Archivo de abril, 2014

Cuando Suiza quiso su bomba atómica y tuvo un siniestro nuclear

«Una instalación como la Central Nuclear de Lucens no estalla, porque no puede estallar.»
Hans Streuli, ex-Presidente de la Confederación Helvética y de la
Sociedad Nacional para la Promoción de la Energía Atómica, 1962. (NGA GVP 26/06/1962, pág. 7)

Antigua central nuclear experimental de Lucens, siniestrada el 21/01/1969.

Cuarenta y dos años después del siniestro que obligó a su cierre, los niveles de contaminación radiactiva en el agua de drenaje de la antigua central nuclear experimental de Lucens (Suiza) aumentaron inesperadamente de 15 Bq/l a 230 Bq/l durante el invierno de 2011 a 2012. Aunque muy por debajo del nivel considerado seguro por las autoridades helvéticas (12.000 Bq/l), el hecho de que ocurriera pocos meses después de los accidentes nucleares múltiples de Fukushima, su proximidad a la fuente de las aguas minerales Henniez-Nestlé y el peligro para la riqueza agropecuaria y vitivinícola local despertaron no poca inquietud en la zona. El agente contaminante era, en su mayor parte, tritio radiactivo. Los niveles volvieron a la normalidad durante la primavera de 2012 sin causar mayores problemas. Por el momento no se han establecido públicamente las razones de esta incidencia. Datos: Oficina Federal de Salud Pública de la Confederación Helvética. Foto: J. P. Guinnard.

A finales de 2011, una persona se me acercó con unas hojas impresas de un foro de Internet para decirme:

–Eh, Yuri, mira esto. Está llegando a Suiza la radiación de Fukushima. Se han multiplicado por quince los niveles de radiactividad en el agua.
–¿Sí? –contesté con no poca displicencia, pues ya llevaba escuchadas unas cuantas de esas.
–No pongas esa cara, hombre. Son mediciones oficiales, míralo tú mismo.
–¿Pero cómo se va a multiplicar por quince la radiación a diez mil kilómetros de distancia? A ver, déjame ver. ¿La Broye? ¿Dónde c*** está esto?
–Aquí pone que entre el cantón de Vaud y el de Friburgo.
–¿El cantón de Vaud…? –recordé, vagamente– Ah, no, entonces esto no viene de Fukushima. Será todavía por aquel accidente nuclear que tuvieron.

Mi interlocutor se sorprendió:

–¿Un accidente nuclear? ¿En Suiza? ¿Cuándo?
–Allá por 1969, en Lucens. Bueno, en realidad nunca ha quedado claro si fue un accidente o un incidente muy grave. Pero se les fue un reactor como su p*** madre. Así que yo lo llamo “el siniestro nuclear de Lucens“. Por suerte estaba metido dentro de una caverna, que si no…
–Vaya, no me lo imaginaba de los suizos. ¿Y cómo fue eso?
–Verás, el caso es que querían hacer bombas atómicas y…
–¡¿Que Suiza quería hacer bombas atómicas?!
–Pues… eh…

Suiza atómica.

Paul Scherrer

El profesor Paul Scherrer (1890-1969) del ETH-Zúrich fue el “padre” de la energía atómica en Suiza. Foto: © Association suisse pour l’énergie atomique / Schweizerische Vereinigung für Atomenergie.

Ya antes de la Segunda Guerra Mundial Suiza realizó sus propias investigaciones sobre el átomo, fundamentalmente en Lausana, Ginebra y sobre todo en el Instituto Tecnológico Federal de Zúrich (ETH). Entre 1935 y 1940 construyeron tres aceleradores de partículas, incluyendo un ciclotrón en el ETH dirigido por el físico Paul Scherrer, con fondos que aportó la industria privada. El profesor Scherrer mantenía contactos con Lise Meitner (descubridora de la fisión nuclear), Otto Hahn (codescubridor), Werner Heisenberg (el científico más destacado del programa atómico nazi, que ya tratamos en este blog) e incluso con el director del Proyecto Manhattan, el general Leslie Groves. Groves le invitó a visitar los Estados Unidos durante el verano de 1945 y en las propias palabras de Scherrer, le enseñó “muchas cosas”, incluyendo los reactores de producción de plutonio de Hanford. Regresó a Suiza diciendo que “¡todo es muy fácil!”

Apenas tres meses después de que los Estados Unidos dieran a conocer al mundo el poder del núcleo atómico mediante los bombardeos contra las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, el profesor Scherrer publicó un artículo divulgativo en la edición vespertina del periódico Neue Zürcher Zeitung de 28 de noviembre de 1945 con el título “Fundamentos físicos y técnicos de la energía atómica.” Le siguieron varios más, que cautivaron el interés del público, incluyendo a los políticos y los militares; quienes, como buena parte del mundo por aquel entonces –visto lo visto en Hiroshima y Nagasaki–, tampoco necesitaban una persuasión extrema para convencerse de que no sería mala idea echar un vistazo a eso de la energía atómica, tanto en su vertiente civil como en la militar.

El 8 de junio de 1946, el Consejo Federal funda la Comisión de Estudios para la Energía Atómica (más conocida por su acrónimo en alemán SKA, de Studienkomission für Atomenergie). Fue presidida, naturalmente, por el profesor Paul Scherrer de Zúrich. El propósito anunciado al público (y al Parlamento) de esta SKA era la investigación nuclear más o menos genérica. Pero el Presidente Confederal Karl Kobelt les encarga en secreto otra tarea, que de hecho estaba ya sobreentendida: la “creación de una bomba de uranio militar o un medio de guerra equivalente basado en los principios de la energía atómica.” En 1947, el Parlamento aprueba una ley para financiar a la SKA con 18 millones de francos suizos sin que nadie informe a los diputados de su dimensión militar.(Fuente)

Al principio, el progreso es lento. Puede que la energía nuclear sea “fácil”, como opinaba el profesor Scherrer, pero sin duda sale muy cara y requiere abundantes medios científicos y tecnológicos que exigen desarrollar una notable pericia técnica. Además, Suiza no tiene uranio. Bueno, ni uranio ni casi nada. El país será muy rico, pero también extremadamente pobre en recursos naturales. Apenas hay minería. Deben importar del extranjero todos los minerales especiales que necesita un programa nuclear, sin que se note que hay gato encerrado. Y esto resulta mucho más complicado de lo que parece, pese a las excelentes relaciones comerciales de Suiza con el mundo entero. Importarlos no, importarlos es sencillo. Lo que resulta endiabladamente difícil es que nadie se percate de que tu programa atómico tiene bicho, sobre todo si tienes que pasarlos ante los ojos de potencias atómicas como los Estados Unidos o la entonces Unión Soviética, celosos defensores de la exclusividad del club nuclear. Y, ya puestos, por los morros del quisquilloso Parlamento suizo.

Reactor nuclear Saphir, Suiza.

El reactor nuclear “Saphir” de tipo piscina, el primero que tuvo Suiza, comprado directamente a los Estados Unidos tras la Primera Conferencia sobre los Usos Pacíficos de la Energía Atómica. Era un diseño del Laboratorio Nacional de Oak Ridge, concebido en origen para funcionar con uranio altamente enriquecido pero “rebajado” al 20% antes de su exposición en Ginebra, precisamente para que no se pudiera utilizar con el propósito de producir material militar. No obstante, permitió a Suiza realizar sus primeros estudios sobre el funcionamiento de un reactor nuclear, la producción de radioisótopos, otros aspectos de la química nuclear, la física de la radiación y los problemas de ingeniería asociados. Foto: Bildarchiv ETH-Bibliothek, Zúrich. (Clic para ampliar)

El caso es que, entre unas cosas y otras, ni siquiera logran iniciar la construcción de un reactor. Hubo que esperar hasta agosto de 1955 para que los Estados Unidos llevasen a Ginebra uno experimental de demostración, llamado Saphir, para la Primera Conferencia sobre los Usos Pacíficos de la Energía Atómica. Fue el primer reactor nuclear que se mostró al público, del tipo piscina, con uranio enriquecido al 20%, moderado y refrigerado por agua ligera (agua común), capaz de entregar unos diez megavatios térmicos de potencia. No era, ni con mucho, el mejor diseño posible para un programa que quería ser militar. De hecho, era uno de los peores (por eso los amerikantsy lo presentaron en una conferencia de usos pacíficos…). Pero, a falta de otras alternativas, un consorcio mixto compuesto por el gobierno suizo y diversas empresas del mismo país que se hizo llamar Reaktor AG se lo compró al finalizar el encuentro. Lo instalaron en Würenlingen, a orillas del río Aar, donde hoy en día se encuentra la sede del Instituto Paul Scherrer.

Bien, pues Suiza ya tenía su primer reactor nuclear. Como te digo, resultaba una muy mala opción para un programa con bicho militar. Para conseguir el combustible enriquecido al 20%, tenían que comprárselo a los Estados Unidos en persona. No tenían medios para aumentar el enriquecimiento del uranio y llevarlo al grado militar. Los reactores de agua ligera son generalmente malos para producir plutonio de buena calidad. Y además, la instalación se encontraba bajo estricto control estadounidense. Mil cosas. Pero les sirvió para aprender.

Tanto fue así, que en 1957 comenzaron a verse capaces de tirar por su propio camino. Ese fue el año en que iniciaron la construcción de un segundo reactor al lado del primero, llamado Diorit, con tecnología mayormente nacional. Diorit era un animal completamente distinto: estaba moderado con agua pesada, utilizaba uranio natural (sin enriquecer, mucho más fácil de conseguir en el mercado internacional) y generaba unos 20 megavatios térmicos. Y servía para producir plutonio. Plutonio de grado militar.

Reactor nuclear Diorit, Suiza.

