Las tierras perdidas

Cuando ya había humanos en el mundo, hubo otras tierras, ahora desaparecidas.
Algún día, resurgirán.

Impresión artística de la Atlántida.

Impresión artística de la mítica Atlántida. La idea de los "continentes perdidos" con características mitológicas y civilizaciones idealizadas ha sido recurrente en la literatura. Si hubo "civiliizaciones antes de la civilización", no parece haber sobrevivido ningún rastro hasta el presente.

Todos hemos oído hablar de la Atlántida. Y puede que también de Lemuria, Mu y otros muchos continentes mitológicos con mayor o menor presunción de veracidad. Sin embargo, a tenor de todo lo que sabemos hoy en día sobre tectónica de placas, paleogeografía, paleoecología y demás, no parece muy probable que ninguno de ellos existiera realmente en tiempos recientes. Al menos, lo bastante recientes como para que hubiera gente por allí, alguien capaz de registrar su existencia. Nuestro planeta ha cambiado muchísimo a lo largo de sus 4.500 millones de años de historia y seguirá haciéndolo hasta que Sol se harte de hidrógeno y decida zampársenos a nosotros también. Pero lo hace muy despacio. En el medio millón de años que los homo sapiens llevamos bambando por aquí, los continentes y océanos apenas se han movido de donde están.

Y sin embargo, hubo otras tierras emergidas, muy probablemente ocupadas por nuestra especie en tiempos no demasiado lejanos. Varias fueron francamente grandes, tanto como lo que hoy en día ocupa el Mediterráneo entero. Algunas, desempeñaron con toda probabilidad papeles clave en nuestra historia sin los que ahora mismo seríamos muy distintos de como somos. Pero nada queda de ellas hoy en día. Al menos, nada que puedan ver nuestros ojos a plena luz del sol. Yacen, silenciosas y olvidadas, en las profundidades del mar. Son las tierras perdidas de la humanidad.

Los ciclos de glaciación y el caprichoso nivel del mar.

Ciclos glaciales de los últimos 650.000 años, evidenciados por la concentración de CO2 atmosférico. El nivel actual es superior a 380 ppm. Datos: ONRL, NOAA. (Clic para ampliar)

Ciclos glaciales de los últimos 650.000 años, evidenciados por la concentración de CO2 atmosférico. El nivel actual es superior a 380 ppm. Datos: ONRL, NOAA. (Clic para ampliar)

Al menos durante los últimos millones de años, la Tierra ha sufrido periodos constantes de glaciación seguidos por fases de descongelación. Actualmente estamos en una de estas fases de descongelación, más técnicamente llamadas periodos interglaciares, ahora potenciado hasta la locura por el calentamiento global provocado por los seres humanos. Nadie sabe muy bien qué leyes cósmicas o telúricas rigen la parte natural de estos ciclos, pero tenemos pruebas decisivas de su existencia, alcance y repetición, que viene a darse cada cien mil años aproximadamente.

En realidad, a periodos como el que vivimos ahora mismo los llamamos interglaciares porque no son lo habitual en nuestro planeta, al menos durante el Cuaternario –nuestra época geológica–. Lo habitual es la glaciación. La Tierra cuaternaria es un planeta algo más frío de lo que conocemos, cubierta por inmensos casquetes de hielo en sus polos; este ha sido su estado «normal» durante aproximadamente el 70% del tiempo, a lo largo de los últimos dos millones y medio de años como mínimo. Uno de esos polos, la Antártida, ha permanecido constantemente congelado a lo largo de todo este tiempo.

Durante estos prolongados periodos de glaciación, el nivel del mar global baja significativamente, hasta más de cien metros, incluso 120. La razón es sencilla: el agua se evapora de los océanos para acumularse en los polos bajo la forma de hielo, con lo que queda bloqueada allí y no puede regresar al mar. Y resulta que en la Tierra hay muchas zonas que se encuentran a menos de cien metros de profundidad bajo las aguas. Durante los periodos glaciales, estas regiones ahora submarinas quedan expuestas, por encima del nivel del mar. Y, como decía más arriba, algunas son francamente grandes. Tanto como subcontinentes enteros. Por ejemplo, el lugar perdido llamado Sundaland.

Sondalandia, el Mediterráneo tropical de los primeros humanos.

Sondalandia hoy y durante la última edad del hielo. (Clic para ampliar)

Sondalandia hoy y durante la última edad del hielo. En el gráfico no aparecen algunas islas de cierto tamaño que también debieron quedar emergidas durante el periodo. (Clic para ampliar)

Hoy en día, llamamos Sundalandia o Sondalandia (cutre-traducciones al castellano de Sundaland) a la extensa región de penínsulas, islas, islotes y atolones del Sudeste Asiático que rodea al Estrecho de la Sonda. Este estrecho fue enormemente estratégico durante una buena parte de la historia humana, y sólo recientemente ha sido reemplazado en su importancia por el cercano Estrecho de Malaca, el pórtico marítimo entre Europa y Asia que mantiene abierta y funcionando la aldea global (el Estrecho de Malaca es más profundo y permite el paso de buques más grandes).

En el presente, esta región está ocupada por los estados modernos de Tailandia, Indonesia, Malasia, Brunei, Camboya, Vietnam y  Filipinas, más la República Popular China a través de su presencia en algunas islas. Esto es, se corresponde a grandes rasgos con el Mar del Sur de China. Es una zona compleja, disputada y superpoblada con tantas esperanzas como problemas, a caballo entre el Primer, el Segundo y el Tercer Mundo. Para acabar de arreglarlo, se sospecha firmemente que algunas de estas aguas ocultan grandes bolsas submarinas de petróleo y gas natural, lo que no ayuda nada a atemperar los ánimos. Hay ya al menos una plataforma gasística operando allí y las broncas internacionales en torno a prospecciones y concesiones van y vienen cada poco tiempo, saldándose a menudo con la paralización de las actividades bajo la sempiterna amenaza de guerra. Son comunes las capturas de pesqueros y no tan pesqueros. No obstante, la última vez que corrió la sangre en serio fue en 1988, cuando China y Vietnam se liaron a tiros por un atolón de las islas Paracelso, situadas al norte de la región.

Pero en el pasado, toda esta Sondalandia estaba emergida del mar y formaba una gigantesca península o subcontinente que se extendía desde Bangkok y el actual delta del Mekong hasta más allá de Java y Borneo, más una buena porción de costas a lo largo de toda la cuenca. Muchos de los islotes, atolones y bajíos que ahora apenas asoman sobre el oleaje cuando baja la marea eran islas casi tan grandes como Creta y archipiélagos no muy distintos del Jónico.

La última vez que Sondalandia estuvo totalmente emergida de las aguas fue hace apenas quince o veinte mil años, a finales de la Glaciación de Würm, cuando ya había humanos de todas clases deambulando por allí. Dentro de un orden, uno puede dejar volar la imaginación ensoñando talasocracias y civilizaciones similares a las que surgirían en la cuenca del Mediterráneo diez mil años después… aunque desde luego, si las hubo, no hemos encontrado rastro alguno de su existencia. Quizás se encuentren ahora mismo sumergidas y olvidadas a cien metros bajo el mar. O, más probablemente, no.

Ciñéndonos a los hechos, parece difícilmente discutible que homo sapiens sapiens –nosotros– se expandió hacia Australia y el Pacífico a través de este subcontinente de Sonda, en el periodo que va desde los sesenta mil hasta los quince mil años antes del presente. Y, durante periodos glaciales anteriores, lo hicieron algunos otros antecesores nuestros como el homo erectus.

Los ríos de Sondalandia. (Clic para ampliar)

Los ríos arcaicos de Sondalandia. (Clic para ampliar)

Se debate el clima, flora y fauna exactos de Sondalandia. En general se cree que el clima próximo al ecuador durante los periodos glaciales era algo más frío y seco, o sea, más árido. Parece que pudo haber una extensa franja de sabana desde la actual Tailandia hasta casi Java, rodeada por pluviselva tropical a ambos lados y marismas de manglares en la costa. Esto de la franja de sabana es una idea sujeta a discusión en el seno de la comunidad científica. En todo caso, la tierra era –y es– arenosa y ácida, con lo que no pudo ser muy fértil; lo que los locales llaman actualmente kerangas, literalmente la tierra donde no crece el arroz. En estas kerangas suelen desarrollarse bosques de frondosas húmedas.

No obstante, Sondalandia estaba irrigada por varios grandes ríos, continuación de ríos presentes. El conjunto de los mismos se denomina el complejo fluvial de Molengraaff. Entre ellos se contaba el gigantesco río Siam, o sea, el Mekong y el Chao Phraya probablemente uniéndose con otros procedentes de Sumatra y la Península de Malaca para formar a continuación un inmenso delta que desembocaba al noreste de la actual isla Natuna Besar. Si su caudal fue la mitad de la suma de todos estos afluentes modernos, este paleo-río Siam habría llevado tanta agua dulce como el Volga, mucha más que el Indo o el Nilo, y fue uno de los ríos más largos del mundo. Otros ríos de la Sondalandia pleistocénica debieron ser el Molengraaff propiamente dicho (dos afluentes nacidos en el sur de Sumatra y Borneo para unirse y desembocar al sudeste de Natuna), uno corto siguiendo el trazado del Estrecho de la Sonda y otra densa red fluvial entre Java y Borneo.

La temperatura media en la región de la Sundalandia emergida sería unos 3ºC más fría que ahora y la precipitación, no muy superior a 1.000 mm anuales frente a los 2.000 o más actuales. Su área total pudo superar los 2.200.000 km2. La mayor parte se sumergió bajo las aguas hace más de diez mil años y no resurgirá hasta que entremos en una nueva Edad del Hielo.

Al sur de Sondalandia se encontraba otra importante plataforma emergida, llamada Suhalland (¿Suhalandia?), que unía las islas modernas de Australia y Nueva Guinea. Suhalandia fue, muy probablemente, un desierto árido.

Doggerlandia, la otra Tierra Media de Europa.

Mapa de Doggerlandia hacia finales del último máximo glacial (hace unos 10.000 años). No se representa la capa de hielo que cubría toda la parte norte.

Mapa de Doggerlandia hacia finales del último máximo glacial (hace unos 10.000 años). No se representa la capa de hielo que cubría toda la parte norte.

Saben los nativos desde tiempos de nuestros antepasados que hay un extenso, y rico, banco pesquero a poca profundidad situado entre las actuales Gran Bretaña, Holanda y Dinamarca. Lo llaman Banco Dogger (Dogger bank), por una palabra holandesa antigua que significa… eso, banco pesquero. :-D

Esta prominencia submarina, con unos 17.600 km2 de extensión, tiene menos de 40 metros de profundidad en todos sus puntos. Pero eso no es todo. El mar circundante, lo que ahora llamaríamos el Mar del Norte, no es mucho más hondo: tiene apenas 95 metros de profundidad media. Esto significa que cuando baja el nivel del agua durante los periodos glaciales, gran parte del Mar del Norte desaparece, Gran Bretaña se une a Irlanda y ambas se convierten en una península de la Europa continental a través de un extenso territorio emergido que en buena lógica suele llamarse Doggerland. En cañí podríamos bautizarlo como Doggerlandia. (Disculpadme, pero es que odio estas «traducciones forzosas» de cosas que, para empezar, jamás tuvieron nombre en español y algunas ni siquiera en ninguna lengua latina.)

