, el dominio del año facilita las operaciones militares y la organización de sociedades cada vez más y más complejas. El problema, o uno de los problemas, es que el año solar es un proceso más lento y difícil de centrar. Por ejemplo, no hay nada evidente a la primera que delimite el final de un año y el principio de otro, como sí lo hay para el día solar y el mes lunar, que sólo requieren abrir los ojos y fijarse un poco para reconocerlos. Las estaciones tampoco están bien definidas en la experiencia cotidiana: no hay nada que separe claramente el último día del otoño y el primer día del invierno, por decir algo, y además hay un montón de veranillos de San Martín, de San Miguel, de San Juan y demás santoral, que pueden darse o no cada año. Resulta difícil establecer reglas precisas porque no acaba de ser muy regular. Un lío.

Círculo de Goseck (4900 - 4700 AEC), actual Alemania

El Círculo de Goseck (4900 – 4700 aEC), actualmente en Alemania, tal y como ha sido reconstruido por el Depto. de Arqueología Prehistórica de la Universidad Martín Lutero de Halle-Wittenberg y el Gobierno del Estado Federado de Sajonia-Anhalt. Se trata de un lugar arqueoastronómico y un cementerio prehistórico en cuyos alrededores se han hallado huesos descarnados de ganado y humanos colocados cuidadosamente, lo que puede indicar rituales de enterramiento, sacrificios de animales o humanos y/o canibalismo ritual. Dos de sus tres entradas apuntan en la dirección por donde sale y se pone el sol durante el solsticio de invierno, mientras que la tercera está próxima al meridiano astronómico. Otros huecos en la empalizada parecen señalar hacia los mismos puntos para el solsticio de verano y las tradicionales fiestas de primavera. Está “ajustado” para las posiciones del sol de hace 6.800 años, con una precisión de unos 4 días. Dos mil años más antiguo que el popular Stonehenge, manifiesta un notable conocimiento de diversos fenómenos astronómicos como el año, las estaciones y su regularidad. Fotos: E. Schütze vía Wikimedia Commons | © M. Grimm (Clic para ampliar)

Sin embargo, muy poco a poco, comienzan a surgir instrumentos como el círculo de Goseck (hoy en Alemania, 6.900 años de antigüedad), el complejo megalítico de Mnajdra (actual Malta, a partir de hace 5.600 años), el conocidísimo Stonehenge (actual Reino Unido, entre 5.100 y 3.600 años) y puede que algo de la estructura circular de Nabta, Egipto, entre otros. Sobre estas construcciones se han contado tantas tontadas, algunas de ellas magufadas evidentes pero otras con peer review, que resulta muy difícil separar el grano de la paja. Lo que es una pena, porque son creaciones absolutamente fascinantes que habrían merecido mucho mejor trato. A pesar de todo, estas estructuras parecen evidenciar un conocimiento cada vez más profundo de fenómenos anuales y estacionales como los solsticios, los equinoccios, las posiciones del sol y de ciertas estrellas a lo largo de todo el año y quizá algún rudimento sobre ciclos plurianuales más complejos. Si otras culturas lo lograron también en el mismo periodo, no nos lo dejaron saber.

Lamentablemente, ninguno de esos pueblos sabía ni siquiera escribir. Probablemente funcionaban por observación, prueba y error, lo que tiene su mérito, ¿eh? Pero seguir avanzando exige alta tecnología: escritura, geometría, astronomía, matemáticas. Como en aquella época no tenían un CERN ni un DARPA ni nada parecido para agilizar un poco las cosas, hubo que esperar a que fuéramos inventándolo todo. Se duda de si los primeros en lograrlo fueron los astrónomos egipcios o los sumerios, después babilonios, en lo que hoy día es Iraq. Probablemente fueron los dos, durante un largo proceso de aprendizaje que pudo extenderse durante algún que otro millar de años. Allá por los albores de la historia, crearon muy poco a poco los primeros calendarios modernos, muchas de cuyas características seguimos utilizando en la actualidad, como la semana de siete días o los doce meses del año.

Ruinas de Eridu, Sumeria

Lo que queda de la ciudad de Eridu (actual Iraq), convencionalmente considerada la cuna de la cultura sumeria y por tanto de la escritura, la civilización y la ciencia que la caracterizaron. Floreció hace algo más de 6.000 años, llegando a alcanzar una población superior a los 4.000 habitantes (puede que hasta 10.000, una enormidad para su época). Inició su declive hace aproximadamente cuatro milenios pero no quedó abandonada del todo hasta hace unos 2.500 años. Foto: Wikimedia Commons. (Clic para ampliar)

Los sumerios, después babilonios, o más generalmente mesopotámicos, comenzaron con un calendario primordialmente lunar de 354 días dividido en doce meses alternos de 29 y 30 días. Como se les descuadraba debido a la diferencia entre esos 354 días y los 365,25 días que hay aproximadamente en un año solar, cada cierto tiempo intercalaban por decreto un mes adicional para reajustarlo, dando así lugar a los primeros años bisiestos. Los meses empezaban siempre al primer avistamiento de la luna nueva (en la práctica, el inicio del cuarto creciente), con el primero en primavera, originando el día de Año Nuevo. A partir de ahí contaban tres semanas de siete días más una de 8 o 9, con el último día considerado maligno, o sea inhábil para hacer cosas y por tanto de descanso. ¿Te suena de algo esto de los doce meses alternos con en torno a treinta días, la intercalación de bisiestos, y las semanas de siete días con el último sacralizado para descansar? (Puede que a estos respectos también te interese el origen de Dios)

Sin embargo, a los meticulosos escribas sumerios no les gustaba demasiado este año tan irregular y allá por el 2.400 antes de nuestra era ya estaban usando un año con 12 meses de 30 días, que suman 360. Sigue sin ser muy exacto pero es más sencillo de llevar, más regular, y además permite cálculos rápidos y fáciles. Ahí se originan también los 360 grados de un círculo y el sistema sexagesimal en general. Aprendiendo a medir el tiempo, aprendieron y nos enseñaron a medir muchas cosas más.

Hasta aproximadamente el 500 aEC, este calendario era fundamentalmente observacional; esto es, miraban el sol, la luna y lo reajustaban trabajosamente acorde a los mismos. Pero a partir de ahí se percataron del ciclo metónico, que luego Metón el Ateniense les piratearía (o redescubriría) y ahora conocemos bajo su nombre. Y ese fue el primer ciclo combinado complejo de tiempo que descubrió la humanidad. Resulta que 19 años solares suman 6.940 días, al igual que 235 meses (sinódicos) lunares. Sólo se van de unas pocas horas. Desde ese momento fue posible computar los años, los meses y sus bisiestos de manera regular, sin tener que estar mirando a los cielos todo el rato, sino sólo de vez en cuando. Además, el ciclo metónico también sirve para predecir los eclipses. No veas qué poder.

Pirámides de Guiza vistas desde el Nilo

Dos de las Grandes Pirámides de Egipto vistas desde el río Nilo, a las afueras de El Cairo. Foto: © AP. (Clic para ampliar)

Para los egipcios, el dominio del año era absolutamente esencial. Toda la civilización del Antiguo Egipto dependía de las crecidas anuales del Nilo. Parece ser que al principio empezaron con un calendario lunisolar, como todo el mundo. Pero ya vemos lo rápido que se descuadra, y un año descuadrado es un año de cosechas fallidas, hambre y revueltas. Así que enseguida se pusieron a buscar, yo diría que a la desesperada, algo más regular.

Como suele pasarnos a los humanos cuando buscamos cosas verdaderamente importantes, lo encontraron en las estrellas. Para ser exactos, en el orto helíaco (sin coñitas) de la estrella Sirio. Que al estar directamente vinculado a la órbita terrestre alrededor del Sol se produce, claro, coincidiendo con el año real. Y además, se correspondía también con la inundación del Nilo. Así que, al menos desde tiempos del faraón Shepseskaf (c. 2486 – 2479 aEC), los egipcios se saltaron el magreo y pasaron directamente al año moderno de 365 días, con tres estaciones llamadas inundación, siembra y cosecha. Una tablilla vinculada a Dyer podría remontar la fecha hasta el 3.000 aEC o por ahí, aunque esto no es seguro; pero probablemente ya lo usaban cuando hicieron las pirámides (a partir de aprox. 2.670 aEC.)

Los egipcios también dividieron el año en 12 meses de 30 días y al final del año añadían cinco más, llamados epagómenos. En cambio, usaban tres semanas de diez días en vez de las cuatro de siete o siete y pico que nos legaron los ahora iraquís. Pese a tanta brillantez, no estuvieron finos a la hora de intercalar un día bisiesto para corregir la diferencia entre los 365 días del año egipcio y los 365,25 del real. Así que, aunque mucho más lentamente, también se les descuadraba hasta tal punto que las fiestas de verano comenzaban en invierno y cosas así; la reforma de Canopo, en el 238 aEC, fracasó debido a broncas entre clérigos.

Sin embargo, mirando ortos, acabaron por descubrir otro ciclo complejo: el ciclo sótico o sotíaco (Sothis es el nombre en griego de Sirio.) Este es el tiempo que tarda un calendario de 365 días en descuadrarse tanto como para que vuelva a empezar en el mismo momento del año. Este ciclo sotíaco (también llamado canicular) es de aproximadamente 1.460 años (365 x 4). En la práctica, la precesión de los equinoccios y otros fenómenos lo hacen variar un poco. Pero tuvieron que ser ya los griegos y en particular el primer señor que dijo que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol, un cierto Aristarco de Samos (c. 310 – 230 aEC), quienes establecieron con claridad la diferencia entre el año aparente de 365 días, el año tropical y el año sideral.

Reloj de sol en los Jardines Botánicos de Singapur.

Reloj de sol en los Jardines Botánicos de Singapur. Dado que Singapur se encuentra casi en el ecuador, su diseño está adaptado para reflejar el hecho de que el sol de mediodía brilla prácticamente desde el Norte en verano y desde el Sur en invierno. Foto: Wikimedia Commons (Clic para ampliar)

Al mismo tiempo, hay otro fenómeno obvio que o bien nos pasó desapercibido, o no le dimos importancia o no se nos ocurrió que sirviera para gran cosa durante mucho tiempo. Y mira que es evidente: el sol se mueve por el cielo a lo largo del día de manera regular y por tanto proyecta sombras que se desplazan sobre la tierra de modo igualmente regular. Por el sencillísimo procedimiento de clavar un palo en el suelo y hacer unas marcas arbitrarias pero también regulares entre la primera sombra de la mañana y la última sombra de la tarde, es posible dividir el día en periodos mucho más exactos y delimitados que el tradicional al amanecer, al atardecer o cuando el sol esté alto en el cielo. Es decir, un reloj solar que dé las horas. Da igual que sean 12, 24 o 60: son horas.

