Las ciudades que se salvaron y las gentes que no

Hace hoy 70 años, Hiroshima fue aniquilada.
El día 9, le tocó a Nagasaki.
Y para el 15, había otra bomba en camino.

Portada del memorando secreto de la 2ª reunión del Comité de Objetivos para la bomba atómica, 10-11/05/1945

Para esta entrada contamos con los documentos secretos originales del Comité de Objetivos y otra información de la época desclasificada décadas después. Imagen: Archivos de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América.

Nagasaki antes y después del ataque atómico

Fotografías aéreas del valle de Urakami, Nagasaki, antes y después del bombardeo atómico del 9 de agosto de 1945. Imágenes: Archivos Nacionales de los Estados Unidos. (Clic para ampliar)

Los historiadores siguen discutiendo si Japón se rindió por los bombazos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, por la declaración de guerra soviética acordada en Yalta con los EEUU y el Reino Unido, o por una combinación de estos y otros factores. No obstante, lo que quedaría nítidamente impreso en la memoria humana para las generaciones futuras fue el abrumador poder del núcleo atómico liberado sobre esas dos ciudades hace 70 años. Pero es menos sabido que cuando Japón capituló, el día 15, había una tercera bomba en camino para lanzarla «no más tarde de mediados o finales de agosto», dependiendo de la meteorología. Bueno, en realidad lo que estaba en camino era el núcleo de plutonio, porque el resto de componentes para ensamblar varias bombas más ya estaban esperando en la Base Aérea de Tinian (Islas Marianas), desde donde operaba el Grupo Combinado 509 de la USAAF, encargado de los ataques atómicos.

Decidiendo qué ciudades aniquilamos.

Es preciso detenerse primero en la peculiar manera como el llamado Comité de Objetivos (Target Committee) decidió los blancos para esta nueva arma. Hasta bien entrada la primavera de 1945, con la guerra en Europa ya terminando y el Proyecto Manhattan para construir la bomba atómica muy avanzado, los Estados Unidos no tenían muy claro dónde y cómo iban a utilizarla si es que todo aquel invento funcionaba. Uno de sus problemas fundamentales radicaba en que los blancos más jugosos ya estaban reducidos a cenizas por los grandes bombardeos incendiarios de los meses anteriores. Media Tokio, por ejemplo, había desaparecido. Hasta 67 ciudades japonesas estaban destruidas en mayor o menor grado, junto a un enorme número de otros objetivos. Remover ruinas con un petardazo fenomenal no tendría el mismo impacto psicológico, ni causaría el mismo daño, que desintegrar una ciudad intacta con toda su población. Además, los investigadores estadounidenses querían estudiar los efectos de un arma nuclear sobre un blanco real previamente virgen o casi. En palabras del asesor de Defensa John J. McCloy (un cargo parecido a lo que ahora sería el consejero de Seguridad Nacional), «no nos quedaban más ciudades que bombardear, más portaaviones que hundir o más acorazados que cañonear; teníamos problemas para encontrar objetivos.»

Así pues, el 27 de abril de 1945, tres días antes de que Hitler se suicidase en su búnker berlinés, este Comité de Objetivos se reunió por primera vez en el Pentágono. Presidía el general Leslie Groves, director del Proyecto Manhattan, aunque la voz cantante la llevó su asistente Thomas Farrell. Estaban también el general de brigada Lauris Norstad de la USAAF (predecesora de la actual Fuerza Aérea de los Estados Unidos) y científicos nucleares como John von Neumann o William Penney. Curiosamente, Robert Oppenheimer –director científico del Proyecto– no fue invitado y menos curiosamente, tampoco Leó Szilárd –el inventor original de la bomba atómica y otras cosas muy destructivas, pero totalmente contrario a su uso contra zonas habitadas–. En la práctica, esta reunión inicial se limitó a definir unos criterios generales y una lista provisional de objetivos, donde ya aparece Hiroshima como primera opción y Nagasaki entre las alternativas:

Lista inicial de blancos del Comité de Objetivos de los EEUU para la bomba atómica

Fragmento del memorando original de la primera reunión del Comité de Objetivos, tomado por el general de brigada Lauris Norstad de la USAAF (antecesora de la actual USAF) el 28 de abril de 1945, con la lista inicial de objetivos. Puede observarse que ya aparece Hiroshima con un «1» manuscrito al lado y Nagasaki como posible alternativa. Nótese que hay varias erratas, como «Kamasaki» por Kawasaki, «Yokahama» por Yokohama, «Osake» por Osaka o posiblemente «Shimosenka», que no he logrado identificar. Imagen: Archivos Nacionales de los Estados Unidos.

Los criterios son todavía más interesantes, pues revelan claramente la política de selección de blancos:

  1. Deben tomarse en consideración las grandes áreas urbanas, con no menos de 3 millas de diámetro, en las zonas más pobladas.
  2. Los objetivos deben estar entre las ciudades japonesas de Tokio y Nagasaki.
  3. El objetivo debe tener un alto valor estratégico.
  4. Se considera apropiado estudiar las siguientes áreas: Bahía de Tokio, Kawasaki, Yokohama, Nagoya, Osaka, Kobe, Kioto, Hiroshima, Kure, Yawata, Kokura, Shimosenka [?], Yamaguchi, Kumamoto, Fukuoka, Nagasaki, Sasebo.
  5. El Grupo de Objetivos conjunto de la Armada y la Fuerza Aérea descartará cualquiera de estas 17 áreas que ya hayan sido destruidas.

–De las notas de la reunión inicial del Comité de Objetivos,
Archivo de Seguridad Nacional de los EEUU.

Alcance de un B-29 cargado con una bomba atómica (1.500 millas náuticas) desde la base aérea de Tinian-Norte

Alcance de un B-29 cargado con una bomba atómica (1.500 millas náuticas) desde la base aérea de Tinian-Norte, según las Notas de la reunión inicial del Comité de Blancos de 27 de abril de 1945 celebrada en el Pentágono, Washington DC (pág. 1.) La posición de Hiroshima y Nagasaki está indicada con puntos rojos. Este alcance dejaba a los bombarderos cierto margen de combustible para localizar el objetivo, realizar varios intentos o, en su caso, dirigirse al blanco alternativo. Mapa base: © Google Maps / Mapping and Distance Tools.

Es decir, desde el principio iban a por grandes áreas urbanas con mucha población, situadas entre Tokio y Nagasaki (por el alcance de los bombarderos B-29, añadiendo cierto margen), que no hubiesen sido ya abrasadas. Lo del «alto valor estratégico» es un poco más discutible; evidentemente, en tiempos de guerra, toda ciudad grande y muy poblada va a tener algo con valor estratégico (industria, un puerto, un nudo de comunicaciones, cualquier cosa), lo que a todos los efectos convierte a este tercer punto en una carta blanca para atacar cualquier localidad de buen tamaño. El hecho de que el punto de mira fuese en todos los casos el centro urbano en vez de las áreas donde pudieran estar esas instalaciones de alto valor estratégico y que buscaran el máximo impacto psicológico, como veremos más adelante, refuerza esta idea (en Hiroshima le dieron casi de lleno, en Nagasaki se les desvió debido a la nubosidad.)

La segunda reunión del Comité de Objetivos, mucho más decisiva, se celebró dos semanas escasas después, con la guerra en Europa recién terminada: el 10 y 11 de mayo de 1945. Esta vez Oppenheimer sí estaba presente; tanto, que la hicieron en su despacho de Los Álamos (el «sitio Y.») Con él se encontraban el general Farrell (el asistente del director Groves), el coronel Seeman, el capitán Parsons, el mayor Derry y varios científicos e ingenieros, incluyendo de nuevo a Von Neumann y Penney. En el memorando de esta reunión, donde se contemplan numerosos aspectos técnicos y operacionales, ya queda claro que buscan el máximo efecto psicológico tanto en Japón como en el mundo entero y que no desean apuntar a un objetivo militar aislado:

7. Factores psicológicos en la selección del objetivo.

A. Hubo acuerdo en que los factores psicológicos de la selección del objetivo son de gran importancia. Dos aspectos de esto son:

1. Conseguir el mayor efecto psicológico en Japón y
2. Hacer que el uso inicial sea lo bastante espectacular como para que la importancia del arma se reconozca internacionalmente cuando se le dé publicidad.

B. Con respecto a esto, Kioto tiene la ventaja de que su población es más inteligente y por tanto más capaz de apreciar el significado del arma. Hiroshima tiene la ventaja de que su tamaño y la posible focalización [ocasionada por] las montañas cercanas [favorecerán que] una gran parte de la ciudad resulte destruida. El Palacio del Emperador en Tokio tiene una fama mayor pero es de menor valor estratégico.

8. Uso contra objetivos «militares.»

A. Hubo acuerdo en que para el uso inicial del arma cualquier objetivo pequeño y estrictamente militar debe hallarse en un área mucho mayor sujeta a daños [ocasionados por] la explosión, para evitar el riesgo de que el arma se pierda debido a [un mal lanzamiento.]

–Del memorando de la segunda reunión del Comité de Objetivos,
Archivo de Seguridad Nacional de los EEUU.

Fragmento de las notas de la 2ª reunión del Comité de Blancos (pág. 6), especificando que se desea el máximo impacto psicológico, que no se deben atacar pequeños blancos militares a menos que se encuentren en "un área más extensa" donde los efectos de la bomba se evidencien, y que los bombarderos deben hallarse al menos a 2,5 millas náuticas de la explosión para reducir los efectos de la radiactividad.

Fragmento del memorando de la 2ª reunión del Comité de Blancos (pág. 6), especificando que se desea el máximo impacto psicológico, que no se deben atacar pequeños blancos militares a menos que se encuentren en «un área más extensa» donde los efectos de la bomba se evidencien, y que los bombarderos deben alejarse al menos 2,5 millas náuticas de la explosión para reducir los efectos de la radiactividad. Imagen: «The atomic bomb and the end of World War II: a collection of primary sources. National Security Archive electronic Briefing Book,» nº 162 (2005-2007). Universidad George Washington, Washington D.C (Clic para ampliar)

También se evidencia que conocen sobradamente los efectos perniciosos de la radiactividad:

9. Efecto radiológico.

A. El Dr. Oppenheimer presentó un memorándum que había preparado sobre los efectos radiológicos del dispositivo. Este memorándum no se reproducirá en este resumen pero se le envía al general Groves como un documento separado. Sus recomendaciones básicas son:

1. Por razones radiológicas, ninguna aeronave debe hallarse a menos de 2,5 millas del punto de detonación (por la explosión, esta distancia debería ser mayor) y
2. Las aeronaves deben evitar la nube de materiales radiactivos. Si otras aeronaves realizan misiones poco después de la detonación, un avión de monitorización debería determinar las áreas a evitar.

10. Operaciones aéreas coordinadas.

A. Se discutió la posibilidad de proseguir el ataque con una misión de bombardeo incendiario. Esto presenta la gran ventaja de que la capacidad de lucha contra incendios del enemigo habrá sido probablemente paralizada por el dispositivo, de tal modo que podría producirse una conflagración muy severa. No obstante, hasta que se sepa más sobre los fenómenos asociados a la detonación del dispositivo, como hasta qué punto habrá nubes radiactivas, debe evitarse ninguna misión de bombardeo incendiario inmediatamente [posterior.] (…)

–Del memorando de la segunda reunión del Comité de Objetivos,
Archivo de Seguridad Nacional de los EEUU.

Finalmente, en este segundo encuentro la anterior lista de 17 objetivos queda reducida al estudio de 6, de los que al final recomiendan 4:

6. Estado de los objetivos.

El Dr. Stearns describe el trabajo que ha realizado sobre la selección de objetivos. Ha estudiado posibles blancos con las siguientes características: (1) Son objetivos importantes en una gran área urbana con más de 3 millas de diámetro; (2) Pueden ser dañados efectivamente por una detonación; y (3), es improbable que sean atacados antes del proximo agosto. El Dr. Stearns tenía una lista de 5 blancos que la Fuerza Aérea podría reservar para nuestro uso a menos que aparezcan circunstancias imprevistas. Son los siguientes:

  1. Kioto – Este objetivo es un área urbana industrial con un millón de habitantes. Es la antigua capital de Japón y mucha gente e industrias se están trasladando ahí ahora tras la destrucción de otras áreas. Desde el punto de vista psicológico tiene la ventaja de que Kioto es un centro intelectual de Japón y su población es más capaz de apreciar el significado de un arma como el dispositivo. (Calificado como objetivo AA.)
  2. Hiroshima – Este es un importante almacén del ejército con un puerto de embarque en medio de un área urbana industrial. Constituye un buen objetivo por radar y tiene unas dimensiones que podrían hacer que una gran parte de la ciudad resulte extensamente dañada. Hay unas colinas adyacentes que probablemente producirán un efecto de focalización que puede incrementar de modo significativo los daños causados por la explosión. Debido a sus ríos no es un buen objetivo incendiario. (Calificado como un objetivo AA.)
  3. Yokohama – Este objetivo es una importante área urbana industrial que hasta ahora no ha sido atacada. Sus actividades industriales incluyen la fabricación de aviones, máquinas herramienta, puertos, equipo eléctrico y refinerías de petróleo. Conforme los daños a Tokio han aumentado, más industrias se han mudado a Yokohama. Tiene la desventaja de que las áreas más importantes están separadas por una gran extensión de agua y ahí se encuentra la mayor concentración de fuerzas antiaéreas de Japón. Para nosotros tiene ventajas como un blanco alternativo para uso en caso de mal tiempo, dado que se encuentra bastante lejos de los otros objetivos considerados. (Calificado como un objetivo A.)
  4. Arsenal de Kokura – Este es uno de los mayores arsenales de Japón y está rodeado por estructuras urbanas industriales. El arsenal es importante por [contener] artillería ligera, armamento antiaéreo y materiales defensivos para cabezas de playa. Sus dimensiones son 4.100 x 2.000 pies [1.250 x 610 metros.] Debido a sus dimensiones, si la bomba fuese correctamente lanzada se obtendría la máxima ventaja de las altas presiones inmediatamente debajo para destruir las estructuras más sólidas y al mismo tiempo habría daños considerables a las estructuras más débiles situadas a mayor distancia. (Clasificado como un objetivo A.)
  5. Niigata – Este es un puerto de embarque en la costa Noroeste de Honshu. Su importancia está creciendo conforme otros puertos resultan dañados. Cuenta con industria de máquinas herramienta y es un centro potencial de dispersión industrial. Tiene refinerías de petróleo y almacenes. (Calificado como un objetivo B.)
  6. Se debatió la posibilidad de bombardear el Palacio Imperial. Hubo acuerdo en que no debíamos recomendarlo, sino que cualquier acción para este bombardeo debe proceder de las autoridades que hacen la política militar. Acordamos que deberíamos obtener información para determinar la efectividad de nuestra arma contra este objetivo.

B. Los presentes en la reunión recomendaron que la primera elección de objetivos para nuestra arma debería ser la siguiente:

a. Kioto.
b. Hiroshima.
c. Yokohama.
d. Arsenal de Kokura.

–Del memorando de la segunda reunión del Comité de Objetivos,
Archivo de Seguridad Nacional de los EEUU.

Blancos primarios iniciales para la bomba atómica establecidos por la 2ª reunión del Comité de Objetivos.

Blancos primarios iniciales establecidos por la 2ª reunión del Comité de Objetivos (pág. 5 del acta.) De izquierda a derecha: arsenal de Kokura, en la periferia Este de Kitakyushu (calificado «A»); Hiroshima («AA»); Kioto («AA») y Yokohama («A»). Puede observarse la posición de Tokio en el extremo superior derecho. Otras 67 ciudades, incluyendo Tokio, habían quedado excluidas porque ya estaban demasiado arrasadas por los grandes bombardeos incendiarios de los meses anteriores. Mapa base: © Google Maps. (Clic para ampliar)

Podemos observar así que Nagasaki ha salido de la lista primaria de blancos y ahora está encabezada por Kioto, seguida de Hiroshima (ambas con la máxima calificación: «AA.») Un enorme punto de mira acababa de aparecer sobre la milenaria capital imperial construida en el año 793 CE, con su millón de habitantes, su centralidad cultural y su relevancia simbólica y religiosa en el sistema tradicional de creencias japonesas. Un punto de mira situado exactamente sobre su playa ferroviaria principal, justo encima de donde hoy en día se encuentra el Museo de Locomotoras de Vapor. Durante las siguientes semanas, esta fue la zona cero para el primer ataque nuclear de la historia de la humanidad:

La "zona cero" del ataque nuclear contra Kioto que nunca llegó a producirse, según un mapa de la USAAF de junio de 1945.

La «zona cero» del ataque nuclear contra Kioto que nunca llegó a producirse, según un mapa de la USAAF de junio de 1945. Puede observarse que en este caso no apuntaban directamente al centro urbano como sucedería con Hiroshima y Nagasaki, sino al nudo ferroviario principal situado en los barrios del Sur. No obstante, gran parte de la ciudad habría resultado incendiada y destruida. En todo caso, a partir de la tercera reunión se decidió abandonar esta política de apuntar a zonas específicas para dirigir el ataque directamente contra el centro urbano, con lo que las áreas históricas y de importancia religiosa y cultural de Kioto habrían sido muy probablemente aniquiladas. Imagen: Archivo de Seguridad Nacional de los EEUU. (Clic para ampliar.)

Salvando a Kioto, condenando a Hiroshima.

Henry L. Stimson

El Secretario (Ministro) de la Guerra Henry L. Stimson (1867-1950), que se emperró en que Kioto no fuese bombardeada, condenando así a Hiroshima. Imagen: Wikimedia Commons.

Entonces ocurrió algo singular: el Secretario (Ministro) de la Guerra Henry L. Stimson dijo que ni en broma. Que Kioto tenía que salir de la lista del Comité de Objetivos. Sus razones nunca han quedado claras. Suele contarse que cuando era embajador en las Filipinas, se casó y pasó la luna de miel en esta ciudad, con lo que le tenía un cariño especial; a veces la historia se escribe con letra pequeña. Obviamente sus argumentos, con los que presionó al presidente Truman una y otra vez, no fueron esos. Afirmó que un ataque nuclear contra la emblemática Kioto, en vez de empujar a los japoneses a la rendición, los electrizaría para seguir peleando hasta el fin o al menos buscar una paz separada con los soviéticos. Que en realidad no constituía un blanco estratégico tan importante. Y de hecho, llegó a convencer a Truman de que constituía un blanco «civil» por oposición a Hiroshima, que le vendió como un blanco «militar.» Incluso se negó a que entrara en la lista para los bombardeos convencionales. Puede que también pesara el precedente de Dresde, pues ya en aquellos tiempos había levantado publicidad negativa para la causa aliada como una atrocidad sin sentido. El caso es que se abrió una batalla interna entre el general Groves, partidario de mantener a Kioto como objetivo nº 1, y Stimson, decidido a sacarla por completo de la lista.

Como hemos visto en la imagen de más arriba, Kioto seguía siendo un objetivo durante el mes de junio, con los militares determinando el mejor punto para arrojarle la bomba atómica. Aunque éste quedara establecido sobre las playas ferroviarias de los distritos industriales del Sur, probablemente la ciudad entera habría quedado arrasada por una tormenta ígnea debido a los materiales de construcción típicos en el Japón del período, la cercanía de varias fábricas con abundantes materiales inflamables y los extensos parques y bosquecillos que la caracterizan (como ocurriría en amplias zonas de Hiroshima.) No obstante, el acta de la tercera reunión del Comité de Objetivos (30 de mayo) se centra en Kioto, Hiroshima y Niigata como objetivos primarios, y recomendaba un punto de mira menos selectivo:

  1. No especificar lugares [precisos] para hacer puntería; esto se determinará posteriormente en la base [de los bombarderos] cuando se conozcan las condiciones meteorológicas.
  2. Ignorar la ubicación de las áreas industriales como un blanco preciso, dado que en estos tres objetivos tales áreas son pequeñas, extendidas por los límites de las ciudades y bastante dispersas.
  3. Intentar ubicar el primer dispositivo en el centro de la ciudad seleccionada; esto es, que no sea necesario [utilizar] los siguientes 1 o 2 dispositivos para destruirla completamente. (…)

–Del memorando de la tercera reunión del Comité de Objetivos (pág. 3),
Archivo de Seguridad Nacional de los EEUU.