El reactor suizo Diorit durante una actualización, en 1971. Alimentado con uranio natural y moderado con agua pesada, tenía la capacidad para generar plutonio de grado militar, aunque los controles establecidos por sus proveedores impedían que se pudiera producir en la práctica. Suiza necesitaba más tecnología y más desarrollo propio para crear una auténtica industria nuclear militar independiente. Foto: Archivo de la ETH-Zúrich, ARK-NA-Zü 1.2. (Clic para ampliar)

Compraron el uranio para alimentarlo a AMF Atomics de Canadá. Pero el agua pesada hubo que importarla otra vez de Estados Unidos, bajo el compromiso (y bastantes controles) de que el reactor sólo se utilizaría para investigación civil. La pura verdad es que con esos controles resultaba muy difícil desviar cantidades significativas de plutonio para un todavía hipotético programa militar. No obstante, quienes deseaban que Suiza tuviese armas nucleares se excitaron. A malas, ahora ya disponían de la tecnología y la posibilidad (un poco como pronto haría Israel con Dimona). Sólo necesitaban “independizarse” de sus proveedores.

Al mismo tiempo, la reciente creación del Pacto de Varsovia (1955) en respuesta a la formación de la OTAN (1949), los aún más recientes sucesos de Hungría (1956) y la aparición de los misiles balísticos de alcance medio con grandes cabezas atómicas (precursores de los misiles balísticos intercontinentales, que llegarían inmediatamente después) calentaban la Guerra Fría en Europa a toda velocidad, empujándola hacia su periodo más crítico. Casi en medio, un país riquísimo que –aunque netamente situado en el campo occidental– hace de la neutralidad su bandera, y que muchos creen imposible de derrotar pero sus militares saben que no lo es tanto desde que se inventaron los aviones, las fuerzas aerotransportadas y los misiles de largo alcance: sí, Suiza.

Es en ese contexto, el 27 de marzo de 1957, cuando el jefe del Estado Mayor suizo Louis de Montmollin crea en el más absoluto secreto una cierta comisión de estudio para la posible adquisición de armas nucleares propias, vinculada al “lado militar” de la SKA. No es una cosa que De Montmollin se saque de la manga porque le parece bien, al hombre:  están en el ajo otros cuatro oficiales de alto rango, el jefe de los servicios legales del Ministerio de Asuntos Exteriores, dos miembros destacados del Comité de Trabajo para Asuntos Nucleares del Consejo Federal y el director de la compañía Reaktor AG (algunas de estas personas se hallaban muy próximas al después llamado Projekt-26, la rama suiza de la Operación Gladio.) En realidad, la fundación de esta comisión fue una iniciativa secreta del Consejo Federal.

En junio de 1958, de manera probablemente casual, un grupo pacifista comenzó a recoger firmas para convocar un referéndum que habría prohibido la “importación, fabricación, tránsito, almacenamiento y uso de armas nucleares de todas clases” en territorio suizo. La recogida de firmas les fue bastante bien y el Consejo Federal empezó a ponerse nervioso, porque les metía directamente el dedo en el ojo de un programa secreto que podía provocar un escándalo internacional. Quizá por eso, durante el mes de julio hicieron finalmente pública una denominada declaración de principios donde afirmaban:

“De acuerdo con nuestra centenaria tradición de valentía, este Consejo Federal considera que las Fuerzas Armadas deben recibir el armamento más efectivo para preservar nuestra independencia y proteger nuestra neutralidad, incluyendo las armas nucleares.”

–Declaración de Principios del Consejo Federal de la Confederación Helvética, 11 de julio de 1958.(Fuente)

Pero el asunto estaba ya ocasionando problemas políticos, los costes se disparaban y las dificultades tecnológicas también. Crear una industria nuclear nacional de verdad no era tan fácil como anticipó el profesor Scherrer. Impaciente, el nuevo jefe del estado mayor Jakob Annasohn se dirigió al Ministerio de Defensa el 14 de marzo de 1960 para que considerasen la posibilidad de adquirir armas nucleares completas en Estados Unidos, el Reino Unido e incluso la Unión Soviética; o, al menos, una cooperación con Francia y Suecia (que también tenía su propio programa militar). El Consejo Federal de Ministros le miró muy raro y le vinieron a responder de lo más cortésmente que si estaba loco o qué. Así quedó el tema por el momento.

Sin embargo, el 10 de octubre de 1960, el reactor Diorit alcanzó la primera criticidad y comenzó a funcionar. Trabajosamente, a un coste monumental, Suiza estaba cada vez más cerca de desarrollar su propia industria nuclear. Y sus propias armas atómicas.

El escándalo de los Mirage.

Hawker Hunter Mk.58 de la Fuerza Aérea Suiza.

El mejor avión de combate con que contaba la Fuerza Aérea Suiza mientras se planteaba hacer bombas atómicas era el Hawker Hunter Mk.58 (en la foto, durante una exhibición reciente), un caza táctico subsónico de limitada autonomía totalmente inadecuado para operaciones de bombardeo profundo. Estuvo en servicio desde 1958 hasta 1994. Imagen: Wikimedia Commons. (Clic para ampliar)

Como ya te he contado alguna vez en este blog, si quieres una fuerza nuclear, crear tus propias armas atómicas es sólo una parte del problema. Otra parte consiste en encontrar una manera de llevarlas hasta su blanco de manera más o menos efectiva. Eso, en la práctica, añade dos dificultades nuevas. La primera es que no te vale un petardo cualquiera: tienes que miniaturizarlas para que quepan en una bomba de aviación o en la cabeza de un misil, lo que requiere un grado significativo de sofisticación tecnológica. La segunda es conseguir el avión o el misil de marras.

Fabricar un misil de medio o largo alcance con capacidad nuclear estaba (y sigue estando) totalmente fuera de las capacidades de Suiza y quienes tienen no ponen los buenos a la venta. El desarrollo de esta clase de misiles exige, básicamente, un programa espacial o algo muy parecido. En cuanto a su aviación, también estaba (y, por cierto, sigue estando) totalmente obsoleta, además de ser minúscula. En África hay fuerzas aéreas notablemente más poderosas. Cosas de los impuestos bajitos y tal.

En fin, que lo del misil era imposible por completo y a principios de los ’60 la Fuerza Aérea Suiza no sólo estaba anticuada: era ridícula. De hecho, ni siquiera existía como tal. Era una sección del Ejército de Tierra. Mientras las potencias estrenaban sus F-4 Phantom, sus MiG-21 y sus Mirage III, todos ellos capaces de volar al doble de la velocidad del sonido o más –entre muchas otras cosas–, los suizos se apañaban con cosas británicas de posguerra como los de Havilland Vampire / Venom y los Hawker Hunter, que ni siquiera eran supersónicos. Es que tenían también aspiraciones aeronáuticas nacionales, ¿sabes?, con prototipos como el N-20 y el P-16, obsoletos incluso antes de terminarlos. De todos ellos, el único que valía para algo en esas fechas era el Hunter, un caza subsónico ligero con capacidades de ataque táctico más o menos equivalente al Super Sabre americano o al MiG-17 soviético. Pero para misiones de penetración y bombardeo nuclear profundo, no pasaba de chatarra.

Así que decidieron actualizarse. Y, con el proyecto de fabricar armas atómicas ya en mente, querían un avión supersónico de altas prestaciones que fuese capaz de transportarlas “hasta Moscú” (¡cómo no…!) Para ser exactos, cien de ellos. Probaron el Saab 35 Draken sueco, los Lockheed F-104 Starfighter y Grumman F-11 Tiger estadounidenses, el Fiat G.91 italiano y el Dassault Mirage III francés. De todos ellos, el que más les gustó fue el Mirage. Además, se los dejaron muy bien: 871 millones de francos suizos por las cien unidades, con electrónica estadounidense y nuevos sistemas de radar, guerra electrónica y ayuda a la penetración. Encima, la célula y los motores se construirían en Suiza bajo licencia, dando así un empujón a la atrasada industria aeronáutica helvética. Un buen negocio. En 1961 el Consejo Federal asignó el presupuesto y se pusieron a ello.

Pasó lo de costumbre con los productos Dassault: los costes reales se dispararon. Además, la industria aeronáutica suiza estaba efectivamente tan obsoleta que no era capaz de producir ni las células ni los motores con la rapidez y calidad necesarias. Apenas tres años después, en 1964, el Consejo Federal tuvo que pedir al Parlamento un crédito adicional de 576 millones de francos, sumando un total de 1.447 millones. Eso era una fortuna en aquella época y el Parlamento dijo que ni hablar. Al final lo zanjaron con 1.021 millones… pero por sólo 57 aviones en vez de los cien originales.

Dassault Mirage III de la Fuerza Aérea Suiza.

El Dassault Mirage III con el que tuvieron que quedarse al final. De los cien previstos, sólo pudieron completar 57, y parte de ellos con problemas de calidad (que fueron subsanados posteriormente.) Esta “fuerza mínima” resultaba insuficiente para operaciones de bombardeo profundo contra la URSS y de hecho se dudaba si bastaría para defender el propio espacio aéreo suizo. Foto: Wikimedia Commons. (Clic para ampliar)

Como Suiza no dejaba de ser un país serio, en el proceso dimitió mucha gente, desde el ex-Presidente, Miembro del Consejo Federal y Ministro de Defensa Paul Chaudet hasta el jefe del Estado Mayor Jakob Annasohn que te mencioné más arriba (sí, el que quería comprar armas nucleares por ahí.) Crearon una comisión de investigación parlamentaria (una de verdad, que en los países serios es una cosa muy seria), reorganizaron el Ministerio de Defensa de arriba abajo, multiplicando los controles, y se replantearon la política de defensa en su conjunto. Fue tan gordo para los estándares de allí que se le llamó el escándalo de los Mirage. Aquí ya sabemos que habría sido alguna cosilla de esas por las que no pasa nada, no dimite nadie y además vuelven a sacar mayoría absoluta en las siguientes elecciones. Por no mencionar el chiste de la comisión parlamentaria.

