Air France 447: Buscando cajas negras a 4.000 metros de profundidad (y 2)

A la memoria del Malaysian Airlines MH370

He estado dudando sobre si era el momento más adecuado para publicar esta segunda parte, porque la casualidad es mucha casualidad. Me refiero, por supuesto, a la pérdida del Malaysia 370 en el mar este fin de semana. Hasta se parecen la hora y el número de ocupantes; la principal diferencia es que el MH370 parece estar en una región de poca profundidad. Al final me he decidido, dado que es educativo y enseña un poco lo que puede venir a continuación. No obstante, he cambiado un poco el tono, que en la anterior versión era demasiado ligero para mi gusto dadas las circunstancias. En todo caso, este post va a la memoria del pasaje y la tripulación del vuelo Malaysia Airlines 370, perdido en el mar sobre las dos de la madrugada hora local del 8 de marzo de 2014 con 239 personas a bordo. Sit vobis mare levis.

Por petición, y por supuesto:«Mi corazón comparte la tristeza y la impotencia de los familiares de los pasajeros del Malaysian Airlines.»
Firma: la mamá de un pasajero del 447 de Air France, que leyó estas líneas.

Ir a la primera parte

Ruta prevista del vuelo Air France 447, 31 de mayo - 1 de junio de 2009.

Recopilemos: el vuelo Air France 447 había partido de Río de Janeiro – Galeão a las 19:29 (local) del 31 de mayo de 2009 y se le esperaba en París – Charles de Gaulle sobre las 09:10 del 1 de junio. Sobrevoló las playas del Brasil antes de adentrarse en la noche atlántica con toda normalidad. Entre las 02:11 y las 02:14 de la madrugada UTC, cuando se encontraba atravesando una región turbulenta de convergencia intertropical fuera del alcance de los radares, se produjo una ráfaga de mensajes ACARS de alerta y ya no se volvió a saber de él. Gráfico: Wikimedia Commons modificado por la Pizarra de Yuri. (Clic para ampliar)

Durante la mañana del 1 de junio de 2009, tres continentes fueron alcanzando poco a poco tres conclusiones. La primera, que al vuelo Air France 447 de Río de Janeiro a París con 228 personas a bordo ya no podía quedarle ni una gota de combustible. La segunda, que el avión, un moderno Airbus A330-200, no se hallaba en ningún lugar de las tierras emergidas. Y por tanto la tercera: que había desaparecido en el mar. Como en los viejos tiempos.

A las 11:04 UTC salió la primera aeronave en su busca, de la Fuerza Aérea Brasileña. En torno a las 12:15 se le sumó un Breguet Atlantique-2 desde la base que Francia todavía conservaba en Senegal, antigua colonia suya. Después acudieron también un CASA 235 de la Guardia Civil Española y un P-3 Orion perteneciente a la Armada Estadounidense. Luego, muchos más, todos ellos buscando frenéticamente alguna pista del vuelo desaparecido y sus ocupantes a lo largo y lo ancho de miles de millas de mar. A primera hora de la tarde, Air France comunicó oficialmente al mundo que habían perdido un avión. Uno grande.

Durante un día entero, no encontraron nada. Fue a las 15:20 del día dos de junio cuando un Embraer R99 de la Fuerza Aérea Brasileña divisó la primera mancha de combustible en el océano. Aunque en un primer momento se les ocurrió que podía ser un sentinazo de algún barco, enseguida comenzaron a avistar otros fragmentos flotantes. Unos pocos al principio y luego algunos más, incluyendo restos humanos. El 6 de junio, la corbeta brasileña Caboclo rescataba los dos primeros cadáveres junto a un asiento, una mochila con un ordenador portátil y una cartera con una tarjeta de embarque para el AF447. Sin embargo lo más llamativo, o simbólico, fue la deriva que la gente llama «timón de cola» (el timón en sí es la parte móvil), cuya foto dio la vuelta al mundo. Su estructura es de fibra de carbono (CFC) y puede flotar. Un gran timón con los colores de Air France, o sea de Francia, por mucho que esté privatizada, flotando en medio del mar.

La Armada del Brasil recupera la deriva del Air France 447.

La imagen que dio la vuelta al mundo: la Armada del Brasil recupera la deriva («timón de cola») del Air France 447 en medio del Océano Atlántico, el 7 de junio de 2009. Foto: Fuerza Áerea del Brasil vía Associated Press. (Clic para ampliar)

Ay, la grandeur. Y encima mandando el Sarkozy y con la crisis ya en marcha. Y Airbus, con sede en Toulouse, acusándola como todo el mundo. Mira, no estuve yo atento a contar los minutos que tardó lo que era un accidente aéreo en convertirse en una cuestión de estado y orgullo nacional. Pero no fueron muchos.

Submarino nuclear de ataque S604 Émeraude, Francia

El submarino nuclear de ataque S604 Émeraude, la primera ocurrencia del gobierno francés para buscar los restos del AF447. Foto: Armada Nacional de Francia. (Clic para ampliar)

La primera que se les ocurrió fue sacar un submarino atómico. Cuál si no. Para un buen chauviniste ofendido en su orgullo patrio, cualquier excusa es buena para sacar a los submarinos atómicos. En menos de cuatro días, el submarino nuclear Émeraude se hizo a la mar a toda máquina para localizar las cajas negras con sus «sonares ultrasensibles» (así los definieron), y de paso el resto del avión. Le precedían la fragata Ventôse y el portahelicópteros Mistral. Eso, para empezar.

Los profesionales empezaron a encogerse con esa cara de velocidad que se nos pone a todos cuando vemos una catástrofe a punto de ocurrir, y ya iban a ser dos esa semana. Hay muchas, muchas maneras de destrozar una búsqueda y una investigación que prometían contarse entre las más delicadas de la historia de la aviación. Gracias a Neptuno, no rompieron nada. Pero sólo por la sencilla razón de que ni hallaron las cajas negras, ni los restos del avión y si encontraron el Océano Atlántico yo creo que fue porque ya estaban en él. Parecía un happening muy caro ilustrando aquello tan viejo de que al que sólo tiene un martillo, todos los problemas le parecen clavos. Con toda esa gente muerta, de un tono bastante macabro, la verdad.

Baliza de localización subacuática (ULB) para regristradoras de vuelo Dukane DK-120.

El cilindro horizontal es la baliza de localización subacuática (underwater locator beacon, ULB), en este caso del modelo Dukane DK-120. Estas balizas son capaces de sobrevivir a un accidente aéreo en más del 90% de las ocasiones (según estudio de la BEA) y seguir transmitiendo desde 6.000 metros de profundidad (más del 97% de los mares y océanos terrestres son menos profundos). Emiten un pulso ultrasónico (ping) cada segundo a 37 kHz de frecuencia durante aproximadamente un mes antes de agotar la pila. Actualmente se estudia bajarlas a 8,8 kHz para mejor recepción. Foto: Dukane Seacom Inc. / Radiant Power Corp. (Clic para ampliar)

Verás. Para empezar, cuatro días son radicalmente insuficientes para diseñar una búsqueda tan compleja como la que era fácilmente previsible. Por expeditivo y machote que quede de cara al electorado, el submarino salió con lo puesto, sin preparación, formación ni equipamiento específico alguno. Sólo disponían de sus sonares pasivos para detectar el pulso ultrasónico (ping) a 37,5 kilohercios que emiten una vez por segundo las balizas subacuáticas de las cajas negras. Estas balizas (underwater locator beacon, ULB) son el cilindro pequeño que suele verse al extremo de las mismas, capaces de seguir haciendo ping hasta a 6.000 metros de profundidad durante aproximadamente un mes.

Pero es que además resulta que tanto el Émeraude como cualquier otro submarino de combate en general son herramientas totalmente inapropiadas para esa función. Este en particular sólo podía barrer 34 km2 por día con alguna exhaustividad y encima, mal. De entrada, el área de búsqueda profunda ascendía a más de 17.000 km2 y terminó superando los 25.000. O sea, entre dieciocho meses y dos años y pico para hacer un barrido preliminar, sin parar ni un solo segundo y con más rendijas que la casa de la Familia Monster. Porque sus sensores, por «ultrasensibles» que fuesen, no eran los correctos para detectar una señal cada vez más débil y posiblemente apantallada por los restos del avión que tuviesen encima, menos aún en ese rango de frecuencias, y viniéndole desde muy abajo (los sensores de los submarinos son bastante mejores detectando a sus alrededores, en busca de otros submarinos o buques de superficie, que justo encima o debajo; y además están especializados en captar las frecuencias y señales más características de esos navíos).