O no se nos ocurrió o no nos hizo gracia la idea de vivir colgados del reloj o yo qué sé, porque los primeros relojes solares –es decir, los primeros relojes, punto– tardaron muchísimo en surgir. Se ha dicho muchas veces que los obeliscos, las escalinatas de los templos y cosas así desempeñaban la función, pero no hay absolutamente ninguna prueba al respecto, como por ejemplo unas marquitas en el suelo. Que algo se pudiera hacer no significa que se hiciera, o incluso que se conociera. Desde luego, si lo hacían, no era algo generalizado. De hecho, algunos de los propios obeliscos prevén en sus grabados que las generaciones futuras se preguntarán para qué fueron levantados, y lo explican: para el culto religioso. Ni una sola mención a la medida del tiempo.

Las mismas civilizaciones que construyeron Stonehenge, las pirámides de Egipto o los ziggurats babilónicos pasaron olímpicamente de las horas o les dieron una importancia mínima hasta fecha tan tardía como el 1.500 aEC, que es cuando empiezan a aparecer los relojes solares propiamente dichos. Llevo años preguntándome el porqué, pero claro, no tengo a nadie de hace cuatro milenios a mano para consultárselo. No es hasta el reinado de Tutmosis III, hace unos 3.500 años, cuando aparece en Egipto el primer reloj solar verdadero: el sechat. Al menos, que conozcamos. En la web de la Asociación de Amigos de los Relojes de Sol tienen un estudio interesante sobre la manera como se usaba (y aquí).

Las horas que da un reloj de sol son desiguales. Me refiero a que su duración va variando a lo largo del año según el día se alarga o se acorta. Pero aún así, lo hacen dentro de una regularidad y permiten un control mucho más sofisticado sobre las actividades diurnas que no tenerlo. En la práctica se siguieron utilizando hasta bien entrada la Edad Media europea, cuando los relojes mecánicos comenzaron a desplazarlos.

Reloj estelar de Ramsés VI

Funcionamiento del reloj estelar de Ramsés VI (1145-1137 aEC), Egipto Antiguo. Imagen: Wikimedia Commons (Clic para ampliar)

Fueron también los egipcios quienes inventaron la manera de contar las horas nocturnas, cuando no hay sol para tu reloj solar. Para ello crearon el merjet o instrumento del saber, básicamente una doble plomada que permite tomar referencias con respecto a las estrellas. Así, marcaron 36 constelaciones decanas (una por cada 10º del círculo de 360º) y las usaron para dividir la noche en diez horas, más otras dos adicionales para el amanecer y el anochecer. En total, doce. Y de este modo, sumando otras tantas para el día, surgió el día de veinticuatro horas, que aún hoy seguimos contando en dos grupos de doce; en lenguaje común (y en los relojes comunes) después de las doce del mediodía viene la una de la tarde, no las trece, que es cosa más de militares, científicos, marinos, aviadores y asimilados.

En realidad, todas estas civilizaciones usaban un mezcladillo de calendarios, cada uno para una cosa distinta. Solía haber un calendario civil común, otro más científico para calcular las efemérides, uno religioso con las festividades, y muchos más, que podían coincidir o no entre sí. Por ejemplo, a mediados del primer milenio anterior a nuestra era, los atenienses utilizaban el sistema de calendarios áticos, con uno lunar de doce meses para las festividades, otro estatal de diez meses arbitrarios y uno agrícola que mayormente contaba estaciones. Un jaleo, vamos, pero es que la idea de establecer unas fechas y tiempos precisos para el conjunto de las actividades humanas tardó en desarrollarse.

De los cumpleaños, la corrupción de los políticos y el calendario unificado.

En la práctica, los años se contaban diciendo aquello de “en el tercer año del reinado del Rey Fulano…”. Ni siquiera los romanos usaban normalmente el famoso ab urbe condita, o sea, “desde la fundación de la ciudad”, muchísimo más común entre quienes luego escribieron sobre ellos. Era mucho más habitual decir (y escribir) “en el año del cónsul Tal” o “en el cuarto año del emperador Cual.” Esto ocurría en todas las culturas de su tiempo, incluyendo a los egipcios, con lo cual aparece el concepto de cumpleaños.

En la Antigüedad, la gente no sabía cuántos años tenía más que de una manera muy aproximada. El concepto de adolescencia era desconocido y se pasaba de niño a hombre, o de niña a mujer, con el inicio de la pubertad. Luego, si llegabas, te convertías en viejo. Y punto. La pregunta “¿cuántos años tienes?” habría desconcertado a la mayoría de la gente antigua. Sin embargo, había una excepción: el monarca, gobernante, o mandamás en general. Por el mero hecho de contar el tiempo desde el año de su acceso al poder, la sociedad en su conjunto estaba contándole cumpleaños, se celebraran o no.

Clepsidra griega

Otro reloj de la antigüedad: la clepsidra o reloj de agua. Esta es griega, del siglo V aEC (la de arriba, la de abajo es una reproducción contemporánea) pero parece ser que los babilonios ya las usaban hace cuatro mil años. La de esta imagen es muy sencilla (es simplemente un chorrito de agua que va escapando a un ritmo determinado), pero sus versiones más sofisticadas podían llegar a ser notablemente precisas y fueron los relojes más comunes y exactos que tuvimos hasta el siglo XVII. En torno a ellas se desarrollaron gran parte de los mecanismos que luego permitirían la aparición de los relojes mecánicos (como el escape relojero, el que hace “tic tac”.) Objeto: Museo de la Antigua Ágora, Atenas, Grecia. Imagen: Wikimedia Commons.

En algún momento del primer milenio antes de nuestra era varias culturas comenzaron a celebrar también los aniversarios de distintos eventos, templos e incluso dioses, como por ejemplo el de la diosa griega Artemisa, a la que le ponían velitas (¿te suena esto también?). Parece ser que fueron los romanos quienes empezaron a celebrar los aniversarios de las personas en sus dies natalis, debido a una combinación de factores culturales, políticos y supersticiosos. Por supuesto, sólo entre las clases altas; al pueblo de a pie ni se le ocurría hacer semejantes gastos (salvo por una casta proporcionalmente muchísimo más reducida que la actual, eran pobres como ratas y bastante tenían con ingeniárselas para comer a diario.) Y sólo se celebraba el de los hombres adultos; para que se celebrase el cumpleaños de las mujeres hay que esperar al siglo XII de nuestra era y el de los niños (y niñas) al XVIII, cuando los críos van dejando de ser una boca inútil que alimentar llevada a palos para convertirse en los reyes y reinas de la casa. Cosas del pasado.

Fueron también los romanos quienes primero vieron la necesidad de tener un calendario único, o al menos dominante. Empezaron con el calendario de Rómulo, lunar y agrícola, que sumaba 304 días divididos en diez meses de 30 y 31 más un periodo invernal que no se asignaba a ningún mes. El año nuevo coincidía con el equinoccio de primavera y a partir de ahí se contaban los diez meses, llamados martius (por el dios Marte, con 31 días), aprilis (origen desconocido, probablemente relacionado con Afrodita/Venus, 30 días), maius (seguramente por Maia, la diosa buena, 31 días), iunius (por Juno, 30 días) y el resto derivado de sus ordinales: quintilis (de quintus, quinto, con 31 días), sextilis (sexto, 30 días), september (séptimo, 30 días), october (octavo, 31 días), november (noveno, 30 días) y december (décimo, 30 días), gran parte de lo cual te sonará también. Sin embargo, las semanas obedecían a un ciclo nundinal (de mercado) de ocho días.

Ya en fechas muy tempranas, allá por el 713 aEC, el rey (probablemente legendario) Numa Pompilio modificó este calendario inicial con criterios supersticiosos (los romanos eran extremadamente supersticiosos). Como pensaban que los números impares daban buena suerte (y los pares, mala), cambiaron el número de días de cada mes a 29 o 31. Ya que estaban, aprovecharon para convertir ese periodo invernal indefinido en dos meses nuevos: ianuarius (seguramente por Jano, con 29 días) y un februarius (vinculado a las februa), necesariamente con 28 días y por tanto de malísimo fario. Tanto era así que en la práctica lo dividían en dos periodos de 23 y 5 días, antes y después de las terminalias, y además se convirtió en un mes de ritos de purificación y demás. Que si no, lagarto, lagarto. Curiosamente, la Cuaresma de purificación de los cristianos también suele empezar en febrero (y su celebración más importante, la Pascua, cae en el primer día sagrado del año pagano tradicional, que comenzaba con la primera luna llena tras el equinoccio de primavera.)

Calendario de la República Romana, c. 60 aEC

Reconstrucción del calendario de la República Romana “Fasti Antiates Maiores” hallado en una villa de Anzio (aprox. 60 aEC). Los nombres abreviados de los doce meses “normales” y el mes intercalar se encuentran en la fila superior. En la fila inferior, podemos leer el número total de días. Los días, mostrados en la primera columna de cada mes, se representan mediante las ocho letras A a H (pues aún usaban la semana nundinal de ocho jornadas de mercado). La segunda columna muestra la K de “kalendas” para el primer día del mes, la N de “nones” para el quinto y la E de “eidus” (idus) para el 13º. El resto de días están indicados por su función: F de “fasti” (“laborables”), N de “nefasti” (“no laborables”), C de “comitiales” (se podían celebrar asambleas públicas), EN de “endotercisi” (mitad fasti y mitad nefasti) y “nefastus publicus” (festividades públicas). Las palabras en letras grandes hacen referencia a festivales importantes y las de letra más pequeña, a otros festejos y deidades menores. Fuente: Universidad de Chicago. (Clic para ampliar)

Esto totalizaba un año de 355 días, bastante menos preciso que el de egipcios y mesopotámicos. Para reajustarlo, el Sumo Pontífice (pontifex maximus) intercalaba un mes bisiesto de 27 días tras los primeros 23 del febrero de mal rollo cada dos o tres años. Al principio lo llevaban relativamente bien pero luego se convirtió en una juerga de corrupción política y clerical. Metían el mes bisiesto cuando les convenía para extender o abreviar el periodo en el poder de sí mismos o sus amiguetes, y también para alargar o acortar el plazo de pago de las deudas según les interesase. Esta no era una práctica exclusiva de los romanos; resultaba bastante común en la Antigüedad. En la comedia Las Nubes del griego Aristófanes (423 aEC), la luna en persona baja a quejarse del cachondeo con los meses, a fuerza de manipularlos. Tres siglos después, las cosas no habían mejorado: los calendarios venían en dos versiones, una “según el dios” (la luna) y otra “según el arconte” (el jerarca de turno).

