25 kilómetros

Toda la vida compleja que conocemos se concentra en un tenue manto alrededor del planeta Tierra.

Imagen de la ISS con las capas atmosféricas

Fotografía tomada desde la Estación Espacial Internacional sobre el Océano Índico, al atardecer del 25 de mayo de 2010 (hora local en tierra). Debido a un efecto óptico, pueden distinguirse perfectamente las distintas capas de la atmósfera: de abajo arriba, troposfera (roja-naranja-amarilla), estratosfera (blanca), atmósfera superior (azul claro) y espacio exterior (azul oscuro a negro). Todo lo que somos existe en esa delgada franja de colores cálidos entre el barro y el cosmos. Y no conocemos ningún otro sitio adonde ir. Foto: NASA.

Y de la misma forma que la semana pasada te contaba que yo no veo ese apocalipsis profetizado una y otra vez, hoy quiero dar la de arena. ;-) La de arena es que, por difícil que sea extinguirnos, hay cosas que nos pueden hacer muchísimo daño a nosotros y a quienes nos acompañan en esta nave espacial que llamamos el planeta Tierra. Porque, ya lo he comentado alguna vez, casi todo lo que amamos, casi todo lo que nos importa, se concentra en una levísima franja entre el fuego y la nada, o casi nada. Hoy por hoy y durante al menos algún siglo más, no tenemos absolutamente ningún otro sitio adonde ir.

Zonas pelágicas

Si la imagen anterior nos muestra todo nuestro espacio disponible «hacia arriba», esta otra nos muestra todo nuestro espacio disponible «hacia abajo». Entre ambas, suman menos de 25 kilómetros. La vida compleja terrestre no puede existir normalmente fuera de estos dos delgados mantos. Imagen: Wikimedia Commons

Me refiero, naturalmente, a esos escasos veinticinco kilómetros de hidrógeno, oxígeno, nitrógeno y poco más que toleran la vida compleja. Es decir, las aguas y el aire hasta más o menos el borde de la estratosfera. Hay algunos animalitos capaces de vivir por el fondo de la Fosa de las Marianas, el punto natural más profundo de la Tierra (10.911 metros), a algo más de  mil atmósferas de presión. Por el otro extremo, el 29 de noviembre de 1973 un avión se tragó a un buitre de Rüppel a unos 11.000 metros de altitud sobre Costa de Marfil, donde la temperatura es de unos 50 grados bajo cero y la presión, de 0,25 atmósferas. Eso suman unos 22 kilómetros. Vamos a redondearlo a 25, para dejar un poco de margen, por si esas sorpresas que siempre nos da la vida.

Dije en el post anterior que veo difícil que los destrocemos tanto como para que nadie pueda sobrevivir, pero basta con empobrecerlos significativamente para ocasionar enorme sufrimiento y mortandad. Empezando, por supuesto, por los más pobres y los más débiles. Los más pobres y los más débiles van siempre los primeros en la lista mala. Eso nos incluye también a unos cuantos habitantes del llamado Primer Mundo. Como dije la semana pasada, yo no no creo que la supervivencia de la humanidad o incluso de su civilización estén amenazadas en el esquema grande de las cosas. Pero en el pequeño, pequeño como tú y como yo, el tema puede llegar a ponerse muy chungo.

Esos 25 kilómetros de hidrógeno, oxígeno y nitrógeno contienen nuestro aire, nuestra agua, nuestra comida, nuestra vida. Incluso alteraciones menores pueden provocar, por ejemplo, graves crisis alimentarias. Si te parece que la comida está cara, te asombrarías de lo mucho que puede llegar a subir, digamos, con un fallo grave de las cosechas de arroz. El arroz es el alimento básico de buena parte de la humanidad, que inmediatamente se verían obligadas a buscar (y pagar, los que puedan) otras alternativas, encareciendo todos los demás. Si ya tenemos los bolsillos como los tenemos, imagínate las consecuencias. Ahora imagínatelas para esos 2.400 millones de personas que viven con menos de dos dólares diarios.

Dije también en los comentarios del post anterior que antes me asustaban mucho más los peaks, como en peak oil, que ahora. Y no porque discuta el concepto en sí: es obvio que todos los recursos no renovables que se consumen y no se reponen acabarán enrareciéndose –encareciéndose– hasta agotarse por completo. No obstante, por todos los indicios que yo puedo colegir, veo más un aterrizaje suave con mucho tiempo de adaptación que los crash de que se hablaba cuando yo estaba aún tiernecito en vez de correoso como ahora, por la época en que se rodó Mad Max. Sin embargo, hay una escasez que me preocupa mucho más, porque ya está afectando a millones de personas y hasta la tenemos presente aquí en España: la del agua potable.

Envenenamiento por arsénico en Bangladesh.

Efectos cutáneos del envenenamiento por arsénico en el agua de boca de Bangladesh, ocasionado al tener que excavar pozos más y más profundos para extraerla. Todas esas personas dependen de sus manos y sus pies para sobrevivir. Foto: Mr. Manzurul Hassan.

El agua potable es, por fortuna, un recurso renovable. Pero la presión sobre el mismo que ejercemos los siete mil y pico millones que somos es extrema. En países como la India ya han ocurrido crisis del arsénico cuando la población tuvo que excavar pozos mucho más profundos para sacar agua, que resultaron estar contaminados por este veneno. Aquí en España todos conocemos las broncas que hemos tenido a estas alturas por los recursos hídricos. En extensas regiones del mundo, el agua potable económicamente accesible es un bien escaso. La menor alteración puede empujar a millones más hacia la sed. Y así con muchas cosas más. En todos los casos, con los más pobres y los más débiles encabezando la marcha esa hacia las tinieblas.

Una dislocación grave de esa tenue película de agua y aire y sus mecanismos puede causar enorme sufrimiento, enfermedad, miseria y muerte a partes significativas de la población, no todas las cuales están dispuestas a aceptar sumisamente su suerte mientras otros gastan decenas, cientos o hasta miles de dólares en sus botellas de agua mineral premium. Puede causar conflictos, guerras, genocidios. Del buen estado de esos 25 kilómetros depende, dependemos gran parte de la humanidad. Y no hay más. Todavía no conocemos ningún otro sitio donde haya más, en cantidades suficientes y accesibles. Si nos los cargamos, la liamos.

Atmósferas planetarias

En nuestro sistema solar hay muchos planetas y lunas que tienen atmósfera. Los gigantes gaseosos como Júpiter o Saturno, por ejemplo, son casi por completo una enorme atmósfera de densidad variable, con un núcleo rocoso muy pequeño. Venus tiene su conocido infierno que tanto nos costó atravesar. Una luna de Saturno, Titán, posee una densa atmósfera de nitrógeno, metano e hidrógeno, con posibles mares superficiales de hidrocarburos líquidos. Otros cuerpos celestes las tienen más débiles y algunos carecen prácticamente de ella, como el planeta Mercurio o nuestra propia Luna.

Europa de Júpiter

Europa de Júpiter (Júpiter-II). Su superficie visible está compuesta de hielo de agua y probablemente debajo hay un océano de agua líquida. Pero aún nos resulta francamente difícil acceder a ella. Imagen tomada por la sonda espacial Galileo. Foto: NASA / Deutsche Forschungsanstalt für Luft- und Raumfahrt e.V., Berlin.

Pero todas tienen algo en común: nosotros no podemos vivir ahí, al menos sin hábitats artificiales o terraformación extensiva, algo que está actualmente fuera del alcance de nuestra tecnología y, sobre todo, de nuestra economía. Y tampoco nos sirven para traernos, por ejemplo, agua. El agua no es rara en nuestro sistema solar, pero sí difícilmente accesible. Por ejemplo, no podemos echar una manguera desde el océano submarino de Europa de Júpiter hasta aquí. No sabemos aún.

El resto de posibles destinos están fuera del sistema solar, demasiado lejos para nuestra capacidad actual. Los exoplanetas confirmados más próximos de tipo terrestre andan por Gliese 876, en la constelación de Acuario, a 184,5 billones de kilómetros de aquí (sí, con B). Con algunas de las naves más veloces que hemos construido hasta ahora, suponiendo que fuésemos en linea recta –lo que es mucho suponer, esto no va como en las pelis sino por órbitas y cosas de esas–, tardaríamos 67.075 años en llegar. Incluso cuando dominemos la tecnología para construir naves relativistas, el viaje se nos pone en un mínimo de quince años y pico (aunque puede ser considerablemente menos para quienes vayan a bordo, si es que va alguien, debido a la dilatación temporal.)

Pero ni siquiera estos exoplanetas parecen contar con buenas urbanizaciones para montarnos el chalé. Por lo poco que sabemos todavía de ellos, no reúnen buenas condiciones para la vida compleja terrestre aunque hiciéramos adaptaciones importantes. El primer candidato bueno podría ser Gliese 667 Cc, a 223 billones de kilómetros, lo que vienen siendo 23,6 años-luz. Los siguientes andan bastante más lejos, en el orden de los cientos o miles de años-luz. Por otra parte, si tuviésemos la tecnología para mudarnos a 223 billones de kilómetros, seguramente nos resultaría bastante más sencillo adaptar o adaptarnos a algún otro planeta o luna de nuestro propio sistema solar.

Por desgracia y por maldito atraso, todo esto está aún mucho más allá de lo que somos capaces de hacer. De momento, vamos a permanecer una buena temporada encerrados como ratas en la Tierra y sus alrededores. Una Tierra que sólo tiene para nosotros, eso, 25 kilómetros de espacio vital.

Prisioneros entre el abismo y el fuego

Esquema interno de la Tierra

Estructura interna de la Tierra. 1. Corteza continental; 2. Corteza oceánica; 3. Manto superior; 4. Manto inferior; 5. Núcleo externo; 6. Núcleo interno; A. Discontinuidad de Mohorovičić; B. Discontinuidad de Gutenberg; C. Discontinuidad de Wiechert-Lehmann. Esquema: Wikimedia Commons

Bajo nuestros pies, está la corteza terrestre. Que, como su nombre indica, es eso: una cortecita, vamos a decir que sólida, que en algunos puntos de la corteza continental se extiende hasta los 70 kilómetros de profundidad. La oceánica, en cambio, no pasa de diez. Además, es una corteza hecha migas: junto con las capas más rígidas del manto superior, lo que en su conjunto constituye la litosfera, está dividida en grandes pedazos a los que llamamos placas tectónicas. Esto son como islas que rozan entre sí y flotan sobre casi tres mil kilómetros de unos silicatos tan viscosos que también los consideramos sólidos: el manto. Y éste, a su vez, sobre una capa líquida de unos 2.250 kilómetros de espesor: la parte exterior del núcleo. Luego, más para adentro, ya está el núcleo interno. Teniendo en cuenta que todo esto se mueve a distintas velocidades y con diferentes rumbos, eso de tierra firme no pasa de bonita fantasía.

Bueno, ¿y qué? Pues verás, sucede que la temperatura aumenta con la profundidad. Al principio, no mucho, pero luego acelera rápidamente. La mina más honda del mundo, la de oro de TauTona en Sudáfrica, alcanza los 55-60 ºC a 3.900 metros de profundidad y hay que instalar aire acondicionado para que los mineros puedan trabajar, no con poco peligro. Es decir, aproximadamente 8 ºC por kilómetro sobre el ambiente local. En la perforación más profunda de todas, la científica soviética de Kola, tuvieron que parar cuando la temperatura ascendió a 180 ºC llegando a los 12.262 metros: unos 14,7 ºC por kilómetro. Ese es el punto más bajo que hemos alcanzado los humanos. Proyectaron que aumentando a ese ritmo, alcanzaría los 300 ºC a 15.000 metros. A esto le pusimos el nombre de gradiente geotérmico.

Sabemos que más abajo la temperatura continúa subiendo hasta alcanzar unos 6000 ºC en la región de transición entre el núcleo exterior y el interior; tanto como en la superficie del Sol. ¿Y de dónde sale todo este calor? Bueno, pues de varias fuentes, pero sobre todo del calor residual de acreción de cuando el sistema solar estaba formándose y especialmente de la gran cantidad de isótopos radiactivos naturales que hay ahí bajo nuestros pies. Sí, estamos sentados sobre una especie de gigantesca piscina de Fukushima a la temperatura del Sol, en islotes de piedra que se mueven, aquí leyendo tranquilamente.

Por el momento, no hay nada para nosotros ahí debajo. Ni tierra hueca ni ningún otro de esos cuentos tan raros; sólo un infierno ardiente. Mirando hacia el otro lado, hacia donde siempre nos ha gustado más mirar, hacia arriba, ya sabemos lo que hay: abismales distancias de la casi-nada que llamamos medio interplanetario o la casi-casi-nada del medio interestelar, salpicada muy aquí y allá por algún pedrusco o bola de gas, encendida en forma de estrella o no, más nebulosas y tal. Todo está muy lejos, muy muy lejos o sobrecogedoramente lejos, al menos hasta que construyamos la nave esa relativista de la que te hablaba antes.

(A todo esto, sigo pensando que no sería totalmente estúpido irnos currando algún refugio de emergencia sostenible en algún cuerpo celeste próximo, en este mismo sistema solar. Por mucho que opine que no nos vamos a extinguir en ningún momento imaginablemente próximo, yo podría estar estupendamente equivocado como todo hijo de vecina. Y en ese caso, tener todos los huevos en la misma cesta, o sea en un solo planeta, resulta ciertamente inquietante. Buena parte de las tecnologías necesarias están ya disponibles. No digo que tengamos que hacerlo justamente ahora, con la que está cayendo y todo ese rollo, pero sí mantener la idea viva e ir trabajando poco a poco en esa dirección. Por muy seguro que sea tu barco, disponer de un bote salvavidas es siempre una buena idea.)