El caso es que al final se quedaron con 57 aviones en vez de 100, parte de los cuales presentaban problemas de calidad en la producción. Esa era una fuerza muy justa, muy por debajo y más cara de lo previsto, ya no para atacar Moscú, sino para simplemente defender el espacio aéreo suizo en caso de guerra.

Pese a ello, algunos seguían hablando de bombas atómicas y ataques estratégicos profundos. El 4 de mayo de 1964, en pleno escándalo de los Mirage, un documento (entonces) secreto de la comisión de estudio para la posible adquisición de armas nucleares propias mencionada más arriba proponía 50 bombas de aviación, con una potencia entre 60 y 100 kilotones cada una. También desarrollaron planes para realizar pruebas nucleares subterráneas en grutas alpinas. Sin embargo, los costes se multiplicaban: otro documento confidencial hablaba de 720 millones de francos suizos a lo largo de 35 años si las hacían de uranio altamente enriquecido y hasta 2.100 millones en 27 años si optaban por el plutonio, que permite construir armas más ligeras, potentes y sofisticadas.

Pero, ¿de dónde iban a sacarlas, si sólo contaban con dos reactores primitivos bajo control de potencias extranjeras nada favorables a la idea de ampliar el club nuclear? Bueno, es que para entonces ya contaban con un tercero. Uno mucho más avanzado, de fabricación exclusivamente nacional, metido en una caverna entre los Alpes y el Jura: la central nuclear experimental de Lucens.

La central nuclear experimental de Lucens.

La central de Lucens surgió de tres proyectos distintos para la producción de energía eléctrica civil. El primero se remonta a 1956, cuando un profesor del Instituto Federal de Tecnología de Zúrich sugirió sustituir la anticuada planta de calefacción urbana de la ciudad por una nueva, nuclear, que suministrara tanto agua caliente como electricidad. Este proyecto fue avalado por “el Consorcio”, una agrupación empresarial privada constituida en torno a la importante firma industrial Sulzer de Winthertur. Sin embargo, este “Consorcio” carecía por sí solo de la capacidad científica para emprender una obra así.

Lucens, Suiza.

Lucens, Cantón de Vaud (distrito de La Broye-Vully), Suiza. La central se instaló en una caverna a apenas dos kilómetros de la localidad, según se baja por la carretera 1 en dirección a Lausana. Foto: Wikimedia Commons. (Clic para ampliar)

La segunda idea, planteada aproximadamente al mismo tiempo, fue propuesta por las compañías eléctricas Atel, FMB, NOK y EOS. Constituyeron la sociedad Suisatom AG para promover una central nuclear que produjera energía eléctrica puramente, en el río Aar, cerca de Villigen, o sea justo al lado de los reactores Saphir y Diorit. Pero pensaban comprar el reactor a la compañía estadounidense General Electric, con lo que no habría sido un proyecto estrictamente nacional.

Y la tercera, también de las mismas fechas, se originó en un grupo romando llamado Enusa (Énergie nucléaire SA, sin ninguna relación con la ENUSA española.) Enusa tenía un proyecto más definido, realista y alcanzable desde el punto de vista tecnológico: construir una central nuclear experimental en una caverna del cantón de Vaud que tenía buenas características geológicas, con planos estadounidenses pero de fabricación nacional, que sentara las bases para luego desarrollar centrales mayores y mejores. No obstante, a Enusa le faltaba el dinero y parte de la tecnología para embarcarse por cuenta propia.

En 1961, el gobierno federal suizo sugirió a estas tres sociedades que aunaran sus esfuerzos en torno al proyecto más factible (y menos susceptible de “injerencias extranjeras”): el de Enusa en Lucens (Vaud). Pero en vez de usar planos americanos, sería totalmente de diseño y construcción suiza. A los tres grupos les pareció buena idea y en julio del mismo año fundaban la Sociedad Nacional para la Promoción de la Técnica Atómica Industrial (SNA), presidida por el ex-Presidente de la Confederación Hans Streuli. El propósito era crear una central nuclear de características tecnológicas avanzadas que constituyera el penúltimo paso para alcanzar la tan ansiada industria nuclear nacional. Hasta donde yo sé, ninguna de esas empresas era totalmente consciente de que tras ese proyecto se ocultaba un afán de investigación militar (aunque también habrían tenido que hacerse un poco los idiotas para alegar completa inconsciencia.)

Optaron por un diseño con combustible de uranio muy ligeramente enriquecido (al 0,96% en vez del 0,7% natural), moderado con agua pesada y refrigerado por dióxido de carbono: lo que viene siendo un HWGCR. Sus 73 elementos de combustible se parecían mucho a los de las centrales Magnox británicas y UNGG francesas (como Vandellós-1), moderadas con grafito pero también refrigeradas por gas (GCR). Esta es una tecnología especialmente apta para producir plutonio militar en cantidad (de ahí salió el que usaron en las primeras armas nucleares de ambos países.) Generaría 30 megavatios térmicos, de los que se obtendrían 8,3 megavatios eléctricos. La disposición de la central era como sigue:

Esquema de la central nuclear experimental de Lucens, Suiza.

Esquema de la central nuclear experimental de Lucens. Leyenda: 1.- Caverna del reactor. 2.- Caverna de maquinaria. 3.- Galería de acceso. 4.- Sistema de aire acondicionado. 5.- Edificio de explotación. 6.- Estación de ventilación superior. 7.- Chimenea de ventilación. Imagen: Inspección Federal para la Seguridad Nuclear, Suiza. (Clic para ampliar)

Construcción de la central nuclear experimental de Lucens, Suiza.

Dos etapas de la construcción de la central nuclear experimental de Lucens. Fue excavada “de dentro afuera” y ensamblada entre 1962 y 1965, pero los distintos problemas que surgieron extendieron el proceso hasta principios de 1969. Imágenes: Inspección Federal para la Seguridad Nuclear, Suiza.

Las obras se iniciaron el 1 de julio de 1962, excavando la galería de cien metros para penetrar en la montaña. Cuando la gente de la zona se enteró de lo que le había tocado en suerte, hubo bastante oposición. Fue entonces cuando el ex Presidente de la Confederación metido ahora a presidente de la SNA quiso tranquilizarles con esa frase tan molona que encabeza el artículo, y que ha quedado para la posteridad: “Una instalación como la Central Nuclear de Lucens no estalla, porque no puede estallar.”

La buena idea, que al final resultaría ser salvífica, fue meterla dentro de una caverna. La mala, todo lo demás. Suiza se había quedado muy atrás en materia nuclear a esas alturas. Mientras ellos excavaban y construían laboriosamente su centralita experimental de 8 megavatios eléctricos (MWe), las superpotencias atómicas estrenaban sus prototipos de reactores de segunda generación con capacidades superiores a los 200: General Electric de los Estados Unidos había inaugurado el BWR-1 en Dresden, Illinois (1960, 210 MWe)  y la URSS daba los últimos retoques al VVER-210 (1964, Novovoronezh, 210 MWe). El Reino Unido, Canadá y Francia les pisaban los talones con tecnologías muy prometedoras y grandes inversiones. Hasta Suecia, que aún se mantenía en la carrera por la bomba (si bien ya resoplando…), completaba el R-3 de Ågesta con 12 MWe: un 50% más.

La construcción no fue mal: Lucens quedó terminada en mayo de 1965, menos de tres años después. Pero durante el proceso se hizo evidente que necesitaría un largo periodo de prueba y ajuste antes de ponerla en servicio. Entonces, la compañía eléctrica NOK se dejó ya de mandangas nacionales y encargó un reactor nuclear PWR a Westinghouse de los Estados Unidos, con 380 MWe de potencia. Poco después, les pidió otro. Así nació la central de Beznau, la primera que produjo verdaderamente energía eléctrica en Suiza y la más antigua del mundo que sigue actualmente en servicio.

Los historiadores siguen discutiendo hasta qué punto la instalación de Lucens estaba concebida para uso civil o militar. Lo más probable es que fuera un reactor de investigación de doble uso. Según las opiniones más extendidas, el plutonio militar se habría producido en Diorit (es un proceso relativamente sencillo) y la investigación puntera se realizaría en Lucens, mucho más sofisticada. La tecnología de Diorit daba para pergeñar primitivas bombas atómicas, del tipo de Nagasaki o poco más. Por el contrario, la ciencia a desarrollar en Lucens permitiría el desarrollo de verdaderas armas nucleares avanzadas para su tiempo, a un nivel similar al de Israel. Es opinión de este que te escribe que Diorit era la fábrica y Lucens el laboratorio para crear una verdadera industria nuclear. En todo caso, los reactores de Diorit y Lucens eran las claves para que Suiza pudiese tener un programa atómico totalmente nacional, fuera para uso civil o militar.

Elemento de combustible nuclear Magnox

Elemento de combustible nuclear Magnox, muy similar a los utilizados en la central experimental de Lucens. Imagen: Wikimedia Commons. (Clic para ampliar)

El siniestro.

El 16 de noviembre de 1966 tuvieron el primer susto. Mientras probaban un elemento de combustible para Lucens en el reactor Diorit de Würenlingen, se les fundió el uranio y parte de la funda de magnesio, provocando una parada de emergencia. La investigación determinó que se había debido a un aumento de potencia demasiado rápido y recomendaron que en Lucens se variase la potencia más despacito. El informe también sugería que esas barras de combustible tipo Magnox no eran muy de fiar porque presentaban problemas de corrosión y peligro de incendio. Pero a esas alturas, con la central terminada, ya no podían echarse atrás.

La central nuclear de Lucens alcanzó su primera criticidad el 29 de diciembre de 1966. Entonces se encontraron con numerosos fallos, sobre todo en el circuito de refrigeración por dióxido de carbono (gas), que exigieron otros diecisiete meses de cambios y ajustes. En particular, los dos ventiladores que debían asegurar la circulación del dióxido de carbono resultaron extremadamente problemáticos. Estaban lubricados por agua y, aunque en los bancos de pruebas habían funcionado bien, en condiciones reales el agua se infiltraba al circuito de gas refrigerante. No fue hasta mayo de 1968 que lograron mantenerla funcionando durante diez horas a dos terceras partes de la potencia nominal. Entonces, la autoridad nuclear suiza transfirió la explotación a la compañía eléctrica EOS para que comenzaran a operar.

