El transbordador espacial se acabó. Y ahora, ¿qué?

El incierto futuro de la exploración espacial norteamericana.

Anterior: 50 años de Gagarin. Y ahora, ¿qué? (12/04/2011)


Despegue del Atlantis STS-135, en la última misión de los transbordadores espaciales.

El Atlantis, en su misión STS-135 y última de los transbordadores espaciales estadounidenses, se dispone a ensamblarse con la Estación Espacial Internacional el 10 de julio de 2011. Foto: NASA.

El Atlantis, en su misión STS-135 y última de los transbordadores espaciales estadounidenses, se dispone a ensamblarse con la Estación Espacial Internacional el 10 de julio de 2011. Foto: NASA.

Lanzamientos espaciales por países en el periodo abril de 2006 a marzo de 2011. Fuente de los datos: Quarterly & semi-annual launch reports, Federal Aviation Administration (USA). (Clic para ampliar)

Lanzamientos espaciales por países en el periodo abril de 2006 a marzo de 2011. Fuente de los datos: Quarterly & semi-annual launch reports, Federal Aviation Administration (USA). (Clic para ampliar)

Hace ahora algo más de un año, escribí una despedida prematura para el Atlantis. En aquellos momentos se daba por sentado que la misión STS-135 actualmente en curso no saldría adelante. Me alegro de haberme equivocado y de que mi transbordador espacial favorito, al final, haya cerrado esta extraordinaria aventura. :-) Pero ahora ya está: se acabó. No habrá más transbordadores. Y, con ellos, desaparece toda posibilidad para los Estados Unidos de lanzar naves espaciales tripuladas durante los próximos años. No había un reemplazo claro, el tiempo se ha echado encima y todas las alternativas siguen en el tablero de diseño o en etapas tempranas de desarrollo. A partir del próximo día 21, toda la humanidad pasa a depender de las naves Soyuz para viajar a las estrellas, más lo que puedan hacer los chinos (que tardarán algún tiempo).

Aquí tienes otro post que escribí sobre el estado actual de la exploración espacial, cuya lectura te recomiendo para hacerte una idea general de la situación. Las tendencias que comentaba en él, si algo, no han hecho más que profundizarse a lo largo de estos últimos catorce meses. Cincuenta años después de Gagarin, 42 años después del primer viaje a la Luna y 25 años después de la estación espacial Mir… sólo nos queda aferrarnos a diseños de aquellos tiempos para ser capaces aún de hacer algo por ahí fuera (la Soyuz voló por primera vez en 1967 y la Estación Espacial Internacional es básicamente lo que iba a ser la Mir-2). Pero es más: comienza a asomar la patita por el horizonte el día en que habrá que retirar la E.E.I. (ya hubo un amago que hablaba de 2016, aunque seguirá hasta por lo menos 2020) y la idea de plantear un proyecto nuevo con un alcance sólo remotamente parecido para reemplazarla provoca sudores fríos y taquicardias a todos los pusilánimes. Indudablemente, la humanidad ha menguado e involucionado mucho durante las dos últimas décadas (excepto en volumen: dentro de unas semanas seremos ya 7.000 millones), y el estado de nuestros programas espaciales lo refleja perfectamente.

Las palabras del director de lanzamientos del transbordador, dirigiéndose a su gente antes de esta última misión, fueron bastante sinceras y expresivas de la sensación que corre por el programa espacial norteamericano:

«El final del programa del transbordador es duro de tragar, y todos somos víctimas de unas malas políticas en Washington DC, tanto al nivel de la NASA como de la rama ejecutiva del gobierno, y esto nos afecta a todos nosotros -os afecta a la mayoría de vosotros- severamente.

Me da vergüenza que no haya salido un liderazgo mejor de Washington DC. A lo largo de la historia del programa espacial tripulado, siempre tuvimos otro programa al que hacer transición: del Mercury al Gemini, y al Apolo, y al programa de pruebas Apolo-Soyuz, al Skylab y luego al transbordador. Siempre tuvimos algo a lo que hacer transición.

Y lo teníamos, y fue cancelado y ahora no tenemos nada, y me avergüenzo de que no lo tengamos. Francamente, como alto directivo de la NASA, me gustaría pediros disculpas porque no lo tenemos. Así que ahí estáis. Os quiero a todos. Os deseo lo mejor.»