Por si fuera poco, los submarinos de combate sólo se sumergen hasta unos cientos de metros. Supongamos que el Émeraude llegue hasta los 500, que ya es mucho suponer (los datos reales de profundidad máxima de los submarinos son secretos, pero para uno de ese tipo, por ahí puede ir la cosa; salvo algunos bichos extraños, ninguno llega ni cerca de mil). Y resulta que ahí hay entre 2.500 y 4.000 metros de profundidad. Es decir, una capa adicional de dos a tres kilómetros y medio de agua entre el fondo y el submarino (y sus sensores). Aún más: esa es una región con abundante ruido biológico, que tiende a confundir a estos sensores (o sus operadores). En suma, era como limpiar el agua radiactiva de Fukushima con un cubo, sin cuerda y encima agujereado.

Adicionalmente, la presencia de un submarino nuclear en el área obligó a crear una extensa zona de seguridad a su alrededor que no podía ser utilizada por los barcos con sensores remolcados. Hasta el informe oficial de la BEA francesa al respecto es sutilmente crítico cuando afirma que «el uso de un submarino genera constricciones operacionales significativas y dificultades de coordinación con los buques de superficie. La limitada capacidad de inmersión de los submarinos no representa una ventaja decisiva con respecto a los buques de superficie y es incluso menor que la de un hidrófono sumergido. Un submarino podría ser útil para explorar áreas de profundidad limitada, siempre que esté equipado con los sensores apropiados.»

Naturalmente los profesionales de la Armada Francesa, que son gente inteligente y capaz, pidieron ayuda ante semejante marrón. Acudió en su auxilio, por un lado, el buque Pourquoi Pas? del IFREMER con el batiscafo Nautile, capaz de llegar hasta el fondo del mar. Lo que también tenía algo de tufillo patriotero, porque aunque la gente del IFREMER son auténticos profesionales de las profundidades, y además de primera categoría (hace poco escribí algo sobre ellos), un batiscafo de limitada autonomía como todos los batiscafos tampoco parece la herramienta más apropiada para barrer decenas de miles de kilómetros cuadrados de mar. Por su parte, el américain ese del que hay que defender al cine francés les prestó algo bastante más útil: dos sensores de arrastre especializados en detectar esta clase de balizas a gran profundidad. Francia contrató otros dos barcos para remolcarlos: el Fairmount Glacier y el Fairmount Paramount.

Localizador remolcado de balizas subacuáticas TPL-25, Armada de los Estados Unidos.

El localizador remolcado de balizas subacuáticas (towed pinger locator) TPL-25 de la Armada de los Estados Unidos. Está especializado en detectar los pings de las ULB a gran profundidad, y fue el primer equipo adecuado a la función que se llevó al lugar del desastre. No obstante, la búsqueda inicial fue tan inadecuada que no sirvió de nada, pese a que pasaron al menos en dos ocasiones por encima de los restos. Foto: SEA OOC – Armada de los Estados Unidos. (Clic para ampliar)

Daba igual. Toda la operación obedecía a criterios tan absurdos que no sirvió de nada. Hacia finales del mes el Émeraude, el Pourquoi Pas?, la Ventôse, el Mistral y los dos Fairmount se retiraron muy discretamente sin haber encontrado un solo tornillo del Air France 447. Luego se supo que habían pasado dos veces prácticamente por encima de los restos, con al menos una baliza subacuática aún viva, emitiendo pings sin cesar. Pues ni por esas. El informe oficial de la BEA vuelve a clavar otra puyita al decir que «el uso de recursos sin probar no es deseable. Por ejemplo, los recursos acústicos del submarino nuclear y el Pourquoi pas? no se habían probado con señales de [balizas subacuáticas] ULB antes de ser desplegados en el sector. Ajustar los sistemas una vez en el lugar es difícilmente compatible con el cumplimiento de la misión.»

Mientras tanto, los buques y aviones de rescate brasileños recuperaban todo lo que se podía recuperar en superficie muy profesionalmente, sin alharacas pero con gran efectividad, cubriendo un millón de kilómetros cuadrados de mar. Rescataron 50 cuerpos humanos de los 288 ocupantes, incluyendo el del comandante Marc Dubois, y 640 fragmentos del avión; algunos, bastante grandes. Sin embargo, los elementos más importantes para la investigación, como los motores, los ordenadores, los instrumentos o las cajas negras, seguían en el fondo del océano.

La tontada, como todas las tontadas a ese nivel, tuvo consecuencias. Ya te digo, fue tan ineficaz que no rompieron nada porque no toparon con nada que romper. Pero se había perdido un tiempo precioso: exactamente los treinta días que tardan en agotarse las pilas de las balizas subacuáticas. Ahora, los restos críticos del Air France 447 no sólo permanecían en el fondo del mar, sino que además habían perdido la voz y se hallaban en el más completo silencio. El silencio de la gran profundidad.

Mientras tanto, mil Airbus A330 seguían volando por todo el mundo cargados de gente, más todos los demás aviones equipados con sistemas muy parecidos, y seguía sin saberse con ninguna certeza qué los podía matar. Lo único que se pudo hacer por el momento fue cambiar los tubos Pitot del modelo Thales AA, como los que llevaba el AF447, por otro modelo distinto, dado que ese era un problema conocido y además los mensajes ACARS que vimos al final del post anterior parecían apuntar en tal dirección. Pero sin saber lo que pasó, eso y nada es básicamente lo mismo. Podían ser los tubos Pitot o cualquier otra cosa. Sin restos y sin cajas negras y sin investigación técnica, en cualquier momento podía volver a ocurrir y matar a otras doscientas o trescientas o más personas de nuevo. Es lo que tienen la ignorancia y la estupidez, que son peligrosísimas. Con poder, para echarse a temblar. Y mira que había antecedentes, ¿eh?

El antecedente.

Los genios que idearon lo de mandar al submarino ni siquiera pueden alegar la novedad, porque no era la primera vez que se intentaba. Muchos años atrás, un Jumbo sudafricano acabó en el fondo del Océano Índico con 159 personas a bordo. Fue el vuelo South African 295 de Taipei a Johannesburgo con escala en Isla Mauricio, un Boeing 747-244B Combi mixto de carga y pasaje, una de esas cosas de entonces (aunque aún quedan algunos por ahí, si bien en versiones muy modernizadas).

Boeing 747-244B Combi matrícula ZS-SAS (South African 295)

El Boeing 747-244B Combi matrícula ZS-SAS (South African 295) desaparecido en el Océano Índico el 27 de noviembre de 1987. Tras dos meses de búsqueda infructuosa mediante sonar pasivo y otros métodos tradicionales, la compañía Steadfast Oceaneering localizó los restos a 4.900 m de profundidad en apenas 48 horas mediante magnetómetros y sonar de barrido lateral. Foto tomada dos años antes del accidente en Oporto por: Pedro Aragao / airliners.net vía Wikimedia Commons.

El 27 de noviembre de 1987, este vuelo South African 295 declaró una emergencia por humo en cabina y fallo eléctrico a los controladores de Mauricio que se extendió durante 16 minutos. Después, dejó de comunicar. Se había estrellado en el mar unos 250 km al Noreste de Isla Mauricio y mil al Este de Madagascar. Ahí el Océano Índico tiene casi 5.000 metros de profundidad. Como en aquellos tiempos Sudáfrica se hallaba bajo sanciones internacionales por el apartheid, muchas veces se ha dicho que el avión transportaba una carga ilegal de productos químicos militares que se incendió. Lo cierto es que no se sabe con seguridad.

Los sudafricanos intentaron primero localizar las cajas negras y con ello los restos del avión mediante sonar pasivo, exactamente igual que Francia 22 años después. Con el mismo éxito: ninguno. Tras dos meses de búsqueda, cuando ya era evidente que las balizas no podían seguir transmitiendo (de hecho, es posible que esas balizas antiguas ni siquiera funcionasen tan hondo), pagaron un pastón para contratar a la empresa Steadfast Oceaneering (ahora Oceaneering International), expertos en rescates de material a gran profundidad.

Avioneta Cessna en el fondo marino vista con sonar de barrido lateral (SSS).

Una avioneta Cessna en el fondo marino tal como se ve con un sonar de barrido lateral bastante antiguo. (Clic para ampliar)

Oceaneering tardó exactamente dos días en localizar buena parte de los restos, a 4.900 metros de profundidad, utilizando magnetómetros y un primitivo sonar de barrido lateral. A diferencia del sonar pasivo, básicamente hidrófonos que se dedican a escuchar el agua a su alrededor buscando alguna señal en las siempre inciertas condiciones de propagación submarinas, el sonar de barrido lateral es un sistema activo que sirve exactamente para ver el fondo marino. Es decir, la herramienta adecuada para buscar los restos de un avión (o de cualquier otra cosa) cuyas balizas subacuáticas no estás detectando a la primera. O sea, el destornillador para el tornillo. Como te digo, les costó poco más de 48 horas hallar lo que quedaba del South African 295, su carga y sus ocupantes.

