Desde el Sol hasta los ojos

Cabalgamos sobre la luz desde que surge en el corazón del Sol
hasta que llega a tus ojos y contribuye a formar
tus pensamientos, tus emociones y tu visión del mundo.

Monumento a Alberto Einstein en Ulm

Don Alberto "el Pelanas" no aprobaría este post. O, al menos, nuestro traje y el visor de nuestro casco. (Monumento a Albert Einstein en su ciudad natal de Ulm, Alemania)

Embútete el casco a fondo y agárrate bien fuerte a mi barriga, que hoy vamos a hacer un viaje curioso a una velocidad más curiosa todavía. Va a ser una carrera breve: sólo dura 499 segundos. Pero no va a ser una carrera corta, porque nos vamos a montar en un fotón de luz a su paso por la fotosfera solar y lo cabalgaremos hasta que llegue a la Tierra y grabe algo en un cerebro humano; o sea, un poco menos de ciento cincuenta millones de kilómetros. Sí, a la velocidad de la luz, este tramito se recorre en ocho minutos y diecinueve segundos exactos. Comparado con nosotros, el Dani Pedrosa ese va a ser un pringao.

Para nuestro viaje, nos vamos a dotar de dos objetos mágicos; esto es, dos quimeras, fábulas o como quieras llamarlo que violan las leyes fundamentales de la física y muy especialmente la Teoría de la Relatividad Especial de don Alberto, el Pelanas. El primero es un traje de cuero de unicornio translumínico, con botas, capucha y guantes y todo, que nos va a proteger del calor, la aceleración y las radiaciones y nos permitirá agarrarnos al fotón para avanzar con él a la velocidad de la luz; esto último, poseyendo masa como poseemos, jamás podríamos hacerlo en la realidad (aunque sí acercarnos mucho). El segundo va a ser un visor de cristal de la Isla de San Borondón para nuestros cascos; enseguida verás por qué. Recuerda: estas son cosas enteramente mágicas que no existen ni pueden existir en nuestro universo. Además, la física cuántica introduciría algunas objeciones a eso de localizar y agarrarse a un foton en particular; vamos a ignorarlas también. Ah, sí, y la distancia indicada al Sol es la distancia media. Que luego me dirán que si soy poco riguroso y que si os meto en la cabeza fantasías que no son y tal. ;)

Preparados.

La luz del Sol –una estrella corriente, de tipo G2V, situada en el Brazo de Orión– se origina en su núcleo. Ahí ocurren las grandes reacciones termonucleares donde también se forma el polvo de estrellas que nos compuso junto al hidrógeno primordial. Estas reacciones termonucleares de fusión son resultado del incremento de presión y temperatura provocado por la gravedad que atrae entre sí a los átomos de los soles (en su mayor parte, hidrógeno); y es esta misma gravedad la que contiene normalmente toda esta energía en un único lugar, impidiendo que se disperse por ahí sin llegar a formar un solecito ni nada. El problema fundamental para el desarrollo en la Tierra de la energía nuclear de fusión radica, precisamente, en que aquí no tenemos (ni deseamos…) una enorme gravedad para garantizar la contención y nos tenemos que buscar otras maneras.

Esta energía de fusión se expresa esencialmente bajo la forma de fotones, que viajan a la velocidad de la luz y tienden a salir despedidos en todas direcciones. Sin embargo, como en el interior de las estrellas hay mucha masa a gran densidad, pronto chocan con algún átomo y son absorbidos y re-emitidos. Es decir: los fotones permanecen rebotando por dentro del Sol durante largo tiempo hasta que logran alcanzar su superficie. Tradicionalmente se dice que les cuesta millones de años, pero según la NASA esto no es cierto: sería más bien entre un mínimo de diez mil y un máximo de ciento setenta mil años.

También se podría discutir si se trata del mismo fotón. A fin de cuentas, un fotón absorbido se convierte en otras cosas, y el emitido poco después no tiene por qué ser el mismo. Por otra parte, como todos los miembros de cada tipo de partículas subatómicas son idénticos entre sí, podríamos decir que nos da lo mismo. En fin. El caso es que nuestro fotón o el linaje de nuestro fotón procede del núcleo solar, ha atravesado la zona radiante y la zona convectiva y ahora se está aproximando a la fotosfera, desde donde podrá emitirse por fin hacia el espacio exterior.

Estructura simplificada del sol

Estructura simplificada del Sol. 1.- Núcleo solar. 2.- Zona radiativa. 3.- Zona convectiva. 4.- Fotosfera. 5.- Cromosfera. 6.- Corona (se extiende a gran distancia). 7.- Manchas solares. 8.- Gránulos. 9.- Anillos coronales.

Cuasi-Alineación planetaria el 14 de abril de 2017

Disposición de los planetas interiores del sistema solar el 14 de abril de 2017 a las 00:00 UTC. Simulador del sistema solar, NASA. (Clic para ampliar)

Listos.

El día más idóneo de los próximos años para hacer nuestro viaje sería el 14 de abril (¡qué casualidad!) de 2017: Mercurio y Venus se hallarán estupendamente dispuestos a ambos lados y bastante cerca de la línea imaginaria que une el Sol y la Tierra, en lo que vendría a ser casi una alineación Sol-Mercurio-Venus-Tierra. Sin embargo, el 11 de febrero de 2014 tampoco está tan mal y cae más pronto. Otras fechas posibles para tener una vista razonablemente buena de los planetas interiores rocosos de nuestro Sistema Solar (hasta la Tierra) serían a finales de septiembre de 2016 o, ya un poco peor, a mediados de julio de 2012.

Una vez elegida la fecha, nos situamos en las cercanías del Sol con nuestro traje de unicornio translumínico y nuestro visor de cristal de la Isla de San Borondón para agarrarnos a un fotón. Digamos que nos hemos teletransportado hasta la fotosfera, que es el lugar donde se emite la luz de las estrellas; o, más rigurosamente, la región donde los fotones ya pueden escapar libremente al exterior. La fotosfera es una capa solar relativamente fresquita, a sólo un poquito más de 5.500 ºC (5.800 K), compuesta por gases muy tenues. Nuestro traje y nuestro visor mágicos empiezan a actuar, protegiéndonos del calor, de la radiación y de la intensísima luz que nos dejaría ciegos en un instante, por no mencionar el brutal tirón gravitatorio. Todo a nuestro alrededor tiene el aspecto de un plasma brillante, turbulento e indistinguible, una especie de bruma increíblemente luminosa. La bola que vemos de una estrella es su fotosfera, pues de ahí emerge su luz.

Eso significa que aquí hay trillones de fotones escapando hacia el espacio exterior. Podemos agarrarnos a cualquiera de ellos, pues como ya hemos dicho, todos son exactamente idénticos entre sí. ¿Cuál te gusta más? ¿Ese que viene por ahí? No, mejor ese otro, que es de onda más larga y se viaja más cómodo. Pues venga, tres, dos, uno…

¡Ya!

Factor de Lorentz en función de la velocidad

El factor de Lorentz (γ) indica la contracción de la longitud espacial y la dilatación temporal en función de la velocidad. Conforme la velocidad se aproxima a la de la luz, la dilatación temporal tiende a infinito. Especulativamente, en un objeto que viaje a la velocidad de la luz, la dilatación temporal es infinita y el tiempo no pasa en absoluto. Sólo las ondapartículas sin masa, como los fotones, son capaces de viajar a la velocidad de la luz; y nada que contenga materia o información (ni siquiera los fotones) puede superarla. Así pues, para "cabalgar un fotón" tendríamos que perder totalmente la masa y el tiempo no transcurriría para nosotros.

¡Móntalo! ¡Muy bien, ya estamos sobre el fotón, disparados a la velocidad de la luz hacia el espacio exterior! Eso son casi trescientos mil kilómetros por segundo, compi; ya tienes algo para vacilar por ahí, pero cuidado con no despeinarte. O soltarte. En el mundo real, ahora mismo el tiempo se detendría instantáneamente para nosotros por compresión temporal relativista. Quedaríamos algo así como como congelados y no podríamos hacer nada más a menos que algo nos descabalgara del fotón; entonces, pensaríamos que nuestro viaje ha sido instantáneo aunque hayamos acabado por la parte de A1689-zD1. De hecho, lo habría sido para nosotros: el tiempo de a bordo en un ente viajero a la velocidad de la luz sería siempre cero y su reloj nunca avanzaría ni una minúscula fracción de segundo. Sería como la vida eterna y la eterna juventud, sólo que en una parálisis total… si no fuera porque tal cosa no puede suceder en absoluto. No en este universo, no en esta realidad. Pero nuestro traje de cuero de unicornio translumínico nos mantiene en una… eh… bueno, eso, que es mágico, ¿no? Así pues, el tiempo sigue corriendo exclusivamente para nosotros con normalidad según el marco de referencia terrestre (¡sí, ya…!).