Pues para el siglo I antes de nuestra era, a los romanos les estaba pasando lo mismo. Y además, por lo visto, de una forma bastante acusada y con notable mala leche, vinculada al desorden y la violencia de los últimos años de la casi cinco veces centenaria República Romana. Vamos, que iban a saco. El caos era tal que fuera de la ciudad de Roma nadie sabía muy bien cuándo empezaban y terminaban los meses y años oficiales; y dentro de Roma, sólo podían predecirlo quienes estaban en el ajo. Entonces uno de los últimos cónsules republicanos, que también desempeñaba las funciones de sumo pontífice, decidió hacer algo  al respecto en el año 46 aEC. Este señor era ni más ni menos que Julio César.

Cayo Julio César

Cayo Julio César (100 – 44 aEC), general, cónsul y sumo pontífice romano, creador del calendario juliano que con unas pocas modificaciones usamos hoy día en todo el mundo. Busto en el Museo dell’Opera del Duomo, Pisa. Imagen: Wikimedia Commons.

El jefazo Julio reunió a sus astrónomos, filósofos y matemáticos. En particular, a un experto greco-egipcio llamado Sosígenes de Alejandría. Y crearon el calendario juliano. Estaba compuesto por 365 días divididos en doce meses de 30 y 31 días, salvo febrero, que siguió siendo de 28. Pero abolió el mes intercalar que se había convertido en un cachondeo para sustituirlo por un único día bisiesto que se añadía al final de febrero cada cuatro años. Es decir, muy parecido a lo que seguimos haciendo ahora. El calendario juliano es ya nuestro calendario moderno, salvo por un par de arreglos que vendrían después. Y con ello, al forzar un calendario unificado de duración regular, solventó el problema de un plumazo. Bien es cierto que, ya que estaba, César aprovechó el ajuste para extender su propio año de consulado hasta un total de 445 días. Casi tres meses por la cara que se arrogó el colega. O sea, como si ahora alguno de nuestros amados líderes saliese diciendo que su mandato de cuatro años en realidad dura cinco.

Poco después, la semana romana pasó a ser de siete días, como la de los griegos y babilónicos, en vez de los ocho tradicionales. Con el calendario juliano, el principio del año quedó también fijado en el 1 de enero. No está claro cuándo el mes de enero pasó a ser el primero del año en la civilización (greco-)romana, sustituyendo así a marzo con su equinoccio de primavera. En todo caso es anterior al año juliano y puede que sea algo muy antiguo. Al menos desde el 153 aEC, el año consular (el año de mandato de los cónsules republicanos) comenzaba el 1 de enero. Pero desde luego, no fue algo generalizado en el mundo (ni siquiera en el mundo occidental) hasta mucho después. En civilizaciones alejadas de la cultura occidental, que tienen sus propios calendarios con su propia historia, sigue sin serlo (como el Año Nuevo Chino.)

En general, casi todo el mundo mantuvo el principio del año en torno al equinoccio de primavera o algo después hasta siglos relativamente recientes (como por ejemplo continúa ocurriendo con el Año Nuevo Persa o el Indio). Es decir, que deberíamos haberlo celebrado esta semana pasada (este año 2014 cayó en 20 de marzo.) Aquí en Valencia tuvimos las Fallas, ¿y en tu casa?

Cremà de una falla valenciana

Cremà (quema) de una falla valenciana, uno de los incontables festivales del fuego celebrados en torno al equinoccio de primavera desde la más remota antigüedad. Foto: Wikimedia Commons.

Voy a detenerme un instante en esto. No es casual en absoluto que tantas civilizaciones distintas hayamos concedido tanta importancia al equinoccio de primavera. Dentro de la arbitrariedad de las maneras humanas de contar el tiempo, el equinoccio de primavera ha demostrado un poder excepcional sobre nuestra imaginación desde antes de la historia. El Año Nuevo de decenas de culturas, la Pascua judeocristiana, el Akitu babilónico, el Shunbun-no-Hi japonés, el Sham-el Nessin egipcio, el Holi hinduista, cientos de festivales del fuego paganos repartidos por todo el mundo y mil cosas más están directamente vinculadas al también llamado equinoccio vernal.

Al menos en el Hemisferio Norte nos gusta este equinoccio vernal, el momento en el que muere el invierno para dejar paso a la primavera. Nos gusta, claro, el instante en que se acaba el frío, la austeridad y el hasta el hambre para permitirnos otra vez cultivar, cazar, jugar a pleno sol. Cautivó nuestro misticismo religioso, nuestra imaginación popular y nuestra curiosidad científica. Muchas de nuestras civilizaciones son hijas, al menos en parte, del equinoccio vernal.

Los calendarios precolombinos.

En otro orden de cosas, las culturas precolombinas de América me resultan especialmente fascinantes porque se separaron de las Afroeuroasiáticas mucho antes del Neolítico. Por ello, aunque partían de unas “bases comunes mínimas”, crearon modelos de civilización humana alternativos sin conexión alguna con la de los viejos continentes durante más de 15.000 años. Un poco como si fuesen alienígenas, o nosotros para ellos, o viceversa, ya me entiendes.

Detalle de la estela C de Tres Zapotes, Veracruz, México.

Detalle de la estela C de Tres Zapotes, Veracruz, México, una de las anotaciones en Cuenta Larga (el mal llamado “calendario de los mayas”) más antigua que se conserva. De arriba abajo, indica la fecha 7(hallada después).16(fragmentaria).6.16.18, correspondiente al día 5 de septiembre del 32 aEC según nuestro calendario moderno. Objeto: Museo Nacional de Arqueología, México.

Así, hicieron cosas fascinantemente diferentes y otras sobrecogedoramente idénticas, pues humanos somos todos. Por ejemplo, las estructuras sociales piramidales. Y las propias pirámides, de las que tanto se ha hablado. No es que vinieran los extraterrestres a hacérselas, sino que para todo humano es la manera más sencilla de construir un edificio grande, la que menos arquitectura exige: apilar piedras más o menos bien cortadas hasta levantar una montañita con algunas grutas interiores (pasadizos) y tal. Y al contrario: también hicieron cosas misteriosamente marcianas que aún hoy en día no entendemos bien. Algunos de sus secretos se los llevaron las tinieblas de la jungla, el tiempo y la viruela y no los sabremos jamás.

Los calendarios precolombinos se encuentran un poco a caballo entre ambos extremos. Cuando el último cazador-recolector siberiano quedó aislado al lado americano del estrecho de Bering, es dudoso que llevara más ciencia encima que uno de esos palos de computar. A partir de ahí, tuvieron que crearlo todo prácticamente de cero. La escritura, la astronomía, las matemáticas, todo. Algunas de sus elecciones son bastante obvias: por ejemplo, tomaron la base 20 para sus números, igual que muchos otros pueblos del mundo, como los vascos antiguos. Claro, esto no tiene nada de raro: salvo amputaciones y tal, todos tenemos veinte dedos aptos para contar. Sin embargo, su calendario más común, para usos tanto civiles como religiosos, tenía años de 260 días desde tiempos de los olmecas y así siguió siendo con los aztecas, los mayas y demás.

No es obvio por qué eligieron esa cifra. Aunque hay quien lo ha querido vincular con el cultivo del maíz o el periodo de gestación humana, no acaba de cuadrar muy bien. Y no es que ignorasen que el año solar tiene en torno a 365 días. Lo sabían y lo utilizaban (aztecas: xiuhpohualli; mayas: haab’, en ambos casos de 18 x 20 días más otros cinco que se consideraban maléficos). Pero no le daban mucha importancia. Les gustaba mucho más el de 260, que en el caso azteca se ha bautizado posteriormente como tonalpohualli y para el maya, tzolkin. 260 es el producto de 20 x 13 y por lo visto el 13 era un número importante en la numerología mística mesoamericana. A lo mejor sólo se trata de eso. Hablamos de calendarios con unas implicaciones religiosas muy fuertes, que se extendían a cada detalle de sus culturas. El calendario de 260 días sigue usándose en algunos lugares hasta la actualidad para practicar la adivinación, la magia popular y otras cosas por el estilo. Ambos calendarios coinciden cada 52 años solares de 365 días o 73 de esos raros de 260 (18.980 días). A esto se le suele llamar el “ciclo redondo” o “completo.”

Y sin embargo, sobre esas bases crearon auténticos monstruos matemáticos con pocos parangones en ningún otro lugar. El más impresionante y conocido, o desconocido de todos ellos es la Cuenta Larga. Conocido, porque hace poco tuvimos una de esas tontadas milenaristas en torno a ella: sí, es el famoso calendario maya que ni siquiera es propiamente maya, sino de toda la Mesoamérica precolombina. Desconocido, porque ninguno de quienes hablaban de fines del mundo o cambios de era o cosas de esas tenía más que una vaga idea sobre él y el público en general, pues todavía menos. Impresionante, porque hasta tiempos muy recientes a pocos más se les había ocurrido o habían sido capaces de desarrollar semejante cosa. Hace falta un notable ejercicio de imaginación, de astronomía y de matemáticas para crear un calendario capaz de contar “automáticamente” largos periodos de tiempo sin repetir un solo día. Parece más propio de la ciencia moderna que de algo que pudo empezar antes de nuestra era.

Funcionamiento de la Cuenta Larga mesoamericana.

Funcionamiento de la Cuenta Larga mesoamericana (el mal llamado “calendario de los mayas”). Fuente: Wikimedia Commons. (Clic para ampliar)

Matemáticamente, la Cuenta Larga funciona de manera muy parecida al odómetro de un coche. No es un calendario lunar ni estrictamente solar, sino que va sumando días, uno detrás de otro, y en principio podría seguir haciéndolo hasta el infinito. Comienzas contando los primeros veinte días en la posición más a la derecha (k’in), numerados del 0 al 19 (por cierto, uno de los primeros usos del número cero propiamente dicho.) Cuando has llegado al 19 y quieres contar otro más, subes un uno a la segunda posición de la derecha (uinal) y vuelves al cero en la primera. Así, te queda 1.0, lo que significa “veinte”. Pero con el uinal sólo puedes contar hasta 18 (es decir, de 0 a 17). En 360 días (20 x 18), o sea un año haab’ sin sus cinco “días maléficos”, tienes un 17.19: esto es, 17 en la posición uinal y 19 en la posición k’in.