Pese a que los restos estaban bastante dañados, en dos campos separados entre sí, el 6 de enero de 1988 Oceaneering rescató la grabadora de voces en cabina (CVR) utilizando un vehículo submarino a control remoto y así la investigación en serio pudo comenzar. Por el contrario, la grabadora de datos (FDR) nunca se encontró. No obstante, entre el análisis de la CVR y el estudio de los demás restos que hallaron pudieron descubrir lo ocurrido con bastante precisión. Muy resumido, el incendio se inició en el compartimiento de carga –no se pudo determinar el punto exacto, debido al grado de desintegración de los restos, pero sí el palé: el primero de estribor–, alcanzando los 600ºC necesarios para fundir una raqueta de tenis de fibra de carbono que se halló derretida. Debido a unas separaciones inadecuadas, el fuego se extendió rápidamente al área de pasaje y terminó dañando tantos sistemas que el avión no pudo más y se estrelló.

Restos del South African 295 filmados por Oceaneering, 01/1988.

Los restos del South African 295 filmados por Oceaneering tras su hallazgo a 4.900 metros de profundidad, en enero de 1988. (Clic para ampliar)

El caso es que podían recuperarse los restos de un avión a gran profundidad desde 1988 por lo menos, incluso mil metros más hondo. Se sabía cómo hacerlo. Sin embargo, esta vez iba a ser más difícil. Mucho más difícil.

Vuelven los profesionales. Con material.

El IFREMER regresó a mediados de julio de 2009, de nuevo con el Pourquoi Pas?, pero esta vez en mejores condiciones. Es decir, con material más adecuado: un sonar de barrido lateral como el que utilizó Oceaneering para encontrar al South African 295 casi un cuarto de siglo atrás, aunque mucho más moderno.

El problema fue que no sabían muy bien dónde buscar. Con las balizas subacuáticas de las cajas negras definitivamente muertas, no tenían ninguna pista. Comenzaron a partir de la última posición conocida del Air France 447 y durante las tres semanas siguientes fueron cubriendo trabajosamente un círculo de 75 kilómetros a su alrededor. Levantaron excelentes mapas del fondo marino… pero no encontraban ni una sola astilla del avión.

Contenedores de oxígeno de emergencia para pasaje del AF447 en posición cerrada.


Contenedores de oxígeno de emergencia para pasaje del AF447 (los que van encima de todos los bloques de asientos). Arriba: Contenedor recuperado en posición cerrada, con deformación coincidente en tapa y cubeta, indicando que no llegó a abrirse. Abajo: Contenedor recuperado en posición abierta, debido al impacto, pero con los tres seguros enclavados. Tal cosa significa que las máscaras de oxígeno no se desplegaron en ningún momento. Esto aporta el dato fundamental de que la cabina no se despresurizó antes del impacto, y permite deducir que no se produjo desintegración en el aire, sino que al menos el fuselaje llegó de una sola pieza y sin peforaciones al mar. Suele ser un fuerte indicador de que un avión no ha sufrido daños estructurales graves antes de estrellarse. Imágenes: BEA, Francia. (Clic para ampliar)

Mientras tanto, gracias al análisis de los restos recuperados en superficie por la Armada Brasileña, empezaban a saberse algunas cosas. Una de ellas, fundamental, es que no hubo despresurización de la cabina antes del impacto: ninguna máscara de oxígeno estaba desplegada. Esta es una de las primeras cosas que se buscan en una investigación, porque indica muy bien si el avión resultó dañado en el aire (en cuanto hay perforación o fractura del fuselaje, hay despresurización y se disparan las máscaras) o por el contrario llegó más o menos de una sola pieza al suelo. Esto es importantísimo, dado que excluye un conjunto enorme de posibles causas. Entre ellas, los tipos más comunes de atentado o derribo: las explosiones e impactos de proyectiles tienden a abrir boquetes en el fuselaje, con la consiguiente despresurización y despliegue de las máscaras. También excluye, por ejemplo, la posibilidad de una gran explosión interna en vuelo como la que mató al TWA800 en 1996. O fallos estructurales severos como el del Aloha 243. Y un montón de cosas más.

El análisis de los restos flotantes recuperados permitió descubrir varias cosas importantes más. En particular, el estudio de los cuerpos practicado por los forenses brasileños. Los cuerpos humanos son magníficos testigos de lo que les ha pasado antes, durante y después de la muerte. Por ejemplo, ninguna de las víctimas (ni de los restos del avión) presentaba quemaduras. Cuando viajas junto a 140.000 litros de combustible de aviación, de los que en ese momento debían quedar aún en torno a 100.000, eso significa que difícilmente se produjo explosión o incendio alguno antes del impacto contra el mar. Todo empezaba a apuntar a que el Air France 447 y sus ocupantes permanecían en buen estado hasta que se estrellaron, un dato esencial.

El estudio forense aportó más datos aún. Todas las víctimas murieron instantáneamente o casi, debido a lesiones muy parecidas: fracturas compresivas de pelvis, tórax y columna vertebral con ruptura masiva de los órganos internos por deceleración súbita en el eje vertical, con algo de ángulo hacia atrás y un pelín hacia un lado. O sea: estaban sentadas en sus asientos y cayeron de culo con la espalda inclinada unos 15º hacia atrás. Los pedazos recuperados del avión contaban la misma historia: deformaciones por frenazo repentino de arriba abajo con cabeceo positivo y algo de alabeo. Es decir, que el Air France 447 se estrelló de panza con el morro levantado y un poquito de inclinación lateral.

Aunque esto no es determinante, porque el ángulo de impacto puede deberse al azar, insinúa que el avión conservaba alguna clase de control. En caso contrario, suelen caer de cualquier modo: en picado, de cola, con un ala por delante, boca abajo, como sea. Es relativamente raro que un avión incontrolado por completo caiga de panza  con el morro levantado como si estuviese aterrizando, si bien a un ángulo y velocidad brutal. Más bien sugiere pérdida de control sobre la altitud, la velocidad y el ángulo de ataque, entre otras cosas, pero no tanto sobre la actitud (de alabeo, cabeceo y guiñada). Sugiere que los pilotos, humanos o automáticos, seguían al mando aún. En estos dos videos podemos ver lo que suele pasarle a un avión cuando hay pérdida total de control:

El Tatarstan 363, un Boeing 737-500 procedente de Moscú, se estrella en Kazán (Rusia) el 17 de noviembre de 2013 con 50 personas a bordo. Puede observarse que lo hace en un fuerte picado, a consecuencia de una entrada en pérdida aerodinámica por mala configuración durante un aterrizaje frustrado, que derivó en una pérdida total de control.

Accidente del carguero militar estadounidense National Airlines 102, un Boeing 747-428BCF Jumbo con 7 tripulantes a bordo, a la salida de Bagram (Afganistán). Estaba llevándose vehículos militares pesados de vuelta a Dubai. Cinco de ellos se soltaron durante el despegue, dando lugar a un corrimiento de carga con sobredesplazamiento hacia atrás del centro de gravedad y pérdida total de control. Puede observarse que, aunque en este caso viene a caer «de panza», la actitud de descenso es totalmente incontrolable y podía haber caído en cualquier otra posición.

Áreas barridas durante la 1ª y 2ª fase de la búsqueda del Air France 447, 10/06 - 17/08/2009

Áreas barridas durante la 1ª y 2ª fase de la búsqueda del Air France 447 entre el 10 de junio y el 17 de agosto de 2010, sin resultados. Imagen: BEA, Francia. (Clic para ampliar)

Todas estas fueron informaciones muy interesantes y útiles para descartar una montaña de posibilidades. Pero no para saber lo que ocurrió. Y sin saber lo que ocurrió, la seguridad aeronáutica continuaba en entredicho. El 17 de agosto, el Pourquoi Pas? se tuvo que retirar por segunda vez, sin haber encontrado nada. Todos los días, a todas horas, miles de aviones seguían surcando los cielos sin saber si lo que mató al Air France 447 podía matarlos a ellos en cualquier momento también.

A la tercera…

Y pasaron los meses. Tras la segunda intentona del Pourquoi Pas?, ya nadie sabía muy bien dónde buscar o qué hacer. ¿Podía ser que el AF447 se hubiera desviado enormemente de su ruta antes de estrellarse? ¿O quizá estaría encajonado en el fondo de alguno de los profundos valles submarinos que habían detectado en el sector, a cubierto de los haces del sonar de barrido lateral? ¡Porque todo aquello resultó ser una especie de escarpada cordillera sumergida a miles de metros de profundidad! No estaba fácil, no.

