FICCIÓN

Toni E. Cantó

Deseos profundos

Una novela

© 2018 Antonio E. Cantó. Todos los derechos reservados. Ver la nota legal.


Capítulo 1

Calor

Una furgoneta sin marcas ni ventanillas traseras llegó al aeropuerto con la noche. La mujer al volante no se dirigió a la terminal, sino que tomó un camino paralelo a las pistas. El hombre a su lado miraba a las estrellas temblorosas por el calor del verano. Frenaron ante un portón. Nadie vino a pedirles los papeles. Las cámaras de seguridad les miraron y el portón se abrió sin más.

Así accedieron a la plataforma de aviación general, avanzando entre avionetas, pequeños bimotores y algún reactor privado que otro aparcados ahí. La mujer susurró a su acompañante:

—Esto es muy irregular, mi capitán.

—Esto no es nada irregular, sargento —respondió el hombre, vestido de paisano como ella—. Tenemos órdenes y estamos cumpliéndolas.

—Pues yo nunca había visto nada así.

—Siempre hay una primera vez. Creo que es ese avión de ahí.

El capitán señalaba a un reactor impresionante con todas las ventanillas cerradas. Tampoco tenía más marcas que su número de registro, o sea su matrícula; de San Marino, un minipaís sin aeropuertos. La sargento pensó que todo aquello era cada vez más sospechoso pero, como dijo su capitán, ellos estaban para cumplir órdenes.

El avión tenía puesta una escalerilla cubierta para embarcar. Pararon al lado y el capitán se bajó de la furgoneta con una carpeta. Hacía calor. Por la escalerilla descendió un rubio alto, fuerte, con traje veraniego, corbata de seda y mocasines italianos que a la sargento le pareció muy atractivo aunque peinase alguna cana. El capitán de paisano le preguntó en un francés regular:

Monsieur Stéphan?

—Yo mismo —dijo el rubio en un español casi perfecto—. Llegan ustedes tarde.

—El director de la prisión quería asegurarse —contestó el capitán—. Comprenda usted que este es un caso extraordinario. Hasta que no habló con…

—Sí, sí, entiendo. Bien, ¿lleva ahí la documentación?

Abriendo la carpeta, el capitán pidió:

—¿Puedo ver antes su carné de identidad o pasaporte o…?

Monsieur Stéphan sacó un pasaporte de su elegante chaqueta. Estaba recién emitido, pero Francia aseguraba que este rubio atractivo era Jacques Stéphan, nacido en Estrasburgo y vecino de París. Al capitán le pareció en orden, extrajo de la carpeta unos documentos judiciales y se los pasó, diciendo:

—Por favor, señor Stéphan, firme aquí… y aquí…

El señor Stéphan comprobó que los documentos dijesen lo que debían y los firmó. El capitán hizo una seña a la sargento, que se bajó de la furgoneta para abrir la puerta lateral y sacar a una chica engrilletada de manos y pies en mallas, camiseta y deportivas. Al señor Stéphan continuaba pareciéndole una cría y, ahora que se veía obligada a andar a pasitos por los grilletes, una muñeca.

Pero, naturalmente, no se dejó engañar. La chica le miraba con una mezcla de desconfianza, desafío y, allá al fondo, esperanza. Mientras se la traían junto con una mochila que llevaba por equipaje, el capitán dijo en tono formal:

—Señor Stéphan, por orden judicial, aquí le entrego a Sofía López para realizar el trabajo penitenciario acordado con su empresa. Debo recordarle que queda bajo su responsabilidad y, en caso de fuga o cualquier otra incidencia…

—…nos comemos nosotros el marrón —respondió el francés, casi castizo—. Está claro y estamos de acuerdo. Hola, Fi, ¿qué tal?

La llamada Fi contestó con un gesto que podía ser de saludo y también significar “esa es una pregunta bastante idiota, ¿no?”  Luego miró al imponente reactor privado y a la noche mientras el capitán añadía:

—Si quiere que le ayudemos a embarcarla…

—No, no será necesario, gracias —respondió el francés—. Pero necesitaré las llaves de los grilletes.

—Claro, tenga.

Hecha así la entrega, el capitán y la sargento volvieron a la furgoneta para irse por donde llegaron. Viéndoles alejarse entre avionetas, Fi habló por fin:

—A ver si hay suerte y se los come un tráiler en la autopista.

El señor Stéphan sonrió para el cuello de su camisa cara, diciendo:

—No odies tanto, Fi. Es malo para la salud. Venga, sube al avión.

—¿No me va a quitar los hierros estos o qué?

—Cuando estemos en la estratosfera, que ahí arriba no te puedes escapar.

Fi le miró con más odio, pero pidió:

—Por lo menos déjeme ver un poco las estrellas, ¿no? Hace cuatro años y medio que sólo las veo a través de barrotes.

—Tranquila, vas a hartarte. Ahora tenemos prisa. ¡Arriba!

Fi miró con máximo recelo a la escalerilla cubierta del avión. Luego puso cara de “total, qué más da” y subió trabajosamente con sus grilletes. El señor Stéphan la ayudó tomándola de un brazo y cargando con su mochila. A ella le agradó su mano firme pero cortés. Hacía mucho que no la tocaban así.

Por dentro el avión era lujoso hasta la extravagancia. Amplias butacas de cuero, maderas nobles, bajorrelieves clásicos, acabados en oro, iluminación de diseñador salvo por lo que mandaran las normas de seguridad aérea. Y hasta una pecera de buen tamaño con especies exóticas. Fi dijo con sonsonete:

—Oiga, si necesitan una mano para llegar a fin de mes, ahí en la mochila llevo unas monedas, ¿eh? Yo, por ayudar que no quede.