Si quieres añadir otro día más (el primero del segundo año haab’), tienes que poner de nuevo un cero en ambas posiciones de la derecha (uinal y k’in) y un uno en la tercera (tun), que también es de base 20. Vamos, que se te queda: 1.0.0. A partir de ahí, vuelves a sumar k’in (en base 20) y uinal (en base 18) hasta llegar al 19.17.19 que, como contamos empezando por el cero, equivale a 20 x 18 x 20 días. Eso son 20 años “mesoamericanos” de 360 días.

Y así sucesivamente, ya siempre en base 20 excepto con los uinal, donde mantenemos la base 18. Se sigue por los katun (lo que permite contar hasta 400 años mesoamericanos) y luego por los baktun (hasta 8.000 años mesoamericanos). Para aumentar otro día más, tendríamos que poner un 1 en la sexta posición (pictun) y un cero en todas las demás. Lo que pasa es que la posición pictun y las de orden superior son ya invenciones de los mayanistas modernos. Los mesoamericanos antiguos sólo usaban cinco posiciones. Es decir, que la Cuenta Larga original habría dado para un máximo de 8.000 años de los suyos. Teniendo en cuenta que comenzaban a contar desde una fecha mítica de la creación establecida en el año 3.114 aEC, aún queda Cuenta Larga para más de dos mil años a partir de hoy. Lo único que ocurría el famoso 21 de diciembre de 2012 es que pasábamos del baktun 12 al baktun 13. Sólo con eso, algunos se inventaron sus historias. Puedes ver qué día es hoy en Cuenta Larga aquí.

Por supuesto, si las civilizaciones mesoamericanas hubiesen seguido existiendo y utilizando la Cuenta Larga (en realidad, ya estaba olvidada cuando llegó el colonizador europeo), nada les habría impedido seguir añadiendo posiciones a la izquierda cuando se les acabasen los baktun, tal como hacen los mayanistas modernos con el pictun y demás. Así, la Cuenta Larga tiene el potencial para contar cualquier periodo del tiempo, hasta el infinito. ¡Hey, un momento! Eso es exactamente lo que hacemos con nuestros números, sólo que en base 10 pura: del 9 pasamos al 10. Del 99, al 100. Del 999, al 1.000. Y así una y otra vez, hasta el infinito. La gracia de la Cuenta Larga es que los mesoamericanos antiguos se dieron cuenta muy pronto de que podían usar eso para contar días, y derivar a partir de ahí las fechas “normales” (como las del tzolkin). Bueno, y su rollo jeroglífico, que impresiona un montón.

De los meses modernos y los días de la semana.

Volvamos al calendario romano de Julio César, porque es el que ha acabado imponiéndose como referencia común en todo el mundo, con algunas pequeñas variaciones. La primera es que a la muerte de César se le honró cambiando el nombre del mes quintilis por iulius, o sea Julio (había nacido el 12 o 13 de julio del 100 aEC.) Después, el primer emperador del Imperio Romano, César Augusto, llamó al mes sextilis… pues cómo lo iba a llamar, augustus, o sea agosto, en honor a sí mismo.

Estatua del dios romano Jano

Estatua del dios Jano, una deidad romana sin equivalente griego, caracterizada por sus dos caras mirando eternamente en sentidos contrarios. Como era el dios del mes de enero (ianuarius), se cree que éste pasó progresivamente a ser el primero del año por asociación a su figura, que miraría así al año pasado y al futuro. Estatua: Museos Vaticanos, Roma.

Así ya tuvimos todos los meses del calendario moderno: enero (ianuarius, por Jano, 31 días), febrero (por las februa, 28 días o 29 cuando carga el bisiesto), marzo (por Marte, 31 días, antiguamente el primero del año), abril (seguramente por Afrodita/Venus, 30 días), mayo (por la diosa buena, 31 días), junio (por Juno, 30 días), julio (por Julio César, 31 días), agosto (por Augusto, 31 días, no iba a ser menos el hombre…) y el resto siguiendo su antiquísimo ordinal romano, de cuando sólo tenían diez: septiembre (“el séptimo” después de marzo, 30 días), octubre (“octavo”, 31), noviembre (“noveno”, 30) y diciembre (“décimo”, 31).

El nombre de nuestros días de la semana merece párrafo aparte. La idea es también mesopotámica (jodó con los iraquís), pero su origen moderno es griego, correspondiente a los siete dioses / astros mayores del sistema solar conocidos en aquellos tiempos: hêméra Hêlíou (día de Helios / Sol), Selénês (de Selene / Luna), Áreôs (de Ares / Marte), Hermoú (de Hermes / Mercurio), Diós (del padre de los dioses Zeus / Júpiter), Aphrodítês (de Afrodita / Venus) y Krónou (de Cronos / Saturno). Los romanos, que eran unos multiculturetas de postín (en eso radica gran parte del éxito de la civilización romana: absorbían, asimilaban y asumían todo lo que les molaba), simplemente los tradujeron: dies Sōlis, Lūnae, Martis, Mercuriī, Iovis, Veneris y Saturnī. Seguro que al menos cinco de ellos los conoces: lunes, martes, miércoles, jueves (la letra J es una variación de la I inventada en el siglo XVI) y viernes.

En muchos idiomas, como el inglés, el sábado sigue siendo también el día de Saturno (Saturday – Saturn day) y el domingo, el día de Sol (Sunday – Sun day). Monday continúa siendo el día de Luna (Moon day) y los demás se corresponden con las versiones locales de los mismos dioses: Tuesday de Tiw/Týr, Wednesday de Wōden, Thursday de Thor y Friday de Frigg. En cambio, por estos lares del Sur, adoptamos ya en tiempos de la Cristiandad las versiones judeocristianas sabbat (sábado) y dies dominicus (día del Señor, domingo.)

¿Antes y después de Cristo? Va a ser que no…

San Dionisio el Exiguo

(San) Dionisio el Exiguo (c. 470 – c. 544 aEC) en un icono ortodoxo rumano. Quiso determinar la fecha de nacimiento de Cristo para contar los años a partir de ahí como Anno Domini, y la estableció en el 754 desde la fundación de Roma. Esto daría lugar posteriormente a la conocida fórmula “antes de Cristo / después de Cristo”. Pero se equivocó. Dando por buenos los Evangelios, Jesús no pudo nacer en ese año, y si no se dan por buenos, pues no sabemos cuándo fue, si fue.

En torno al año 525 de nuestra era, un monje llamado Dionisio el Exiguo sentó las bases para cristianizar el calendario. Su logro más notable y conocido fue la creación del Año del Señor (Anno Domini, AD), según el cual los años empiezan a contarse a partir del nacimiento de Cristo: la fórmula tradicional actual. A todos los que peinamos ya alguna cana y a algunos de quienes aún sólo tienen pelo en la cabeza nos enseñaron y les enseñan que ahora mismo contamos los años desde el nacimiento del Nazareno y dividimos la historia en antes de Cristo (aC) y después de Cristo (dC). Según esto, hoy viviríamos en el año 2014 después de Cristo, como todos sabemos, ¿no?

Pues no. Y no es una cuestión de fe religiosa o lo contrario. El problema es que el buen Dionisio metió la pata. Tras muchos cálculos, hizo coincidir el año 1 de nuestra era, el primer año del Señor, con el 754 ab urbe condita (AUC, desde la fundación de Roma.) Esta forma de contar los años se generalizó a partir del siglo IX europeo: la historia se dividía en ab urbe condita para los años anteriores al 1 y Anno Domini para el 1 y siguientes (en ambos casos contando hacia adelante). Pero en el siglo XVII se extendió la fórmula “antes de Cristo” (contando hacia atrás a partir del Anno Domini -1) y “después de Cristo” (contando hacia adelante a partir del Anno Domini +1). Esa es la que seguimos oyendo hoy.

Está mal. La fecha dada por Dionisio el Exiguo es imposible. Los propios académicos cristianos de hoy en día lo aceptan: si existió Jesus de Nazaret tal como lo cuentan en la Biblia, o de manera parecida, no hay forma ninguna de que pudiese nacer en el 754 ab urbe condita. En primer lugar: para que el Rey Herodes el Grande pudiese instigar la famosa matanza de los Santos Inocentes tal como afirmó el evangelista Mateo (Mt 2:16-18), tuvo que ser antes del 750 AUC porque ese es el año en el que Herodes murió. (En el 754 reinaba en Judea otro Herodes distinto, Herodes Arquelao, al que nadie ha atribuido jamás la autoría de lo de los Santos Inocentes ni nada de eso.)

El Emperador romano César Augusto

Tal como afirma el evangelista Lucas, el emperador César Augusto (en la imagen) ordenó un censo en los territorios romanos durante los albores de nuestra era. Lucas dice que Jesús de Nazaret nació durante el mismo, y de ahí la historia del Portal de Belén. Pero en Judea este censo, realizado por el gobernador Publio Sulpicio Quirinio, se llevó a cabo en el año 6 “después de Cristo”. Con lo que, para que cuadre la Biblia, el año 1 de Dionisio el Exiguo no pudo ser el de nacimiento de Jesús. Si decimos “antes o después de Cristo” para referirnos a los años modernos, estamos contando mal. Estatua: Museos Vaticanos, Roma.

En segundo lugar, y aún más contuntente: si Jesús nació durante el censo realizado por el gobernador romano de Siria y Judea llamado Publio Sulpicio Quirinio, como asegura el evangelista Lucas (Lc 2:1-2), y de ahí toda la temática sobre el Portal de Belén… bien, pues tal censo existió, pero se realizó seis o siete años después del Anno Domini 1 (según Flavio Josefo, fue “37 años después de que Octavio derrotó a Antonio en la batalla naval de Accio“, lo que se correspondería con el año 6 “después de Cristo”.) No hubo ningún otro censo en la región en ese periodo.