El martes pasado, algunos de los principales responsables de esta situación, los mismos que se han pasado décadas dejando sin dinero y sin recursos a la NASA, entraron en pánico y se permitieron el lujazo de pasar por la tostadora al director de la NASA Charlie Bolden, que me supongo yo que tuvo que recurrir a todas sus conchas como ex-general de los Marines para no mandarlos a pastar por ahí. Al parecer, han descubierto de sopetón que queda fatal en la tele eso de que los astronautas estadounidenses tengan que comprar billetes a Roskosmos si quieren acceder al espacio. En su estulticia, tuvieron un instante de lucidez y vislumbraron también que, si una potencia espacial abandona segmentos mayores de sus investigaciones espaciales… pues es muy posible que deje de ser potencia espacial. Y, después de años negándole a la NASA el pan y la sal, estos prohombres y promujeres acosaron a Bolden con la pregunta secundaria que les resultaba más cómoda: «¿por qué la NASA no tiene aún el plan de futuro para el lanzador pesado que nos llevará a Marte y a los asteroides próximos a la Tierra, al que se comprometió (la comprometimos) para el pasado mes de enero?»

El astronauta norteamericano Scott Kelly en la Soyuz TMA-01M, camino de la Estación Espacial Internacional. Estados Unidos pagó 56 millones de dólares por ese asiento y en 2014 pagará 63. Foto: NASA. (Clic para ampliar)

El astronauta norteamericano Scott Kelly en la Soyuz TMA-01M rusa, camino de la Estación Espacial Internacional, el 9 de octubre de 2010. Estados Unidos pagó 56 millones de dólares por ese asiento y en 2014 pagará 63. Foto: NASA. (Clic para ampliar)

Charlie, en vez de contestar «porque lleváis veinte años dejándonos bajo mínimos y delirando a golpe de pensamiento ilusorio, porque no hacéis otra cosa que estrangularnos un poco más con cada presupuesto, porque no escucháis a los especialistas técnicos sino sólo a los gurús que os dicen lo que queréis escuchar y porque sois alérgicos a mojaros con un proyecto a largo plazo así os ahorquen», hizo de tripas corazón con un despliegue de buenos modales, mano izquierda y diplomacia cortesana. Nobleza obliga. Tuvo buenas palabras para todo el mundo y definió cuatro líneas de trabajo sobre las que la NASA se plantea el futuro para los próximos tiempos. De todo el lamentable espectáculo, estos cuatro puntos fueron lo único que merece la pena rescatar. Veámoslos.

«¿Roskosmos? Sí, hola, buenos días, quisiera comprar unos billetes para la estación espacial…»

En primer lugar, lo dejó claro: al menos hasta 2015, todos los lanzamientos tripulados de los Estados Unidos se realizarán a través de la Agencia Espacial Rusa «y otros partners» (como no sean los chinos…). El asiento en una Soyuz con destino a la Estación Espacial sale a 56 millones de dólares por unidad, billete de ida y vuelta, que sube a 63 millones en 2014. Ya han firmado 18 pasajes por esos importes. Eso es lo que hay, punto pelota. Mientras tanto, seguirán apoyando el desarrollo de cohetes y naves espaciales construidos por empresas privadas, en la esperanza de que alguno de ellos pueda llegar a competir con las Soyuz. El más conocido y probablemente más adelantado de estos proyectos es el de SpaceX, con sus cohetes Falcon y sus naves espaciales Dragon.

Esta es una apuesta francamente arriesgada y un tanto confusa. Se trataría, básicamente, de subvencionar con dinero público el desarrollo y operación privados de una tecnología de lanzamiento análoga a la de la Soyuz, para luego comprarle misiones (otra vez) con dinero público. Más o menos. Gene Cernan, el último hombre que estuvo en la Luna, lo describió así recientemente:

Lanzamiento con éxito de un prototipo de nave espacial Dragon con el cohete Falcon-9, ambos de desarrollo privado, el 8 de diciembre de 2010. Foto: NASA.

Lanzamiento con éxito de un prototipo de nave espacial Dragon con el cohete Falcon-9, ambos de desarrollo privado, el 8 de diciembre de 2010. Foto: NASA.

Fue la industria espacial comercial, bajo el liderazgo y la guía de la NASA, la que nos permitió ir a la Luna y construir el transbordador y hacer todo lo que ha pasado en los últimos 50 años. [Pero] transferírselo todo sin ninguna supervisión al sector comercial, una expresión que cuestiono, va a necesitar mucho tiempo. Algunas de esas personas están muy cualificadas, pero otros [sólo] son emprendedores jóvenes con mucho dinero, y para ellos es una especie de hobby. No para todos ellos. Pero algunos dicen que pueden ir al espacio en cinco años por 10.000 millones de dólares, y hasta los rusos dicen que tardaremos por lo menos el doble si ponemos nuestros huevos en esa cesta.