Remediación planetaria

Desastre ecológico del Rin, 1986

Desastre de Sandoz (hoy Novartis), Suiza, 1986. Un incendio en un almacén agroquímico y su subsiguiente extinción vertieron cantidades masivas de sustancias extremadamente tóxicas al río Rin, ya muy deteriorado por la gran cantidad de industria a su alrededor. Este vertido provocó gravísimos daños ecológicos y un colapso generalizado de sus ecosistemas. Esta imagen fue tomada en Holanda, 800 km río abajo. Se dijo que «el Rin estaba muerto.» Hoy en día el Rin, sin ser el río más limpio del mundo, está razonablemente regenerado.

Los barcos, además de no estropearlos, se pueden reparar. A este ya le hemos puesto algunos parches y no han ido mal del todo: desde la regeneración del Rin, al que casi matamos una vez, hasta la recuperación de Hiroshima y Nagasaki o la reforestación de Europa, en parte accidental y en parte voluntaria. Los humanos, igual que sabemos romper cosas, también sabemos repararlas; al menos, a veces, cuando hay ganas o necesidad de trabajar y gastar dinero. Suele salir bastante más caro que no haberlas roto en primer lugar, pero qué le vamos a hacer.

A este proceso de regenerar entornos naturales que hemos estropeado antes se le suele llamar remediación. En los países más o menos serios, es ya obligatorio por ley apartar dinero para arreglar al menos parte de lo que rompas. Quizá el más conocido de todos sea el Superfund estadounidense, pero no es el único, ni mucho menos. En general es una práctica, por fortuna, cada vez más extendida. Hasta en lugares con tan mala fama medioambiental como China –en buena parte justificada, si bien últimamente ya no hay ninguna localidad china en la lista de las diez peores– la remediación es incluso un negocio en alza. Sitios contaminados hasta extremos legandarios como Linfen, que muchos consideraban un lugar más tóxico para vivir que el mismísimo Chernóbil, han mejorado bastante últimamente.

Linfen todavía no es un ejemplo de remediación, porque remediar, lo que se dice remediar, apenas han empezado. Pero el mero hecho de prohibir las peores prácticas –como el paso de camiones cargados del carbón que se produce allí a través de la ciudad–, cerrar las cien industrias más contaminantes, apercibir a otras 150 y establecer ayudas estatales para instalar filtros en las fábricas, así como pasar el 85% de la calefacción urbana a gas natural, la cosa se ha arreglado un poco. Poco a poco, en algunos de los puntos más guarros, han comenzado a limpiar. Y eso ya es el principio de la remediación.

Lo idóneo, naturalmente, sería no tener que remediar. Nada permanece más limpio que aquello que no se ensucia. Por desgracia, nuestro nivel de desarrollo socio-tecno-económico actual aún no permite nada parecido en numerosos procesos que nos son esenciales como civilización. En estos casos, la remediación es lo mejor que se puede hacer.

Deforestación por tala y quema

Deforestación por tala y quema vista desde el espacio, Mato Grosso, Brasil. Esta práctica se remonta al momento en que aprendimos a usar el fuego y es uno de los más viejos y peores desastres ecológicos ocasionados por la humanidad, alterando por completo los ecosistemas de continentes enteros. Así desaparecieron los bosques de Europa en su práctica totalidad. Imagen: Tripulación de la Estación Espacial Internacional.

Los daños al medio ambiente causados por el ser humano no son ninguna novedad. Uno de los más graves de nuestra historia fue la invención de la agricultura, hace ya unos cuantos miles de años. ¿Y cómo es eso? Pues porque una de las formas más fáciles de obtener nuevas tierras de cultivo es meterle fuego a los bosques, sabanas y praderas que las ocupen. Esta práctica se llama agricultura de tala y quema, y viene usándose desde antes de la historia. Conllevó la destrucción sistemática del bosque ancestral en extensas regiones del planeta, como por ejemplo Europa, donde desapareció casi por completo. Sin embargo, hoy en día, el abandono de la agricultura pero también los programas de reforestación han hecho que el bosque en Europa no pare de crecer, como te conté más arriba. Esto podría considerarse una forma de remediación continental tardía.

Lógicamente, a algunas personas de las que piensan por alto se les ha ocurrido el concepto de remediación planetaria. La idea en sí es sencilla: si le estamos causando daños globales al medio ambiente, podemos plantearnos remediarlos a la misma escala. Por ejemplo, se han apuntado varias técnicas para limpiar masivamente todo ese carbono que le echamos a la naturaleza sin parar, que en su forma de CO2 ya ronda e incluso ha superado algún día las 400 partes por millón. Esto no había ocurrido en varios millones de años y, si seguimos al ritmo actual de añadirle una más cada seis meses, en menos de dos siglos andaremos por las 750. Esta cifra es la concentración mínima que pudo darse durante el Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno, hace 55 millones de años, cuando aparentemente se disparó el fusil de clatratos y la temperatura de la Tierra subió unos 6ºC a lo largo de varios milenios (puede que alcanzando las 26.000 ppm).

Incremento del CO2 atmosférico 1958-2013. NOAA / Scripps Institution of Oceanography / NASA.

Incremento del CO2 atmosférico 1958-2013. NOAA / Scripps Institution of Oceanography / NASA.

En el peor escenario de los que yo he visto publicados con una cierta credibilidad científica, se habla de unas 1.000 ppm en el año 2100, con un incremento de temperatura máximo en torno a los 4,5ºC sobre la actual. Un aumento de 4,5 – 6ºC no nos extinguirá, pero puede causar graves daños a los ecosistemas, incluyendo el ecosistema humano, especialmente los ecosistemas humanos más frágiles. Eso es, los pobres y los débiles, que ya se verá a ver cómo andamos de eso por entonces. En cualquier caso, es una maldita cochinada y una herencia envenenada por la que nuestros nietos, muy justamente, nos repudiarán. Entre otras cosas, porque les tocará pagar la factura de la que sus abuelos nos estamos escaqueando, pagándonos los vicios con su carbono. Una factura carísima de remediación planetaria.

Pero puede hacerse. En parte, incluso con nuestra tecnología actual. Por ejemplo, todo submarino y toda nave espacial tripulada lleva sus correspondientes depuradores de CO2, precisamente para que no se acumule el generado por sus ocupantes al respirar. Lo único que impide hacer esto a mucha mayor escala, como con este que financia Bill Gates, es el coste. Otra técnica ya existente es la bio-energía con captura y almacenamiento de carbono, de las que existen un puñado de plantas en operación y construcción. Este sistema permitiría capturar sosteniblemente 10.000 millones de toneladas de carbono al año y los 36.000 millones de toneladas que emitimos anualmente quemando combustibles fósiles a un coste adicional de entre 50 y 100 euros por tonelada. Entre las propuestas aún en estudio se encuentra la fertilización oceánica, con posibles efectos secundarios sobre los ecosistemas marinos, el biochar, ciertas bacterias modificadas por ingeniería genética o la simple reforestación.

Una combinación de estas técnicas y las que vayan surgiendo por el camino pueden mitigar o incluso remediar el desastre carbónico que estamos organizando. ¿A qué coste? Pues ese es el tema: alto, al menos en la situación actual. A lo mejor dentro de cien años nos parece tan normal como producir ordenadores, o penicilina, ambas cosas poco menos que ciencia-ficción hace ahora un siglo.

Evolución del radiocarbono atmosférico (12C/14C) 1955-1994.

Evolución del radiocarbono atmosférico (12C/14C) 1955-1994. Puede observarse cómo aumenta hasta el Tratado de Prohibición Parcial de Pruebas Nucleares (atmosféricas) y el descenso del mismo desde entonces. En su época también hubo propagandistas diciendo que no, que en realidad eso no era por los bombazos atómicos en plena atmósfera, sino por la actividad solar o «tormentas de rayos cósmicos» (al igual que pasaría con el peligro del tabaco y la gasolina con plomo). Fuente de los datos: Manning, M; Melhuish, W.H. (1994), Atmospheric 14C record from Wellington. In Trends: A Compendium of Data on Global Change. Carbon Dioxide Information Analysis Center, Oak Ridge National Laboratory, U.S. Department of Energy, Oak Ridge, USA. Imagen: Wikimedia Commons

Hay formas de polución que tienden a remediarse solas, por simple degradación o reabsorción natural del agente contaminante. En realidad, por ejemplo, bastaría con dejar de emitir carbono y otros gases de efecto invernadero al ambiente como tarados para que ese problema se arreglase solo en un tiempo. Otra forma de contaminación que tiende a remediarse por sí misma, al menos en parte, es la radiactiva. Los isótopos más radiactivos y peligrosos agotan su energía rápidamente, con lo que su capacidad de hacer daño se desploma a toda velocidad. Los menos radiactivos tardan mucho más en irse, pero claro, son mucho menos peligrosos. Con el tiempo todos ellos van suavizándose más y más hasta que al final se vuelven indistinguibles de la radiación natural de fondo, dejando «sólo» un problema de contaminación química convencional (algunas de esas sustancias, además de radiactivas durante un tiempo, son muy tóxicas.)

De hecho, en este planeta ya hemos tenido una gran guerra atómica a cámara lenta, con cientos de detonaciones, no pocas de ellas extremadamente potentes y sucias. Me estoy refiriendo, por supuesto, a la época de las pruebas nucleares atmosféricas entre 1945 y 1963: 215 estadounidenses, 219 soviéticas, 21 británicas, 50 francesas y 23 chinas. Algunas fueron enloquecidamente poderosas, como el mítico Emperador de las Bombas (Bomba Zar), una chulería sin ninguna utilidad militar práctica. Otras, errores que generaron inmensas cantidades de contaminación radiactiva, como la no menos mítica Castle Bravo. Sí, estamos hablando de petar grandes cargas nucleares al aire libre, en algunos casos a menos de ciento cincuenta kilómetros de la gran ciudad más próxima como Las Vegas (USA) o Semipalatinsk (URSS). En otras palabras: como si yo ahora mismo hiciera estallar varias bombas atómicas anticuadas y sumamente contaminantes sobre el Polígono de Tiro de las Bardenas Reales y luego dijese que maños, vascos, riojanos, navarros y sorianos son todos unos histéricos por quejarse.

Absorción de yodo-131 en tiroides por condados a consecuencia de las pruebas nucleares atmosféricas en los EEUU continentales.

Absorción de yodo-131 en tiroides por condados a consecuencia de las pruebas nucleares atmosféricas en los EEUU continentales. Imagen: National Cancer Institute, USA.

Hubo downwinders, hubo evacuaciones a la carrera, hubo daños, miserias y enfermedades jamás cuantificados, hubo abundantes materiales radiactivos que se diseminaron por todo el planeta… pero, con el tiempo, la radiación que emitió esta guerra atómica de 18 años de duración y medio millar de explosiones (más que los arsenales modernos completos de Francia, India y Pakistán juntos, con cargas mucho más potentes y guarras) se ha ido suavizando y diluyendo hasta que ahora es sólo detectable con algunos instrumentos específicos de gran sensibilidad. Como no estallaron en un periodo breve de tiempo, no hubo invierno nuclear.

Por cierto que con los fenómenos de invierno nuclear (o volcánico, o meteorítico, etcétera) pasa un poco lo mismo. Al principio es muy intenso, pero desde el día uno los humos y cenizas se van posando y en unos años o décadas se disipa totalmente por sí mismo, como ha ocurrido muchas veces en la larga historia de la Tierra. Sin embargo, hay otras fuentes de contaminación mucho más persistentes. Por ejemplo, los metales pesados no-radiactivos. Estos metales son básicamente estables y, por sí mismos, no desaparecen nunca. Como mucho se diluyen, en parte pasando a la cadena alimentaria. Al papeo, vamos. Pero, normalmente, sólo al de los pobres.

Hay otros agentes químicos a los que les cuesta mucho degradarse. Y luego hay cosas que hacen cisco ciertos ecosistemas frágiles, como las bolsas de plástico. No obstante todo ello, al menos una parte de la pupa que le hacemos al planeta se puede remediar. Sólo hace falta la pasta, la conciencia y las ganas de trabajar.

Habrá a quien le parezca que esto es jugar a los dioses, violar a la Madre Tierra y todas esas cosas frankensteinianas que al final habrán de costarnos caro. Pero mira, llevamos jugando a los dioses desde que inventamos el fuego, o antes. Esa es una de las características esenciales del ser humano como especie: más que adaptarse al medio, adaptamos el medio a nuestra conveniencia. Desde que nos pareció oportuno clarear el primer bosque, seguramente allá por el Paleolítico, le metimos antorcha y santas pascuas. Ahora que vamos siendo un poquito más conscientes de las consecuencias de hacer el animal como si no hubiera mañana, hablamos de mitigación y remediación. Es un avance.

Y aún así…

Punto azul pálido

El famoso «punto azul pálido», en la banda marrón de la derecha, un poco hacia abajo del centro. Esa es nuestra Tierra vista desde 6.000 millones de kilómetros por la nave espacial Voyager-1. Ahí está, hoy por hoy, todo lo que somos. Foto: NASA.

…aún así, son sólo 25 kilómetros. Los recorro con el metro de mi ciudad por dos euros con ochenta céntimos, billete sencillo. Uno con cuarenta si me pillo el bono. A decir verdad, en nuestro estado de desarrollo actual es, en la práctica, mucho menos. Si de algún modo estropeamos gravemente los primeros tres kilómetros de aire, donde vivimos algo así como el 99% largo de la humanidad, tenemos un problema. Gordo. Tres kilómetros es la longitud de una avenida mediana puesta de pie. Si te asomas a la ventana, a menos que vivas entre edificios como yo, vas a ver más de tres kilómetros a tu alrededor. ¿Has viajado en avión? Bueno, pues esa es la altitud a la que sueles estar unos tres o cuatro minutos después de separar las ruedas del suelo. Y eso que los aviones de pasajeros suben tranquilitos. Si fueses en un cohete Soyuz-2, lo harías en unos treinta segundos, antes de acelerar en serio.