Existen otras posibilidades que alejan aún más la fecha de nacimiento de Jesús del “año 1”, y ninguna a favor. Pero estas dos son las más aplastantes: por esa época Herodes I el Grande ya estaba muerto y no hubo censo alguno en Judea hasta seis años después. O sea: el problema no es que decir “antes de Cristo” y “después de Cristo” sea algo religioso o deje de serlo. El problema es que es erróneo. Aceptando los Evangelios, Cristo no pudo nacer en el 754 ab urbe condita convertido en el Año del Señor nº 1 por Dionisio el Exiguo. No cuadra. O fue antes del 4 “antes de Cristo” (muerte de Herodes el Grande) o fue en el 6 “después de Cristo” (censo de Quirinio, también conocido como Quirino o Cirino.) Y si no damos por buenos los Evangelios, pues entonces, claro, no hay referencia alguna. Por un lado o por el otro, estamos contando mal.

Por este motivo (y también porque el calendario occidental ha sido asimilado por culturas que tienen muy poca relación con el cristianismo), en todos los ámbitos mínimamente rigurosos utilizamos ahora las expresiones “Era Común” (EC) y “antes de la Era Común” (aEC) en lugar de “antes de Cristo” y “después de Cristo”. En contra de lo que parecen creer algunos, no es una conspiración anticristiana, sino la mera corrección del error histórico cometido por Dionisio el Exiguo y un resultado del éxito global del calendario occidental.

De los relojes, el minuto, el segundo y más allá.

Papa Gregorio XIII

El Papa Gregorio XIII (1502 – 1585) promulgó la bula Inter gravissimas (1582) para dar los últimos retoques al calendario juliano, convirtiéndolo así en el calendario moderno. Por eso lo conocemos como “calendario gregoriano.” En muchos lugares del mundo no fue adoptado hasta el siglo XX. Retrato realizado por Lavinia Fontana (1552 – 1614).

Durante los siguientes siglos, fue volviéndose evidente que el calendario juliano se descuadraba también. Esto se debe a que la duración real del año trópico no es exactamente 365,25 días, sino más bien 365,242, con una pequeña variación interanual. En el año 1582, se había ido unos diez días desde los tiempos de Julio César. Entonces el Papa Gregorio XIII ordenó el último cambio notable: saltaron esos diez días y los años bisiestos dejaron de ser uno de cada cuatro. En su lugar, lo fueron aquellos que son divisibles por cuatro, excepto los que también son divisibles por cien, pero no por cuatrocientos.

Esto crea un año efectivo de 365,2425 días, mucho más parecido al real, que es el que seguimos usando ahora: el calendario gregoriano, hoy en día ya más conocido como el calendario occidental o el calendario internacional (pues sólo quedan cinco países que no lo usen de manera oficial: Afganistán, Arabia Saudita, Etiopía, Irán y Nepal, e incluso éstos lo utilizan en sus relaciones con el exterior y la gran mayoría de sus aplicaciones tecnológicas e industriales. Hay algunos otros que lo simultanean con algún calendario local, pero lógicamente éstos se van viendo cada vez más desplazados por la pujanza global del internacional.)

Es más o menos en la época de este Papa Gregorio XIII cuando empiezan a aparecer los primeros relojes con precisión suficiente para contar segundos. La idea del minuto como sesentava parte de la hora es bastante antigua (seguramente se origina también en los babilonios), y la del segundo como sesentava parte del minuto ya fue utilizada por científico persa Al Biruni en torno al año 1.000 de la Era Común. Pero no había ninguna manera práctica de medir tiempos tan precisos hasta el siglo XVI y de hacerlo con exactitud, hasta el XVII. Ni relojes solares, ni clepsidras ni los primeros relojes mecánicos eran capaces. Hubo que esperar al reloj de péndulo inventado por el matemático, astrónomo y físico holandés Christiaan Huygens en 1656 para que esto fuese posible.

Esquema para un reloj de péndulo de Christiaan Huygens (1673)

Ilustración en el libro “Horologium Oscillatorium sive de motu pendulorum” publicado por Christiaan Huygens en 1673, donde se define el primer reloj de péndulo realmente funcional. Los relojes de péndulo fueron por fin capaces de medir segundos, dándonos un control mucho más avanzado sobre la medida del tiempo.

La gracia del reloj de péndulo es que está construido en torno a un oscilador armónico: el péndulo en cuestión. Esto significa que siempre oscila en un periodo exacto de tiempo (o tan exacto como permitan las imperfecciones del mecanismo), dependiendo de su longitud. Es decir, que sus movimientos son isócronos. O sea, una de esas reglas lo más regulares posible que nos gustan tanto para medir cosas.

Y el péndulo resultó ser notablemente regular. Tanto que pasó a ser la clave del tiempo durante los siguientes 270 años, hasta bien entrado el siglo XX. Sólo la invención del reloj electrónico de cuarzo en 1927 comenzaría a desplazarlo, pero no del todo hasta después de la Segunda Guerra Mundial. En el reloj de cuarzo, el péndulo queda reemplazado por un oscilador piezoeléctrico de cristal mucho más pequeño y preciso. Y veloz, lo que permite medir fracciones mucho más breves de tiempo, a millones de ciclos por segundo. Poco después llegó el reloj atómico, más exacto todavía. De pronto, resultó que nuestros relojes comenzaban a ser enormemente más regulares que la inmensa mayor parte de los fenómenos naturales que medían, como la órbita de la Tierra alrededor del Sol, la de la Luna alrededor de la Tierra o casi cualquier otra cosa que antes constituyese la referencia mejor de tiempo. Y ya sabes, lo regular, la regla, es lo que mola para medir.

Entonces hicimos algo nuevo: invertimos la referencia. Es decir, el sol y la luna y las estrellas dejaron de ser la referencia última para nuestros relojes y fueron nuestros relojes, cada vez más precisos y prácticos, los que nos sirvieron para medir el resto de fenómenos naturales. Incluyendo al sol, la luna y las estrellas. Hoy en día la referencia absoluta de tiempo ya no está en los cielos, sino en la tierra, en nuestros relojes atómicos (bueno, algunos hay en el espacio…). Ahora decimos que la unidad básica de tiempo en el sistema internacional es el segundo, y en estos momentos lo definimos así, en el lenguaje cuántico de estos relojes atómicos:

“El segundo es la duración de 9.192.631.770 periodos de la radiación correspondiente a la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del átomo de cesio-133.” [A una temperatura de 0 K]

Reloj atómico de estroncio del JILA, 2014

El reloj más preciso del mundo en la actualidad: el atómico de estroncio del Joint Institute for Laboratory Astrophysics (JILA), formado por la Universidad de Colorado y el Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de los Estados Unidos (NIST). Necesitaría por encima de cinco mil millones de años, más que la edad del sistema solar, para “irse” un solo segundo. Foto: Ye group and Baxley/JILA

…lo que es una regla exacta como el demonio y además muy práctica, porque no tenemos que andar dando tantas vueltas a que si el sol, la luna o las estrellas cada vez que queremos contar el tiempo con precisión, ni depender de sus imperfecciones cósmicas. Cosa que hoy en día es totalmente necesaria en todas partes. Toda nuestra ciencia y tecnología modernas, las claves de nuestro nivel y calidad de vida, dependen por completo de la regularidad de nuestros relojes.

Me he saltado necesariamente muchas cosas, porque esta fue una historia muy larga y compleja, llena de acelerones y paradas y marchas adelante y atrás. Pero quiero añadir que nuestra historia, la historia de la humanidad, está indisolublemente vinculada a las maneras como aprendimos a medir el tiempo. Exigió lo mejor y lo más brillante de nosotros. A cambio, nos premió con una clase de dominio sobre nuestro mundo que de otro modo jamás habríamos podido soñar. La agricultura, la navegación oceánica, la electrónica moderna o la astronomía, entre otro millón de cosas más, son en parte hijas de nuestro afán por medir el tiempo de manera cada vez más y más precisa. Sin ese afán, sin esa capacidad, seguiríamos anclados allá por el Epipaleolítico. Y, te lo aseguro, eso no te iba a gustar.

(Quizá te interese también: La computadora de Anticitera, en este mismo blog.)

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59 comentarios

  1. Agustín Fernández Paz dijo,
    El 27 de Marzo de 2014 @ 18:45

    Magnífico artículo. Me ha parecido excepcional, con tal riqueza de enlaces, algunos fascinantes. Gracias!

    • Yuri dijo,
      El 27 de Marzo de 2014 @ 20:12

      Muchas gracias a ti, Agustín. :-)

      • Jose dijo,
        El 9 de Abril de 2014 @ 12:11

        Excelente artículo, con rigor y muy ameno. Enhorabuena

        Solo un pequeño detalle para futuros artículos: los grados centígrados ya no son utilizados en el mundo científico actual. EL Sistema Internacional (S.I) establece el grado Celsius o el kelvin.

        Si queréis ampliar algo más del tema de la medida del “tiempo”, os recomiendo un artículo del Prof. Palacios aparecido en la revista electrónica e-medida (www.e-medida.es). Su enlace es: http://www.e-medida.es/documentos/Numero-3/la_hora#1

        Un saludo

  2. Hermes dijo,
    El 27 de Marzo de 2014 @ 18:45

    Entretenido como siempre. Por poner un ‘pero’ he de decir que quizás esa insistencia en cambiar el Antes/Después de Cristo común (AC/DC, nunca lo había pensando xD) con el Antes de la Era Común (aEC) lo veo un poco absurdo. Entiendo la razón del error histórico, pero absurdo en el sentido de que ‘nos entendemos todos’ así, y aunque comentes que el aEC se usa en muchos ámbitos, y no lo niego ya que no lo se, aunque la verdad que no recuerdo verlo en ningún lado, la verdad es que la mayoría de gente es lo que usa y entiende, y en un blog de divulgación quizás lo que la gente entiende sea lo mejor de usar. Vamos que me parece un cambio artificial e innecesario cuando ya todos nos entendemos de la misma forma (Todos en Occidente, que si no ya veo la respuesta de los que usan otro calendario xD)

    Vamos, una pequeña chorradita por discrepar en algo de un muy buen artículo. Un saludo!

    • Yuri dijo,
      El 27 de Marzo de 2014 @ 20:11

      Bah, tampoco te creas que yo soy un “exagerao” con estas cosas. Si revisas el blog, verás que a veces utilizo la fórmula aC/dC por “antes de Cristo/después de Cristo”, otras veces la aEC/EC que comento aquí, también soy aficionado al “antes de nuestra era” para los periodos anteriores al “Anno Domini 1”, y si no uso más a menudo el más “científico” BP (before present, antes del presente) es porque tendría que explicar cada vez que, por convención, ese “presente” se refiere al año 1950. No me van a mi los purismos en cosas así, a menos que sea por rigor científico.