No tengo mucha confianza en que ese extremo del espectro espacial comercial nos devuelva a órbita en ningún momento de los próximos tiempos. Me gustaría que toda esa gente que se autodenominan [operadores espaciales privados] me dijeran quiénes son sus inversores. Que me dijeran dónde está su mercado. Se supone que una empresa comercial debe usar capital privado. ¿Y quiénes son sus usuarios? Imagínese que nosotros, la NASA, no tuviéramos necesidad de sus servicios. No existe ningún otro mercado para ellos. Entonces, ¿esto es realmente una empresa privada, o no? ¿Es un grupo de muchachos con estrellas en los ojos, que quieren convertirse en un gran desarrollador espacial? No lo sé.

No creo que lleguen ni cerca de conseguir lo que han dicho que pueden hacer. Se lo dije al Congreso y sigue siendo cierto hoy: aún no saben lo que no saben. Nosotros […] hemos estado haciendo esto durante medio siglo. Hemos cometido errores. Hemos perdido colegas. ¿No crees que hemos aprendido algo de esos errores? Puedes apostar tu vida a que sí. Ellos tienen que aprender aún de sus errores. Y, como contribuyente, no tengo el deseo de sentarme ahí y pagarles para que cometan esos errores antes de que puedan siquiera llegar adonde creen que son capaces de ir. La buena noticia es que ahora algunas de las grandes compañías aeroespaciales están tratando de entrar en ese sector. Los Boeing, Lockheed Martin, ATK, están tratando de competir en el lado comercial del negocio. Eso es un poco más alentador. Esas son las personas que han estado trabajando en todo lo que hemos hecho durante los últimos 50 años. Ellos saben cómo se puede hacer.

Cernan no es el único que no ve claro el asunto. Algunos otros astronautas notables opinan que esta aproximación puede condenar a los Estados Unidos a convertirse en un operador espacial de «segunda o tercera clase». Ojo: es posible que esta transferencia al sector privado funcione, siempre que la lleven a cabo los especialistas adecuados y se mantenga con dinero público. En principio, no hay nada que lo impida. Pero tiene muchos números para ser un proceso largo, caro y no exento de problemas. Y Estados Unidos no está solo en el mundo: hay competidores. Están los rusos, con sus Angara, sus Rus-M y el PPTS en distintos estados de desarrollo. Detrás, vienen empujando los chinos. En 2015, que es cuando está prevista la entrada en servicio de estas naves y cohetes estadounidenses de construcción privada, podrían encontrarse con una durísima competencia. Si se producen retrasos, todos los nichos podrían estar ya ocupados para cuando quieran llegar.

Lo único que está claro es que, por el momento, el vuelo espacial tripulado de la humanidad queda en manos exclusivamente rusas, más lo que China pueda ir haciendo. No existe ninguna alternativa ni la habrá durante al menos los próximos cuatro años. Y en cuanto a lo de enviar cargueros no tripulados del tipo de las Progress, ya se verá cuándo consiguen poner en órbita el primero. Sin duda, nos hallamos ante una situación de lo más incómoda para los Estados Unidos.

Una Soyuz TMA-M, la más reciente actualización de la veterana nave rusa, se acerca a la Estación Espacial Internacional el 9 de octubre de 2010. Foto: NASA.

Una Soyuz TMA-M, la más reciente actualización de la veterana nave espacial soviética, se aproxima a la Estación Internacional el 9 de octubre de 2010. Foto: NASA.

El regreso de la Orión… ¿y del Energía?

Prototipo del módulo de tripulación y reentrada del MPCV, propuesta en estos momentos como futura nave espacial tripulada de la NASA.

Prototipo del módulo de tripulación y reentrada del MPCV, propuesta en estos momentos como futura nave espacial tripulada de la NASA.

Con el propósito de ir más allá de las órbitas terrestres cercanas, Charlie Boden dijo que mantienen sus intenciones de resucitar la nave Orión del descarriado Programa Constellation para volver a la Luna propuesto durante los años de Bush. La nave Orión fue cancelada después de gastarse cinco mil millones de dólares en desarrollarla, pero ahora vuelve por sus fueros bajo el acrónimo MPCV, o sea, vehículo tripulado multi-propósito (web oficial de la NASA al respecto). La idea es disponer de una nave espacial tripulada capaz de llegar hasta los asteroides y Marte… y de servir como cartucho en la recámara para el caso de que las iniciativas privadas del apartado anterior no fueran a ninguna parte (de hecho, algunos critican que el MPCV duplicaría la funcionalidad de naves como la Dragon).

En esencia, la Orión es un concepto Apolo pero con más capacidades, radio de acción y autonomía. Según se plantea, debería ser capaz de hacer por sí sola viajes espaciales con dos a cuatro tripulantes de 21 días de duración, ampliables hasta seis meses mediante elementos modulares. Con una masa total de 21.250 kg, estaría compuesta por dos módulos: uno de tripulación/reentrada y otro de servicio. El módulo de tripulación/reentrada dispondría de 8,9 m3 ocupables, un poco menos que los aproximadamente 10 m3 habitables de una Soyuz-TMA o los 11 de una Apolo (en ambos casos, sumando todos los espacios presurizados). El módulo de servicio, no habitable, contendría los sistemas de propulsión, el almacén y el resto de equipos tecnológicos.