No hubo forma. En el mes de octubre, durante las pruebas finales, volvió a infiltrarse agua en el circuito de refrigeración. Durante el siguiente mes y medio cambiaron los ventiladores y EOS obtuvo el permiso definitivo de explotación el 23 de diciembre.  No obstante, la autoridad de seguridad nuclear suiza insistía en que las barras de combustible tipo Magnox eran muy delicadas, y que debían operar la central de 8 míseros MWe en el régimen más suave posible. Mientras, las superpotencias nucleares andaban ya peleándose con la barrera de los 500 MWe por reactor. Por su parte, Suecia se rendía ya: firmaron el Tratado de No-Proliferación, nunca acabaron su reactor R4 con el que pensaban producir plutonio militar y encargaron un reactor BWR puramente civil para la central de Oskarhamn.

Pero los suizos siguieron intentándolo, si bien para entonces la idea de producir armas nucleares iba quedando reducida a poco más que un sueño –o una pesadilla–. Estados Unidos y la Unión Soviética iban ya por los misiles balísticos intercontinentales de segunda generación con cabezas termonucleares en el rango del megatón, como el Minuteman II o el UR-100. Simplemente, se habían quedado fuera de juego. Aún así, cuando el nuevo ministro de Defensa Nello Celio quiso finiquitar el asunto, se encontró con fuerte oposición por parte del Estado Mayor y los sectores más patrioteros y halcones. Tan tarde como en ese mismo año de 1968, un nuevo plan hablaba de asignar entre 100 y 175 millones de francos suizos para un programa que produciría 400 cabezas nucleares de uranio quince años después. El mismo día en que se abría a la firma el Tratado de No-Proliferación Nuclear (1 de julio de 1968) en Londres, Washington y Moscú, Celio se pasó al Ministerio de Finanzas. Como si dijese “yo no quiero tener nada que ver con esta chaladura.”

El arranque definitivo de la central nuclear de Lucens fue programado para el 21 de enero de 1969, en torno a la medianoche. Muy, muy despacito, para no dañar esas barras de combustible Magnox tan delicadas. La primera criticidad se alcanzó a las 04:23 de la madrugada. Poquito a poquito, siguieron aumentando la potencia, con el propósito de alcanzar el 100% y conectar por fin los generadores a la red eléctrica en algún momento del día siguiente. Sobre el mediodía, superaron el 25% de la potencia térmica. Poco antes de las cinco y cuarto de la tarde pasaban del 40%, sin que los problemas que les habían plagado durante todos esos años se presentasen a molestar.

De pronto, a las 17:20, la central entró automáticamente en parada de emergencia y cerró las válvulas de ventilación exterior sin que los operadores de la sala de control supiesen por qué. A los pocos segundos se produjo el primer estampido, muy violento. Los operadores, que estudiaban los instrumentos con desconcierto y miedo, perdieron súbitamente todas las indicaciones del núcleo del reactor. Pero no las de radiactividad en la caverna, que superó los 100 roentgen/hora (aprox. 1 Sv/h) mientras se escuchaba una segunda explosión aún más fuerte y luego otras más pequeñas junto a un inquietante silbido durante otros quince minutos más, conforme la presión del circuito primario caía de 50 atmósferas a 1,2. Sólo los miles de toneladas de roca que envolvían la instalación y el sellado automático de las válvulas de emergencia evitaron que la radiación saliese de ahí.

Sala de control de la central nuclear experimental de Lucens, Suiza.

Sala de control de la central nuclear experimental de Lucens, Suiza, durante la fase de pruebas. Estaba severamente infrainstrumentada, lo que impidió al personal comprender lo que sucedía hasta que ya fue demasiado tarde. Foto: Biblioteca de la EPF-Zúrich. (Clic para ampliar)

Pero para entonces ya quedaban pocas dudas de que el reactor nuclear de Lucens, la última esperanza de Suiza para crear su propio programa atómico nacional, se les acababa de ir. A las 17:58, los operadores encendieron el sistema de ventilación de emergencia, provisto con filtros de yodo, para reducir los niveles de radiación en la caverna. A las 18:15, comenzaron a ponerse los trajes y máscaras de protección. A las 18:20, cerraron toda la ventilación, sellando así efectivamente el reactor o lo que quedaba de él. Por fortuna, apenas escapó radiación al exterior y los trabajadores tampoco resultaron significativamente afectados. Sólo se fugó una cantidad minúscula de tritio, que es un isótopo del hidrógeno y tiende a colarse por todas partes. O eso dicen. Por lo demás, la piedra impidió la catástrofe.

La investigación.

La investigación posterior –que, por cierto, se tomó más de diez años– puso en evidencia numerosos fallos de concepto, diseño, implementación y operación de la central. De todos ellos, el más grave fue el que permitía las infiltraciones de agua lubricante al interior del circuito primario de refrigeración por dióxido de carbono hasta el extremo de humedecer las barras de combustible nuclear tipo Magnox, extremadamente sensibles a la corrosión.

Pese a todos los intentos que hicieron para corregirlo, este problema empeoró a partir de la infiltración y los arreglos del mes de octubre de 1968. Al parecer, tales reparaciones se realizaron con bastante humedad en el circuito y el combustible cargado, afectando gravemente a varios elementos de combustible que ya estaban “tocados” por las infiltraciones precedentes. En particular, las fundas de magnesio del elemento nº 59 se habían oxidado casi por completo; pero al menos ocho de los 73 lo estaban en mayor o menor grado, con los productos resultantes de la corrosión acumulándose al fondo de los canales de combustible en forma de orín hasta bloquear numerosos conductos del gas refrigerante.

Esquemas del reactor de la central nuclear de Lucens, Suiza.

De arriba abajo – Esquema simplificado del reactor: A.- Maquinaria de desconexión de los tubos de presión. B .- Entrada del circuito primario de refrigeración por dióxido de carbono (gas). C.- Salida del circuito primario. D.- Núcleo del reactor. E.- Maquinaria de descarga del combustible. | Distribución del reactor: 1.- Elemento de combustible. 2.- Elemento de combustible destruido (nº 59). 3.- Elemento de combustible con corrosión. 4.- Barra de control. 5.- Barra de seguridad. 6.- Barra de control de reserva. 7.- Portillo de observación. | Estructura de los elementos de combustible: A.- Columna de grafito. B.- Guía de zircaloy. C.- Tubo de presión (zircaloy). D.- Tubo exterior (aluminio.) E.- Moderador (agua pesada). F.- Refrigerante (dióxido de carbono). G.- Funda de magnesio. H.- Barra de uranio. Imágenes: Wikimedia Commons. (Clic para ampliar)

La situación se agravó aún más durante una prueba realizada el 11 de diciembre, al infiltrarse “varios litros” de agua que permanecieron en el interior del circuito primario hasta el 17 de enero, pocos días antes del arranque definitivo. A pesar de todos los problemas, o quizá precisamente por eso, nadie ordenó un repaso general del reactor durante esos últimos meses. En palabras de la Inspección Federal para la Seguridad Nuclear, cuando decidieron la puesta en marcha de la central, sus operadores “no eran conscientes de que se encontraban ya con un reactor fuertemente dañado.”

Las barras de combustible no estaban provistas con termómetros independientes para medir la temperatura del uranio en su interior. Por tanto, los operadores de la sala de control ignoraban el comportamiento térmico de cada elemento; sólo podían saber el del conjunto del reactor. Si una barra de combustible se iba, como ya había pasado durante las pruebas de noviembre de 1966 en Diorit, no tenían manera alguna de saberlo.

Así pues, cuando comenzó la puesta en marcha del 21 de enero de 1969, el reactor nuclear de Lucens tenía ocho elementos de combustible oxidados, varios canales de refrigeración se habían obturado con orín y sus operadores sólo contaban con una instrumentación bastante básica. Conforme la potencia aumentaba y con ella la temperatura, estos elementos de combustible mal refrigerados empezaron a deteriorarse y deslizarse hacia lo que a todos los efectos era un LOCA (loss-of-coolant accident, accidente por pérdida de refrigerante). Probablemente los daños graves comenzaron a producirse durante la mañana o al mediodía, cuando pasaron del 20 – 25% de potencia térmica, pero los operadores de la sala de control no podían saberlo porque carecían de la instrumentación necesaria.

Sólo el lentísimo arranque impuesto por la autoridad de seguridad nuclear impidió que reventasen mucho antes. Así aguantaron hasta las 17:20, poco después de superar el 40% de potencia térmica. Entonces, el elemento nº 59 alcanzó los 600ºC y falló por fin. Primero se derritió la funda de magnesio de las barras de combustible e inmediatamente a continuación el uranio metálico que contenían. Las columnas de uranio y magnesio fundidos empezaron a chorrear. Pero entonces el metal se inflamó, provocando un súbito incendio radiactivo dentro del reactor que saturó el dióxido de carbono refrigerante con gran cantidad de productos de la fisión altamente radiactivos. Fue este incremento brutal de la temperatura y la radiación en el circuito primario lo que provocó la parada automática de emergencia del reactor, mientras los operadores miraban a sus lacónicos instrumentos sin entender nada de nada. Un instante antes todo parecía ir bien y ahora, de pronto, estaban en SCRAM.

