Archivo de mayo, 2015

Viviendo en un planeta joven de un universo bebé

Esta fiesta acaba de empezar.

Impresión artística del aspecto que tendrá la Tierra dentro de unos cinco a siete mil millones de años, con el Sol ya convertido en una gigante roja.

Impresión artística del aspecto que tendrá la Tierra dentro de unos cinco a siete mil millones de años, con el Sol ya convertido en una gigante roja. En esos momentos, la vida terrestre que conocemos ya no será posible. Imagen: Wikimedia Commons.

Fósiles de microbios hallados en la formación Strelley Pool del cratón de Pilbara, Australia, con unos 3.400 millones de años de antigüedad.

Fósiles de microbios hallados en la formación Strelley Pool del cratón de Pilbara, Australia, con unos 3.400 millones de años de antigüedad. Imagen: D. Wacey, Universidad de Australia Occidental / AFP.

Como te apunté al final del post anterior y en algún otro, la vida presente en la Tierra es sobrecogedoramente antigua. Tanto que no sabemos todavía cuándo surgió, pero no pudo ser mucho después del Bombardeo Intenso Tardío. Con certeza, tenemos fósiles de microorganismos complejos –posiblemente eucariontes– de hace 2.000 millones de años y microbios con 3.400 millones (como los de la foto a la derecha.) Con casi total certeza, hubo cianobacterias empezando a liberar oxígeno mediante fotosíntesis hace 3.500 millones de años. Hay grafito de origen probablemente biológico en Groenlandia Occidental, generado hace 3.700 millones de años. Por ahí, por ahí estimamos que anda LUCA, o sea el último antepasado común a todo lo que ahora mismo alienta sobre la faz de este planeta.

Estudios más inciertos sugieren que pudo haber alguna clase de vida basada en el carbono antes del Bombardeo Intenso Tardío, ocurrido hace unos 3.900 millones de años: uno habla de 4.250 millones de años y otro apunta a los 4.400, conforme la Tierra terminaba de recolocarse la osamenta y enfriarse después del impacto que dio lugar a la Luna. Si esto fuese verdad, o la vida sobrevivió a una clase de meteoritos que dejan al que mató a los dinos como una mera anécdota de mínima importancia, o apareció más de una vez. En todo caso, cuanto más sabemos, más retroceden los orígenes de la vida, tanto la simple como la compleja. Tú y yo, por ir a lo seguro, nos quedaremos con las estimaciones actuales para LUCA: llevamos aquí al menos 3.700 o 3.800 millones de años.

Durante muchísimo tiempo, este fue un mundo de seres unicelulares o pluricelulares muy básicos, cuando no de mero ARN. Hubo que esperar bastante para que los primeros animales comenzáramos a ver la luz. Aunque seguramente hubo algunos protoanimales antes, a todos los efectos nacimos y conquistamos el mar entre el Ediacárico y la explosión del Cámbrico (635 – 542 millones de años.) Por entonces, las tierras emergidas eran un erial inhóspito y deshabitado, a menos que estos señores tengan razón. Pero hubo que esperar otro centenar de millones de años para que algunos milpiés comenzaran a aventurarse fuera del mar, envueltos en peligrosas concentraciones de oxígeno, lejos del cálido líquido que nos vio nacer, bajo el duro sol. Ahora nos parece tan normal, pero eso es porque la evolución nos ha adaptado a vivir así. Desde este punto de vista, todos los seres que vivimos fuera del agua somos una especie de extremófilos. Venga, en serio: ¿a quién se le ocurre salir del placentero mar que nos vio nacer y donde teníamos de todo para seguir existiendo, mudándonos a un inhóspito pedregal donde no hay apenas agua, con una atmósfera tan oxidante que hasta permite el fuego, expuestos a niveles cancerígenos y genotóxicos de radiación solar…? Bueno, pues lo hicimos. No sólo eso: perseveramos hasta que la evolución nos adaptó y cambió tanto que ahora no podemos regresar al mar sin medios técnicos. A excepción de las ballenas, delfines y demás, claro, que dijeron ahí os quedáis y se volvieron a los océanos como haría cualquier tipo sensato. Eso sí, después de haberse convertido en mamíferos con pulmones que aún hoy les obligan a seguir asomándose al aire para respirar.

Bien, y… ¿cuánto tiempo vamos a seguir aquí?

Nebulosa del Cangrejo

Nebulosas como esta del Cangrejo (NGC 1952) son los restos de una estrella que acabó estallando en forma de supernova; la luz de esta detonación en particular alcanzó la Tierra en el año 1054. Sin embargo, nuestro Sol no tiene masa suficiente para convertirse en una supernova; en vez de eso, “crecerá” hasta convertirse en una gigante roja que luego colapsará como enana blanca antes de irse enfriando muy, muy lentamente hasta terminar en forma de enana negra. Imagen: Wikimedia Commons.