No tenemos muchas bases de operaciones a más de tres kilómetros de altitud. Está La Paz, Bolivia, y luego una serie de pueblos cada vez más pequeños e infértiles hasta llegar a una localidad minera muy contaminada que se llama La Rinconada, en Perú (interesante). A partir de ahí, ya sólo puedes encontrar algunos templos y puestos militares por la parte del Himalaya, cada vez soportando menos y menos población. Salvo aclimatación extrema, a esas altitudes ya andamos midiendo cosas como los tiempos de conciencia útil y engorros así.

Mar abajo, está claro: una persona inconsciente puede ahogarse en pocos centímetros de agua. Según el Guinness, un tipo puede resistir 22 minutos sin respirar, hiperventilándose primero con oxígeno y manteniéndose muy quieto. Pero no más. Para sumergirnos bajo el mar, necesitamos máquinas. Hay unas máquinas estupendas llamadas submarinos, algunos de los cuales pueden operar varios años a cientos de metros de profundidad con entre 60 y 150 personas a bordo. Como dije en el post anterior, aquellos que funcionan a propulsión nuclear e incluyen hombres y mujeres en su tripulación pueden convertirse en excelentes cápsulas de supervivencia de la humanidad. Lamentablemente, no disponen de muchas plazas y casi todas ellas están reservadas para tripulantes con una formación en extremo exigente. Seguro que siempre encontrarán algún hueco donde embutir a Su Excelencia y algún Excelentísimo Pariente, pero incluso los grandes submarinos atómicos no se caracterizan por disponer de mucho espacio libre o medios para mantener a mucha más gente que su tripulación. Por debajo del primer kilómetro pasamos ya a los batiscafos y cosas por el estilo, cuya autonomía (cuando son autónomos) suele medirse en decenas de horas.

Pero el tremendismo en estos temas es casi tan perjudicial como la acción perniciosa, las excusas ridículas y la perezosa inacción. Si hablamos de los grandes problemas planetarios, si hablamos de los grandes daños al medio ambiente, cualquiera de estas cosas importantes, y lo planteamos en términos de ¡vamos a morir todoooos!… bien, pues le estamos haciendo el juego a quienes la lían a conciencia y a quienes pasan de todo. Esto funciona como aquel cuento tan viejo del lobo. Si te pasas la vida avisando de que llega el día y el día nunca llega, porque no era realista, al final todo el mundo pasa de tu cara y, ya puestos, de las cuestiones incómodas verdaderamente graves.

Llevo oyendo hablar de escenarios cataclísmicos, tormentas perfectas, el colapso de esta civilización decadente, esa guerra que supuestamente nos tenía que tocar a cada generación, días del juicio varios y lobos que vienen desde que sólo tenía pelo en la cabeza. Y no, al final resultó que esto no va así. Por supuesto que hay lobos, pero se comen mayormente a los pobres y los débiles, como toda la santa vida. Hay muchas cosas que pueden llevarse por delante a un bebé mísero de los deltas de Bangladesh, que duerme a un metro de altura sobre el nivel del mar. Hay muy pocas cosas que puedan hacer lo mismo con un señor que desayuna en Nueva York y cena en Hong Kong tras un agradable viaje en su jet privado, como no sea que se estampe con él. Por no mencionar una vez más a los chicos, y chicas, del submarino. Esto no va de novedosos e improbabilísimos apocalipsis globales. Esto va de agravar o no injusticias viejas perfectamente reales hoy por hoy.

En último término, es que resulta que esos veinticinco kilómetros no son nuestros. Apenas tenemos ningún derecho sobre ellos; tan solo una minúscula parte proporcional, casi infinitesimal. Quien los estropea por la cara no sólo es un indeseable y un guarro a escala planetaria por mucho desodorante que se eche; es además un ladrón, porque está saqueando algo que no es suyo, y posiblemente un homicida.  Esos veinticinco kilómetros pertenecen a todos los vivientes y a todas las generaciones futuras, no a ninguno de nosotros. Aquí no hay nada gratis. Todas las cochinadas y estupideces que cometamos, ellos las pagarán. Al menos, hasta que encuentren la manera de largarse a sitios mejores y olvidar a sus patéticos antepasados para siempre jamás.

39 Comentarios Trackbacks / Pingbacks (45)
¡Qué malo!Pschá.No está mal.Es bueno.¡¡¡Magnífico!!! (42 votos, media: 4,67 de 5)
Loading...
Be Sociable, Share!

El apocalipsis improbable

No me parece que vayamos a irnos de aquí fácilmente, como no sea a otros sitios mejores.

Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis de V. Koren

Los cuatro jinetes de Apocalipsis 6:1-8 en grabado de Vasili Koren’ (siglo XVII). Museo Estatal de Bellas Artes A. Pushkin, Moscú.

A la tercera copa o la tercera conversación, no me resulta raro oír hablar a la gente en términos de un modo u otro apocalípticos. Desde los absolutistas más devotos hasta el ecosocialismo más sandía, pasando un poco por todo el mundo, me he encontrado con personas, muchas personas, convencidas de que por una vía o por otra la humanidad está condenada y el fin de los tiempos está próximo. En estos tiempos de crisis, el número de personas esperando que ocurra algo gordo parece haberse multiplicado. Yo mismo he utilizado expresiones como «hasta que nos vayamos de aquí» y otras por el estilo, un poco a la ligera. Cosas de haberse criado durante el periodo más crítico de la Guerra Fría. Y sin embargo, una vez he reflexionado sobre el asunto, vengo a opinar que esto es muy improbable. Extremadamente improbable. Al menos, en un plazo que nos pueda causar algún temor.

Lo primero, vamos a centrar los términos. Obviamente, no me estoy refiriendo a catástrofes corrientes de mayor o menor calibre. Por supuesto que un desastre natural o causado por la mano humana puede hacernos un saco de megamuertos y heridos, inmensas colas de refugiados y ocasionar enorme miseria y devastación. Pero luego, ocurre lo de costumbre: que en la otra punta del mundo lo ven por la tele comiendo palomitas, que en unas horas o días se presentan los aviones con ayuda humanitaria internacional –esos malditos mundialistas– y, si es muy gordo, que en un par de generaciones la juventud lo estudia en clase de historia rancia como eso que les pasó a los antiguos porque va para el examen. Menudo rollo. Eso ni es un fin de los tiempos ni es ná.

Al hablar de apocalipsis normalmente nos referimos a… bien, eso, algo más parecido al Apocalipsis de San Juan que, pese a su oscuro lenguaje, parece profetizar un exterminio generalizado de la humanidad salvo por unos 144.000 elegidos destinados a vivir en una paradisíaca Nueva Jerusalén, rigurosamente cristiana, por supuesto. Para los musulmanes tenemos también la tercera fase del Qiyamah, con una temática muy parecida y un divertido periodo en el que la gente «fornicará en las calles como burros», signo seguro del fin. Curiosamente, los judíos no parecen tener un Armagedón tan bien definido, aunque siempre pueden echar mano de algunas partes del Antiguo Testamento. Por su parte, las religiones del Oriente Asiático suelen ser más cíclicas, si bien los budistas no se privan de su propia profecía apocalíptica en el Sermón de los Siete Soles del Canon Pali.

Impresión artística del impacto de Chicxulub. Dibujo: Don Davis / NASA.

Por su rapidez y potencial, el impacto de un gran meteorito ha sido un tema favorito en el arte apocalíptico contemporáneo. Sin embargo los distintos sistemas de detección de objetos próximos a la Tierra no han encontrado ninguno de tamaño superior a un kilómetro de diámetro que se encuentre en trayectoria de colisión. Ahora van a buscarlos hasta los doscientos metros, a ver. Dibujo: Don Davis / NASA.

Para herejes, escépticos, ateos y demás escoria como este que te habla, tenemos lo que bien podríamos denominar apocalipsis laicos. Hay cantidad: guerras termonucleares totales, catástrofes ecológicas o climáticas singularmente veloces, neoplagas tecnológicas, epidemias de diseño, grandes impactos astronómicos, supervulcanismo repentino, la explosión de hipernovas próximas y demás eventos a nivel de extinción. Para los más crédulos, cada pocos años tenemos pánicos como la reciente profecía de los mayas, esos supuestos agujeros negros que se iban a formar en el Gran Colisionador de Hadrones o las chorradas sobre el planeta HercóbulusNibiru. Entre los menos tremendistas circulan las tesis de colapsos socioeconómicos globales que extinguirnos, no, pero destruirán los modelos de civilización presentes para crear otras realidades peores o mejores segun el magín de cada cual. De todo y para todos los gustos, vamos.

Ciertamente, algunas de estas cosas podrían hacernos una degollina de mil pares. Pero, ¿extinguirnos total o casi totalmente? E incluso, ¿destruir por completo la llamada civilización humana? ¡Veamos!

Bichejos feraces.

Para empezar, el ser humano está presente en casi todos los lugares del planeta Tierra que toleran vida compleja, incluyendo las bases antárticas, los submarinos y hasta la estación espacial. Estamos más extendidos que las cucarachas o las ratas. Desde las celebridades neoyorquinas hasta los korowai de Papúa-Nueva Guinea, desde los pescadores de Ushuaia hasta los de las Islas Fiyi o Islandia, desde los mineros árticos de Norilsk hasta los beduinos del Malí, desde los viejunos europeos o japoneses hasta la interminable chiquillería de Uganda o São Tomé e Príncipe, hay humanos por todas partes.

Y además, en todos esos sitios se encuentran al menos otras cinco cosas: una estructura socioeconómica establecida, una administración pública, un tribunal, un hospital con médicos científicos y algo parecido a una universidad que custodia los conocimientos esenciales de la humanidad. Más las escuelas, claro: cualquier libro de cono contiene saberes inconcebiblemente más avanzados que los de Arquímedes, Galileo, Galeno, Leonardo, Paracelso y Avicena juntos.

Guardiamarina aprendiendo a pilotar el submarino USS West Virginia de la Clase Ohio, Armada de los Estados Unidos

Una guardiamarina aprende a pilotar el submarino nuclear de misiles balísticos de la Armada de los Estados Unidos USS West Virginia. Las tripulaciones submarinas mixtas son cada vez más comunes en los países desarrollados; la primera mujer que comandó uno fue la noruega Solveig Krey, en 1995. Este avance tiene el curioso efecto secundario de que a bordo de algunos submarinos modernos se encuentra todo lo necesario para garantizar la supervivencia de la humanidad, su capacidad reproductiva y una parte significativa de sus conocimientos científico-técnicos en un entorno artificial extremadamente protegido capaz de operar con total autonomía durante varios años. Foto: US Navy.

Para erradicar a toda la humanidad, nuestro apocalipsis tendría que alcanzar todos esos sitios con fuerza de extinción, y además hacerlo a la vez. Hasta a los submarinos, donde cada vez más países incorporan tripulaciones de ambos sexos que, por cierto, suelen tener un elevado nivel científico-técnico en materias como navegación (lo que incluye a la astronomía, uno de los más clásicos motores científicos de la humanidad), ingeniería avanzada, telecomunicaciones y sensores, oceanografía, medicina básica o no tan básica si hay un oficial médico a bordo, física nuclear o ciencia militar, que incluye muchas cosas además del arte de matar gente. Y a todos los demás marinos, y a los ocupantes de la estación espacial, que siempre tienen una Soyuz disponible para regresar (al menos tres de ellos, y ellas.)

Además, tendría que hacerlo en todos esos sitios a la vez y de manera persistente. Porque, tú ya sabes, los humanos sabemos viajar. Tenemos barcos y aviones. Esos submarinos, que dicho sea de paso suelen contar con poderosos medios defensivos, pueden seguir navegando protegidos por varios cientos de metros de agua, un blindaje extraordinario. Los tipos y tipas en las bases antárticas (otra condenada panda de gafapastas con extensos conocimientos científico-técnicos) disponen de suministros que, bien racionados, pueden durar muchos meses o hasta años. No tiene que quedar en ninguna parte ni un solo cacho de tierra que cultivar, ni un lago en que pescar, ni un reno que preñar, ni una jungla donde recoger frutas silvestres. Ni siquiera cadáveres con los que ir tirando hasta que se pueda.

Estudiantes de la Universidad de Katmandú, Nepal

Estudiantes de la Universidad de Katmandú, situada en pleno Himalaya, a 1.340 metros de altitud. Esta institución oferta formación superior en Medicina (incluyendo Enfermería y Farmacología), Ciencias (Biología Humana, Ciencias Medioambientales, Biotecnología, Física Aplicada), Ingeniería (Mecánica, Electrónica, Informática), Ciencias Sociales, Pedagogía, Artes y Humanidades. Foto: Universidad de Katmandú, Nepal.

Esto parece extrema, extrema, extremadamente improbable. En mi opinión, ni siquiera un impacto como el que se cargó a los dinos bastaría. Al impacto de Chicxulub sobrevivieron numerosas especies de plantas y animales, entre ellas nuestros antepasados mamíferos, y eso en mi pueblo se llama comida. Y amigo mío, amiga mía, los humanos podemos llegar a tener mucho ingenio y aún más mala leche a la primera expectativa de una tripa hambrienta. Lo hemos demostrado incontables veces a lo largo de estos dos últimos millones de años, cuando en vez de submarinos armados hasta los dientes con tripulaciones altamente cualificadas teníamos un palo, una piedra y unos gruñidos por lenguaje. Cuando en vez de estudiar doctorados en agricultura hidropónica, piscicultura o energías renovables, por ejemplo en la Universidad del Pacífico Sur, nos limitábamos a forrajear bayas y carroña aprovechando las horas de luz solar.

La inteligencia humana, o eso que tenemos entre las orejas que nos hace preguntarnos qué demonios serán esas lucecitas que se ven en el cielo por la noche, y buscar una respuesta, es extremadamente adaptativa. Cuando se activa el instinto de supervivencia, ni te cuento. Guerras antiguas y recientes nos muestran lo muy rápido que una criaturita de diez o doce años puede aprender a manejar el Kaláshnikov del abuelo para defenderse de los merodeadores, cazar algo que echarse a la boca y, ya de paso, ir a preguntar la hora a ese compi del cole que le cascaba a diario. Humanos semos.