Fragmento del memorando de la 3ª reunión del Comité de Objetivos para la bomba atómica, donde ya se recomienda apuntar directamente a los centros urbanos.

Fragmento del memorando de la 3ª reunión del Comité de Objetivos (pág. 3), donde ya se recomienda ignorar blancos precisos de interés industrial o militar y apuntar directamente a los centros urbanos. Imagen: «The atomic bomb and the end of World War II: a collection of primary sources. National Security Archive electronic Briefing Book,» nº 162 (2005-2007). Universidad George Washington, Washington D.C.

Observamos así que, como te conté al principio, la idea de lanzar las armas nucleares contra objetivos militares o estratégicos exactos (típicamente situados en áreas más periféricas) va perdiendo fuerza en favor de aniquilar la ciudad entera atacando directamente el centro urbano; como al final se hizo en Hiroshima y se intentó en Nagasaki. En este caso, Kioto no habría recibido el bombazo en los barrios industriales y ferroviarios del Sur, sino sobre el área del antiguo palacio imperial, con el grueso de la población de un millón de habitantes concentrada alrededor. El 27 de junio, todavía aparece en la lista de ciudades que no deben ser bombardeadas por medios convencionales para que estén prístinas cuando llegue la bomba nuclear y poder así estudiar sus efectos con todo detalle.

La prueba Trinity, 16 milisegundos después de la detonación.

La prueba Trinity, 16 milisegundos después de la detonación. En ese instante, la «cúpula» tiene unos 200 metros de altura. Esta bomba, muy parecida a la utilizada después en Nagasaki, estalló a las 05:29:21 hora local del 16 de julio de 1945 en el Desierto Jornada del Muerto de Nuevo México (EEUU), con una potencia de unos 20 kilotones. Fue la primera explosión nuclear producida por el ser humano y su éxito abrió paso inmediatamente a los bombardeos atómicos contra Japón. Imagen: Gobierno de los EEUU / Wikimedia Commons. (Clic para ampliar)

Pero al final se impuso el criterio de Stimson, un político poderoso y bastante próximo al presidente Truman: Kioto salió de la lista, tanto para bombardeos nucleares como convencionales. El nombre de la antigua capital imperial va desapareciendo a lo largo de los siguientes documentos para no volver a mencionarse desde mediados de julio. Así, Kioto fue la primera ciudad que se salvó. Pero, automáticamente, el otro objetivo clasificado como «AA» pasó a ocupar la pole position para la aniquilación nuclear: Hiroshima. Población: 350.000 personas, parecida a la de las actuales Bilbao o Alicante, y civiles en su inmensa mayoría. Sobre todo, en torno al centro urbano. Y Nagasaki, con su cuarto de millón de habitantes (como Coruña o Vitoria), regresó a la lista extendida de blancos alternativos para el caso de que la meteorología impidiese bombardear los objetivos ahora primarios: Hiroshima, Kokura, Niigata.

La siguiente parte de la historia es bastante conocida, al menos a grandes rasgos, así que no nos extenderemos demasiado. Mientras Leó Szilárd y otros científicos atómicos intentan desesperadamente que la nueva arma no se use contra lugares habitados(1, 2, 3, 4, 5, 6, 7…), la dirigencia política y militar de los Estados Unidos, junto a otro buen número de científicos e ingenieros atómicos, deciden que conviene emplearla en cuanto esté disponible del modo más destructivo posible, causando así el máximo impacto sobre Japón y el mundo entero. De hecho ya un mes antes, el 15 de junio, una carta firmada por Oppenheimer, Fermi, Compton y Lawrence recomendaba su «empleo inmediato», afirmando que «no podían proponer ninguna demostración técnica que pudiera terminar la guerra y no veían ninguna alternativa a su uso militar directo.» El impresionante éxito de la Prueba Trinity del 16 de julio –la primera detonación nuclear de la historia de la humanidad– probablemente terminó de firmar la sentencia de muerte para los blancos del Comité de Objetivos.

Iósif Stalin, Harry Truman y Winston Churchill en la Conferencia de Potsdam, 17 de julio de 1945.

Iósif Stalin, Harry Truman y Winston Churchill al inicio de la Conferencia de Potsdam, 17 de julio de 1945. Fue ahí donde el día 24 Truman comunicó a Stalin, de modo algo ambiguo, que los EEUU habían desarrollado «una nueva arma con una potencia destructiva inusual.» Stalin no mostró ninguna reacción en particular y tan solo contestó que «esperaba que hicieran buen uso de ella contra los japoneses.» Resultó que estaba totalmente al tanto del Proyecto Manhattan desde sus orígenes gracias a su extensa red de espionaje y la URSS ya había comenzado su propio programa nuclear en 1943, tras la filtración del Informe MAUD británico al NKVD. Foto: United States Army Signal Corps, Harry S. Truman Library & Museum, Administración Nacional de Archivos y Registros de los EEUU. (Clic para ampliar)

El día 24, en Potsdam, Truman comunica oblicuamente a Stalin que los Estados Unidos disponen ahora de «una nueva arma con una potencia destructiva inusual.» Según el propio Truman, Stalin no se muestra ni impresionado (ni intimidado) en absoluto, y sólo contesta que «espera que hagan buen uso de ella contra los japoneses.» En aquel momento Churchill, Truman y otros presentes se limitaron a pensar que Stalin ignoraba el verdadero poder de esa nueva arma. El hecho es que Stalin estaba perfectamente al tanto del Proyecto Manhattan, por duplicado, o más. Mucho más. Su nombre en clave para los servicios de inteligencia soviéticos fue ENORMOZ (ЭНОРМОЗ, «enorme») desde al menos finales de 1941 o principios de 1942, cuando todavía era un estudio británico. El programa soviético para hacer su propia bomba atómica se había originado en 1940 y arrancó como muy tarde en 1943, tras obtener una copia del Informe MAUD, al amparo del laboratorio nº2 de la Academia de Ciencias de la URSS (ahora conocido como el Instituto Kurchátov). Sólo había quedado ralentizado por las brutales exigencias de la guerra en Europa y sobre todo por la ausencia de minas de uranio conocidas en la Unión Soviética (luego, cuando se pusieron a ello, encontraron un montón.) Y para cuando Truman le contó el secretito a Stalin, muy posiblemente la inteligencia soviética ya tenía en su poder los planos básicos de la bomba por implosión de plutonio utilizada en Trinity y Nagasaki, así como de los reactores para producir plutonio en Hanford y la tecnología de enriquecimiento del uranio por difusión gaseosa empleada en Oak Ridge, junto a incontables detalles científico-técnicos más.

El Proyecto Manhattan y sus trabajos precedentes estuvieron plagados de espías soviéticos desde el primer momento; incluso se cree que algunos de ellos jamás fueron descubiertos y, a estas alturas, seguramente permanecerán en la oscuridad para los restos. Así que Stalin, sus servicios secretos y sus científicos atómicos no tenían ningún motivo para impresionarse. De hecho, estaban ya construyendo lo suyo y en cuanto Stalin comentó el asunto con sus asistentes en privado, el Ministro de Asuntos Exteriores soviético Mólotov (según Zhukov) propuso: «Dejémosles. Pero hay que hablar con Kurchátov y decirle que acelere las cosas.»

El coronel Paul W. Tibbets saluda desde su bombardero B-29 "Enola Gay"  poco antes de despegar de Tinian-Norte con la bomba atómica "Little Boy" hacia Hiroshima.

El entonces coronel Paul W. Tibbets (1915-2007) saluda desde su bombardero B-29 «Enola Gay» (llamado así por el nombre de su madre), poco antes de despegar de Tinian-Norte con la bomba por disparo de uranio «Little Boy» en dirección a Hiroshima. Foto: Gobierno de los EEUU / Wikimedia Commons. (Clic para ampliar)

El caso es que los Estados Unidos, tal como sugería la carta de Oppenheimer, Fermi, Compton y Lawrence mencionada antes, no tardaron ni tres semanas en emplear esta nueva arma. Inmediatamente tras la Prueba Trinity, los componentes para montar las dos primeras bombas salieron hacia la Base Aérea de Tinian: una por disparo de uranio altamente enriquecido llamada Little Boy, y otra por implosión de plutonio que bautizaron como Fat Man, muy parecida a la de Trinity. Allí ya esperaban los técnicos, ingenieros y aviadores del Grupo Combinado 509º, comandado por el entonces coronel Paul W. Tibbets Jr., para ensamblarlas y cargarlas en los bombarderos B-29. Fue este mismo coronel Paul Tibbets quien despegó muy de madrugada el 6 de agosto de 1945 en su bombardero Enola Gay, con once tripulantes más y la bomba Little Boy a bordo en dirección a Hiroshima, según lo indicado en la orden operacional nº 35 del día anterior. Les acompañaban otros dos B-29, uno con instrumentación para tomar mediciones y otro con cámaras para grabar el ataque para la posteridad. Sus blancos alternativos eran Kokura y Nagasaki.

Pero salió una mañana muy buena y los tres aviones alcanzaron Hiroshima poco después de las ocho, tal como estaba previsto, con la ciudad perfectamente visible bajo el sol matutino. Unas condiciones ideales, porque debido a las limitaciones tecnológicas de la época preferían evitar el bombardeo por radar, optando por el visual. A sus pies, 350.000 personas terminaban de desayunar o se dirigían ya a sus escuelas y trabajos, si es que no habían llegado y se disponían a comenzar el lunes (luego veremos por qué los niños seguían yendo a clase durante las vacaciones veraniegas.) Sobre las 08:09, Tibbets inició el ataque y su especialista en bombardeo Thomas Ferebee lanzó a Little Boy a las 08:15, apuntando al Puente de Aioi, justo en el centro urbano y fácil de reconocer desde sus 9.470 metros de altitud. A continuación echaron a correr a toda velocidad, para alejarse tanto como fuera posible. Un suave viento cruzado desvió la bomba unos 240 metros hasta que estalló 44,4 segundos después, a 580 metros sobre el Hospital Shima. La potencia calculada fueron unos 15 o 16 kilotones.

El centro urbano de Hiroshima aniquilado tras el ataque nuclear.

El centro urbano de Hiroshima aniquilado tras el ataque nuclear. El «Enola Gay» apuntó al puente de Aioi con su característica forma de T (en el recuadro amarillo), pero el viento desvió la bomba atómica hasta la vertical del Hospital Shima (en la cruz central.) Cada círculo tiene un radio de 1.000 pies (aprox. 305 metros.) Foto: Gobierno del Japón / Wikimedia Commons.

Fuera de Hiroshima, el primero en darse cuenta de que algo malo pasaba fue el controlador en Tokio de la radio pública japonesa NHK al constatar que la conexión con esta ciudad se había cortado súbitamente. Intentó comunicar por otra línea, pero tampoco hubo manera: la central telefónica de Hiroshima estaba totalmente offline. Unos minutos después, los servicios telegráficos ferroviarios constataron igualmente que sus líneas se habían cortado en algún punto al Norte de la ciudad. Pero desde algunas estaciones y apeaderos situadas a más distancia comenzaron a llegar informes histéricos de que había ocurrido alguna clase de enorme explosión. Entonces el Ejército intentó ponerse en contacto con su cuartel en Hiroshima, sin obtener más que el silencio por respuesta. Esto les extrañó mucho, porque todavía no les constaba que se hubiese producido ningún bombardeo importante en el sector y tampoco había ninguna gran cantidad de explosivos almacenada en la ciudad o sus cercanías. Un buen rato después mandaron un avión de reconocimiento desde Tokio para ver qué había pasado, pensando todavía que se trataba de algún tipo de accidente envuelto en los rumores habituales de los tiempos de guerra.

Cuando el avión llegó a 160 km de Hiroshima, su piloto apenas pudo dar crédito a sus ojos. Desde esa distancia podía ver perfectamente la enorme nube de humo que se alzaba de la ciudad incinerada. Al acercarse más, observó que todo el centro urbano había resultado aniquilado y numerosas áreas periféricas ardían como teas. Los supervivientes se arrastraban como podían hacia las colinas circundantes, heridos, quemados y enfermos de síndrome radiactivo agudo, en busca de precaria ayuda; la mayoría de hospitales y personal médico se encontraban en el centro o cerca del centro y habían desaparecido igualmente con la explosión (más del 90% de los médicos y el 93% del personal de enfermería perecieron o sufrieron graves lesiones.) Luego se supo que entre 60.000 y 80.000 personas murieron al momento, y al menos otras tantas durante los siguientes meses debido a sus heridas y a las enfermedades asociadas a la radiación. La dificultad para establecer la cifra inicial de víctimas con mayor precisión es que muchas, incluyendo a familias enteras, simplemente desaparecieron y no quedó nadie para preguntar por ellas.

Dieciséis horas más tarde, sobre el mediodía hora de Washington D.C., el presidente Truman informaba a los Estados Unidos y al mundo de que «una bomba atómica» «con más potencia que 20.000 toneladas de TNT» había sido lanzada sobre Hiroshima, «destruyendo su utilidad para el enemigo.» Añadió: «es un uso de la fuerza básica del universo; la misma fuerza de la que el sol obtiene su poder ha sido liberada contra quienes empezaron la guerra» (en realidad no lo era; para eso habría que esperar a las armas termonucleares.) Advirtió que «estas bombas están ahora en producción y otras más poderosas, en desarrollo.» Y amenazó: «Si [la dirigencia japonesa] no acepta ahora nuestros términos, deben esperar una lluvia de ruina (rain of ruin) desde el aire como jamás ha visto esta Tierra.»

Korechika Anami

El Ministro de la Guerra japonés y general Korechika Anami (1887-1945) fue uno de los más firmes oponentes a la rendición incondicional exigida por los aliados de Potsdam, bloqueando así durante varios días la capitulación. Sólo la aceptó cuando el emperador se la ordenó formalmente; el mismo día 15, cometió suicidio mediante seppuku («harakiri».) Foto: Gobierno del Japón / Wikimedia Commons.

Sin embargo, desde Japón sólo contestaron con el silencio. La razón fundamental fue que ya desde algún tiempo atrás, había en el Gobierno una lucha más o menos abierta entre partidarios de buscar la paz en distintos términos y partidarios de seguir peleando hasta el final. La aniquilación de Hiroshima no hizo más que recrudecer esta pelea, provocando un bloqueo político, con el emperador Shōwa (Hirohito) inclinado hacia el bando de la paz pero de forma un tanto dubitativa, dado que una rendición incondicional podía suponer el final del kokutai (incluyendo a la dinastía imperial.) Los científicos atómicos japoneses, que no ignoraban la posibilidad de construir armas nucleares e incluso tuvieron algún pequeño proyecto, sabían de su enorme coste y dificultad hasta el punto de que algunos dijeron que los Estados Unidos no podían tener más bombas que la ya utilizada contra Hiroshima. Esto dio argumentos al almirante Soemo Toyoda, que se radicalizó junto al duro jefe del Estado Mayor Yoshijirō Umezu y el Ministro de Defensa Korechika Anami para rechazar la rendición exigida desde la Conferencia de Potsdam. Ni siquiera la notificación soviética de que la URSS se disponía a denunciar el Pacto de Neutralidad de 1941 y declararles la guerra, tal como se habían comprometido con Estados Unidos y el Reino Unido, les hizo cambiar de opinión.

Unos por otros, no lograron alcanzar ningún acuerdo y por tanto no pudieron emitir ningún comunicado. Mientras, en Tinian, el 509º Grupo Combinado terminaba de ensamblar una segunda bomba, esta vez por implosión de plutonio, similar a la de la Prueba Trinity. Por su forma regordeta, se llamaba Fat Man.

Fat Man despegó a las 03:47 del 9 de agosto de 1945 en el bombardero Bockscar comandado por el mayor Charles W. Sweeney con Kokura como blanco primario. Si recuerdas, Kokura ocupaba el tercer lugar en la lista de blancos del Comité de Objetivos, detrás de la excluida Kioto y la devastada Hiroshima. Pero a diferencia de lo ocurrido el lunes, este jueves la meteorología no acompañó. Cuando llegaron, se la encontraron cubierta de nubes y de humo procedente del bombardeo incendiario de Yawata, atacada la noche anterior por 224 B-29. Como ya te dije, no se fiaban mucho del bombardeo por radar y las condiciones en Kokura les impidieron localizar visualmente el área del blanco. Tras varias pasadas, con la defensa antiaérea japonesa activándose y empezando a hacer cortos de combustible, decidieron alejarse hacia el blanco secundario: Nagasaki. De este modo Kokura, que había sido blanco nuclear dos veces (como objetivo secundario en el ataque del 6 de agosto y primario en este del día 9) fue la segunda ciudad condenada en salvarse.

Nagasaki también estuvo a punto de salvarse, pero al final no tuvo tanta suerte. Al llegar los bombarderos, había igualmente mucha nubosidad, tanto que tuvieron que hacer la aproximación final orientados por radar. Estaban a punto de intentar también el bombardeo por radar, del que como te dije no se fiaban mucho, cuando el capitán Kermit K. Beahan divisó Nagasaki a través de un hueco en las nubes. Pero sin poder avistar los puntos característicos del centro urbano, lanzaron al bulto, en la dirección general de la ciudad, a las 10:58 AM. Así pues, la bomba estalló con 21 kilotones de potencia a unos 2,5 kilómetros del centro, sobre el valle y distrito industrial de Urakami, cerca de la mayor catedral católica de Asia Oriental, donde se realizaba una celebración multitudinaria en ese momento por la proximidad de la Virgen de Agosto. Murieron todos los presentes junto a otras 39.000 personas en el momento, en su mayoría obreros industriales con sus familias, y 40.000 más durante los siguientes meses. No obstante, las colinas que rodeaban el valle del Urakami desviaron una parte significativa de la energía de la explosión, con lo que «sólo» resultó destruido el 44% de la ciudad. Algunas zonas situadas «a espaldas» de las colinas salieron casi intactas pese a su proximidad a la vertical de la detonación. Eso sí, donde dio, no quedó mucho que ver:

Nagasaki a la mañana siguiente del bombardeo atómico

Nagasaki a la mañana siguiente del bombardeo atómico, aproximadamente a 800 metros de la vertical de la detonación. Pueden distinguirse cadáveres calcinados entre los restos de las casas. Foto: Yosuke Yamahata vía Universidad de California en Los Angeles.

El tercer objetivo.

Ofensiva soviética a través la Manchuria ocupada por los japoneses entre el 9 y el 20 de agosto de 1945

Ofensiva soviética a través la Manchuria ocupada por los japoneses entre el 9 y el 20 de agosto de 1945, tal como habían pactado con los Estados Unidos y el Reino Unido. En menos de 3 semanas, ocuparon un área mayor que Europa Occidental donde se concentraba la mayor parte de la industria japonesa que no estaba en el propio Japón, llegando a avanzar 150 km en algunos puntos durante el primer día. Se discute si la «puntilla final» para la rendición nipona fueron las bombas de Hiroshima y Nagasaki o este desastre militar que les dejaba definitivamente aislados internacionalmente y sin recursos exteriores. Imagen: Archivos de la Federación Rusa. (Clic para ampliar)

Para acabar de estropearle el día a los japoneses, esa misma madrugada, un minuto después de medianoche, la URSS había cumplido su promesa a Estados Unidos y el Reino Unido: cuando estalló la bomba de Nagasaki, el Ejército Rojo ya estaba atacando la Manchuria japonesa por tres frentes distintos (donde, por su parte, las fuerzas japonesas habían hecho una especie de maratón para cometer tantos crímenes de guerra y contra la humanidad como fuese posible.) Calentitos y bien entrenados y equipados como venían después de ganar la guerra en Europa, los soviéticos arrasaron velozmente a las fuerzas japonesas en el continente, llegando a avanzar hasta 150 km en un solo día. El antes prestigiosísimo Ejército de Kwantung, donde se habían labrado la carrera militares del calibre del general Tōjō, se derrumbaba por horas ante las 80 divisiones del mariscal Vasilevsky. Comenzaron a correr rumores (posiblemente falsos) de que la URSS incluso pretendía desembarcar en Japón por Hokkaido, adelantándose así a la planeada Operación Downfall de los aliados occidentales.