Sin embargo, el siniestro apenas acababa de comenzar. Por suerte dio tiempo a que se insertaran las barras de control, deteniendo así la reacción en cadena. No obstante, a los pocos segundos la mezcla de uranio y magnesio fundidos entró en contacto con el conducto de refrigeración, presurizado a casi cincuenta atmósferas. Éste estaba también ya deteriorado y, a 700-800ºC, explotó violentamente. Esta explosión hizo saltar uno de los cinco discos de ruptura del depósito de agua pesada utilizada como moderador. Al instante, 1.100 kg de agua pesada, magnesio, uranio, dióxido de carbono y productos de la fisión muy radiactivos escaparon del reactor por el boquete, contaminando por completo la caverna donde se encontraba. En la sala de control, los operadores sintieron la explosión y se asustaron al ver que la radiación en la caverna aumentaba rápidamente hacia los 100 roentgens/hora. Únicamente entonces comprendieron que el reactor estaba ahora abierto. En lenguaje de a pie, que había reventado.

La cosa no acabó ahí. Un segundo después se produjo una violenta reacción química entre el agua pesada y los metales fundiéndose a alta temperatura, lo que causó la segunda explosión, más potente que la anterior. Los cuatro discos restantes del depósito de agua pesada fallaron definitivamente y el reactor quedó destapado por completo, proyectando aún más sustancias radiactivas a la caverna. Los conductos de las barras de control se deformaron y bloquearon, pero afortunadamente éstas ya estaban insertadas gracias a la parada automática de pocos segundos antes (en caso contrario se habría producido una pérdida total de control del reactor, que ahora se quedaba completamente sin refrigeración, al despresurizarse el circuito primario de dióxido de carbono).

Las reacciones entre el agua pesada y los metales en fundición provocaron varias explosiones más durante el siguiente cuarto de hora, terminando de contaminar la caverna y de destrozar el reactor. Sólo se detuvieron cuando el circuito primario quedó despresurizado por completo, anulando totalmente la refrigeración. Sin embargo, el sistema de refrigeración de emergencia estuvo al quite. Logró mantener bajo control las barras de combustible y hasta ahí llegó la cosa.

En aquella época aún no se usaba la escala INES, que data de 1990, para catalogar la gravedad de los siniestros nucleares. Diversos estudios posteriores lo consideran a mitad camino entre un INES 3 (incidente grave) y un INES 5 (accidente de gravedad media). Tal como se relatan los hechos convencionalmente, en mi opinión estaría entre un 2 (incidente medio) en “afectación de las personas o el medio ambiente” y un 4-5 en “pérdida de control y barreras radiológicas.” La Oficina Federal de Salud Pública de Suiza cree que “el accidente de Lucens sería clasificado hoy en día al nivel 4 o 5 de la escala INES”, lo que lo sitúa en la “lista corta” de los peores accidentes nucleares de la historia.

Elemento de combustible nº 59 de la central nuclear de Lucens.

El elemento de combustible nº 59, tal como quedó después de la explosión. Imagen: Inspección Federal para la Seguridad Nuclear, Suiza. (Clic para ampliar)

Por comparación, yo tiendo a considerarlo subjetivamente un INES-4: a todas luces más grave que Vandellós-1 (1989) o la planta THORP de Sellafield (2005), considerados “treses”, pero no tanto como sólidos “cincos” del tipo del incendio radiactivo de Windscale/Sellafield (1957), el accidente de Isla Tres Millas (1979) o por supuesto el escalofriante accidente de Goiânia (1987). A mi modo de ver se parece más a Saint Laurent (Francia, 1969) o Jaslovské Bohunice (Checoslovaquia, otro HWGCR, 1979), que son “cuatros” de manual.

El informe original de la autoridad de seguridad nuclear suiza, publicado en 1979, era llamativamente “suavito” en sus conclusiones. Tanto, que despertó bastantes críticas, y no sólo entre los ecologistas y demás. En todo momento, el informe consideraba lo sucedido en Lucens una “avería” o un “incidente” sucedido por una diversidad de causas “difíciles de prever” que en ningún momento había puesto en peligro la seguridad pública porque “todos los sistemas de seguridad funcionaron como debían”. Durante las décadas siguientes, diversos análisis fueron incrementando su gravedad, aunque todos ellos coinciden en que la caverna impidió que la radiactividad escapase al exterior en cantidades significativas. Finalmente, en 2009, el Ministro de Energía y después Presidente de la Confederación Moritz Leuenberger hizo las siguientes declaraciones, él sabrá por qué:

“En 1969, Suiza escapó por poco de una catástrofe (…). La actitud oficial de aquella época se conformó con evocar un «incidente». El informe de la investigación publicado diez años después llegó a la conclusión de que «la población no estuvo amenazada en absoluto.» Pero hoy vemos que Lucens aparece en la lista de las veinte peores averías en reactores del mundo. La dimensión real de la avería fue disimulada y eludida sin comentarios.”

Las tareas de limpieza duraron más de un cuarto de siglo. Las barras de combustible fueron a parar a Eurochemic de Mol (Bélgica) y el agua pesada que se pudo recuperar, una vez descontaminada y purificada, se vendió en el mercado internacional. Seis grandes contenedores de residuos altamente radiactivos se almacenaron en la instalación junto a otros 230 con residuos de media y baja actividad. Entre 1991 y 1993 se rellenó con hormigón la caverna del reactor, y se instaló un sistema de drenaje. En 1995 declararon la instalación definitivamente descontaminada. Poco después se estableció allí un archivo del cantón. Sin embargo, los contenedores de residuos no se trasladaron al almacén temporal de Würenlingen hasta 2003. Y a finales de 2011 y principios de 2012, como te conté al principio del post, hubo una contaminación por tritio en el sistema de drenaje, aún no sé por qué.

El fin del sueño (o la pesadilla…)

Liquidador de la central nuclear de Lucens, Suiza.

Un liquidador se dispone a entrar en el área contaminada después del siniestro. Imagen: Inspección Federal para la Seguridad Nuclear, Suiza. (Clic para ampliar)

El programa nuclear suizo nunca se repuso del siniestro de Lucens. La pérdida total del reactor y los obvios problemas que ya había presentado con anterioridad les obligaban a comenzar otra vez desde cero, la idea de fabricar armas atómicas se evidenciaba cada vez más insensata y cara, y para la producción de energía eléctrica civil podían simplemente comprar centrales mucho más avanzadas donde les diese la gana (como de hecho hicieron). Se habían quedado atrás, muchos peldaños por debajo de lo necesario para convertirse en una potencia atómica incluso de segundo o tercer orden. En el mismo año de 1969, Suiza firmó el Tratado de No-Proliferación Nuclear, con sus correspondientes inspecciones y controles.

Aún así, el proyecto militar se resistió a morir. El comité vinculado al Estado Mayor siguió reuniéndose en secreto, 27 veces, hasta 1988. No obstante, fueron virando poco a poco hacia posiciones defensivas, como la protección civil en caso de ataque nuclear o con armas de pulso electromagnético. Pero mantuvieron el afán de ser una “potencia nuclear en el umbral”, es decir, un país que podría construir la bomba atómica si se pusiera a ello. En 1979, el Jefe del Estado Mayor Hans Senn aún emitió una instrucción diciendo que “en el caso de que los desarrollos políticos y tecnológicos condujeran a una evaluación totalmente nueva de la situación, [el comité] debería solicitar que se adoptaran las medidas [necesarias].”

Los desarrollos políticos y tecnológicos no fueron por ahí. El 12 de agosto de 1981, el Consejo Federal de Ministros levantaba el secreto sobre las reservas de uranio que poseía el país para ponerlas bajo el control del Tratado de No-Proliferación, transfiriendo el control sobre las investigaciones nucleares al Ministerio de Energía. En 1985, la Conferencia de Ginebra entre Reagan y Gorbachov iniciaba la congelación de la Guerra Fría. Sin embargo, todavía hubo algunas charlas privadas con alemanes y británicos, y el 31 de diciembre de 1986 el presidente del comité militar Gérard de Loes escribió una carta al Consejo de Ministros para que declarasen oficialmente que Suiza aún tenía la intención de ser una potencia nuclear en el umbral. No lo hicieron. En diciembre de 1987, Reagan y Gorbachov firmaban en Washington DC el Tratado para la Eliminación de las Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio. Estas armas constituyeron uno de los mayores factores de riesgo para la escalada rápida de una guerra atómica en Europa y su eliminación suavizaba bastante las cosas.

Casi sin presupuesto, sin medios, sin perspectivas realistas y sin apoyo político efectivo, ya fuera de la historia como quien dice, el comité militar acabó por solicitar su autodisolución. El 1 de noviembre de 1988, el Ministro de Defensa Arnold Koller echó discretamente la firma. Tras más de cuarenta años, el anhelo suizo de crear una fuerza nuclear moría así por fin.

Hoy en día, Suiza produce el 40% de su energía eléctrica en cuatro centrales nucleares civiles con reactores de tecnología extranjera (General Electric, Westinghouse y Areva) y tienen un reactor universitario de potencia cero, el CROCUS, en la Escuela Politécnica Federal de Lausana; todo ello, monitorizado por la Agencia Internacional para la Energía Atómica. En 2011, tras los accidentes de Fukushima, los distintos estamentos del gobierno helvético (Consejo Federal, Consejo Nacional y Consejo de los Estados) decidieron salirse de la energía nuclear por el procedimiento de no autorizar la construcción de nuevas centrales, si bien las que están actualmente en servicio continuarán haciéndolo hasta el final de su vida útil (con el primer cierre previsto en 2019.) No son pocos quienes piensan que esta nueva política está más vinculada a los fabulosos costes de construcción de las centrales nucleares de nueva generación que a ningún problema de seguridad específico (ver también aquí). Si el mercado nunca creyó en la energía nuclear, la más subvencionada de la historia junto al petróleo y el gas, ahora aún menos. La iniciativa privada no construye actualmente ningún reactor nuclear en el mundo, a menos que tenga acceso al talonario del dinero público. En realidad, el 89% de los que se están haciendo pertenecen a empresas estatales o paraestatales monopolísticas.

Instalación de ojivas MIRV mod. MK21 con cabeza termonuclear W87 en un ICBM Peacekeeper, USA, 1983.