Para que nuestras futuras parejitas en el submarino, en la Antártida o en el condenado Katmandú se queden sin ninguna comida, o sin ninguna agua potable, o sin ningún aire que respirar hay que liquidar a gran parte de la vida compleja terrestre. Y eso no ha sucedido, por lo menos, en los últimos 542 millones de años. La verdad es que no se me ocurre qué clase de fenómeno natural realista podría acabar con la humanidad. Los humanos somos más de extinguir a lo que se nos cruce por el camino que de extinguirnos nosotros; pero, al mismo tiempo, tenemos la suficiente pillería para asegurarnos de que no se nos acabe la comida (al menos a una buena parte de nosotros). En caso de emergencia, somos además unos omnívoros bastante flexibles capaces de salir adelante con cosas que harían vomitar a la cabra de Rambo. Para nosotros, animales, plantas, algas y hongos son gastronomía. En asedios y eso, hay gente que ha aguantado algún tiempo comiéndose el cuero de los cinturones o los zapatos. Por no mencionar las posibilidades culinarias del canibalismo.

Homo antecessor practicando canibalismo, Atapuerca.

Homo antecessor zampándose a un prójimo por la parte de Burgos, según reconstrucción de los investigadores de Atapuerca. El canibalismo no desapareció por completo hasta el siglo XX y sigue dándose en situaciones críticas de supervivencia o como una manera de extender el terror en algunas guerras. Foto: J. Luis Martínez vía Wikimedia Commons.

Además, la gran mayoría de fenómenos naturales de calibre extinción son relativamente lentos. Uno de los más rápidos y aniquiladores, la Gran Oxidación, se tomó al menos dos mil años; una cifra algo controvertida (por breve), pero la aceptaremos para plantear el caso extremo. La humanidad es capaz de hacer muchas cosas en dos mil años, sobre todo si tiene una buena motivación para no dormirse en los laureles. Hace dos milenios no teníamos todavía ni brújulas (inventadas en China durante el siglo XI), ni pólvora (China, siglo VII), ni el número cero (India, siglo IX), ni gafas (Italia, siglo XIII, con sus más remotos precursores en la Roma del siglo I), ni imprenta (Alemania, siglo XV), ni la menor idea sobre el sistema respiratorio (Egipto, siglo XIII), o sobre el origen microbiano de las epidemias (sospechado desde antiguo, pero no aceptado ni utilizado hasta el siglo XIX) y nuestro sistema de comunicaciones más veloz era un caballo, en aquellos tiempos más bien paticortos y lentos.

Ante un proceso de extinción natural extrema tan rápido que sólo se tomase dos mil años, la humanidad aún dispondría de siglos para hacerle frente. Según de lo que se trate, la mayor parte de la tecnología puede estar ya disponible y ten por seguro que la aún inexistente se desarrollaría bien rápido. Igual nos pasábamos una temporada pagando IVA del 50% o el 60%, igual que si detectásemos un gran meteorito en aproximación, pero no veo ningún motivo obvio por el que la humanidad no pudiese contraatacar con toda su ciencia o, si no fuese posible, construir hábitats artificiales hasta que lo sea.

En realidad, la mayoría de las grandes extinciones se tomaron su tiempo. Por ejemplo, la más gorda de todas, la extinción supermasiva del Pérmico-Triásico, necesitó entre 10.000 y varios cientos de miles de años para completarse. Me resulta inimaginable lo que podría hacer una humanidad amenazada para defenderse en un plazo de diez mil años, pero estoy seguro de que mucho. Hace diez milenios, acabábamos de estrenar el Neolítico y nuestra tecnología más avanzada era la alfarería. Faltaban aún decenas de siglos para que inventásemos la rueda, las velas de navegar, la escritura o el bronce. Ah, sí, hace unos 18.000 años, en pleno Paleolítico, perseguidos por los hielos del Último Máximo Glacial, un puñado de siberianos aprovecharon para colonizar América.

Otras posibles extinciones naturales necesitan aún más tiempo, o son aún más improbables. Los procesos volcánicos verdaderamente grandes, como las inundaciones basálticas, cubren entre decenas de miles y algún millón de años. La mayor explosión supervolcánica conocida, La Garita, liberó 400 veces menos energía que el impacto meteorítico de Chicxulub. Las inversiones de los polos magnéticos terrestres, que también dieron que hablar hace algún tiempo, no parece que tengan ningún efecto en particular sobre la vida (y no, la Tierra no se va a dar la vuelta como malentendieron algunos, al menos mientras la Luna siga ahí). La explosión de una supernova próxima podría causar una extinción, pero esto ni ocurre a menudo ni tampoco es evidente por qué habría de acabar con toda la humanidad. Y así con todo.

 Autoextinción.

Bien, si Mamá Naturaleza no está por la labor de proporcionarnos un buen apocalipsis, siempre podemos contar con nosotros mismos para causarlo, ¿eh? Vamos, esto es lo que temen millones y hasta parecen desear algunos: que en el pecado de nuestro orgullo infinito y demás llevemos la penitencia. A quién se le ocurre jugar a los dioses y todo eso. ¡Seguro que tarde o temprano, de un modo u otro, nos habrá de costar caro! ¿O no…?

Lanzamiento de un ICBM RS-24 Yars, Kapustin Yar, Rusia

Lanzamiento en pruebas de un misil balístico intercontinental ruso RS-24 Yars de 2007, provisto con varias cabezas termonucleares maniobrables y tecnologías avanzadas para la penetración anti-antimisil. Pese al extraordinario poder de estas armas, suficiente para cauterizar sociedades enteras si se utilizan en masa, no tenemos la capacidad de matar a todo el mundo en todas partes a la vez. Foto: © Polígono de Kapustin Yar, Ministerio de Defensa, Rusia.

A ver. Comencemos por la guerra, ese viejo hobby de la humanidad. Las guerras son una garantía segura de que una montaña de gente resultará muerta. Después de las epidemias, que consideraremos más adelante, las mayores catástrofes humanas han sido siempre las guerras. El peor desastre natural del que se guarda memoria fueron las inundaciones en China de 1931: mataron como máximo a cuatro millones de personas. Durante la Segunda Guerra Chino-Japonesa, que se libró pocos años después, perecieron entre 20 y 35 millones de personas. Los libros de texto japoneses, por su parte, siguen diciendo que fue un incidente. En todo caso, no hay color: se nos da muy bien matarnos a nosotros mismos.

Bueno. Lo primero, una observación que es más bien una perogrullada, pero a veces se olvida: las guerras se hacen para ganarlas, o al menos no perderlas. Es decir, para obtener o conservar poder político, económico, social, etcétera. Yo no conozco una sola guerra en la historia de la humanidad que se haya hecho para matar a todo el mundo, incluyendo a los de tu propio bando, a ti mismo y a tu familia (y a la del gerifalte máximo de turno). De hecho, muchas veces se hacen para defenderlos. La única guerra concebible que podría conducir a situaciones de extinción sería una que se realizase con armas de destrucción masiva extraordinariamente poderosas y que además se saliera de madre por completo, sin teléfonos rojos de ninguna clase ni la presencia de ningún par de personas sensatas aquí y allá diciéndose: «vamos a moderar esto un poco, ¿no?»

La Segunda Guerra Mundial, la más mortífera de todos los tiempos, se comió a entre 65 y 85 millones de personas a lo largo de seis años; una barbaridad. Pero, por una parte, sólo afectó a los lugares donde se combatió. Y esto va a sonar crudo, pero esa es la gente que muere actualmente en el mundo en no llega a un año y medio. Lo único que hizo esa guerra monstruosa fue incrementar la tasa de mortalidad global durante una temporada. Ni siquiera redujo la población mundial a corto plazo: en 1940 había unos 2.300 millones de habitantes en la Tierra y en 1950, más de 2.500. Sí, es tremendo, pero una guerra de 75 millones de muertos incluyendo batallas gigantescas, bombardeos estratégicos urbanos, asedios, genocidios, represalias masivas y dos bombazos atómicos no nos hace ni cosquillas como especie.

Supongamos una guerra nuclear. Una enloquecida, en plan 1985, con unas 70.000 armas nucleares de gran potencia a punta de gatillo y un general Jack D. Ripper a los mandos. Bien, para empezar, la mayor parte de los objetivos interesantes están en el Hemisferio Norte (Estados Unidos, Rusia, Europa, China…). Espero que mis amistades del Hemisferio Sur no se ofendan si digo que por allí tenéis muchos menos blancos que valgan un ICBM. No por el precio, que un ICBM moderno cargado de MaRVs y ayudas a la penetración anti-antimisiles y de todo apenas cuesta entre cincuenta y cien millones de dólares –más o menos como un caza Eurofighter y notablemente más barato que un F-35A cuando consigan que funcione–, sino porque al Norte hay objetivos mucho más críticos que atacar; con lo que la mortandad primaria, es decir la causada directamente por las detonaciones, sería mucho menor al Sur del ecuador.

Animación con la diseminación de 150 Tg de humos en caso de guerra nuclear entre EEUU y Rusia usando todo su arsenal en 2007.

Animación con la diseminación de 150 Tg de humos en caso de guerra nuclear entre Estados Unidos y Rusia, a partir de un 14 de mayo, utilizando todo su arsenal disponible en 2007. Realizada por Luke Oman, NASA, sobre las conclusiones del estudio de la Universidad John Hopkins y la Universidad Rutgers: Nuclear winter revisited with a modern climate model and current nuclear arsenals: Still catastrophic consequences (en Journal of Geophysical Research, Vol. 112:2007, D13107, doi:10.1029/2006JD008235.). El modelo computacional utilizado es el ModelE del Centro Goddard de la NASA. Esta diseminación provocaría con gran probabilidad un invierno nuclear global fuerte y prolongado, pero puede observarse cómo las regiones situadas muy al Sur resultan significativamente menos afectadas y disponen de una semana para prepararse.

De todos modos, imaginemos que la batalla atómica en sí liquida al 75% de la población del Hemisferio Norte y al 25% de la situada en el Hemisferio Sur. Eso serían unos 5.000 millones de muertos, considerablemente más que las peores estimaciones realizadas en lo peor de la Guerra Fría. A continuación, el invierno nuclear, las enfermedades asociadas a la radiación, la sinergia negativa sobre los sistemas socioeconómicos y el caos generalizado le meten un hachazo de, digamos, otro 50% a los supervivientes. Seguirían quedando 1.000 millones de humanos vivos, o sea más o menos como en el año 1.810, cuando Napoleón se libró de Josefina para casarse con María Luisa y los colombianos se declaraban independientes del Imperio Español. En unas décadas, no pocas de las regiones afectadas volverían a ser habitables como ahora lo son Hiroshima y Nagasaki. Y en un siglo o dos volveríamos a la parte de la adolescencia quejándose por tener que estudiar esa antigualla, con lo que molan las clases prácticas de astronáutica.

Pues vaya. Esto no es un apocalipsis, ni un fin del mundo, ni de la humanidad ni nada que se le parezca. Sólo una carnicería un poco mayor que las que nos hemos infligido desde que se nos ocurrió la idea de agarrar un hueso para ir a buscarle las vueltas a algún vecino. Una vulgaridad.

Oye, oye, ¿y las armas biológicas? Seguro que a alguien se le puede ir de las manos un virus bien hideputa, modificado por ingeniería genética o como sea, que se extienda como un incendio forestal en pleno viento de verano, mute muy deprisa, mate mogollón y acabe llevándosenos a todos o casi todos por delante, ¿no?

Pues… qué quieres que te diga. Esto ya es especular, pero las armas biológicas ni son muy populares –precisamente por la posibilidad de que se vuelvan contra uno– ni se han demostrado muy eficaces en las pocas ocasiones en que se han usado. La propagación de las enfermedades y sus efectos sobre los seres vivos son fenómenos extremadamente complejos que nunca se saldan con la muerte de toda la población expuesta. Y no se puede subestimar la capacidad para defenderse de las mismas que aporta la medicina moderna, tan avanzada como las técnicas de guerra biológica, si no más.

Extensión de la peste negra por Europa entre 1346 y 1353.

Extensión de la peste negra por Europa entre 1346 y 1353. Esta epidemia se comportó como un arma biológica singularmente agresiva cayendo sobre una población sin la menor idea de cómo defenderse o combatirla. Puede que matara a media Europa, pero el resto siguió adelante y aquí estamos. Imagen: Andrei Nacu vía Wikimedia Commons.

Pongamos un caso: el peor de todos los históricos que se recuerdan, la peste negra, que además me sirve para ilustrar el caso de las epidemias. La peste negra fue como si los extraterrestres hubiesen venido a por nuestro cuello con un arma biológica especialmente perniciosa. El perpetrador generalmente aceptado, la bacteria Yersinia pestis, es un bacilo mortal que se transmite más que nada a través de la pulga de las ratas. Y donde hay humanos, suele haber ratas. En el pasado, muchas más: ratas por todas partes.

Para acabar de arreglarlo, cayó sobre una humanidad que aún no sabía nada de microbios, ni de higiene, ni de asepsia, ni de antibióticos, ni de medicina científica de ninguna clase. La tecnología más avanzada de la época para combatirla consistía en quemar los cadáveres y sus ropas junto a unos cuantos judíos. Que ahora, escuchando a algunos, parece como si eso del antisemitismo en el Occidente Cristiano fuese un invento nazi que no se le había ocurrido a nadie antes salvo por alguna cosilla. Ya que estaban metidos en harina, aprovecharon para fundirse también a extranjeros, gitanos, mendigos y leprosos. Salvo por los leprosos, que ya no se ven, qué coincidencia, ¿eh?