Todo esto comenzó a poner nerviosos a los estadounidenses: el avasallador éxito de las fuerzas soviéticas en el continente (que terminarían ocupando un territorio mayor que Europa Occidental entre el 9 y el 20 de agosto), el rumor sobre su posible desembarco en Hokkaido y el hecho de que el Gobierno japonés continuara sin decir ni mú a pesar de estas rápidas derrotas y los dos bombazos atómicos empezaba a sugerir un desenlace imprevisto para la Guerra en el Pacífico. Entonces el general Curtis LeMay llamó por teléfono al coronel Paul Tibbets, el comandante del 509º Grupo Combinado que había lanzado la bomba sobre Hiroshima, para preguntarle:

Curtis LeMay

El general Curtis LeMay (1906-1990), comandante de la campaña de bombardeos estratégicos sobre Japón, incluyendo Hiroshima y Nagasaki. Posteriormente, durante la Guerra Fría, dirigiría el Mando Aéreo Estratégico de los EEUU. Imagen: Fuerza Aérea de los EEUU / Wikimedia Commons.

–¿Tienen otra de esas malditas cosas?
–Sí, señor –contestó Tibbets.
–¿Dónde está?
–Ahí en Utah.
–Tráigala aquí. Usted y su tripulación van a lanzarla.
–Sí, señor.

En efecto, los Estados Unidos contaban ya con un tercer núcleo de plutonio para ensamblar otra bomba como la de Nagasaki con los componentes disponibles en Tinian. Bueno, lo cierto es que tenían la capacidad de producir 3 núcleos al mes con los reactores de Hanford, o incluso 4 si forzaban la máquina. Estados Unidos no había desarrollado un programita experimental de armas nucleares como el que manejó sin éxito la Alemania Nazi, sino un auténtico programa industrial-militar para producirlas en serie, análogo al que después montaría también la URSS. Durante una conversación secreta entre el general Hull y el coronel Seeman (asistente del director del Proyecto Manhattan Leslie Groves) del día 13 de agosto, este último dice a Hull que puede disponer de otras siete bombas para usarlas antes del 31 de octubre, y una cada 10 días a partir de noviembre. El arma nuclear había dejado de ser un experimento de científicos. Ahora ya era un producto industrial a gran escala.

Cumpliendo las órdenes del general LeMay, el coronel Tibbets viaja a Utah en avión para recoger el tercer núcleo ya listo. Pero cuando llega a California con él dispuesto a salir hacia Tinian, el día 15, Japón anuncia que ha decidido rendirse tras un intento de golpe de estado fallido por parte de los partidarios de seguir peleando hasta el final. Así, este tercer núcleo no llegó a abandonar los Estados Unidos y nunca ha quedado claro cuál era la siguiente ciudad en la lista. Unos dicen que habrían vuelto a intentarlo contra Kokura, o quizá Yokohama. Pero el historiador Richard B. Frank, en su reconocida obra Downfall: The end of the Imperial Japanese Empire (pág. 303), menciona que los blancos originales del Comité de Objetivos habían quedado ya desfasados y habla de una nueva lista elaborada bajo el mando del general Twining, dado que «los resultados habían superado las expectativas más optimistas»:

Los siguientes 6 blancos para los bombardeos atómicos entre mediados de agosto y finales de octubre de 1945 si Japón no se hubiese rendido

Los siguientes 6 blancos para los bombardeos atómicos entre mediados de agosto y finales de octubre de 1945 si Japón no se hubiese rendido, según Richard B. Frank (1999): «Downfall: The end of the Imperial Japanese Empire.» Hiroshima y Nagasaki, ya destruidas, están marcadas con una «X». Mapa base: © Google Maps.

  1. Sapporo.
  2. Hakodate.
  3. Oyabu (?) [posiblemente en la Prefectura de Kagawa.]
  4. Yokosuka.
  5. Osaka.
  6. Nagoya.

Llaman la atención Sapporo y Hakodate, situadas en la isla norteña de Hokkaido, porque están fuera del alcance de 1.500 millas náuticas (2.778 km) establecido en documentos previos para que el B-29 pudiese ir cargando una bomba atómica y regresar con un margen de seguridad. O bien estaban ya tan confiados como para forzar un poco las cosas (son unas 200 millas más), o consideraban la posibilidad de que los aviones, después de lanzar la bomba (y por tanto sin nada especialmente secreto a bordo), aterrizasen a repostar en territorio soviético como hicieron durante la Operación Frantic de 1944. En todo caso estás seis ciudades, más quizás Kokura, fueron las que se salvaron de las siete bombas que los Estados Unidos habrían podido producir entre mediados de agosto y finales de octubre si la guerra no hubiese terminado y hubieran tenido que desembarcar en noviembre como estaba planeado. (Otra posibilidad que se contempló fue fabricar 20 y reservarlas para abrirse paso a lo largo de la invasión, como armas tácticas en vez de estratégicas, pero esto no pasó del nivel de conversaciones privadas.)

Efectos.

Una niña de Nagasaki que perdió el cabello a causa de la radiactividad.

Una niña de Nagasaki que perdió el cabello a causa de la radiactividad. Muchas personas enfermaron y murieron durante las dos décadas siguientes debido a la radiación; no obstante, estos males no pasaron a las siguientes generaciones como se temía. Esta foto estuvo censurada hasta 1952. Imagen: Gobierno del Japón.

Tan pronto como los Estados Unidos ocuparon Japón, empezaron a realizar esos estudios sobre los efectos de la nueva arma. Serían secretos durante muchos años, pero actualmente está casi todo desclasificado. Uno de los primeros hechos que pudieron observarse claramente tras los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki fue la enorme eficacia de las armas nucleares para causar la máxima muerte y destrucción en áreas urbanas, comparadas con los bombardeos convencionales realizados hasta entonces. Por ejemplo, los grandes bombardeos convencionales de Dresde mataron a unas 25.000 personas de 350.000 habitantes más un número indeterminado de refugiados, que podrían elevar la cifra a medio millón de personas presentes en el área; es decir, un 5% – 7% de mortalidad. La Operación Gomorra que incineró Hamburgo exigió 3.000 aviones y 9.000 toneladas de bombas para matar a unas 43.000 personas de aproximadamente 1.700.000 habitantes (según el censo de 1939): poco más del 2,5% de mortalidad. Y los apoteósicos bombardeos incendiarios de Tokio mataron a entre 75.000 y 200.000 personas del millón y medio que se encontraban en las zonas afectadas: del 5% al 13% de mortalidad, una exageración.

Por el contrario, la única bomba de Hiroshima mató instantáneamente a 60.000 – 80.000 personas de 350.000: una mortalidad del 17% – 23% y pocos meses después habían fallecido unas 166.000, elevándola al 47%. En cuanto a Nagasaki, pese a marrar el centro urbano por dos kilómetros y medio y estallar entre las colinas de Urakami que protegieron al resto de la ciudad, murieron 39.000 personas de 250.000 habitantes totales en los primeros momentos (el 15,6%) y unas 80.000 para finales de año, sumando el 32%. Esto es: incluso aquellas bombas primitivas de potencia ridícula en comparación con lo que vendría después duplicaron e incluso triplicaron las tasas de mortalidad ocasionadas por los peores bombardeos convencionales urbanos de la historia de la humanidad.

Niña cegada en Hiroshima

Esta otra niña, de Hiroshima, llegó a ver «la luz que brilla como mil soles»… y después ya no volvió a ver nada más, nunca jamás. Imagen: Gobierno del Japón.

Uno de los estudios más escalofriantes que hicieron –lógico, pero escalofriante– analizó la mortalidad entre escolares en colegios a distintas distancias del punto de detonación. Aunque en principio estaban de vacaciones veraniegas, en tiempos de guerra, y con la miseria y rápida pérdida de recursos humanos a que se enfrentaba Japón, eso de las vacaciones era muy relativo. Numerosas escuelas permanecían abiertas. El alumnado de primaria o estaba en sus casas –típicamente próximas al cole– o acudía al centro para recuperar clases perdidas durante el año. El de secundaria, a partir de los 12 o 13 años, participaba en «tareas patrióticas» relacionadas con el esfuerzo de guerra (gakuto giyutai) como abrir cortafuegos (al aire libre) o trabajar en industrias (a cubierto), todo ello cerca de sus colegios o en lugares conocidos por los profesores y directivos de los centros, que lo llevaban muy controlado. Tras los bombardeos, muchos de los profesores y directivos que habían sobrevivido hicieron grandes esfuerzos por localizar a sus alumnos o al menos, sus familias. Así que existía un registro exhaustivo de la posición de toda esta chavalería cuando estallaron las bombas, y lo que les pasó.

Como consecuencia, el volumen 6 del informe de la Comisión Conjunta para el estudio de los efectos de la bomba atómica en Japón («efectos médicos»), elaborado por el Ejército y la Comisión de Energía Atómica de los EEUU, dedica al menos 32 de sus 256 páginas a investigar el destino del alumnado de las escuelas de Hiroshima (donde, al estallar la bomba tan cerca del centro urbano, había muchas.)  En un radio de 900 metros alrededor del eje del ataque, sólo hay supervivientes entre quienes se hallaban fuera de ese radio de 900 metros dedicándose a estas «tareas patrióticas.» Por ejemplo, en el colegio de primaria Motokawa (a 500 metros), sus 192 alumnos «en la escuela o en casa» resultaron muertos. En la 1ª Escuela Prefectural para Niñas (a 800 metros), las 174 que había dentro perecieron también. Sin embargo, entre el 1º y 2º cursos del instituto de secundaria de Koamicho, que estaban abriendo cortafuegos a distancias de entre 800 y 1.100 metros de la explosión, sobrevivieron 174 de sus 497 alumnos (es de suponer que quienes estaban a mayor distancia y «a la sombra» de edificios resistentes.) Con estos y otros datos, el área de aniquilación para esta bomba primitiva de 15 kilotones escasos quedó establecida en un radio de un kilómetro alrededor del eje del ataque.

Fragmento del listado de los colegios de Hiroshima indicando la distancia a la vertical de la detonación, la ubicación de su alumnado y el número de víctimas.

Fragmento del listado de los colegios de Hiroshima indicando la distancia a la vertical de la detonación, la ubicación de su alumnado y el número de víctimas. Imagen: U.S. Army Institute of Pathology (6 de julio de 1951): «The Report of the Joint Commission for the Investigation of the Effects of the Atomic Bomb in Japan, vol. 6. – Medical effects of atomic bombs», pág. 26. United States Atomic Energy Commission, Technical Information Service, Oak Ridge, Tennessee.

Los investigadores estadounidenses prestaron particular atención a las alumnas del instituto femenino privado de Yasuda, porque se encontraban repartidas entre el colegio (a 1.200 metros de la explosión) y distintas «tareas patrióticas» que se extendían desde abrir cortafuegos cerca del edificio prefectural (a 900 metros) hasta trabajar en varias fábricas situadas a una distancia de entre 1.400 y 2.000 metros. O sea, dispuestas a lo largo de las zonas límite. Entre las 300 alumnas que hacían cortafuegos a la intemperie a menos de 1 km de la detonación, sólo hubo 8 supervivientes confirmadas (5 heridas graves.) En el propio instituto (1,2 km) se salvaron 30 de 75 (con 14 de ellas gravemente heridas.) Pero de las 9 que había en el dormitorio (1,6 km), sobrevivieron todas (2 heridas graves.) Y en las fábricas (1,4 a 2 km y además protegidas por la estructura de los edificios) salieron con vida 515 de las 555 que trabajaban en ellas (con 30 heridas graves y 4 sufriendo radiotoxicidad.)

Gráfica general de bajas totales y mortalidad para Hiroshima, en función de la distancia a la vertical de la detonación.

Gráfica general de bajas totales y mortalidad para Hiroshima, en función de la distancia a la vertical de la detonación. Recordemos que se trataba de una bomba primitiva de escasamente 15 o 16 kilotones. Imagen: U.S. Army Institute of Pathology (6 de julio de 1951): «The Report of the Joint Commission for the Investigation of the Effects of the Atomic Bomb in Japan, vol. 6. – Medical effects of atomic bombs», pág. 70. United States Atomic Energy Commission, Technical Information Service, Oak Ridge, Tennessee. (Clic para ampliar)

Lógicamente, la resistencia de los edificios y la situación de las personas dentro de los mismos jugó un papel relevante para la supervivencia. Hubo un puñado de supervivientes incluso bien dentro del área de aniquilación. El caso más extremo es el de Eizo Nomura, a apenas 170 metros de la vertical de la detonación. Eizo, de 47 años, trabajaba en la unidad de racionamiento de combustibles, situada en un edificio de hormigón armado; y él, personalmente, se encontraba en el sótano buscando unos documentos. Ni en el edificio ni en sus alrededores sobrevivió nadie, pero Eizo salió básicamente ileso. Las múltiples paredes y suelos de hormigón y la tierra a su alrededor le protegieron como si fuesen una especie de refugio antiatómico casual. En sus memorias relataba cómo al escapar del edificio entre las llamas, el humo y un paraje de absoluta devastación, pudo oír el llanto de un bebé que «calló poco después.» Eizo sufrió síndrome radiactivo agudo durante los días siguientes, pero se recuperó y vivió hasta los 84 años, muriendo en 1982.

Hablando de radiación, como ya te supondrás, ha habido un intenso debate sobre los efectos a medio y largo plazo de la radiactividad sobre las poblaciones afectadas. Hiroshima y Nagasaki son los casos en los que más gente quedó expuesta a mayores cantidades de irradiación directa, de forma incontrolada y brutal, a lo largo de toda la historia (en Chernóbil, por ejemplo, las personas que absorbieron grandes dosis fueron muchas menos y todas ellas en la central accidentada o sus inmediaciones más próximas; a cambio, la cantidad de deposición secundaria fue mayor.) Como consecuencia, se han hecho cientos de estudios sobre la salud de quienes sobrevivieron a las heridas y quemaduras ocasionadas por las bombas y a la radiotoxemia aguda subsiguiente.

Exceso de muertes por leucemia atribuíbles a las dosis de radiación recibidas para supervivientes de Hiroshima y Nagasaki con respecto a la población general, 1950-2002

Exceso de muertes por leucemia atribuibles a las dosis de radiación recibidas para supervivientes de Hiroshima y Nagasaki con respecto a la población general, 1950-2002 (indicado en tono violeta más claro.) Sin embargo, teniendo en cuenta que la cohorte total de individuos estudiados ascendió a 120.000 personas situadas en áreas próximas a las explosiones (y en otros estudios llega a 200.000 personas), puede observarse que el número de muertes por esta causa es relativamente bajo (219 fallecimientos.) Gráfica: Douple, Evan B. et al (2011): «Long-term radiation-related health effects in a unique human population: Lessons learned from the atomic bomb survivors of Hiroshima and Nagasaki.» Disaster Med Public Health Prep. Marzo 2011; 5(0 1): S122–S133. DOI: 10.1001/dmp.2011.21 (Clic para ampliar)

Los resultados, aunque relevantes, no son tan catastróficos como muchos temen. Hubo un claro incremento de los casos de leucemia unos 6-8 años después de los ataques, y de cataratas y tumores sólidos durante las dos a tres décadas siguientes (incluso entre quienes habían recibido dosis muy bajas), pero no tanto como para meterle una dentellada importante a la población. No se produjo un aumento de las malformaciones congénitas ni del riesgo de sufrir cánceres entre la descendencia de los supervivientes, salvo en el caso de las embarazadas de 8 a 15 semanas en el momento de los ataques que recibieron altas dosis de irradiación directa. Puede que influyera el hecho de que ambas explosiones fueran aéreas, para aumentar el área de destrucción, pero generando por tanto mucha menos contaminación secundaria que las detonaciones en superficie (las cuales proyectan grandes cantidades de material activado a la atmósfera.) Hoy en día Hiroshima y Nagasaki, lejos de ser eriales radiactivos, son dos ciudades perfectamente habitables donde los niveles de radiación apenas se distinguen de la radiactividad natural y sus habitantes presentan un estado de salud similar al del resto de Japón. Por fortuna, los peores temores no se cumplieron, al menos en el largo plazo.

Una coletilla poco conocida es que la Academia de Ciencias de la URSS desplegó un equipo en el área de Vladivostok, a unos mil kilómetros de distancia, para tomar mediciones radioisotópicas del aire que llegaba desde las ciudades japonesas bombardeadas. Aunque registraron unas cifras muy bajas, al analizar su composición, pudieron confirmar que las bombas reales coincidían con los datos de inteligencia que habían ido recibiendo durante todos esos años. Así, los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, en vez de intimidar a la URSS, terminaron de afianzarla en el camino para crear sus propias armas nucleares apenas cuatro años después. A insistencia de Lavrenti Beria, priorizaron una bomba que era prácticamente una copia de la de Nagasaki (llamada RDS-1) pese a que tenían en marcha diseños autóctonos más avanzados (RDS-2 y RDS-3); Beria quería confirmar que toda la información que habían recibido era correcta, que podían desarrollar una copia casi idéntica de la bomba americana (y estudiar sus efectos con todo detalle) y, de paso, lograrlo lo antes posible, convirtiendo así rápidamente a la URSS en la otra superpotencia nuclear.

La «maldición» del tercer núcleo (y del USS Indianapolis).

USS Indianapolis

El crucero pesado USS Indianapolis frente a Mare Island, California, el 10 de julio de 1945. A partir del día 16, sería utilizado para trasladar los componentes de la bomba de Hiroshima a la base de Tinian. Y el 30 de julio fue torpedeado por el submarino japonés I-58, con gran parte de su tripulación pereciendo de modo bastante atroz. Imagen: Armada de los Estados Unidos / Wikimedia Commons. (Clic para ampliar)

Tres incidentes casuales contribuyeron a incrementar el «aura maldita» que rodeó a todo este asunto de lo nuclear desde el principio (como si la aniquilación de dos ciudades en plan «presentación en sociedad» no fuese suficiente…) El primero fue lo sucedido al crucero pesado USS Indianapolis, encargado de transportar los componentes para ensamblar la bomba de Hiroshima en Tinian. Tras entregar el material, el día 26 de julio, se hizo de nuevo a la mar con rumbo a Leyte.

A las 00:14 del día 30, fue avistado y torpedeado por el submarino japonés I-58. El Indianapolis se hundió en apenas 12 minutos, dando la vuelta de campana por completo antes de sumergirse en unas aguas plagadas de tiburones y sin tiempo para agarrar muchos chalecos ni botes salvavidas. Trescientos de sus 1.196 tripulantes se fueron a fondo con el buque, pero la pesadilla sólo acababa de comenzar. Al Indianapolis no le había dado tiempo de transmitir nada antes de hundirse y el Alto Mando estadounidense no pensó que pasara nada de particular. Sólo cuando un avión de reconocimiento avistó casualmente a algunos náufragos tres días y medio después se percataron de lo sucedido. Para entonces sólo quedaban 321 supervivientes, de los que se salvaron 317. El resto habían muerto de sed, envenenados por beber agua del mar, comidos por los tiburones o simplemente ahogados. Fue la última pérdida de un gran buque de superficie estadounidense en la II Guerra Mundial y, como puede verse, de manera especialmente desagradable. (El último de todos fue el submarino USS Bullhead, hundido por aviones japoneses el mismo día del bombardeo de Hiroshima.)