Me supongo que ya sabrás eso de que un día el sol, en su evolución estelar, crecerá tanto que se tragará a la Tierra o al menos la dejará tan churruscada que cualquier cosa parecida a la vida presente será difícilmente posible. También sabrás que falta mucho para que esto suceda: unos 5.000 millones de años para que Sol abandone la secuencia principal y empiece a convertirse en una gigante roja y 7.600 para que alcance sus mayores dimensiones antes de contraerse hasta convertirse en una enana blanca. Luego irá enfriándose muy poquito a poco y finalmente se apagará como una enana negra dentro de mil billones de años o cosa así.  Si no ha aniquilado a la Tierra durante su fase de gigante roja, ésta continuará dando vueltas a su alrededor hasta estamparse contra tal enana negra por deterioro orbital dentro de cien mil veces más tiempo: un uno seguido de veinte ceros de años. O por ahí.

No obstante, las cosas desagradables empezarán a ocurrir mucho antes. Antes en términos cósmicos, quiero decir; no esperes ningún apocalipsis en tiempos humanos. Pero el futuro de la vida compleja terrestre se mide más en cientos que en miles de millones de años. Gran parte de ella se sustenta en la fotosíntesis, y particularmente en la fotosíntesis por la vía de los tres carbonos. Este tipo de fotosíntesis requiere una cierta cantidad de dióxido de carbono (CO2) en el ambiente. Pese a lo mucho que ahora estamos haciendo el chalado con el dióxido de carbono, conforme la luminosidad del sol vaya aumentando, el ciclo geoquímico del carbonato-silicato –parte del esencial ciclo del carbono– irá debilitándose mediante la meteorización de los silicatos. Eso irá fijando cada vez más y más carbono en el suelo, arrebatándoselo a la atmósfera y al mar. Tanto, que en unos 600 millones de años a partir de ahora la fotosíntesis por la vía de los tres carbonos quedará interrumpida por falta de CO2, y con ella buena parte de la vida que conocemos.

Tolypothrix sp.

Las cianobacterias (en la imagen, Tolypothrix sp.) obtienen su energía a partir de la fotosíntesis, absorbiendo dióxido de carbono y liberando oxígeno. Hace unos 2.300 millones de años, esto provocó la llamada “catástrofe del oxígeno”, que llenó la atmósfera terrestre con este gas, dando lugar al aire que conocemos hoy en día. La actual vida compleja terrestre depende en su inmensa mayoría de que los organismos fotosintéticos sigan existiendo. Imagen: Wikimedia Commons.

La vida compleja dispone de otro cartucho en la recámara para ambientes extremos con muy poco dióxido de carbono: la fotosíntesis de los cuatro carbonos. Conforme el CO2 siga cayendo y cayendo, probablemente una parte significativa de los seres fotosintéticos evolucionará hacia esta vía de los cuatro carbonos, como de hecho ya lo hizo. Pero incluso esta “vía extrema” sólo proporcionará otros 200 millones de años de margen. Con un sol cada vez más brillante, incluso estas cantidades residuales de CO2 acabarán fijadas al suelo. Y sin CO2 no hay fotosíntesis, y sin fotosíntesis es difícil imaginar la supervivencia de la vida compleja terrestre, a menos que la evolución se saque de la manga alguna otra de sus cartas asombrosas. (Ve y cuéntale a una arquea primitiva que algún día uno de sus recontratatarasobrinos, o sobrinas, estaría aquí leyendo frente a la pantalla de un dispositivo digital…)

Pero frente a un sol que a cada era brilla más, incluso los inconcebibles cartuchos de la evolución irán agotándose. En unos mil y pico millones de años, la temperatura media del planeta alcanzará los 47ºC y entonces empezará a ocurrir algo muy chungo: mares, océanos y demás aguas comenzarán a esfumarse. Primero, mediante un efecto invernadero húmedo (moist greenhouse) debido a la acumulación de vapor de agua en la atmósfera; el vapor de agua es un poderoso gas de efecto invernadero. Así, el planeta azul se convertirá rápidamente en el planeta blanco, continuamente cubierto por una capa de niebla y nubes cada vez más densas. Pronto, toda el agua disponible en la Tierra se evaporará mediante un efecto invernadero desbocado, para no volver al estado líquido nunca jamás. A todos los efectos, estaremos comenzando a abandonar nuestra zona de habitabilidad estelar (o más bien, la zona de habitabilidad estelar nos estará abandonando…)

Zonas habitables de los sistemas solares

Las zonas habitables de los sistemas solares varían con las características de cada estrella y su estadio evolutivo. Conforme nuestro Sol “engorde”, la zona habitable se irá desplazando hacia regiones más exteriores del sistema solar. Imagen: Wikimedia Commons.