¿Que ahora tampoco ves nada, dices, como si la realidad hubiera desaparecido por completo? Bueno, es normal: al ignorar la Relatividad, nos acabamos de cargar como un centenar de leyes esenciales de la naturaleza, nuestro marco de referencia es absurdo y estamos en un no-lugar donde las matemáticas que rigen este universo dan no-resultados como divisiones por cero, infinitos sobre infinitos y límites asintóticos a mogollón. Una vez más: la realidad no tiene sentido ninguno si hay un objeto con masa desplazándose a la velocidad de la luz. Y nosotros somos dos. El no-lugar donde nos hemos no-metido al cabalgar el fotón no es ni siquiera la nada. O incluso la no-nada. Por tanto, activa tu visor mágico de cristal de la Isla de San Borondón para observar el mundo como si estuviéramos viajando a velocidades sublumínicas corrientes. ;)

¿Mejor así? Ya te dije yo que eso que le soplan al cristal los elfos de San Borondón es la caña. No, no te voy a contar en qué consiste: estamos viajando sobre un fotón a la velocidad de la luz en el vacío, así que este es un muy mal momento para que te pongas a vomitar con grandes arcadas.

¿Que sigue sin verse gran cosa? Un poco de paciencia: es que estamos aún muy cerca del Sol. En la primera centésima de segundo-Tierra hemos atravesado la cromosfera y la región de transición, dos delgadas capas gaseosas de la periferia solar compuestas por hidrógeno, helio y metales que brillan tenuemente. La temperatura ha subido desde los cinco mil y pico grados al millón de grados. ¿Te cuento una cosa intrigante? Nadie sabe realmente por qué. Lo llamamos el problema del calentamiento coronal y se cotillea por ahí que hay un premio Nobel calentito esperando a quien logre darle solución.

Merece la pena detenerse un instante en él, porque es un asunto sorprendente. Lo lógico sería que la temperatura descendiese conforme nos alejamos más y más del Sol, de la misma manera que el calor de una hoguera se percibe cada vez menos al apartarnos del fuego. Sin embargo, en las capas exteriores del sol la temperatura es cientos de veces más elevada que en la fotosfera –la bola de luz– y casi tanto como en las profundidades de la zona de convección por donde pasó nuestro fotón o su linaje antes de salir: entre uno y dos millones de grados.

Lazos en la corona solar.

Lazos o anillos coronales en el Sol, de naturaleza electromagnética. Imagen obtenida por el telescopio espacial TRACE de la NASA.

Hay varias hipótesis al respecto, y una de ellas está relacionada con los inmensos campos electromagnéticos de la corona, donde nos hallamos tras el primer segundo-Tierra de viaje sobre nuestro fotón. ¿Ves esos monumentales lazos brillantes que nos rodean? Son de naturaleza electromagnética, y en torno a ellos se forman las prominencias solares. Las grandes erupciones solares se generan también por aquí.

Estamos, pues, atravesando la corona: una extensa región, muy caliente, de gases en estado plasmático cada vez más tenues conforme nos adentramos en el espacio interplanetario. Tres segundos-Tierra después de que abandonáramos la fotosfera, nuestros alrededores ya tienen el aspecto cósmico corriente –cielo negro, estrellas y todo eso– aunque con una intensísima luz a nuestras espaldas y respetable calor. Hemos recorrido el primer millón de kilómetros.

Aprovechando que la temperatura está descendiendo muy rápidamente, vamos a relajarnos un poquito. Nos estamos dirigiendo hacia la órbita de Mercurio, que se encuentra más o menos a cincuenta y ocho millones de kilómetros del Sol. Cabalgando nuestro fotón a la velocidad de la luz, llegaremos en tres minutos-Tierra.

Esto del espacio interplanetario resulta sorprendente. No es espacio vacío, como mucha gente piensa, y menos tan cerca aún del Sol. Para encontrar algo que se parezca al espacio vacío verdadero –y aún así con muchos matices– habría que irse al espacio intergaláctico profundo, a lugares inconmensurablemente inhóspitos y misteriosos como el Supervacío de Eridanus; que, según cosmólogos como la física teórica Laura Mersini de la Universidad de Carolina del Norte, podría incluso ser la firma de otro universo dentro de este. Toma ya. Un garabatito de nada, quinientos millones de años-luz sin apenas materia o energía: como cinco mil veces nuestra galaxia entera.

Pero en los sistemas solares, el supuesto vacío interplanetario está lleno de cosas. Lo único que pasa es que su densidad es baja, no se reflejan en los sentidos humanos comunes y nos da la sensación de que no hay nada. A la velocidad a la que estamos viajando, podríamos sacar la mano y nuestro guante de cuero de unicornio translumínico recogería enseguida un montón de medio interplanetario: gas, polvo cósmico y un intenso viento solar compuesto por partículas cargadas que se extiende a lo largo de todo el sistema solar y mucho más allá. Esta corriente de partículas (en su mayor parte, protones de alta energía) constituyen una levísima atmósfera solar exterior de unos cuarenta mil millones de kilómetros de diámetro: la heliosfera. La presencia de todas estas cosas en el espacio supuestamente vacío ha permitido postular algunos proyectos especulativos para naves interplanetarias o interestelares futuras como el ramjet de Bussard (aunque presenta algunos problemas: en vez de propulsión, podría producirse un frenado); y también para velas solares ya existentes hoy en día del tipo de IKAROS.

Mercurio en falso color. Sonda MESSENGER, NASA/JPL.

Mercurio en falso color. Imagen tomada por la sonda MESSENGER. NASA/Jet Propulsion Laboratory.

Mercurio.

¡Mira, mira, Mercurio! Ahí está, el pobre, atrapado entre el fuego y el hielo y con la cara partida a golpe de meteoritos. Tan cerca del sol, la temperatura en su punto subsolar llega a 427 ºC por irradiación directa, mientras que en sus polos cae hasta –183 ºC. Sí, ciento ochenta y tres grados bajo cero, a sólo cincuenta y ocho millones de kilómetros del Sol (en realidad, tiene la órbita más excéntrica de todo el sistema solar: varía entre 46 y 70 millones de kilómetros). Es un planeta rocoso, de tipo terrestre, que no posee lunas.

Probablemente lo estudió por primera vez un desconocido astrónomo asirio, hace unos tres mil cien años; sus observaciones nos llegaron a través del MUL.APIN babilónico. ¿Cómo sabemos que fue hace ese tiempo, y no otro? Sencillo: para que las observaciones registradas en el MUL.APIN cuadren, Mercurio tenía que estar en su posición correspondiente al 1.130 aC, con un error máximo de ochenta años arriba o abajo. Es lo que tiene la astronomía: puedes saber dónde estuvo, está o estará cualquier cuerpo celeste con extrema precisión, incluso aunque la observación fuera tan primitiva. Para los griegos, era Apolo cuando se veía al amanecer y Hermes cuando aparecía al anochecer. Fueron los romanos quienes le pusieron su nombre moderno en la mayoría de idiomas, por el dios Mercurio, equivalente latino del Hermes de los helenos.

Mercurio es el planeta más pequeño del sistema solar, muy denso y con una atmósfera extremadamente tenue compuesta por oxígeno molecular, sodio, hidrógeno, helio y algunas otras cosas en poca cantidad. En el fondo de los cráteres polares, que nunca quedan expuestos al cercano Sol, parece haber una cierta cantidad de agua en forma de hielo según las observaciones radáricas. Posee un núcleo ferroso desproporcionadamente grande, fundido y denso, rodeado por un manto de silicatos y una corteza bastante gruesa. Se cree que el planeta está contrayéndose por enfriamiento de su núcleo. Tuvo actividad volcánica en el pasado.

Ninguna potencia espacial se ha planteado seriamente la exploración o colonización de Mercurio, que ocupa un lugar menor en la literatura. La tecnología necesaria sería muy parecida a la utilizada en la Luna; el geólogo especialista en Ciencias Planetarias Bruce C. Murray, que cofundara la Sociedad Planetaria junto a Carl Sagan y Louis Friedman, ha definido a este planeta como una Tierra vestida de Luna. Por desgracia, viajar hasta allí con los medios presentes de la Humanidad resulta francamente problemático: está tan metido en el pozo de potencial gravitatorio del Sol que –además de exigir un montón de delta-V– obligaría a permanecer seis años dando vueltas a su alrededor antes de poder aterrizar. Pero en él, podrían encontrarse cantidades significativas de helio-3 para las tecnologías de fusión nuclear y diversos minerales valiosos; además, se ha sugerido que debe ser un buen sitio para construir grandes velas solares, lo que a su vez sería útil en la terraformación de Venus. A donde, por cierto, estamos llegando ya: han pasado seis minutos desde que abandonamos la fotosfera solar, Mercurio ha quedado a nuestras espaldas y nos aproximamos al lucero del alba: Venus, Hesperus, Lucifer.