La parte norte de Doggerlandia estaba cubierta por el casquete de hielo glacial. Sin embargo, el sur era una tundra parecida a la del norte de Rusia o Canadá actuales, muy probablemente poblada por los humanos europeos del Mesolítico: cromañón y neandertal (en varias ocasiones se han rescatado restos arqueológicos del fondo marino en este área). Había mamuts, dientes de sable y dos especies humanas que cazaban, recolectaban y pescaban por entre la nieve y el hielo, seguramente al estilo de los pueblos esquimales modernos. Estamos en pleno Pleistoceno. Al igual que ocurre con Sondalandia, el suelo debía ser muy arenoso, pobre y frágil, con lo que no es probable que surgiera ninguna clase de preagricultura (¡y eso sin contar el frío!). También había allí paleo-ríos, y especialmente una gran cuenca que unía el Támesis y el Rhin para desembocar un poco al sur del Canal de la Mancha moderno.

Doggerlandia pudo llegar a tener unos 250.000 km2 de extensión, aproximadamente la mitad que España, con una parte significativa tapada por los glaciares. Se cree que lo poco que iba quedando de ella para el 6.200 aC fue arrasado y sumergido por una serie de gigantescas inundaciones, tsunamis y corrimientos de tierra conocidos como los Corrimientos de Storegga, que separaron Gran Bretaña del continente europeo hasta hoy. Dado que tal cosa ocurrió ya casi en tiempos históricos, algunos opinan que bien podría ser este el origen de algunos de los muchos mitos de la gran inundación o diluvio universal. Claro que, en realidad, esto podría ser aplicable igual de bien a cualquier otro de estos territorios extensos sumergidos por el agua que estamos tratando en este post.

Beringia, el pasadizo intercontinental de la humanidad.

Pero la tierra perdida que seguramente representó un cambio más significativo para la humanidad fue el lugar ahora llamado Beringia.

La región ártica, con las tintas batimétricas corregidas para resaltar las tierras emergidas durante los periodos glaciales, incluyendo Beringia. En la inserción, detalle de la cobertura de hielo hace 18.000 años y en la actualidad. Mapas: IBCAO, NOAA. (Clic para ampliar)

La región ártica, con las tintas batimétricas corregidas para resaltar las tierras emergidas durante los periodos glaciales, incluyendo Beringia. En la inserción, detalle de la cobertura de hielo hace 18.000 años y en la actualidad. Mapas: IBCAO, NOAA. (Clic para ampliar)

Beringia, con indicación en verde de las tierras emergidas durante el último Máximo Glacial. (Clic para ampliar)

Beringia, con indicación en verde de las tierras emergidas durante el último Máximo Glacial. Estas tierras emergidas constituyeron un "puente" que pudo permitir a los pobladores siberianos desplazarse hacia América. (Clic para ampliar)

Como su nombre sugiere, Beringia se encontraba en el actual Estrecho de Bering, entre la Chukotka rusa y la Alaska estadounidense de hoy en día. Es decir, entre Eurafrasia y América, o el Viejo y el Nuevo Mundo, o como lo prefieras. Durante los tiempos humanos, antes de que hubiera navegación oceánica, el Estrecho de Bering ha constituído el único punto de contacto claro y –relativamente– sencillo con América. Existe la posibilidad de que se produjeran minúsculos contactos por otras vías, pero los estudios genéticos dejan meridianamente claro que todos los pobladores autóctonos de la América precolombina procedían de Siberia y entraron al Nuevo Mundo por el lugar que ahora lleva el nombre del danés al servicio de Rusia Vitus Bering.

Lo cual tiene su enjundia, porque esa no era la clase de migración que los humanos del Mesolítico pudieran emprender con facilidad. El Estrecho de Bering es un lugar maldito entre la tundra y el hielo, con un clima casi alienígena, donde incluso ahora vive muy poca gente. En pleno siglo XXI, la densidad de población de Chukotka es de apenas 0,07 habitantes por km2; dicho otra manera, unos 54.000 habitantes dispersos en un okrug casi tan grande como España e Italia juntas. La de Alaska, pese a incluir algunas zonas más meridionales y habitables, no llega a 0,5 habitantes/km2. Por comparar, la provincia menos poblada de España –Soria– tiene 9,2 habitantes/km2.

De un lugar tan inhóspito y deshabitado, ¿cómo surge una sociedad capaz de atravesar el mar en cantidades suficientes como para iniciar la colonización de un continente entero, contando tan solo con métodos paleolíticos? Bueno, pues porque no tuvieron que atravesar el mar.

Durante los periodos glaciales, una parte notable del Mar de Bering y otras costas circundantes salen a la superficie. Es un lugar infernal, pero un lugar infernal con tierra firme bajo los pies. Es decir, se convierte en una región emergida que los seres humanos podemos habitar de manera natural. De manera especialmente interesante, a pesar de hallarse tan al norte, las peculiaridades climáticas locales de la Beringia emergida permiten la aparición de un área libre de hielos en su parte central. Sigue siendo una tundra gélida, únicamente adecuada para mamuts lanudos, tigres de dientes de sable y esos bichejos duros de pelar que llaman homo sapiens: un espacio donde la gente puede más o menos vivir, cazar, desplazarse y, en suma, migrar.

La tundra de Chukotka en la actualidad (verano). El interior de Beringia podía ser un poco más árido, pero bastante parecido. (Clic para ampliar)

La tundra de Chukotka en la actualidad (verano). El interior de Beringia podía ser un poco más árido, pero bastante parecido. (Clic para ampliar)

Veámoslo con un poco más de detalle. Buena parte de Beringia estaba cubierta por las praderas de secano que se dan en la tundra. Esta especie de estepa apta para mamuts seguía muy hacia el oeste, hasta el sur de Europa y el Océano Atlántico. Y durante las edades del hielo, no se formaron glaciares en ella porque el clima era demasiado seco. De manera natural, los campos de hielo aparecían al borde de las costas en primer lugar. Pero entonces, la nieve y la lluvia tendían a caer en sus proximidades, creando así un apantallamiento que impedía el paso de las precipitaciones hacia el interior. En tales condiciones, no se pueden formar bosques. En su lugar aparece sólo hierba, aunque con grandes calveros. Pero es suficiente para que algunos herbívoros puedan sobrevivir. Y detrás de ellos, los cazadores y carroñeros. Como los humanos, por ejemplo.

El pasadizo de Beringia creó una especie de sistema de esclusas terrestres naturales para el avance de la humanidad hacia territorio americano. Conforme unas zonas se congelaban y otras se descongelaban, los habitantes de esta región (humanos, bisontes, mamuts y mastodontes) se habrían ido viendo empujados cada vez más y más hacia el sur, hasta adentrarse en la Costa Oeste, las Montañas Rocosas y las Grandes Praderas, lugares más amables desde donde las grandes migraciones transamericanas ya pudieron ocurrir.

Curiosamente, al norte y al sur de Beringia había zonas de aguas libres estacionales, durante el verano. El casquete polar de gran tamaño que cubre el Ártico durante los periodos glaciales tiende a concentrarse más al oeste, aproximadamente por el Mar de Barents, Mar de Kara y el Polo Norte geográfico. Esto hacía que los grandes ríos Obi y Yenisei quedaran embalsados en su desembocadura ártica, creando así el Lago Glacial de Siberia Occidental o Lago Mansiyskoye. Alguna hipótesis sugiere que hubo un gigantesco caudal circulando entre este Lago Mansiyskoye, el Mar Caspio (mucho más pequeño que hoy en día) y el Mar negro.

Hubo (y habrá, cuando llegue la próxima glaciación) otras tierras perdidas, pero ya de menor tamaño y relevancia. Por ejemplo, la actual Argentina se adentraba más en el Atlántico y su costa estaba más próxima a las Islas Malvinas (pero todo ello completamente cubierto por el hielo antártico). El Mar Rojo estaba cerrado casi por completo. El subcontinente indio, unido a Ceilán (Sri Lanka). Mallorca y Menorca se encontraban unidas, así como Córcega con Cerdeña. Buena parte de las Filipinas y algunas islas griegas, también.

El Mar de Azov no existía y el Mar Negro era completamente interior, con una extensión bastante menor que la actual; hay también alguna hipótesis sugiriendo que la reinundación del Mar Negro al avanzar el periodo interglacial presente estaría en el origen de las leyendas del diluvio universal, en vez de los corrimientos de Storegga indicados más arriba. La mayor parte del Báltico tampoco existía, pero da igual, porque se hallaba totalmente cubierto por el casquete de hielo. Japón estaba conectado al continente asiático por Corea y Sakhalin. El Mar de Okhotsk era mucho menor que en el presente.

Estas fueron las tierras perdidas, quizá en el origen de muchas leyendas posteriores, quizá no. Y, cuando la Tierra entre en otro periodo glacial, lo volverán a ser. Entre tanto, ya que estamos de vacaciones, podemos permitirnos el lujo de imaginar.

El mundo durante la última edad del hielo.

El mundo durante la última edad del hielo.

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El Gran Morir

En comparación, lo de los dinosaurios no pasó de broma pesada.
Hace 251,4 millones de años, algo mató al 96% de las especies marinas, al 70% de los vertebrados terrestres
y a una inmensa cantidad de insectos y plantas. Fue el Gran Morir, y aún no tenemos claro por qué.

Impresión artística de la vida a orillas de un río pérmico.

Impresión artística, científicamente rigurosa, de la vida a orillas de un río del Pérmico medio. Casi todo esto y muchas cosas más desaparecieron con el Gran Morir. (Clic para ampliar)

Si los gorgonópsidos hubieran tenido noticieros como los nuestros, seguramente habrían puesto la noticia al final, justo antes de los deportes. O a lo mejor ni siquiera eso. Los volcanes son muy espectaculares y quedan guapos en la tele, pero esto comenzó más bien como una suave erupción de lava en la costa nororiental de Pangea. Ellos no tenían ninguna manera de saberlo, y sin embargo estaban ante el inicio de las temibles escaleras siberianas, el principio del acto final en el mayor proceso de extinción que se ha visto en el planeta Tierra jamás y que acabaría con ellos también. Los humanos, que no aparecimos por aquí hasta doscientos cincuenta millones de años después, la llamamos la extinción supermasiva del Pérmico-Triásico (P-Tr). Más brevemente, la Gran Mortandad.

O el Gran Morir. Porque eso fue exactamente lo que pasó: muerte a una escala planetaria, sobrecogedora, general. Si mañana hiciéramos estallar a mala baba todo lo que guardamos en nuestros arsenales más devastadores y sofisticados, no provocaríamos (en principio) nada ni parecido; nos vendría justito para extinguirnos a nosotros mismos, algo no muy meritorio, y relativamente poco más. Puede que el invierno nuclear subsiguiente llegara a producir una pequeña extinción. En cambio, el Gran Morir aniquiló al 96% de las especies marinas, al 70% de los vertebrados terrestres y a tantas plantas e insectos que aún andamos contándolos, entre otras cosas porque apenas quedó rastro de todos ellos. Y matar a tanto insecto sí que tiene mérito: son los seres pluricelulares más resistentes que hay.