      Pero bueno, hay que decirlo: el “antes de Cristo” y “después de Cristo” es necesariamente erróneo si uno da por buenos los Evangelios (y si no, pues entonces no hay referencia alguna, con lo que sería una simple arbitrariedad.) Sigue siendo muy común entre el público, pero lo cierto es que cada vez menos en ámbitos globales (que cada vez son más), donde se suele usar el BCE/CE (“before Common Era / Common Era”, o sea aEC/EC en español), y en los científicos, donde además del BCE/CE está muy extendido el BP, en ambos casos para mayor exactitud y rigor.

      Un saludo y gracias. :-)

  3. JulioSAO dijo,
    El 27 de Marzo de 2014 @ 19:57

    Muy buen artículo. Como todos los que escribes.
    Hacía tiempo que te seguía hasta el “Gran parón” y estos días voy y descubro que vuelve a haber actividad por aquí.
    ¡encantado de volver a seguirte!

    • Yuri dijo,
      El 27 de Marzo de 2014 @ 20:02

      ¡Muchas gracias! :)

  4. nikitonipongo dijo,
    El 27 de Marzo de 2014 @ 20:25

    muy interesante y ameno. paso el enlace a un amigo más curioso que yo. gracias.

    • Yuri dijo,
      El 28 de Marzo de 2014 @ 21:11

      Muchas gracias. :-)

  5. Santi dijo,
    El 27 de Marzo de 2014 @ 21:12

    Muy interesante Yuri.
    El tema del aprovechamiento personal por parte de los consules y potifices del calendario romano ya lo conocia por parte de la saga de Africanus de Santiago Posteguillo.
    Todos esos casos de corrupcion tipicos y cotidianos de las civilizaciones antiguas parecen un tema bastante interesante a desarrollar en un futuro no crees?

    • Yuri dijo,
      El 28 de Marzo de 2014 @ 22:16

      Pues sí, sí que lo es. :-) Lo cierto es que la corrupción política fue la norma generalmente aceptada durante toda la Antigüedad y así sigue siendo en muchísimas partes del mundo. La idea de que los gobernantes (o “los de arriba” en general) no tienen derecho a sacar tajada de su posición por unas u otras vías y de que el “tesoro del pueblo” no coincide con “el tesoro del rey” (y/o sus compis) es muy, muy reciente. Salvo alguna “rareza”, aparece a principios de la Edad Moderna y sólo empieza a consolidarse a través de los cambios políticos que se originan en la Revolución Francesa. Esa es una de las muchísimas cosas del pasado que la gente que lo añora tiende a olvidar.

      En la práctica, la idea de corrupción política como algo definido y malo es inseparable del concepto de democracia moderna. Sólo en un sistema político donde el pueblo tiene algo que decir, tiene algo que decir también sobre la manera como se gastan sus dineros. Sólo en un sistema político donde haya esos “checks and balances” que tanto les gusta mencionar a los anglos es posible un cierto control sobre las cuentas públicas. Todos los sistemas no democráticos son intrínsecamente, y han sido históricamente, festivales de lo que hoy en día llamamos corrupción y nepotismo. Antes de que se plantearan las democracias modernas, ni siquiera se tenía la idea clara de que eso fuese malo. En el pasado nunca hubo esta clase de sistemas democráticos, sólo distintos tipos de arreglos entre caciques de distintas clases y niveles, y que los de arriba se lo llevasen crudo era legal e incluso moral (al igual que todas las demás formas de abuso de poder; y es que para poder hablar de abuso de poder, primero hay que definir en qué consiste el uso legítimo del poder.) Incluso de cosas como la democracia ateniense habría que hablar muy largo y tendido.

      En gran medida, la corrupción política no es un “problema de estos tiempos decadentes”, sino mucho más bien una “herencia del pasado” que por motivos obvios se niega a morir.

      Y un saludo. :-)

      • Santi dijo,
        El 29 de Marzo de 2014 @ 3:24

        Sin embargo a Publio Cornelio Escipion se lo quitaron de en medio juzgandolo por corrupcion. Como a Camps XD

        Un saludo Yuri. A la espera de articulos tan buenos como este.

        • Yuri dijo,
          El 29 de Marzo de 2014 @ 4:23

          Esa es una de las “rarezas” a las que me refería. :-D Pero sí, utilizar las acusaciones de corrupción para reventar a tus enemigos políticos tampoco es ninguna novedad histórica. ;-) Lo curioso es que, probablemente, Escipión el Africano no se había quedado con la pasta. Era un “gastizo”, un mujeriego y un vividor, pero no un ladrón. Fue su orgullo el que le impidió rendir cuentas al Senado, en último término poniéndoselo así en bandeja a su archienemigo, el ultra-reaccionario Catón el Viejo, en una versión clásica de nuestra actual pelea entre “carcas” y “progres”. ;-)

  6. Szykor dijo,
    El 27 de Marzo de 2014 @ 23:17

    El artículo que más me ha gustado de esta nueva etapa. Muchas gracias.

    • Yuri dijo,
      El 28 de Marzo de 2014 @ 21:11

      Muchas gracias a ti. :-)

  7. Rubén dijo,
    El 28 de Marzo de 2014 @ 0:03

    Excelente artículo, muchas gracias. (Tu blog es genial), ¿para otro te animas a hincarle el diente a la relatividad?

    Una pregunta sin ánimo de armar discusión en algo tan sensible como el terreno religioso, (no se me altere nadie) dejando a un lado la parte sobrenatural de los evangelios, que ahí entiendo que cada uno quiera creerlo o no, ¿porqué dudar más de estos escritos que de cualquier relato histórico de la antigüedad? O sea entiendo que haya sospechas de manipulación, pero dudar completamente de la existencia histórica de Jesús (o Josué) de Nazaret… O sea porque no dudar entonces de la existencia de Platón,Aristoteles, o muchos otros… Me parece un grado de escepticismo que no se aplica a otros escritos de la antigüedad… (No lo digo por tu artículo que me ha encantado, sino que me parece una tendecia general en la actualidad)

    • Mosquis dijo,
      El 28 de Marzo de 2014 @ 17:11

      No ha dudado de la existencia de Jesús, ha dudado de la fecha establecida como su nacimiento y principio de la era moderna.

      • Yuri dijo,
        El 28 de Marzo de 2014 @ 21:38

        Así es. Pero me voy a mojar. Mi opinión, personalísima, es que probablemente existió una persona con características más o menos similares al Jesús de Nazaret que nos ha llegado. No tengo motivo para negarlo y en aquel tiempo, con todas las “agitaciones culturales” en Judea derivadas de la ocupación romana, surgían profetas, mesías y movimientos entre tradicionalistas, renovadores y sincréticos por doquier. Es posible que alguno de ellos se correspondiera con Jesús de Nazaret, no veo por qué no. Sobre los detalles exactos me reservo la opinión, por ausencia de datos; en particular, aquellos que parecen atribuirle cualidades análogas a las típicas de otros héroes-dioses de la Antigüedad me resultan más difíciles de creer. Y en cuanto a los elementos de divinidad, bueno, yo no creo en los dioses. :-) (O, como se dice por ahí, “yo creo en un dios menos que los creyentes.” ;-) )

      • Rubén dijo,
        El 29 de Marzo de 2014 @ 9:40

        Sí lo sé, lo siento eso tampoco era lo que quería decir yo, en ese momento tenía un revoltijo de ideas en la cabeza y me salió así el mensaje (12 de la noche, tablet… :-) )

        En realidad lo que quería saber es la opinión de “Yuri” sobre la existencia histórica de Jesús, (muchas gracias por la respuesta!) en cuanto tenga tiempo respondo yo también.

    • Yuri dijo,
      El 28 de Marzo de 2014 @ 21:38

      Muchas gracias a ti, Rubén. Contesto lo de la Relatividad más abajo, en el comentario de Blackfyre.

      Bueno, lo cierto es que *todos* los textos de la Antigüedad se ponen en duda. Los antiguos no eran conocidos por su exactitud histórica y sí mucho por “escribir a conveniencia de este o aquel (o esto o aquello)”, muchísimo más que hoy en día. Lo que pasa es que con la Biblia choca más, porque claro, de pasar a ser “la Verdad absoluta” a pasar a ser otro texto antiguo más, susceptible de crítica (y en su caso “demolición”), pues el cambio se nota mucho. Con la Biblia ocurre también que es un texto obviamente “interesado” (en el sentido de que sirvió y sirve a los intereses de sus proponentes) y plagado de obvias contradicciones (en este mismo post, vemos cómo sin salirse de los Evangelios Sinópticos, Mateo da una fecha para el nacimiento de Jesús que es necesariamente igual o anterior al 4 aEC y Lucas, otra distinta que es necesariamente igual o posterior al 6 EC). Así es que no es que dudemos más que de otros, es que ahora le aplicamos un criterio de duda que antes resultaba impensable.

      Adicionalmente, para muchas de las cosas que se cuentan en ellos son “fuente única” o casi única. Por motivos obvios, las fuentes únicas presentan un problema adicional de credibilidad. Es difícil dudar la existencia de Julio César, porque hay incontables referencias contemporáneas a su persona, estatuas, monumentos, textos, de todo, procedentes de muchos sitios y creadores distintos. Pero de Jesús de Nazaret sólo tenemos los propios evangelios y el “testimonio flaviano”, que hoy en día sabemos al menos en parte manipulado por los cristianos con posterioridad (más una oscura referencia en una carta de Mara bar Serapion sobre un “rey sabio” que fue ejecutado por los judíos, seguramente más tardía aún.) Por todo ello, la Biblia en general y los Evangelios Sinópticos en particular reúnen las condiciones para ser un “texto antiguo a tomar con extrema precaución” como fuente histórica fidedigna.

      (Sigo en la contestación de Mosquis, inmediatamente arriba)

      • Santi dijo,
        El 29 de Marzo de 2014 @ 3:41

        Es ironico que la destruccion y quema de libros, evangelios apocrifos y otros documentos por parte de la iglesia para hacer de su version oficial la unica documentada, sea la principal causa de que en la actualidad no se pueda demostrar la existencia de Jesus. Solo quedan los evangelios y cuatro papeles mas que hablen de Jesus.