Venus en color real.

Venus en color real. NASA/Ricardo Nunes.

Venus.

¿Qué podemos decir de Venus que no hayamos dicho ya? Bueno, pues muchas cosas, la verdad. La hermana de la Tierra es otro planeta rocoso, como ya sabemos cubierto por una densa atmósfera muy rica en dióxido de carbono, lo que le hace mantener una temperatura superficial capaz de fundir el plomo; los estudios sobre la atmósfera venusiana, con la muy significativa participación de nuestro astrofísico favorito, fueron los primeros en hacernos entender que el incremento de dióxido de carbono de origen antropogénico representaban un peligro grave para el clima terrestre. Así comenzó a investigarse el calentamiento global.

Por su distancia al Sol, Venus debería ser un planeta tórrido pero perfectamente habitable. Sin embargo, esa catástrofe carbónica en su atmósfera lo convierte en un verdadero infierno al que sólo las naves Venera lograron vencer, en lo que fueron los primeros viajes interplanetarios de máquinas creadas por esta especie nuestra.

Las órbitas de los planetas son elípticas, pero la de Venus es circular casi por completo y se toma algo más de 224 días terrestres y medio para describir una vuelta completa alrededor del Sol. Además, su rotación resulta bastante extraña. Por un lado, es la más lenta entre los planetas grandes del sistema solar: un día venusiano equivale a 243 días terrestres, con lo que este día venusiano resulta más largo que el año venusiano. Por otro, gira sobre sí mismo en sentido contrario a la mayoría de planetas, incluída la Tierra. Se cree que estas anomalías obedecen a un complejo blocaje de marea con el Sol y a fenómenos relacionados con su densa atmósfera.

Pero como estamos viajando tan deprisa, Venus ya queda atrás y nos acercamos a la Tierra. Sí, es ese mundo azul de ahí delante. Me han dicho que hay en él algunas cosas curiosas. Llevamos ahora mismo unos ocho minutos de viaje.

Tierra en color real

Tierra en color real. Earth Observatory, NASA.

Tierra.

Tierra es un planeta rocoso, aunque la presencia de agua líquida, hielo y aire en su superficie le otorga ese aspecto peculiar como de canica azul. Si te fijas bien, sobre algunos puntos de sus continentes se distinguen zonas verduzcas. Eso es porque hay vida en ella, ¿te lo puedes creer? Vida terrestre vegetal, sustentada en la clorofila, lo que le otorga esa tonalidad. Algunas investigaciones aseguran que hay también animales, incluído uno que camina sobre dos patas y sabe encender luces en la oscuridad como si se creyera una especie de luciérnaga artificial. Qué bichejo más gracioso, ¿verdad? ¿Verlo desde aquí? No, por supuesto que a esta distancia resulta invisible. Además, no tiene mayor importancia, es un animalejo muy primitivo. Fíjate tú que se pasa la vida tirando líneas en el mapa a las que llama «fronteras» y luego las marca con orina, no, perdón, con trapos de colores, creo, ¡y hasta se mata por defenderlas! En un lugar tan pequeño, ¿no es cosa de risa? Nada, un bichejo irrelevante, ya te digo.

Tierra da una vuelta al Sol cada 365 días terrestres y un cuarto, aproximadamente. Quitando esas curiosidades de su superficie, es un planeta de lo más normalucho; sólo destaca por ser el más denso del sistema solar y por poseer una Luna bastante aburrida y muerta. Ah, sí, y porque tiene tectónica de placas: esos continentes que ves se mueven, muy lentamente, a lo largo de los eones.

Vamos directos a ella. Sujétate fuerte: existe un 25% de probabilidades de que choquemos con algún átomo o molécula durante nuestro recorrido hasta la superficie. En ese caso, contribuiríamos a formar parte del color del cielo terrestre mediante dos fenómenos llamados dispersión de Rayleigh y difusión de Mie. ¡Mira cómo se la pegan esos! Cuando la luz alcanza una molécula del aire, una parte de ella tiende a ser absorbida y después irradiada en una dirección distinta. La luz de onda corta (correspondiente a un color azulado, con aportación de verdes y violetas) resulta más absorbida e irradiada que la de onda larga (rojos, amarillos, naranjas). Es decir: la fría luz azul sufre mucha más dispersión de Rayleigh que la de los colores más cálidos. De hecho, le afecta tanto que se dispersa por toda la atmósfera y, mires adonde mires, te llega algo de ella. Este es el motivo de que el cielo sea normalmente azul.

Cuando miras hacia el horizonte, da la impresión de que el cielo tiene una tonalidad más pálida. Esto se debe a que la luz dispersada se dispersa y mezcla aún más, muchas veces, antes de alcanzar tus ojos (hay mucha más masa de aire si miras en horizontal que si miras hacia la vertical). Esta es también la razón de que parezca que el sol brilla menos cuando sale o cuando se pone. Y hace que los atardeceres y amaneceres tengan tonos rojizos: toda la luz de onda más corta resulta dispersada (azules, verdes) y sólo la de onda más larga (rojo, naranja) logra atravesar la atmósfera hasta tu retina. Este espectáculo de colores es el resultado de la dispersión de Rayleigh para los fotones de luz.

Puesta de sol desde la ISS

Puesta de sol a través de la atmósfera terrestre, tomada desde la Estación Espacial Internacional. Debido a una combinación curiosa de los fenómenos de dispersión y difusión mencionados en el texto, cada uno de los colores se corresponde a grandes rasgos con las distintas capas de la atmósfera (troposfera en amarillos y naranjas; estratosfera en blancos y grises; mesosfera, termosfera, ionosfera y exosfera en azules). La región negra inferior es la superficie terrestre y la superior, el espacio exterior. En esa estrecha franja de colores, que tratamos con tan enorme irresponsabilidad, alienta casi todo lo que amamos en este cosmos.

Sin embargo, si la luz se encuentra con partículas de mayor tamaño que los átomos y moléculas de la atmósfera (por ejemplo, las gotas de agua que forman las nubes), la dispersión de Rayleigh no puede producirse porque depende de la relación entre la amplitud de onda de la luz y el tamaño del objeto interpuesto. Cuando el tamaño de estas partículas alcanza un 10% aproximadamente de la longitud de onda de la luz incidente, el modelo de Rayleigh colapsa y deja paso a la difusión de Lorenz-Mie (no confundir con Lorentz). Siguiendo a Mie, la luz de todas las frecuencias (y no sólo la azul) resulta dispersada de manera muy parecida. Por tanto, no se produce una selección de un color específico (salvo debido a las propiedades físico-químicas de la materia donde esté incidiendo la luz). Y ese es el motivo de que las nubes sean blancas o grises.

En general, la luz de onda más larga (correspondiente a los colores cálidos) atraviesa la atmósfera y llega a la superficie sin muchos problemas. Como nosotros elegimos un fotón de onda larga, no hemos topado con nada, no hemos sufrido dispersión y por tanto estamos llegando ya al duro suelo. Ops, creo que vamos a dar contra esa mesa de ahí: esa a la que está sentado uno de esos bichejos de dos patas leyendo no sé qué en uno de sus ordenadores. Como hemos viajado a la velocidad de la luz (ejem…), hace 499 segundos que salimos del Sol, hemos recorrido unos ciento cincuenta millones de kilómetros y ahora vamos a…

Ojo.

…¡chocar! En realidad, lo que ocurre es que hemos caído dentro del radio de influencia de uno de los átomos que componen la mesa. Ahora pueden ocurrir dos cosas: que seamos absorbidos o que seamos rebotados. Los átomos que componen la mesa, por su naturaleza químico-física, tienden a absorber la luz en determinadas frecuencias y a reflejarla en otras. La luz reflejada puede entonces alcanzar los ojos e instrumentos que se encuentren alrededor, excitándolos; por lo que tales ojos e instrumentos (como el sensor de una cámara) verán la mesa (o cualquier otro objeto) gracias a la luz que ésta ha rechazado (reflejado). Es decir: vemos las cosas por la luz reflejada en las frecuencias (colores) que sus átomos no quieren y por tanto expulsan. Por esto decimos que las cosas son de todos los colores menos del color que las vemos.

Como viajábamos sobre un fotón de onda larga y luz cálida (rojos, naranjas, amarillos), y al menos algún elemento de la mesa tiene esa tonalidad, sus átomos nos han rechazado y hemos salido rebotados en dirección a… ¡bueno, pues parece que hacia el ojo del bichejo! Como le dé por parpadear ahora mismo, igual salimos reflejados otra vez (hacia cualquier otro lugar como, por ejemplo, una cámara que le estuviera haciendo una foto de la cara: entonces, contribuiríamos a formar la imagen del párpado cerrado).