A la totalidad del agua le costará mucho desaparecer, entre dos y tres mil millones de años, debido a que irá saliendo poco a poco la que se encuentra atrapada bajo la superficie. Durante una larga temporada, habrá lagos y humedales en las regiones polares. Pero la vida que conocemos, basada en grandes cantidades de agua líquida fácilmente disponible, irá dejando de existir. Por fotólisis, el agua evaporada se separará en forma de oxígeno e hidrógeno; el oxígeno perdurará, sobre todo fijándose a los suelos, pero el hidrógeno escapará al espacio exterior. No más agua en la Tierra. No más planeta azul, ni blanco, sino más bien marrón. Los últimos eucariontes dejaremos paso otra vez a un mundo de procariotas, como siempre fue, que irán extinguiéndose muy poco a poco hasta que finalmente este planeta pierda por completo la capacidad de soportar vida. En unos 1.500 millones de años, la zona de habitabilidad fetén andará ya por Marte. Puede que algo parecido a los extremófilos más extremos resistan aquí hacia la frontera de los 2.800 millones de años futuros, cuando la temperatura media terrestre supere los 147ºC, antes de perecer. Esta vida, aunque inconcebiblemente feraz, morirá así por fin.

En suma: que a la vida compleja terrestre le queda al menos tanto tiempo como lleva –llevamos– existiendo, eón arriba o abajo. Todavía pueden ocurrir muchísimas cosas, tantas como las sucedidas desde la explosión del Cámbrico hasta nuestros días. Y a la vida terrestre en general, mucho más. Salvo que ocurriese alguna clase de catástrofe cósmica como no ha ocurrido en los últimos 4.000 millones de años –casi una tercera parte de la edad del universo– la vida va a seguir por estos lares durante otra larguísima temporada, evolucionando y adaptándose sin parar hacia formas ahora inimaginables, como siempre hizo.

Parasol estelar

Arriba: concepto básico de una lente para dispersar la irradiación solar que alcanza al planeta Tierra (dibujo no a escala; en realidad se encontraría mucho más cerca, en el punto L1 Tierra-Sol, a aproximadamente 1,5 millones de kilómetros de nuestro planeta.) Este concepto básico es un tanto burdo y difícil de ejecutar; en su lugar, más recientemente se han propuesto nubes de lentes minúsculas orbitando en torno al mismo punto (centro y abajo.) Concebido al principio para combatir el calentamiento global, una civilización tecnológica futura podría utilizar este o cualquier otro concepto ahora inimaginable para retrasar significativamente el momento en que la evolución solar haga que nuestro planeta sea inhabitable. Imagen superior: Wikimedia Commons. Imágenes central e inferior: © BBC News.

Si en ese proceso la inteligencia se preserva, o incluso se desarrolla y extiende, pueden crearse las tecnologías necesarias para retrasar todavía más este fin del mundo. Nosotros mismos ya tenemos parte de la ciencia y la tecnología necesarias para hacerlo a pequeña escala, y de hecho se ha planteado como una medida de emergencia frente al calentamiento global presente: si no somos capaces de ponernos de acuerdo para contener las emisiones de gases de efecto invernadero, siempre podemos reducir un poquito la irradiación solar. Se llama la sombrilla espacial o parasol estelar, forma parte de un concepto más amplio denominado gestión de la irradiación solar y aunque suene a ciencia-ficción –y de hecho lo sea en estos momentos–, disponemos ya de gran parte del conocimiento necesario para reducirla en un 2% y mantenerla así durante unos cincuenta años a un coste de unos cinco billones (trillions anglosajones) de dólares. Eso es menos que el PIB mundial de un solo año, y existen otras aproximaciones más económicas. Civilizaciones futuras mucho más avanzadas podrían disponer de un montón de técnicas para paliar y ralentizar la destrucción de la vida compleja terrestre antes de que sea imprescindible dar el siguiente paso obvio: largarse de aquí.

¿Adónde? Puesss… a lo mejor, ni siquiera es preciso pirarse muy lejos, al menos durante una larga temporada. La evolución solar desplazará la zona de habitabilidad estelar hacia los planetas exteriores y sus lunas actualmente heladas, que dejarán de estarlo. Teniendo en cuenta los enormes plazos de tiempo implicados en este proceso de engorde solar –cientos y miles de millones de años–, no resulta inimaginable en absoluto una civilización tecnológica avanzada que vaya migrando y terraformando astros de aquí a Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno con arcas de Noé cósmicas antes de que el sol se desinfle velozmente hacia su etapa de enana blanca y sea totalmente necesario encontrar otro sistema solar más amable. Todo esto suponiendo que esa futura civilización no sea ya capaz de encontrar ese otro sistema solar amable y tirar para allá directamente. Suponiendo que no existan maneras de crear astros habitables a la medida. Y suponiendo también, claro, que esa civilización exista o pueda existir para entonces. Pero si la inteligencia no se extingue en la Tierra y continúa evolucionando, no veo ningún motivo obvio por el que la destrucción de este planeta implique necesariamente la desaparición de la vida que alienta en él. Simplemente seguiríamos haciendo lo que siempre hicimos: migrar en busca de un lugar mejor, sólo que esta vez a escala cósmica. Te contaba en la entrada anterior que me resulta inimaginable lo que sabremos y seremos capaces de hacer dentro de 300, 3.300 o 33.000 años; imagínate en medio millar de millones de años. O más.