Acabó con seres tan ubicuos y resistentes como los trilobites, que llevaban aquí 270 millones de años y ocupaban prácticamente todos los nichos ecológicos marinos. Al menos una tercera parte de los insectos desaparecieron, especialmente aquellos tan grandes típicos del periodo anterior. No hubo más escorpiones marinos, que dominaban el océano. Los blastozoos se fueron también. Los helechos con semilla se extinguieron y a las gimnospermas les costó una buena temporada reaparecer. No se generó carbón durante el periodo, a diferencia de lo ocurrido característicamente en el Carbonífero precedente, lo que invita a pensar que la práctica totalidad de las plantas turberas cayeron. Hasta el 60% de todas las especies vivas dejaron de existir. Puso un gigantesco punto y aparte a la historia de la vida en el planeta Tierra, al menos por encima del nivel de las bacterias y archaeas; tanto es así, que consideramos que el Paleozoico con toda su vida primitiva termina ahí. La recuperación fue muy lenta: más de treinta millones de años.

Verdaderamente, la extinción supermasiva del Pérmico-Triásico fue el Gran Morir. Y, como suele ocurrir con la muerte, también el principio del Gran Vivir que permitió el surgimiento de las formas de vida avanzadas. Eso nos incluye, claro, a ti y a mí: una extinción nos abrió el camino y otra nos lo cerrará, a menos que aprendamos a impedirlo alguna vez.

Mapamundi a finales del Pérmico.

Mapamundi terrestre a finales del Pérmico, cuando sucedió el Gran Morir. Las escaleras siberianas entraron en erupción en la costa oriental de la región de aguas poco profundas situada justo al norte. Fuente: Dr. Ron Blakey, profesor emérito de geología en la Universidad de Arizona del Norte. (Clic para ampliar)

Del Pérmico.

El Pérmico recibe su nombre por la ciudad de Perm, situada en Rusia a caballo entre Europa y Asia, alrededor de la que se encuentran una gran cantidad de fósiles de aquellos tiempos (sobre todo en los Montes Urales). Fue un periodo geológico con una duración de casi cincuenta millones de años (comenzó aproximadamente hace 299 millones de años y terminó hace unos 250, precisamente con esta extinción) en el que ocurrieron un montón de cosas interesantes, como la evolución claramente diferenciada de los saurópsidos –que darían lugar a los reptiles, incluyendo a los dinosaurios y luego a las aves– y los sinápsidos –donde se originaron los mamíferos, o sea, nosotros–.

En tiempos pérmicos, la deriva continental estaba empujando a todos los continentes contra sí mismos hasta constituir uno solo: un supercontinente gigantesco donde se concentrarían casi todas las tierras emergidas del planeta Tierra, al que llamamos Pangea. Este supercontinente estaba –lógicamente– rodeado por un superocéano aún mayor, que bautizamos como Panthalassa. Para cuando sucedió el Gran Morir, una región insular separatista a la que llamamos Cimmeria había comenzado a desprenderse, desarrollando el Océano Paleo-Tetis; mientras que, al norte, Siberia terminaba de formar la Pangea una y grande precipitándose hacia el sur.

El clima pérmico varió significativamente a lo largo de tanto millón de años, desde las glaciaciones del Carbonífero final, que había provocado el colapso de la pluviselva tropical, hasta la dislocación térmica masiva que coincidió con la gran extinción. Pero la presencia de un supercontinente tan grande como Pangea hizo que se mantuvieran algunas tendencias a lo largo de todo el periodo. Por ejemplo, el clima del interior de Pangea tendía a ser supercontinental, con veranos muy calurosos, inviernos gélidos y pocas precipitaciones, lo que daba lugar a un entorno muy seco. Esto estaba matizado por fortísimos monzones, con lluvias muy intensas pero muy estacionales, más importantes cerca de las costas. Con gran probabilidad, los vientos debían ser bastante más fuertes que en la actualidad, debido a las elevadas diferencias térmicas entre el interior de Pangea y las costas y mares de Panthalassa.

Estratos de arenisca del límite Pérmico-Triásico fotografiados en Runcorn Hill, Reino Unido.

Estratos de arenisca del límite Pérmico-Triásico fotografiados en Runcorn Hill, Reino Unido. (Nueva ventana o pestaña para ampliar)

La presencia de oxígeno atmosférico, que había llegado al 35% a finales del Carbonífero, descendió durante todo el Pérmico y cuando ocurrió el Gran Morir era del 16%, un poco menor que la actual (20%); seguiría descendiendo hasta bien entrado el Triásico, llegando a caer hasta el 12%. Se sospecha seriamente que esta variación del oxígeno atmosférico está estrechamente relacionada con los complejos fenómenos planetarios que condujeron a la catástrofe, y que bien podían haberse puesto en marcha mucho tiempo atrás.

Un paisaje típico de Pangea a finales del Pérmico podría estar constituido por un bosque de coníferas, helechos con semillas y gimnospermas donde revoloteasen grandes blatópteros, libélulas o caballitos del diablo, sin mariposas ni aves. Tampoco había flores aún. Por entre el follaje medrarían seres como los gorgonópsidos, los dicinodontes o los primeros arcosauriformes que antecedieron a los dinosaurios. Al fondo, algunos de los grandes pareiasaurios herbívoros. Seguramente a esas alturas ya no quedaban dimetrodontes, pero sí batracosaurios y temnospónlidos. Debido al bajo nivel de oxígeno, respirar nos resultaría tan difícil como en lo alto de una gran montaña de hoy en día o cosa parecida; por lo demás, no hay ninguna razón por la que no pudiéramos sobrevivir en el lugar. Seguramente las bacterias y virus de aquel tiempo no nos afectarían, dado que no habrían tenido ocasión de co-evolucionar con nosotros. En cambio, sería de lo más razonable evitar a cualquier cosa capaz de tirar bocados, que no eran pocas.

Así era nuestra Tierra vieja cuando lentamente comenzó la catástrofe ecológica más grande de todos los tiempos. Al parecer hubo varios pulsos de extinción consecutivos a lo largo de los veinte millones de años anteriores que habrían dejado a la vida en un estado convaleciente relativamente frágil. Pero el Gran Morir se concentró sobre todo en el último, de aproximadamente un millón de años de duración o puede que incluso menos. De hecho, muchos animales pudieron desaparecer en apenas 10.000 – 60.000 años, con la mortandad disparándose masivamente a partir de un determinado instante radiodatado hace 251.400.000 años, teniendo en cuenta un margen de error de treinta milenios arriba o abajo. A las plantas les costó un poco más, unos pocos cientos de miles de años. Y parece que hubo varios sub-pulsos, separados 730.000 y 1.220.000 años entre sí. Pero todo apunta a que se trató de un evento súbito, una gran catástrofe repentina en términos geológicos. Y no hay muchas cosas que le puedan hacer semejante mal, tan deprisa, a algo tan feraz, tan absurdamente resistente como la vida.


Mapamundi de la deriva continental terrestre a lo largo de 800 millones de años (650 conocidos del pasado y 150 proyectados hacia el futuro).

La escalera siberiana.

Las escaleras siberianas en la actualidad.

Las escaleras siberianas en la actualidad. Foto: Mikhail Maksimov (Clic para ampliar)

Las hipótesis sobre las causas del Gran Morir son muchas y variadas, pero para ser admisibles, deberían explicar algunos de los fenómenos observados durante este proceso. Y en el Gran Morir se produjeron varios fenómenos muy singulares, que ninguna de ellas explica hoy por hoy en su totalidad.

El primero de estos fenómenos observados en los estratos geológicos del periodo es una notabilísima alteración de las proporciones globales entre los isótopos carbono-12 y carbono-13 (fuente 1, fuente 2, fuente 3). En algún caso, el descenso de carbono-13 con respecto al carbono-12 llega al 42 ‰. ¿Y esto qué significa? Bueno, resulta que como ocurre con todos los átomos, se presentan en la naturaleza con una determinada proporción entre sus distintos isótopos. El carbono-12 constituye el 98,93% del carbono presente en el medio ambiente terrestre, mientras que el carbono-13 representa el 1,07%. Sin embargo, los seres vivos tienden a fijar una proporción menor del isótopo 13, y cada ser vivo lo hace además en unas cantidades determinadas; estas variaciones constituyen la llamada firma isotópica. Pero también, de manera muy característica, la presencia masiva de este carbono extremadamente bajo en isótopo 13 resulta típica en las grandes erupciones volcánicas y ciertos depósitos de gases subterráneos con origen orgánico.

Extraer una conclusión directa de esta variación de las proporciones entre el carbono-13 y el carbono-12 sería muy aventurado, pero hay algo que indica con claridad: el ciclo del carbono terrestre quedó brutalmente alterado durante la extinción supermasiva del Pérmico-Triásico. Estas alteraciones del carbono-13 se puede medir en los estratos geológicos correspondientes a todas las extinciones, pero en el caso del Gran Morir resulta espectacular: es del 2,5 – 10 ‰ a nivel global y en algunos puntos llega hasta el 42 ‰.

Entonces, inevitablemente, todo el mundo mira en la dirección de otro fenómeno monumental sucedido exactamente en ese mismo momento. Hace 251 millones de años comenzaba una de las mayores erupciones volcánicas de la historia terrestre, en las orillas del continente ancestral que ahora forma parte de lo que llamamos Siberia. Como apunté al principio, no se trató de una gran explosión, sino de la efusión rápida de grandes cantidades de lava caliente y poco viscosa a lo largo del siguiente millón de años. Por las formas características que forma la lava al solidificarse en estos casos, que recuerdan a una escalera, se denominan con la palabra sueca trapp (que significa eso mismo). Y por eso a esta enorme erupción se la conoce en todo el mundo como siberian trapps (en ruso original: Сибирские траппы), que a veces se ve (erróneamente) traducido al castellano como trampas siberianas pero en realidad quiere decir escaleras siberianas.

Extensión de las escaleras siberianas en un mapa actual.

Extensión de las escaleras siberianas en un mapa actual. (Nueva ventana o pestaña para ampliar)

Las escaleras siberianas son una de las dos erupciones más grandes ocurridas en aguas poco profundas o en la superficie terrestre de las que queda alguna pista (las hubo mayores, pero ocurrieron en el fondo oceánico, lo que matiza sus efectos). Se estima que proyectó entre uno y cuatro millones de kilómetros cúbicos de lava basáltica, cubriendo unos siete millones de kilómetros cuadrados de terreno, más una cantidad aún indeterminada pero extraordinariamente grande de gases de efecto invernadero entre los que se encontraba el CO2. Para hacernos una idea, la erupción explosiva conocida más potente de todas las épocas (Guarapuava – Tamarana – Sarusas, durante las escaleras de Paraná y Etendeka, hace unos 130 millones de años) proyectó al exterior unos 8.600 km3 de material. Es decir: entre cien y cuatrocientas cincuenta veces menos.

Digámoslo: es imposible pensar en una gran extinción, con un descenso acusado del carbono-13, y no pensar instantáneamente en una de las mayores erupciones de la historia de la Tierra que sucedía en ese mismo momento exacto. Sin embargo, tenemos un problema, y es que ni siquiera esa inmensa erupción basta para explicar una caída tan grande en el isótopo carbono-13, por varios órdenes de magnitud.

Casi con total seguridad, ambos fenómenos tienen que estar relacionados de algún modo. Sería una casualidad extraordinaria, absurda, si la mayor extinción de la historia de la Tierra coincide exactamente en el tiempo con una de las mayores erupciones volcánicas conocidas y ambos hechos no tuvieran vínculo alguno. Pero no es suficiente. Hace falta algo más, algo mucho mayor para explicar lo que ocurrió.