Ojo humano

Ojo humano (sección)

Al penetrar en su córnea –la envoltura transparente delantera del ojo, compuesta por tres capas y dos membranas que las separan– vamos a sufrir un fenómeno llamado refracción. Es decir, un cambio brusco de dirección; tanto que la imagen se va a invertir por completo. Debido a la forma del ojo, la córnea actúa como una lente y concentra la mayor parte de los fotones de luz incidente hacia un punto en el interior; costó muchos cientos de millones de años de evolución biológica e incontables callejones sin salida llegar a algo así. Por fortuna, como hay tantos ojos en la naturaleza y han ido apareciendo a lo largo de tanto tiempo, la evolución del ojo es una de las mejor conocidas. Y sin embargo, el ojo humano tiene varias imperfecciones, una de ellas traducida en un punto ciego, que las sepias por ejemplo no sufren. En realidad, nuestro ojo dista de ser perfecto en comparación con el de otros animales.

Aún cabalgando nuestro fotón absorbido-reemitido por la mesa, atravesamos la cámara anterior –llena de humor acuoso– y pasamos por la pupila: la apertura circular en el centro del iris, esa membrana que cada persona tiene de un color distinto. El iris es básicamente un esfínter fotosensible, que se contrae o distiende según la cantidad de fotones incidentes para ajustar la iluminación total en el interior del ojo. Cuando hay poca luz se abre, permitiendo que entre toda la posible; y cuando hay mucha se cierra, evitando el deslumbramiento hasta cierto límite. Cruzamos así las puertas del iris y nos adentramos en el cristalino.

El cristalino es una lente autoajustable bajo el control del sistema nervioso que permite enfocar objetos a distintas distancias, fenómeno conocido como acomodación; esto provoca una segunda refracción (cambio de dirección de los fotones) que ajusta con más finura la causada por la córnea. Así, atravesamos ya el gel transparente que rellena la esfera del ojo –llamado humor vítreo– y nos precipitamos hacia el fondo de la retina.

Este es ya un tejido nervioso complejo, conectado directamente al cerebro mediante el nervio óptico, hasta tal punto que casi casi se podría denominar una proyección especializada del cerebro dentro del ojo. La retina está compuesta por grandes cantidades de neuronas interconectadas mediante sinapsis. Entre estas neuronas se encuentran unas muy especializadas en captar la luz. Son las células fotorreceptoras, típicamente conos y bastones.

La disposición de estas células y de las otras neuronas que las conectan al nervio óptico conduce a otro divertido debate con los partidarios del diseño inteligente (creacionismo bajo tapadera pseudocientífica). Resulta que en el ojo humano las células conectoras están dispuestas por delante de las células fotorreceptoras, con lo que muchos fotones quedan absorbidos en ellas sin efecto alguno, obstruyendo el paso de la luz y reduciendo así la agudeza visual; evidentemente, cabe preguntarse qué clase de diseñador hace pasar el cableado de una cámara por delante del sensor CCD. De nuevo, son las sepias quienes tienen dispuestas las células de la retina a la manera lógica; quizá ellas sean el pueblo elegido.

La retina según Santiago Ramón y Cajal

Estructura de la retina según la dibujó D. Santiago Ramón y Cajal (ca. 1900). En el Instituto Cajal del CSIC, Madrid.

Aquí acaba el recorrido de nuestro fotón, bien atrapado estúpidamente en una de estas células interconectoras o bien logrando actuar un fotorreceptor, tras su viaje de ocho minutos y diecinueve segundos desde el Sol. Si logra superar ese fallo de diseño de la retina, excitará uno de estos conos o bastones. Los bastones son extremadamente sensibles, capaces de detectar un solo fotón, permitiendo así la visión en condiciones de baja visibilidad (visión escotópica); a cambio, no pueden detectar colores. Son monocromáticos, con una sensibilidad óptima en torno a las frecuencias verdeazuladas. Por eso, cuando la iluminación desciende, seguimos siendo capaces de ver sombras pero perdemos la mayor parte de la visión en color.

Los conos, por el contrario, necesitan mucha más energía lumínica para excitarse. Sin embargo, en el ojo humano están presentes en tres sabores, cada uno de ellos más sensible a las frecuencias correspondientes a un color: verde, roja y azul. Así, nos proporcionan la visión fotópica tricromática: lo que llamamos ver en colores. La mayor parte de los mamíferos sólo son capaces de ver en dos colores, o carecen por completo de la capacidad para ver en color. Sin embargo, la mayor parte de las aves y algunos peces y anfibios poseen visión tetracromática: pueden ver un cuarto color, invisible para nosotros. ¿Y cuál es ese cuarto color? Pues a menudo la luz ultravioleta, que se difunde en una frecuencia indetectable por los fotorreceptores humanos (aunque no por sus instrumentos, claro). Parece ser que ciertas hembras humanas podrían tener una tenue visión tetracromática, pero esto no está demostrado todavía.

Algunas mariposas, lampreas y aves como las palomas son pentácromas. Esto es: poseen conos especializados en distinguir cinco colores básicos (e incluso más). Como resultado, pueden ver unos cien mil millones de colores distintos, mucho más allá de lo que constituye luz visible para la gente humana. Esa es una experiencia inimaginable. Aunque nosotros –por supuesto– seamos capaces de observar en todas esas frecuencias y muchas más a través de nuestros aparatos, la experiencia de ver realmente un mundo tan multicolor nos está vedada por completo: es como tratar de imaginarse la cuarta dimensión. No existen tales fotorreceptores en nuestros ojos y nuestro cerebro no ha podido evolucionar con ellos, por lo que estaríamos de todos modos incapacitados para interpretar sus señales. Dependemos de los datos instrumentales y las imágenes sintéticas en falso color para acceder a esa parte de la realidad; cualquier paloma la ve con un simple vistazo.

Los fotones incidentes excitan estas células fotorreceptoras estimulando algunas moléculas que se encuentran en su interior: la rodopsina y las yodopsinas, un conjunto de proteínas sensibles a la luz denominadas opsinas. Aquí se da otro fenómeno curioso. Todas estas células están activadas constantemente. Cuando resultan excitadas por la luz, entonces se inhiben y dejan de transmitir señales electroquímicas. Es esta desconexión la que activa las células transmisoras (las que están por delante) y entonces se emite una señal visual hacia el cerebro por el nervio óptico. Esto es, funciona al revés de como uno se podría imaginar en un principio: los fotorreceptores quedan inhibidos y eso es lo que dispara la señal visual hacia el cerebro en los transmisores.

O sea, que esto ya se asemeja a uno de esos bromazos a los que Mamá Naturaleza es tan aficionada: vemos las cosas de todos los colores menos de los colores que son (que admiten); las vemos boca abajo debido a la refracción en sus lentes (es nuestro cerebro quien se encarga de ponerlas boca arriba otra vez); y además las vemos porque detienen (en vez de activar) la acción de las células fotorreceptoras, lo que a su vez activa (en vez de detener) al sistema neurotransmisor. El mundo al revés, vaya. Para acabar de arreglarlo, aproximadamente la mitad de las fibras de cada nervio óptico se cruzan en el quiasma óptico y van a parar al lado opuesto del cerebro. Así las señales que viajan por ellas llegan finalmente a la corteza visual, que se encuentra (¡cómo no!) en la parte posterior de la cabeza, encima de la nuca. Es en esta corteza donde se construye el mapa de toda la información captada a través de los ojos, constituyendo así –literalmente– nuestra visión del mundo y contribuyendo decisivamente a formar nuestros pensamientos y emociones.

Y la energía que mueve todo esto procede también del Sol. Además de la radiación solar directa que mantiene viva la biosfera terrestre, los animales somos parásitos de las plantas a través de la cadena alimentaria; plantas que dependen a su vez de la fotosíntesis (propulsada por energía solar). Hijos e hijas del Sol y de la lluvia, polvo de estrellas, desde siempre y para siempre jamás.

Escrito sobre una idea original de Orlando Sánchez Maroto al que, por tanto, dedico este post. ¡Gracias, Orlando!

Premio Experientia Docet a la divulgación científica

Premio Experientia Docet a la excelencia en la divulgación científica.

Este post ha recibido el premio Experientia Docet a la excelencia en la divulgación científica.
Con mi agradecimiento. :-)

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¡Qué malo!Pschá.No está mal.Es bueno.¡¡¡Magnífico!!! (95 votos, media: 4,93 de 5)
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¿Gafas de colores contra la dislexia?

…y contra el autismo, y contra la hiperactividad, y contra el mal comportamiento,
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Gafas de colores

"Gafas de colores", supuestamente eficaces contra la dislexia y otros trastornos del aprendizaje y neurocognitivos, vendidas en numerosos países bajo una pluralidad de marcas comerciales.