Para lanzar esta nave se requiere un nuevo cohete, que es el tema con el que los congresistas dieron la brasa a Charlie Boden.  Tal como se plantea en estos momentos, se trataría de un lanzador pesado que combinaría tecnologías de los propulsores del transbordador espacial, de los cancelados Ares I y Ares V e incluso del Programa Apolo. Al parecer, algunos de sus motores podrían terminar siendo una copia norteamericana del motor ruso NK-33. Su nombre es SLS (space launch system) y, como comentaba hace poco Dani Marín, podría llegar a ser esencialmente un concepto similar al del cohete soviético Energía. O, si las cosas no van al final por ahí, un Ares V de bajo coste. Aunque, por el momento, no existe una estimación de costes ni un calendario específico para el desarrollo del MPCV o el SLS. La estimación preliminar es que podrían entrar en servicio en torno a 2016-2017, si bien esta parece una fecha demasiado optimista en las circunstancias actuales.

Hasta Marte o por ahí.

El último punto que planteó Charlie Boden en su exposición es el más delicado de todos: a dónde se va con estas mimbres. Como era de esperar, repitió la idea planteada por Obama el año pasado: a un asteroide próximo a la Tierra, en torno a 2025, y a Marte para 2030 o cosa así. También se plantea ir ocupando los puntos de Lagrange o algunas misiones a la Luna.

Ese es un plan ambicioso, en el que me encantaría creer. I want to believe. Sin embargo, visto lo visto en los últimos años, hay buenas razones para el escepticismo. De momento, ni siquiera la Iniciativa Conjunta de Exploración de Marte firmada recientemente entre la NASA y la ESA supera por mucho el estadio de declaración de intenciones.

Presupuesto de la NASA 1960-2010 en millones de dólares constantes de 2007 y como porcentaje del presupuesto federal de los EEUU. Fuente de los datos: Oficina de Gestión y Presupuestos (OMB), Presidencia de los EEUU. (Clic para ampliar)

Presupuesto de la NASA 1960-2010 en millones de dólares constantes de 2007 y como porcentaje del presupuesto federal de los EEUU. Fuente de los datos: Oficina de Gestión y Presupuestos (OMB), Presidencia de los EEUU. (Clic para ampliar)

Vamos a ver si nos entendemos y recordamos un poco de dónde venimos y sobre los hombros de qué gigantes caminamos y todo eso. Desde que Kennedy dijo que se iban para la Luna hasta que Armstrong puso su pie en el maldito sitio, transcurrieron ocho años escasos. ¿Cómo se hace eso? Sencillo: metiendo un montón de voluntad, de imaginación, de determinación y de recursos. O sea, una montaña de dinero. Para ser exactos, unos 24.000 millones de dólares de la época: la mayor inversión realizada jamás por un país en tiempos de paz. Es decir, unos 150.000 millones de dólares actuales. En 1966, durante el desarrollo del proyecto Apolo, llegaron a gastarse el 4,41% del presupuesto federal para sacarlo adelante. El mismo porcentaje del presupuesto federal para 2011 ascendería a 170.000 millones de dólares sólo en un año. Y mantuvieron un gasto parecido durante casi una década.

Esa es la clase de decisión política que se precisa para hacer cosas grandes. Y no parece quedar nadie, al menos en Occidente, con esas pelotas. Ni con unas ideas mínimamente realistas. A todo el mundo le gustaría apuntarse el tanto de un viaje a Marte, pero dentro de su legislatura de cuatro años, sin que sus votantes tengan que rascarse el bolsillo y sin correr ningún riesgo político o económico. Evidentemente, eso no es posible. Con esa forma de pensar, los egipcios nunca habrían construido las pirámides o el faro de Alejandría. En realidad, con esa forma de pensar no se va a ninguna parte. Es esa forma de pensar la que nos ha llevado, ahora mismo, adonde estamos.

Ni los Estados Unidos ni nadie irán a Marte racaneando mil millones de dólares de aquí y de allá, con MPCV y SLS o sin ellos. Tampoco con un presupuesto anual de 19.000 millones para toda la NASA, que tiene en marcha muchos otros proyectos. Es ridículo. El problema de fondo en este asunto no es científico o tecnológico. Hay ciencia y tecnología de sobras para ir al punto del sistema solar que nos dé la gana, y la que no está disponible aún, se puede desarrollar en pocos años sobre la base actual. La cuestión de fondo es quién se moja, cuánto y hacia dónde. Mientras esta cuestión no esté clara, todo lo demás es marear la perdiz. O, como dijo Charlie Bolden al terminar, «un programa espacial sólo tendrá éxito si múltiples parlamentos y múltiples administraciones proveen la adecuada financiación.»