Haroutune Krikor Daghlian, Jr.

El físico Harry K. Daghlian Jr. (1921-1945), primera persona muerta en un accidente de criticidad, mientras trabajaba con el «tercer núcleo» que estuvo a punto de ser utilizado contra Japón. Imagen: Wikimedia Commons.

Por su parte, el tercer núcleo también hizo de las suyas. Dos veces, hasta tal punto que llegaron a apodarlo el núcleo del demonio. Como te conté antes, al rendirse Japón, este núcleo se encontraba en California de camino a Tinian y no llegó a abandonar los Estados Unidos. En vez de eso, lo llevaron a Los Alamos para experimentar con él. Y el primer accidente ocurrió menos de una semana más tarde. El físico Harry Daghlian, de 24 años de edad, estaba trabajando en reflectores neutrónicos con el propósito de reducir la masa crítica necesaria para hacer una bomba atómica (una característica de todas las armas nucleares modernas.) Así pues, empezó a envolverlo con bloques de carburo de wolframio, uno de estos reflectores neutrónicos, para ir tomando medidas de criticidad. A mano, como se hacían las cosas en la época. Richard Feynman dijo de estos experimentos que eran como «hacerle cosquillas a la cola de un dragón dormido» por su extremo peligro, dado que cualquier error podía provocar un grave accidente de criticidad.

Cuando Daghlian iba a tapar el conjunto con el último bloque, los detectores neutrónicos le indicaron que aquello estaba a punto de tornarse supercrítico. Vamos, que iba a empezar la reacción en cadena. Fue a apartarlo… y se le resbaló de la mano, cayendo directamente sobre el núcleo. Al instante, éste se volvió casi-crítico, iniciando así un accidente de criticidad con fuerte emisión de radiación neutrónica. En vez de echar a correr, Daghlian intentó quitar el bloque de un manotazo, pero no pudo y se puso a desensamblar el montaje hasta que consiguió detener la reacción. Para entonces, había absorbido varios sieverts de radiación gamma y neutrónica, además de sufrir quemaduras beta. Murió el 15 de septiembre, 25 días después, víctima del síndrome radiactivo agudo. Un vigilante del laboratorio recibió también su dosis, mucho más baja, y pereció 33 años después (a los 62) de leucemia mieloide aguda. Esta es una enfermedad asociada a la radiación, que también sufrieron no pocos supervivientes de Hiroshima y Nagasaki; pero con 33 años por medio, vaya usted a saber si fue a consecuencia del accidente o porque le tocaba.

Accidente de Louis Slotin

A la izquierda, el físico Louis Slotin (1910-1946), segunda víctima de un accidente de criticidad trabajando con el «tercer núcleo.» A la derecha, reconstrucción de cómo «le hacía cosquillas a la cola del dragón dormido» cuando se le resbaló el destornillador y el dragón tosió. Imágenes: Gobierno de los EEUU / Wikimedia Commons. (Clic para ampliar)

Tras este suceso se establecieron numerosos protocolos de seguridad para trabajar con estos primitivos núcleos apenas subcríticos (tan solo «5 centavos» por debajo del punto de criticidad.) Sin embargo, había otro físico más conocido, llamado Louis Slotin, que era muy bueno en lo suyo pero tenía sus peculiaridades, el hombre. Por un lado parece ser que era pelín chulo y vacilón, con cierto gusto por epatar a quien se le pusiera por medio. Un poco notas, vamos. Por otro lado, una vez terminada la guerra, estaba hasta los mismísimos del Proyecto Manhattan (como muchos otros de sus científicos) y quería volverse a sus estudios en Biofísica. Según sus propias palabras, seguía en el tajo porque «soy uno de los pocos que quedan aquí con experiencia en ensamblar bombas.» Y lo cierto es que había ensamblado Trinity y se le conocía como «el Armero en Jefe de los Estados Unidos»; el tipo tenía su valía y su prestigio. Así que estaba enseñando a otros a montar las bombas atómicas antes de largarse, si bien, por lo visto, con una cierta actitud de «para lo que me queda en el convento…»

Y así estaban las cosas el 21 de mayo de 1946, cuando Slotin estaba explicando el tema a otros siete técnicos y científicos… utilizando el mismo núcleo del demonio que nunca llegó a salir hacia Japón pero ya había matado a un hombre. Y estaba también contándoles lo de la criticidad, ahora ya con dos semiesferas de berilio (que fue el reflector neutrónico definitivo para las siguientes generaciones de armas nucleares.) Sólo que Slotin, con ese carácter y esa actitud, les hizo la demo manteniendo separadas las semiesferas de berilio… a mano, con la punta de un destornillador de cabeza plana, en contra de las nuevas normativas de seguridad y de la sensatez en general. Según dicen, no era la primera vez que le hacía cosquillas a la cola del dragón con el destornillador de marras. Ya te digo que iba un poco de sobrado.

Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe y aquel día a Slotin se le resbaló el destornillador, siendo las 15:20. Las dos semiesferas de berilio se unieron y el núcleo del demonio se volvió supercrítico instantáneamente por segunda vez. Hubo un fuerte destello de luz azul, seguramente debido a la ionización del aire al recibir el violento golpe neutrónico. Slotin notó un sabor agrio en la boca y una intensa quemazón en su mano izquierda. Aún así, de un tirón, lanzó al suelo la semiesfera superior de berilio, deteniendo la reacción casi al momento. Pero era demasiado tarde. En cuanto escaparon del edificio Slotin ya estaba comenzando a vomitar, puede que por los nervios o por el síndrome radiactivo agudo de los 12 grays de radiación gamma y neutrónica que acababa de comerse en seco. O las dos cosas.

Posición de las personas que se encontraban alrededor de Louis Slotin  cuando sufrió el accidente de criticidad.

Posición de las personas que se encontraban alrededor de Louis Slotin (marcado con el cuadrado amarillo) cuando sufrió el accidente de criticidad. Curiosamente, aunque Slotin murió a los pocos días de radiotoxemia aguda, el resto de los presentes vivieron muchos años y algunos llegaron a avanzada edad. Imagen: Gobierno de los EEUU / Wikimedia Commons. (Clic para ampliar)

Louis Slotin murió muy malamente 9 días después, el 30 de mayo de 1946. Sin embargo, el resto de los presentes (con tres de ellos a menos de 2,5 metros de distancia) no sufrió más que episodios de debilidad o ningún síntoma en absoluto. El único que murió joven fue el guardia al otro lado de la puerta… porque era un soldado y lo mataron en la Guerra de Corea, a los 27 años de edad. El siguiente falleció 19 años más tarde, de un infarto (los problemas coronarios han sido vinculados a la radiación, pero durante los 18 años anteriores esta persona había presentado una salud excelente, o sea que pudo deberse a ese o cualquier otro motivo.) En general, el resto de los presentes en el accidente Slotin fueron muriéndose un poco cuando les tocaba; sí, típicamente con enfermedades asociadas a la radiación, pero al menos un par de ellos con más de ochenta años de edad (entre ellos, uno de los que estaban más próximos al núcleo, detrás de Slotin; parece que su cuerpo le protegió.)

De estos y otros hechos por el estilo emana parte del interminable debate de los efectos de la radiactividad sobre la salud humana: está claro que si absorbes una dosis muy alta en un plazo breve va a «freírte» y te morirás de tu síndrome radiactivo agudo, o como mínimo sufrirás lesiones y posiblemente secuelas (los llamados efectos no-estocásticos); pero si absorbes dosis menores o en plazos más prolongados, las consecuencias son mucho más ambiguas y retardadas (los llamados efectos estocásticos.) Si te mueres de una leucemia borde 25 años después de sufrir un accidente radiactivo, ¿es a consecuencia del accidente radiactivo o simplemente porque te dio una leucemia borde como a cualquier otro hijo de vecina? En estos casos, donde la irradiación del personal procede de una emisión primaria con poca o nula contaminación secundaria (fallout) que pueda permanecer en el ambiente y el organismo, el asunto es más confuso todavía. El caso es que el tercer núcleo acabó matando gente. Ya no hicieron más experimentos con él y finalmente lo usaron en la prueba Able, cinco semanas después, donde desapareció liberando 21 kilotones de potencia.

Como comprenderás, me he tenido que saltar un montón de cosas para que esta entrada no se me alargase hasta el infinito… más aún. ;-) Pero a grandes rasgos, esta es la historia de las ciudades que se salvaron y las gentes que no durante la única campaña de bombardeos atómicos que ha presenciado la humanidad, comenzando hace justo ahora 70 años (día 6 de agosto a las 01:15 hora peninsular CEST, 08:15 hora de Japón.) Ojalá nunca volvamos a ver nada igual. O, más probablemente, si llegara a suceder, mucho peor.

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Bibliografía:

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Proliferación de armas de destrucción masiva

¿Qué son realmente las armas de destrucción masiva?
¿Cuántas hay? ¿Quién las tiene? ¿Qué pasa con su proliferación?

Gernika bombardeada.

El bombardeo de Gernika por la aviación nazifascista aliada de Franco, el 26 de abril de 1937, inspiró al arzobispo de Canterbury para acuñar la expresión "armas de destrucción masiva". Foto: Deutsches Bundesarchiv.

Ha sido uno de los clichés más determinantes en la política y la propaganda de esta primera década del siglo XXI: las llamadas armas de destrucción masiva y su posible proliferación a estados problemáticos o grupos terroristas se han convertido en una especie de mantra que vale para todo y lo justifica todo. Sin embargo, el asunto presenta muchos más matices y recovecos de lo que seguramente les gustaría a quienes utilizan esta expresión esperando que todo el mundo se obre encima de miedo y suplique salvapatrias. O salvamundos. Para empezar, ¿qué son realmente estas armas de destrucción masiva? ¿Cuántas hay? ¿Quién las tiene? ¿Y qué pasa exactamente con su proliferación?

Armas de destrucción masiva.

El primer uso documentado de la expresión armas de destrucción masiva corresponde al arzobispo anglicano de Canterbury y Primado de Inglaterra Cosmo Gordon, en 1937, refiriéndose al bombardeo nazifascista de la localidad vasca de Gernika y el inicio de la Segunda Guerra Sino-Japonesa:

¿Quién puede pensar en este momento, sin que el corazón se le enferme, sobre la masacre terrible, el sufrimiento, las múltiples miserias que la guerra ha llevado a España y a China? ¿Quién puede pensar sin horrorizarse sobre lo que significaría otra guerra generalizada, librada como sería con todas estas nuevas armas de destrucción masiva?

–»Llamamiento del arzobispo», The Times (Londres) 28 de diciembre de 1937, pág. 9.

Durante los años siguientes, armas de destrucción masiva continuaría siendo prácticamente sinónimo de bombardeo en alfombra. Esta táctica bélica, consistente en el lanzamiento de un gran número de bombas convencionales de aviación contra un área general para alcanzar uno o varios objetivos particulares, presenta ya la característica principal del concepto: una notoria desproporción entre la fuerza empleada y la entidad del objetivo militar declarado, con enormes daños colaterales y el añadido de un factor sociológico de terror y desmoralización entre los civiles considerados enemigos. Estaríamos, pues, ante una forma de terrorismo de estado a gran escala.

La catedral de Coventry tras el bombardeo.

La catedral de Coventry tras el bombardeo alemán del 14 de noviembre de 1940. Los graves daños sufridos por esta localidad británica acuñaron el término "coventrizar una ciudad"; la decisión nazi de bombardear así las ciudades aliadas durante la primera fase de la Segunda Guerra Mundial desencadenaría una represalia colosal, que se saldó con las inmensas tragedias de Hamburgo, Dresde, Tokio, Hiroshima o Nagasaki. La frase "armas de destrucción masiva" adquiría así un significado nuevo y aún más terrible.

Hasta casi finales de la Segunda Guerra Mundial, se mantendría esta identificación de las armas de destrucción masiva con el bombardeo estratégico mediante aviones o cohetes convencionales de distintos tipos. De hecho, las máximas expresiones de destrucción masiva en un acto bélico siguen siendo ataques de este tipo realizados durante este conflicto, fundamentalmente por las fuerzas aéreas de los Estados Unidos y el Reino Unido. El bombardeo incendiario de Tokio a manos de la aviación norteamericana, en la noche del 9 al 10 de marzo de 1945, continúa siendo la mayor matanza concentrada de civiles en un solo acto destructivo de la historia de la humanidad: en torno a cien mil personas perecieron en menos de tres horas (cifra oficial: 83.000; según los bomberos de Tokio: 97.000), unas cuarenta o cincuenta mil resultaron heridas y un millón se quedaron sin casa.

Hamburgo bombardeada

Hamburgo tras los grandes bombardeos que sufrió. Foto: Imperial War Museum.

Nagasaki antes y después del ataque atómico.

Nagasaki antes (arriba) y después (abajo) del ataque atómico. Foto: United States Strategic Bombing Survey. (Clic para ampliar)

Como es sobradamente conocido, este conflicto terminó con otras dos grandes matanzas perpetradas por las fuerzas estadounidenses con un nuevo tipo de arma: los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, hasta el día de hoy el único uso de armamento nuclear en una guerra real. Aunque el número de víctimas inmediatas fue menor (entre otras cosas, porque se trataba de armas muy primitivas lanzadas sobre localidades más pequeñas), la cifra final por fallecimiento de heridos y enfermos resultó bastante mayor: entre 150.000 y 246.000 (de 90.000 a 166.000 en Hiroshima y de 60.000 a 80.000 en Nagasaki; aunque la bomba de Nagasaki era bastante más potente, se desvió hacia un área industrial, estalló más lejos del centro urbano y las colinas alrededor del río Urakami hicieron de escudo para zonas significativas de la ciudad). Las muertes instantáneas fueron de 70.000 a 80.000 personas en Hiroshima y de 40.000 a 70.000 en Nagasaki, civiles en su inmensa mayoría.

Sin embargo, la proporción de mortandad fue inmensamente mayor que en cualquier otro caso anterior. Durante la noche del gran bombardeo incendiario de Tokio, residían en la capital nipona unos seis millones de personas; aceptando la cifra de los bomberos (97.000 muertos), pereció el 1,61% de la población. En otros grandes bombardeos, las cifras fueron algo superiores: el 2% en Dresde (25.000 muertos de 1.250.000 habitantes: 645.000 de preguerra y unos 600.000 refugiados), el 3,3 % durante la Operación Gomorra contra Hamburgo (37.000 muertos de 1.130.000 habitantes) o el 4,2% en Kassel.

En el bombardeo atómico de Hiroshima fue aniquilado instantáneamente el 22% de la población y el 47% como resultado de los efectos secundarios (75.000 y 166.000, respectivamente, de 340.000-350.000 habitantes). Esto es, un orden de magnitud más que en los grandes bombardeos convencionales: entre once y veintitrés veces más que en Dresde, entre siete y catorce veces más que en Hamburgo. Aunque Nagasaki «salió peor» (desde el punto de vista de los atacantes), la mortandad instantánea fue del 15-28% y la total, del 30-32%. Todo ello, con bombas precarias llevadas a correprisas a la guerra.

Así se entiende fácilmente que el concepto arma de destrucción masiva pasó de ser sinónimo del bombardeo de alfombra a significar, en buena medida, «arma nuclear». Parece que los primeros en definir así esta nueva clase de bombas fueron los soviéticos, con la expresión оружие массового поражения (literalmente, «armas de destrucción masiva»), aunque en los Estados Unidos había comenzado a utilizarse también armas adaptables para la destrucción masiva. En 1947, Oppenheimer establecería definitivamente la expresión en Occidente. Hoy en día, las armas nucleares y termonucleares siguen considerándose los máximos representantes de este tipo de armamento.

Pero no los únicos. Generalmente se acepta que las armas químicas y biológicas forman también parte de este concepto, por su carácter incluso más indiscriminado y su capacidad de matar o herir a numerosas personas y otros seres vivos más allá de la supresión del objetivo militar declarado. Las armas químicas son sustancias tóxicas que se dispersan para envenenar al enemigo, mientras que las biológicas consisten en microorganismos causantes de enfermedades que buscan su incapacitación. Ambas se han utilizado desde tiempos remotos. El envenenamiento de las flechas, que puede considerarse un tipo de arma química, data de la Prehistoria; lanzar cadáveres en descomposición a las ciudades sitiadas, o enviar a víctimas de enfermedades infecciosas a territorio del oponente para provocarle epidemias, son técnicas militares que se vienen usando al menos desde los orígenes de la civilización.

Víctimas del bombardeo químico de Halabja.

El último gran ataque químico contra civiles fue perpetrado por las fuerzas iraquíes contra la población kurda de Halabja, el 16 de marzo de 1988, en el contexto de la guerra Irán-Iraq. Aunque en un principio se intentó echar la culpa a Irán, finalmente quedó determinado que había sido realizado por el Iraq de Saddam Hussein, entonces aliado de Occidente. Para la masacre, que causó 15.000 víctimas, se usó tecnología química estadounidense, alemana y de otros países. En la foto, un periodista iraní documenta la matanza.

Las armas químicas y biológicas se consideran habitualmente menos eficaces y destructivas que las armas nucleares, y más fáciles de contrarrestar con técnicas modernas. La vacunación, la cuarentena y el simple reparto de máscaras antigás a la población reduce enormemente sus efectos. Excepto por algunas armas biológicas muy especiales, su diseminación efectiva resulta más complicada de lo que parece y exige algo parecido a un gran bombardeo convencional para hacerlo a escala significativa; en este blog ya hablamos, por ejemplo, del «ántrax» y sus peculiaridades.

Se incluye también normalmente a las armas radiológicas o bombas sucias entre las de destrucción masiva. Hay quien las considera un tipo de arma nuclear, pero en realidad se parecen muchísimo más a un arma química, sólo que sustituyendo la sustancia tóxica por una sustancia radioactiva; en todo lo demás, no se diferencian gran cosa de las químicas y presentan ventajas e inconvenientes muy similares. Aunque es posible diseñar un tipo de arma nuclear-radiológica extremadamente aniquiladora, la llamada bomba del juicio final, no consta que se haya construido nunca una y requiere disponer primero de un arma atómica para hacerlo. Por el extremo contrario, una bomba atómica pobremente diseñada o construida que diera lugar a un chisporroteo de baja o mediana energía podría considerarse técnicamente un tipo de arma radiológica.

Otras personas discrepan de que las armas nucleares, químicas-radiológicas y biológicas sean las únicas de destrucción masiva, o incluso las más representativas. Señalan que su uso resulta excepcional, prácticamente inexistente, y su espectacularidad contribuye a disimular los mecanismos más habituales de muerte violenta en el mundo. Organizaciones como Oxfam Internacional, Amnistía Internacional o IANSA aducen por ejemplo que la humilde bala sirve para matar a quinientas mil personas al año: una Hiroshima cada cuatro meses. Según el Comité Internacional de la Cruz Roja, las minas antipersonales matan y amputan a entre 8.000 y 24.000 personas al año, la mayoría niños, con el mismo carácter indiscriminado y mayor crueldad que las armas de destrucción masiva más glamurosas.

Por su parte, la munición de racimo olvidada tras los conflictos tiene efectos parecidos. Recientemente, la Convención contra las Municiones de Racimo ha sido firmada por 105 países y ratificada por 47; por desgracia, entre estos no se encuentra ninguno de los principales fabricantes de armamento. Lo mismo sucede con el Tratado de Ottawa contra las minas antipersonales.

Armas nucleares en el mundo, 2010.