Como sé que con este post me juego una denuncia de esas de taparte la boca, ahí va el disclaimer o apercibimiento legal: este artículo elabora sobre las lentes oftálmicas, láminas y gafas de colores ofrecidas al público por determinadas marcas y profesionales con el supuesto propósito de solucionar una diversidad de problemas de lectura, aprendizaje y comportamiento infantil; y lo hace a partir de lo expuesto en la declaración clínica conjunta de la Academia Estadounidense de Pediatría, la Academia Estadounidense de Oftalmología, la Asociación Estadounidense de Oftalmología Pediátrica y Estrabismo y la Asociación Estadounidense de Ortoptistas Certificados cuyo resumen («abstract»), una vez traducido al castellano, dice así:

«Las incapacidades de aprendizaje, incluyendo los impedimentos para la lectura, se diagnostican habitualmente en niños. Sus etiologías son multifactoriales, reflejando influencias genéticas y disfunciones de los sistemas cerebrales. Las incapacidades de aprendizaje son problemas complejos que requieren soluciones complejas. […] La mayor parte de los expertos opinan que la dislexia es un trastorno basado en el lenguaje. Los problemas de visión pueden interferir con el proceso de aprendizaje; pero los problemas de visión no son la causa de la dislexia primaria o las incapacidades de aprendizaje. La evidencia científica NO apoya la eficacia de los ejercicios del ojo, la terapia conductual visual o las lentes o filtros tintados especiales para mejorar el rendimiento educativo a largo plazo en estas enfermedades neurocognitivas pediátricas complejas. Las aproximaciones al diagnóstico y tratamiento que carecen de evidencia científica sobre su eficacia, incluyendo los ejercicios del ojo, la terapia conductual de visión o los filtros o lentes tintados especiales, no se avalan y no deberían ser recomendados.»

Learning Disabilities, Dyslexia, and Vision.
En
Pediatrics (Revista oficial de la American Academy of Pediatrics) 2009;124;837-844;
Declaración clínica conjunta de la American Academy of Pediatrics, Council of Children with Disabilities; American Academy of Ophthalmology; American Association for Pediatric Ophthalmology and Strabismus; American Association of Certified Orthoptists.
DOI: 10.1542/peds.2009-1445. Copyright © 2009 by the American Academy of Pediatrics.
Texto completo en PDF.

Este artículo, por tanto, parte de esta información y se sustenta en ella de buena fe para informar al público sobre estos productos y expresar la opinión personal del autor al respecto, sin presunción de formación médica o análoga. Dicho queda.

Gafas de sol

Gafas de sol de diversos colores dispuestas para su venta en una tienda de Manhattan. A la luz de la información científica disponible, no está demostrada la diferencia terapéutica entre el uso de las lentes o filtros que se distribuyen como útiles contra la dislexia y unas gafas de sol coloreadas corrientes como estas, con un precio muy inferior.

¿De qué va esto?

Pues va de que hoy estoy cabreado. Francamente cabreado. Y además, te lo voy a contar. Verás. Tengo una amiga muy querida con una hija de ocho años (no, no es hija mía). Esta niña es una cría muy inteligente y salada, que a mí me cae muy bien, aunque debo matizar que a mí me van las experiencias fuertes; porque la chiquilla en cuestión tiene su carácter, es un terremoto que no para quieta y algunos adultos no acaban de saber cómo manejarse con ella. Adicionalmente, la niña presenta diversos problemas de aprendizaje y entre ellos algunos bastante inespecíficos vinculados con la lectura. Existe alguna posibilidad de que se trate de dislexia o algún trastorno relacionado, aunque también es fácil que se derive tan solo de sus problemas de concentración por ser –simplemente– un puro nervio. Se estaba considerando la posibilidad de llevarla a algún profesional para una evaluación más detallada.

Hasta aquí, lo normal con un crío movido que puede tener, o no, un problema de aprendizaje. Entonces, desde hace un par de semanas, mi amiga se ha visto en el centro de una auténtica campaña para que le compre unas ciertas gafas de colores. «¿Gafas de colores?», te preguntarás, como se preguntó ella. «¿Qué demonios tendrán que ver unas gafas de colores con un potencial trastorno neurocognitivo complejo como la dislexia o similar?» Pues sí, sí, gafas de colores: según sus proponentes, son poco menos que la panacea universal y la solución de todos los problemas para la niña y para la madre. Bueno, o casi todos. ¿Su precio? Unos seiscientos o setecientos euros de nada. Hay trabajadores que no ganan ese dinero en un mes.

A mi amiga –una persona también inteligente y hasta cierto punto escéptica, perteneciente a una familia para la que esas cifras representan un esfuerzo económico significativo– el asunto le huele a chamusquina. Consulta con su óptica habitual, con otra que le pilla cerca de casa, con un médico y con un par de amistades que trabajan en el sector. Todos le dicen que es lo mejor que se ha inventado desde la sopa de ajo. Aún desconfiando, le pide a su hermano –persona de mejor formación– que le haga el favor de mirar a ver de qué va eso. Su hermano pregunta en varias ópticas, consulta en Internet, incluso visita una organización local de profesionales de la visión. Todos insisten en que se trata de una maravillosa novedad que le arreglará a su hija la (no diagnosticada) dislexia y lo que sea menester. Avalada por Sanidad y por todos los médicos y no sé cuántas cosas más. Científicamente verificada. ¡Y hasta ha salido en la tele y en los periódicos!

Pero a ella, pelín cabezona a fuer de racional, el tema le sigue sonando raro. Así que, casi in extremis y bajo una fuerte presión social, llama a un fulano que conoce y que le merece cierto crédito personal en estas materias relacionadas con la cosa científica: vuestro seguro servidor, el tío Yuri. El tío Yuri, que es la primera vez que oye hablar del asunto en su vida, parpadea con algún escepticismo y dice aquello de «dame un rato, que voy a echar un vistazo por ahí». El asunto, claro, apesta a charlatanería por los cuatro costados; pero, habiendo tantas garantías profesionales y presuntamente científicas, sin duda es materia a manejar con precaución y mente abierta. Eso sí, como se dice de viejo, no tan abierta que se te vaya a caer el cerebro. Que luego es una guarrada de recoger, y todo eso.

Cuentas de colores curalotodo.

Síndrome de sensibilidad escotópica

La hipótesis subyacente a las lentes o filtros Irlen se sustenta en la existencia de un cierto "síndrome de sensibilidad escotópica" (síndrome Irlen, síndrome de Meares-Irlen), que provocaría a sus víctimas una serie de distorsiones de lectura como las representadas en la imagen. Sin embargo, la existencia de esta enfermedad tampoco está validada científicamente; y estas distorsiones y síntomas –que son reales y padecidos por quien los sufre– se pueden atribuir a una diversidad de trastornos ya conocidos sin necesidad de recurrir a tal "síndrome".

En el primer vistazo, me encuentro con lo mismo que el hermano de mi amiga: toda clase de garantías, páginas enteras de testimonios favorables, estudios supuestamente científicos avalando el producto y hasta famosetes de medio pelo promocionándolo en las páginas web de los respectivos distribuidores. Todo ello, con un tufo a campaña de marketing de primera para vender un producto milagrero; lo cual, obviamente, no hace más que aumentar mis dudas. ¿Has visto alguna vez a famosetes promocionando un fármaco contra el cáncer, por poner un ejemplo? Y lo de los estudios científicos, así a pelo, qué quieres que te diga: a estas alturas, uno ya ha visto unos cuantos convenientemente cocinados por la industria correspondiente. Así pues, me dedico a husmear con mayor profundidad.

El primer progreso se produce cuando logro descubrir el nombre original del producto: se trata de los filtros o lentes Irlen. En España se comercializan, por ejemplo, otras lentes de colores análogas bajo la marca Chromagen. Resulta que el invento, como novedad, no es gran cosa: data de al menos 1980 y sus orígenes, de los inicios del siglo XX. Además, desde el principio, se promocionó a través de los medios de comunicación de masas más que mediante los canales científicos habituales: demostraciones de eficacia en televisión y toda la pesca. Mi particular medidor de charlatanería comienza a vibrar seriamente.

El segundo descubrimiento, ya más preocupante, es que la lógica detrás de la lentes coloreadas en cuestión obedece al diagnóstico de una supuesta enfermedad no aceptada por la comunidad científica: el llamado Síndrome de Sensibilidad Escotópica, descubierto por un profesor neozelandés y una psicóloga o algo parecido norteamericana. De nuevo, este presunto síndrome y su solución –los cristales coloreados de marras, ¡qué conveniente!– ha sido popularizado en los países de habla inglesa mediante best-sellers y cosas por el estilo… pero no encuentro nada ni parecido a una validación científica metodológicamente admisible.