Instalación de ojivas múltiples MIRV del modelo Mk21, con cabeza termonuclear minuaturizada W87, en el bus de un misil balístico intercontinental LGM-118 Peacekeeper de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Foto tomada en la Base Aérea de Vandenberg, 1983. Casi cualquiera puede pergeñar una bomba atómica, pero para plantearse en serio la guerra nuclear hay que trabajar a este otro nivel… y esta foto tiene ya más de treinta años. Imagínate lo que se mueve hoy en día. Imagen: Departamento de Energía de los Estados Unidos. (Clic para ampliar)

En cuanto a las armas atómicas, el club nuclear se ha ampliado poco desde 1969 hasta aquí. Las dos adiciones más notables son India y Pakistán, sumergidas en sus propias dinámicas de enfrentamiento, más los casos particulares de Israel (que seguramente produjo la primera en torno a 1967) y Corea del Norte. Como es sabido se sospecha también de las intenciones de Irán y, como es menos sabido, de las de Arabia Saudita. Por su parte, Sudáfrica se deshizo de las suyas y de los cuatro estados herederos de la URSS que las tenían en su territorio, sólo Rusia las conservó. Junto a Estados Unidos, Francia, el Reino Unido y China, estos son los únicos países que mantienen el afán nuclear militar. De los demás que quisieron, incluyendo a España, todos han abandonado.

Es que es muy caro, puede acarrearte muchos problemas políticos (según tu situación en el orden internacional) y mucho más difícil de lo que parece. Construir la bomba, no. Construir la bomba, como dijo el profesor Paul Scherrer de Zúrich, es relativamente fácil (aunque no tanto si quieres hacerlo sin que nadie se percate, además de trabajoso). Pero, después de tanto esfuerzo, sólo tienes una bomba gorda y contaminante. Lo diabólicamente caro y difícil es todo lo demás: la infraestructura, los vectores de lanzamiento, los sistemas de alerta temprana y defensa nuclear (porque tener armas nucleares te convierte en un objetivo nuclear ipso facto), mantenerte al día frente a oponentes tan poderosos que avanzan sin parar… a la mayoría de países normales no les sale a cuenta. Sin salirse de lo militar, con lo que te cuesta una fuerza atómica mínimamente creíble, puedes montarte un ejército convencional que dé miedo sólo de verlo. Y si hablamos de hospitales, escuelas, defensa social y demás, qué te voy a contar.


Bibliografía:

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El inquietante superbólido de Chelyábinsk

No hace falta un gran meteorito para matar a una montaña de gente.
Por ejemplo, en mi ciudad o en la tuya.

Una de las cosas importantes que han ocurrido durante este periodo de standby fue el impacto, o más bien la detonación aérea, del superbólido de Chelyábinsk. Seguro que te acuerdas, porque fue muy sonado y sobre todo grabado:

El superbólido de Chelyábinsk se desintegra en la atmósfera terrestre sobre las 09:20 local (03:20 UTC) del 15 de febrero de 2013, a unos 19,16 ± 0,15 km/s (aprox. 69.000 km/h) y 18,3 ± 0,2° de ángulo de incidencia. La desintegración se produjo entre los 83 y los 26 km de altitud, unos 35 km al Sur del centro urbano, liberando de 440 a 590 ± 50 kilotones de potencia explosiva (90 de ellos en forma de luz). La onda de choque fue captada por 17 detectores infrasónicos de la Organización del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares, incluso desde la Antártida, y dio varias vueltas a la Tierra antes de disiparse por completo más de un día después.

Trayectoria del superbólido de Chelyabinsk y ubicación de los fragmentos encontrados.

Trayectoria del superbólido de Chelyabinsk y ubicación de los fragmentos encontrados. (Clic para ampliar)

Comenzaremos por algo muy parecido a una perogrullada: la capacidad de una gran explosión aérea para causar daños en tierra, en términos generales, aumenta con su potencia y se reduce con la distancia al blanco (tanto en el plano horizontal como en el vertical). Aunque cabe hacer algunos matices al respecto (como el “efecto escudo” de montañas y colinas o el “efecto espejo” de determinados fenómenos meteorológicos, entre otros), resulta obvio que una explosión muy potente que suceda muy lejos no nos hace nada, mientras que una explosión relativamente pequeña que detone justo al lado puede hacernos polvo. La manera precisa como esto sucede se estudió muy bien durante la Guerra Fría, para aumentar la eficacia destructiva de las armas nucleares; hoy en día tenemos incluso divertidas aplicaciones que lo calculan con bastante exactitud.

Detonación de 455 kt a 10.000 y 1.400 m sobre la ciudad de Valencia, España.

Arriba: Efectos de una detonación de 455 kilotones a 10.000 metros de altitud sobre la ciudad de Valencia. 1ª línea naranja – quemaduras de 2-3º, incendios dispersos (R = 6.160 m). Línea azul – onda de choque de 1 psi, con heridas por cristalería y fragmentos (R = 6.650 m). 2ª línea naranja- quemaduras de 1-2º (R = 12.400 m). Última línea naranja – zona segura (R = 17.600 m). | Abajo: Efectos de la misma detonación a 1.400 metros de altitud. Círculo verde/rojo – área de aniquilación con sobrepresión > 20 psi y radiación directa > 100 – 500 rem (R = 1.780 – 2.240 m). 1ª línea azul – Colapso generalizado de construcciones (5 psi, R = 5.400 m). 1ª línea naranja – Inflamación espontánea de combustibles (15 cal/cm^2, R = 7.570 m). 2ª línea naranja – Quemaduras de tercer grado con probabilidad = 100% (10,8 cal/cm^2, R = 8.840 m). 2ª línea azul – sobrepresión de 1,5 psi, con numerosas heridas graves por cristalería y fragmentos (R = 10.900 m). – 3ª línea naranja – Quemaduras extensas de 2º-3º (R = 11.700 m). – 3ª línea azul – sobrepresión de 1 psi, con heridas por cristalería (R = 12.900 m). 4ª línea naranja – Quemaduras de 1º-2º (R = 15.900 m). – Última línea naranja – zona segura (R = 20.200 m). En el primer caso habría unos centenares de muertos, quizá algún millar; en el segundo, más de 600.000. Fuente: Nukemap v2.4 de Alex Wellerstein. (Clic para ampliar)

Si yo, por ejemplo, hago estallar una bomba de esos mismos 450 kilotones aproximadamente a diez mil metros sobre tu cabeza, vas a tener un círculo de unos 12-13 kilómetros de diámetro con gente quemada (de segundo grado más que nada), heridas por cristalería e incendios dispersos. Te encontrarás quemados de primer grado hasta los 17,5 km, con algún que otro muerto porque le ha caído una pared vieja encima y cosas así. Seguramente se irá la luz, habrá reventones en las conducciones de agua y alcantarillado y tendrás algo de radiación residual en el ambiente (las explosiones nucleares aéreas son mucho más limpias que las de superficie porque no levantan y esparcen grandes cantidades de material contaminado). Todo ello sin duda suficiente para que te acuerdes de toda mi parentela hasta el último antepasado común por lo menos, pero según a la hora del día en que te la meta (y, por tanto, lo a cubierto que esté tu población), puede que ni siquiera mate mucho. Tu ciudad sobrevivirá bastante bien y probablemente en unas décadas estaremos haciendo negocios y celebrando el Día de la Memoria con lagrimitas de los embajadores respectivos y esas cosas. Lo de Hamburgo, Dresde, Tokio, Hiroshima o Nagasaki fue mucho peor y ya ves.

En cambio, si te enchufo el mismo petardo a 1.400 metros de altitud, los resultados van a ser un pelín distintos. Para empezar, los primeros dos kilómetros y medio alrededor de tu centro urbano van a resultar literalmente aniquilados y tendrás problemas para encontrar supervivientes en otros tantos más. Buena parte de los edificios se derrumbarán en cinco kilómetros a la redonda y los demás echarán a arder porque los combustibles del tipo de la gasolina o el gas se inflaman hasta los 7,5 km (aprox. 15 cal/cm2), ocasionando grandes incendios y quizá una tormenta de fuego. Vas a encontrarte muchos quemados graves de segundo y tercer grado a 10 km y personas descuartizadas por los cristales a más de 11 (un diámetro de 22 km). Nadie estará seguro hasta los 20 km de distancia del eje de la explosión, y luego empezaremos a hablar de la contaminación radiactiva. Pero de buen rollito, ¿eh?

Si tu ciudad es más o menos del tamaño de la mía, dependiendo de la fecha y la hora, con ese pepinazo de medio megatón voy a hacerte como unos 625.000 muertos y 350.000 heridos. Si se parece más bien a París, Nueva York, Moscú, México DF o Pekín, cuenta con un millón y medio de muertos y de dos a cuatro millones de heridos, ascendiendo a 2-3 millones de muertos y casi cinco millones de heridos en monstruos urbanos como Shanghái o Delhi. Por el extremo contrario, si se trata de una localidad mediana o pequeña, bueno, morirá menos gente, pero por la única razón de que una vez os he matado a todos ya no puedo cargarme a nadie más. Vamos, que resultaríais erradicados.

Hoy por hoy, ya no solemos desplegar bombas tan potentes. Estos son tiempos de supresión selectiva, exterminio quirúrgico y esas moderneces; para los genocidios, el machete sale más económico y siempre encuentras a justicieros con ansias de darle su merecido a unos cuantos millones de prójimos. Por lo demás, hoy en día montar cabezas nucleares muy potentes se considera un signo de atraso: no confías en la precisión de tus misiles, así que aseguras la destrucción del blanco por la vía del petajulio. Estás anticuado. O eso dicen.

Sin embargo, Mamá Naturaleza pasa monumentalmente de tales sutilezas. Y puedes jurar por tu dios favorito que los cuerpos menores del sistema solar, al igual que los terremotos, los volcanes, los tsunamis, la peste negra, la viruela o la toxina botulínica, son perfectamente naturales. En el caso de los cuerpos menores, que incluyen a los asteroides, los cometas, los meteoroides y otros objetos capaces de hacer que el cielo caiga sobre nuestras cabezas, no hay un límite bien definido para la cantidad de energía de esa tan natural con que pueden bendecirnos.