…en un universo bebé.

Pero al final de la carrera, es una huida hacia ninguna parte. Este universo tiene fecha de caducidad. O más bien fechas, porque ahora mismo todavía andamos debatiendo cómo morirá exactamente. Lo que sí se sabe es que tardará mucho, pero que muchísimo más tiempo en hacerlo. Pues, como quien dice, acaba de nacer y salvo por alguna remotísima posibilidad cuántica, no hay nada que lo vaya a matar antes de hora.

Los Pilares de la Creación, Nebulosa del Águila

Los famosos “Pilares de la Creación”, en la Nebulosa del Águila, un gigantesco criadero de estrellas (y mundos…) a unos 7.000 años-luz de aquí. Nos encontramos todavía al principio de la Era Estelífera, en la que la formación de estrellas es y seguirá siendo posible durante otros 100 billones de años más o menos. Nos encontramos casi, casi al principio de todo. Foto: Telescopio Espacial Hubble / NASA.

Por todo lo que sabemos, ahora mismo el universo tiene unos 13.700 millones de años. Puede que te resulte curioso denominar bebé a algo con 13.700 millones de años de edad, pero es una cuestión de escala. Vamos a quedarnos sólo con la Era Estelífera, en la que nos hallamos actualmente. La Era Estelífera es el periodo de la historia del universo en el que pueden seguir formándose estrellas y galaxias, como sucede en estos momentos. Arrancó unos 150 millones de años después del Big Bang, con la reionización, a la que podríamos llamar el final del parto. Las primeras estrellas, de la llamada Población III, comenzaron a encenderse entre 420 y 560 millones de años tras el Big Bang.

Dejarán de formarse estrellas unos 100 billones de años después del Big Bang, conforme se agote todo el hidrógeno disponible en el cosmos. O sea, unas 7.300 veces más. Si este periodo fuese una vida humana de 100 años, nuestro universo tendría ahora mismo cinco días de edad. Eso, en mi pueblo, es un bebé. Y chiquitín. O chiquitina.

Sin embargo, el universo no morirá con el final de la Era Estelífera. Tan solo cesará la aparición de estrellas nuevas y las más viejas irán pereciendo muy, muy, muy lentamente. Se volverá un sitio bastante aburrido y oscuro, como solemos serlo todos a partir de cierta edad, pero continuará estando ahí. Realmente no sabemos todavía cuánto durará y ni siquiera cómo morirá –como sabrás, hay varias hipótesis–, pero como mínimo iríamos a la muerte térmica dentro de al menos un uno seguido de mil ceros de años. Como muy mínimo. Equiparando esta cifra a nuestra vida humana de un siglo, eso es apenas un chispacito. Nuestro universo ni siquiera ha llegado a tomar aire para berrear por primera vez.

Los tres posibles finales del universo

Los tres posibles finales del universo tal y como lo entendemos ahora mismo, dependiendo del valor de la ecuación de estado de la energía oscura. Imagen original: Big Bang Central.

Nuestro universo acaba de nacer. Estamos al principio de todo, como quien dice. Si la inteligencia prevalece y sigue evolucionando –la nuestra o cualquier otra que venga detrás, o la que pueda haber surgido o surgir en cualquier otro lugar, con billones de años de plazo– seguirá habiendo muchos sitios adonde ir, durante muchísimos eones. Realmente, sólo tendremos que plantearnos el fin de los tiempos en una época casi inconcebiblemente futura. Si para entonces todavía existe algo evolucionado a partir de tú y yo, será tan distinto que ni siquiera lo podemos imaginar. Si sigue siendo un bicho curioso que se resiste a desaparecer, tiene cajas de munición enteras disponibles en su arsenal. Se ha sugerido muchas veces, con buenas razones, que la inteligencia puede ser una fuerza autodestructiva. Pero a mí me gustaría sugerirte hoy la idea opuesta: que la inteligencia, una vez lo bastante avanzada, puede marcar una diferencia cósmica radical, dando lugar a algo que se parece no poco a la inmortalidad. Al menos, hasta que empiecen a acumularse tantos miles de ceros a la derecha en la edad del universo que nos adentremos profundamente en la eternidad.

Bibliografía:

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100.001 galaxias y ni una inteligencia avanzada evidente.

…en el infrarrojo medio, al menos. :-P

El observatorio WISE de la NASA

El observatorio WISE de la NASA, que realizó un barrido completo de la esfera celeste en distintas bandas infrarrojas, incluyendo el infrarrojo medio. Dado que el uso a escala galáctica de las tecnologías que nosotros utilizamos actualmente dejaría una “firma” clara en el infrarrojo medio y el WISE no ha detectado estas firmas, un reciente estudio (Griffith, R. L. et al.: “The Ĝ Infrared Search for Extraterrestrial Civilizations with Large Energy Supplies. III. The Reddest Extended Sources in WISE.” The Astrophysical Journal, Supplement Series, Vol. 217 Nº 2, 2015. doi:10.1088/0067-0049/217/2/25) ha dado lugar a numerosos titulares sugiriendo la inexistencia de civilizaciones avanzadas en 100.000 galaxias próximas. Imagen: NASA/JPL-Caltech.