Conforme pasaba el tiempo, todo el mundo iba poniéndose más y más nervioso. El gobierno francés, porque lo que convirtieron en asunto de orgullo nacional se había transformado en humillación. Air France-KLM, porque en un contexto de crisis global donde muchas compañías aéreas estaban quebrando, miraba a sus aviones preguntándose cuál de ellos les daría un puntillazo de los malos. Airbus, porque en el peor año de ventas de la industria aeronáutica en década y media, tenía que explicar a sus clientes que bueno, que en fin, que no, que no sabemos por qué se estrelló nuestro avión, ¿cuántos dijo que quería comprar? Sus tripulantes, porque sabían que podían ser los próximos. Y eso sin mencionar a las familias y amistades de las víctimas, que iban pasando de la resignación a la furia, y con sobrada razón.

En abril de 2010, diez meses después del accidente, lo intentaron otra vez. La cosa estaba tan caliente que se dejaron por fin de patrioterismos y contrataron a empresas de talla mundial expertas en rescate submarino. Por un lado, a la estadounidense Phoenix International, que acudió con el buque Anne Candies, un sonar avanzado de barrido lateral ORION y un vehículo submarino a control remoto (ROV) CURV-21, ambos propiedad de la Armada de los Estados Unidos. Por otro, a la noruega Swire Seabed, con el navío especializado Seabed Worker, tres vehículos submarinos autónomos (AUV) del modelo REMUS-6000 y otro ROV más. Además, consultaron las áreas de búsqueda con oceanógrafos no sólo franceses, sino también británicos, norteamericanos y rusos. Esta vez iban en serio de veras.

Seabed Worker, Noruega

El Seabed Worker, un buque noruego especializado en rescate a gran profundidad que se utilizó durante la tercera fase de la búsqueda del Air France 447. Foto: Swire Seabed. (Clic para ampliar)

Áreas cubiertas en la 3ª fase de la búsqueda del Air France 447, 02/04 - 24/05/2010

Áreas cubiertas en la 3ª fase de la búsqueda del Air France 447 entre el 2 de abril y el 24 de mayo de 2010, una vez más sin resultados. Imagen: BEA, Francia. (Clic para ampliar)

Ambos buques partieron de Recife (Brasil) el 29 de marzo e iniciaron la búsqueda el 2 de abril, en un área de 4.500 km2 al Norte de la última posición conocida del avión. Pese a todos sus medios, tampoco encontraron nada. La cosa empezaba a ser desesperante. Para acabar de arreglarlo, cuando regresaron a hacer una parada técnica en Recife el 28 de abril, se encontraron con que la Armada de los Estados Unidos necesitaba que les devolviesen el sonar ORION y el vehículo CURV-21 para una de sus operaciones militares. Y a los dueños de uno de los REMUS-6000, los alemanes del IFM-GEOMAR, también les hacía falta el suyo. La tercera intentona parecía condenada a acabar como las dos anteriores antes siquiera de terminar.

Entonces, Airbus y Air France salieron por fin al quite. Vamos, que se sacaron la chequera para financiar otras tres semanas de búsqueda con el material restante y otro sonar lateral. En total, barrieron un área de 6.300 km2 en distintos sectores al Norte y alrededor de la última posición conocida. Pero una vez más, sin éxito. ¿Dónde demonios estaba ese maldito avión?

Y llegaron los científicos.

Transcurrió otro año, que se dice pronto. Durante ese tiempo, una de las empresas a las que habían consultado, Metron Scientific Solutions de Estados Unidos, propuso una aproximación innovadora. Bueno, en realidad no tan innovadora, porque era un método que ya se había utilizado para localizar el naufragio del submarino nuclear USS Scorpion, hundido en 1968, o la bomba termonuclear que cayó frente a Almería en 1966.

Metron sugirió un nuevo juego de patrones de búsqueda basado en un método matemático teórico conocido como busqueda bayesiana, utilizando datos de la BEA francesa y la MAK rusa. Simplificándolo mucho, este es un método estadístico que permite asignar distintas probabilidades a cada cuadrícula de un mapa y dirige la búsqueda de mayor a menor probabilidad, retroalimentándose constantemente a sí mismo. Sobre esta idea, volvieron a intentarlo otra vez más. Y, con algunas lecciones ya aprendidas, en esta ocasión encargaron directamente el trabajo a la Woods Hole Oceanographic Institution de Massachusetts, una universidad y centro de investigación que se cuenta entre los líderes mundiales en ciencias marinas.

La WHOI se puso a ello con el yate M/V Alucia y tres vehículos autónomos submarinos REMUS-6000, estudiando un área inicial de 10.000 km2 en las zonas sin barrer o peor barridas durante las expediciones anteriores. Se hicieron a la mar desde Suape (Brasil) el 23 de marzo. Iniciaron la búsqueda siguiendo esas técnicas bayesianas el 25. Y apenas nueve días después, el 3 de abril de 2011, el Air France 447 apareció por fin:

Campo de restos del Air France 447 detectado por SSS, 03/04/2010.

Campo de restos del Air France 447 tal como fue detectado por uno de los vehículos autónomos REMUS-6000 de la Woods Hole Oceanographic Institution mediante sonar de barrido lateral, el 3 de abril de 2010, utilizando técnicas de búsqueda bayesiana propuestas por Metron Scientific Solutions. Foto: BEA. (Clic para ampliar)

Posición de los restos del AF447.

Posición de los restos del Air France 447. Puede observarse que los sumergidos se encontraban a apenas 12 km de su última posición conocida y 8 km a la izquierda de su ruta de vuelo prevista. Imagen: BEA. (Clic para ampliar)

Mientras la BEA y Air France y todo quisqui convocaban ruedas de prensa y demás, profesionales de todo el mundo se agolparon a mirar. Y se miraron un poco raro, porque la primera sorpresa fue que los restos del Air France 447 no se encontraban entre todas aquellas montañas submarinas, sino en una suave llanura de limo a unos 3.900 metros de profundidad; a apenas doce kilómetros de su última posición conocida y justo al lado de su ruta de vuelo prevista, un poquito a la izquierda. Habían pasado un montón de veces por encima. Estuvo ahí todo el tiempo, a la vista de cualquiera que mirase bien.

Vista frontal de un motor del Air France 447 tras su rescate del fondo del mar

Vista frontal de un reactor del Air France 447 tras su rescate del fondo del mar. Puede observarse a la perfección cómo los álabes de la turbina están fuertemente torcidos, indicando que el motor giraba a toda potencia cuando impactó contra el mar. Foto: BEA. (Clic para ampliar)

La segunda cosa que llamó la atención fue que, salvo por unos pocos fragmentos que habían ido a parar algo más lejos, el campo de restos era muy pequeño: apenas 600 x 200 metros, después de estrellarse con gran violencia y hundirse cuatro kilómetros. Esto confirmó que el Air France 447 hizo impacto contra la superficie de una sola pieza, sin ninguna desintegración significativa en el aire. El avión estaba entero cuando golpeó contra el océano.

No sólo eso. La primera inspección visual de los motores, gracias a las imágenes proporcionadas por los vehículos submarinos de la Woods Hole Oceanographic Institution, evidenció que las turbinas giraban a gran velocidad cuando se produjo la colisión. Sus álabes están torcidos de una manera que sólo puede explicarse si los reactores seguían en marcha a toda potencia cuando penetraron en el agua. En cuestión de horas, quedó prácticamente confirmado que el Air France 447 permaneció vivo y peleando hasta el último momento. No era un avión que hubiese sufrido algun gravísimo problema en el aire para luego caer como un ladrillo inerte al mar. Era un avión que continuó operativo, en marcha y al menos parcialmente controlado hasta el instante final. Todo lo cual no hizo sino engordar todavía más el misterio. ¿Qué hace que un avión perfectamente funcional se caiga del cielo así?

Francia envió inmediatamente al buque cablero Île de Sein con un vehículo submarino a control remoto Remora-6000 para iniciar la recuperación de los restos. Llegó el 26 de abril y ya durante la primera inmersión encontró el chasis de la registradora de datos (FDR), pero sin la cápsula de memoria, que hallaron el 1 de mayo. Y al día siguiente, a las 21:50 UTC del 2 de mayo de 2011, apareció la registradora de voz (CVR). Estaba en relativo buen estado, parcialmente hundida en el limo, pero de una sola pieza y con su baliza subacuática, sin nada encima que hubiera podido apantallar la señal. Después se comprobó que estuvo emitiendo pings como debía hasta agotar la pila. Que la primera búsqueda con el submarino y demás no fuera capaz de localizarla sólo evidencia la chapuza que fue.