Avalancha de eventos a nivel de extinción.

Extinciones durante los últimos 542 millones de años.

Extinciones durante los últimos 542 millones de años, representadas como el porcentaje de géneros de un determinado periodo que no se encuentra en el registro geológico del siguiente. Puede observarse cómo el Gran Morir (P-Tr) destaca nítidamente sobre todas las demás.

Otra de las ideas que vienen inmediatamente a la cabeza, sobre todo desde que sabemos que a los dinosaurios se los cargó un meteorito, es que el Gran Morir fuera causado por otro de estos objetos que caen de los cielos. El problema es que no hay ningún indicio claro al respecto, y de manera muy específica no hay una capa de material de origen extraterrestre (como el iridio presente en el de los dinosaurios) en el estrato de la extinción supermasiva del Pérmico-Triásico. En ausencia de esta clase de evidencia, la hipótesis meteorítica para el Gran Morir no pasa de suposición o conjetura.

En estos momentos se postula un fenómeno en avalancha, que seguramente resultó activado por la erupción de las escaleras siberianas, pero que se amplificó enormemente debido a otros fenómenos. El primero de estos fenómenos, como ya hemos comentado, es que la vida terrestre estaba un tanto convaleciente de las miniextinciones precedentes y bajo presión por el constante descenso del oxígeno atmosférico a lo largo de todo el Pérmico. El segundo fue la formación del supercontienente Pangea, en el mismo periodo, que al concentrar las tierras emergidas en un solo lugar redujo la extensión y diversidad de las aguas poco profundas, que son las mejores para la vida. El tercero estaría relacionado con el punto exacto de erupción de las escaleras siberianas: en tierra, cerca de grandes depósitos de carbón y también de clatratos de hidratos de metano fijados al suelo.

Así, la lava basáltica producida en la gran erupción de las escaleras siberianas habría incendiado este carbón, emitiendo grandes cantidades de CO2 a la atmósfera. Pero no sólo eso: también habría liberado los hidratos de metano como un fusil de clatratos (ver también aquí). Este fenómeno –que, por cierto, podría estar repitiéndose ahora mismo– sí bastaría para explicar el enorme incremento de carbono pobre en isótopo 13 registrado durante el Gran Morir. También puede liberar, de una manera análoga, cantidades significativas del muy tóxico sulfuro de hidrógeno. Tanto el metano como el sulfuro de hidrógeno son potentes gases de efecto invernadero, con lo que la temperatura terrestre habría comenzado a ascender significativamente.

Listrosaurio

Animales como el Listrosaurio sobrevivieron al Gran Morir y sus descendientes evolutivos, también a la extinción de los dinosaurios. De ellos surgieron los mamíferos modernos, como tú y yo, por ejemplo.

La liberación del metano presente en los clatratos, además, puede tener otro efecto devastador para la vida cuando se produce en aguas relativamente poco profundas. Al burbujear a través del agua, le roba el oxígeno, produciendo anoxia oceánica que el incremento de la temperatura ocasionado por el calentamiento global empeora aún más (y que también ha sido medida en los estratos del Gran Morir). Así, lo que tendríamos en marcha es una especie de máquina natural de eventos a nivel de extinción que se retroalimenta a sí misma sin parar. Pudieron producirse otros sucesos paralelos más.

Estos modelo de causas múltiples y orígenes distintos pero encadenadas en torno a un elemento común, que se suelen llamar modelos del asesinato en el Orient Express, son los que probablemente expliquen mejor un fenómeno tan complejo y tan enorme como el Gran Morir. Ningún agente reconocible en ese momento y lugar pudo causar semejante mortandad por sí solo y tan rápidamente; en cambio, una sucesión de causas-efectos concatenados sí habría sido capaz. De esa forma, un fenómeno insuficiente pero poderoso –como la erupción de las escaleras siberianas– disparándose en el contexto adecuado habría puesto en marcha una máquina de la extinción a escala planetaria que sólo se detuvo cuando alcanzó un nuevo punto de estabilidad, un millón y pico de años después.

Aunque ya tenemos datos muy sólidos, el mecanismo exacto que es capaz de matar a tanta vida aún se nos escapa. Sin embargo, el registro fósil no deja lugar a dudas: a lo largo de la historia de la vida, algo –o, más probablemente, varios algos distintos– fue capaz de provocar grandes catástrofes ecológicas que se realimentaron a sí mismas hasta exterminar a órdenes de la vida enteros. Desde mi punto de vista, las enseñanzas son (al menos) dos. Una, que no comprendiendo bien cómo sucedieron pero sabiendo que un suceso relativamente menor y lento puede activar un mecanismo aniquilador mucho más grande y veloz, resulta arriesgadísimo apostar a que algo –algo que hagamos, por ejemplo– será incapaz de poner en marcha un proceso así. Y la otra, que de la muerte siempre surge la vida, una y otra vez, y seguirá haciéndolo mientras este planeta siga orbitando en torno a un Sol mínimamente estable; algo más profundo de lo que a primera vista pueda parecer.

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500 exoplanetas

Existen innumerables soles;
hay innumerables tierras que giran alrededor de estos soles,
de manera similar a la que nuestros siete planetas giran alrededor de nuestro sol. […]
Hay seres vivientes que habitan estos mundos.

Giordano Bruno, De l’infinito, universo e mondi, 1584.

Estatua a Giordano Bruno en Roma.

Estatua a Giordano Bruno en Campo de' Fiori, Roma, el lugar donde la Inquisición Católica lo quemó vivo y con la lengua acerrojada el 17 de febrero de 1600 por inmoralidad, enseñanzas erróneas, blasfemia, brujería y herejía. Entre estas "enseñanzas erróneas" se contaba el heliocentrismo, el principio de la pluralidad de los mundos y los orígenes más remotos de la Teoría de la Información Cuántica.

En el momento en que empiezo a escribir este post (lunes, 22/11/2010), el catálogo que mantiene Jean Schneider (CNRSLUTH, Observatorio de París) ya cuenta 502 candidatos a planetas extrasolares. Anteayer, PlanetQuest de la NASA actualizó a 500 también. El número de mundos detectados alrededor de otros soles crece sin parar. Hay planetas por todas partes: al menos el 10%, probablemente el 25% y hasta el 100% de las estrellas del tipo de nuestro Sol podrían tenerlos girando a su alrededor. Cada día es más cierta la segunda afirmación del cosmólogo napolitano quemado vivo hace cuatro siglos por la Inquisición Papal bajo acusación de inmoralidad, enseñanzas erróneas, blasfemia, brujería y herejía. Ni más ni menos.

De la pluralidad de los mundos.

Bruno no fue el primero de los humanos en defender la pluralidad de los mundos habitados. Que se recuerde, este honor recae en los atomistas griegos, esencialmente materialistas filosóficosLeucipo, Demócrito o Epicuro acariciaron el concepto. Sin embargo Platón y Aristóteles se oponían y afirmaban que la Tierra tenía que ser única, con la humanidad (y sobre todo unas ciertas clases de la humanidad) en la cúspide de la creación.

Por motivos obvios, a los cristianos les gustaban mucho más las ideas de Platón y Aristóteles que las de los ateos atomistas. Así que cuando la Cristiandad se impuso en Occidente, lo hizo bebiendo de una cosmología clásica geocéntrica y creacionista donde la Tierra constituía un caso único y nuclear en el cosmos: el lugar elegido por Dios para encarnarse en Jesús, el escenario esencial del plan de salvación divino. La idea de que este no fuera más que un mundo cualquiera con una vida cualquiera en un rincón perdido del cosmos era –y es– difícil de conciliar con una teología salvífica antropomórfica: el Hombre creado a imagen y semejanza de Dios, el Dios encarnado en Hombre, la verticalidad del poder y de la revelación y todo ese rollo. No resulta, pues, de extrañar que los cristianos en general y los católicos en particular se tomaran cada pensamiento discrepante como un ataque frontal a su fe y a su poder. Pese a ello, al menos Nicolás de Cusa planteó ya algunas discrepancias notables al respecto.

La pluralidad de los mundos habitados aparece, aunque de pasada, en la literatura islámica medieval. Algunos de los maravillosos Cuentos de las mil y una noches –que ahora algunos fundamentalistas islámicos también se quieren cargar– incluyen elementos que hoy en día llamaríamos de ciencia ficción; entre ellos, Las aventuras de Bulukiya relata un viaje por diversos planetas habitados.

Pero Bruno sí fue el primero que planteó el asunto en términos modernos, protocientíficos. Con su muerte y la inclusión de todas sus obras en el Índice de Libros Prohibidos, aún tuvo que transcurrir casi otro siglo antes de que la idea empezara a generalizarse en el pensamiento occidental. Ocurriría en 1686, con las Conversaciones sobre la pluralidad de los mundos de Fontenelle, y más decisivamente a partir del triunfo de la Ilustración en el siglo XVIII. Locke, Herschel y hasta los padres fundadores de los Estados Unidos Adams y Franklin exploraron provechosamente la cuestión. Para los cosmistas rusos, y especialmente para el padre de la cosmonáutica Konstantin Tsiolkovsky, la pluralidad de los mundos habitados fue asunto difícilmente discutible. Al llegar el siglo XX, ya sabíamos de sobras que las estrellas del cielo son soles como el nuestro, mayormente distribuidos en grandes galaxias, y sospechábamos con fuerza que debía haber muchos más mundos alrededor de esos otros soles. Pero no teníamos ninguna prueba fehaciente al respecto. Y ya sabes que en ciencia somos muy puñeteros con eso de las pruebas fehacientes.

Detectando planetas extrasolares.

El problema con los planetas –y lunas– situados en torno a otros sistemas solares es que no emiten luz propia y están muy lejos. Actualmente, las estrellas más próximas a nosotros son el sistema Alfa Centauri, a 4,4 años-luz de distancia: lo que vienen siendo 41 billones y pico de kilómetros. Y esas son las más cercanas. La tenue luz reflejada por un planeta o una luna resulta muy difícil de distinguir a semejantes distancias, y normalmente no se puede hacer con los instrumentos del presente. Si nosotros estuviéramos situados en Alfa Centauri, la Tierra nos resultaría invisible por completo; no digamos ya mundos más lejanos.

Detección de exoplanetas por velocidad radial o espectroscopia Doppler.

La presencia de planetas girando alrededor de una estrella obliga a todo el sistema a orbitar alrededor del centro de masas común. Esta "minórbita" descrita por la estrella puede ser detectada a inmensas distancias, delatando así la existencia de planetas extrasolares invisibles a los ojos y telescopios. En la actualidad, existen métodos para aplicar esta técnica con una precisión de un metro por segundo, a muchos años-luz de distancia. Los planetas muy grandes hacen que este efecto sea más perceptible.

Por ello, la duda sobre la existencia de estas innumerables tierras girando alrededor de otros innumerables soles perduró hasta casi el siglo XXI. Así, hubo que detectarlos por vías indirectas. La más básica es la medición de la velocidad radial o espectroscopia Doppler. El principio es relativamente sencillo: todos los astros de un sistema solar, incluyendo a la estrella (o estrellas), giran en torno al centro de masas del conjunto. Cuando hay planetas, sobre todo cuando hay planetas grandes, esto se traduce en una excentricidad o bamboleo de la estrella; y como la estrella emite enormes cantidades de luz y radiación, este comportamiento puede observarse a gran distancia.