Hace poco, abundantes medios nos obsequiaban con un bonito titular del tipo de “Buscan extraterrestres avanzados en 100.000 galaxias y no encuentran nada.” Está bien, a todos nos gusta un titular quedón. A mí el primero, sobre todo cuando los propios autores del estudio sugieren conclusiones similares. O estaría bien, si no fuese porque en realidad lo único que se concluye es que no han hallado evidencias de que haya una “Humanidad-B” colonizando sus galaxias del modo en que algunos de nosotros nos planteábamos hacerlo a mediados del siglo XX, lo cual era bastante de esperar. Eso es todo. El resto se lo han “conjeturado” de arriba abajo.

En el sentido estrictamente científico, el estudio es honesto: han analizado los datos del observatorio espacial WISE para 100.000 galaxias cercanas (de los cientos de miles de millones que hay en el universo observable) y no han encontrado evidencias obvias en el infrarrojo medio de que haya por ahí civilizaciones Kardashov-III metiendo sus galaxias en esferas de Dyson; o, más en general, procediendo a una industrialización total de las mismas con una ciencia y tecnología análogas a las nuestras de hoy en día, cuyas emisiones residuales dejarían una traza característica en tal banda infrarroja. Estas emisiones serían la consecuencia inmediata de cualquier uso de cualquier tecnología del tipo de las que conocemos, en virtud del 2º Principio de la Termodinámica, y detectables al emplearlas a semejante escala. Interesante, sí, pero al mismo tiempo tan predecible que casi cae en la categoría de perogrullada.

O de contradicción en los términos. Porque una civilización en nuestro atrasadísimo estadio científico-tecnológico (por no hablar del económico y social) no va ni a la otra punta de la galaxia, ni a la estrella más próxima en ningún plazo de tiempo razonable. En el mejor de los casos, con un inmenso esfuerzo, a unas cuantas basecillas por nuestro sistema solar y muchísimas gracias. Todavía somos poco menos que gentes primitivas. Vernos concibiendo maneras de colonizar la galaxia sería como ver a un nómada paleolítico ideando maneras de construir ese mismo observatorio espacial WISE: un ejercicio mental que avanza la curiosidad, la inquietud y sienta las bases de la adquisición del conocimiento, pero que al final no se parecerá en nada a la realidad porque apenas tenemos las más tenues bases intelectuales para concebirlo. Conjeturas como las que se han extraído de ese estudio de las 100.000 galaxias constituyen un ejemplo palmario de lo que yo llamo el chovinismo del conocimiento.

El chovinismo del conocimiento.

Nikolai Kardashev

El profesor Nikolai Kardashyov (también transliterado como Kardashev o Kardashov, 1932), actual director del Instituto de Investigaciones Cósmicas de Rusia, propuso en 1964 una intrigante idea: una civilización tecnológica en constante avance necesitará cada vez más energía para sus propósitos, sean cuales sean éstos, y desarrolló una escala de niveles de desarrollo sobre este concepto. Una civilización que utilizase toda la energía que un sol como el nuestro entrega a la Tierra estaría al nivel Kardashov-I. Si utiliza toda la energía generada por su sol, sería Kardashov-II. Si emplea la de toda su galaxia, Kardashov-III. Y a partir de ahí se han planteado otras posibilidades más. El concepto es muy interesante, pero no necesariamente correcto, o al menos no de la manera como nosotros obtenemos y consumimos la energía, o esperaríamos hacerlo en nuestro estado actual del conocimiento científico-técnico. El modo exacto como una civilización avanzada podría lograr esto es totalmente especulativo, y muy posiblemente inimaginable para nosotros en la actualidad. Imagen: Cortesía de la Academia Rusa de Ciencias.

Decía el añorado Carl Sagan que en esto de la búsqueda de vida e inteligencia extraterrestre hay varios chauvinismos (o chovinismos, que parece que a la RAE le gusta más.) Lo que pasa es que estos no son chovinismos patrioteros sino, digámoslo así, científicos. Está, por ejemplo, el chovinismo planetario, según el cual la vida sólo sería posible en astros como los planetas o las grandes lunas. Tenemos también el chovinismo del agua, que dice que ésta sólo puede surgir en lugares con abundantes cantidades de agua líquida. O el del carbono, que sólo admitiría la posibilidad de formas de vida basadas principalmente en este elemento. Etcétera. Algunos de estos chovinismos son más razonables que otros; el propio Sagan se definió una vez como un chovinista del carbono, aunque no tanto del agua. Manteniéndonos dentro del chovinismo planetario se han planteado hipótesis con diversas alternativas al agua y algunas al carbono. Es un debate abierto, porque realmente nadie sabe lo que podría llegar a haber por ahí afuera. Los extremos a los que puede llegar la vida terrestre –planetaria, basada en el agua líquida y el carbono– sugieren posibilidades inmensas incluso sin salirnos de ahí.