Registradora de voces en cabina de pilotaje (CVR) del Air France 447.

La «caja negra de voz» (CVR) del AF447 tal como fue localizada en el fondo del mar. Puede observarse que está en bastante buen estado y con su baliza subacuática, que estuvo emitiendo «pings» hasta agotar la pila al menos un mes después del accidente. Imagen: BEA. (Clic para ampliar)

Toda la información de ambas cajas negras se pudo recuperar. Finalmente, todas las partes sustanciales del AF447 fueron localizadas con la siguiente distribución, y rescatadas del fondo del mar junto a (creo que) todos los cadáveres restantes, o lo que quedase de ellos casi dos años después:

Mapa de restos del Air France 447.

Mapa de restos del Air France 447. Imagen: BEA. (Clic para ampliar)

Bueno, y… al final, ¿qué les pasó?

Pues como siempre, varias cosas. Prácticamente ya no quedan accidentes aéreos que obedezcan a una sola causa. Este, además, tiene algo de Chernóbil: se origina en un problema de diseño, pero conocido y hasta tenido en cuenta en los manuales y procedimientos, que de modo casi incomprensible resulta agravado por los humanos a los mandos hasta que ya no les salva ni la caridad. Y digo casi incomprensible porque en realidad es muy comprensible, demasiado comprensible, como vamos a ver.

Ubicación de los tubos Pitot en un Airbus A330.

Ubicación de los tubos Pitot en un Airbus A330 como el Air France 447. Imagen: BEA. (Clic para ampliar)

El problema de diseño estaba en el sistema de tubos Pitot. Los tubos Pitot son un dispositivo que, en combinación con las sondas de presión estática, permiten calcular la velocidad con respecto al aire a la que va un avión: su referencia fundamental de velocidad, la que vale. En el caso particular del Airbus A330, hay tres tubos Pitot (llamados comandante, copiloto y standby) más seis sondas de presión estática.

La presión registrada en cada uno de estos tubos y sondas es digitalizada por los ADM (Air Data Modules) y procesada por los ADR (Air Data Reference) de unos dispostivos llamados ADIRU (Air data inertial reference unit). Estos ADIRU, en combinación con otros sensores como la unidad de referencia inercial (IR o IRU), proporcionan a los ordenadores del avión y sus pilotos las medidas esenciales de velocidad, ángulo de ataque, altitud, actitud y posición. De los ADIRU dependen un montón de sistemas críticos: los ordenadores de control de vuelo y el fly-by-wire, los de gestión de los motores, los de gestión de vuelo y orientación, el sistema de aviso de proximidad al suelo, el transpondedor y el sistema de control de flaps y slats. Y, por supuesto, los pilotos, que ya me dirás tú qué van a hacer si no saben su velocidad, ángulo de ataque, altitud, actitud y demás.

Como puede comprenderse fácilmente, esto es algo muy importante y en el caso del Airbus A330 va todo por triplicado. Si falla uno o incluso dos, siempre queda uno más. Además, existe otro dispositivo llamado ISIS (integrated standby instrument system) que utiliza sus propios sensores para proporcionar información de respaldo sobre velocidad, altitud y actitud, pero aún depende del tubo Pitot 3 («standby«) y su correspondiente par de sondas estáticas. De algún sitio tiene que tomar las referencias de presión exterior, no se las puede inventar.

No es ningún misterio que este es un sistema bastante complejo, pero necesario para los ordenadores volantes que son los aviones de hoy en día. En realidad es mucho más seguro y eficiente volar así que a la manera tradicional. Sin embargo, da problemas cuando uno o varios sensores suministran información inconsistente con los demás, normalmente debido a algún fallo técnico. Los ordenadores tienen problemas para saber qué datos son los buenos y cuáles son los malos, así que pueden inducir comportamientos anómalos. Esto había ocurrido varias veces en aviones tanto de Airbus como de Boeing (como por ejemplo el Malaysia 124 en 2005, un Boeing 777-2H6ER como el que se ha estrellado este fin de semana, y esto no quiere decir nada por el momento).

Daños en el vuelo Qantas 72 el 07 Oct 2008

Daños en el interior del vuelo Qantas 72 de Singapur a Perth (Australia), el 7 de octubre de 2008, tras una de estas descoordinaciones del ADIRU que provocó la desconexión del autopiloto y dos fuertes cabeceos no controlados. Se trataba de otro Airbus A330. Hubo 115 personas heridas entre pasaje y tripulación, con 12 de ellos presentando lesiones graves en cabeza y columna. La mayoría de esos agujeros que ves en el techo los hicieron las cabezas del pasaje que no llevaba abrochado el cinturón de seguridad. Fotos: Qantas. (Clic para ampliar)

No obstante, parece como si la implementación específica en el Airbus A330 hubiese sido especialmente delicada. Casi todos los problemas «menos leves» se habían dado en aviones de este modelo. Hasta lo del Air France 447 el peor incidente se produjo en el Qantas 72, otro A330, el 7 de octubre de 2008. Durante un vuelo de Singapur a Perth, un fallo en el ADIRU nº 1 provocó la desconexión del piloto automático, falsas alarmas de entrada en pérdida y sobrevelocidad y, lo más grave, dos bruscos cabeceos que hirieron a 115 de los 315 ocupantes, 12 de ellos graves. Más a menudo, el tema se saldaba con una simple desconexión del piloto automático y un rato de datos erróneos hasta que los pilotos humanos se aclaraban. Normalmente, cuando los ordenadores no saben a qué atenerse, lo que hacen es desactivar el piloto automático y pasar el control a manos humanas.

El problema era tan común que, salvo en algún caso extremo como el del Qantas 72, no hacía mucho más que levantar alguna ceja. Es llamativo observar cómo cuando el centro de operaciones de Air France en París recibió el chorro de mensajes ACARS del Air France 447 informando de problemas con los Pitot, los ADIRU y demás –lo que vimos al final del post anterior–, simplemente pasó de ellos. Ocurría tan a menudo que no disparó ninguna alerta. Y esta es una de las primeras causas del accidente del AF447: la normalización de una anomalía evidente. El problema no es tanto que si los tubos Pitot hacen tal o el ADIRU deja de hacer cual, sino un «ecosistema humano» que asume y normaliza una anomalía conocida y obvia pero potencialmente muy peligrosa hasta el punto de emitir directivas de aeronavegabilidad (como la FAA 2008-17-12 y la 2009-0012-E) o redactar procedimientos específicos para cuando se dé el caso.

Los problemas del Air France 447 se inician a las 02:10’03» de la madrugada UTC. Ese es el momento en el que sus tubos pitot se congelan, la instrumentación se altera, los ordenadores del avión empiezan a recibir datos contradictorios y hacen lo de costumbre: desactivar el piloto automático (anunciado con una alarma sonora) y reconfigurar el modo de control de vuelo manual a ley alterna. Este es un modo que reduce las limitaciones (protecciones) del piloto, permitiéndole así actuar con mayor libertad. Ni qué decir tiene que eso le da también mayor libertad para meter la pata mucho más a fondo.

Y la mete. Nadie sabe muy bien lo que pasó por la cabeza del piloto al mando en ese momento, pero hay dos cosas que están claras. Una que, mentalizados como iban para un tranquilo vuelo transoceánico, este incidente súbito les tomó totalmente por sorpresa, induciéndoles un alto grado de confusión. La segunda, que sobrerreaccionó. La desconexión del autopiloto provocó un alabeo (inclinación lateral) de +8,4º, pero él, al intentar compensarla, levantó excesivamente el morro del avión. Es posible que le confundieran las falsas indicaciones del sistema director de vuelo, también dependiente de los ADIRU. A gran altitud, levantar mucho el morro no es una buena idea. Te elevas rápidamente –el AF447 ascendió a 6.500-7.000 pies por minuto (1.980-2.130 m/min), una barbaridad– pero a costa de la velocidad en una región del aire donde la velocidad es extremadamente crítica, provocando una inmediata entrada en pérdida aerodinámica (stall). Con eso, el avión pierde la capacidad de sustentarse en el aire. La primera alarma de entrada en pérdida suena a las 2:10’10», apenas siete segundos después de la desconexión inicial del piloto automático. Con eso podemos hacernos una idea de lo rápido y sorpresivo que fue todo.