        Me temo que el hecho de que no hayan demasiados documentos que atestiguen su existencia, se debe mas que nada a que realmente no fue una figura historica relevante o de importancia.
        Mas bien opino que debio ser un sacerdote de Jerusalen que instigo alguna revuelta judia local contra los romanos y estos debieron matarlo con excesiva crueldad, lo que hizo de el un martir para los judios. Luego ya se sabe, se exagera la historia, se deifica al martir y se crea el cristianismo.

        • Yuri dijo,
          El 29 de Marzo de 2014 @ 4:28

          Sí. Que yo sepa, hay cinco documentos más o menos “contemporáneos” (más bien menos que más) que mencionan a Jesús de Nazaret:

          -El Nuevo Testamento, que adolece de los problemas indicados, y además posiblemente redactado (al menos en su forma final) con bastante posterioridad. El fragmento más antiguo que se conserva de los Evangelios Sinópticos, el Rylands P52, data del siglo II como pronto.
          -El párrafo obviamente manipulado, al menos en sus partes más sustanciales, de Flavio Josefo (nacido en el 37 EC).
          -La referencia de Tácito (nacido en el 56 EC) sobre el origen de los cristianos, “de oídas”.
          -La de Suetonio (nacido en el 69 EC), que parece creer que el “Chrestus” sigue vivo casi un siglo después de los hechos.
          -La oscura referencia en la carta de Mara bar Serapion, escrita en torno al 72 EC.

          Tácito y Suetonio hablan del origen de los cristianos, pero ninguno de los dos es realmente contemporáneo (nacieron décadas después) y simplemente pueden estar repitiendo lo que los propios cristianos (o cualquier otro) dicen sobre su fundador. Bar Serapion tampoco es verdaderamente contemporáneo y hace una mera referencia moralista a un “rey sabio” de los judíos que éstos mataron. Flavio Josefo (que tampoco es contemporáneo, pues nació en el 37 EC, pero sí el más temprano) está claramente manipulado con posterioridad, aprovechando que no se conserva su texto original. Así que ninguno de estos textos parece muy sólido.

          Pero vamos, como digo más arriba, no tengo problemas con la posible existencia de alguna clase de Jesús histórico, incluso uno que se parezca vagamente al que nos ha llegado. Sin embargo, con respecto a los detalles precisos, me tendrán que dar mejores argumentos para convencerme. ;-) En todo caso, no parece que a los romanos (o a los propios judíos) la existencia y muerte de Jesús les pareciera lo bastante notable como para reseñar algo en algún documento contemporáneo (o, si alguno lo hizo, tal documento se ha perdido.) Sólo empezaron a interesarse realmente cuando los cristianos se convirtieron en un movimiento sociopolítico y religioso, bastante después, y para entonces ya todos hablan de oídas.

          Si a ti o a alguien le consta alguna referencia más, soy todo ojos.

          • Natalia P dijo,
            El 30 de Marzo de 2014 @ 7:32

            Hay exégesis de los Evángelios desde un punto de vista racionalista, y teniendo en cuenta que esos textos fueron filtrados y manipulados, poniendo la lupa en las contradicciones, donde se establece un relato muy probable sin tener que recurrir en ningún momento a hechos paranormales.

            Yo he leído entre otros a Puente Ojea, y la mayoría de expertos en el fenómeno religioso reconocen la muy alta probabilidad de existencia de una figura histórica en la que se inspira el Jesús Biblico, un predicador como muchos otros que existían, como Apolonio de Tiana ( del que se dice que resucitó), o el Simón el Mago que se cita en los Evangelios, que probablemente fuera algún tipo de curandero o sanador y que se rebela contra el Imperio Romano como Barrabás ( He venido a traer la espada) y recibe una condena propia de este delito, la crucifixión.

            Esto no es más que una hipótesis racional sin tener que recurrir para nada como digo a hechos paranormales.

  8. Blackfyre dijo,
    El 28 de Marzo de 2014 @ 8:56

    Cómo te haces de rogar a veces, ¡gran artículo!

    Estoy con Rubén, ahora que están de moda los modos B, la inflacción, el Big Bang y la cosmología en general sería un gran momento para que nos des tu visión… ¿te animas? ;)

    • Yuri dijo,
      El 28 de Marzo de 2014 @ 21:47

      Gracias, Blackfyre. En realidad, este post iba para la semana pasada, justamente coincidiendo con el equinoccio de primavera. Pero ya se sabe que el hombre dispone y… :-D

      Me he puesto varias veces a escribir un post sobre la Relatividad. No me ha salido nada mejor que algunos de los muy buenos que hay ya por ahí y es criterio de esta Pizarra que si no tengo nada que mejore mi silencio, lo sabio es permanecer en silencio. ;-) No te digo que no vuelva a intentarlo algún día de estos; a ver si me viene alguna “inspiración mejor.”

      • Blackfyre dijo,
        El 29 de Marzo de 2014 @ 11:54

        Es que escribes unos pedazos de entradas que no quiero ni imaginar el tiempo que se te va en ellas! ;)

        No puedo más que volver a darte las gracias por el esfuerzo que le pones. ¡Tendré que hablar con las musas para que “te inspiren”!

  9. Gracchus Babeuf dijo,
    El 28 de Marzo de 2014 @ 9:27

    Tengo que dejar de leer “la Pizarra” y ponerme a trabajar YA.

    • Yuri dijo,
      El 28 de Marzo de 2014 @ 21:48

      Y yo, y yo. :-P

      Un saludo.

  10. Iñaki dijo,
    El 28 de Marzo de 2014 @ 10:38

    Muy muy bueno el artículo Yuri.

    Un saludo

    • Yuri dijo,
      El 28 de Marzo de 2014 @ 21:11

      Gracias, Iñaki. :-) Un saludo a ti.

  11. Brigo dijo,
    El 28 de Marzo de 2014 @ 18:05

    Creo que hay un gazapo aquí: “Mi cosas. Sin embargo, no nos consta que los paleolíticos tuvieran” Ese primer Mi creo que debería ser un Mil, no? :)

    • Yuri dijo,
      El 28 de Marzo de 2014 @ 21:12

      Sí, obvio. Cambiado (con algunos arreglos más). ¡Gracias! :-)

  12. JVGay dijo,
    El 28 de Marzo de 2014 @ 18:09

    Menuda currada de articulo, felicidades.

    Planeaba escribir sobre el paso del tiempo algún día de una forma mas relajada y algo mas “poética” de la que tu abordas el tema. Lo que has hecho es una profundización muy seria y muy buena sobre los intentos históricos de controlar esa segunda ley de la termodinámica. Sin duda, van a llover enlaces a esta entrada y a las otras relacionadas con el tiempo que has hecho, nos vemos.

    • Yuri dijo,
      El 28 de Marzo de 2014 @ 21:49

      Gracias. :-) Estaré encantado de leerlo cuando lo tengas. ;-)

  13. Boca Rana dijo,
    El 29 de Marzo de 2014 @ 1:16

    Sólo una precisión, dices “Cuando el clima es frío, o lluvioso, el sol se levanta menos en el cielo” ésto es cierto para los climas mediterráneos y algún otro más pero hay bastantes zonas en la tierra donde cuando el clima es frío, o seco, el sol se levanta menos en el cielo y cuando el clima es cálido, o lluvioso, el sol se levanta más en el cielo.

    • Yuri dijo,
      El 29 de Marzo de 2014 @ 2:14

      Es cierto, escrito así no queda muy bien. Ahora miro a ver alguna manera de expresarlo mejor. Un saludo y gracias. :-)

  14. Manuel dijo,
    El 29 de Marzo de 2014 @ 11:21

    Muy bueno el artículo Yuri. Como siempre, con abundante documentación en forma de enlaces, dibujos, fotos…. He leído mucho acerca de calendarios, medida del tiempo, etc. pero difícilmente más amenas y fáciles de leer que ésta.

    Ahora las preguntas. En particular dos sobre el calendario romano, que es posible que una sola respuesta responda ambas. 1) Cuando comenzaban el año en primavera… ¿no tenían el día 1 en el equinoccio (el mes de marzo puede que fuera el primero, pero la primavera no entra hasta mitad de mes)? ¿o por un lado iba la numeración de los meses (que era complicada) y por otro el comienzo del año? Y 2) He leído en algún sitio, que con cierta reforma del calendario de lunar a solar (yo creía que era la de Julio César), se quiso hacer coincidir el principio de año con un evento astronómico solar (supongo que el equinoccio de primavera), pero que los ciudadanos romanos, muy apegados todavía al calendario lunar, no lo consintieron y el año comenzó con una luna nueva y por eso nuestro calendario tiene un día de comienzo un tanto arbitrario, astronómicamente hablando. ¿Has visto algo de eso en tu documentación?

    Un comentario sobre la prevalencia de los calendarios lunares en ciertas culturas modernas, particularmente las semíticas. Como bien dice Yuri, el calendario lunar es el que más naturalmente uno puede establecer y el calendario solar fue introduciéndose con las necesidades de la previsión de las estaciones para la agricultura. Pero en la zona donde las culturas semíticas florecieron está a una latitud suficientemente baja para que las estaciones no estén tan marcadas. Por eso, posiblemente el calendario lunar siguió siendo muy importante.

    De los calendarios que siguen en vigor por encima del occidental a mi me fascina el iraní. El primer día del año es el del equinoccio de primavera y ellos celebran el año nuevo (Novruz) justo en el momento astronómico del equinoccio, no en el cambio de día como nosotros (si veis a un grupo de iraníes un 20 o 21 de marzo explotando de alegría en medio de la calle de forma, ya sabéis que la Tierra está cruzando el punto Vernal en ese mismo instante). Su año tiene 6 primeros meses de 31 días, 5 meses siguientes de 30 días y el último mes, Esfand, que tiene 29 o 30 días los años bisiestos. Para determinar el año bisiesto: se añade, o no, un día al final del mes de Esfand, de forma que entre las 00:00:00h y 23:59:59h del día 1 de Farvardin (primer mes), medidas según el meridiano de Teherán, tenga lugar el tránsito astronómico de la Tierra por el punto Vernal.

    Es más fascinante aún si tenemos en cuenta que este calendario civil, solar, rigurosamente astronómico, convive con el islámico, lunar e impreciso (las lunaciones están sujetas a la buena vista del imam, aunque puede que ello ya haya cambiado).

    Por último, una web estupenda que habla de todo tipo de calendarios: http://www.webexhibits.org/calendars/

  15. Dani dijo,
    El 29 de Marzo de 2014 @ 13:05

    Me estaba reservando para el finde y poder leerte con tranquilidad. Impresionante. Gracias, Yuri.