Pero la búsqueda de civilizaciones extraterrestres –lo que se viene llamando SETI– ha estado plagada a menudo de este otro chovinismo del conocimiento muchísimo más irracional. Salvo por algunas excepciones, la idea parece ser busquemos a extraterrestres que hagan exactamente lo mismo que haríamos nosotros en este periodo histórico, sólo que a lo bestia. Esto es por ejemplo como si un romano –un romano de los tiempos de los romanos, quiero decir– intentase detectar nuestras telecomunicaciones por el procedimiento de sentarse en la mediana de una de nuestras autopistas esperando muy atentamente a que pasen los caballos con los mensajeros. Este amigo romano podría estar perfectamente sentado encima de un cable troncal de fibra óptica, atravesado por las ondas de todo tipo de radiocomunicaciones, y ni entendería lo que es el primero, ni llegaría a percatarse de lo segundo jamás. Su conclusión más lógica sería que las civilizaciones modernas no nos enviamos mensajes de ningún tipo. O que quizá lo hacemos en unos carros sin caballos que van muy rápido y se llaman coches, pero no hemos querido reconocérselo y en vez de eso le contamos una milonga sobre una cosa que se llama Internet o no se qué. Por no mencionar esa leyenda delirante de unos navíos celestiales llamados satélites que dan vueltas al orbe mucho más allá del aire que se puede respirar.

Gran parte de las aproximaciones a la SETI se parecen mucho a la actitud de nuestro estimado amigo romano. Por ejemplo, la más conocida de todas: los intentos de interceptar comunicaciones de radio extraterrestres de alta potencia, en la que admito haber creído mucho tiempo –incluso llegué a proponer algo al respecto, hace muchos años– pero ahora soy bastante escéptico, y no sólo porque no hayan dado ningún resultado. Es que, tras pensarlo bien, me parece un caso paradigmático de chovinismo del conocimiento. Hace 300 años no teníamos ni puñetera idea de que existe tal cosa como los campos electromagnéticos, por mucho que los naturales nos estuviesen pasando a través todo el tiempo, y hubo que esperar hasta el siglo XIX para que este conocimiento científico se convirtiese en la tecnología llamada radio. Sólo a partir de ese momento nuestras radiocomunicaciones se hicieron cada vez más frecuentes y potentes, y cuando se plantearon las primeras aproximaciones SETI, había una especie de carrera por ver quién transmitía más y con más vatios. Así que supusimos que una civilización muchísimo más avanzada transmitiría por radio muchísimo más y con muchísimos más vatios. Tanto como para poderlo captar con nuestros radiotelescopios desde inmensas distancias.

James Clerk Maxwell

El científico escocés James Clerk Maxwell (1831-1879) desarrolló en 1865 la Teoría del Campo Electromagnético, lo que entre otras muchas cosas permitió predecir la existencia de las ondas de radio, desarrollar las telecomunicaciones modernas y abrir el paso a la futura Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica. Hace sólo 150 años de eso. Imagen: Del dominio público.

Sin embargo hoy, apenas medio siglo y pico después, gran parte de nuestras telecomunicaciones van por cables de fibra óptica. ¡Buena suerte intentado detectar un cable de fibra óptica con un radiotelescopio! :-D En cuanto a la radio, lo que hay ahora mismo es una carrera hacia la eficiencia, transmitiendo con potencias comparativamente muy bajas en redes celulares y cosas por el estilo. Hasta los grandes radares militares, que antes tiraban megavatios a troche y moche, operan en estos momentos siguiendo principios de baja probabilidad de intercepción; lo que entre otras cosas implica emitir con la potencia justita, justita para detectar al blanco en haces extremadamente direccionales y difíciles de captar para que se delaten poco ante el enemigo y sus misiles antirradar. Nuestras naves espaciales más avanzadas también se comunican con la Tierra mediante señales de extrema direccionalidad y potencia controlada, para ahorrar energía. Por regla general, ahora los humanos cada vez radiamos al espacio con menos potencia, no más. O incluso no radiamos en absoluto, utilizando modernas tecnologías como la mencionada fibra óptica. Para alguien que nos estuviese buscando con radiotelescopios, cada día somos más invisibles pese a que nuestras telecomunicaciones se multiplican sin parar tanto en cantidad como en calidad.

Pues me da el barrunto de que con esto de las 100.000 galaxias “sin signos obvios” de vida inteligente pasa lo mismo. Como te decía al principio, la aproximación de los autores del estudio casi constituye una contradicción en los términos. O sea: ¿estamos buscando una civilización muchísimo más avanzada que la nuestra, una Kardashov-III de colonizadores galácticos ni más ni menos, pero al mismo tiempo esperamos que usen tecnologías basadas en nuestro estado actual del conocimiento científico, sobre bases análogas de expansión industrial, dejando los mismos rastros que dejaríamos nosotros, así a lo bruto?