El caso es que ahora el avión se hallaba en una senda y actitud incompatibles con la seguridad del vuelo. Que después de subir se caía, vaya. Sin embargo, aún no estaban ni siquiera cerca de un accidente. La solución habría sido tan sencilla como agachar el morro (picar) para recuperar velocidad y sustentación y reestabilizarse a una altitud inferior. Esto lo sabe cualquiera que haya echado dos partidas al Flight Simulator. Y así lo indica en el informe técnico final: en este momento y durante al menos dos minutos más, habría bastado con descender en actitud morro-abajo de manera sostenida hasta salir de la pérdida y volver a estabilizar el vuelo. El hecho de que dos pilotos profesionales no realizaran una maniobra tan obvia evidencia hasta qué punto quedaron confundidos desde los primeros segundos (hay que recordar que no tenían visibilidad exterior.) De hecho, es posible que pensaran que tenían el problema contrario, de exceso de velocidad, cuyos síntomas se parecen a los de la entrada en pérdida (recordemos también que habían perdido las indicaciones de actitud y velocidad).

Existe incluso un procedimiento para esto: el de vuelo con velocidad indicada dudosa, que los pilotos entrenan y practican. Pero claro, en Chernóbil también había decenas de procedimientos y limitadores para impedir que un reactor nuclear con un alto coeficiente de reactividad positiva sufriera, precisamente, un embalamiento por reactividad positiva. Y eso fue exactamente lo que ocurrió, tras muchas horas de manipulaciones insensatas. Si los humanos no siguen los procedimientos, o deciden saltárselos a la torera, o simplemente están demasiado confundidos y desorientados para comprender que se encuentran en esa situación (cosa esta última que pasó tanto en Chernóbil como aquí), pues entonces no sirven para nada porque ni siquiera llegan a ponerse en marcha.

Cuando un avión empieza a irse, no se suele disponer de muchas horas, sino sólo de unos pocos minutos en el mejor de los casos. Es crítico que los pilotos reconozcan la condición de inmediato para poder adoptar el procedimiento que la corrige antes de que todo esté perdido. Normalmente, lo hacen. Por eso casi nunca pasa nada. Sin embargo, en esta ocasión no fue así. Ninguno de los tres pilotos que había en la cabina en ese momento, incluyendo a un veterano comandante de amplia experiencia como Marc Dubois (58 años, 10.988 horas de vuelo, que entró en la cabina poco después), supo reconocer la condición de velocidad indicada dudosa y entrada en pérdida aerodinámica. Me resulta escalofriante, entre otras cosas porque si se hubieran dado cuenta, como te digo, habría sido facilísimo de resolver.

Datos seleccionados de la FDR del Air France 447 durante los últimos 5'30" del vuelo.

Parámetros seleccionados de la «caja negra de datos» (FDR) del Air France 447 durante los últimos cinco minutos y medio de vuelo. Puede observarse cómo la velocidad computada queda alterada bruscamente al principio del suceso (a las 02:10’10») y acto seguido se produce un fuerte ascenso que incrementa el ángulo de ataque hasta los 40º, disparando la alarma de entrada en pérdida aerodinámica. Pese a las constantes maniobras de cabeceo, los pilotos nunca fueron capaces de entender lo que sucedía y el ángulo de ataque se mantuvo consistentemente por encima de los 35º hasta estrellarse en el mar. Fuente: BEA. (Clic para ampliar)

El caso es que el avión siguió cayendo, cabeceando con fuerte ángulo de ataque, la panza por delante y una embarullada interacción entre ambos pilotos. La sorpresa, la confusión y los nervios no sólo deterioraron su capacidad para comprender la situación, sino que desestructuraron rápidamente la coordinación en cabina. Un minuto y medio después el comandante que se había ido a descansar regresa alertado por los bruscos movimientos (con aceleraciones verticales de hasta 1,6 g y alabeo) que deben haber despertado y aterrorizado a todo el pasaje. Les pregunta qué hacen, qué pasa. La contestación del piloto no-al mando (Robert) resume el accidente a la perfección:

02:11:43,0 – Qu’est-ce qui se passe? Je ne sais pas, je sais pas ce qui se passe. (…) On a tout perdu le contrôle de l’avion, on comprend rien, on a tout tenté.

¿Qué pasa? No sé, no sé lo que pasa. (…) Hemos perdido totalmente el control del avión, no entendemos nada, lo hemos intentado todo.

No entendemos nada. Esa es la explicación (que no la causa) primaria del accidente. Ese es el motivo por el que no hicieron cosas tan obvias que sabe cualquier jugador de videojuegos de aviones. Aparentemente, sin indicaciones de velocidad, no creen que la alarma de entrada en pérdida sea real. Y el retorno del comandante a la cabina no lo arregla en absoluto. Por el contrario, parece inducir aún más nerviosismo y confusión. Hay que decir que en ese momento el avión, después del veloz ascenso provocado por la sobrerreacción inicial del piloto al mando, se encuentra más o menos a la misma altitud a la que estaba cuando él se marchó a descansar. Así que, como no ha visto la secuencia previa de acontecimientos, tampoco tiene motivos para creer que estén en una situación de pérdida aerodinámica («si estamos en pérdida, ¿cómo es que seguimos a la misma altitud que cuando me fui?»).

Saben que están cayendo, saben que llevan los motores acelerados a potencia de despegue (TO/GA), saben que cabecean con un ángulo de ataque letalmente alto pero en apariencia no se les ocurre en ningún momento que realmente están en pérdida completa a pesar de que las alarmas de stall  y otras más no paran de sonar (se ha sugerido que el exceso de alarmas sonoras en la cabina incrementó la confusión) y que el avión batanea (se sacude) sin cesar. En realidad, parecen mucho más concentrados en impedir que les alabee (que se les incline de lado). El avión está yéndose a estribor y describiría casi tres cuartos de vuelta antes del impacto.

Ahora con los tres pilotos en cabina, el Air France 447 cae por debajo del nivel 315 (31.500 pies, 9.600 m) sobre las 02:12. En ese momento el ángulo de ataque es de 40º, descendiendo muy deprisa, y eso ya no tiene tan fácil solución. En palabras del informe final de la BEA, a partir de ahí «sólo una tripulación extremadamente resuelta con una buena comprensión de la situación podría haber realizado una maniobra que quizá hubiera permitido recuperar el control de la aeronave. En la práctica, la tripulación había perdido casi por completo el control de la situación» y así siguió siendo durante otros dos minutos y dieciocho segundos más. El avión es una batidora que cabecea sin parar. El ángulo de ataque ya jamás volvió a bajar de 35º. Las penúltimas palabras registradas en la CVR, pronunciadas por el copiloto Pierre Cédric-Bonin, dejan poco margen a la duda:

02:14:23,7 – (!) On va taper. C’est pas vrai. Mais qu’est-ce qui se passe?

Memorias de la CVR del AF447.

Memorias de la registradora de voces en cabina (CVR) del AF447, recuperadas del fondo del mar, tras retirarles los blindajes y protecciones. Toda la información se pudo recuperar. Foto: BEA. (Clic para ampliar)

¡Nos vamos a estrellar! Esto no puede ser verdad. ¿Pero qué está pasando? Continuaban sin comprender nada. Pierre apenas había acabado de decir estas palabras cuando el Air France 447 con todas sus 228 vidas se estrelló violentamente contra el océano, de panza y con la cola por delante, siendo exactamente las 02:14:28,4 de la madrugada del 1 de junio de 2009. Fin de la grabación.

El informe final de la BEA lo explica así (las negritas y corchetes son míos, el resto es traducción directa del original):

3.2. Causas del accidente.

La obstrucción con cristales de hielo de los tubos Pitot era un fenómeno conocido pero poco comprendido por la comunidad aeronáutica en el momento del accidente. Desde una perspectiva operacional, la pérdida total de información sobre la velocidad con respecto al aire que resultó de este suceso era un fallo clasificado [previsto] en el modelo de seguridad. Tras unas reacciones iniciales que dependen de habilidades de pilotaje básicas, se esperaba que [la situación] fuese diagnosticada rápidamente por los pilotos y gestionada en lo que fuese preciso mediante medidas de precaución sobre la actitud de cabeceo y el empuje, tal como se indica en el procedimiento asociado.

Cuando se produjo este fallo en el contexto de un vuelo en fase de crucero, sorprendió por completo a los pilotos del AF447. Las dificultades aparentes con el manejo del avión a gran altitud entre turbulencias condujeron al piloto al mando a levantar el morro bruscamente y alabear en exceso. La [subsiguiente] desestabilización ocasionada por la senda de vuelo ascendente y la evolución en la actitud de cabeceo y la velocidad vertical se añadió a las indicaciones de velocidad erróneas y los mensajes ECAM, lo que no ayudó con la diagnosis. La tripulación, desestructurándose progresivamente, probablemente nunca comprendió que se enfrentaba a una “simple” pérdida de tres fuentes de información sobre la velocidad con respecto al aire.