Al grano. Además, la peste negra no llegó una, sino muchas veces, a lo largo de más de un milenio. La primera fue posiblemente la Plaga de Justiniano del 541 y la última, la epidemia rusa de 1771. En todos los casos mató a porcentajes significativos de la población afectada, pero la cañera fue la muerte negra que se extendió de Asia a Europa entre 1347 y 1353, seguramente por la Ruta de la Seda. Según las distintas estimaciones, se ventiló a entre 75 y 200 millones de personas, sobre una población mundial total en aquel tiempo de unos 450 millones. Los trabajos más recientes sugieren que la mortalidad general fue del 45 al 50%, llegando al 75 u 80% en regiones mediterráneas como Italia, el Sur de Francia y el Este de España. El 80%, he dicho, igual que el medievalista Philip Daileader. Por aquí por estas partes del Levante donde hablamos raro se le llamó la glànola, debido a las glándulas inflamadas que adquirían un aspecto como de bellota (gla), y causó una enorme mortandad en varias oleadas. Después vendría el cólera. Mi bisabuela todavía se acordaba de la espantosa epidemia de cólera de Valencia de 1885.

Pues ni siquiera eso fue el tan esperado apocalipsis. Fíjate, aquí estamos hablando de eso que le pasó a los antiguos tú y yo, tranquilamente sentados delante de nuestros ordenadores. Mi bisabuela, que era niña por entonces, sobrevivió al cólera. Y es de suponer que mis retatarabuelos o cosa así lo hicieron a la peste, o yo no estaría ahora aquí contándote esto. Historia antigua.

Experimento del NASA Mars Greenhouse para el cultivo de hortalizas en Marte y concepto Popeye on Mars.

Arriba: Experimento del NASA Mars Greenhouse para el cultivo de hortalizas en… Marte. Abajo: Un concepto final utilizando tecnologías análogas. Si podemos hacerlo en Marte, muy mal tendrían que ponerse las cosas aquí en la Tierra para que no fuésemos capaces. Imagen: PopEye on Mars | NASA.

Las catástrofes ecológicas y climáticas son otro tema favorito en los apocalipsis laicos. Pero ni el más potente cañón de clatratos será lo bastante rápido como para que no nos demos cuenta de que nos está matando con algún tiempo para tomar medidas, se pongan como se pongan los negacionistas. El resto son procesos mucho más lentos, que mayormente sólo matan y arruinan a los pobres, y tú ya sabes lo que pasa con la muerte o la ruina de los pobres. Sea como sea, business as usual.

Para ir más allá, habría que meterse en temas más propios de lo que hoy en día consideramos ciencia-ficción. Pero si ni guerras, ni genocidios, ni la extinción del Holoceno ni la mismísima muerte negra han acabado con nosotros, va a ser difícil que haya algo que lo haga. En realidad, y pese al pesimismo antropológico de algunos, la humanidad moderna ha demostrado ser bastante sensata, al menos en la escala grande de las cosas. Si no nos fuimos a tomar por saco cuando había 70.000 armas nucleares listas para salir a toque de botón, es que tampoco somos tan idiotas.

Incluso en los peores pudrideros del Tercer Mundo la esperanza de vida media aumenta y la mortalidad infantil cae. El porcentaje de hambrientos se reduce y masas inmensas salen de la miseria más abyecta. Somos mucho más conscientes y activos con las cuestiones medioambientales que hace unas décadas, cuando no parecía importarle a nadie. Distamos mucho de ser dioses, pero tampoco somos demonios. Somos, eso, humanos. Y a los humanos nos gusta sobrevivir, a ser posible en buenas condiciones. A muchísimos, incluso nos seduce aquella idea tan vieja de dejar un mundo un pelín mejor cuando nos vayamos del que nos encontramos a nuestra llegada.

Sea como sea, una vez más: para que cualquiera de esas catástrofes acabe con la humanidad, tendría que ocurrir en todas partes a la vez con intensidad de extinción y la persistencia suficiente como para que cualquier posible superviviente perezca también. A menos que esos 144.000 supervivientes de la profecía bíblica se refieran a las tripulaciones de los submarinos, los científicos de la Antártida, el alumnado de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego o la de Katmandú, los aborígenes andamaneses y demás pecadores en vez de sus santones favoritos, el apocalipsis no va a ocurrir.

Una breve nota sobre los colapsos civilizatorios.

Las civilizaciones colapsan. Lo han hecho siempre y seguramente seguirán haciéndolo siempre, o al menos durante mucho tiempo. Pero no lo hacen a la vez.

Cabeza Colosal nº 1 de los olmecas en San Lorenzo Tenochtitlán.

La Cabeza Colosal nº 1 de San Lorenzo Tenochtitlán. Fue esculpida entre el 1200 y el 900 aC por la cultura olmeca que luego daría lugar a todas las civilizaciones mesoamericanas. En ese mismo periodo, numerosas civilizaciones del Mediterráneo y el Oriente Próximo colapsaban. Conservada en el Museo de Antropología de Xalapa, Veracruz, México. Imagen: Wikimedia Commons.

Mientras colapsaba la Edad del Bronce, llevándose por medio a buena parte del Mediterráneo y sus alrededores, florecía la cultura olmeca de San Lorenzo Tenochtitlán que daría lugar a todas las grandes civilizaciones mesoamericanas. Durante el mismo siglo en que los persas vencían en Pelusium, señalando así el principio del fin del casi tres veces milenario Antiguo Egipto, en Mileto se fundaba la primera escuela de la filosofía occidental. Al caer el Imperio Romano de Occidente, la India estaba en plena Edad Dorada dedicándose a inventar los números que usamos hoy en día, explicar los eclipses y escribir el Kama sutra. Cuando las civilizaciones mesoamericanas resultaron pulverizadas por la llegada de los europeos, en China reinaba la Pax Sinica del Gran Ming.

Se ha postulado que la cada vez mayor interconexión e interdependencia de las sociedades, el proceso que ahora llamamos globalización pero que se remonta al día en que un tipo salió de su aldea para vender la oveja en la aldea del al lado porque le salía más a cuenta, puede facilitar las reacciones en cadena de tal modo que un colapso local se convierta en un colapso general. Sin embargo, también se ha postulado lo contrario: que un mundo así es mucho más resistente a los colapsos. De manera particular, a que arda la biblioteca de Alejandría y nos quedemos todos huérfanos, porque ahora mismo el saber humano está reproducido millones de veces, prácticamente en tiempo real, y disponible por todas partes.

Hoy en día, yo podría escribir este post u otro muy parecido sentado aquí en Valencia, en París, en San Francisco, en Moscú, en Santiago de Chile o tomando el sol en las playas de Tailandia. En todos esos sitios y muchos otros más está disponible todo el conocimiento necesario incluso aunque se cortasen las comunicaciones. Es más: en cualquiera de esos lugares podría estudiar casi cualquier carrera hasta el doctorado a un nivel muy próximo al state of the art actual por mucho que el resto del mundo hubiese desaparecido. Ahora esto es mucho más evidente y sencillo, pero viene siendo posible desde que se inventó la imprenta. No me consta ningún retroceso o paralización sustancial del conocimiento humano desde que hay imprentas y casi todo está disponible en casi todas partes.

Tú puedes sentarte a leer la Teoría de la Relatividad General, las obras completas de Aristóteles, un libro de medicina, un manual de diseño electrónico, una colección de ciencia política o un tratado de ingeniería moderna en la biblioteca de la Universidad de Kinshasha, República Democrática del Congo, el país más pobre de la Tierra. Y si puedes hacer eso, que puedes, la probabilidad de que sobrevenga una edad oscura global es extremadamente baja incluso aunque suceda una catástrofe a gran escala. La recuperación sería sólo una cuestión de tiempo, incluso sin tener en cuenta a la gente de los submarinos o de la Antártida o del Paranal y demás.

El apocalipsis fallido.

Una de las cosas que más me fascinan de este tema es que todas las profecías apocalípticas han fallado –o no estaríamos aquí– y sin embargo hay millones de personas que siguen tragándoselas, no todas ellas entre las bombillas menos brillantes del cajón. Aquí tienes una pequeña lista con sólo una minúscula fracción de las que ha habido, pero suficiente para hacerse una idea. Se me escapa cómo hay personas, algunas de ellas inteligentes, que pueden seguir tragándose estas cosas. Quizá sus deseos son más poderosos que su capacidad crítica. No lo sé.

Vacunación en el campo de refugiados Kibati II, RDC. ONU.

Vacunando contra el sarampión, las paperas y la rubéola en el campo de refugiados Kibati II, República Democrática del Congo. Esto, que es posible y hasta normal hoy en día, era pura fantasía hace sólo unas décadas. Incluso en caso de gran catástrofe global, estos niños tienen muchas más posibilidades de supervivencia que sus antepasados. Foto: ONU

Y bueno, si no pasa nada de todo esto, ¿qué será de nosotros? Pues… tampoco lo sé. :-P Yo no soy capaz de ver el futuro y tampoco creo que nadie pueda. Es más, quienes dicen ser capaces suelen ignorar la profundidad de las leyes cósmicas que tal habilidad violaría. Yo a lo más que acierto es a estimar probabilidades y observar tendencias. Estimo que la probabilidad de que algo se nos lleve por delante del todo es abismalmente baja, que el tiempo entre posibles sucesos apocalípticos se mide en eras geológicas, y que cuanto más sepamos y podamos, estaremos todavía más a salvo. El mismo meteorito que ahora mismo nos haría un cisco puede ser sólo una anécdota con otros cien años de tecnología aeroespacial. El mismo desastre ecológico que hoy sería un problemón se puede convertir en un mero incidente con un siglo más de química, ciencias de la vida y ciencias planetarias. Etcétera.

Esto me conduce a lo de las tendencias. ¿Realmente vamos a seguir avanzando, o la civilización humana se dirige hacia una era oscura como tantos temen? Bueno, pues supongo que no es imposible, si bien por lo que he explicado antes esa sería probablemente una era oscura con muchos matices. Más allá de la crisis económica presente, que de esas hemos tenido una o varias por siglo, no veo ningún motivo obvio por el que la humanidad vaya a dejar de seguir avanzando como venimos haciendo desde que asomamos una oreja fuera de la caverna. Mientras escribo estas líneas, entra la noticia de que los amerikantsy de la National Ignition Facility han logrado una reacción nuclear de fusión con beneficio energético. Magnífica noticia. Muy bien por ellos. Otro paso más hacia un futuro mejor. Y no paran de ocurrir.

Naturalmente, puede haber pendulazos. Puede haber altibajos, tiempos dífíciles, baños de sangre, lo que tú digas. Pero si la historia humana sigue más o menos como los últimos diez mil años, esa es una historia de progreso, de éxito, de vivir cada vez más y mejor. Sí, hasta en el Tercer Mundo, aunque desde luego tendría que ser mucho más y más rápido. Quiero recuperar aquí un gráfico demoledor que publiqué hace ya algún tiempo:

Mortalidad infantil y esperanza de vida 1950-2010

Mortalidad infantil y esperanza de vida 1950-2010 (abrir en ventana o pestaña nueva para ampliar)

Ese no es el gráfico de una humanidad que se va por el sumidero. Ese es el gráfico de una humanidad que, mal que bien y con todos sus enormes problemas y sus indignantes injusticias y a un ritmo desesperantemente lento, funciona. Gapminder tiene otros datos buenísimos. ¿Debería ser más rápido? Sí. ¿Debería ser más justo? Sí. ¿Debería ser más eficaz? Sí. ¿Estamos fracasando como especie? No, se pongan como se pongan los cínicos, los pesimistas y quienes en el cinismo y el pesimismo se excusan para no desacoplar las nalgas del sofá o sacar la tarjeta de crédito porque total, no sirve para nada.

Si la humanidad sigue avanzando más o menos como estos últimos diez milenios, no nos dirigimos a ningún apocalipsis, sino a un mundo mucho mejor. Uno donde el presente nos parecerá aquel pasado de mierda, como debe ser. Pero no ocurrirá solo, ni va a venir ninguna fuerza sobrenatural a poner las cosas en su sitio o a elegir a nadie para llevárselo a ningún paraíso gratis total. Hay que arremangarse y trabajar, cada cual en lo que sea mejor por su naturaleza y capacidad. Por ejemplo, no sé, ¿hoy?

Anuncio de Telefónica del año 1985, cuando todavía era un poco de todos y no de unos inversores a los que yo no conozco de nada. En aquellos tiempos, no todo el mundo entendió de qué demonios iba. Ese futuro del que habla se llama Internet y es lo que estamos utilizando tú y yo ahora mismo.

231 Comentarios Trackbacks / Pingbacks (50)
¡Qué malo!Pschá.No está mal.Es bueno.¡¡¡Magnífico!!! (36 votos, media: 4,83 de 5)
Loading...
Be Sociable, Share!

El transbordador espacial se acabó. Y ahora, ¿qué?

El incierto futuro de la exploración espacial norteamericana.

Anterior: 50 años de Gagarin. Y ahora, ¿qué? (12/04/2011)


Despegue del Atlantis STS-135, en la última misión de los transbordadores espaciales.

El Atlantis, en su misión STS-135 y última de los transbordadores espaciales estadounidenses, se dispone a ensamblarse con la Estación Espacial Internacional el 10 de julio de 2011. Foto: NASA.

El Atlantis, en su misión STS-135 y última de los transbordadores espaciales estadounidenses, se dispone a ensamblarse con la Estación Espacial Internacional el 10 de julio de 2011. Foto: NASA.

Lanzamientos espaciales por países en el periodo abril de 2006 a marzo de 2011. Fuente de los datos: Quarterly & semi-annual launch reports, Federal Aviation Administration (USA). (Clic para ampliar)

Lanzamientos espaciales por países en el periodo abril de 2006 a marzo de 2011. Fuente de los datos: Quarterly & semi-annual launch reports, Federal Aviation Administration (USA). (Clic para ampliar)

Hace ahora algo más de un año, escribí una despedida prematura para el Atlantis. En aquellos momentos se daba por sentado que la misión STS-135 actualmente en curso no saldría adelante. Me alegro de haberme equivocado y de que mi transbordador espacial favorito, al final, haya cerrado esta extraordinaria aventura. :-) Pero ahora ya está: se acabó. No habrá más transbordadores. Y, con ellos, desaparece toda posibilidad para los Estados Unidos de lanzar naves espaciales tripuladas durante los próximos años. No había un reemplazo claro, el tiempo se ha echado encima y todas las alternativas siguen en el tablero de diseño o en etapas tempranas de desarrollo. A partir del próximo día 21, toda la humanidad pasa a depender de las naves Soyuz para viajar a las estrellas, más lo que puedan hacer los chinos (que tardarán algún tiempo).