De hecho, nuestros instrumentos son bastante buenos a la hora de detectar estas anomalías. El primero en proponer la existencia de planetas alrededor de otra estrella mediante esta técnica fue el capitán W. S. Jacob del Observatorio de Madrás, perteneciente a la Compañía Británica de las Indias Orientales, ya ¡en 1855! El objeto de su deseo –del capitán Jacob y de algunos otros que vinieron después– era 70 Ophiuchi, un sistema estelar binario relativamente próximo, a 16,64 años-luz de aquí. Este sistema presenta una órbita muy excéntrica, una anomalía que condujo a pensar que allí tenía que haber un compañero invisible con un décimo de la masa del Sol. Desafortunadamente, esta hipótesis no se ha podido confirmar. Por lo que sabemos ahora mismo, en 70 Ophiuchi no hay ningún planeta con las características descritas por Jacob y los demás. Sin embargo, naturalmente, esto podría cambiar en el futuro.

La primera detección confirmada de un planeta extrasolar, usando este método, fue realizada por un equipo canadiense en 1988. Aunque al principio fueron extremadamente cautos, dado que esta observación se encontraba en el límite de los instrumentos de su tiempo, el descubrimiento se confirmó en 2002. Está en torno a la estrella Alrai o Errai (del árabe Al-Rai, el pastor), conocida sistemáticamente como gamma Cephei, y por eso lo llamamos gamma Cephei Ab o Errai A1. Se trata de un planeta grande, un gigante gaseoso con la masa de un Júpiter y medio y un poco más, que orbita con cierta excentricidad a unos trescientos millones de kilómetros de la estrella. Su año –el tiempo que tarda en dar una vuelta alrededor de su sol– equivale a unos 903 días terrestres.

Errai A1 no fue el primer planeta en ser confirmado. Este honor corresponde al sistema solar en torno al púlsar PSR B1257+12, que se encuentra en la constelación de Virgo a unos 980 años-luz de la Tierra. Los púlsares son estrellas de neutrones que emiten radiación con una frecuencia muy precisa, tanto que se consideran las radiobalizas galácticas, y por tanto la menor anomalía en el tictac de estos relojes cósmicos resulta relativamente fácil de reconocer. Esto nos conduce a otra manera de detectar exoplanetas: la temporización de púlsares.

La temporización de púlsares se parece mucho a la detección por velocidad radial; sólo que las minúsculas variaciones en las emisiones del púlsar provocadas por este mismo fenómeno multiplica su precisión por varios órdenes de magnitud. Así se han descubierto ya planetas del tamaño de la Tierra en torno a varios púlsares. Por desgracia, sólo funciona en los púlsares, y encima ninguna clase de vida ni remotamente parecida a la que conocemos puede surgir o sobrevivir en las cercanías de estrellas de neutrones como estas; sin embargo, la detección de estos planetas del tipo de la Tierra demuestra que son posibles en otros sistemas solares.

El exoplaneta Fomalhaut b observado por el telescopio espacial Hubble en 2004 y 2006.

El exoplaneta Fomalhaut b observado por el telescopio espacial Hubble en 2004 y 2006. Ver en ventana o pestaña nueva para ampliar. (NASA)

El primer planeta confirmado en torno a una estrella de la secuencia principal del tipo del Sol (G2) fue 51 Pegasi b, a 50,9 años-luz de aquí. Se detectó también por velocidad radial y es un Júpiter caliente, que orbita a apenas 8 millones de kilómetros de su sol. Los planetas más parecidos a la Tierra que se han hallado hasta el momento, utilizando el mismo método, se encuentran en torno a una enana roja de la constelación de Libra llamada Gliese 581, a 20,3 años-luz de distancia; aunque COROT-7b tampoco es de despreciar. COROT-7b es interesante también porque se detectó fotométricamente, que es otra técnica para localizar estos exoplanetas.

La técnica fotométrica más común es la observación del tránsito. Básicamente, cuando un planeta pasa por delante de su estrella (entre su estrella y nosotros, vaya), «tapa» (eclipsa) una parte de su luz y por tanto modifica las características de luminosidad que observamos desde aquí. Es lo más parecido a ver un planeta que podemos hacer normalmente, hoy por hoy. Por desgracia, este método produce un montón de falsos positivos; por fortuna, resulta relativamente fácil descartarlos aplicando a continuación la técnica de velocidad radial. El resto son ventajas: una vez confirmada la presencia del objeto, la fotometría permite estudiar su dimensión, su densidad, su atmósfera y sus emisiones de radiación, aportando una gran cantidad de datos sobre sus características.

Existen más técnicas indirectas para la detección de exoplanetas, entre las que se encuentran las microlentes gravitacionales, de tanta utilidad para hallar incontables cosas que no ven los ojos. Sin embargo, a estas alturas ya se ha conseguido confirmar al menos diez por observación directa. Viéndolo con un telescopio, vamos. Estos suelen ser planetas gaseosos muy grandes, muchas veces Júpiter, tanto que están a punto de encenderse como pequeñas enanas marrones y por tanto emiten su propia radiación.

El escenario actual va como sigue: las técnicas de detección que tenemos hoy en día son adecuadas para detectar grandes planetas, del tipo de los exteriores de nuestro sistema solar o más grandes aún. Los planetas pequeños y rocosos resultan más esquivos, y no digamos ya las posibles lunas de unos y otros, que de momento permanecen completamente invisibles a nuestros ojos e instrumentos. Esto quiere decir que en esos casi 400 sistemas solares que hemos detectado ya (¡y los que quedan por descubrir!) podría haber innumerables tierras esperando a que las veamos con un instrumento mejor. La constante mejora de estas técnicas está ocasionando un rápido incremento en el número de candidatos a exoplanetas, lo que sería indicativo de que existen muchísimos más:

Detección de exoplanetas entre 1989 y octubre de 2010, con detalle de la técnica empleada.

Detección de candidatos a exoplanetas entre 1989 y el 3 de octubre de 2010, con detalle de la técnica empleada. En estos momentos, estamos ya cerca de descubrir cien al año. (Clic para ampliar)

Ricitos de oro y los tres osos.

Ilustración del cuento infantil "Ricitos de oro y los tres osos". La moraleja: "ni demasiado caliente ni demasiado frío, ni demasiado grande ni demasiado pequeño..."

En busca de Ricitos de oro.

El sueño húmedo de todo investigador que se precie es, por supuesto, descubrir un planeta de características análogas a las de la Tierra. Más que nada porque, si bien se puede especular todo lo que se quiera sobre formas de vida extrañas, sabemos que en los planetas de estas características la vida es posible: nosotros estamos aquí. Estos planetas, que de momento serían hipotéticos si no fuera porque la Tierra existe y está bajo nuestros pies, se han venido a denominar –no sin cierta sorna– goldilocksricitos de oro«) por el cuento infantil Ricitos de Oro y los tres osos. Y quizá, también, por la cantidad de novios que les saldrían. ;-)

Un planeta (o luna) ricitos de oro es un astro que reúne las condiciones básicas para permitir la vida del tipo de la terrestre.Vamos a detenernos un momento en el concepto, porque a veces se interpreta fatal. El interés en los ricitos de oro no presupone que la vida en la Tierra sea el único tipo de vida posible; sino que la posibilidad (que no la probabilidad) de vida en los planetas del tipo de la Tierra es total (nosotros somos la prueba), mientras que en el resto no lo sabemos. Y, por tanto, parece sensato concentrar los siempre magros recursos destinados a la búsqueda de vida extraterrestre en este tipo de mundos, al menos en primera instancia.

El propósito de las búsquedas de planetas extrasolares no es, todavía, la localización de vida extrasolar. Ni siquiera la de un segundo hogar, donde el «principio ricitos de oro» tiene aún más sentido. Por el momento, esta investigación pertenece aún al ámbito de la ciencia pura, y estamos haciendo poco más que encontrarlos, contarlos y tratar de describir algunas de sus características. Hay que aprender a andar antes de correr. Pero se notan las ganas. :-D La menor sugerencia de que se ha detectado algún planeta telúrico o casi-telúrico provoca de inmediato gran revuelo tanto entre la comunidad científica como en la sociedad; ocurrió hace poco con el descartado (de momento) Gliese 581 g. Aunque esto de descartar candidatos es un suceso habitual en la búsqueda exoplanetaria, produjo claramente mucha más decepción que el descarte de un planeta pegasiano o uno chitónico, por decir algo.

Los "seres de luz" o de "energía pura", comunes a algunas expresiones de la espiritualidad y la literatura fantástica, serían virulentamente explosivos. :-P

Los "seres de luz" o de "energía pura", comunes a algunas expresiones de la espiritualidad y la literatura fantástica, serían virulentamente explosivos y deberían estar sometidos al Tratado de No Proliferación. :-P

Por supuesto, podríamos caer en un error terracéntrico si nos concentráramos sólo en estos mundos a la hora de buscar a otras gentes (aunque no si pretendiéramos encontrar ese segundo hogar…). No obstante, la aproximación ricitos de oro tiene bastante lógica. Veamos. Por un lado, resulta muy difícil imaginar tipos de vida desvinculados de la materia. En el ámbito de la religión y el esoterismo tienen gran querencia por los seres de luz y los entes de energía pura, pero un ser de luz (o sea, de fotones) sería extremadamente inestable y lo más parecido que se me ocurre a un ente de energía pura es una bomba de antimateria.

Ya he dicho alguna vez en este blog que no hay tal cosa como algo superior o inferior a otra en nuestro universo, y la idea de que la energía es de algún modo superior a la materia resulta absurda por completo. Si algo, sería al revés: la materia es una inmensa cantidad de energía exquisitamente estructurada, con un grado de estabilidad y sofisticación mucho mayor al de la energía pura (!), que es bastante primaria y básica. Es más: antes de poder dar lugar a cualquier forma de vida sensatamente imaginable, debe presentar un mínimo grado de organización. En la práctica: ser materia bariónica. El escalón de la materia y el escalón de la materia bariónica parecen dos pasos necesarios e imprescindibles en el surgimiento de algo tan diabólicamente complejo como la vida.

Y en este universo, la materia bariónica se halla sobre todo en el espacio interplanetario e intergaláctico –demasiado esparcida para dar lugar a vida por sí misma–, en las estrellas –demasiado calientes para permitir su surgimiento y estabilidad– y en los planetas y sus lunas. Estos últimos constituyen, pues, el escenario idóneo para el surgimiento de las formas de vida más probables. Por eso la vida que conocemos apareció en un planeta; como la Tierra, por ejemplo.

Zona de habitabilitad, según distintos tamaños de estrellas, comparada con nuestro sistema solar.

Zona habitable ("ricitos de oro"), según distintos tamaños de estrellas, comparada con nuestro sistema solar. (Clic para ampliar)

Hay cosas que evidentemente favorecen el nacimiento y desarrollo de al menos una forma de vida, y otras que lo desfavorecen. La presencia de un solvente líquido como el agua ayuda mucho, pues permite que átomos y moléculas de materia muy distinta entren en contacto fácilmente entre sí. Para eso, la temperatura no debe ser tan baja que esté todo congelado e inmóvil, ni tan alta que los solventes se conviertan en vapor o plasma. La región alrededor de un sol donde un solvente como el agua puede permanecer en estado líquido se denomina zona habitable. O también zona ricitos de oro. Los planetas ricitos de oro son aquellos que se encuentran dentro de la zona habitable de sus respectivas estrellas.