Armas nucleares en el mundo, 2010. Rusia: 12.000 (4.650 activas, de las cuales 2.600 son estratégicas). Estados Unidos: 9.600 (2.468 activas, de las cuales 1.968 son estratégicas). Francia: ~300 (todas activas). China: 240 (~180 activas). Reino Unido: 225 (menos de 160 activas). Israel: 80 (estimadas). Pakistán: 70-90 (estimadas). India: 60-80 (estimadas). Corea del Norte: menos de 10 (estimadas). Fuente de los datos: Federation of American Scientists. (Clic para ampliar)

Proliferación y reducción.

Al igual que el concepto arma de destrucción masiva es discutido, el de proliferación también tiene sus detractores debido a una variedad de motivos. El más común es que parece restringir el «derecho de posesión» a los países que ya disponen de ellas, poniendo el foco –y el rechazo– de la opinión pública sobre países pequeños y relativamente indefensos mientras lo aleja de los grandes y poderosos que disponen de miles de ellas muchísimo más avanzadas. Esto crearía estados de primera con privilegios especiales, estados de segunda con los que se tiene tolerancia y estados de tercera a los que echar a los perros, una discriminación notablemente injusta.

Esta discrepancia no carece de mérito, si bien resulta oportuno hacer algunas precisiones. Por un lado es cierto que, por ejemplo, el Tratado de No-Proliferación Nuclear de 1968 reconoce el derecho de posesión de armas nucleares a cinco países: Estados Unidos, Rusia (como estado sucesor de la Unión Soviética), el Reino Unido, Francia y la República Popular China. Así expresado, parece claramente una injusticia y sorprende que lo haya firmado todo el mundo menos Israel, India y Pakistán (más Corea del Norte, que lo denunció en 2003): ¿qué tienen estos países que no tengan otros?

Bueno: es que el Tratado de No-Proliferación no se consideraba un fin en sí mismo, sino un medio para comenzar el proceso de desarme nuclear en conjunción con otros convenios internacionales. Es, por expresarlo de algún modo, un acuerdo de contención temporal; algo así como «impidamos que sigan surgiendo potencias nucleares, para facilitar que quienes ya lo son reduzcan o incluso eliminen en el futuro sus arsenales». Sin duda resulta más imaginable el desarme nuclear en un mundo donde no hay amenazas atómicas por todas partes; además, poner de acuerdo a cinco es más fácil que poner de acuerdo a cincuenta.

No se puede olvidar que el Tratado de No-Proliferación se firmó durante los años más duros de la Guerra Fría. Habría sido poco realista esperar que los poseedores de armas nucleares renunciaran a ellas de la noche a la mañana. Sin embargo, funcionó, al menos en parte: inmediatamente a continuación vinieron los Acuerdos SALT (1969-1979) y el de Misiles Anti-Balísticos (1972), lo que después permitiría el de Misiles de Alcance Intermedio de 1987, los START I y II de 1991 y 1993, el SORT de 2003 o el nuevo START de 2010 (y la revisión de este mismo año al Tratado de No-Proliferación original). Así, hemos pasado de las 75.000 armas nucleares de la Guerra Fría a las 22.600 del presente (7.700 operacionales y el resto en almacenamiento). El nuevo START pretende reducir el número de cabezas estratégicas activas a la mitad. No es ninguna maravilla, pero probablemente resulta mejor que lo que había y difícilmente se habría logrado en un mundo con una proliferación generalizada.

Submunición estadounidense de dispersión biológica E120.

Submunición estadounidense de dispersión biológica E120, retirada del servicio a finales de los años '60. Los problemas de dispersión limitan significativamente la eficacia de las armas químicas y biológicas.

Más éxito parece estar teniendo la Convención de Armas Químicas de 1993, cuyo propósito es la erradicación completa de las mismas. Sólo quedan siete países que no hayan ratificado el tratado: Israel, Myanmar, Angola, Egipto, Corea del Norte, Somalia y Siria. El resto del mundo, incluyendo de forma muy significativa a los grandes poseedores (Estados Unidos y Rusia, con 31.500 y 40.000 toneladas respectivamente) participan en este proceso de desarme. Las sesenta y cinco fábricas de armas químicas letales declaradas han sido desactivadas; cuarenta y dos se han destruído y diecinueve se han reconvertido para uso civil; los arsenales existentes se están destruyendo a buen ritmo. Existen bastantes motivos para pensar que llegaremos a 2012 con una cantidad muy reducida de armamento químico en el mundo.

El estado del armamento biológico es más ambiguo. Si nos guiamos por las declaraciones públicas, nadie reconoce fabricarlo, nadie reconoce poseerlo y nadie lo ha usado en las últimas décadas. En ese sentido, la Convención de Armas Biológicas habría tenido un éxito notable. La pura verdad es que, salvo en algún periodo histórico, nunca fueron excesivamente populares; y con la llegada del arma nuclear, han ido quedando relegadas a un papel de arma de pobres. No obstante, existen motivos para sospechar que se mantienen activos al menos algunos programas de investigación defensiva que probablemente trasciendan los límites de la defensa (más detalles, sobre diversos países, en el artículo sobre el «ántrax»).

Una proliferación paralela a la de estas armas de destrucción masiva es la cada vez más ubicua presencia de misiles de largo alcance. A fin de cuentas, ningún arma sirve de gran cosa sin una manera eficaz de servírsela al enemigo; y en esta función, los misiles siguen sin tener rival. Son ya varios los países que disponen de un programa espacial y por tanto de misiles balísticos intercontinentales (ICBM/SLBM) con variado nivel tecnológico. Ya no sólo hablamos de Estados Unidos y Rusia (que los tienen de todos los sabores y capacidades), sino también del Reino Unido (con el Trident II del primo americano), China (DF-5 y DF-31, pronto los DF-41 y JL-2), Francia (M45, limitado a 6.000 km; se espera pronto el M51), Israel (Jericó III, aunque con algunas limitaciones), India (Agni V, también con limitaciones y restringido a 6.000 km) y probablemente Corea del Norte (Taepodong-2, si bien con severas limitaciones tecnológicas). El mundo de los MRBM (1.000 a 3.000 km de alcance) e IRBM (3.000 a 5.500) está mucho más poblado, e incluye también a Pakistán (Ghauri y Shaheen II) e Irán (Sajjil, Shahab 3 y Ashura). El Régimen de Control de Tecnologías Misilísticas y el Código de La Haya parecen estar teniendo algún efecto, pero no demasiado.

Camión lanzador del ICBM ruso Tópol-M.

Camión lanzador MZKT-79221 del ICBM ruso RT-2PM2 Tópol-M, durante el Desfile de la Victoria de 2010. (Nueva ventana o pestaña para ampliar)

Durante los últimos años ha llegado al público el debate sobre los misiles antimisil y muy ruidosamente sobre los distintos escudos propuestos sobre todo en los Estados Unidos (aunque la URSS y luego Rusia también tienen una larga experiencia al respecto). Ya he manifestado alguna vez en este blog mi hondo escepticismo ante tales sistemas de defensa de área extensa, los haga el yanqui, el ruso o el sursum corda: la espada es más poderosa y mucho más barata que el escudo; la espada elige el tiempo, el lugar y la sorpresa; la espada puede concentrar su fuerza en uno o varios puntos débiles mientras el escudo debe protegerlos a todos a la vez; el coste de una mejora tecnológica en la espada es muchas veces inferior al coste de mejorar el escudo para contrarrestarlo; siempre hay cosas que el escudo no puede parar, y una vez roto por un sitio, roto por todos. Es concebible que un escudo muy sofisticado pueda detener un número reducido de armas relativamente primitivas; pero no más.

Entre estas cosas que ningún escudo puede detener hoy por hoy, salvo que las pillaran por los pelos en la fase de despegue, se encuentra el pulso electromagnético de gran altitud o bomba del arco iris y los sistemas de bombardeo orbital fraccional de alcance global (FOBS); totalmente prohibidos, pero perfectamente disimulables en lanzadores espaciales y la solución obvia al problema planteado por un escudo antimisiles. Un satélite FOBS, que puede camuflarse como cualquier otra cosa, no tendría problemas significativos para soltar cabezas desde su órbita –incluso desde órbitas lejanas– por fuera del alcance de los radares del tipo BMEWS/PAVE PAWS/HEN HOUSE/Don/Daryal y lejos de la vista de los satélites DSP/Oko si el lanzamiento se produce con antelación al conflicto. No resulta evidente de qué manera podrían detectarse estas cabezas FOBS antes de que iniciaran la reentrada en la atmósfera terrestre o incluso antes de que hicieran impacto, ni cómo interceptarlas en caso de que opten por trayectorias remotas (y habría que ver cómo funcionan radares del tipo de AN-FPS-85 o GRAVES tras un ataque de pulso electromagnético o de oscurecimiento por ionización).

Proliferación a grupos particulares.

Cohete nuclear estadounidense M388 Davy Crockett.

Cohete nuclear estadounidense M388 Davy Crockett, con su lanzador. Contenía la cabeza nuclear W54, una de las más pequeñas que se han creado, usada también en la carga de demolición nuclear SADM (la "bomba en una maleta"). Con una potencia máxima de 20 tones, menos de la milésima parte que Nagasaki, se consideraba poco más que un arma radiológica. Algunas cabezas posteriores de tamaño similar elevaron la potencia a 0,6 kilotones. Existe el temor de que este tipo de armas miniaturizadas puedan caer en manos de grupos terroristas clandestinos.

El mantra propagandístico sobre los riesgos de la proliferación a que me refería al principio se ha orientado fundamentalmente contra la posibilidad de que esta clase de armas lleguen a estados problemáticos o grupos terroristas particulares. La probabilidad real de que una organización terrorista clandestina consiga u opere este tipo de armas, y especialmente armas nucleares, es muy baja por una diversidad de razones. La primera es que las armas nucleares, o las químico-biológicas avanzadas, evidentemente no están en venta. Las atómicas, además, incorporan sistemas criptográficos y otras medidas para impedir su uso indebido. Incluso aunque alguien consiguiera un arma nuclear aprovechando un colapso político como el que ocurrió en la URSS –y donde ninguna acabó fuera de su sitio; un día de estos te contaré cómo– o algún despiste como los que han tenido recientemente en los Estados Unidos, no podría usarla sin las correspondientes claves (si bien los misiles Minuteman norteamericanos tuvieron la clave 00000000 durante varios años y los británicos protegían sus bombas termonucleares WE.177 con cerrojos parecidos a los de las bicicletas).

Conseguir componentes de un arma nuclear para montársela uno mismo resulta muchísimo más difícil y exige disponer de especialistas experimentados más algunos instrumentos que no se pueden obtener con facilidad. Para un grupo clandestino, resolver la geometría del arma, asegurar la sincronía de inserción y mantener la seguridad físicanuclear para impedir que algunos materiales esenciales se echen a perder puede constituir un desafío imposible. Que no es como montar un mueble del IKEA, vaya. Si se quiere hacer pequeña y portable, menos aún. Por supuesto, es posible; pero muy improbable. En todo caso, nunca se ha encontrado un arma nuclear ni componentes sustanciales de las mismas en manos de un grupo terrorista particular.

En la práctica, la seguridad que rodea a las armas nucleares es excepcional. Hay incontables niveles de protección física, lógica y por la vía del espionaje para defenderlas. Si un tipo te propone comprarte una bomba atómica de las que cuidas en tu silo, lo más probable es que estés ante un agente provocador y la salida correcta es denunciarlo inmediatamente a tus superiores. Por otra parte, el tráfico de materiales nucleares militares es una actividad de alto riesgo y la probabilidad de que vivas el tiempo suficiente para disfrutar de tu dinero resulta próxima a cero. No esperes que nadie, en ningún lugar, haga muchas preguntas sobre lo que te pasó. Parafraseando a Vladimir Putin, «se hundió».

Atentado con gas sarín contra el metro de Tokio.

Los equipos de emergencia acuden al atentado con gas sarín contra el metro de Tokio, perpetrado por la secta apocalíptica Aum Shinrikyō el 20 de marzo de 1995. Es el ataque terrorista con armas no convencionales más grave de la historia: causó 13 muertes y unas mil personas resultaron afectadas en distintos grados.

Algunos grupos han utilizado ocasionalmente armas químicas, si bien a muy bajo nivel. Fue muy destacado el ataque con gas sarín contra el metro de Tokio perpetrado por la secta apocalíptica japonesa Aum Shinrikyō; el saldo de víctimas ascendió a trece muertos, cincuenta heridos graves y mil afectados leves, mucho menos de lo previsto en un caso así. La insurgencia iraquí ha hecho estallar varios camiones cargados con gas cloro en diversos atentados; aparentemente, el gas no provocó mucho más que diversas molestias y todos los muertos fueron causados por la detonación de los explosivos. En general, el uso de agentes químicos de la naturaleza y en la cantidad que puede manejar una organización terrorista clandestina es extremadamente ineficaz. En una utilización militar normal, suelen hacer falta bastantes toneladas bien dispersadas para producir algún efecto útil.

Cosa parecida sucede con el terrorismo biológico. Descontando el caso del ataque con carbunco de 2001 en los Estados Unidos, que ya hemos visto que tuvo un origen muy extraño, los dos únicos bioatentados que se recuerdan en épocas recientes bordean el ridículo. El primero de ellos también fue cosa de los chalados de Aum Shinrikyō: en junio de 1993 liberaron un aerosol de carbunco en Tokio, sin provocar ni una sola infección; militarizar las esporas resulta más complicado de lo que parece. El segundo ocurrió en Oregón en 1984, donde otros tarados –esta vez seguidores de Osho– lo intentaron contaminando con salmonella los buffets de ensaladas de diez restaurantes. Sí, así de cutre, y el efecto estuvo a la altura: aunque 751 personas contrajeron salmonelosis y hubo que ingresar a 45, ni una sola perdió la vida. Vamos, que poniendo a un lado lo de 2001, todos los daños causados por el temido y temible bioterrorismo se reducen a… unas cagaleras.

No obstante, aquí sí resulta prudente hacer alguna consideración adicional. Un grupo decidido, con algunos especialistas cualificados y recursos paraestatales –o paraempresariales, de una compañía mediana e incluso relativamente pequeña– podría diseñar y militarizar un arma biológica de manera relativamente sencilla a poco que contase con una buena cepa base. Evitaremos entrar en detalles, pero los materiales necesarios resultan relativamente sencillos de obtener y operar con un grado razonable de seguridad. Más complicado sería ponerlo todo en marcha sin levantar sospechas.

Una bomba sucia es fácil de construir mediante el sencillo procedimiento de envolver una carga explosiva en materiales radioactivos, por ejemplo basura nuclear o una fuente radiológica estilo Goiânia. Sin embargo, un arma así tendría un efecto predominantemente local, con el área de mayor peligrosidad reducida a unas decenas de metros; si nadie resulta herido por la explosión, sería bastante raro que llegara a ocasionar alguna muerte directa. Como mucho, algún cáncer con el paso de los años y muchísimas gracias.Vale, el efecto económico resultaría notable si por ejemplo estallara en un centro financiero importante, pero en unas semanas serían noticias antiguas.

Emblema oficial de la Information Awareness Office estadounidense.

Emblema oficial de la Information Awareness Office estadounidense. ¿Una broma orwelliana? No. Era real. Su alcance resultaba tan excesivo que fue públicamente cancelada en 2003, pero varios de sus proyectos siguen adelante por otras vías.

En suma: que en la inmensa mayoría de usos posibles para las organizaciones terroristas clandestinas, las armas de destrucción masiva son más bien armas de destrucción chiquitina. Para idear alguna situación en que uno de estos dispositivos causara por sí mismo más mal que –por ejemplo– un camión bomba bien cebado, hay que imaginar una trama un tanto novelesca. Esto no quiere decir que resulte imposible, claro: es bien sabido que la realidad, en ocasiones, supera a la ficción. Pero la vida en la clandestinidad ya es lo bastante complicada como para liarse con operaciones muy complejas e impredecibles; y salvo que a alguien le surja alguna ocasión de oro, la gente prefiere dejar las gollerías de destrucción masiva a los estados y concentrar sus recursos –siempre limitados– en algo barato y que mate mucho de forma bien comprobada y conocida. Eso son, exactamente, los explosivos convencionales. El vulgarísimo ANFO (básicamente, fertilizante nitrogenado y gasoil) se ha demostrado mucho más efectivo para las organizaciones ilegales que todas las armas de destrucción masiva del mundo; y si le pueden echar mano a un poco de ciclonita o cosa así para ponerle la guinda al petardo, ya tienen el día hecho. Y a las pruebas me remito: eso es lo que ocurre día sí, día no en este planeta viejo.

Por todo ello, las armas de destrucción masiva son temibles en manos de estados u organizaciones de similar poder, pero la probabilidad de que le sirvan de algo a un grupo clandestino es francamente reducida. Como fenómeno sociopolítico global, resulta de lo más intrigante observar cómo un gran número de países se están cargando una montaña de libertades en nombre de defendernos contra una amenaza… que nunca se ha plasmado de ninguna manera significativa. Es casi como subir los impuestos para montar un ejército que nos defienda de una invasión extraterrestre; cosa que tampoco resulta técnicamente imposible pero sin duda es poco probable. La verdad, suena a excusa o a paranoia para hacernos tragar con cosas que seguramente no tragaríamos sin ese miedo. Las armas de destrucción masiva fueron siempre armas de terror, incluso aunque no se utilizaran, y parece que siguen siéndolo en la actualidad. Aunque no de la manera que dicen.

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La bomba del juicio final.

Autoextinción humana.

En este blog ya te he contado cómo funciona un arma nuclear. Y un arma termonuclear. Y un misil balístico intercontinental. Y unas cuantas cosas más, como las posibilidades reales de los satélites espías, los aviones sin piloto o las armas láser. Hasta hemos hablado del HAARP y la bomba del arco iris, para acabar con la civilización moderna en menos de un segundo, aunque tenga poco que ver con las especulaciones de los conspiranoicos. ¿Qué nos falta? Bueno, pues aún nos faltan cosas, claro. En esto de aplicar el ingenio para joder al prójimo (en ambos sentidos del término, el bueno y el malo), los seres humanos hemos resultado ser un bicho excepcionalmente brillante.

Claro que, por otro lado, también fuimos capaces de erradicar la viruela y otras muchas enfermedades, realizar viajes interplanetarios, crear elementos nuevos, empezar a comprender el cosmos del que formamos parte y otras mil cosas que nos permitieron abandonar un pasado de mierda. Sí, los seres geniales siempre son así de contradictorios. Un delfín jamás construiría un Treblinka nazi, ni podría organizar a los jemeres rojos, ni perpetraría la colonización imperialista del Congo, ni funda tiranías teocráticas, ni se dota de dioses vengativos; pero tampoco es capaz de traer niñas pequeñas desde más allá de la muerte o preguntarse con quién más comparte la realidad. En suma, colectivamente y a pesar de todos los pesares, según mi personal opinión no nos ha ido del todo mal desde que echamos a andar por los caminos de la ciencia.

Leó Szilárd a los 18 años de edad.

Leó Szilárd a los 18 años de edad.

Hablando de seres muy geniales y muy contradictorios, permíteme presentarte al físico de origen húngaro Leó Szilárd, discípulo de Einstein y Von Laue. Hay distintas maneras de describir al doctor Szilárd, todas ellas a medio camino entre «el jodío genio» y «el puto amo», pero elevado al cubo y multiplicado por alguna potencia de diez. Resulta difícil sobreestimar su inteligencia, capacidad y visión de futuro. Entre sus aportaciones a la humanidad se cuentan el motor de Szilárd, el refrigerador por absorción y la reacción nuclear en cadena que abrió el paso a la Era Atómica. Junto con Enrico Fermi, es el inventor del reactor nuclear.