Aquí tienes otro post que escribí sobre el estado actual de la exploración espacial, cuya lectura te recomiendo para hacerte una idea general de la situación. Las tendencias que comentaba en él, si algo, no han hecho más que profundizarse a lo largo de estos últimos catorce meses. Cincuenta años después de Gagarin, 42 años después del primer viaje a la Luna y 25 años después de la estación espacial Mir… sólo nos queda aferrarnos a diseños de aquellos tiempos para ser capaces aún de hacer algo por ahí fuera (la Soyuz voló por primera vez en 1967 y la Estación Espacial Internacional es básicamente lo que iba a ser la Mir-2). Pero es más: comienza a asomar la patita por el horizonte el día en que habrá que retirar la E.E.I. (ya hubo un amago que hablaba de 2016, aunque seguirá hasta por lo menos 2020) y la idea de plantear un proyecto nuevo con un alcance sólo remotamente parecido para reemplazarla provoca sudores fríos y taquicardias a todos los pusilánimes. Indudablemente, la humanidad ha menguado e involucionado mucho durante las dos últimas décadas (excepto en volumen: dentro de unas semanas seremos ya 7.000 millones), y el estado de nuestros programas espaciales lo refleja perfectamente.

Las palabras del director de lanzamientos del transbordador, dirigiéndose a su gente antes de esta última misión, fueron bastante sinceras y expresivas de la sensación que corre por el programa espacial norteamericano:

«El final del programa del transbordador es duro de tragar, y todos somos víctimas de unas malas políticas en Washington DC, tanto al nivel de la NASA como de la rama ejecutiva del gobierno, y esto nos afecta a todos nosotros -os afecta a la mayoría de vosotros- severamente.

Me da vergüenza que no haya salido un liderazgo mejor de Washington DC. A lo largo de la historia del programa espacial tripulado, siempre tuvimos otro programa al que hacer transición: del Mercury al Gemini, y al Apolo, y al programa de pruebas Apolo-Soyuz, al Skylab y luego al transbordador. Siempre tuvimos algo a lo que hacer transición.

Y lo teníamos, y fue cancelado y ahora no tenemos nada, y me avergüenzo de que no lo tengamos. Francamente, como alto directivo de la NASA, me gustaría pediros disculpas porque no lo tenemos. Así que ahí estáis. Os quiero a todos. Os deseo lo mejor.»

El martes pasado, algunos de los principales responsables de esta situación, los mismos que se han pasado décadas dejando sin dinero y sin recursos a la NASA, entraron en pánico y se permitieron el lujazo de pasar por la tostadora al director de la NASA Charlie Bolden, que me supongo yo que tuvo que recurrir a todas sus conchas como ex-general de los Marines para no mandarlos a pastar por ahí. Al parecer, han descubierto de sopetón que queda fatal en la tele eso de que los astronautas estadounidenses tengan que comprar billetes a Roskosmos si quieren acceder al espacio. En su estulticia, tuvieron un instante de lucidez y vislumbraron también que, si una potencia espacial abandona segmentos mayores de sus investigaciones espaciales… pues es muy posible que deje de ser potencia espacial. Y, después de años negándole a la NASA el pan y la sal, estos prohombres y promujeres acosaron a Bolden con la pregunta secundaria que les resultaba más cómoda: «¿por qué la NASA no tiene aún el plan de futuro para el lanzador pesado que nos llevará a Marte y a los asteroides próximos a la Tierra, al que se comprometió (la comprometimos) para el pasado mes de enero?»

El astronauta norteamericano Scott Kelly en la Soyuz TMA-01M, camino de la Estación Espacial Internacional. Estados Unidos pagó 56 millones de dólares por ese asiento y en 2014 pagará 63. Foto: NASA. (Clic para ampliar)

El astronauta norteamericano Scott Kelly en la Soyuz TMA-01M rusa, camino de la Estación Espacial Internacional, el 9 de octubre de 2010. Estados Unidos pagó 56 millones de dólares por ese asiento y en 2014 pagará 63. Foto: NASA. (Clic para ampliar)

Charlie, en vez de contestar «porque lleváis veinte años dejándonos bajo mínimos y delirando a golpe de pensamiento ilusorio, porque no hacéis otra cosa que estrangularnos un poco más con cada presupuesto, porque no escucháis a los especialistas técnicos sino sólo a los gurús que os dicen lo que queréis escuchar y porque sois alérgicos a mojaros con un proyecto a largo plazo así os ahorquen», hizo de tripas corazón con un despliegue de buenos modales, mano izquierda y diplomacia cortesana. Nobleza obliga. Tuvo buenas palabras para todo el mundo y definió cuatro líneas de trabajo sobre las que la NASA se plantea el futuro para los próximos tiempos. De todo el lamentable espectáculo, estos cuatro puntos fueron lo único que merece la pena rescatar. Veámoslos.

«¿Roskosmos? Sí, hola, buenos días, quisiera comprar unos billetes para la estación espacial…»

En primer lugar, lo dejó claro: al menos hasta 2015, todos los lanzamientos tripulados de los Estados Unidos se realizarán a través de la Agencia Espacial Rusa «y otros partners» (como no sean los chinos…). El asiento en una Soyuz con destino a la Estación Espacial sale a 56 millones de dólares por unidad, billete de ida y vuelta, que sube a 63 millones en 2014. Ya han firmado 18 pasajes por esos importes. Eso es lo que hay, punto pelota. Mientras tanto, seguirán apoyando el desarrollo de cohetes y naves espaciales construidos por empresas privadas, en la esperanza de que alguno de ellos pueda llegar a competir con las Soyuz. El más conocido y probablemente más adelantado de estos proyectos es el de SpaceX, con sus cohetes Falcon y sus naves espaciales Dragon.

Esta es una apuesta francamente arriesgada y un tanto confusa. Se trataría, básicamente, de subvencionar con dinero público el desarrollo y operación privados de una tecnología de lanzamiento análoga a la de la Soyuz, para luego comprarle misiones (otra vez) con dinero público. Más o menos. Gene Cernan, el último hombre que estuvo en la Luna, lo describió así recientemente:

Lanzamiento con éxito de un prototipo de nave espacial Dragon con el cohete Falcon-9, ambos de desarrollo privado, el 8 de diciembre de 2010. Foto: NASA.

Lanzamiento con éxito de un prototipo de nave espacial Dragon con el cohete Falcon-9, ambos de desarrollo privado, el 8 de diciembre de 2010. Foto: NASA.

Fue la industria espacial comercial, bajo el liderazgo y la guía de la NASA, la que nos permitió ir a la Luna y construir el transbordador y hacer todo lo que ha pasado en los últimos 50 años. [Pero] transferírselo todo sin ninguna supervisión al sector comercial, una expresión que cuestiono, va a necesitar mucho tiempo. Algunas de esas personas están muy cualificadas, pero otros [sólo] son emprendedores jóvenes con mucho dinero, y para ellos es una especie de hobby. No para todos ellos. Pero algunos dicen que pueden ir al espacio en cinco años por 10.000 millones de dólares, y hasta los rusos dicen que tardaremos por lo menos el doble si ponemos nuestros huevos en esa cesta.

No tengo mucha confianza en que ese extremo del espectro espacial comercial nos devuelva a órbita en ningún momento de los próximos tiempos. Me gustaría que toda esa gente que se autodenominan [operadores espaciales privados] me dijeran quiénes son sus inversores. Que me dijeran dónde está su mercado. Se supone que una empresa comercial debe usar capital privado. ¿Y quiénes son sus usuarios? Imagínese que nosotros, la NASA, no tuviéramos necesidad de sus servicios. No existe ningún otro mercado para ellos. Entonces, ¿esto es realmente una empresa privada, o no? ¿Es un grupo de muchachos con estrellas en los ojos, que quieren convertirse en un gran desarrollador espacial? No lo sé.

No creo que lleguen ni cerca de conseguir lo que han dicho que pueden hacer. Se lo dije al Congreso y sigue siendo cierto hoy: aún no saben lo que no saben. Nosotros […] hemos estado haciendo esto durante medio siglo. Hemos cometido errores. Hemos perdido colegas. ¿No crees que hemos aprendido algo de esos errores? Puedes apostar tu vida a que sí. Ellos tienen que aprender aún de sus errores. Y, como contribuyente, no tengo el deseo de sentarme ahí y pagarles para que cometan esos errores antes de que puedan siquiera llegar adonde creen que son capaces de ir. La buena noticia es que ahora algunas de las grandes compañías aeroespaciales están tratando de entrar en ese sector. Los Boeing, Lockheed Martin, ATK, están tratando de competir en el lado comercial del negocio. Eso es un poco más alentador. Esas son las personas que han estado trabajando en todo lo que hemos hecho durante los últimos 50 años. Ellos saben cómo se puede hacer.

Cernan no es el único que no ve claro el asunto. Algunos otros astronautas notables opinan que esta aproximación puede condenar a los Estados Unidos a convertirse en un operador espacial de «segunda o tercera clase». Ojo: es posible que esta transferencia al sector privado funcione, siempre que la lleven a cabo los especialistas adecuados y se mantenga con dinero público. En principio, no hay nada que lo impida. Pero tiene muchos números para ser un proceso largo, caro y no exento de problemas. Y Estados Unidos no está solo en el mundo: hay competidores. Están los rusos, con sus Angara, sus Rus-M y el PPTS en distintos estados de desarrollo. Detrás, vienen empujando los chinos. En 2015, que es cuando está prevista la entrada en servicio de estas naves y cohetes estadounidenses de construcción privada, podrían encontrarse con una durísima competencia. Si se producen retrasos, todos los nichos podrían estar ya ocupados para cuando quieran llegar.

Lo único que está claro es que, por el momento, el vuelo espacial tripulado de la humanidad queda en manos exclusivamente rusas, más lo que China pueda ir haciendo. No existe ninguna alternativa ni la habrá durante al menos los próximos cuatro años. Y en cuanto a lo de enviar cargueros no tripulados del tipo de las Progress, ya se verá cuándo consiguen poner en órbita el primero. Sin duda, nos hallamos ante una situación de lo más incómoda para los Estados Unidos.

Una Soyuz TMA-M, la más reciente actualización de la veterana nave rusa, se acerca a la Estación Espacial Internacional el 9 de octubre de 2010. Foto: NASA.

Una Soyuz TMA-M, la más reciente actualización de la veterana nave espacial soviética, se aproxima a la Estación Internacional el 9 de octubre de 2010. Foto: NASA.

El regreso de la Orión… ¿y del Energía?

Prototipo del módulo de tripulación y reentrada del MPCV, propuesta en estos momentos como futura nave espacial tripulada de la NASA.

Prototipo del módulo de tripulación y reentrada del MPCV, propuesta en estos momentos como futura nave espacial tripulada de la NASA.

Con el propósito de ir más allá de las órbitas terrestres cercanas, Charlie Boden dijo que mantienen sus intenciones de resucitar la nave Orión del descarriado Programa Constellation para volver a la Luna propuesto durante los años de Bush. La nave Orión fue cancelada después de gastarse cinco mil millones de dólares en desarrollarla, pero ahora vuelve por sus fueros bajo el acrónimo MPCV, o sea, vehículo tripulado multi-propósito (web oficial de la NASA al respecto). La idea es disponer de una nave espacial tripulada capaz de llegar hasta los asteroides y Marte… y de servir como cartucho en la recámara para el caso de que las iniciativas privadas del apartado anterior no fueran a ninguna parte (de hecho, algunos critican que el MPCV duplicaría la funcionalidad de naves como la Dragon).

En esencia, la Orión es un concepto Apolo pero con más capacidades, radio de acción y autonomía. Según se plantea, debería ser capaz de hacer por sí sola viajes espaciales con dos a cuatro tripulantes de 21 días de duración, ampliables hasta seis meses mediante elementos modulares. Con una masa total de 21.250 kg, estaría compuesta por dos módulos: uno de tripulación/reentrada y otro de servicio. El módulo de tripulación/reentrada dispondría de 8,9 m3 ocupables, un poco menos que los aproximadamente 10 m3 habitables de una Soyuz-TMA o los 11 de una Apolo (en ambos casos, sumando todos los espacios presurizados). El módulo de servicio, no habitable, contendría los sistemas de propulsión, el almacén y el resto de equipos tecnológicos.

Para lanzar esta nave se requiere un nuevo cohete, que es el tema con el que los congresistas dieron la brasa a Charlie Boden.  Tal como se plantea en estos momentos, se trataría de un lanzador pesado que combinaría tecnologías de los propulsores del transbordador espacial, de los cancelados Ares I y Ares V e incluso del Programa Apolo. Al parecer, algunos de sus motores podrían terminar siendo una copia norteamericana del motor ruso NK-33. Su nombre es SLS (space launch system) y, como comentaba hace poco Dani Marín, podría llegar a ser esencialmente un concepto similar al del cohete soviético Energía. O, si las cosas no van al final por ahí, un Ares V de bajo coste. Aunque, por el momento, no existe una estimación de costes ni un calendario específico para el desarrollo del MPCV o el SLS. La estimación preliminar es que podrían entrar en servicio en torno a 2016-2017, si bien esta parece una fecha demasiado optimista en las circunstancias actuales.

Hasta Marte o por ahí.

El último punto que planteó Charlie Boden en su exposición es el más delicado de todos: a dónde se va con estas mimbres. Como era de esperar, repitió la idea planteada por Obama el año pasado: a un asteroide próximo a la Tierra, en torno a 2025, y a Marte para 2030 o cosa así. También se plantea ir ocupando los puntos de Lagrange o algunas misiones a la Luna.

Ese es un plan ambicioso, en el que me encantaría creer. I want to believe. Sin embargo, visto lo visto en los últimos años, hay buenas razones para el escepticismo. De momento, ni siquiera la Iniciativa Conjunta de Exploración de Marte firmada recientemente entre la NASA y la ESA supera por mucho el estadio de declaración de intenciones.