Con estos datos en la mano y el detector de charlatanes cantando ya por bulerías, renuncio a seguir abriéndome paso entre el barullo para todos los públicos –¿cuántas páginas de testimonios favorables se pueden llegar a escribir?– y me voy directamente a las fuentes de literatura científica seria. Ya que la cosa parece provenir del mundo anglosajón entro en PubMed, el portal de artículos biomédicos científicos de la Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos, organismo público federal de los Institutos Nacionales de Salud. Una breve búsqueda comienza a producir resultados rápidamente. La primera, en la frente; un viejo artículo de 1991 ya nos advierte lo siguiente en su abstract:

«Revisamos la investigación relacionada con el uso de lentes tintadas y láminas coloreadas Irlen para alumnos que van retrasados. Muchos de estos estudios no fueron publicados en revistas referenciadas y son metodológicamente pobres. Se discute la debilidad del argumento Irlen, incluyendo la ausencia de evidencia para apoyar la afirmación de que estas lentes deben ser prescritas y fabricadas de manera exclusiva. La sintónica es otra forma de «terapia de visión por colores» que se ha aplicado a personas con dificultades de lectura. La investigación sobre esto se ha revisado, y también se ha demostrado que presenta irregularidades de procedimiento que impiden alcanzar conclusiones firmes. Debido a la pobre calidad de muchas de estas investigaciones, las afirmaciones de sus proponentes no se pueden demostrar ni dejar de demostrar. […]»

En Ophtalmic and Physiological Optics (Revista del Colegio de Ópticos del Reino Unido), julio 1991; 11(3):206-17: Lentes tintadas y terapias relacionadas en los problemas de aprendizaje – una revisión. Autores: Evans BJ, Drasdo N.; Departamento de Ciencias de la Visión, Universidad de Aston, Birmingham, Reino Unido.

Ups. Bueno, es un artículo antiguo, ¿eh? ¡Casi veinte años! Vamos, vamos, si hay tanta gente profesional recomendándolo, no puede ser tan malo. A ver, sigamos buscando

«Fracaso de las lentes tintadas en azul para cambiar los resultados lectores de individuos disléxicos.

Autores: Christenson GN, Griffin JR, Taylor M.; Christenson Vision Care, Hudson, Wisconsin 54016, USA.

CONTEXTO: Este estudio fue diseñado para corregir un fallo mayor percibido en estudios anteriores que investigaban las lentes tintadas y la dislexia: la carencia de un método directo y validado científicamente para diagnosticar el tipo y la severidad de la dislexia.

MÉTODOS: Dieciséis estudiantes de entre 5º y 8º grado [10-14 años], diagnosticados con dislexia mediante el Test de Determinación de Dislexia (DDT), fueron divididos al azar en dos grupos de ocho. A un grupo se le aplicó la prueba primero con filtros azules y, de 2 a 5 semanas después, sin filtros; utilizando el Test Gates-McGinitie de comprensión lectora. Al otro grupo de ocho se le aplicó la misma prueba, primero sin filtros y de 2 a 5 semanas después con filtros. El nivel escolar del test utilizado para cada individuo era acorde al nivel de decodificación DDT.

RESULTADOS: No hubo diferencia significativa en el nivel de comprensión lectora o la velocidad de lectura cuando la condición con filtro azul se comparó con la condición sin filtro.»

En Optometry – Revista de la Asociación Estadounidense de Optometristas (octubre 2001;72(10):627-33).

Esto… eh…

«El uso de lentes tintadas como un método para mejorar las habilidades lectoras en niños con dislexia ha sido un asunto controvertido en los últimos años. El propósito del presente estudio fue determinar si las lentes tintadas ocasionan una mejora significativa en la capacidad lectora de los niños disléxicos. […]

Los análisis de varianza [estadística] en la capacidad lectora no mostraron ni mejoría ni deterioro atribuible al color o densidad de la lente cuando se [tienen en cuenta] los márgenes de error […]. Adicionalmente, la lente que fue preferida subjetivamente por cada niño [tampoco] se correlacionó con la habilidad lectora real.»

Archivos de Oftalmología, volumen 111, febrero de 1993, pp. 213-218; ¿Las lentes tintadas mejoran la capacidad lectora de los niños disléxicos?, por Sheryl J. Menacker (médica); Michael E. Breton (doctor en medicina); Mary L. Breton; Jerilynn Radcliffe, (doctora en medicina); Glen A. Gole, (médico). División de Oftalmología, Hospital Infantil de Philadelphia (Pennsylvania).

Declaración conjunta de la Academia Estadounidense de Pediatría, la Academia Estadounidense de Oftalmología, la Asociación Estadounidense de Oftalmología Pediátrica y Estrabismo y la Asociación Estadounidense de Ortoptistas Certificados sobre las gafas de colores

Fragmento de la Declaración conjunta de la Academia Estadounidense de Pediatría, la Academia Estadounidense de Oftalmología, la Asociación Estadounidense de Oftalmología Pediátrica y Estrabismo y la Asociación Estadounidense de Ortoptistas Certificados sobre las "gafas de colores", publicada en Pediatrics (2009;124;837-844). En el texto resaltado se lee "...los filtros o gafas coloreados especiales no se avalan y no deberían ser recomendados". © 2009, American Academy of Pediatrics. (Clic para ampliar)

A estas alturas, claro, mi medidor de charlatanería y productos milagreros ya berrea cual contador Geiger en Chernóbyl. Y mi cabreo va en aumento al mismo ritmo. Comienzo a pensar seriamente que alguien le quiere tangar a mi amiga una pasta que sólo se puede permitir con un gran esfuerzo, en nombre de la salud y la educación de su hija, mediante un vil cuento chino con todos los parabienes médicos, ópticos y mediáticos de su entorno habitual más los testimonios habituales en todas las páginas web, revistas y demás. No es de esperar que una madre de familia que no habla inglés y trabaja de sol a sol para sacar adelante a su chiquilla tire horas en el PubMed buscando información científica de alto nivel: tiene que fiarse de lo que le dicen las autoridades de su alrededor. Y resulta que las susodichas autoridades, al parecer, no tienen ni puñetera idea de lo que están hablando; si es que no le están ocultando información para impedirle saber que estas gafas de colores constituyen, como poco, un método terapéutico controvertido y con muy dudosos avales científicos. Eso sí, para hacerle las pruebas colorimétricas a la niña e informarle sobre la pasta que le van a costar las lentes y sus opciones de pago están rápidos y diligentes como el rayo.

Para rayo, el que me está saliendo a mí encima de la cocorota junto a una nubecita negra. Porque, entonces, observo que varios de estos artículos que he obtenido en el PubMed hacen referencia a una cierta declaración clínica conjunta de las principales entidades científicas de los Estados Unidos competentes en la materia con respecto a estas gafas de colores. Mediante una rápida búsqueda, me encuentro el texto citado al principio de este artículo, con fecha de 2009. Resulta que la Academia Estadounidense de Pediatría, la Academia Estadounidense de Oftalmología, la Asociación Estadounidense de Oftalmología Pediátrica y Estrabismo y la Asociación Estadounidense de Ortoptistas Certificados… ¡llevan advirtiendo desde al menos 1993 que la efectividad terapéutica de las gafas de colores es, en el mejor de los casos, una conjetura sin validar científicamente! Recordemos:

[…] los problemas de visión no son la causa de la dislexia primaria o las incapacidades de aprendizaje. La evidencia científica NO apoya la eficacia de los ejercicios del ojo, la terapia conductual visual o las lentes o filtros tintados especiales para mejorar el rendimiento educativo a largo plazo en estas enfermedades neurocognitivas pediátricas complejas. Las aproximaciones al diagnóstico y tratamiento que carecen de evidencia científica sobre su eficacia, incluyendo los ejercicios del ojo, la terapia conductual de visión o los filtros o lentes tintados especiales, no se avalan y no deberían ser recomendados.»

Learning Disabilities, Dyslexia, and Vision. En Pediatrics (Revista oficial de la American Academy of Pediatrics) 2009;124;837-844;
Declaración clínica conjunta de la American Academy of Pediatrics, Council of Children with Disabilities; American Academy of Ophthalmology; American Association for Pediatric Ophthalmology and Strabismus; American Association of Certified Orthoptists. DOI: 10.1542/peds.2009-1445.
Copyright © 2009 by the American Academy of Pediatrics.
Texto completo en PDF.