Desafortunadamente, sus creaciones también incluyen la bomba atómica (solicitó la patente en fecha tan temprana como 1934) y una hipotética bomba del juicio final capaz de acabar con la humanidad entera, que vamos a comentar en este post. A tenor de estas dos últimas invenciones se podría pensar que el doctor Szilárd, por muy genial que fuese, era también un pelín hideputa. Nada más lejos de la realidad. Leó Szilárd, un judío secular de ideas izquierdistas y esencialmente pacifista, estaba considerado por todos los que le conocieron como un tipo estupendo, una bellísima persona y un trabajador nato: la clase de hombre con el que cualquiera se iría a tomar cañas y no te importaría si le tirara los trastos a una hija tuya aunque fuese algo extravagante. Se decía sobre él que de tan bueno y cariñoso y currante y genial, casi daba miedo.

Aunque era el padre de la bomba atómica y el verdadero redactor de la carta de Einstein a Roosevelt para recomendar su construcción, fue también el impulsor de la carta de los 155 para pedir que no se usara contra poblaciones civiles, sino que se realizara una demostración disuasoria en lugar despoblado. Obviamente, en esto último no le hicieron ni caso. Persistente, fundó junto a gente como Einstein o Linus Pauling la primera organización pacifista y antinuclear del mundo: el Comité de Emergencia de los Científicos Atómicos. Más tarde, el Council for a Livable World. Y en cuanto llegó a la conclusión de que este nuevo tipo de armamento devastador había llegado para quedarse, no quiso tener nada más que ver en el asunto y cambió de profesión: se hizo biólogo molecular. Sí, hablamos de la clase de inteligencia que es capaz de saltar de la física atómica a la biología molecular como quien se cambia de pantalones y continuar realizando contribuciones valiosas.

¿Qué es lo que empuja a un tipo tan listo y tan majo para convertirse en el padre de las armas nucleares y en el teórico de la bomba del juicio final? Sencillo: el miedo. Además de todas estas capacidades, Szilárd era un brillante analista político que supo predecir el advenimiento de la Primera Guerra Mundial, el ascenso de los nazis al poder y su conquista de Europa. Esto le empujó, judío y rojillo como era, a residir en hoteles con la maleta siempre preparada. En 1933, el mismo año en que Hitler se convertía en canciller de Alemania, dijo aquello de «estos aquí no me pillan de pardillo» y se marchó a vivir en el Reino Unido para trabajar con Ernest Rutherford. En 1936, entregaba al Almirantazgo Británico la patente de la bomba atómica que poseía con el propósito de garantizar su secreto.

Alberto Einstein y Leo Szilard

Leó Szilárd con Albert Einstein.

Aún le debió parecer que no había puesto suficiente océano por medio entre su persona y el régimen de Herr Hitler. En 1938, un año antes de que empezara la Segunda Guerra Mundial, aceptó una propuesta de la Universidad de Columbia y se mudó a Nueva York. Durante este proceso se fue encontrando con otros refugiados atómicos huídos de los nazis como Enrico Fermi, Edward Teller, Eugene Wigner, Lise Meitner, Hans Bethe o el propio Albert Einstein (y posteriormente con Niels Bohr): la más magnífica colección de cerebros reunida jamás, todos con un miedo y un enemigo común. Desde allí, Szilárd seguía con atención los avances alemanes en física nuclear hasta que éstos fueron clasificados. Entonces, temiendo que la Alemania nazi pudiera construir una bomba atómica y apoderarse del mundo con ella, sugirió a Einstein que firmara la cartita de marras a Roosevelt. El resto es historia.

Y, derrotados ya los nazis y sus aliados euroasiáticos excepto Franco, ¿a qué vino el puntito de la bomba del juicio final, postulada en febrero de 1950? Pues a una razón un poco más retorcida, pero también sustentada en el temor: observando cómo la Humanidad se deslizaba hacia una posible guerra nuclear, Szilárd quiso advertir a todo el mundo de los peligros de seguir semejante camino por el procedimiento de meterles el miedo en el cuerpo. Quiso decir que por esa vía íbamos propulsados a la autodestrucción de la humanidad, a la extinción, y que lograrlo de manera absoluta sería tan sencillo como… como esto:

Destrucción mutua asegurada por la vía de la extinción.

Lo que vino a decir Szilárd es que cualquier potencia nuclear sometida al terror absoluto de la devastación atómica, incluso ya derrotada, podía garantizar la destrucción mutua asegurada mediante una última y definitiva represalia total sin salir siquiera de su propio territorio por el expeditivo procedimiento de matar a todo el mundo literalmente; con lo que no tenía sentido intentar vencer en una guerra así, ni gastar recursos para prepararla, porque estaba empatada a cero de antemano. A población cero, quiero decir.

En aquellos momentos de principios de la Era Atómica, esta idea le parecía exageradísima a los políticos, a los militares y a buena parte de la sociedad. En 1950 faltaba casi una década para el desarrollo del primer misil balístico intercontinental, la URSS acababa de detonar su primera bomba nuclear, el número de núcleos explosivos en todo el mundo ascendía a unas pocas decenas y aún iba al colegio buena parte de la gente que se apuntaría entre sí con decenas de miles de cabezas termonucleares veinte o treinta años después. El invierno nuclear ni se sospechaba todavía. Por lo que respectaba a los presidentes y generales, las armas atómicas eran aún sólo una bomba gorda (en el sentido explosivo, pero también por su peso) que había que transportar trabajosamente hasta sus blancos con bombarderos emergidos de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, científicos de la talla de Szilárd ya preveían lo que se avecinaba y quisieron dar la alarma. Pero los políticos, militares, periodistas y el público estaban muy cegados con sus delirios atómicos de grandeza, poder, éxito y falsa seguridad.

Gráfico en la patente de la bomba atómica de Leó Szilárd

Gráfico en la patente original de Leó Szilárd para una cierta "bomba atómica" (1934)

Así que Szilárd quiso hacerles ver la realidad. Y el hombre tan bondadoso que daba miedo se sentó y pergeñó un arma capaz de exterminar a la especie humana entera con una sola explosión o un número muy reducido de explosiones en cualquier parte del mundo. Quizá así toda aquella gente poderosa se aviniera a razones. No podían estar tan locos, ¿no? Quizá la gente escucharía.

Incluso usando bombas termonucleares, por aquellos tiempos aún en el tablero de diseño, causar un daño directo a la Tierra tan grande que condujera a la extinción humana completa resultaba impracticable –y en gran medida sigue siéndolo, en ausencia de tecnologías de la antimateria y sin tener en cuenta el invierno nuclear o los efectos sinérgicos de una gran cantidad de detonaciones durante el transcurso de una guerra termonuclear a gran escala–. Así que Szilárd fue por otro camino: dado que todos los seres humanos dependemos de la estrecha franja vertical de aire respirable que rodea a la Tierra y los primeros metros de mar, si esta capa (y/o el suelo) resultara contaminada con dosis mortíferas de radiación por todo el globo durante el tiempo suficiente, entonces la bomba del juicio final sería posible. Tendría que ser una bomba sucia o, más técnicamente, un arma de radiación residual incrementada.

Sin embargo, esto resulta más fácil de decir que de hacer. Por un lado, no hay isótopos que sean al mismo tiempo muy radioactivos y muy duraderos: cuanto más activo es un isótopo, antes se consume. O, dicho más técnicamente, menor es su vida media y antes transmuta en otras cosas que no son radioactivas o son poco radioactivas. Por otro, cubrir cada kilómetro cuadrado de la Tierra con suficiente cantidad de isótopos radioactivos como para cargarse a todo bicho viviente requiere una notable cantidad de material. En consecuencia, esta sustancia aniquiladora no puede ser muy cara y el mecanismo de dispersión debe ser extremadamente eficaz. A favor juegan los vientos, que tienden a repartir la contaminación por todo el planeta, como podemos ver en estas simulaciones de 2007 que contemplan distintos escenarios de dispersión de los humos en una guerra nuclear tradicional:

Animación con la diseminación de 5 Tg de humos en caso de guerra nuclear entre India y Pakistán.

Animación con la diseminación de 5 Tg de humos en caso de guerra nuclear entre India y Pakistán, a partir de un 14 de mayo, utilizando todo su arsenal disponible en 2007. Realizada por Luke Oman, NASA, sobre las conclusiones del estudio de la Universidad de Colorado, la Universidad Rutgers y la Universidad de California en Los Angeles: Climatic Consequences of Regional Nuclear Conflicts (en Atmospheric Chemistry and Physics, 7, 2003–2012, 2007). El modelo computacional utilizado es el ModelE del Centro Goddard de la NASA. Esta diseminación provocaría fuertes alteraciones climáticas y problemas agrícolas pero probablemente no un invierno nuclear global.

Animación con la diseminación de 50 Tg de humos en caso de guerra nuclear entre EEUU y Rusia usando un tercio de su arsenal en 2007.

Animación con la diseminación de 50 Tg de humos en caso de guerra nuclear entre Estados Unidos y Rusia, a partir de un 14 de mayo, utilizando un tercio de su arsenal disponible en 2007. Realizada por Luke Oman, NASA, sobre las conclusiones del estudio de la Universidad John Hopkins y la Universidad Rutgers: Nuclear winter revisited with a modern climate model and current nuclear arsenals: Still catastrophic consequences (en Journal of Geophysical Research, Vol. 112:2007, D13107, doi:10.1029/2006JD008235.). El modelo computacional utilizado es el ModelE del Centro Goddard de la NASA. Esta diseminación provocaría con bastante probabilidad un invierno nuclear global.

Animación con la diseminación de 150 Tg de humos en caso de guerra nuclear entre EEUU y Rusia usando todo su arsenal en 2007.

Animación con la diseminación de 150 Tg de humos en caso de guerra nuclear entre Estados Unidos y Rusia, a partir de un 14 de mayo, utilizando todo su arsenal disponible en 2007. Realizada por Luke Oman, NASA, sobre las conclusiones del estudio de la Universidad John Hopkins y la Universidad Rutgers: Nuclear winter revisited with a modern climate model and current nuclear arsenals: Still catastrophic consequences (en Journal of Geophysical Research, Vol. 112:2007, D13107, doi:10.1029/2006JD008235.). El modelo computacional utilizado es el ModelE del Centro Goddard de la NASA. Esta diseminación provocaría con gran probabilidad un invierno nuclear global fuerte y prolongado.

Esta acción de los vientos es clave para el diseño de la bomba del juicio final: si se consigue propulsar a la alta atmósfera suficiente cantidad de material fuertemente irradiado y capaz de mantener la radioactividad durante un periodo prolongado, en vez de un invierno nuclear nos hallaríamos ante un verano radiológico… y muy calentito. Pero, ¿qué clase de material puede ser este? ¿Y cómo aseguraremos su diseminación de semejante modo?

Cobalto refinado electrolíticamente.

Cobalto natural (cobalto-59) refinado electrolíticamente, con una pureza del 99,9%. Mediante activación neutrónica se transforma en cobalto-60, un isótopo radioactivo con 5,26 años de vida media, potente emisor de radiación gamma.

La bomba-C.

Szilárd consideró varios isótopos posibles para su bomba del juicio final y finalmente se centró en cuatro: el cobalto-59, el oro-197, el tantalio-181 y el zinc-64. Para la propulsión, lo tuvo claro: una bomba termonuclear de alta potencia, muchos megatones, sobradamente capaz de proyectar el material a la estratosfera y más allá. Ninguno de todos estos isótopos es radioactivo en condiciones normales: se trata de elementos corrientes bajo su forma más normal en la naturaleza. El oro es raro y caro, así como el tantalio, pero zinc hay a patadas y el cobalto se extrae a razón de más de 50.000 toneladas anuales.

La idea radica en que, sometidos a la intensa radiación neutrónica generada por un explosivo termonuclear, estos cuatro elementos absorben un neutrón y pasan a convertirse –respectivamente– en cobalto-60, oro-198, tantalio-182 y zinc-65. Y, mi estimado lector, mi estimada lectora, eso no es la clase de cosa que quisieras ver en el aire que respiras. Los cuatro son inestables y virulentamente radioactivos. Si prescindimos del oro y el tantalio por caros, el zinc-65 tiene una vida media de 244 días y el cobalto-60, de cinco años y cuarto antes de que 1/e del material vuelva a estabilizarse.

Así pues, la bomba del juicio final de Leó Szilárd, el pacifista bondadoso, sería una bomba de cobalto. Existe un dispositivo médico para radioterapia llamado comúnmente bomba de cobalto, con gran utilidad en el tratamiento del cáncer. Sin embargo, la bomba de cobalto de Szilárd tiene poco que ver: sólo se parecen, de forma bastante paralela, en su mecanismo de acción a nivel nuclear. La cuestión en ambos casos es que el cobalto-60 emite dos rayos gamma para convertirse en níquel corriente, con una energía 320 veces superior a la del radio; y sigue haciéndolo durante mucho tiempo. En su potencial aplicación militar, asegura una notable cantidad de fuentes de radiación gamma repartiéndose por toda la atmósfera y permaneciendo en ella o en el suelo y el mar a lo largo de años.

Para que nos hagamos una idea: en una bomba termonuclear de fisión-fusión-fisión corriente, la contaminación producida por la funda exterior o el tamper interior de uranio-238 es muy intensa al principio pero decae rápidamente. Una hora después de la explosión de un arma termonuclear normal, la radiación emitida por los productos derivados del U-238 es 15.000 veces más intensa que la ocasionada por el cobalto-60. Una semana después, 35 veces más. Un mes después, cinco veces. A los seis meses, son iguales. Pero en un año la radiación generada por el cobalto-60 es ocho veces superior a la de los productos resultantes de la fisión del uranio-238, y a los cinco años, 150 veces más intensa. El cobalto asegura que la radiación producida por una explosión atómica perdurará durante tiempo prolongado. Toda vida expuesta a esta radiación irá deteriorándose y ocasionalmente mutando, en una especie de Hiroshima interminable que puede extenderse a lo largo de décadas antes de que la radioactividad retorne a cifras sensatas. Si se consigue cubrir todo el planeta con cobalto-60, las probabilidades de supervivencia para la especie humana son francamente limitadas: vendría a ser algo así como someter a toda la humanidad a radioterapia permanente.

Disposición especulativa de una carga del juicio final.

Disposición especulativa de una posible "carga del juicio final". 1.- Acceso / control. 2.- Operaciones / mantenimiento. 3.- Generador eléctrico autónomo. 4.- Controlador automático (posible "mano del hombre muerto"). 5.- Carga termonuclear de alta potencia. 6.- "Balsa" de cobalto. - Esta disposición provocaría también que, si alguien atacara la instalación con un arma nuclear, ocasionaría parcialmente el efecto que pretende evitar. (Clic para ampliar)

Dicen que Szilárd bautizó su creación como bomba-C. C, de cobalto. Estimó que, por el sencillo procedimiento de sustituir la funda de uranio por otra de cobalto en cuatrocientas de los miles de bombas atómicas que se llegarían a construir, bastaría para cepillarse a la humanidad entera. O, alternativamente, se podría construir un solo gran dispositivo en cualquier lugar. O unos pocos. Y se dedicó a hablar de ella abiertamente, incluso en la radio, buscando provocar la reflexión a través del temor.

Inmediatamente, surgieron partidarios del armamento nuclear tratando de demostrar que tal cosa no resultaba posible. James R. Arnold, del Instituto de Estudios Nucleares de Chicago, intentó rebatir su idea sacando los cálculos matemáticos para semejante arma de extinción… y concluyó que era posible, sin duda, con una masa de unas 110.000 toneladas de cobalto. Caro y poco practicable, pero no imposible. Otros estudios redujeron la cifra significativamente. En principio, para cubrir cada kilómetro cuadrado de la superficie terrestre con un gramo de cobalto-60, sólo se requieren 510 toneladas; pero esto supone una dispersión perfecta imposible de obtener. En algún punto entre las 510 y las 110.000 toneladas se encuentra la verdad. Si uno se conforma con asegurar el exterminio en un área determinada, o con hacerle la vida muy difícil al mundo entero aunque no llegue a ocasionar la extinción, la cantidad desciende mucho más. Utilizando cargas múltiples, la eficiencia en la dispersión aumenta enormemente.

Pero no fueron estos detractores conversos los que horrorizaron a Szilárd, sino descubrir que le estaban tomando en serio. El geoquímico nuclear Harrison Brown, que se había destacado aislando plutonio para el proyecto Manhattan, declaraba triunfalmente a quien le quisiera escuchar: «las potencias occidentales podrían hacer estallar bombas de hidrógeno-cobalto en una línea norte-sur sobre la longitud de Praga, que destruiría toda vida en una franja de mil quinientas millas de ancho, extendiéndose desde Leningrado a Odessa; y tres mil millas de profundidad, desde Praga hasta los Montes Urales. Este ataque producidía una tierra quemada sin precedentes en la historia.» Diversas autoridades políticas y militares comenzaron a ponerse en contacto con él para considerar las posibilidades de su nueva arma. La gente que tomaba las decisiones no sólo no se había asustado, sino que se estaban interesando en construir esas temibles bombas de cobalto. Quizás fue en este momento cuando el bueno de Leó, que ya era el padre de un arma devastadora y no quería serlo de dos, decidió abandonar definitivamente la física atómica –cosa que ya había empezado a hacer en 1947– y pasarse con armas y bagajes a la biología molecular. No le faltaron acusaciones de traidor, comunista, perroflauta y prosoviético por negarse a seguir desarrollando la bomba del juicio final.

Portacontenedores

Hasta la más poderosa de las armas termonucleares actuales cabe muy sobradamente en un contenedor estándar de 20 pies, con o sin tamper o funda de cobalto. Incrementar su capacidad contaminante sería tan sencillo como introducir más cobalto común en los contenedores de alrededor, sin ningún límite específico. Un arma así ni siquiera necesitaría entrar a puerto para provocar inmensa mortandad de alcance regional y graves problemas debido al arrastre de la contaminación por los vientos. Una tonelada de cobalto vale actualmente unos 33.000 euros; usando zinc en su lugar, el precio cae a aproximadamente 1.700 euros por tonelada.

¿Pero es realmente practicable?

Todos los indicios apuntan a que ni EEUU ni la URSS ni nadie más llegaron a construir realmente una de estas armas de hidrógeno-cobalto. Sin embargo, resulta evidente por sí mismo que no existe ningún motivo por el que no se pueda envolver un arma nuclear o termonuclear en una cantidad mayor o menor de cobalto común.

Se ha postulado recientemente de modo muy insistente la posibilidad de que un grupo terrorista pudiera optar por una bomba sucia, recurriendo a explosivos convencionales con residuos nucleares en vez de un arma atómica verdadera: esto no tendría ni una fracción del efecto de una bomba de cobalto y su alcance sería eminentemente local. La posibilidad de que un grupo terrorista consiga y opere un arma nuclear se ha demostrado francamente remota: son equipos tecnológicos complejos cuyas exigencias de mantenimiento y operación pegan mal con la naturaleza clandestina de estas organizaciones. En todo caso, una bomba del juicio final digna de tal nombre es asunto de estados modernos o entidades de similar poder y sofisticación.

¿Y por qué no la crearon? Básicamente, porque su utilidad militar es reducida y existen maneras más flexibles y selectivas de llevar la devastación total al enemigo sin necesidad de cargarse a media humanidad… o la humanidad entera.

¿Sería verdaderamente capaz de cargarse a la humanidad entera? Es difícil de decir. Con el suficiente cobalto, sí. ¿Pero cuánto es ese cobalto? Aparentemente, según los estudios mencionados más arriba, harían falta unas decenas de miles de toneladas. ¿Cuánta radiación hace falta para matarnos? También resulta complicado de asegurar. En general, se considera que una absorción de cuerpo entero superior a ocho grays es prácticamente letal, y una de treinta, mortífera con toda seguridad. Sin embargo, estos estudios contemplan una absorción puntual, en un solo episodio (una explosión, un accidente, etc.) del que normalmente somos rescatados y evacuados; por su parte, los pacientes de radioterapia pueden absorber fácilmente treinta grays en lugares localizados del organismo a lo largo de un tratamiento. En general, somos más resistentes a la radiación cuando la absorción se produce por partes (en episodios separados en el tiempo y/o en puntos determinados del cuerpo).