Sabemos que en este sistema solar no quedan cosas amenazadoras tan grandes como Tea. Las que hubo, ya hicieron lo suyo muchísimo tiempo atrás. En la actualidad, los objetos próximos a la Tierra más grandes que hemos detectado son los asteroides (1036) Ganymed y (433) Eros, ambos en la escala de los treinta kilómetros, mayores que el que mató a los dinosaurios. Sin embargo, ninguno de estos parece estar en ruta de colisión con nuestro planeta, por mucho. Entre los que sí podrían hacerlo alguna vez rondan por ahí tipos como el objeto doble (4179) Tutatis(4953) 1990 MU, en el rango de los 3-4 kilómetros, ambos más pequeños que el de los dinos. Sin embargo, sus probabilidades de impacto son muy, muy bajas y muy lejanas en el futuro.

El asteroide (4179) Tutatis fotografiado por la sonda espacial china Chang'e-2.

El asteroide (4179) Tutatis fotografiado por la sonda espacial china Chang’e-2 en diciembre de 2012. Tiene un tamaño de 4,5 × 2,4 × 1,9 km y ha estado pasando relativamente cerca de la Tierra cada 4 años (la próxima vez le toca en 2016, pero luego no volverá a hacerlo hasta 2069.) Por este motivo, su órbita ha sido cuidadosamente calculada y carece de la posibilidad de topar con la Tierra en muchos siglos. Imagen: Administración Nacional del Espacio de China.

Hasta hace poco se pensaba que el asteroide (29075) 1950 DA tenía una buena posibilidad de atizarnos allá por el año 2.880, cuando –si seguimos por aquí y progresando más o menos al mismo ritmo histórico que hasta ahora– probablemente seremos capaces de apartarlo con facilidad. En todo caso, parece que esta posibilidad ha quedado excluida mediante mediciones más recientes. Por otra parte, los distintos sistemas de alerta planetaria (LINEAR, NEAT, Spacewatch, LONEOS, Catalina, Pan-STARRS, NEOWISE, etc) creen haber detectado ya más del 90% de los objetos mayores de un kilómetro que pudieran caernos encima y ahora van a por los de 140 metros. Aunque siempre existe alguna incertidumbre, es difícil que se nos haya escapado algo verdaderamente grande. En estos momentos, no hay nada que llegue ni siquiera al nivel 1 ni en la escala de Turín ni en la escala técnica de Palermo. Vamos, que no parece que el apocalipsis improbable ese en el que creen algunos vaya a venir de los cielos.

Sin embargo, a mí los que me inquietan son precisamente los pequeños; pequeños como Tunguska o Chelyábinsk. Porque apocalipsis, lo que se dice apocalipsis, va a ser que no; pero para arrearnos un guantazo megaletal en alguna región densamente habitada no hace falta medir un kilómetro. Ni siquiera 140 metros. Puede que el de Tunguska no superara los 60 metros (aunque algunos sugieren un tamaño considerablemente mayor de 90 a 190 e incluso 1.000, si bien con una densidad muy baja) y liberó entre 3 y 20 megatones de una manera notoriamente destructiva. El bólido de Chelyábinsk nos ha confirmado que un objeto de unos 20 metros puede producir fácilmente 440 – 590 kilotones, en torno al medio megatón. Por fortuna lo hizo a tanta altitud y distancia de las áreas más pobladas que, pese a los innumerables cristales rotos y la gran cantidad de gente que sufrió cortes diversos, sólo dos personas resultaron heridas de gravedad.

En un área más poblada, con un objeto que estallase más cerca e incluso llegara al suelo, difícilmente discutiremos que un fenómeno de estas características causaría gran mortandad y devastación. Existe incluso un posible precedente histórico, en China. Con todas las precauciones que exigen siempre los documentos antiguos, hay al menos cuatro escritos del periodo Ming hablándonos de unas “piedras que cayeron del cielo como lluvia” en el área de Quinyang allá por marzo o abril del año 1490. Al parecer, mataron a más de 10.000 personas y los supervivientes evacuaron la ciudad. Más o menos por las mismas fechas, el impacto de Mahuika provocó un megatsunami que obligó a huir a las poblaciones costeras de lo que hoy en día son Australia y Nueva Zelanda, matando a quién sabe cuántas que no lo lograron. No son pocos quienes piensan que ambos sucesos están relacionados y de hecho podrían ser el mismo.

Y, amigo mío, amiga mía, esos objetos pequeños están en estos momentos fuera del alcance de ¿nuestra tecnología? No, no, qué va. De nuestras ganas de gastar pasta. Por supuesto que podríamos detectarlos si nos pusiésemos a ello, al menos con tiempo suficiente para cursar una alarma de defensa civil a las poblaciones en peligro, igual que se hace con los tsunamis. Pero no nos da la real gana. Hay otras prioridades.

El asteroide 2008 TC3 detona sobre el Desierto de Nubia, Sudán, en imagen tomada por el satélite Meteosat-8.

El asteroide 2008 TC3 detona sobre el Desierto de Nubia, Sudán, en imagen tomada desde el satélite Meteosat-8 después de que fuera descubierto por el Catalina Sky Survey. Con un diámetro de 4,1 metros, penetró en la atmósfera a las 02:46 UTC (05:46 local) del 7 de octubre de 2008, liberando entre 0,9 y 2,1 kilotones. Fue la primera vez en que se detectó un objeto en rumbo de colisión con la Tierra antes de que se produjese el impacto (19 horas antes.) Imagen: © EUMETSAT – Organización Europea para la Explotación de Satélites Meteorológicos. (Clic para ampliar)

El caso es que se nos cuelan constantemente. De los impactos en lo que llevamos de siglo XXI, sólo dos se detectaron con alguna antelación. El primero fue 2008 TC3, una rara ureilita de unos cuatro metros, que estalló a gran altitud sobre el desierto de Nubia, Sudán, en torno a las 05:46 AM del 7 de octubre de 2008, hora local (02:46 UTC); la explosión liberó entre uno y dos kilotones. Fue observada 19 horas antes de que llegase a la Tierra por Catalina de la Universidad de Arizona, Estados Unidos, y luego trazada por una diversidad de sistemas civiles y militares hasta su desintegración. Los científicos pudieron recuperar los restos en el área de impacto, proyectada con notable precisión.

El segundo es mucho más reciente: 2014 AA, con un tamaño similar al anterior. Se desintegró sobre una región remota del Atlántico Central a las 04:02 del 2 de enero de 2014. Lo descubrieron 21 horas antes del impacto en otro observatorio de Catalina (sí, los amerikantsy son los únicos que parecen tomarse todo esto verdaderamente en serio; a cada uno, lo que le toca.) Hubo explosión, captada (como muchas otras) por los detectores infrasónicos del Tratado de Prohibición de Ensayos Nucleares, pero tan lejana que no se pudo cuantificar la potencia. En todo caso, con 19 y 21 horas de antelación, habría dado tiempo de proteger, evacuar o al menos alertar a la gente si se hubieran dirigido a regiones habitadas. ¿Ves cómo sí que podemos?

Lamentablemente, son los únicos. No hay medios para escudriñar el suficiente cielo durante el suficiente tiempo. En 2002 se nos colaron los de Vitim (Rusia) y el Mediterráneo Oriental, este último con la potencia de la bomba de Nagasaki. En 2009 el de Sulawesi (Indonesia), que también liberó entre 10 y 50 kilotones. En 2012 el de Sutter’s Mill, sobre California (Estados Unidos) con 4 kilotones. En 2013, el de Chelyábinsk, con su potencia explosiva en la categoría de un misil balístico intercontinental, por fortuna dispersada a gran altitud. Alguno que no nos dio sólo lo detectamos cuando ya se iba, como 2002 MN, con 73 metros de diámetro. 73 metros bastan para generar varias decenas de megatones.

Por simple probabilidad, estos objetos tienden a hacer impacto en zonas despobladas porque la mayor parte de la Tierra está, básicamente, deshabitada. Mares y océanos cubren más del 70% de su superficie. Los desiertos fríos y cálidos suponen una tercera parte de las tierras emergidas. Hay regiones inmensas, como la Rusia Asiática, con muy pocos habitantes. Sin salir de España, en el donut situado entre las costas y Madrid no son raras las densidades de población por debajo de veinte e incluso de diez habitantes por kilómetro cuadrado. Los humanos tendemos a concentrarnos en unas áreas determinadas por una diversidad de razones socioeconómicas e históricas, así que la mayoría de cosas que ocurren en la Tierra no nos dan, o nos dan relativamente poco.

Fragmento del meteorito de Chelyábinsk recuperado en el lago Chebarkul.

Fragmento del meteorito de Chelyábinsk recuperado en el fondo del lago Chebarkul, a unos 70 km de la ciudad. Se trata de una condrita LL (baja en hierro y metales), menos común que las condritas H (altas en hierro) que he utilizado para ilustrar el impacto de este post. Imagen: © RT.

Pero por ese mismo motivo, existen algunas regiones donde la densidad de población es muy alta, a veces extremadamente alta. En el Sur de Asia viven 400 personas por kilómetro cuadrado. En Europa Occidental hay países que superan las 300 e incluso se acercan a 500, como Holanda. Lo mismo ocurre en algunos estados norteamericanos. Bangladesh roza los mil. El área metropolitana de Madrid los supera. La de Tokio anda por 9.000.

Y un día de estos, podemos encontrarnos con uno malo. Digamos una condrita, que son los más comunes, de entre 50 y 150 metros de diámetro, con una masa en el orden de los dos millones de toneladas. Que estalle a baja altitud sobre una región densamente habitada, o incluso llegue a entrar en contacto con la superficie, entera o a cachos. Como suele decirse, la cuestión no es si esto sucederá, sino cuándo: antes o después de que aprendamos a detectarlos y tomar medidas al respecto. Si es antes, lo vamos a lamentar. Entre otras razones, porque esa región densamente habitada puede ser la tuya, o la mía.