Presupuesto de la NASA 1960-2010 en millones de dólares constantes de 2007 y como porcentaje del presupuesto federal de los EEUU. Fuente de los datos: Oficina de Gestión y Presupuestos (OMB), Presidencia de los EEUU. (Clic para ampliar)

Presupuesto de la NASA 1960-2010 en millones de dólares constantes de 2007 y como porcentaje del presupuesto federal de los EEUU. Fuente de los datos: Oficina de Gestión y Presupuestos (OMB), Presidencia de los EEUU. (Clic para ampliar)

Vamos a ver si nos entendemos y recordamos un poco de dónde venimos y sobre los hombros de qué gigantes caminamos y todo eso. Desde que Kennedy dijo que se iban para la Luna hasta que Armstrong puso su pie en el maldito sitio, transcurrieron ocho años escasos. ¿Cómo se hace eso? Sencillo: metiendo un montón de voluntad, de imaginación, de determinación y de recursos. O sea, una montaña de dinero. Para ser exactos, unos 24.000 millones de dólares de la época: la mayor inversión realizada jamás por un país en tiempos de paz. Es decir, unos 150.000 millones de dólares actuales. En 1966, durante el desarrollo del proyecto Apolo, llegaron a gastarse el 4,41% del presupuesto federal para sacarlo adelante. El mismo porcentaje del presupuesto federal para 2011 ascendería a 170.000 millones de dólares sólo en un año. Y mantuvieron un gasto parecido durante casi una década.

Esa es la clase de decisión política que se precisa para hacer cosas grandes. Y no parece quedar nadie, al menos en Occidente, con esas pelotas. Ni con unas ideas mínimamente realistas. A todo el mundo le gustaría apuntarse el tanto de un viaje a Marte, pero dentro de su legislatura de cuatro años, sin que sus votantes tengan que rascarse el bolsillo y sin correr ningún riesgo político o económico. Evidentemente, eso no es posible. Con esa forma de pensar, los egipcios nunca habrían construido las pirámides o el faro de Alejandría. En realidad, con esa forma de pensar no se va a ninguna parte. Es esa forma de pensar la que nos ha llevado, ahora mismo, adonde estamos.

Ni los Estados Unidos ni nadie irán a Marte racaneando mil millones de dólares de aquí y de allá, con MPCV y SLS o sin ellos. Tampoco con un presupuesto anual de 19.000 millones para toda la NASA, que tiene en marcha muchos otros proyectos. Es ridículo. El problema de fondo en este asunto no es científico o tecnológico. Hay ciencia y tecnología de sobras para ir al punto del sistema solar que nos dé la gana, y la que no está disponible aún, se puede desarrollar en pocos años sobre la base actual. La cuestión de fondo es quién se moja, cuánto y hacia dónde. Mientras esta cuestión no esté clara, todo lo demás es marear la perdiz. O, como dijo Charlie Bolden al terminar, «un programa espacial sólo tendrá éxito si múltiples parlamentos y múltiples administraciones proveen la adecuada financiación.»


Preparando la Soyuz TMA-02M para el lanzamiento. Video: Roskosmos.

Lanzamiento de la Soyuz TMA-02M desde Baikonur, el 7 de junio de 2011 (secuencia con vistas desde distintos puntos – la más chula en el 03:45). Lleva a bordo 40 experimentos científicos, entre ellos uno para tratar de encontrar un mejor tratamiento contra el cáncer y otro para experimentar los cultivos en el espacio. Video: Roskosmos.

Actualización: Una aportación de Pastor Cartoon inspirada por la lectura de este post:

Cartel del astronauta estadounidense: "A la ISS". Oficial ruso: "¿Tienes algo suelto?"

Cartel del astronauta estadounidense: "A la ISS". Oficial ruso: "¿Tienes algo suelto?"


72 Comentarios Trackbacks / Pingbacks (22)
¡Qué malo!Pschá.No está mal.Es bueno.¡¡¡Magnífico!!! (48 votos, media: 4,90 de 5)
Loading...
Be Sociable, Share!

Resultados encuesta: ¿Conseguirá España algún premio Nobel científico antes de 2050?

Resultados encuesta mayo 2011.

Anterior: ¿Existen inteligencias extraterrestres en nuestra propia galaxia?

Resultados encuesta La Pizarra de Yuri mayo 2011: ¿Conseguirá España algún premio Nobel en ciencias antes de 2050?

Resultados encuesta La Pizarra de Yuri mayo 2011: ¿Conseguirá España algún premio Nobel en ciencias antes de 2050?

Una vez cerrada la novena encuesta, realizada entre el 1 y el 31 de mayo de 2011 (inclusives), los 724 votos emitidos han dado lugar a los siguientes resultados en detalle:

¿Conseguirá España algún premio Nobel científico antes de 2050?

  1. Sí: 240 (33,15%).
  2. No: 484 (66,85%).

Los porcentajes pueden no totalizar el 100% debido a los redondeos decimales.

Esta encuesta no es científica. Sólo refleja la opinión de aquellas personas que eligieron participar.
Los resultados no representan necesariamente la opinión del público, de los usuarios de Internet en general o de los lectores de La Pizarra de Yuri en su totalidad.

En curso la encuesta de junio:

¿Ha detenido el ser humano su evolución biológica?

11 Comentarios Trackback / Pingback (1)
¡Qué malo!Pschá.No está mal.Es bueno.¡¡¡Magnífico!!! (11 votos, media: 4,82 de 5)
Loading...
Be Sociable, Share!

50 años de Gagarin. Y ahora, ¿qué?

Hace medio siglo, la humanidad llevó al espacio al primero de sus hijos. Pero ahora, parece bastante estancada.
Como todo el mundo está hablando hoy del pasado, yo quiero hablar del futuro.

Tecnologías derivadas de la exploración espacial.

Algunas tecnologías derivadas significativa o totalmente de la exploración espacial. Imagen: NASA, 2003. (Clic para ampliar)

¡Propicios días, camarada extraterrestre! No sé si te acordarás, pero hace ahora mismo cincuenta años terrestres exactos que esa especie con cuatro patas del tercer planeta de Sol llevó al espacio al primero de sus hijos. Son unos bichos curiosos, los terráqueos estos, ¿verdad? Lo que pasa es que ahora mismo parecen bastante confundidos, estancados y con un montón de problemas. Fíjate, quién les ha visto y quién les ve.

Bueno, la verdad es que problemas, problemas, han tenido siempre. Si eres un extraterrestre lo bastante friki como para interesarte por la historia de esos simios que aún no han logrado alejarse de su planeta natal y ni siquiera fabricar un mísero agujero de gusano atravesable (¿estarán los OVNIs llenos de turistas galácticos frikis?), sabrás que cuando mandaron a ese fulano Gagarin a darse una vuelta por el espacio exterior parecían decididos a aniquilarse en una guerra nuclear mientras otros muchos de sus hijos pasaban hambre y miseria. Algunos de esos problemas parece que se han arreglado un poco: el peligro de guerra nuclear no es tan inminente y muchas cosas han mejorado bastante para la mayor parte de la humanidad. Y antes de todo eso… bueno, ya sabes.

Sin embargo, otros problemas se han desarrollado en este periodo. Por una parte, en tiempos recientes, han dejado que sus anticuadas economías fueran arrastradas a una crisis global a gran escala, afectando sobre todo a algunos de los países que en otro tiempo llevaban el liderazgo (sí, aún tienen países, ¿te lo puedes creer?). Aunque de eso siempre han sido capaces de salir con más o menos sufrimiento de los de siempre (también tienen clases; qué le vamos a hacer, considéralo una curiosidad, son muy primitivos, los pobres). De hecho, ya se vislumbra el surgimiento (o resurgimiento) de algunas potencias emergentes. Saldrán de esa.

Lo que ocurre es que esa crisis no es sino una manifestación de otros problemas más profundos, que siempre tuvieron pero últimamente se han desarrollado. Se han multiplicado demasiado para un planeta tan pequeño y con tan pocos recursos fácilmente accesibles. Hay más del doble de humanos ahora que cuando ese Gagarin fue al espacio. Quince veces más que en la Edad Media, veintipico veces más que en tiempos de los romanos, mil cuatrocientas veces más que en los albores de la civilización. En la actualidad están vivos el 6% de los humanos que hubo jamás. Si nada lo impide, a principios de otoño de este mismo año alcanzarán los 7.000 millones de personas.

Se puede discutir si el reverendo Malthus llevaba más o menos razón en sus estimaciones, si ya se han alcanzado o no los distintos picos de Hubbert, pero hay un hecho difícilmente disputable: el planeta Tierra es finito, por lo que la población no puede crecer y multiplicarse indefinidamente sin agotar los recursos más pronto o más tarde. O, al menos, convertirlos en absurdamente caros, por escasos para semejante demanda. La superpoblación provoca también burbujas de jóvenes, que muchos consideran profundamente desestabilizadoras política y económicamente. Por el extremo contrario, cuando la demografía se contrae sobreviene el envejecimiento de la población, también muy problemático en términos económicos y políticos además de receta segura para la decadencia social, cultural y civilizatoria. Es lo que ocurre cuando uno se mete en problemas serios: luego resulta muy difícil salir de ellos y no hay soluciones buenas, sino sólo males mayores y menores. Y los humanos se han metido en un problemón gordísimo con esa costumbre suya de reproducirse incontroladamente. Como suele decirse, si toda la humanidad empieza a limpiarse el culo con papel higiénico, los bosques duran un suspiro.

Población mundial entre el 10.000 aC y el 2.000 dC

Población mundial entre el 10.000 aC y el 2.000 dC. Fuentes: ONU, Oficina del Censo de los Estados Unidos, Population Reference Bureau, Centro de Población de la Universidad de Pennsylvania ("Historical Estimates of World Population: An Evaluation," Analytical and Technical Reports, Number 10, table 2.)

Área metropolitana de Tokio, la más poblada del mundo.

El área metropolitana de Tokio, con unos 35 millones de habitantes, es la más poblada del mundo.

Incontables problemas de la humanidad y de la biosfera terrestre están estrechamente relacionados con estos puros números: las crisis alimentarias, el hambre y la miseria que siguen persistiendo, las grandes injusticias y desigualdades, la extinción masiva de especies biológicas, el calentamiento global, las guerras por unos recursos cada vez más escasos se encuentran vinculados de uno u otro modo con el exceso de población. O, para ser más exactos, con el número de humanos en relación a los recursos disponibles y extraíbles económicamente en el planeta Tierra. Simplemente, el aumento de habitantes va más rápido que el nivel de desarrollo científico-técnico necesario para atenderlos a todos sin cargarse la biosfera terrestre en el proceso, y siguiendo por ese camino habrá necesariamente un momento en que supere la capacidad absoluta del planeta para sostenerlos.

La cosa no tiene visos de cambiar: cada mes que pasa, se añade una Comunidad de Madrid entera a la población humana. Eso no hay planeta que lo resista, y menos aún si el tiempo de vida se alarga cada vez más. O la humanidad limita radicalmente su número y su consumo de recursos, o encuentra una manera de multiplicar (y repartir mejor) estos recursos, o se enfrenta a una catástrofe monumental mal que les pese a los del pensamiento ilusorio. No es un mero futurible: a pesar del descenso de la proporción mundial de hambrientos (del 37% en 1970 al 16% en 2009), debido al mero aumento de la población un número constante de entre novecientos y mil millones de personas siguen sufriendo desnutrición, y 17.000 niños mueren de hambre cada día. Ellos ya viven la catástrofe.

Además, tener todos los huevos en la misma cesta es muy peligroso. Resumido en palabras de Stephen Hawking: «No creo que la humanidad sobreviva a los próximos mil años, a menos que nos expandamos por el espacio. Hay demasiados accidentes que pueden sucederle a la vida en un solo planeta. Pero yo soy un optimista. Iremos a las estrellas.»

En busca de las Indias Cósmicas.

La Tierra es la cuna de la humanidad. Pero uno no puede quedarse en la cuna para siempre.
Konstantin Tsiolkovsky, padre de la cosmonáutica.

Papirela minoica

Las papirelas, construidas con papiro, fueron los primeros navíos con los que la civilización minoica se adentró en el Mediterráneo para llegar hasta Egipto y otros lugares. Es posible que las naves espaciales del presente, aún tenues veleros gravitacionales, sean el equivalente cósmico a estos primeros buques.

Históricamente, las sociedades humanas que se veían enfrentadas a problemas de superpoblación y/o agotamiento de recursos recurrían a la exploración-conquista de nuevos territorios y al desarrollo técnológico para incrementar u optimizar el espacio y los recursos disponibles. Más a menudo, una combinación de ambas cosas conforme unas u otras iban quedando disponibles.

Actualmente, en la superficie terrestre sólo quedan dos grandes territorios para seguir expandiéndose en busca de grandes recursos sin explotar: el fondo oceánico y algunas regiones polares como la Antártida. Ambos son bastante inhóspitos y, tarde o temprano, también se agotarán. En realidad sus recursos más accesibles están ya siendo explotados, por ejemplo a través de las plataformas petrolíferas en alta mar. Más allá, sólo está la última frontera: el cosmos.

El futuro de la humanidad se halla inevitablemente en el cosmos. Antes o después, de buen grado o a regañadientes, la especie humana tendrá que hacerse definitivamente a ese océano interminable que conduce directamente a las estrellas. De lo contrario, se quedará estancada, arruinada, en decadencia y permanente conflicto, avanzando poco a poco hacia la extinción.

En cierta medida, ya está ocurriendo.

Hace tiempo que mucha gente se pregunta dónde están entonces las Indias Cósmicas, ese territorio inexplorado donde se desarrollará necesariamente el siguiente episodio de la historia humana. Creo que hacerse esa pregunta en este momento constituye un error de perspectiva, porque supone que el estadio científico y tecnológico actual es el equivalente –a grandes rasgos– al principio de la era de los grandes descubrimientos oceánicos, en el siglo XV aproximadamente. Opino que la situación actual se parece mucho más a los orígenes de la navegación marítima, quizá a aquel momento en que los minoicos comenzaron a explorar las islas de alrededor, hace unos cuatro o cinco mil años.