Diseño esquemático de una bomba de hidrógeno-cobalto

Diseño esquemático de una bomba termonuclear de hidrógeno-cobalto. Para entender el funcionamiento de un arma de esta clase, lee el post "Así funciona un arma termonuclear". (Clic para ampliar)

No parece haber mucha información pública disponible sobre los efectos de una irradiación sostenida en el tiempo como la que podría ocasionar una de estas bombas de cobalto. En principio la absorción se acumularía rápidamente, conduciendo a la muerte con celeridad. Sin embargo, los seres humanos también somos notablemente capaces en la habilidad de salir por patas, ponernos a cubierto y buscarnos la vida en condiciones extremas. Aunque la mortandad sería enorme y la calidad de vida empeoraría radicalmente (por no mencionar el nivel de vida, que se iría a paseo de hoy para mañana), tengo mis dudas de que no pudiera sobrevivir una fracción significativa de la especie humana a menos que la diseminación sea abismalmente alta (imprácticamente alta, de hecho). Si estas explosiones atómicas de hidrógeno-cobalto se produjeran durante el transcurso de una guerra nuclear, en combinación con el efecto invernadero provocado por la misma, entonces sí considero bastante probable que nos viésemos abocados a una situación Toba.

Como te digo, parece que al final la idea de Szilárd tuvo algún efecto parcial y este tipo de arma no se llegó a construir. Realmente, es que no tiene mucho sentido: a pesar de esas organizaciones extrañas que crean los guionistas para las pelis, no conozco ninguna idea política, doctrina económica o dogma religioso digno de mención que proponga el exterminio total de la especie humana (incluyendo el suicidio completo, claro). Militarmente, tampoco tiene demasiada lógica: los soldados quieren alcanzar la victoria y derrotar al enemigo, o en su caso disuadirle, no erradicar toda vida animal del planeta Tierra. En términos generales, todo el mundo tiene hijos, sobrinos, ahijados o a sí mismos; la mayoría de personas –incluidos quienes detentan algún cargo de poder– quiere dejar alguna clase de herencia positiva para el futuro a título individual o colectivo, sobre unas convicciones más acertadas o más equivocadas. Como Leó Szilárd, por ejemplo, el hombre bueno que inventó la manera de matarnos a todos. Y para eso, tiene que haber un futuro.

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Así funciona un arma termonuclear

De la  fusión, lo único que no sabemos hacer aún es contenerla.
Si no tenemos la menor intención de contenerla, por supuesto que sabemos encender estrellas. ¿Qué te creías?
Modelo del núcleo de un arma nuclear israelí

Modelo de producción del núcleo de fisión de un arma nuclear clandestina israelí. Fotografía obtenida por el Dr. Mordechai Vanunu mientras trabajaba en Dimona, en 1985.

Te dejamos en el post anterior entre un montón de esferas de metal tibio, con una bolsa de polvo blanco en las manos y un tipo de uniforme o bata blanca sujetando un termo de café pequeño en tu cara. Ya aprendiste la manera de hacer una bomba de fisión, como la de Nagasaki, o en general las primeras que ha realizado cualquier país. Sin embargo, tu acompañante habló de un tipo de arma increíblemente más poderosa. Habló de encender una estrella sobre una ciudad.

–Esa no me la voy a creer tan fácil –dijiste, o algo así.
–¿Y para qué te crees que es ese polvo blanco que tienes ahí y este termo que tengo yo aquí? –te contestó– Ese polvo es deuteruro de litio, que llamamos liddy. Y en este envase tengo un poquito de tritio.
–¿Y eso qué es? –preguntaste.
–La materia de la que están hechas las estrellas.
–No j*das.
–Ajá. Y las pesadillas, también.

La materia de la que están hechas las estrellas.

Las estrellas son, fundamentalmente, grandes cantidades de hidrógeno comprimido en un solo lugar por atracción gravitatoria entre sus átomos. Cualquier aglomeración de hidrógeno lo bastante grande terminará encendiéndose en forma de un sol, aunque sea un sol muy pequeñito y débil, como las enanas marrones. AB Doradus C lo hace con sólo 93 veces la masa de Júpiter.

¿Y esto a qué se debe? ¿Por qué se encendieron y se encienden las estrellas?

El hidrógeno es el elemento más antiguo y común que hay en este universo, por la sencilla razón de que es el más simple de todos: un solo protón con un electrón dando vueltas alrededor. La inmensa mayoría de la materia que se formó durante el Big Bang era hidrógeno –el Big Bang fue demasiado primario para producir nada más complejo–, y ahí sigue desde entonces. Como el hidrógeno es muy reactivo, a menudo se presenta combinado con otras cosas; por ejemplo, formando agua junto al oxígeno –que apareció junto al resto de elementos dentro de las mismas estrellas–. En realidad, todo y todos somos una mezcla del hidrógeno primigenio y polvo de estrellas, en palabras de Carl Sagan.

Tabla periódica de los elementos

Dado que lo que distingue a cada elemento de la materia es el número de protones en su núcleo, con independencia de los neutrones o electrones que contenga, la tabla periódica de los elementos está ordenada secuencialmente por esta cifra: el número atómico. Todo lo que tiene un solo protón en su núcleo es hidrógeno, todo lo que tiene dos es helio, y así sucesivamente hasta las más remotas islas de estabilidad de la materia.

Por otra parte, los elementos de este universo existen bajo la forma de distintos isótopos. Lo que define qué es una cosa es su número de protones: toda materia con un protón en su núcleo es hidrógeno, si tiene dos es helio, si tiene tres es litio y así sucesivamente. Sin embargo, el número de neutrones puede variar dentro de un cierto rango y no por eso deja de ser el mismo elemento. Normalmente existe una combinación más común de protones y neutrones, que constituye cada uno de los elementos básicos que conocemos, y otras más raras hasta que el núcleo se vuelve totalmente inestable y transmuta en otra cosa. Estas variantes del mismo elemento que tienen idéntico número de protones pero un número variable de neutrones se llaman isótopos.

Por eso ordenamos la tabla periódica de los elementos según el número de protones (número atómico), ya que el número de neutrones puede variar para el mismo elemento. Como hemos apuntado, un núcleo con un solo protón es siempre hidrógeno; pero si lleva dos es helio, y si carga tres será litio, sea cual sea su número de neutrones. Un núcleo con seis protones es siempre carbono. Setenta y nueve protones, y será oro. Noventa y dos protones, y tenemos uranio. Noventa y cuatro es plutonio. Y así con todos. Así existen en la naturaleza, así los organizamos en la tabla periódica y sobre esa base creamos elementos nuevos. Como querían –y nunca lograron– los alquimistas.

Para distinguir unos isótopos de otros, les añadimos un numerito detrás (o, más técnicamente, un superíndice antes de su símbolo). Este numerito representa la suma total de protones y neutrones en su núcleo. Por ejemplo, el uranio-235 (o 235U) se llama así porque contiene 92 protones y 143 neutrones: total, 235. El uranio-238 (238U) tiene 92 protones (esto no puede cambiar o dejaría de ser uranio) y 146 neutrones: total, 238. Así sabemos a qué isótopo nos estamos refiriendo. Los isótopos del mismo elemento tienen un comportamiento químico muy parecido, pero el físico puede llegar a variar bastante.

Otro isótopo muy conocido es el carbono-14 (14C), ampliamente usado en datación, con seis protones y ocho neutrones. La mayor parte del carbono natural es carbono-12 (12C), cuyo núcleo posee seis protones y seis neutrones. Comparando la presencia de uno y otro, podemos descubrir la antigüedad de las cosas (ya hablaremos más a fondo de este asunto). Esto ocurre con todos los elementos de este universo, con todo lo que somos.

Isótopos naturales del carbono

Los tres isótopos naturales del carbono: carbono-12 (6 protones y 6 neutrones), carbono-13 (6 protones y 7 neutrones) y carbono-14 (6 protones y 8 neutrones). En los tres casos es carbono, tiene el aspecto de carbono y se comporta químicamente como carbono, por tener seis protones (y forma parte de nuestro organismo, por ejemplo). Sin embargo, sus propiedades físicas varían. Por ejemplo, mientras que el carbono-12 y el carbono-13 son estables, el carbono-14 es inestable y radioactivo: emite radiación beta, uno de sus neutrones "extras" se transforma así en un protón y el núcleo se convierte en nitrógeno-14 (que tiene 7 protones y 7 neutrones), con el aspecto y las propiedades del nitrógeno (por tener 7 protones). Dado que la mitad de la masa del carbono-14 pasa a ser nitrógeno-14 cada 5.730 años aproximadamente (más o menos lo que llevamos de civilización humana), la presencia de este isótopo natural resulta especialmente útil para la datación precisa de objetos históricos.

El hidrógeno no constituye una excepción a todas estas reglas; sólo que, por razones históricas, le pusimos nombres propios a sus distintos isótopos. Con mucha diferencia, el isótopo más común del universo es hidrógeno-1 (1H), históricamente denominado protio. Esto es, un protón y ningún neutrón en su núcleo: si 1 + 0 = 1, pues estamos ante hidrógeno-1. Sin embargo, una muy pequeñita parte del hidrógeno que existe tiene un neutrón junto a su protón. Como 1 + 1 = 2, lo denominamos hidrógeno-2 (2H) e históricamente le pusimos el nombre deuterio y el símbolo D; una práctica antigua cada vez más abandonada por poco sistemática.

Isótopos naturales del hidrógeno

Los tres isótopos del hidrógeno. El protio y el deuterio son estables, pero el tritio no: uno de sus neutrones emite pronto una partícula beta y se convierte en un protón, dando lugar al helio-3 (2 protones, 1 neutrón). El hidrógeno-4, aunque existe, es en extremo inestable y pierde rápidamente su tercer neutrón para convertirse de nuevo en tritio.

Debido a sus características químicas, la mayoría del hidrógeno del universo está en forma de moléculas de dos átomos juntos (H2). Cuando uno de estos átomos es de hidrógeno-1 y otro de hidrógeno-2, se le llama hidruro de deuterio y se representa como 1H2H o HD. En la Tierra, en cambio, la mayor parte de este deuterio está combinado con otras cosas, como el resto del hidrógeno. Una de las más comunes es el agua: H2O. La inmensa mayor parte del agua natural es 1H2O, con el hidrógeno corriente. Sin embargo, una minúscula proporción es 1H2HO (óxido de deuterio-protio, a veces representado HDO) o bien 2H2O (óxido de deuterio, también representado como D2O). A estas formas de agua que tienen algún hidrógeno distinto del hidrógeno-1 se les llama agua pesada (porque la pesencia de los neutrones adicionales la hace pesar un pelín más por cada unidad de volumen).

Existe aún otro isótopo natural del hidrógeno, en proporciones aún mucho más pequeñas: el hidrógeno-3 (3H), llamado tritio y simbolizado T. Siguiendo la misma lógica, su núcleo continúa teniendo un protón (o dejaría de ser hidrógeno) y dos neutrones; 1 + 2 = 3. Resulta extremadamente raro y, a diferencia de sus hermanos, ya no es estable: uno de sus neutrones tiende a desestabilizarse, emitir un rayo beta y convertirse en un nuevo protón. ¿Dos protones en el mismo núcleo? Entonces ya no es hidrógeno: ahora es helio. Para ser exactos, helio-3 (3He).

El tritio es tan raro que incluso el producido en centrales nucleares vale unas mil veces más que el oro. Su suministro está estrictamente controlado y un particular sólo puede adquirirlo en cantidades minúsculas; casi siempre, para iluminadores por fosforescencia o experimentos científicos. Si intentas comprar algo más que microgramos, aunque tengas el dinero para pagarlo, algunas personas de humor muy esaborío van a hacerte una visita y preguntar por tu rollo. El deuterio, en cambio, es de venta casi libre y su precio a peso sólo duplica el del oro y anda cerca del rodio; tiene variadas aplicaciones industriales y científicas.

¿Y todo esto qué tiene que ver con las estrellas y con las armas termonucleares? ¡Todo! Porque el hidrógeno-2 (deuterio) y el hidrógeno-3 (tritio) son los dos isótopos del universo conocido que fusionan con más facilidad. ¿Y qué es fusionar?

Núcleos atómicos maniáticos.

Los núcleos pequeñitos pueden fusionar entre sí. Bueno, en realidad podría hacerlo cualquier núcleo, pero la cantidad de energía necesaria para lograrlo a partir de determinado tamaño no se concentra en el mismo punto en ningún lugar del universo conocido. Porque esa es una pega esencial de la fusión: hay que aportar mucha energía inicial para que llegue a producirse; lo que pasa es que cuando se produce, entrega un montón de energía aún mayor.

La razón de que haya que aportar tanta energía para que se produzca la fusión es bastante sencilla: simple repulsión electromagnética. Dijimos más arriba que los núcleos de los átomos están formados por protones (que tienen carga eléctrica positiva) y neutrones (que no tienen carga eléctrica, y por eso se llaman así); los electrones de carga negativa, por su parte, no están en el núcleo sino en orbitales cuánticos a bastante distancia del mismo.

Esto quiere decir que todos los núcleos tienen carga eléctrica positiva (la de sus protones); y cuanto más grandes sean, más (porque tienen más protones). ¿Recuerdas aquello de que polos opuestos se atraen y polos iguales se repelen? Pues eso: a los núcleos no les gusta mucho acercarse entre sí y se mantienen a una respetable distancia, los muy dignos. Para que se animen a arrimarse, hay que ponerlos ciegos de energía. Cuando se ponen bien calientes, se les quitan las manías. Lo que pasa es que eso requiere mucha calentura.

Más técnicamente, es preciso acelerarlos a temperaturas termonucleares para que se produzca la unión (y por eso la fusión fría no cuadra… ya hablaremos). Entonces los dos átomos se fusionan en uno solo, liberan un neutrón y con él una cantidad enorme de energía. En realidad, si contamos átomo a átomo, menos que con la fisión que vimos en el post anterior; pero la densidad energética de la fusión es muy superior, lo que se transforma en una liberación de energía mucho más grande por unidad de masa (por cada gramo de material «fusible» empleado, vamos). Si un kilogramo de uranio-235 military grade puede soltar 88 terajulios cuando fisiona, un kilogramo de deuterio-tritio (2H+3H) entrega 337 terajulios: casi cuatro veces más (ah, sí… la reacción materia-antimateria podría producir cerca de noventa mil terajulios por kilo). Por comparación, los explosivos convencionales más poderosos como el octanitrocubano generan una energía de 0,0000085 terajulios por kilogramo y el tradicional TNT, poco más que la mitad de este último; y nunca podrían hacerlo con una eficacia, instantaneidad y variedad energética tan grandes, por muchos órdenes de magnitud.

Repulsión y fusión nuclear

Polos opuestos se atraen, polos iguales se repelen. Los núcleos atómicos están compuestos por neutrones (sin carga) y protones (con carga positiva); como resultado, los núcleos en su conjunto son fuertemente positivos y por tanto se repelen con fuerza entre sí. En condiciones normales, esta repulsión los mantiene separados e impide que puedan llegar a fusionar. Sin embargo, a temperaturas termonucleares (millones de grados), los núcleos vibran violentamente y la inercia de estos movimientos es capaz de vencer a la repulsión electrostática, haciéndolos colisionar y fusionar entre sí con alta liberación de energía. En la imagen, dos núcleos de deuterio (hidrógeno-2) y tritio (hidrógeno-3) colisionan, fusionan y liberan un núcleo de helio-4 y un neutrón altamente energéticos.

Hidruro de litio

Hidruro de litio. En su variante isotópica deuteruro de litio ("liddy") constituye el combustible de fusión de las armas termonucleares.

El hidrógeno-1 fusiona mal, porque sólo tiene protones que tienden a repelerse fuertemente entre sí y carece de neutrones que hagan de mediadores. Sin embargo, el hidrógeno-2 (deuterio) y el hidrógeno-3 (tritio) lo hacen mucho mejor, precisamente porque poseen neutrones. La fusión más fácil de lograr, la que más pronto se produce, es la de deuterio + tritio para transformarse en helio-4 (helio común), un neutrón libre y 17,59 MeV de energía total.

–¿El tritio es lo que tienes en esa especie de termo de café? –preguntas entonces a tu guía.
–Exacto.
–¿Y el deuterio es lo que tengo yo aquí en las manos?
–Ajá. Pero combinado con otro elemento: el litio. Específicamente, en su isótopo litio-6.
–¿Y eso? ¿Litio, para qué?

De todas las reacciones de fusión posibles, la que une deuterio con litio-6 es la más energética de todas: genera dos átomos de helio y 22,4 MeV de energía. Se da la circunstancia de que el hidruro de litio es un viejo conocido de la química; esto es, una molécula compuesta por un átomo de hidrógeno y otro de litio. Sustituyendo el hidrógeno corriente por su isótopo hidrógeno-2 (deuterio) y el litio corriente (litio-7) por su isótopo litio-6, obtenemos una variante isotópica del hidruro de litio convencional que se llama deuteruro de litio-6 cuyo descubridor Igor Kurchatov denominó liddy. Al igual que el hidruro de litio, es un polvo blancuzco y un poco cristalino, no radioactivo, muy tenue y ligero; barato, estable y fácil de manipular.

Entonces miras con algún escepticismo la bolsa de polvo terrible al que llaman liddy, apartándotela quizá un poquito de la barriga, y apuntas:

–Pues no parece gran cosa.
–Eso es porque no lo has magreado bien –te contesta tu guía, con una risita.

Fusión.

En las estrellas, la energía para superar la repulsión electrostática viene dada por la gravedad, que atrae entre sí grandes masas de hidrógeno con su correspondiente porcentaje de deuterio y tritio. La gravedad va comprimiendo unos átomos contra otros hasta que la temperatura aumenta de tal modo debido al incremento de la presión que sus núcleos –cada vez más próximos y con mayor inercia– comienzan a fusionar y liberar energía. Entonces la estrella se enciende: ha nacido un sol. Y quiere estallar, pues la energía generada es mucha; pero la inmensa gravedad contiene su explosión hasta que alcanza un punto de equilibrio durante los siguientes millones de años (hasta que se va consumiendo el material fusionable).

Para encender una estrella con una ínfima fracción de esa masa, teníamos que encontrar una manera de sustituir la gravedad por otra fuerza igualmente capaz de superar la repulsión electrostática entre núcleos, aunque fuera durante un instante; y también de contener la reacción por un momentín mientras se completa. El problema es que la cantidad de energía necesaria para conseguirlo tiene que calentar el material fusionable a unas temperaturas equivalentes a varios cientos de millones de grados centígrados. Pero no hay ningún explosivo ni combustible en este mundo capaz de lograr algo así, por muchísimo.

Los Pilares de la Creación (Nebulosa del Águila)

Los Pilares de la Creación, un criadero de estrellas en la Nebulosa del Águila. La materia molecular de la nebulosa va colapsando sobre sí misma por atracción gravitatoria, formando discos de acreción en torno a esferas de gas, de donde surgen respectivamente los planetas y las estrellas. La esfera central, si es lo bastante grande, seguirá comprimiéndose hasta alcanzar temperaturas termonucleares, permitiendo así la fusión del hidrógeno que contiene. Ha nacido un sol.

Un momento… ¿cómo que no?

Pues claro que sí. Tenemos bombas atómicas, ¿no? ¡Lo vimos en el post anterior! Si recuerdas, cuando la energía emitida por la fisión del uranio-235 o el plutonio-239 pasa a la materia circundante, la calienta a temperaturas equivalentes a trescientos millones de grados o más. Tenemos una fuente de energía instantánea capaz de generar esa clase de calentón y transferírselo a un contenedor de materiales fusionables situado en las proximidades.