Existen más condicionantes que pueden alterar radicalmente la capacidad de un planeta para albergar vida. Por ejemplo, las gigantescas estrellas de tipo O probablemente barran todo el espacio circundante con un violentísimo viento solar, impidiendo la formación de planetas en su hipotética zona habitable.

En el extremo contrario, las enanas rojas –que constituyen la mayor parte de las estrellas de la galaxia– se habían descartado tradicionalmente pero en los últimos años han suscitado nuevo interés. Por la parte mala, emiten muy poca luz y calor, con lo que su zona habitable debe ser muy estrecha y cercana; cualquier planeta que se halle en esta región estará seguramente sometido a acoplamiento de marea (como la Tierra y la Luna), dando lugar a un hemisferio permanentemente expuesto al sol y otro en noche perpetua, lo que hace muy difícil la vida fuera de la estrecha zona de transición entre uno y otro; y encima son muy variables, lo que puede cargarse durante una fase de su historia todo lo logrado en la anterior. A su favor juega que son extremadamente abundantes y sobre todo longevas: durarán billones con «b» de años, permitiendo así incontables oportunidades para que se produzcan muchas tentativas; cualquiera de ellas puede dar en el clavo con una forma de vida capaz de medrar en estas circunstancias.

Radiotelescopio de Yevpatoriya (Ucrania), el más grande de Eurasia.

Desde el radiotelescopio de Yevpatoriya (Ucrania), el más grande de Eurasia, se han enviado ya al menos dos mensajes hacia 47 de Osa Mayor y otras estrellas prometedoras. 47 UMa es un sol muy parecido al nuestro, a 46 años-luz de distancia, donde ya se han detectado varios planetas.

No obstante, los soles más idóneos parecen ser los de tipo G y sobre todo K. Nosotros surgimos en torno a una estrella de tipo G, la enana amarilla llamada Sol, pero por su larga vida y comportamiento similar las de tipo K (enanas naranjas) podrían ser aún mejores. Las estrellas G y K suman al menos el 14% de los soles en nuestra galaxia y en muchas de ellas ya hemos detectado planetas. Entre las más próximas, tenemos ya candidatos a planetas en Epsilon Eridani (K2V, 10,5 años luz), 47 de Osa Mayor (G1V, 46 años luz, interesantísima) o AB Pictoris (K2V, 148 años-luz). Con toda probabilidad hay muchos más, esperando a que tengamos instrumentos más sensibles, como quisieron serlo el cancelado Darwin de la ESA o el postergado TPF de la NASA.

Lo seguro es que cada día hay más candidatos a convertirse en esas innumerables tierras de las que habló Giordano Bruno. De momento llevamos ya medio millar y, al ritmo actual, antes de cinco años habremos alcanzado los mil como mínimo, más todo los que no podemos prever aún. Si esta es la densidad planetaria típica en una galaxia, sólo en nuestra Vía Láctea debe haber entre cientos y miles de millones de planetas, más sus lunas, lo que podría elevar el número de estos astros al orden de la decena de millar de millones. Vale, los que estén más cerca de los núcleos galácticos no valen. Ni los de estrellas demasiado grandes o demasiado pequeñas. Aceptemos que tampoco los de sistemas múltiples. Sigue siendo un número asombroso: aunque apenas uno de cada diez millones de estos mundos fuera ricitos de oro, seguirían siendo mil sólo en esta galaxia.

Se considera que la zona de habitabilidad galáctica (ni demasiado cerca del centro para que la radiación no acabe con todo, ni tan lejos que dificulte la formación de elementos pesados) tiene unos seis mil años luz de ancho, empezando a una distancia de 25.000 desde el núcleo galáctico. El disco estelar de la Vía Láctea es esencialmente plano, con un grosor de apenas mil años-luz.  Si calculamos el volumen de este disco y luego le sacamos la raiz cúbica, nos sale que debería haber un ricitos de oro de media cada mil años-luz aproximadamente, lo que seguramente aporta algo de luz a la pregunta de ¿dónde está todo el mundo? En todo caso, observa que estamos utilizando las estimaciones más conservadoras posibles, suponiendo siempre formas de vida análogas a la terrestre y contando únicamente nuestra galaxia.

Así pues, a estas alturas ya podemos afirmar rotundamente con Giordano Burno: existen innumerables soles. Dependiendo del sentido, también podemos decir con él: hay innumerables tierras que giran alrededor de estos soles. Y, sin duda, podemos seguir preguntándonos legítimamente: ¿hay seres vivientes que habitan estos mundos? Bruno y quienes fueron como Bruno apostaron a que sí. Como poco, podemos contestar ya: existe una elevada probabilidad. Y es posible que la respuesta esté mucho más cerca de lo que podemos soñar hoy.

PD: Resulta difícil determinar cuál es el «exoplaneta número 500», puesto que los candidatos entran y salen de la lista constantemente. En estos momentos, PlanetQuest de la NASA cuenta en esta posición a HD 218566 b, situado a unos 97 años-luz de aquí: un astro algo más pequeño que Saturno orbitando en torno a una estrella de tipo K3V.

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Cosmos, de Carl Sagan

Desde hoy, con el diario Público

Supongo que esto es publicidad, pero me da lo mismo: representa también una buena ocasión para que Cosmos llegue a más hogares, y eso me parece importante.

Carl Sagan en Cosmos

Carl Sagan en Cosmos

Cosmos, un viaje personal es la obra maestra de Carl Sagan, probablemente el mejor divulgador de la ciencia y de las maravillas que se esconden tras la ciencia, tras la curiosidad, tras la capacidad de maravillarse, tras el pensamiento racional y el humanismo secular. Es la clase de cosa que debería estar en cada hogar, pues resulta imposible ver Cosmos y no empezar a hacerse preguntas, a indagar respuestas, a mirar al cielo y a la tierra con otros ojos, con otra mente y con otro corazón.

Hay quien dice que Cosmos ha envejecido, que la ciencia ha avanzado mucho en estos años, que por muy buena que sea es ya un producto antiguo. Yo, la verdad, me la acabo de ver de pe a pa y lo más que podría añadir son unas cuantas notas a pie de página; la mayor parte, para situar el contexto. El resto sigue siendo perfectamente válido, perfectamente actual, e incluso tan adelantado a su tiempo como lo era la primera vez que se emitió. Cosmos sigue hablando del futuro –de nuestro futuro– más aún que del pasado. Ignorando las ropas y peinados ochenteros y con una poca habilidad para leer entre líneas cuando Sagan habla de los peligros y esperanzas para la Humanidad, Cosmos ha envejecido mejor de lo que yo recordaba. Sobre todo, sigue siendo igual de íntegra y veraz. Sigue sin contar mentiras, algo cada vez más raro. Sigue siendo la mejor televisión posible, dedicada a instruir y fascinar mentes inquietas, no a embrutecer mediocridades o adular suficiencias. Sigue hablando de cosas verdaderas con honradez sencilla.

Cosmos, un viaje personal.

Polvo de estrellas

La Humanidad forma parte indisoluble, indistinguible del cosmos. Todo lo que somos surgió con el mismo universo y en el corazón de las estrellas. En palabras de Sagan, somos polvo de estrellas.

Tú y yo formamos parte indisoluble, indistinguible, del cosmos. Somos materia y energía, existimos en el espacio y el tiempo, evolucionamos con la entropía, la fluctuación, la luz y el calor. No hay tanta diferencia entre tú y yo y los peces y los diamantes y las estrellas. Nuestra naturaleza es la misma; somos –muy, muy profundamente– la misma cosa. Para ti, para mí y para todo lo que existe, el cosmos es algo personal.

Y esta es la auténtica historia más grande jamás contada: la historia de todo y de todos, de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que seremos. Comprender el cosmos es comprendernos a nosotros mismos; entender tu ser profundo y el mío. De dónde venimos, dónde estamos, a dónde vamos y qué pintamos aquí, suponiendo que pintemos algo. Acompáñame. Vamos a descubrir, vamos a aprender, vamos a soñar cosas ciertas.

Es un muy largo viaje el que nos trajo hasta aquí, iniciado cuando tus primeros quarks y electrones surgieron en un lugar y tiempo de extrema energía. Ahora, vivimos en un universo a escalas inmensas, lleno de realidades asombrosas, desde la materia más minúscula hasta las grandes murallas estelares. Pasando, claro, por la vida: las plantas, los animales, tú, yo.

También ha sido un largo viaje de conocimiento, aprendizaje y evolución personal colectiva. Desde que algún retatarabuelo miró a las estrellas y se preguntó qué había allí hasta las naves que surcan el espacio profundo y observan galaxias lejanas, hemos vivido una fascinante aventura de curiosidad, maravilla, imaginación, escepticismo y pensamiento científico. Sobre las cenizas de aquella Biblioteca de Alejandría donde pereció el saber de la Antigüedad, hemos terminado por comenzar a entender. Poco a poco, hemos empezado a aprender.

Aprender estas cosas verdaderas es nuestro derecho, pues nos hace más sabios y mejores; y también nuestro deber, porque sin saber qué somos y cómo llegamos hasta aquí difícilmente podremos conocernos bien y empujar hacia un futuro mejor. Así pues, vamos a compartir desde este domingo el viaje personal de Carl Sagan, el astrofísico del pueblo, porque es nuestro propio viaje personal. Sí, el tuyo también. ¿O acaso tú no formas parte del cosmos, de la realidad?

En las orillas del Océano Cósmico.

El universo al que pertenecemos es un universo de escalas inmensas, que se observa a sí mismo con ojos humanos desde una minúscula cala en las orillas del Océano Cósmico. Y es en esta calita donde Carl Sagan, el astrofísico de la gente sencilla, inicia su viaje personal por el universo que somos; el viaje personal de todos nosotros, el de todo lo que existe.

Carl Sagan en su Biblioteca de Alejandría

Carl Sagan se adentra en su Biblioteca de Alejandría

Con En la orilla del océano cósmico, Sagan nos arrastra a un recorrido desde las distancias más grandes hasta las que mejor entiende la gente humana: galaxias, nebulosas, sistemas solares, planetas, la Tierra, el mar donde surgimos, la roca donde medramos. Así, comenzamos a descubrir nuestro lugar en el cosmos y nuestra verdadera dimensión.

Pero Sagan no se detiene aquí, sino que se adentra en otros dos largos viajes. Uno, desde los orígenes de la Humanidad, es el que nos ha permitido llegar hasta aquí, saber lo que sabemos, empezar a entender: la aventura fascinante del conocimiento, de la curiosidad, de la capacidad de maravillarse, del aprendizaje. La aventura de la ciencia, del método científico y del pensamiento racional.

Y con el segundo, nos lleva a otra larguísima odisea más: nuestro recorrido por el tiempo. Reduciendo la historia universal a un año –en uno de los muchos clásicos de la divulgación que caracterizan a Cosmos– podemos comprender los abismos temporales que permitieron la evolución del universo, de la Tierra, de la vida, nuestra propia evolución hasta ser lo que somos. Y seremos.