Preparando la Soyuz TMA-02M para el lanzamiento. Video: Roskosmos.

Lanzamiento de la Soyuz TMA-02M desde Baikonur, el 7 de junio de 2011 (secuencia con vistas desde distintos puntos – la más chula en el 03:45). Lleva a bordo 40 experimentos científicos, entre ellos uno para tratar de encontrar un mejor tratamiento contra el cáncer y otro para experimentar los cultivos en el espacio. Video: Roskosmos.

Actualización: Una aportación de Pastor Cartoon inspirada por la lectura de este post:

Cartel del astronauta estadounidense: "A la ISS". Oficial ruso: "¿Tienes algo suelto?"

Cartel del astronauta estadounidense: "A la ISS". Oficial ruso: "¿Tienes algo suelto?"


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50 años de Gagarin. Y ahora, ¿qué?

Hace medio siglo, la humanidad llevó al espacio al primero de sus hijos. Pero ahora, parece bastante estancada.
Como todo el mundo está hablando hoy del pasado, yo quiero hablar del futuro.

Tecnologías derivadas de la exploración espacial.

Algunas tecnologías derivadas significativa o totalmente de la exploración espacial. Imagen: NASA, 2003. (Clic para ampliar)

¡Propicios días, camarada extraterrestre! No sé si te acordarás, pero hace ahora mismo cincuenta años terrestres exactos que esa especie con cuatro patas del tercer planeta de Sol llevó al espacio al primero de sus hijos. Son unos bichos curiosos, los terráqueos estos, ¿verdad? Lo que pasa es que ahora mismo parecen bastante confundidos, estancados y con un montón de problemas. Fíjate, quién les ha visto y quién les ve.

Bueno, la verdad es que problemas, problemas, han tenido siempre. Si eres un extraterrestre lo bastante friki como para interesarte por la historia de esos simios que aún no han logrado alejarse de su planeta natal y ni siquiera fabricar un mísero agujero de gusano atravesable (¿estarán los OVNIs llenos de turistas galácticos frikis?), sabrás que cuando mandaron a ese fulano Gagarin a darse una vuelta por el espacio exterior parecían decididos a aniquilarse en una guerra nuclear mientras otros muchos de sus hijos pasaban hambre y miseria. Algunos de esos problemas parece que se han arreglado un poco: el peligro de guerra nuclear no es tan inminente y muchas cosas han mejorado bastante para la mayor parte de la humanidad. Y antes de todo eso… bueno, ya sabes.

Sin embargo, otros problemas se han desarrollado en este periodo. Por una parte, en tiempos recientes, han dejado que sus anticuadas economías fueran arrastradas a una crisis global a gran escala, afectando sobre todo a algunos de los países que en otro tiempo llevaban el liderazgo (sí, aún tienen países, ¿te lo puedes creer?). Aunque de eso siempre han sido capaces de salir con más o menos sufrimiento de los de siempre (también tienen clases; qué le vamos a hacer, considéralo una curiosidad, son muy primitivos, los pobres). De hecho, ya se vislumbra el surgimiento (o resurgimiento) de algunas potencias emergentes. Saldrán de esa.

Lo que ocurre es que esa crisis no es sino una manifestación de otros problemas más profundos, que siempre tuvieron pero últimamente se han desarrollado. Se han multiplicado demasiado para un planeta tan pequeño y con tan pocos recursos fácilmente accesibles. Hay más del doble de humanos ahora que cuando ese Gagarin fue al espacio. Quince veces más que en la Edad Media, veintipico veces más que en tiempos de los romanos, mil cuatrocientas veces más que en los albores de la civilización. En la actualidad están vivos el 6% de los humanos que hubo jamás. Si nada lo impide, a principios de otoño de este mismo año alcanzarán los 7.000 millones de personas.

Se puede discutir si el reverendo Malthus llevaba más o menos razón en sus estimaciones, si ya se han alcanzado o no los distintos picos de Hubbert, pero hay un hecho difícilmente disputable: el planeta Tierra es finito, por lo que la población no puede crecer y multiplicarse indefinidamente sin agotar los recursos más pronto o más tarde. O, al menos, convertirlos en absurdamente caros, por escasos para semejante demanda. La superpoblación provoca también burbujas de jóvenes, que muchos consideran profundamente desestabilizadoras política y económicamente. Por el extremo contrario, cuando la demografía se contrae sobreviene el envejecimiento de la población, también muy problemático en términos económicos y políticos además de receta segura para la decadencia social, cultural y civilizatoria. Es lo que ocurre cuando uno se mete en problemas serios: luego resulta muy difícil salir de ellos y no hay soluciones buenas, sino sólo males mayores y menores. Y los humanos se han metido en un problemón gordísimo con esa costumbre suya de reproducirse incontroladamente. Como suele decirse, si toda la humanidad empieza a limpiarse el culo con papel higiénico, los bosques duran un suspiro.