    Un abrazo

  16. Mario dijo,
    El 29 de Marzo de 2014 @ 13:47

    Igual que Dani aquí arriba, dejé el artículo para cuando tuviera un buen rato libre, y ha merecido la pena.

    ¡No sabes el subidón que da cuando el RSS dice que hay nuevo artículo tuyo!

    Abrazos.

  17. Julius dijo,
    El 29 de Marzo de 2014 @ 23:39

    Lo dicho por los demás comentaristas: increíble artículo y en un tema fascinante.
    Muchas gracias, aporta mucho y de una manera amena.

  18. frodoyonky dijo,
    El 30 de Marzo de 2014 @ 1:08

    Vaya currada de tocho, me lo he tenido que leer de dos veces, pero ha merecido la pena. Me encantan este tipo de curiosidades históricas.

    Si dices que los indígenas americanos conocían que el año duraba 365 días, ¿por que crees que la cuenta larga sólo tiene en cuenta 360? ¿puede ser una simple cuestión de redondeo?

    • VJARP dijo,
      El 8 de Abril de 2014 @ 0:33

      Usaban uno de 260.

  19. Roberto dijo,
    El 30 de Marzo de 2014 @ 7:11

    Hola. Muy interesante y bien escrito. Muchas de las cosas no las sabía y otras no las tenía claras.

    Me impresionan los mayas, que basaron su astronomía en mucha paciencia, palos clavados en la tierra y grandes capacidades matemáticas. Teniendo en cuenta sus medios materiales, sus logros intelectuales son espléndidos.

    Para ampliar la idea de los comienzos de año: pueblos andinos como los quechuas, aimaras y mapuches inician el año en el solsticio de invierno. Es el triunfo del sol luego de un periodo de creciente oscuridad. Por eso es de extrañar que la noche de San Juan sea popular en esas zonas y que esté llena de tradiciones de Año Nuevo.

    Saludos.

  20. maribel dijo,
    El 30 de Marzo de 2014 @ 13:28

    Como siempre gracias.
    Estoy, precisamente estos días, leyendo los principios de la historia romana y es curioso cómo se puede averiguar cuándo se produjo la escisión de cada sociedad, dependiendo de cómo se desarrollaron los conocimientos que compartían hasta ese momento: lenguaje, mitología, ganadería, agricultura…
    Como, partiendo todo del mismo sitio, se puede llegar a desarrollos tan distintos.
    Sobre todo en las creencias no hay nada nuevo. Los unos se pisan a los otros, cambiando festividades nuevas por las viejas sin tocar la fechas, jeje
    Porque el transcurrir del tiempo se puede medir pero los dioses son manipulables.
    Un abrazo.

  21. Carlos dijo,
    El 31 de Marzo de 2014 @ 10:05

    Hola Yuri!
    Enhorabuena por tu blog, gracias por toda la dedicación y buenos ratos que nos proporcionas. Soy un profano en todo lo referente a ciencia y disfruto mucho de tus artículos. Quería proponerte un tema que me resulta interesantísimo, y tiene algo que ver con este último artículo: el mecanismo de Anticitera.
    Gracias de nuevo y un saludo!

  22. Lolo dijo,
    El 1 de Abril de 2014 @ 3:32

    Otro excelente articulo! Gracias por tu gran trabajo… hacer estos documentos tiene que llevar una cantidad de tiempo increíble.

    Saludos!

  23. Roger dijo,
    El 1 de Abril de 2014 @ 16:27

    Primero, felicidades por el artículo.
    Y como curiosidad, a pesar de considerarse más romanos que nadie, en el Imperio Romano de Oriente abandonaron el cambio de año juliano para establecerlo el 1 de setiembre. Cosas de Constantinopla ;o)

  24. Ferrim dijo,
    El 2 de Abril de 2014 @ 11:08

    Yuri, tienes una capacidad de “darle vida” a tus textos que no deja de sorprenderme. No importa el tema que elijas, siempre consigues atrapar al lector y obligarle a leer desde la primera hasta la última línea, sin parar. Y lo haces de tal forma que el lector hasta te lo agradece y se queda con ganas de más.

    Ojalá podamos disfrutar de ese don tuyo durante muchos años más. Y lo de “don” es en sentido figurado, porque no me cabe duda de que es algo que has cultivado y pulido durante muchos años, y de que el nivel de exigencia que te marcas es el máximo.

    Muchas gracias, cuídate!

  25. jesus dijo,
    El 6 de Abril de 2014 @ 16:11

    Pido a Público que quite el comentario abajo trancrito por, como mínimo, coactivo contra la libertad de expresión. Como mínimo…

    COMENTARIO:

    LATAPADERA 06-04-2014 14:07

    Sus vamos a crujiiiir , faltará tierra en España para enterrar a tanto h.d.p comunista.

    Nota: escribir con mayúsculas me dice Público que es una falta de respeto. ¿Estos son los criterios que rigen en nuestro país?

  26. Rocamadour dijo,
    El 7 de Abril de 2014 @ 8:00

    Gracias una vez más, Yuri, por tu fantástico trabajo. Una gozada poder volver a leerte.

  27. Golias dijo,
    El 7 de Abril de 2014 @ 9:31

    Muy buen artículo. Conocía algunos de esos temas por un librito que tengo sobre calendarios y la medida del tiempo, pero esto es más claro y más entretenido.

    Una curiosidad sobre los días de la semana es el idioma portugués, que cambió la denominación de los mismos para que no tuviesen referencias paganas, por presión de la Iglesia Católica. Es el único caso que conozco. Por otro lado, tiene su gracia lo de la extrema izquierda nacionalista gallega, que por tratar de aproximarse a Portugal intentan introducir en el gallego la denominación portuguesa de los días de la semana… haciéndole el juego a la Iglesia sin saberlo.

    Por cierto, una tragedia personal: tras meses sin saber de ti, se me casca el ordenador, y cuando lo repongo y vuelvo a buscar tu página… me encuentro que no sólo has vuelto, sino que además has estado en MI pueblo y dado una conferencia. Es terriblemente injusto y quiero que conste mi protesta. Además un sábado. Para un día que podía ir…

  28. VJARP dijo,
    El 8 de Abril de 2014 @ 0:31

    Yuri. que gran gran artículo. Me ha encantado. Sólo he echado en falta una mención friki a las consecuencias del retraso en la adopción del calendario gregoriano en la URSS, y el posterior intento de adoptar una calendario más racional en la URSS con el Calendario Revolucionario (en el que por cierto no había lunes) y su posterior fracaso… El calendario de la Revolución Rusa también sería mencionable, ambos como ejemplos en los que los procesos revolucionarios quieren marcar distancia… Un abrazal http://es.wikipedia.org/wiki/Calendario_revolucionario_sovi%C3%A9tico

    • VJARP dijo,
      El 8 de Abril de 2014 @ 0:32

      Quería decir revolución francesa en el anterior comentario. Un saludo

  29. Sergio B dijo,
    El 10 de Abril de 2014 @ 15:40

    Como se sabe lo que dura algo a 0 K si no se pueden alcanzar 0 K? Que costaba definirlo a 273K por ejemplo?

  30. Odiseo dijo,
    El 15 de Abril de 2014 @ 16:07

    Un somero comentario al tema de Dionisio el Exiguo. En mi opinión es bastante injusto culpar a este hombre de comenter un error en el cálculo del año exacto del nacimiento de Jesús basándose en las fuentes evangélicas, más que nada porque, como bien se dice en el artículo, estas fuentes son incompatibles entre sí. Independientemente de si creamos o no en la existencia histórica de Jesús, por un lado el evangelio de Mateo sitúa el nacimiento de Jesús dos años antes de la muerte de Herodes el Grande, esto es, en torno al año 747 a.u.c. Por otro lado, el evangelio de Lucas lo sitúa en un escenario posterior, cuando Judea estaba ya bajo la administración romana y se estaba censando a la población, cosa que ocurrió en el 759 a.u.c. Ante tal incompatibilidad de la llamada “Palabra de Dios”, el bueno de Dionisio el Exiguo no quiso desautorizar ninguna de las dos versiones y seguramente optó por el término medio, esto es, el año 753 a.u.c. Veo muy probable que sucediera así porque no me parece casual que Jesús naciera en el año 6 a.c. en el cómputo de Mateo y precisamente en el 6 d.c. en el de Lucas. Dionisio el Exiguo lo hizo lo mejor que pudo ante el dilema que tenía delante, el problema era la incompatibilidad de las fuentes.

  31. Baricelli dijo,
    El 17 de Julio de 2014 @ 18:31

    Hola Yuri, mucho gusto leerle! El Año de 365 días, creo que proviene del Sistema Numeral Griego, de la palabra: Abracadabra, cuyas letras suman 365; similar a Abraxas..es decir, usarían ese arconte éponimo como días del año. Esto aparece en la Cosmogonía de Ireneo y Epifanio, también Basílides de Alejandría: enseñaba que del Dios Supremo, habían surgido 365 cielos…entonces, no me cuadran los 365 días contados por la Inundación del Nilo..y menos aún teniendo en cuenta el Sistema de Numeración basado en el Ojo de Horus y el Nilómetro (16 codos, unos ocho metros) tal como diría Plinio el viejo: representado por los 16 amorcillos de la Estatua del Nilo…para medir períodos largos, contaban con el ciclo de sothis (venus). En cuanto al Calendario Precolombino, creo que puedo haberse elegido 260 días por el Alfabeto Romano proveniente de los Etruscos con 26 letras…de dicha transferencia cultural, se puede leer el autor Ibarra Grasso, que a través de evidencias arqueológicas dice que Etruscos y Romanos dividieron el día en 16 horas, así como los Aztecas.

    Saludos, @SmartHours

  32. Paco Lorenzo dijo,
    El 4 de Agosto de 2014 @ 13:13

    Me ha encantado el artículo y me da que pensar. Mi última lectura ha sido la serie de Edgar Rice Burroughs sobre Pellucidar, para el que lo ignore la serie Pellucidar trata sobre un hipotético mundo en el interior de la Tierra y el problema con el que se encuentran en ese mundo es que siempre es de día, hay un Sol interior que da una luz de mediodía permanente. Mi pregunta es ¿cómo mediríamos el tiempo en nuestra Tierra si nos encontrásemos en esa misma situación? ¿Seria posible medir el tiempo sin las fases lunares ni las estaciones?

    Gracias y perdonad la cuestión pero me corroen esas preguntas.

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