Dije al principio que Cosmos se realizó hace ya 30 años y la ciencia ha avanzado mucho desde entonces. Sin embargo, En la orilla del océano cósmico –por ejemplo– no ha envejecido más que estéticamente; y eso, en estos casos, hasta puede ser una virtud. Sólo cabría añadir que ahora no consideramos a Plutón como planeta, que el brazo galáctico de Carina-Cisne donde habitamos se define hoy como Orión-Cisne y que hemos encontrado algunas galaxias más en el Grupo Local. Todo lo demás que Sagan nos cuenta en este capítulo sigue siendo válido, actual, incluso adelantado a su tiempo y al nuestro. Hasta cuando nos habla de los riesgos que acechan a nuestro mundo –refiriéndose a las amenazas de la Guerra Fría que le tocó vivir– ya vislumbra los peligros para la posteridad. Los peligros de hoy.

Cosmos de Carl Sagan

Ah, sí, cada viernes publicaré una columnita en la sección de Ciencias (en papel y ocasionalmente también en la web), presentando el episodio de esa semana. ;-) De hecho, este post es una recopilación y ampliación de los dos primeros. Y no, ya sé lo que estás pensando, pero que conste que yo no me llevo ni un euro con todo esto. Hay cosas en esta vida que se hacen porque crees en ellas y quieres empujar hacia una sociedad, un futuro y unas personas un poquito mejores. Cosmos lo hizo con millones, incluyendo a este que te habla, y puede seguir haciéndolo hoy, aquí.

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Carl Sagan, el maestro de millones

A lo largo de su corta vida, el Dr. Carl Sagan dio un nuevo sentido a la divulgación científica,
trabajó incansablemente por la paz entre los pueblos
y fue capaz de enseñar cosas maravillosas a millones de personas sencillas por todo el planeta.

Carl Sagan

Carl Sagan, doctor en astronomía y astrofísica, divulgador de la ciencia.

Si eres una persona de mente inquieta e interesada por la ciencia y el futuro de la humanidad, sin duda habrás oído hablar de él, habrás leído algo de él o habrás visto algo creado por él. Y si no, deberías hacerlo de inmediato. A partir de los años ’60 y hasta su temprana muerte en 1996, el astrónomo y astrofísico estadounidense Carl Sagan se convirtió en la cara más popular y fascinante de una ciencia que se iba haciendo cada vez más compleja y más lejana para las gentes de a pie. Mediante sus libros, sus conferencias y sus apariciones en televisión, fue capaz de hacer llegar las maravillas del universo al que pertenecemos a millones de personas por todo el mundo, junto a una nueva conciencia planetaria vertebrada en torno al humanismo secular. Sin él, la ciencia habría seguido probablemente su camino; pero su conocimiento popular y el apoyo de sociedades enteras a sus planteamientos jamás habría sido igual. Esta es la historia del Dr. Sagan, el niño de mente inquieta, conciencia clara y frente despejada que logró convertirnos a todos en niños de mente inquieta, conciencia clara y frente despejada, que es seguramente lo mejor y más brillante que se puede ser.

El chaval que miraba más allá.

Carl Edward Sagan nació el 9 de noviembre de 1934 en una familia judía de origen ruso huida de los pogromos zaristas que se ganaba la vida en Brooklyn, en el corazón de Nueva York. Sus padres eran trabajadores: papá Sam Sagan era obrero textil y mamá Rachel Gruber, un ama de casa que se había criado en la miseria más infecta. El joven Carl se crió junto a su hermana Clara en un minúsculo apartamento muy cerca del Océano Atlántico. Cuando tenía cinco años, le llevaron a ver la Exposición Internacional de 1939, donde quedó asombrado por primera vez con las cosas que podía hacer la ciencia, la técnica y el progreso social. Y es que, desde niño, en aquel humilde hogar de judíos reformistas se respiraba un ambiente que el propio Carl describiría así años después:

«Mis padres no eran científicos. Apenas sabían nada de ciencia. Pero al introducirme simultáneamente en el escepticismo y en la capacidad de maravillarme, me enseñaron dos modos de pensamiento complejos de conciliar que son centrales al método científico.»

Con cinco años salía por primera vez solo de casa –cosa corriente en aquellos tiempos, aunque ahora nos hayamos vuelto todos unos paranoicos– para ir a la biblioteca pública con una tarjeta que le consiguió su madre. Allí pidió por primera vez un libro sobre estrellas, y quedó maravillado al descubrir las abismales escalas cósmicas. A los seis o siete años fue con un amiguito al Museo Americano de Historia Natural, donde se fascinó con las exhibiciones sobre meteoritos, dinosaurios y animales modernos en sus hábitats naturales. Él, que apenas había salido de la Gran Manzana.

Carl Sagan de niño.

Carl Sagan de pequeño. Ya entonces su padre se quedaba embobado escuchándole hablar de estrellas y dinosaurios.

Ya papá Sam se quedaba bastante embobado oyendo hablar a su único hijo sobre estrellas y dinosaurios, pero lo consideró parte de sus gustos infantiles. Y aunque el chaval apuntaba maneras, pocos en aquel lugar tan humilde creían que de allí pudiera surgir un gran científico. A Sagan le gustaba recordar una conversación con su abuelo materno Leib Gruber, que por lo visto discurrió más o menos así:

–¿Y tú qué quieres ser de mayor?
–Quiero estudiar astronomía.
–Eso está muy bien, pero ¿qué piensas hacer para ganarte la vida?

Pese a la poca fe de su entorno, el muchacho Sagan siguió creciendo e interesándose cada vez más por los misterios del mundo y del universo. Durante su adolescencia, en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, fue al instituto público Rahway de Nueva Jersey. De ahí saltó a la Universidad de Chicago, donde se graduó en 1954 y obtuvo un master en ciencias en 1956. En 1957 se casó con la destacada bióloga evolucionista Lynn Margullis, que le daría sus dos primeros hijos: Dorion y Jeremy Sagan. Pero Carl seguía soñando con los dinosaurios y con las estrellas.

Científico de la NASA, profesor en Harvard y Cornell, divulgador y antibelicista.

Carl Sagan estuvo relacionado con el programa espacial norteamericano desde fechas muy tempranas. Mientras conseguía su doctorado en astronomía y astrofísica, trabajó en el laboratorio del genetista H. J. Muller y comenzó a relacionarse cada vez más estrechamente con la NASA, que aún trataba de hacer algo en el espacio ante la avalancha de éxitos soviéticos. Como científico visitante en el Jet Propulsion Laboratory, colaboró ya de manera relevante en las primeras misiones Mariner a Venus, que junto a las Venera soviéticas demostraron su hipótesis de que debía tratarse de un lugar muy seco y caliente.

Consiguió una beca de investigación Miller para estudiantes destacados en la Universidad de California en Berkeley entre 1960 y 1962, y entre 1962 y 1968 trabajó en el Observatorio Astrofísico del Smithsonian en Cambridge, Massachusetts. Así, estuvo entre los primeros en teorizar que Europa de Júpiter posee océanos de agua a gran profundidad, y que Titán de Saturno tiene océanos de compuestos líquidos en su superficie. Convertido ya en un especialista en atmósferas planetarias, el jovenzuelo surgido de un suburbio neoyorquino empezaba a brillar con luz propia.

Carl Sagan en 1972

Carl Sagan en las Conferencias CETI (1972)

Merced a la estrecha vinculación entre el Observatorio Astrofísico del Smithsonian y el Observatorio de la Universidad de Harvard, que posteriormente daría lugar a la fundación del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian, el entonces aún poco conocido doctor Carl Sagan comenzó a investigar y dar clases en Harvard. Allí se destacó pronto como un pedagogo excepcional, capaz de explicar la ciencia más compleja con sencillez y buen humor. A los 34 años, en 1968, saltaba a la Universidad Cornell como profesor titular. Regresaba así a su Nueva York natal y permaneció vinculado a esta institución durante el resto de sus días. Dirigió su Laboratorio de Estudios Planetarios y fue co-director del Centro de Radiofísica e Investigaciones Espaciales.

Por aquel entonces ya había empezado a publicar artículos de divulgación científica para una colección de la popular revista LIFE y un libro titulado Vida inteligente en el universo en cooperación con el astrofísico soviético Iosif Shklovski. Sagan empezaba a destacarse así no sólo como científico notable, sino también como educador de las masas y un hombre de conciencia comprometido en tender puentes entre modelos de civilización antagónicos dispuestos a aniquilarse en cualquier momento, lo que le ocasionó no pocos líos y pinchazos con la CIA, el FBI y otras agencias gubernamentales. Hablamos de los años más duros de la Guerra Fría, poco después del macarthismo, cuando el mero hecho de escribir una carta a la URSS podía incluirte en alguna lista secreta poco recomendable.

En 1968 se divorció de Lynn para casarse de nuevo con la artista y escritora Linda Salzman, con quien tendría a su tercer y último hijo Nick Sagan.  A partir de 1970 sus libros de divulgación comienzan a multiplicarse, sus colaboraciones con la NASA también y empieza a aparecer frecuentemente en la televisión norteamericana, sobre todo en el muy popular show de Johnny Carson. El estilo directo y fascinante de este científico de altos vuelos que procede del pueblo y sabe cómo hablar al pueblo comienza a llegar a millones de personas por toda la Unión, quienes descubren una oportunidad única para aprender cosas que nadie más les hace entender. Es un éxito mediático inmediato y el doctor Carl Sagan de Cornell, que habla a la gente sencilla de estrellas y dinosaurios, se convierte rápidamente en un personaje público inmensamente popular y querido. Una de sus expresiones favoritas, billions and billions (miles y miles de millones, en referencia a aquellos abismos cósmicos que tanto le impresionaron de niño), se transforma en una imagen de marca y es recogida por los principales humoristas del país. El maestro de millones ha encontrado su lugar, y esos millones dicen que les mola y quieren más.

Billions and billions.

Entre 1973 y 1979, Sagan publica la friolera de seis libros de alta divulgación: Comunicación con inteligencias extraterrestres (MIT Press, 1973); Marte y la mente humana (Harper & Row, 1973); La Conexión Cósmica (Anchor Press, 1973); Otros mundos (Bantam Books, 1975); Murmullos de la Tierra (Random House, 1978); Los dragones de Edén (Ballantine Books, 1978, que le permite ganar el Premio Pulitzer) y El cerebro de Broca (Ballantine, 1979), más otros textos de menor entidad. Todos ellos constituyen éxitos editoriales en el mundo entero, con millones de copias vendidas, y actualmente se consideran clásicos.

La placa Carl Sagan montada en la Pioneer 10.

La placa elaborada por Carl Sagan con un mensaje de la Humanidad, ya montada en la Pioneer 10 y lista para el lanzamiento (NASA).

Las apariciones televisivas se disparan: todo el mundo quiere escuchar las palabras fascinantes y comprensibles de este astrofísico del pueblo. Da conferencias, organiza cursos. Mientras tanto, encuentra el tiempo para seguir enseñando a sus alumnos de la Universidad de Cornell, investigando desde el Centro de Radiofísica e Investigaciones Espaciales que co-dirige y colaborando con la NASA. En 1972, despega hacia el espacio profundo la Pioneer 10, con la universalmente famosa placa de oro que contiene un mensaje de la Humanidad a quien quiera que haya allá. Frank Drake y Sagan la diseñaron, y fue su esposa Linda Salzman quien realizó el dibujo. En 1973, la Pioneer 11 hace lo propio. Ambas placas contienen información esencial sobre la especie humana, su aspecto, su naturaleza y su posición en el universo en el momento en que fueron lanzadas. Las dos están ya fuera del sistema solar, en dirección a Aldebarán y Al-Thalimain Prior, adonde llegarán dentro de algún que otro millón de años. En la misma línea, participa decisivamente en la elaboración y emisión del Mensaje de Arecibo, orientado hacia el Cúmulo de Hércules (M13), que alcanzará dentro de 25.000 años. Estos son, hoy por hoy, los principales intentos de la Humanidad para hacer saber su existencia a cualquier otro viviente que no haya nacido al calor de nuestro Sol.