—¿Te gusta o qué? —preguntó el señor Stéphan, dando unos toques en la puerta de los pilotos para hacerles saber que ya estaban a bordo.

—Bué… Está más guapo que los chabolos del talego, sí.

—Anda, siéntate ahí, que salimos enseguida.

Fi recorrió el pasillo con sus pasitos engrilletados hasta sentarse en la butaca indicada, mirando hacia cola. El señor Stéphan le abrochó el cinturón de seguridad como quien se lo pone a una niña. A continuación se quitó la chaqueta elegante, se aflojó la corbata de seda y se instaló frente a ella. Ella señaló a las ventanillas con sus manos esposadas de uñas recomidas para pedir:

—¿Puede abrirlas, por fa? Llevo mogollón de tiempo encerrada y los sitios así de cerrados me dan palo…

El señor Stéphan sonrió, ahora abiertamente, y dijo:

—Claro, para orientarte por las estrellas, ¿a que sí?

Fi también sonrió por primera vez, pero sólo un poco, triste. Murmuró:

—Tenía que intentarlo.

Bien sûr. Si yo estuviera en tu situación, también lo intentaría todo. Y yo intentaré que no puedas.

—¡¿Pero ni siquiera ahora va a decirme a dónde vamos?!

Repantigándose en su butaca, el señor Stéphan respondió:

—En realidad, la pregunta no es a dónde. La pregunta es a cuándo.

—¿A cuándo…?

—A hace dos mil setecientos cincuenta millones de años.

Con las cejas alzadas, Fi dijo:

—Eso son tres quintos de la edad de la Tierra y un quinto de la del universo.

—Ya sabía yo que tú eres una chica lista.

—¿Es que también tienen una máquina del tiempo o qué?

—Ojalá. Resolvería muchas cosas. Pero no. Tenemos a gente como tú.

Fi le miró de nuevo y esta vez el señor Stéphan no supo qué pensaba. Se oían ruidos del personal aeroportuario retirando la escalerilla. Un zumbido eléctrico muy tenue inundó el avión, como si despertara. Finalmente, Fi dijo:

—Yo sólo soy una presa que no le importa a nadie, señor Stéphan. A nadie.

—A nosotros sí. Y mucho. Si no, ¿te crees que nos habríamos tomado tantas molestias para traerte?

—¡¿Pero por qué?! ¡¿Qué pinto yo aquí?! ¡¿A dónde me llevan?! ¡¿Qué…?!

—Ya te lo dijimos: nos interesó mucho ese paper que escribiste.

Bufando, Fi le repitió una vez más:

—Sólo es una tontería que se me ocurrió mientras hacía un trabajo para clase de Modelización. No sé qué…

—No te hagas la humilde, niña, que no cuela. Muy poca gente escribe papers científicos de talla mundial mientras está todavía estudiando la carrera. Y menos estudiando por correspondencia desde una cárcel.

Fi miró ahora a la pecera del avión. Susurró:

—En la cárcel hay mucho tiempo para pensar. Demasiado. Mejor pensar en Matemáticas que en otras cosas. Vale, no es una tontería. Se me ocurrió una buena idea… pero eso es todo.

—No, no es todo. Tu buena idea puede solucionarnos un problemón.

—¡Sí, eso ya me lo dijeron, ¿pero qué problemón es ese?!

—Lo sabrás cuando lleguemos —respondió el señor Stéphan, abrochándose su cinturón—. Es parte del trato, ¿recuerdas?

—Sí.

—No sé, a veces parece que te olvides. A ver, recuérdame el trato que tenemos.

—Yo les ayudo y ustedes me ayudan.

—¿Cómo te ayudamos?

—Ustedes consiguen que me dejen suelta con la excusa esta del trabajo penitenciario. Y si les resuelvo el problema, me dan doscientos mil dólares y una base para empezar a vivir otra vez.

—¡Muy bien! No es un mal trato, ¿no? Pero, ¿qué pasa si te portas mal o te vas de la boca o algo de eso?

Los reactores comenzaban a girar. Fi le miró a los ojos. Respondió:

—Me buscan un lío para que me encierren otra vez para los restos.

—Exacto. En el peor agujero que haya. Tú ya sabes que a los polis y a la fiscalía no les faltan ganas, después de que quemaras vivos a la fiscal y al comisario aquellos. No sabes lo que ha costado conseguir que tragaran con esto.

Fi asintió, estudiando sus grilletes. El señor Stéphan preguntó:

—Por cierto, tengo una curiosidad. ¿Por qué los apagaste luego con el extintor, si los odiabas tanto?

—Porque si se mueren te cae la perpetua. Al dejarlos vivos sólo me cayeron doce años.

—Querías tu venganza pero no pasarte la vida en la cárcel, ¿eh?

—Eso. Bueno, y…

—¿Ajá…?

—Los muertos no sufren. Vivos, con esas quemaduras seguirán sufriendo hasta que se mueran. Igual que mi familia. Igual que yo.

Los reactores aceleraron. Envuelto en sus luces y destellos de navegación, el lujoso avión privado comenzó a moverse hacia la pista principal bajo las estrellas. Fuera, una fina luna mora quería salir. Continuaba haciendo calor. Pronto haría mucho más.

Pronto, la siguiente parte.

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¡Qué malo!Pschá.No está mal.Es bueno.¡¡¡Magnífico!!! (1 votos, media: 5,00 de 5)
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