Población mundial entre el 10.000 aC y el 2.000 dC

Población mundial entre el 10.000 aC y el 2.000 dC. Fuentes: ONU, Oficina del Censo de los Estados Unidos, Population Reference Bureau, Centro de Población de la Universidad de Pennsylvania ("Historical Estimates of World Population: An Evaluation," Analytical and Technical Reports, Number 10, table 2.)

Área metropolitana de Tokio, la más poblada del mundo.

El área metropolitana de Tokio, con unos 35 millones de habitantes, es la más poblada del mundo.

Incontables problemas de la humanidad y de la biosfera terrestre están estrechamente relacionados con estos puros números: las crisis alimentarias, el hambre y la miseria que siguen persistiendo, las grandes injusticias y desigualdades, la extinción masiva de especies biológicas, el calentamiento global, las guerras por unos recursos cada vez más escasos se encuentran vinculados de uno u otro modo con el exceso de población. O, para ser más exactos, con el número de humanos en relación a los recursos disponibles y extraíbles económicamente en el planeta Tierra. Simplemente, el aumento de habitantes va más rápido que el nivel de desarrollo científico-técnico necesario para atenderlos a todos sin cargarse la biosfera terrestre en el proceso, y siguiendo por ese camino habrá necesariamente un momento en que supere la capacidad absoluta del planeta para sostenerlos.

La cosa no tiene visos de cambiar: cada mes que pasa, se añade una Comunidad de Madrid entera a la población humana. Eso no hay planeta que lo resista, y menos aún si el tiempo de vida se alarga cada vez más. O la humanidad limita radicalmente su número y su consumo de recursos, o encuentra una manera de multiplicar (y repartir mejor) estos recursos, o se enfrenta a una catástrofe monumental mal que les pese a los del pensamiento ilusorio. No es un mero futurible: a pesar del descenso de la proporción mundial de hambrientos (del 37% en 1970 al 16% en 2009), debido al mero aumento de la población un número constante de entre novecientos y mil millones de personas siguen sufriendo desnutrición, y 17.000 niños mueren de hambre cada día. Ellos ya viven la catástrofe.

Además, tener todos los huevos en la misma cesta es muy peligroso. Resumido en palabras de Stephen Hawking: «No creo que la humanidad sobreviva a los próximos mil años, a menos que nos expandamos por el espacio. Hay demasiados accidentes que pueden sucederle a la vida en un solo planeta. Pero yo soy un optimista. Iremos a las estrellas.»

En busca de las Indias Cósmicas.

La Tierra es la cuna de la humanidad. Pero uno no puede quedarse en la cuna para siempre.
Konstantin Tsiolkovsky, padre de la cosmonáutica.

Papirela minoica

Las papirelas, construidas con papiro, fueron los primeros navíos con los que la civilización minoica se adentró en el Mediterráneo para llegar hasta Egipto y otros lugares. Es posible que las naves espaciales del presente, aún tenues veleros gravitacionales, sean el equivalente cósmico a estos primeros buques.

Históricamente, las sociedades humanas que se veían enfrentadas a problemas de superpoblación y/o agotamiento de recursos recurrían a la exploración-conquista de nuevos territorios y al desarrollo técnológico para incrementar u optimizar el espacio y los recursos disponibles. Más a menudo, una combinación de ambas cosas conforme unas u otras iban quedando disponibles.

Actualmente, en la superficie terrestre sólo quedan dos grandes territorios para seguir expandiéndose en busca de grandes recursos sin explotar: el fondo oceánico y algunas regiones polares como la Antártida. Ambos son bastante inhóspitos y, tarde o temprano, también se agotarán. En realidad sus recursos más accesibles están ya siendo explotados, por ejemplo a través de las plataformas petrolíferas en alta mar. Más allá, sólo está la última frontera: el cosmos.

El futuro de la humanidad se halla inevitablemente en el cosmos. Antes o después, de buen grado o a regañadientes, la especie humana tendrá que hacerse definitivamente a ese océano interminable que conduce directamente a las estrellas. De lo contrario, se quedará estancada, arruinada, en decadencia y permanente conflicto, avanzando poco a poco hacia la extinción.

En cierta medida, ya está ocurriendo.