Mientras tanto, Sagan se interesa en los peligros y problemas de nuestro propio mundo. Preocupado por el grave riesgo de guerra nuclear que se vivía en esos momentos, trata de tender lazos con otros científicos soviéticos y como experto en atmósferas planetarias comienza a realizar aportaciones en el problema del invierno nuclear y el cambio climático antropogénico. Co-fundó la Sociedad Planetaria, una de las asociaciones científicas más importantes de los Estados Unidos. Y durante el siguiente año, se va configurando su obra maestra de alta divulgación: una serie de televisión llamada Cosmos.

Cosmos.

Cosmos, un viaje personal (Cosmos, a personal voyage) fue una serie de televisión en trece episodios presentada por Carl Sagan y escrita por él mismo, la novelista Ann Druyan –que pronto se convertiría en su tercera esposa– y el astrofísico Steven Soter. La emitió por primera vez la cadena semipública norteamericana PBS en 1980. Y hoy por hoy, sigue siendo la serie de la PBS más vista del mundo, incluso por encima de Barrio Sésamo. La han visto más de quinientos millones de personas en más de sesenta países, y sigue siendo tan fascinante como el primer día.

Los trece episodios de Cosmos hacen un completo recorrido por lo que la humanidad sabía sobre si misma y sobre el universo que la rodea en el momento de su realización. Fue premiada con el Emmy y con el Peabody. Nunca nadie logró contar tantas cosas maravillosas, a tanta gente y en tantos lugares con una sola producción. Estos capítulos son los siguientes:

  1. Carl Sagan en Cosmos

    Carl Sagan en Cosmos, explicando las órbitas planetarias.

    En las orillas del océano cósmico (The shores of the Cosmic Ocean).

  2. Una voz en la fuga cósmica (One voice in the Cosmic Fugue).
  3. La armonía de los mundos (The harmony of the worlds).
  4. Cielo e infierno (Heaven and hell).
  5. Blues para un planeta rojo (Blues for a Red Planet).
  6. Historias de viajeros (Travellers’ Tales).
  7. El espinazo de la noche (The backbone of night).
  8. Viajes a través del espacio y el tiempo (Journeys in space and time).
  9. Las vidas de las estrellas (The lives of the stars).
  10. El filo de la eternidad (The edge of forever).
  11. La persistencia de la memoria (The persistence of memory).
  12. Enciclopedia galáctica (Encyclopaedia Galactica).
  13. ¿Quién habla en el nombre de la Tierra? (Who speaks for Earth?).

Posteriormente se agregó un decimocuarto episodio, Ted Turner entrevista al Dr. Sagan, donde el fundador de la CNN mantiene una conversación con Carl. La banda sonora de la serie es de Vangelis (con algunas partes especialmente escritas para la ocasión), Dmitry Shostakovich, Goro Yamaguchi, Wolfgang Amadeus Mozart, Louis Armstrong, Igor Stravinsky, Johann Sebastian Bach, Antonio Vivaldi y Nikolay Rimski-Korsakov, entre otros músicos de gran calibre.

Carl Sagan en Cosmos

Carl Sagan en el capítulo final de Cosmos: ¿Quién habla en el nombre de la Tierra?

Simultáneamente, se editaba un libro con el mismo título que recogía los temas tratados en este documental. Vendió más de cinco millones de ejemplares e hizo a Sagan rico y famoso en el mundo entero. Una generación entera, entre los que se encuentra este que te escribe, aprendió su lugar en el cosmos, los fundamentos del método científico y el poder del asombro y la curiosidad a través del viaje personal de Carl Sagan: Cosmos, probablemente la mayor y mejor obra de alta divulgación de la historia contemporánea.

La ciencia como una luz en la oscuridad.

Y el astrofísico del pueblo siguió adelante, ahora ya capaz de educar al mundo entero, convertido definitivamente en maestro de millones. Consciente de su alcance y responsabilidad, va agregando rasgos cada vez más humanísticos y sociales en sus obras, que al mismo tiempo siguen siendo rigurosamente científicas. Durante los años ’80, escribe con Paul Ehrlich y Donald Kennedy El frío y las tinieblas: el mundo después de la guerra nuclear, donde introduce al público el concepto de invierno nuclear (Sidgwick & Jackson, 1985); con su nueva mujer redacta también El Cometa, inmediatamente antes del último paso del Halley (Ballantine, 1985); y una novela de ficción: Contact (Simon & Schuster, 1985), de la que también se hizo una película.

Son los años de Reagan y Gorbachov, y Sagan toma partido claramente en contra del belicismo del presidente norteamericano y a favor de las propuestas de reducción de armas nucleares del nuevo Secretario General soviético. Es arrestado en dos ocasiones durante unas manifestaciones en el exterior del Campo de Pruebas de Nevada, por encaramarse a la alambrada. Habla, escribe, se moja, sigue enseñando… y se convierte también en azote de los magufos y supersticiosos, que están en periodo expansivo, con su sencillo escepticismo de a pie y un racionalismo profundamente humanista fácil de entender por todos. En este periodo, va adquiriendo también la convicción de que la magufería –con su potencial para expandir el pensamiento mágico, la ignorancia anti-intelectual y el fanatismo religioso– es otra de las amenazas a las que tendrá que enfrentarse la humanidad en el futuro próximo. En materia religiosa se declara agnóstico, pero es proponente del materialismo positivo, del humanismo secular racionalista y escribe bastantes párrafos muy críticos con las creencias de las religiones tradicionales (y muy especialmente del dios monoteísta occidental). Sin embargo, no se declara ateo porque, en sus propias palabras, un ateo tiene que saber mucho más de lo que yo sé.

A principios de los años ’90, Sagan sabe ver las tendencias que está tomando el mundo tras el fin de la Guerra Fría, y no le gustan. Su obra eleva el nivel filosófico, que llega a ser tan alto como el científico. El concepto de consciencia planetaria, la ciencia y la razón como cultura, como modelo de civilización, humanidad y convivencia, alcanza su culmen en estas creaciones finales: Sombras de antepasados olvidados (Ballantine, 1993); Un punto azul pálido (Random House, 1994) y El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad (Ballantine, 1996), así como su obra póstuma Miles de millones (Billions and billions, Ballantine, 1997) inciden cada vez más en estas ideas. En El mundo y sus demonios nos encontramos con su última enseñanza a las gentes sencillas de todo el mundo, lúcida y magistral:

Carl Sagan con Ann Druyan

Carl Sagan con su última esposa, la novelista Ann Druyan, que participó en muchas de sus creaciones.

«Si no somos capaces de pensar por nosotros mismos, si somos renuentes a cuestionar la autoridad, entonces somos sólo marionetas en las manos de quienes están en el poder. Pero si los ciudadanos están educados y son capaces de formarse su propia opinión, entonces los que están en el poder trabajarán para nosotros. En todos los países, deberíamos enseñar a nuestros hijos e hijas el método científico y las razones por las que existe una Declaración de Derechos. Y con ello, una cierta dosis de honestidad, humildad y espíritu comunitario. En el mundo acosado por los demonios donde vivimos por el mero hecho de ser humanos, esto puede ser todo lo que se interponga entre nosotros y la oscuridad.»

Pues, en 1994, al maestro de millones le han encontrado una rara enfermedad parecida a la leucemia, llamada síndrome mielodisplásico. Requiere tres trasplantes de médula ósea durante los siguientes dos años, lo que le deja muy débil y desprovisto de sistema inmunológico. En estas condiciones, una neumonía calla su voz para siempre el 20 de diciembre de 1996, poco después de cumplir 62 años. Ya se dice que la luz que brilla el doble dura la mitad.

Desde las lunas de Barsoom.

Estación Memorial Carl Sagan (ex-Mars Pathfinder)

La nave espacial interplanetaria Mars Pathfinder, antes de su lanzamiento. Una vez establecida en Marte, fue rebautizada como Estación Memorial Carl Sagan.

El mundo entero lamentó la pérdida del astrofísico del pueblo, que está enterrado en el cementerio de Ithaca, en su natal Nueva York. Y el mundo científico y todos los que habían trabajado con él, también. No sólo tiene dedicadas calles, estampillas de correos y museos al aire libre, sino que algunas personas insistieron en conservar su memoria mucho más allá de la muerte. Por ejemplo, los trabajadores y científicos de la NASA, que casi organizan un motín para que se cambiara el nombre a la Mars Pathfinder, una vez firmemente establecida en Marte, por el de Estación Memorial Carl Sagan (el divulgador había sido un gran proponente y teórico de las misiones marcianas). El asteroide 2709 Sagan fue bautizado en su honor.

Hay al menos tres galardones científicos en su honor: el Premio en Memoria de Carl Sagan, otorgado por la Asociación Astronáutica Americana y la Sociedad Planetaria que co-fundó; la Medalla Carl Sagan de la División de Ciencias Planetarias de la Asociación Astronómica Americana; y el Premio Carl Sagan para la comprensión pública de la Ciencia, que otorga el Consejo de Presidentes de Sociedades Científicas de los Estados Unidos.

En estos tiempos en que nos ha tocado vivir, parece como si las ideas y enseñanzas de Carl Sagan fueran más actuales e importantes que nunca. Entre fanáticos vocíngleros de todos los signos, guerras de religión del siglo XXI, sociedades en involución, ataques a los derechos humanos y el retorno de las numerosas supersticiones e ignorancias que en el mundo han sido, la pedagogía, la ética y la razón comprensible por todos del astrofísico de la gente sencilla resultan urgentes y fundamentales. Más allá de las estéticas, difícilmente ha perdido un ápice de actualidad. Sigue siendo capaz de fascinar. Sigue siendo capaz de hacernos soñar. Sigue siendo capaz de sacar lo mejor de nosotros mismos: ese niño de mente inquieta, conciencia clara y frente despejada y soñadora. Que es seguramente, como dijimos, lo mejor y más brillante que se puede ser.


La última entrevista a Carl Sagan, poco antes de su muerte (no la he encontrado con subtítulos en castellano, pero sí en portugués, que se entiende bastante bien). Parte 1, parte 2, parte 3.

Carl Sagan, doctor en astronomía y astrofísica, divulgador.

Carl Sagan (1934-1996).
Doctor en astronomía y astrofísica, especialista en Ciencias Planetarias.
Medalla de Servicios Públicos Distinguidos y Medalla de Logros Científicos Excepcionales de la NASA, Premio Hugo, Premio Humanista del Año (1981), Premio Isaac Asimov, Premio John F. Kennedy a la Astronáutica, Medalla Konstantin Tsiolkovsky de la Federación de Cosmonautas Soviéticos, Premio Masursky, Premios Emmy, Peabody y Pulitzer, Medalla al Bienestar Público de la Academia de Ciencias de los Estados Unidos.
Divulgador de la Ciencia, la Paz, el Humanismo Secular y la Razón Ilustrada, para la Humanidad.

Thank you, Carl.

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