Así pues, sólo tenemos que encontrar una manera de mantener una cierta cantidad de materiales fusionables quieta en un sitio mientras le estalla una bomba atómica al lado. Lamentablemente, la explosión de una bomba atómica no es la clase de suceso que deja las cosas quietas y tranquilitas a su alrededor, y menos aún dentro del radio de aniquilación. Si pones algo al lado de un arma nuclear mientras detona, pasará a estado plasmático y se desintegrará sin importar de qué material esté hecho. Eso incluye al liddy este y a cualquier otra materia del universo conocido. ¿Cómo lo resolveremos?

La genialidad diabólica de Teller, Ulam y Sakharov.

Las primeras ideas consistieron en inyectar una mezcla de gases deuterio y tritio (que forman el combustible de fusión idóneo) en el centro de la esfera de implosión de un arma nuclear clásica. Esto tiene dos virtudes: la primera, sirve como estupenda fuente neutrónica para iniciar la reacción de fisión, en sustitución de las bolitas anteriores de polonio/berilio y cosas por el estilo. La segunda es que, cuando la fisión del plutonio se produce, va a fusionar una pequeña cantidad de este deuterio y tritio generando una cantidad aún mayor de neutrones y energía. Sin embargo, esta aproximación tiene enormes limitaciones.

Una de ellas es que, como vimos más arriba, el tritio sale enormemente caro: mil veces más que el oro. Un arma que use mucho tritio cuesta una fortuna, mucho más de lo que resulta prudente cuando tienes la intención de hacerte un arsenal con esta clase de dispositivos. Otra de ellas es que el tritio es inestable y decae naturalmente en forma de helio-3: si almacenas un kilo de tritio, en doce años y pico se habrá convertido en medio kilo de tritio y otro medio kilo de helio-3, que no nos sirve. Esto es indeseable y obliga a constantes mantenimientos y purificaciones del tritio del arma. Por otra parte, esta disposición básica no permite que las reacciones de fusión se completen eficazmente, pues el material resulta disgregado demasiado pronto.

Las armas nucleares en las que se ha inyectado deuterio + tritio en su centro, y/o se ha dispuesto a su alrededor en distintas formas, no son verdaderas armas termonucleares por el sencillo motivo de que la mayor parte de la energía no procede de las reacciones de fusión, sino todavía de las de fisión. Se llaman armas aceleradas por fusión (fusion-boosted), y pueden incrementar hasta un 20% la potencia original del arma de fisión hasta un máximo teórico de un megatón aproximadamente.

Vamos, que nos hemos quedado como estábamos. Tenemos un arma sólo un poco más potente, mucho más cara, igualmente limitada por debajo del megatón y aún más complicada y menos flexible. Sobre todo, aún no hemos aprendido a hacer estrellas. No mola.

Resulta fascinante descubrir cómo el equipo norteamericano y soviético dieron casi los mismos pasos, sin que hubiera mucho espionaje efectivo entre ambos para el proyecto termonuclear (a diferencia del nuclear). Ya se sabe que los equipos de similar cualificación, enfrentados al mismo problema, suelen alcanzar soluciones muy parecidas. Al final, la solución la encontró primero el equipo estadounidense encabezado por Edward Teller y Stanislaw Ulam: iban más avanzados por haber echado a andar antes por el camino de las armas atómicas, ya con el Proyecto Manhattan durante la Segunda Guerra Mundial, lo que se saldó con los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki.

Diseño Teller-Ulam

Diseño básico de Teller-Ulam. La radiación generada por un primario de fisión comprime una etapa secundaria concebida para ultracomprimir y calentar a temperaturas termonucleares un combustible de fusión.

Hay que decirlo: es una genialidad. Diabólica, terrible, lo que quieras, pero una genialidad. Se llama el diseño Teller-Ulam de fusión por etapas, y resuelve elegantemente de un plumazo todos los problemas anteriores (en la URSS fue redescubierto independientemente poco después, y allí se llamó la tercera idea de Sakharov). La idea consiste en situar los elementos de fisión y de fusión en etapas consecutivas, separadas entre sí, de modo que cada una active a la siguiente. Para lograrlo sin que todo resulte destruido antes de llegar a funcionar, se basa en un hecho simple: la energía generada por una bomba atómica está compuesta en gran medida por rayos X avanzando a la velocidad de la luz; mientras que el núcleo se expande a sólo unos mil kilómetros por segundo o cosa así (es decir, una tricentésima parte).

Vamos a aprovechar esa diferencia de velocidades para utilizar la energía del arma nuclear antes de que ésta destruya el contenedor de productos de fusión. Trataremos de crear un delicadísimo mecanismo de relojería que sólo empieza a funcionar cuando ya ha comenzado a dejar de existir y tiene que funcionar del todo antes de que termine de dejar de existir. Una tontería de nada, vaya.

La gran explosión, la gigantesca explosión.

Así pues, vamos a situar varios elementos en nuestra arma termonuclear. A un lado, colocaremos una pequeña bomba atómica: se llama el primario, porque es quien lo va a poner en marcha todo. Al otro lado, situamos el contenedor de productos de fusión, que está compuesto fundamentalmente por cilindros o esferas concéntricas de uranio-235 o plutonio-239 rellenas con este polvo que hemos bautizado como liddy –deuterio y litio–; este contenedor es el secundario. Entre ambos colocaremos espuma de poliestireno o un aerogel del tipo del FOGBANK, un disco de metal pesado (frecuentemente uranio-238) y un par de cosillas más que me temo que siguen siendo bastante secretas.

La idea es sencilla: lograr que la explosión de la bomba atómica normal (el primario) transfiera un porcentaje importante de su energía al contenedor de liddy cebado con plutonio (el secundario); de tal modo que el liddy se vea atrapado entre las reacciones de fisión del primario y las de las esferas de uranio y plutonio que lo contienen. Así se producirá un pico inmenso de energía, suficiente para que el deuterio y el litio que lo forman no sólo estén combinados químicamente sino que pasen a fusionarse físicamente. Pues, al hacerlo, liberarán una inmensa, una monumental cantidad de energía. La energía de las estrellas.

Disposición de las cabezas MIRV y la carga termonuclear en un ICBM

Disposición de las cabezas MIRV/MaRV y la carga termonuclear en un ICBM avanzado (en la fotografía, un RS-24 Yars ruso). El esquema interior del MIRV/MaRV es una estimación a partir de la información pública disponible al respecto. (Clic para ampliar)

Una vez organizado el montaje, la manera de ponerlo en marcha es muy simple. Sólo hay que hacer detonar la bomba atómica del primario y todo lo demás ocurrirá en cadena sin necesidad de ninguna otra intervención. Las fases van como sigue:

  1. El primario de fisión detona como vimos en el post anterior. Al hacerlo, emite grandes cantidades de rayos X y radiación gamma muy energéticos en todas direcciones. Una parte de este frente fotónico comienza a avanzar hacia la etapa secundaria.
  2. Entre el primario y el secundario se encuentra un sistema denominado etapa interetapas. La naturaleza exacta de este sistema es uno de los secretos mejor guardados de la historia, y después de medio siglo sigue sin llegar al público. Su función es participar en la contención de la detonación del primario pero, sobre todo, enfocar la energía del frente fotónico hacia el secundario de una manera específica exacta. La idea es que esta radiación caliente la cavidad interior de la bomba («hohlraum») de forma homogénea e incida sobre el secundario desde todos los ángulos a la vez.
  3. Toda esta energía viaja a la velocidad de la luz, y el equilibrio térmico en el interior del hohlraum se alcanza rápidamente. El material que contiene –espuma de poliestireno, FOGBANK o similar– pasa de golpe a estado plasmático. Ahora la carcasa del secundario se encuentra bombardeada desde todos los ángulos por la radiación que emite el primario, y además está sumergida en un plasma que aumenta su temperatura a gran velocidad.
  4. Debido a la elevada temperatura del plasma circundante, se inicia un fenómeno conocido como ablación en la superficie exterior del secundario. Los materiales sometidos a ablación van perdiendo partículas de fuera hacia adentro, lo que provoca una fuerza expansiva-compresiva por acción-reacción. Básicamente, cuando la cantidad de energía es muy alta –y con una bomba atómica estallando a pocos centímetros, la energía es muy alta– la ablación es muy rápida y esta fuerza adquiere todas las características de una explosión que comprime violentamente el combustible de fusión y el núcleo de plutonio-239 que hay en su interior.
  5. Cuando el núcleo de plutonio-239 del secundario (la «bujía», sparkplug) se ve ultracomprimido por las fuerzas de ablación procedentes del exterior… pues se convierte exactamente en el núcleo de plutonio de una bomba atómica de fisión. O sea que fisiona y empieza a estallar como si fuera un segundo primario. Ahora el liddy está atrapado entre dos bombas atómicas detonando a la vez: la del primario y el plutonio fisionando en el núcleo del secundario.
  6. La carcasa del secundario (en ablación) suele estar fabricada de uranio-238. El uranio-238 no es fisible en condiciones normales, pero en situaciones de alta temperatura, presión y densidad neutrónica fisiona estupendamente. Y en estos momentos está comprimiéndose y desintegrándose entre el plasma de muy alta temperatura generado por la detonación del primario y la avalancha neutrónica procedente de la fisión del núcleo del secundario. Ya te puedes imaginar lo que pasa a continuación: fisiona a su vez, y además muy energéticamente.
  7. Con esto, el combustible de fusión está atrapado entre tres bombas atómicas estallando a la vez: dos concéntricas, que lo ultracomprimen, lo calientan a cientos de millones de grados y lo bañan en neutrones de alta energía; y la del primario que sigue suministrando grandes cantidades de energía a todo el conjunto para mantener el proceso.
  8. Entonces, ocurre una brujería de estas a las que los físicos son tan aficionados. Resulta que el liddy sería un magnífico combustible de fusión (la fusión deuterio-litio es la segunda reacción más energética de todo el universo, sólo por detrás de la materia-antimateria). Pero presenta dos problemas: su sección eficaz es relativamente pobre y además no produce neutrones. Esto significa que la probabilidad de que suceda es relativamente baja y encima no nos aporta neutrones para algo que va a venir después: tendríamos una bomba termonuclear flojucha. Sin embargo, esto no es problema: las avalanchas neutrónicas que proceden de las dos bombas atómicas entre las cuales el liddy está atrapado ahora fisionan sus átomos de litio y forman tritio. Rápidamente, el liddy –deuteruro de litio– se transforma en triddy –deuteruro de tritio– y eso es deuterio y tritio: exactamente la materia con la que fusionan las estrellas, también muy energética pero además con una sección eficaz altísima y abundante emisión neutrónica. La bomba está fabricando ahora su combustible sobre la marcha, incluyendo el costosísimo tritio, y en el proceso se está convirtiendo en una estrella pequeñita autocontenida por ablación.
  9. Fusión. Conforme el litio transmuta en tritio, la sección eficaz aumenta bruscamente y, a cientos de millones de grados y millones de atmósferas de presión, los núcleos de deuterio y tritio fusionan de repente. Eso provoca un rápido embalamiento energético y neutrónico, que dispara hasta otras cinco reacciones de fusión adicionales mediante distintas combinaciones de deuterio, tritio, litio y el helio-3 que se va formando en el proceso también. La estrella acaba de encenderse.
  10. La masiva andanada neutrónica instantánea producida por estas reacciones de fusión alcanza rápidamente al resto de metales pesados que aún se encuentran pulverizados en su entorno: el plutonio-239 de los núcleos del primario y el secundario, el uranio-235 o -238 de la carcasa del secundario y el uranio-238 de la funda exterior. Al hacerlo, realimenta enormemente sus reacciones de fisión, aumentando aún más la energía total del dispositivo termonuclear. La bomba Zar llegó a producir el 1,4% de la potencia de salida del Sol durante 39 nanosegundos.
  11. Detonación termonuclear. Las fuerzas de compresión y ablación ya no son capaces de contener este pico de energía monumental por más tiempo. Surge una densa esfera de radiación fotónica que se expande a la velocidad de la luz y otra sólo un poco más lenta de neutrones muy energéticos. La radiación fotónica (fundamentalmente en forma de luz, rayos X y radiación gamma) se transfiere velozmente al aire circundante, calentándolo y dilatándolo de manera explosiva. Los neutrones irradian y vuelven radioactiva la materia circundante. Se produce una gigantesca explosión, que a diferencia de las de fisión no tiene límite teórico. Con las más potentes que se llegaron a construir, no queda nada en decenas de kilómetros a la redonda.
Animación con el funcionamiento y efectos de un arma termonuclear

Animación con el funcionamiento y efectos de un arma termonuclear

No obstante, la ventaja más significativa de las armas termonucleares sobre las nucleares no es sólo su enorme potencia, sino su coste mucho más bajo y su mayor flexibilidad. ¿Coste bajo, con todos estos materiales exóticos? Sí: como la energía producida por unidad de masa es mucho mayor, la cantidad de material necesaria para hacer la misma bomba es significativamente menor. Una bomba de fisión de medio megatón, cerca de su máximo teórico, es un trasto inmenso atiborrado de costoso plutonio que necesita un bombardero pesado para transportarla; la misma bomba, pero en fusión, sale mucho más barata y además caben seis en la punta de cualquier ICBM. Y encima cuesta menos de mantener.

También, como hemos dicho, son más flexibles. Aumentar o reducir la potencia de un arma termonuclear es sencillo, lo que ha dado lugar a las armas de potencia variable o dial a yield. Mediante un mando analógico o digital que modifica algunas particularidades de la activación del secundario, es posible modificar la energía producida por el mismo entre la máxima permitida por el diseño y ninguna en absoluto (cerrando el secundario y dejando la detonación del primario a pelo). Otra flexibilidad de los explosivos termonucleares es que se puede variar su diseño para producir armas de propósito especial: bombas de neutrones, bombas exoatmosféricas de pulso electromagnético incrementado, bombas de radiación residual reducida o aumentada (la bomba del juicio final de Szilard) y un largo etcétera.

¿Por qué es tan difícil?

Pergeñar un precario petardo nuclear es relativamente fácil; no deja de ser una tecnología con 65 años de antigüedad. Cualquier doctorando en física nuclear de cualquier universidad del mundo debería ser capaz de parir un diseño básico con mayor o menor esfuerzo; cualquier país provisto de centrales nucleares y alguna industria debería poder construirlo con algún tiempo y gasto –mucho tiempo y mucho gasto si se quiere mantener la discreción–. Lo que ocurre es que acabas con un trasto monumental de poca potencia, menor eficiencia y casi nula utilidad militar en el mundo moderno. Es poco más que un juguete físico, a lo mejor capaz de lograr que a tu sector más patriotero y militarista se le ponga durísima, pero cuyas posibilidades prácticas son sumamente limitadas.

Lanzamiento de un SLBM Trident II D-5 desde un submarino en inmersión

Lanzamiento de un SLBM norteamericano Trident II D-5 desde un submarino en inmersión

En realidad, tú no quieres una bomba nuclear. Tú quieres una fuerza nuclear, compuesta por armas nucleares. Y, amigo mío, amiga mía, eso es una liga completamente distinta. Es como querer jugar la final de la Champions con el bravo y mítico Alcoyano C.D. Este es el momento en que la cosa comienza a complicarse. Para empezar, ahora ya no necesitas una cosa, sino dos: un vector –es decir: una manera de llevarla hasta su blanco– y un arma lo bastante pequeña y ligera como para que quepa en tu vector. Ops. Esto empieza a complicarse.

Como no vas a ponerte a trastear con ICBMs avanzados desde el primer día –más que nada, porque para eso necesitas un programa espacial de envergadura, o su equivalente– tendrás que apañarte con aviones. Siempre podrías lanzar tu trasto físico del tamaño de un turismo desde un Hércules o cosa parecida. Lo que pasa es que, por menos pasta de la que te va a costar todo el proyecto, podrías hincharte a comprar Eurofighters Tranche Sopotocientos y armamento aire-superficie con una potencia explosiva equivalente a muchas unidades de tu primitiva bomba atómica; lo cual, por cierto, sería bastante más flexible y adaptativo en una guerra real.

Quien empieza a adentrarse por el camino de las armas nucleares, debe saber que ese es un camino muy largo, con muchas bifurcaciones sin salida y con un coste inmenso. Para empezar, necesitas un enemigo; es una estupidez meterte en un lío semejante sin un enemigo claro, una estrategia definida y unos usos específicos. Este enemigo debe ser lo bastante poderoso como para que no puedas derrotarlo sin recurrir a las armas atómicas, pero al mismo tiempo no tan poderoso que su represalia te convierta a ti y a tu país entero en contaminación ambiental (a menos que pretendas jugar en la liga de la Guerra Termonuclear Total, claro; en tal caso, te sugiero ingresarte en un psiquiátrico porque tienes algún problema de percepción de la realidad).

El caso clásico de entrada tardía razonable en el mundo del armamento nuclear es el de India y Pakistán. India y Pakistán son dos países con muchos motivos para odiarse y muy pocos para quererse, centrados en un severo conflicto sobre partes importantes de su territorio; entre ellas, Bengala, Cachemira y el Punjab. En sesenta años han tenido cuatro guerras y cinco broncas serias. Más o menos desde 1971 India suele ganar estas trifulcas –a pesar del apoyo chino y estadounidense a Pakistán–, pero ambos saben que el día menos pensado el otro les da una sorpresa; mientras que, por otra parte, la victoria final resulta muy poco probable (e incluso indeseable: ¿qué haces tú mañana con ciento setenta y cinco millones de pakistaníes o mil doscientos millones de indios?). Este es el caso paradigmático que justifica un programa nuclear militar: enemigo claro, invencible –en el sentido de levantar la bandera sobre su Parlamento mientras sus últimas tropas huyen– y potencial de conflicto nítido y constante. «Potencial de conflicto» del tipo de cuatro guerras recientes y a la espera de la quinta, no meras paranoias patrioteras o simplemente racistas y xenófobas.

Sólo en una situación así, el inmenso coste y esfuerzo de poner en marcha un programa nuclear militar tiene algún sentido razonable. Al principio, porque pueden decantar a tu favor una guerra que de otro modo tendría un resultado incierto; después, porque disuaden al oponente de comenzarlas. En el proceso, porque te otorga palancas negociadoras que no podrías obtener de ninguna otra manera. Eso sí, prepárate a adoptar en tu país la filosofía del pakistaní Zulfikar Ali Bhutto: «comeremos hierba, pero haremos una bomba nuclear». Si no tienes razones muy buenas (y recursos igualmente buenos) para implantar semejante política, más vale que lo dejes estar.

Este es un poder grande, duro y fuerte; quienes lo adquirieron, lo hicieron con presupuestos prácticamente ilimitados y porque temían a otros hombres más que al mismísimo demonio. En cuanto ese miedo cedió un poco, los esfuerzos para reducirlo han sido constantes. Muchos países se han declarado a sí mismos zonas libres de armas nucleares. Ellas siguen ahí, en sus guaridas, acechando día y noche la vida de todos y los destinos de la Humanidad; pero quizá hayamos aprendido algo de tanto miedo y necedad. Las armas termonucleares no se pueden desinventar, y quizás ni siquiera sería juicioso prescindir completamente de la tecnología por si las moscas. Siendo realistas, proporcionan una garantía de seguridad tan inmensa que difícilmente desaparecerán en su totalidad, y hasta es posible que aparezcan nuevos usuarios. Sin embargo, todo avance que reduzca el riesgo de exterminarnos a nosotros mismos será un progreso de la Humanidad; y quizá, en algún futuro hacia el que merecería la pena empujar, no necesitemos de estas ni de ninguna otra clase de armas. Ojalá.

La bomba Zar, la más potente de la historia, era una termonuclear de tres etapas y liberó entre 50 y 60 megatones.

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¡Qué malo!Pschá.No está mal.Es bueno.¡¡¡Magnífico!!! (87 votos, media: 4,90 de 5)
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