Uno puede entender, con algún esfuerzo, que hasta al mejor profesional se le pasen por alto unos oscuros artículos publicados en la literatura extranjera. Lo que no tiene ningún sentido es que ignoren declaraciones conjuntas de las principales entidades científicas en su especialidad, repetidas y publicadas insistentemente a lo largo de casi dos décadas, garantizando a un público indefenso la eficacia de un supuesto tratamiento no avalado y no recomendado por estas instituciones. Es como si un electricista doméstico ignorara el Reglamento Electrotécnico de Baja Tensión o un ingeniero atómico desconociese la normativa internacional sobre seguridad nuclear, recomendando a sus clientes en su lugar prácticas sugeridas por una empresa con intereses en el sector (bueno… ejem…).

Aún hay más: el mecanismo de acción y la naturaleza específica del producto son esencialmente desconocidos. En ningún lugar se explica de qué manera estas lentes o filtros hacen lo que se supone que hacen (no de manera verificable científicamente, vaya), ni tampoco por qué tienen que ser esas específicamente y no cualquier otro cacho de cristal coloreado (en algún sitio hablan de la supresión de las frecuencias lumínicas perniciosas, pero de nuevo la utilidad de esto está sin validar). En suma: todo lo que rodea a estos cristales de colores parece estar sistemáticamente orientado a la venta de un producto determinado –las gafas, filtros y láminas en cuestión– en vez de al progreso de la ciencia, la medicina, la oftalmología, la óptica o el bienestar público en general. Algo muy característico de la charlatanería.

Filtro polarizado

Existen, naturalmente, numerosas lentes y filtros que permiten aguzar la visión mediante distintas técnicas como la reducción del brillo, el incremento del contraste, etcétera. Por ejemplo, en la imagen vemos cómo un filtro polarizado vuelve visibles las tortugas que hay dentro del agua (las típicas "gafas de pescador"). Pero esto no mejora y no tiene por qué mejorar ningún trastorno neurocognitivo o conductual subyacente; la sensación de "ver mejor" (o con más confort) y los sesgos de confirmación y atribución típicos en estos casos pueden conducir fácilmente a un efecto placebo.

La respuesta de los (verdaderos) científicos.

Mensaje enviado a los Colegios Oficiales de Medicina y Optica sobre las lentes Irlen

Mensaje enviado el martes antepasado a diversos Colegios Oficiales de Medicina y Optica sobre las lentes de colores. (Clic para ampliar)

Empiezo a preguntar por ahí, a amigos y conocidos de varias ciudades. Resulta que el caso de mi amiga no es excepcional ni mucho menos. Las gafas de colores se están vendiendo en un número de comercios y consultas oftalmológicas y ópticas como método terapéutico útil contra la dislexia, la hiperactividad y diversos trastornos del aprendizaje y el comportamiento. Algunos se asombran ante mi pregunta: ¿acaso no lo he visto en la tele, en la prensa? (Bien, la verdad es que no…)

Resulta obvio que ha llegado la hora de saltar del mundo virtual (aunque sea referenciado y perfectamente científico) al mundo real. El asunto parece lo bastante grave como para consultar directamente a los máximos representantes de ópticos y oftalmólogos en España, así que el martes antepasado (28 de septiembre) envié una serie de correos electrónicos al Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos de España, al Colegio Nacional de Ópticos-Optometristas de España y al Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid, así como al Colegio de Ópticos Optometristas de la Comunitat Valenciana y el Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Valencia (ciudad donde resido actualmente). En ellos, les informaba del resultado de esta pequeña investigación y les prevenía que este post iba a ser muy crítico contra algunos de sus colegiados, invitándoles a realizar cualquier aclaración que considerasen oportuna. Si quieres ver uno de los mensajes enviados, amplía la imagen de la derecha; todos fueron muy parecidos a ese.

La reacción de la mayor parte de estas instituciones fue muy amable y cooperadora. De manera particular, el Colegio de Ópticos-Optometristas de la Comunitat Valenciana me sugiere que me ponga en contacto con dos personas: la doctora Rosa María Borrás, profesora titular de óptica y optometría en la Universitat Politècnica de Catalunya; y el doctor Joaquín Vidal López, óptico-optometrista y psicólogo, profesor en la Universitat Oberta de Catalunya, autor de la tesis doctoral «Estudio de los factores que intervienen en los efectos de las lentes coloreadas sobre la velocidad lectora: análisis de tres modelos teóricos explicativos» (2007).

Me pongo a leer la tesis del Dr. Vidal y llamo por teléfono a la Dra. Borrás. Rosa Borrás resulta ser una profesora de lo más afable y accesible; una de esas personas que saben tanto sobre su especialidad que cada una de sus frases constituye un verdadero compendio de conocimientos a diseccionar y analizar con calma. Al final de la conversación, me da pena colgar el teléfono: podría haber seguido aprendiendo de sus palabras mucho más. En el tema que nos ocupa, confirma mis sospechas: la eficacia de las gafas de colores para el tratamiento de trastornos neurocognitivos complejos como la dislexia permanece sin demostrar y es inexistente con toda probabilidad. Lo que ocurre, me dice, es que pueden aumentar el confort visual para algunas personas –disléxicas o no– a las que la proximidad de líneas de color negro sobre un fondo blanco resultan molestas o confusas. Como resultado, también existe la posibilidad de reducir algunos dolores de cabeza y migrañas relacionados con estas molestias; todo lo cual puede provocar efectos en los estudios por resonancia magnética funcional e inducir un efecto placebo al usuario. Pero, en sus propias palabras, «un vidrio óptico no puede hacer otra cosa que esto. Otro tipo de virtud no tiene. Ni va leer mejor, ni nada. Los problemas de comprensión y lectura van a quedarse igual.»

Escola Universitària d'Òptica i Optometria de Terrassa, Universitat Politècnica de Catalunya

Desde la Escuela Universitària de Óptica y Optometría de Terrassa, perteneciente a la Universitat Politècnica de Catalunya - BarcelonaTech, la Dra. Rosa Mª Borrás nos explica que el único efecto posible de las "gafas de colores" es incrementar el confort visual y no pueden tratar o curar problemas del aprendizaje o del comportamiento.

Mientras tanto, desde el Colegio Nacional de Ópticos-Optometristas de España (donde, por cierto, dentro de tanta amabilidad como me he encontrado mientras investigaba este post fueron especialmente agradables) me hacen llegar copia de un artículo publicado en su revista oficial, la Gaceta Óptica, firmado por el mismo Dr. Vidal y donde puede leerse lo siguiente:

«Por lo tanto, los filtros coloreados utilizados en el presente trabajo no parecían ser un método eficaz para tratar los problemas de lectura porque propiciaban la aparición del efecto placebo y, al no estar demostrada su eficacia como tratamiento, se debería desaconsejar a los pacientes porque se desperdicia tiempo y recursos económicos que podrían ser empleados en intervenciones que hayan demostrado su eficacia.»

–En Gaceta Óptica, órgano oficial del Colegio Nacional de Ópticos-Optometristas de España; marzo 2008;424:28-29.

O sea, que no era un problema de que la gente tenga dificultades con el inglés y las publicaciones extranjeras. La misma conclusión a la que llegaron las instituciones norteamericanas detalladas más arriba estaba disponible en la Gaceta Óptica desde marzo de 2008 como mínimo.

He consultado con más personas expertas en óptica y oftalmología pediátricas durante la elaboración de este post. Ninguna de todas ellas defendió que las gafas de colores pudieran ser de alguna utilidad en el tratamiento de los problemas de lectura, aprendizaje o comportamiento infantil con base neurológica, psiquiátrica, psicológica o neurocognitiva. Antes bien al contrario, me encontré con algunas opiniones fuertes sobre las mismas, que se me permite citar sin desvelar quién lo dijo. Preguntada una de estas fuentes deseosas de mantener el anonimato sobre la supuesta especificidad de estos cristales que justificara su elevado precio, respondió: «Ellos [los fabricantes] dicen que es porque retienen unas frecuencias muy específicas, pero esto ni está demostrado ni sirve para nada [en los trastornos del aprendizaje]. Además, el efecto sobre la retina variaría incontrolablemente según las condiciones de iluminación. Ni siquiera llevan antirreflejos, polarización ni nada parecido. No hay ninguna diferencia con un cristal óptico normal.« Otra concluyó, simplemente: «qué retengan frecuencias ni qué niño muerto… cobrarle a la gente cientos de euros por unos vidrios tintados no se justifica de ninguna manera.»

Reconozco públicamente que me esperaba algún tipo de defensa corporativista, intentos de marear la perdiz o introducir confusión o al menos disculpar o justificar el asunto. No ocurrió nada de todo esto. Nadie me hizo la menor sugerencia sobre lo que debía escribir o dejar de escribir. Antes bien al contrario: todo el mundo fue claro, directo y cooperador. A lo más que llegó una persona fue a pedirme «cariño» con aquellos compañeros que pudieran estar en un error de buena fe; petición que me parece de lo más justa. Por haber pensado lo que pensé, pido disculpas de manera igualmente pública: lección aprendida.