Ya me sabrán disculpar vuecencias, pero ahí hay algo que no me cuadra. ¿Una civilización capaz de explotar la energía de una galaxia entera no puede tener, por ejemplo, la capacidad de reciclar y aprovechar gran parte de esas fuertes emisiones residuales en el infrarrojo medio? (De hecho, uno de los coautores del estudio admite varias posibilidades de este tipo en esta entrevista, 3ª pregunta, sin necesidad de violar el 2º Principio de la Termodinámica.) ¿Esos superextraterrestres van a trabajar igual que lo haríamos nosotros con nuestros conocimientos actuales, si hace esos mismos 300 años que mencionaba antes nosotros andábamos en carros de bueyes, no existía ninguna aplicación tecnológica de la electricidad y no teníamos ni perra idea del electromagnetismo, ni de la relatividad, ni de la mecánica cuántica, ni de ninguna otra de las grandes revoluciones científicas de estos últimos siglos y sus tecnologías derivadas?

Dicho de otra manera: con estas aproximaciones no estamos buscando civilizaciones extraterrestres avanzadas, sino civilizaciones extraterrestres avanzadas que además se comporten como esperamos comportarnos nosotros, y encima deriven sus tecnologías de un estado del conocimiento científico análogo al nuestro, y adicionalmente lo hagan en un momento en el que nosotros podamos detectarlas, coincidiendo en el tiempo con nuestra propia evolución científico-técnica. Sí, ciertamente esto es muy, muy improbable. Tan solo sirve para descartar posibilidades. Ojo, repito: no estoy atacando el estudio ni su calidad o rigor científico. Estoy atacando las conclusiones extrapoladas a partir del mismo en todos esos titulares, que se me antoja un caso de falacia por falta de imaginación. Y es que cae por su propio peso que ignoramos totalmente qué cosas no hemos descubierto todavía. Capitán Obvio al rescate, y todo eso.

Láseres de discoteca

Algo ahora tan común como el láser (inventado en 1960) se deriva directamente de la Física Cuántica, un ámbito entero de la realidad que ignorábamos por completo hasta principios del siglo XX. Imagen: Extreme Lasers, Houston.

De las cosas que no sabemos. Y de alguna que vamos sabiendo.

Hueso de Lebombo y Tianhe-2

Arriba: el hueso de Lebombo (Swazilandia) con sus 29 marcas, de 35.000 años de antigüedad, un palo de cómputo como los que se siguen usando en la zona hasta la actualidad. Eso lo convierte en el primer instrumento matemático y por tanto científico conocido de toda la historia de la humanidad. Si además se usó para contar el ciclo sinódico lunar, también sería el primer calendario. Abajo: el superordenador Tianhe-2 (Vía Láctea-2) del Centro Nacional de Supercomputación en Cantón, China. En el momento en que escribo esto, aparece en el Top500 como el más potente del mundo con 3.120.000 núcleos, 33,86 Pflops/s de Rmax (Linpack) y 54,9 Pflops/s de Rpeak teórica. En su esencia, ambos instrumentos sirven para lo mismo: para computar. Pero muy difícilmente quien quiera que talló el hueso de Lebombo habría podido ni siquiera soñar con algo como el Tianhe-2… y tan sólo nos separan 35.000 años de progreso de unas inteligencias idénticas (homo sapiens.)

Mira, me gustaría que tú y yo viviéramos otros 300 años sólo para cruzar una apuesta contigo. ;-) Me apostaría todo lo que tengo contra tu bolígrafo a que dentro de 300 años habrá habido al menos otras tres grandes revoluciones científicas y las tecnologías de ese tiempo futuro nos resultarán tan alienígenas como le resultaría una conexión de fibra óptica, un smartphone, un láser o una sonda de espacio profundo a una persona de 1715. O el motor de combustión interna que mueve tu coche, o la bombilla que ilumina tu casa, o mil cosas más. Hace 300 años no existía nada de todo eso ni se podía imaginar más que como ideas locas, porque ni siquiera teníamos el sustrato científico para vislumbrarlo.

Como ya he dicho alguna vez, pretender que no sabemos nada como opinan algunos es de una ignorancia bastante cañera. Pero pretender que ya lo sabemos todo y que sólo queda espacio para perfeccionamientos sobre nuestro conocimiento actual es de un orgullo infinito, y posiblemente de una estupidez igualmente infinita. Detrás de cada rincón de la realidad puede estar esperándonos un electromagnetismo, una relatividad o una cuántica que ahora no podemos ni soñar, igual que todo eso no se podía ni soñar 300 años atrás. Cosas que cambiarán por completo nuestro conocimiento del universo y de la realidad y conducirán a tecnologías ahora mismo impensables. Mágicas, en el sentido que les dio Arthur C. Clarke. O si prefieres citar a Wernher von Braun, el tipo que mandó gente a la Luna, he aprendido a usar la palabra “imposible” con la mayor de las cautelas.