Internet está llena de aplicaciones de esas divertidas para romper cosas. Como antes ya vimos una para calcular explosiones atómicas, ahora vamos a suponer que nuestra condrita llega a golpear el suelo y utilizaremos esta otra de la Universidad Purdue y el Imperial College de Londres. Digamos que tiene cien metros de diámetro, con una densidad normal para las condritas de 3.300 kg/m3, y llega a la misma velocidad que el de Chelyábinsk: aproximadamente 19,2 kilómetros por segundo. Pero esta vez va a entrar con un ángulo más acusado: 45º. Para que no se me enfade nadie imaginaremos también que atiza justo aquí al lado de mi casa, en Valencia, cuyo suelo es esencialmente sedimentario.

Efectos del impacto de una condrita de 100 m de diámetro en la ciudad de Valencia.

Efectos del impacto de una condrita de 100 m de diámetro en la ciudad de Valencia, con indicaciones de sobrepresión. Círculo negro: cráter de impacto, 480 -> 360 metros de profundidad. Círculo sobre 20 psi (138 kPa): destrucción total, incluso de las estructuras reforzadas de hormigón armado; mortalidad del 100%. Círculo de 20 a 10 psi (69 kPa): destrucción generalizada de las estructuras residenciales, industriales y análogas; mortalidad superior al 90%. Círculo de 10 a 3 psi (>20 kPa): daños, lesiones y mortalidad entre el 5% y el 90% por derrumbamientos y proyectiles. Círculo de 3 a 1 psi: daños, lesiones y mortalidad dispersa (< 5%) por pequeños derrumbamientos y proyectiles. Mapa: © Google Maps. (Clic para ampliar)

Este objeto llega con una energía de unos 76 megatones. Sin embargo, al penetrar en la atmósfera terrestre, comienza a fragmentarse y ralentizarse. Se rompe a aproximadamente 53.000 metros de altitud y llega a tierra menos de cinco segundos después en pedazos que aún viajan a 8,9 km/s, o sea 32.000 kilómetros por hora, más de seis veces más rápidos que la bala más veloz. La energía efectiva de impacto son 16,2 megatones, por encima de Castle Bravo.

A menudo los meteoritos hacen impacto de buena mañana, o sea entre la medianoche y el mediodía. Este curioso hecho se debe a que el “lado matutino” de la Tierra coincide con el sentido de avance alrededor del Sol y los meteoritos no suelen “caer” realmente, sino que más bien los embestimos nosotros. Un objeto celeste tiene que traer una trayectoria un poco peculiar para darnos por detrás, en el “lado vespertino.” Sucede, pero menos. Así que supondremos que el impacto se produce en torno a las cinco o las seis de la mañana, cuando los niños aún duermen. Por piedad, y eso.

Se formaría un cráter momentáneo de 1.360 metros de diámetro y 480 de profundidad. En mi zona eso es un diámetro de unos veinte bloques de edificios, más buena parte del casco histórico. Ahí dormimos o nos estaríamos levantando unas 75.000 personas, que resultaríamos pulverizadas al instante junto con nuestras viviendas. Después los bordes del cráter colapsarían hasta alcanzar los 1.700 metros de diámetro, donde pueden residir fácilmente otras 25.000. Ya tenemos los primeros cien mil muertos.

Pero la catástrofe no ha hecho más que comenzar. En los impactos con una velocidad final inferior a 12 km/s no se produce esfera ígnea (fireball) ni efectos térmicos significativos (una diferencia notable con las armas nucleares o los impactos a mayor velocidad), así que vamos a evitarnos buena parte de los quemados. Por el contrario, la onda de choque es brutal, con una sobrepresión superior a las 20 psi (aprox. 138 kilopascales) en cinco kilómetros y pico a la redonda. Esta es la sobrepresión que se considera necesaria para derribar o dañar irrecuperablemente las construcciones sólidas de hormigón reforzado, matando a todo el mundo. Ese círculo de 10 km de diámetro cubre la ciudad de Valencia entera más media docena de localidades periféricas. Eso suma unos 900.000 muertos en los primeros quince segundos. Olvídate de la horchata de Alboraia. (En Madrid, por ejemplo, equivaldría al perímetro de la M-30; y en Barcelona, al círculo de Hospitalet de Llobregat a Sant Andreu, pasando por Horta-Guinardó).

Sin embargo, 10 psi (69 kPa) suelen ser suficientes para reventar los edificios corrientes y sacar a todos los que hay dentro a cachos por las ventanas. Con nuestro meteorito, este efecto se extendería hasta los 7,5 km, barriendo buena parte del área metropolitana de Valencia hasta más o menos el aeropuerto de Manises en unos veintitrés segundos. (En Madrid sería el círculo de la M-40 y en Barcelona, desde Cornellà hasta Santa Coloma) Por ahí comenzarías a encontrar a los primeros heridos, graves.

Impacto de cristal sobre pared de cemento a 2.200 metros de la detonación de Hiroshima (aprox. 3 psi.)

Esto es lo que le hizo un trozo de cristal a una pared de cemento situada a unos 2.200 metros de la detonación de Hiroshima (sobrepresión estimada en ese punto: 3 psi; velocidad del viento: 165 km/h). Imagínate lo que pasa si le da a una persona. Objeto: Museo Memorial de la Paz de Hiroshima.

La mortandad y los derrumbamientos generalizados se extenderían hasta los catorce kilómetros de distancia, cuando el pico de sobrepresión cae por debajo de las 3 psi (20,7 kPa). Zonas residenciales como las de Torrent o La Cañada, con sus chalés de no muy alta resistencia y sus bosquecillos listos para convertirse en proyectiles, se encuentran en esta zona. Más allá hallarías sobre todo heridos por cristalería y el colapso de construcciones viejas o de pobre calidad, como muros o cosas así, igual que en Chelyábinsk. Sin embargo, ese círculo mortífero de catorce kilómetros de radio cubre gran parte del área metropolitana de Valencia, donde vivimos aproximadamente 1.600.000 personas. Según los datos que estamos manejando, hablaríamos de como un millón de muertos y otros 300.000 heridos o así, suponiendo que no atice en plenas Fallas o algo por el estilo. Es decir, una matanza cuatro veces mayor que la del tsunami del Océano Índico de 2004, comparable a la del genocidio de Ruanda. En menos de un minuto.

He elegido Valencia no sólo para que no se me enfade nadie (o se me enfaden todos mis vecinos), sino también porque es una ciudad mediana bastante característica. No es el peor caso imaginable. En Valencia hay áreas de intensa urbanización mezcladas con otras menos densas e incluso zonas de –lo que va quedando de– huerta. Además, es un territorio llano, lo que facilitaba los cálculos. :-P Pero vamos, que no quería ponerme tremendista del todo y tal. Evidentemente, el caso peor sería un impacto de estas características en o sobre una gran conurbación densa y muy poblada, donde nos iríamos a los tres o cuatro millones de muertos.

No sólo eso. Si el efecto físico de las grandes explosiones en o sobre las áreas habitadas está muy bien estudiado a raíz de la Guerra Fría, su impacto socioeconómico sobre la economía regional y nacional es menos conocido. Por los bombardeos estratégicos de la Segunda Guerra Mundial y otras grandes catástrofes sabemos que se produce un intenso empobrecimiento de las comarcas circundantes y una caída más o menos proporcional del PIB nacional. En todo caso, una catástrofe de primera división.

Se puede aducir que la probabilidad de un impacto de estas características es baja. Es cierto: en toda la historia escrita, sólo parece haber ocurrido en ese caso chino que te contaba más arriba. Sin embargo, es una probabilidad real. No para dejar de dormir por las noches, pero tampoco para tomársela en broma, porque un posible millón de muertos no son ninguna broma. A mí, al menos, me resulta preocupante.

Y cabreante, porque los programas para detectar estos cuerpos celestes con tiempo para alertar o evacuar a la población no son realmente caros. El Catalina Sky Survey que he mencionado varias veces a lo largo de este post como uno de los mejores detectores de objetos peligrosos en la actualidad consume un presupuesto anual de poco más de un millón de dólares, por cuenta de la NASA. Sí, unos 750.000 euros, una miseria. El más ambicioso Pan-STARRS requiere unos diez millones de dólares al año. Para cualquier economía desarrollada, calderilla ínfima. Evitaré las comparaciones con los salvamentos de bancos, autopistas y demás por no hacerme mala sangre. El caso es que aquí estamos, abiertos de patas ante lo que el cosmos nos quiera mandar, porque así están las cosas y por lo visto nos parece bien.

Daños causados por el superbólido de Chelyábinsk en el Teatro Dramático de la ciudad.

Daños causados por el superbólido de Chelyábinsk en el Teatro Dramático de la ciudad. En total, 1.491 personas necesitaron asistencia médica por causa de los cristales, entre ellas 311 menores de 14 años; hubo que hospitalizar a 112. Una mujer de 52 años tuvo que ser trasladada a Moscú con lesiones espinales. Foto: Nikita Plekhanov vía Wikimedia Commons.

 

La profesora Yulia Karbysheva de Chelyábinsk.

La profesora Yulia Karbysheva (en la foto), al ver el potentísimo destello en el cielo, mandó a sus 44 alumnos de 4º de Primaria en la escuela nº 37 de Chelyábinsk “agacharse, cubrirse y mantenerse” bajo los pupitres (lo que en EEUU llaman “duck and cover”, la maniobra estándar de protección básica de emergencia en caso de ataque nuclear). Cuando llegó la onda de choque ninguno de sus alumnos resultó herido pero ella, que se había quedado en pie, sufrió varios cortes que le afectaron a un tendón. Por fortuna, se recuperó de sus lesiones. Foto: © Agencia Dostup1, Rusia.

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