Colores Irlen

Algunas personas presentan molestias visuales al enfocar la vista en patrones de líneas negras sobre fondo blanco (similares a las líneas de texto en un papel), con un efecto de hiperexcitabilidad cerebral que puede llegar a producir confusión y dolores de cabeza durante la lectura. Parte de estas personas encuentran alivio al ver tales patrones a través de un filtro de otro color. Suponer que esto implica una posibilidad de tratamiento de la dislexia, el autismo o cualquier otro problema neurocognitivo o conductual complejo no se sostiene científicamente.

¿Cómo es esto posible?

El problema no es tanto si las gafitas de marras sirven para algo por encima del efecto placebo, o no, o todo lo contrario. En principio, si están bien hechas, resultan inocuas para la vista: a nadie se le van a estropear los ojos por llevar unas gafas de colores de mediana calidad. El problema es que, confiados en este método, muchas familias pueden dejar de tratar problemas neurocognitivos o conductuales verdaderos en sus hijos: una consecuencia perversa típica de las pseudociencias. Y que valen una pasta porque se les suponen unas propiedades terapéuticas especiales garantizadas por profesionales, autoridades y medios de comunicación cuya eficacia permanece sin demostrar. Seiscientos o setecientos euros por unas lentes coloreadas de eficacia probablemente nula como tratamiento médico constituyen una cifra abultada y abusiva; las garantías de funcionamiento sin validación científica independiente lo convierten en una simple estafa aunque fuesen la panacea que prometen ser, puesto que esta garantía es engañosa, inexistente y orientada a inducir error en el comprador para sacarle los cuartos.

Cometen estafa los que, con ánimo de lucro, utilizaren engaño bastante para producir error en otro, induciéndolo a realizar un acto de disposición en perjuicio propio o ajeno.

–Artículo 248.1 del Código Penal español.

El delito de estafa será castigado con las penas de prisión de uno a seis años y multa de seis a doce meses, cuando: […] Se cometa abuso de las relaciones personales existentes entre víctima y defraudador, o aproveche éste su credibilidad empresarial o profesional.

–Artículo 250.1.7 del Código Penal español.

Pietro Longhi, El Charlatán

Pietro Longhi, El Charlatán (1757). Óleo sobre lienzo, 62 x 50 cm. En el Palacio de Ca' Rezzonico, Venecia.

En realidad, no es que todos estos profesionales, medios y autoridades varias que han apoyado o propuesto el uso de las gafas de colores como método terapéutico sean unos estafadores. La mayoría –estoy convencido– actúan de buena fe, por lo que cabría hablar más de desidia y dejación de responsabilidades (la responsabilidad de estar correctamente informado y actualizado para informar y tratar adecuadamente al paciente, ciudadano o cliente). Lo que ha pasado, simplemente, es que alguien se ha asegurado de que los estudios favorables fueran traducidos, publicados y difundidos entre los profesionales y el público; mientras que los discrepantes, al no tener a nadie especialmente interesado en fomentarlos detrás, han permanecido en la oscuridad pese a ser claramente mayoritarios, metodológicamente correctos y adecuadamente validados.

Este es un problema común cuando hay una industria y unos intereses empresariales detrás de una proposición pretendidamente científica. Por ejemplo: durante décadas, numerosas empresas tabaqueras pagaron, difundieron y publicitaron hasta el más irrelevante estudio que pareciera decir que fumar no era tan malo para la salud. También durante décadas, varias compañías de hidrocarburos hicieron lo propio con el plomo en la gasolina, y al menos hasta hace poco algunas lo hacían para negar el calentamiento global, apelando siempre a la ignorancia científica de un público desinformado y crédulo al que además hacen creer justo, sabio, mejor informado que sus congéneres y hasta heroico por resistirse a la conspiración estatal-cientista. A veces llegaron a utilizar a las mismas personas sin vergüenza alguna, como Frederick Seitz, negacionista profesional de la relación tabaco-cáncer, de la CFC-capa de ozono y finalmente del cambio climático antropogénico, siempre por cuenta de grandes corporaciones. Un libro imprescindible en ese sentido es Merchants of Doubt (Bloomsbury, 2010; ISBN 978-1-59691-610-4). Habiendo pasta detrás, siempre hay alguien dispuesto a publicar cualquier cosa.

En la medicina, y sobre todo en los servicios médicos populares, esto también ocurre. Y no poco. Es relativamente complicado colocarle a un ministerio de Sanidad un medicamento sin suficientes avales científicos, pero no lo es tanto desarrollar una campaña de marketing para que el público lo demande y en su caso lo pague. Lo hemos visto ocurrir con la homeopatía –me entra una intensa vergüenza ajena cuando veo una farmacia con homeopatía, y desde luego no entro a comprar en ella si puedo impedirlo, como evito pisar cualquiera que no suministre condones o anticonceptivos–; pero también ha sucedido con toda una serie de diagnósticos y tratamientos mucho menos que científicos y poco más que placebos. Entre ellos, los que ya tratamos en psiquiatría delirante. No hace falta carro, mulo ni sombrero de pico para ser un charlatán; los de ahora gastan traje, grandes tarjetones y apoyo mediático tanto generalista como especializado.

El caso que nos ocupa es relativamente inocuo; de hecho, es tan, tan inocuo que –siguiendo a las instituciones científicas anteriormente mencionadas– no hace nada, ni bueno ni malo. Pero no está bien. Empuja a personas de recursos económicos limitados a gastar un dinero que no tienen en un producto cuya eficacia por encima del efecto placebo es desconocida; y, de hecho, no parece muy significativa. Por confianza en el producto milagrero, potencia el retraso o la renuncia al tratamiento efectivo real. Lo hace abusando de la confianza y de la autoridad de los profesionales clínicos y los medios de comunicación. Y además, aprovechándose del clásico chantaje emocional a los papás: ¿Y si funciona? ¿Y si privo a mi hijo o hija de algo que necesita? ¿Qué dirán? ¿Seré un mal padre o  una mala madre si no le compro esto? Las soluciones simples a problemas complejos resultan siempre muy populares (aunque raramente eficaces y a menudo contraproducentes), lo que refuerza el engaño y el anhelo del cliente: ¡si pudiera arreglárselo sólo con unas gafas…!

Señor médico, señor óptico, señor publicista, señor periodista, señor o señora lo que sea: si usted ha estado en un error de buena fe con respecto a este producto, le ruego que acepte mi consejo y se ponga en contacto con su colegio oficial o sociedad profesional para que le proporcionen los detalles correctos sobre el mismo. Ya me han contado que ha pagado usted un dinero importante por el derecho a venderlo, que esto le hace daño y no le viene ni mucho menos bien; me temo que eso tendrá que reclamárselo a las personas oportunas. Yo, por mi parte, apelo a su profesionalidad y honradez.

En todo caso, si usted confía lealmente en este producto, supongo que es muy libre de aconsejárselo a su clientela aunque las máximas autoridades en la materia digan que ni lo apoyan ni lo recomiendan para ningún uso terapéutico efectivo. Pero no asegure usted que está validado científicamente, porque después de treinta años sigue sin estarlo (otra característica típica de las pseudociencias); y entonces su consejo bienintencionado se convierte en un engaño, un fraude, incluso aunque el producto fuera la mayor maravilla desde que se inventó el pan de molde. Que, honestamente, no tiene pintas de ninguna clase, más allá de mejorar el confort visual. Vamos a mantener las certezas científicas en un sitio y las ventas comerciales en otro, ¿no le parece? Es que si no, al final del recorrido, los perjudicados serán ustedes y su credibilidad.

Y si lo vende o aconseja usted como método terapéutico a sabiendas de todo esto por mero beneficio económico, pues qué le puedo decir. Que no es usted de los míos; ni merece ser considerado científico, sino charlatán, y estaremos enfrentados. Qué le vamos a hacer.

Agradecimientos: Este artículo no se habría podido elaborar sin el excelente servicio PubMed ofrecido por la Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos y, desde luego, sin la colaboración amabilísima e inestimable del Colegio Nacional de Ópticos-Optometristas de España; el Colegio de Ópticos-Optometristas de la Comunitat Valenciana; la Dra. Rosa Mª Borrás, profesora titular de óptica y optometría en la Universitat Politècnica de Catalunya; el Dr. Joaquín Vidal López, óptico-optometrista y psicólogo, profesor en la Universitat Oberta de Catalunya; el Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos de España; otros especialistas que han optado por permanecer en el anonimato; y mi amiga I. A. Z., que tuvo a bien confiar en la opinión del tío Yuri para materia tan delicada como los ojos de su hija, y al hacerlo me puso sobre la pista de este tema. Desde aquí, mi agradecimiento a todos ellos y a cualquier otra persona o entidad que se me haya podido pasar por alto. Los errores son míos, los aciertos son suyos.

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