En el minuto que siguió a la desconexión del autopiloto, el fracaso de los intentos por comprender la situación y la desestructuración de la cooperación entre tripulantes se realimentaron hasta alcanzar la pérdida total del control cognitivo de la situación. (…) El avión entró en una pérdida sostenida, señalada por la alarma de entrada en pérdida y un fuerte bataneo [sacudidas]. Pese a estos síntomas persistentes, la tripulación nunca entendió que habían entrado en pérdida y en consecuencia nunca aplicaron la maniobra de recuperación. La combinación de la ergonomía de diseño de las alertas, las condiciones en las que los pilotos de aerolínea son entrenados y expuestos a pérdidas durante su formación profesional y el proceso de entrenamiento recurrente no genera el comportamiento esperado con ninguna fiabilidad aceptable.

En su forma actual, dar por buena la alarma de entrada en pérdida, incluso cuando está asociada al bataneo [sacudidas], supone que la tripulación otorga un mínimo nivel de “legitimidad” [credibilidad] a la misma. Esto presupone una experiencia previa suficiente con las entradas en pérdida, un mínimo de disponibilidad cognitiva y de compresión de la situación, conocimiento de la aeronave (y sus modos de protección)  y su física de vuelo. Un examen del entrenamiento actual para los pilotos de aerolínea, en general, no aporta indicaciones convincentes de que se formen y mantengan las habilidades asociadas.

Tormenta convectiva en la Zona de Convergencia Intertropical que atravesaba el Air France 447 al inicio del accidente.

La tormenta convectiva en la Zona de Convergencia Intertropical que atravesaba el Air France 447 cuando se le congelaron los tubos Pitot, poniendo así en marcha el accidente. No obstante, esto es algo habitual y de hecho en ese mismo momento volaban por la zona otros doce aviones más que no tuvieron ningún problema, entre ellos el Air France 459, que venía detrás. Imagen: BEA. (Clic para ampliar)

Más generalmente, el doble fallo de las respuestas procedimentales planeadas pone de manifiesto los límites del modelo de seguridad actual. Cuando se espera que la tripulación actúe, siempre se supone que serán capaces de tomar inicialmente el control de la senda de vuelo y realizar una rápida diagnosis que les permita identificar el epígrafe correcto en el diccionario de procedimientos. Una tripulación puede verse enfrentada a una situación inesperada que les lleve a una pérdida de comprensión momentánea pero profunda. En este caso, su supuesta capacidad para dominar [la situación] al inicio y después realizar la diagnosis se pierde, y el modelo de seguridad queda entonces en “modo de fallo general.” Durante este accidente, la incapacidad inicial para dominar la senda de vuelo les hizo también imposible entender la situación y acceder a la solución planeada.

Por tanto, el accidente fue el resultado de:

  • Una inconsistencia temporal entre las mediciones de velocidad con respecto al aire, a consecuencia de la obstrucción de los tubos Pitot con cristales de hielo que, en este caso particular, causaron la desconexión del piloto automático y la reconfiguración del [control de vuelo] a ley alterna;
  • [La aplicación de] acciones de control inapropiadas que desestabilizaron la senda de vuelo;
  • La incapacidad de la tripulación para establecer un vínculo entre la pérdida de las velocidades indicadas y el procedimiento apropiado;
  • La identificación tardía por parte del piloto no-al mando del desvío de la senda de vuelo, y la insuficiente corrección aplicada por el piloto al mando;
  • La incapacidad de la tripulación para identificar la aproximación a la entrada en pérdida, su falta de respuesta inmediata y el abandono de la envolvente de vuelo;
  • La incapacidad de la tripulación para diagnosticar la entrada en pérdida y, como resultado, la ausencia de las acciones que les habrían permitido recuperarse de la misma;
Recuperación de la grabadora de voces en cabina (CVR) del Air France 447, 2 de mayo de 2011.

Arriba: recuperación de la grabadora de voces en cabina (CVR) del Air France 447 por el cablero Île de Sein y un robot subacuático Remora-6000 el 2 de mayo de 2011. Abajo: preparación para su transporte al laboratorio de análisis. Puede observarse cómo la conservan en agua salada, de tal modo que sufra las mínimas alteraciones adicionales posibles hasta su llegada al laboratorio. Fotos: BEA (Clic para ampliar)

Estos sucesos pueden explicarse mediante una combinación de los siguientes factores:

  • Los mecanismos de retroalimentación [de información] por parte de todos los implicados [el conjunto del sistema humano, no sólo los pilotos] que hicieron imposible:
    • Identificar que, repetitivamente, no se estaba aplicando el procedimiento para la pérdida de información sobre la velocidad con respecto al aire y remediarla.
    • Asegurar que el modelo [de gestión] de riesgos para tripulaciones incluía la congelación de los tubos Pitot y sus consecuencias.
  • La ausencia de entrenamiento para el pilotaje manual a gran altitud y en el procedimiento de “vuelo con velocidad indicada dudosa.”
  • Una [coordinación] de tareas debilitada por:
    • La incomprensión de la situación cuando el piloto automático se desconectó.
    • La pobre gestión del efecto sorpresa que indujo un factor de alta carga emocional en ambos copilotos.
  • La ausencia de un indicador claro en cabina que mostrase las inconsistencias en la velocidad con respecto al aire identificadas por los ordenadores.
  • La tripulación que no tuvo en cuenta la alarma de entrada en pérdida, lo que pudo deberse a:
    • Incapacidad para identificar la alarma sonora, debido al poco tiempo de exposición durante el entrenamiento a los fenómenos de  entrada en pérdida, alarmas de entrada en pérdida y bataneo [sacudidas].
    • La aparición al principio del suceso de alertas transitorias que pudieron considerarse espurias.
    • La ausencia de ninguna información visual que confirmase la aproximación a entrada en pérdida tras la pérdida de los límites de velocidad.
    • La posible confusión con una situación de exceso de velocidad, para la que el bataneo también se considera un síntoma.
    • Indicaciones del sistema director de vuelo que pudieron conducir a la tripulación a creer que sus acciones eran apropiadas, aunque no lo eran; y
    • La dificultad para reconocer y comprender las implicaciones de una reconfiguración [del modo de vuelo] a ley alterna sin protección de ángulo de ataque.

O sea (y esto ya lo digo yo):