Hace tiempo que mucha gente se pregunta dónde están entonces las Indias Cósmicas, ese territorio inexplorado donde se desarrollará necesariamente el siguiente episodio de la historia humana. Creo que hacerse esa pregunta en este momento constituye un error de perspectiva, porque supone que el estadio científico y tecnológico actual es el equivalente –a grandes rasgos– al principio de la era de los grandes descubrimientos oceánicos, en el siglo XV aproximadamente. Opino que la situación actual se parece mucho más a los orígenes de la navegación marítima, quizá a aquel momento en que los minoicos comenzaron a explorar las islas de alrededor, hace unos cuatro o cinco mil años.

Hay un problema. La gente antigua pudo ir avanzando paso a paso, encontrando cosas que hacer y ganar en los territorios más próximos, así aprendiendo –y financiando– el salto a los más lejanos. En el océano cósmico, aún no resulta evidente por sí mismo cuáles serían esos pasos intermedios que sirvan como base a los más grandes, a menos que alguien invente algo revolucionario. Quizá incluso la comparación con los minoicos sea también excesiva, y los navegantes cósmicos humanos del presente se parezcan más a aquellos prehistóricos que ahuecaron un tronco para adentrarse en el lago a pescar algunos satélites, digo peces.

Protón-M

La gravedad terrestre exige hoy por hoy grandes cohetes, como este Protón-M, para acceder al espacio.

Por cierto que, hablando de satélites, sólo por los que ahora mismo evitan catástrofes y monitorizan los recursos hídricos y agropecuarios para prevenir la sed y el hambre ya habría merecido la pena todo el gasto en ir al espacio. Eso sin entrar a hablar de los de telecomunicaciones, navegación por GPS o GLONASS, científicos y demás. En cuanto a los beneficios tecnológicos derivados, según los cálculos de la NASA, cada dólar gastado en el espacio genera siete a la economía estadounidense por la vía de la I+D.

El próximo objetivo.

El problema fundamental es, pues, cómo dar el siguiente salto –que todos sospechan enormemente más caro– sin que resulte ruinoso. Aunque hay un paso previo: determinar cuál es, exactamente, ese próximo objetivo.

Esta es una cuestión curiosa y peliaguda a la vez. Recientemente, la Comisión Augustine de los Estados Unidos se ha dedicado a darle vueltas al asunto… sin alcanzar ninguna conclusión clara. De hecho, la Administración Obama no ha apostado claramente por ninguna de las opciones que planteó la Comisión, y sugiere unas ideas bastante difusas de enviar naves tripuladas a algún asteroide para 2025 y a Marte para 2030. Europa, como siempre, sigue a verlas venir; su programa Aurora sigue hablando de Marte en términos generales, pero poco más. China aún está en el proceso de ponerse al día.

Las querencias de Rusia, actualmente líder comercial mundial en lanzamientos espaciales, parecen mejor definidas. Básicamente, los cosmonáuticos rusos sueñan con continuar el programa soviético de estaciones espaciales SalyutMir hasta el siguiente paso lógico: la creación de un astillero espacial en el «espacio cislunar». En la práctica, en órbita baja alrededor de la Tierra. El tema se oyó con alguna fuerza cuando parecía que se iba a terminar la Estación Espacial Internacional: los rusos reclamaron varios de sus módulos para iniciar el ensamblaje de este astillero bajo el nombre OPSEK. La otra alternativa, evidentemente, es construirlo como una extensión al segmento ruso de la ISS.

¿Para qué sirve un astillero espacial? Bueno, parece bastante obvio: para construir naves espaciales. ¿Qué clase de naves espaciales? ¡Ah! Esa es la parte más intrigante de la idea.

La mayor dificultad del vuelo espacial en el presente es vencer el pozo gravitatorio terrestre para hacerse al mar cósmico. La gravedad terrestre tira mucho, y por eso hacen falta cohetes poderosos –y caros–. La tarifa para salir de puerto resulta bastante elevada: entre tres mil y siete mil euros por kilo usando los cohetes rusos más económicos. Pero además, hay un problema de volumen. Existen algunos límites de tamaño bastante severos para las cosas que se lanzan dentro de un cohete o incluso a lomos del mismo. La nave de una sola pieza más grande que existe ahora mismo, el transbordador espacial estadounidense, sería comparable en tamaño con un Airbus A320. Y ya es mucho.

Normalmente, las cargas que se lanzan en los cohetes tienen menos de diez metros de longitud, menos de cinco de diámetro y masas inferiores a los diez mil kilos. Las cargas en el rango de los 25.000 kilos se consideran ya excepcionales. El Skylab, que se lanzó con el último Saturno V, medía 36 metros de longitud y 6,7 de diámetro con una masa total de 77 toneladas: básicamente era una tercera etapa reconvertida, entera, en estación espacial.