Yo no puedo ni imaginar, ni vislumbrar, ni soñar la ciencia, la tecnología, la sociedad y la economía con la que nos estaremos manejando dentro de 300 años. O de 3.300, o de 33.000, que me parecen plazos más razonables para liarnos a colonizar galaxias. Hace 3.300 años, acabábamos de comenzar la maldita Edad del Hierro y hace 33.000 andábamos pintarrajeando cuevas. Pero sí estoy convencido de que serán tan distintas de las actuales como lo fueron aquellas. Considero más que posible que nuestro diferencial con una hipotética civilización galáctica Kardashov-III sea aún mayor, por la sencilla razón de que sin ese diferencial no hay ni civilización galáctica, ni Kardashov-III, ni gaitas en vinagre. Con nuestro conocimiento actual no se puede ni colonizar ni explotar una galaxia entera, punto pelota. Hace falta un nivel de ciencia, tecnología, sociedad y economía que ahora mismo sólo podemos imaginar para la ciencia-ficción. Una ciencia-ficción que muy probablemente no se parecerá en nada a la realidad futura.

Hablando de investigaciones disputadas y de cosas que no sabemos, déjame que te cuente una que vamos sabiendo y que apunta en sentido contrario. Se encontró por primera vez en algunos meteoritos como el Murchison. Estos son meteoritos muy, muy antiguos, que se formaron con el sistema solar. El meteorito Murchison tiene la friolera de 4.600 millones de años y ha estado dando vueltas por el cosmos desde entonces hasta que cayó en Australia en 1969. Cuatro mil seiscientos millones de años son una tercera parte de la edad del universo. Data de cuando la Tierra y el Sol estaban naciendo. El meteorito Murchison constituye una “fotografía” de cómo era el sistema solar temprano.

Meteorito Murchison

Muestra del meteorito Murchison en el Museo Nacional de Historia Natural (Washington DC), formado junto con el resto del sistema solar y caído en Australia en 1969. Aunque no todo el mundo está de acuerdo, diversos estudios afirman que contiene biomoléculas complejas de origen no terrestre, capaces de dar lugar a los aminoácidos del ADN y el ARN (ver bibliografía.) Si esto se confirma, los procesos químicos de las nebulosas planetarias podrían constituir los “ladrillos de la vida” incluso antes de que lleguen a aparecer los planetas y por tanto éstos podrían ser comunes a todo el universo conocido. Imagen: Art Bromage bajo licencia CC Attribution-Share Alike 2.0 Generic.

Al cascarlo, los investigadores encontraron en su interior algo totalmente inesperado: biomoléculas complejas. No estamos hablando de compuestos orgánicos del montón. Estamos hablando de purina, pirimidina, xantinas, uraciloLadrillos de la vida. De las dos primeras se derivan ácidos nucleicos de los que construyen el ARN y el ADN. La última, el uracilo, es directamente una de las bases nitrogenadas que forman el ARN. Las primeras expresiones de vida terrestre pudieron darse en el llamado mundo de ARN, toda ella sigue usando ARN, y tú y yo continuamos llevándolo encima desde el día en que alguien inseminó a nuestra mamá hasta la tumba. Sin ARN no hay vida en la Tierra, quizá a excepción de los nanobios, si es que realmente están vivos.

Por supuesto, inmediatamente surgieron voces diciendo que eso no podía ser. Que las muestras tenían que estar contaminadas o algo. Y sin embargo, estudio tras estudio indican que estas biomoléculas halladas en el meteorito Murchison tienen un origen extraterrestre, formadas en el cosmos durante el surgimiento del sistema solar. Para acabar de arreglarlo,la sonda Cassini encontró indicios de uracilo en la atmósfera de Titán de Saturno. Por su parte, Sun Kwok y otros investigadores de la Universidad de Hong Kong han estado estudiando las llamadas emisiones infrarrojas no identificadas de los sistemas solares en formación y dicen que su espectro presenta un componente importante de moléculas orgánicas más complejas que los hidrocarburos aromáticos policíclicos básicos.

Así que yo también voy a conjeturar un poco hoy. Si los ladrillos de la vida surgen naturalmente con los sistemas solares en formación, si son una forma corriente de auto-organización de ciertos tipos de materia, al estilo de los cristales… entonces la vida, lejos de ser una rarísima carambola cósmica, sería un fenómeno común que simplemente estaría esperando a aparecer en cuanto en un planeta o luna se den las condiciones mínimas necesarias. Y además, nos hallaríamos ante una respuesta elegante a la pregunta de cómo la vida en la Tierra surgió tan pronto: habría venido de serie con el sistema solar, lista para cocinar. A partir de ahí, el camino a la vida compleja y la inteligencia fue sin duda accidentado y brutal, pero tampoco una cosa casi imposible, aquí o en cualquier otro lugar. Y ya puestos a especular, a lo mejor la explicación al Gran Silencio es simplemente que somos tan primitivos, estamos tan ridículamente atrasados que todavía no sabemos escuchar bien.

Bibliografía:

 

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