Hay un problema. La gente antigua pudo ir avanzando paso a paso, encontrando cosas que hacer y ganar en los territorios más próximos, así aprendiendo –y financiando– el salto a los más lejanos. En el océano cósmico, aún no resulta evidente por sí mismo cuáles serían esos pasos intermedios que sirvan como base a los más grandes, a menos que alguien invente algo revolucionario. Quizá incluso la comparación con los minoicos sea también excesiva, y los navegantes cósmicos humanos del presente se parezcan más a aquellos prehistóricos que ahuecaron un tronco para adentrarse en el lago a pescar algunos satélites, digo peces.

Protón-M

La gravedad terrestre exige hoy por hoy grandes cohetes, como este Protón-M, para acceder al espacio.

Por cierto que, hablando de satélites, sólo por los que ahora mismo evitan catástrofes y monitorizan los recursos hídricos y agropecuarios para prevenir la sed y el hambre ya habría merecido la pena todo el gasto en ir al espacio. Eso sin entrar a hablar de los de telecomunicaciones, navegación por GPS o GLONASS, científicos y demás. En cuanto a los beneficios tecnológicos derivados, según los cálculos de la NASA, cada dólar gastado en el espacio genera siete a la economía estadounidense por la vía de la I+D.

El próximo objetivo.

El problema fundamental es, pues, cómo dar el siguiente salto –que todos sospechan enormemente más caro– sin que resulte ruinoso. Aunque hay un paso previo: determinar cuál es, exactamente, ese próximo objetivo.

Esta es una cuestión curiosa y peliaguda a la vez. Recientemente, la Comisión Augustine de los Estados Unidos se ha dedicado a darle vueltas al asunto… sin alcanzar ninguna conclusión clara. De hecho, la Administración Obama no ha apostado claramente por ninguna de las opciones que planteó la Comisión, y sugiere unas ideas bastante difusas de enviar naves tripuladas a algún asteroide para 2025 y a Marte para 2030. Europa, como siempre, sigue a verlas venir; su programa Aurora sigue hablando de Marte en términos generales, pero poco más. China aún está en el proceso de ponerse al día.

Las querencias de Rusia, actualmente líder comercial mundial en lanzamientos espaciales, parecen mejor definidas. Básicamente, los cosmonáuticos rusos sueñan con continuar el programa soviético de estaciones espaciales SalyutMir hasta el siguiente paso lógico: la creación de un astillero espacial en el «espacio cislunar». En la práctica, en órbita baja alrededor de la Tierra. El tema se oyó con alguna fuerza cuando parecía que se iba a terminar la Estación Espacial Internacional: los rusos reclamaron varios de sus módulos para iniciar el ensamblaje de este astillero bajo el nombre OPSEK. La otra alternativa, evidentemente, es construirlo como una extensión al segmento ruso de la ISS.

¿Para qué sirve un astillero espacial? Bueno, parece bastante obvio: para construir naves espaciales. ¿Qué clase de naves espaciales? ¡Ah! Esa es la parte más intrigante de la idea.

La mayor dificultad del vuelo espacial en el presente es vencer el pozo gravitatorio terrestre para hacerse al mar cósmico. La gravedad terrestre tira mucho, y por eso hacen falta cohetes poderosos –y caros–. La tarifa para salir de puerto resulta bastante elevada: entre tres mil y siete mil euros por kilo usando los cohetes rusos más económicos. Pero además, hay un problema de volumen. Existen algunos límites de tamaño bastante severos para las cosas que se lanzan dentro de un cohete o incluso a lomos del mismo. La nave de una sola pieza más grande que existe ahora mismo, el transbordador espacial estadounidense, sería comparable en tamaño con un Airbus A320. Y ya es mucho.

Normalmente, las cargas que se lanzan en los cohetes tienen menos de diez metros de longitud, menos de cinco de diámetro y masas inferiores a los diez mil kilos. Las cargas en el rango de los 25.000 kilos se consideran ya excepcionales. El Skylab, que se lanzó con el último Saturno V, medía 36 metros de longitud y 6,7 de diámetro con una masa total de 77 toneladas: básicamente era una tercera etapa reconvertida, entera, en estación espacial.

No es práctico ni económico realizar lanzamientos tan grandes. Las alternativas plausibles proponen generalmente cargas aún más pequeñas. Eso significa que para construir grandes naves espaciales, las carabelas del descubridor cósmico (como esta Nautilus-X, por ejemplo), hay que ensamblarlas en órbita. La existencia de un astillero espacial tripulado o algo que desempeñe una función análoga facilitaría muchísimo este proceso. Los ensamblajes automáticos y los manipuladores robóticos están muy bien, pero no hay nada ni lo habrá en bastante tiempo que supere la capacidad de un humano para encontrar un tornillo suelto y apretarlo en un plis. Hay muchos tornillos en una cosa así.

Nautilus X

Concepto para una nave espacial interplanetaria Nautilus X, realizable hoy en día con tecnologías disponibles en la actualidad, a un coste estimado de unos 2.600 millones de euros. Vista frontal. Imagen: NASA Technology Applications Assessment Team.

Disponer de naves espaciales tripuladas de propósito general capaces de recorrer buena parte del sistema solar en misiones de pocos años no debería ser ni muy difícil ni brutalmente caro. Conceptualmente, se parece bastante a construir un submarino de larga autonomía, y existen unos cuantos de esos. Por ejemplo: se estima que una de estas Nautilus-X podría costar unos 2.600 millones de euros, con un plazo de construcción de 64 meses y una autonomía de dos años, lo que permitiría ir a la órbita de Marte y volver con bastante soltura. Eso se parece bastante a los costes, plazos y autonomía de un gran submarino de misiles balísticos.

Una nave espacial modular de propósito general es también flexible. Permite ir a muchos sitios distintos para hacer muchas cosas diferentes con modificaciones relativamente menores y su tamaño se puede ampliar o reducir a conveniencia: es como tener varias naves en una. Para dirigirse a objetivos de baja gravedad como la luna o los asteroides (u otras lunas…), puede cargar aterrizadores tripulados análogos a los utilizados en el programa Apolo.

Un programa completo para crear un astillero espacial y varias naves interplanetarias de propósito general, dependiendo de lo ambicioso que fuera, podría andar entre los cien mil millones de euros de la ISS y el billón de euros. Esta última parece una cifra fabulosa, y probablemente lo sea. Equivale al PIB de España durante un año. También es más o menos lo mismo que han costado ya las guerras de Iraq y Afganistán. Es menos de lo que vale el Grupo Santander. Y aproximadamente el PIB de la Unión Europea durante 23 días. O el del mundo durante menos de una semana. Hablamos de cifras enormes, pero perfectamente dentro de las capacidades humanas.

Yuri Gagarin y Sergei Korolev

Yuri Gagarin y Sergei Korolev.

Si de momento nos apañáramos con el equivalente a cuarenta naves como la Nautilus-X, o con un nuevo proyecto del mismo coste que la estación espacial (es decir, unos cien mil millones de euros), entonces estamos hablando de algo mucho más accesible. Es un importe similar a las hipotecas de alto riesgo en las cajas de ahorros españolas, menos de tres años de subvenciones agrícolas europeas directas o lo que se comió la guerra de Iraq en 2010. Es lo mismo que costó el programa Apolo, ajustado a la inflación (y que a su vez fue la quinta parte de lo que metieron en Vietnam).

Es, pues, falso que no haya medios para seguir los pasos de Gagarin en el siglo XXI, sea por la vía que aquí se plantea o por cualquier otra que se considerase más adecuada. Lo que no hay es voluntad política, liderazgo, visión, amplitud de miras o sentido de la responsabilidad colectiva, y ni rastro de pelotas. Sobran pusilánimes, mediocres y mezquinos. Más que un logro tecnológico, mucho más que un modelo económico, lo que llevó a Gagarin al espacio hace ahora mismo cincuenta años fue una manera de pensar. La misma manera de pensar audaz que creó el Concorde, acabó con la viruela o fundó las comunicaciones móviles y tantas cosas más. Sin esa decisión, sin esa voluntad de transgredirlo todo, sin la audacia y la generosidad de pelear por un fin grande y bueno para todos contra todo pronóstico, las sociedades humanas no van ni a las estrellas, ni a ningún otro lugar y a largo plazo sólo les queda abierto el camino de la decadencia, de la miseria y de la extinción.

~~~ 12 de abril de 1961 – 12 de abril de 2011: 50 años del primer viaje cósmico tripulado ~~~

Yuri Alekséyevich Gagarin, en la nave espacial Vostok-1 concebida por S. P. Korolev.

Insignia de la misión Vostok-1

Insignia de la misión Vostok-1

124 Comentarios Trackbacks / Pingbacks (17)
¡Qué malo!Pschá.No está mal.Es bueno.¡¡¡Magnífico!!! (112 votos, media: 4,87 de 5)
Loading...
Be Sociable, Share!

Resultados encuesta: ¿Qué fuentes de energía deberíamos fomentar más?

Resultados encuesta marzo 2011.

Anterior: ¿Crees que sucederá algún suceso de tipo apocalíptico durante tu tiempo de vida?

En esta ocasión, si lo llego a hacer a propósito no me sale una encuesta más adecuada a las circunstancias. Durante la tarde del 11 de marzo comenzaron a llegar noticias de que en las centrales nucleares japonesas pasaba algo tras el terremoto sucedido ese día, así que se me ocurrió anotar los votos recopilados hasta ese momento al punto de la medianoche. Por ello, puedo ofrecerte los resultados totales y desglosados en dos periodos: el primero desde el día 1 hasta el 11, momento en que el tsunami puso en marcha los accidentes nucleares de Fukushima que siguen sucediendo ahora mismo, y el segundo a partir del día 12 hasta el cierre de la encuesta a fin de mes. Aunque esta encuesta no es científica por los motivos habituales, el elevado número de votos recibidos desde un montón de direcciones IP y lugares geográficos distintos me hace conjeturar que puede ser cuanto menos indicativa del pulso social al respecto.

Así pues, una vez cerrada la séptima encuesta de la Pizarra de Yuri, realizada entre el 1 y el 31 de marzo de 2011 (inclusives), los 4.786 votos emitidos han dado lugar a los siguientes resultados en detalle:

Resultados encuesta marzo 2011: ¿Qué fuentes de energía deberíamos fomentar más?

Resultados encuesta marzo 2011: ¿Qué fuentes de energía deberíamos fomentar más?

¿Qué fuentes de energía deberíamos fomentar más?

Total Del
1 al 11
Del
12 al 31
Diferencia %
entre ambos periodos
Las energías renovables 2.594 (54,20%) 331
(43,78%)
2.263
(56,15%)
+28,25% (Abs: +12,37%)
La energía nuclear de fusión 1.520 (31,76%) 283
(37,43%)
1.237
(30,69%)
–18,00% (Abs: –6,74%)
La energía nuclear de fisión 554 (11,58%) 125
(16,53%)
429
(10,65%)
–35,62% (Abs: –5,89%)
Otras 77 (1,61%) 11
(1,46%)
66
(1,64%)
+12,56% (Abs: +0,18%)
Las «convencionales» (petróleo,
gas natural, carbón, hidroeléctrica…)
41 (0,86%) 6
(0,79%)
35
(0,87%)
+9,43% (Abs: +0,07%)

Los porcentajes pueden presentar diferencias o no totalizar el 100% debido a los redondeos decimales.

Esta encuesta no es científica. Sólo refleja la opinión de aquellas personas que eligieron participar.
Los resultados no representan necesariamente la opinión del público, de los usuarios de Internet en general o de los lectores de La Pizarra de Yuri en su totalidad.

Encuesta de abril:

¿Existen inteligencias extraterrestres en nuestra propia galaxia?

101 Comentarios Trackbacks / Pingbacks (4)
¡Qué malo!Pschá.No está mal.Es bueno.¡¡¡Magnífico!!! (22 votos, media: 4,64 de 5)
Loading...
Be Sociable, Share!

Resultados encuesta: ¿Cuál crees que va a ser el tiempo medio de vida para tu generación?

Resultados encuesta enero 2011.

Anterior: ¿Crees que es posible un espacio común entre ciencia y religión?

Resultados encuesta enero 2011: ¿Cuál crees que va a ser el tiempo medio de vida para tu generación?

Resultados encuesta enero 2011: ¿Cuál crees que va a ser el tiempo medio de vida para tu generación?

Una vez cerrada la quinta encuesta, realizada entre el 1 y el 31 de enero de 2011 (inclusives), los 1.737 votos emitidos han dado lugar a los siguientes resultados en detalle:

¿Cuál crees que va a ser el tiempo medio de vida para tu generación?

  1. Más o menos el actual, unos 75–85 años: 624 (35,92%).
  2. 86–95 años: 592 (34,08%).
  3. Menor que el actual: 233 (13,41%).
  4. 96–105 años: 95 (10,94%).
  5. Más de 115 años: 59 (3,4%)
  6. 106–115 años: 39 (2,25%)

Los porcentajes pueden no totalizar el 100% debido a los redondeos decimales.

Esta encuesta no es científica. Sólo refleja la opinión de aquellas personas que eligieron participar.
Los resultados no representan necesariamente la opinión del público, de los usuarios de Internet en general o de los lectores de La Pizarra de Yuri en su totalidad.

Siguiente encuesta, de febrero de 2011:

¿Crees que ocurrirá algún suceso de tipo apocalíptico en tu tiempo de vida?

13 Comentarios Trackbacks / Pingbacks (22)
¡Qué malo!Pschá.No está mal.Es bueno.¡¡¡Magnífico!!! (4 votos, media: 3,75 de 5)
Loading...
Be Sociable, Share!

« Entradas anteriores Página siguiente » Página siguiente »