No es práctico ni económico realizar lanzamientos tan grandes. Las alternativas plausibles proponen generalmente cargas aún más pequeñas. Eso significa que para construir grandes naves espaciales, las carabelas del descubridor cósmico (como esta Nautilus-X, por ejemplo), hay que ensamblarlas en órbita. La existencia de un astillero espacial tripulado o algo que desempeñe una función análoga facilitaría muchísimo este proceso. Los ensamblajes automáticos y los manipuladores robóticos están muy bien, pero no hay nada ni lo habrá en bastante tiempo que supere la capacidad de un humano para encontrar un tornillo suelto y apretarlo en un plis. Hay muchos tornillos en una cosa así.

Nautilus X

Concepto para una nave espacial interplanetaria Nautilus X, realizable hoy en día con tecnologías disponibles en la actualidad, a un coste estimado de unos 2.600 millones de euros. Vista frontal. Imagen: NASA Technology Applications Assessment Team.

Disponer de naves espaciales tripuladas de propósito general capaces de recorrer buena parte del sistema solar en misiones de pocos años no debería ser ni muy difícil ni brutalmente caro. Conceptualmente, se parece bastante a construir un submarino de larga autonomía, y existen unos cuantos de esos. Por ejemplo: se estima que una de estas Nautilus-X podría costar unos 2.600 millones de euros, con un plazo de construcción de 64 meses y una autonomía de dos años, lo que permitiría ir a la órbita de Marte y volver con bastante soltura. Eso se parece bastante a los costes, plazos y autonomía de un gran submarino de misiles balísticos.

Una nave espacial modular de propósito general es también flexible. Permite ir a muchos sitios distintos para hacer muchas cosas diferentes con modificaciones relativamente menores y su tamaño se puede ampliar o reducir a conveniencia: es como tener varias naves en una. Para dirigirse a objetivos de baja gravedad como la luna o los asteroides (u otras lunas…), puede cargar aterrizadores tripulados análogos a los utilizados en el programa Apolo.

Un programa completo para crear un astillero espacial y varias naves interplanetarias de propósito general, dependiendo de lo ambicioso que fuera, podría andar entre los cien mil millones de euros de la ISS y el billón de euros. Esta última parece una cifra fabulosa, y probablemente lo sea. Equivale al PIB de España durante un año. También es más o menos lo mismo que han costado ya las guerras de Iraq y Afganistán. Es menos de lo que vale el Grupo Santander. Y aproximadamente el PIB de la Unión Europea durante 23 días. O el del mundo durante menos de una semana. Hablamos de cifras enormes, pero perfectamente dentro de las capacidades humanas.

Yuri Gagarin y Sergei Korolev

Yuri Gagarin y Sergei Korolev.

Si de momento nos apañáramos con el equivalente a cuarenta naves como la Nautilus-X, o con un nuevo proyecto del mismo coste que la estación espacial (es decir, unos cien mil millones de euros), entonces estamos hablando de algo mucho más accesible. Es un importe similar a las hipotecas de alto riesgo en las cajas de ahorros españolas, menos de tres años de subvenciones agrícolas europeas directas o lo que se comió la guerra de Iraq en 2010. Es lo mismo que costó el programa Apolo, ajustado a la inflación (y que a su vez fue la quinta parte de lo que metieron en Vietnam).

Es, pues, falso que no haya medios para seguir los pasos de Gagarin en el siglo XXI, sea por la vía que aquí se plantea o por cualquier otra que se considerase más adecuada. Lo que no hay es voluntad política, liderazgo, visión, amplitud de miras o sentido de la responsabilidad colectiva, y ni rastro de pelotas. Sobran pusilánimes, mediocres y mezquinos. Más que un logro tecnológico, mucho más que un modelo económico, lo que llevó a Gagarin al espacio hace ahora mismo cincuenta años fue una manera de pensar. La misma manera de pensar audaz que creó el Concorde, acabó con la viruela o fundó las comunicaciones móviles y tantas cosas más. Sin esa decisión, sin esa voluntad de transgredirlo todo, sin la audacia y la generosidad de pelear por un fin grande y bueno para todos contra todo pronóstico, las sociedades humanas no van ni a las estrellas, ni a ningún otro lugar y a largo plazo sólo les queda abierto el camino de la decadencia, de la miseria y de la extinción.

~~~ 12 de abril de 1961 – 12 de abril de 2011: 50 años del primer viaje cósmico tripulado ~~~

Yuri Alekséyevich Gagarin, en la nave espacial Vostok-1 concebida por S. P. Korolev.

Insignia de la misión Vostok-1

Insignia de la misión Vostok-1

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¡Qué malo!Pschá.No está mal.Es bueno.¡¡¡Magnífico!!! (112 votos, media: 4,87 de 5)
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