  1. El diseño e implementación del sistema de tubos Pitot/ADR/ADIRU en el Airbus A330 era problemático, un hecho conocido y normalizado. Tanto es así, que el centro de operaciones de Air France en París ignoró los mensajes ACARS transmitidos automáticamente por los ordenadores del AF447 desde el Atlántico porque sucedía a menudo sin mayores consecuencias.
  2. El avión se encontraba fuera del alcance de los radares terrestres y en la práctica sin servicio de control de tráfico aéreo, o con el mismo reducido a un mínimo, pero esto era el procedimiento estándar en ese tramo de su ruta. No tuvo ningún efecto sobre los acontecimientos.
  3. La noche y el estado de la meteorología degradaban severamente o impedían la orientación natural de los pilotos (con sus ojos, vamos). Operaban por completo bajo condiciones de vuelo instrumental («a ciegas») y por tanto dependían totalmente de la fiabilidad de los instrumentos del avión.
  4. Pese a ello, las condiciones no eran peligrosas y de hecho había otros vuelos circulando con normalidad por la misma ruta u otras próximas. El Air France 447 operaba de manera estándar sin violar ninguna norma de seguridad aérea, orientado instrumentalmente, por su ruta, altitud y velocidad previstas. Ni la aeronave, ni la tripulación ni sus procedimientos presentaban ningún problema específico.
  5. Súbitamente, al congelarse los tubos Pitot, se produjeron diversos acontecimientos simultáneos (desconexión del piloto automático, reconfiguración del control de vuelo a ley alterna con la consecuente pérdida de protecciones y limitaciones, indicaciones anómalas en los instrumentos…) que tomaron completamente por sorpresa a los pilotos, mentalizados en ese momento para un largo vuelo de crucero a gran altitud.
  6. El avión no sufrió ningún otro problema técnico. Todos sus demás sistemas siguieron operando perfectamente hasta el momento del impacto final. Sus ordenadores comenzaron a transmitir automáticamente mensajes ACARS notificando las anomalías al centro de operaciones de Air France en París y siguieron haciéndolo hasta los momentos anteriores a la colisión.
  7. La tripulación técnica (los pilotos) no estaba bien formada para el vuelo manual a gran altitud en este tipo de circunstancias anómalas, sobre todo bajo el efecto de la sorpresa. El entrenamiento al respecto era inadecuado, insuficiente y no cubría numerosas posibilidades realistas.
  8. La instrumentación de cabina no incluía ningún indicador claro que permitiera a los ordenadores comunicar a los pilotos la pérdida de sincronía entre los datos procedentes de los tubos Pitot, lo que habría clarificado bastante la situación.
  9. Debido a la sorpresa y al entrenamiento inadecuado, la pobre reacción inicial del piloto al mando llevó al avión a una actitud anómala incompatible con la seguridad del vuelo a gran altitud.
  10. La veloz sucesión de estos hechos indujo a los pilotos un intenso estado psicológico de confusión y ofuscación con fuerte carga emocional. El rápido regreso del comandante a la cabina desde el área de descanso, aunque sin duda inspirado por un recto sentido de la responsabilidad, no tuvo ninguna utilidad práctica y sólo sirvió para aumentar aún más la confusión, en la que él también cayó.
  11. Este estado de ofuscación degradó rápidamente sus capacidades cognitivas y la coordinación entre ellos, llegando al extremo de no reconocer o reaccionar a algunas indicaciones obvias y tomar acciones contradictorias, mientras creían seguir actuando racional y coordinadamente.
  12. Debido a todo esto, cuando el avión entró en pérdida aerodinámica («comenzó a caerse») por causa de su actitud de vuelo anómala, los pilotos no creían que estuviese sucediendo realmente pese al disparo de la alarma sonora de entrada en pérdida y las características sacudidas (bataneo) que la acompañan, pero que también pueden darse en otras condiciones como el exceso de velocidad.
  13. Durante los cuatro minutos y veinticinco segundos que transcurrieron desde la desconexión inicial del piloto automático hasta el impacto final contra el mar, el estado de confusión y ofuscación de los pilotos no hizo sino incrementarse con el nerviosismo. Ninguno de ellos mostró indicios de comprender la situación real del avión o la severa degradación de su propio estado cognitivo. Todos creían estar haciendo lo correcto en un estado psicológico tenso pero bien ajustado y normal. Aparentemente en ningún momento se sintieron compelidos a sobreponerse, pues no percibieron que hubiera nada a lo que sobreponerse, sino que tan solo debían resolver la situación técnica a la que se enfrentaban.
  14. Como consecuencia de todo lo anterior, los pilotos nunca llegaron a entender lo que estaba sucediendo, el conjunto de sus reacciones fue inadecuado y el avión acabó por estrellarse en el mar, matando a todos sus ocupantes de manera instantánea o prácticamente instantánea. La mayor parte de sus restos acabaron sumergidos a gran profundidad.
  15. El «ecosistema humano» que envolvió al accidente no permitía la identificación y resolución eficaz de estas deficiencias y de hecho era bastante pasivo con las mismas.
Pierre Cédric-Bonin

El primer oficial Pierre Cédric-Bonin con su esposa. Esta es su verdadera foto y cualquier otra «graciosilla» que hayas podido ver por ahí, además de no ser él, es cosa de mamarrachos ignorantes como piedras. Foto: © Associated Press.

Así que ya ves. Ni un piloto idiota, como pretendieron algunos desalmados, incluso con fotitos de pésimo gusto (además de falsas) que me niego a enlazar; ni un comandante entretenido con una azafata como dijeron otros –claro, un comandante francés, qué iba a estar haciendo, jiji, jaja >:-( –, ni ninguna otra simpleza por el estilo. Como siempre en el mundo real, fue todo mucho más complejo y difícil. Desde mi punto de vista, de todas las causas del accidente definidas por la investigación técnica, doy la mayor importancia a dos: las notables deficiencias en el entrenamiento de los pilotos de Air France (y probablemente de muchas otras compañías) en esos momentos y la inexistencia de mecanismos eficaces para detectar numerosos problemas humanos y técnicos y corregirlos.

En mi opinión, el problema con los tubos Pitot fue secundario por mucho que iniciara la secuencia de acontecimientos que condujo al accidente. Como cualquier otra máquina fabricada por manos humanas, un avión en vuelo puede tener un problema con los tubos Pitot o con cualquier otra cosa. Precisamente para eso están los pilotos. Hoy en día o en breve plazo, el estado de la técnica permitiría tener aviones totalmente automáticos, sin pilotos, como los UAV militares. Mantenemos y con bastante seguridad mantendremos pilotos durante mucho tiempo justamente por si la técnica falla, por si la situación se sale de la envolvente de diseño concebida por los ingenieros. Para cuando todo sale mal, porque aún no sabemos hacer máquinas que reaccionen igual o mejor que un humano en tales circunstancias. Se dice a veces que un piloto (o un conductor de cualquier otro transporte público) se gana todo el sueldo de su carrera en diez segundos malos, y es verdad. Diez segundos, o cuatro minutos y medio, pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte para decenas o cientos de personas.

Simuladores de vuelo de CAE Inc.

Arriba: Simulador de vuelo CAE 7000 con control en todos los ejes para el Boeing 747-8F Jumbo. Abajo: Interior de un simulador de la misma compañía para el Airbus A320. Este tipo de formación puede llegar a ser costosa y consumir mucho tiempo de trabajo, pero es totalmente fundamental porque permite entrenar al piloto para situaciones extremas que difícilmente se dan en la realidad… hasta que se dan. Fotos: CAE Inc. (Clic para ampliar)

Pero para eso tienen que estar bien entrenados, y los pilotos del Air France 447 no habían sido bien entrenados. El «ecosistema» les traicionó. Tal entrenamiento, sobre todo cuando se realiza con simuladores realistas y ya no te digo con vuelo real, es caro y consume mucho tiempo durante el que el piloto «no está produciendo.» Así que siempre existe una presión para recortarlo o rebajarlo de cualquier otra manera. Es fundamental para la seguridad aérea que estas presiones no tengan éxito, por muy nerviosos que se pongan los contables.

Porque un personal insuficientemente entrenado, como los pilotos del AF447 o los operadores de Chernóbil, puede provocar el efecto opuesto: convertir un problema técnico conocido y documentado, y en el caso del AF447 relativamente menor, en una catástrofe. El accidente del AF447 no se inicia cuando se congelan los tubos Pitot, sino cuando el piloto al mando queda totalmente sorprendido y reacciona mal, sacando rápidamente al avión de la envolvente de vuelo seguro. Pero aún en ese momento podrían haberse salvado. Tuvieron casi cuatro minutos y medio antes de estrellarse. Al igual que en Chernóbil, la causa esencial del accidente fue la inmediata degradación cognitiva y la desestructuración rápida de la coordinación que se produjo como resultado de la sorpresa, la confusión y los nervios, a su vez consecuencia de un entrenamiento inadecuado.

Incluso aunque hubiesen hecho algo bien, habría sido por casualidad, como en «…sonó la flauta por casualidad.» Resulta imposible acertar si no sabes lo que está ocurriendo, si estás totalmente confundido y obcecado y ni siquiera eres consciente del hecho. Los seres humanos reaccionamos fatal ante la sorpresa y la acumulación rápida de tensión. Desde tiempo inmemorial, todo soldado sabe lo eficaces que son los ataques por sorpresa, cuanto más violentos mejor, precisamente porque confunden y obcecan al enemigo de tal modo que para cuando quiere reaccionar, ya ha sido derrotado. La única forma de evitarlo es, precisamente, un entrenamiento estricto, minucioso, motivador y eficaz que prevea el caso. El entrenamiento que no tuvieron los pilotos del Air France 447. Así, sufrieron un ataque por sorpresa de las circunstancias y ya no fueron capaces de reaccionar, atrapados entre el cielo y el mar. Más que ninguna otra cosa, eso fue lo que se los llevó y a las otras 225 personas que iban con ellos, también. Pues como es sabido desde muy viejo, del cielo y del mar no cabe esperar piedad.

***

NOTA IMPORTANTE: El accidente del Air France 447 y el del Malaysia Airlines 370 ocurrido este fin de semana, pese a todas sus similitudes aparentes, pueden obedecer a causas y circunstancias radicalmente distintas. Extrapolar conclusiones del uno al otro es una mala idea, al igual que formular conjeturas u opiniones antes de que se complete la investigación técnica. Nadie sabe todavía lo que le ha pasado al MH370, tardará algún tiempo en saberse y quien pretenda lo contrario, o miente o desconoce la profundidad de su ignorancia. Esta misma regla es aplicable a cualquier otro accidente de aviación y a todos los siniestros tecnológicos complejos en general. Muchas veces, incluso a los aparentemente simples, que luego resulta que no lo eran tanto.

***

A la pregunta: ¿Es seguro volar en un Airbus A330? Yo diría que sí, y de hecho yo mismo lo elijo si se da el caso. Precisamente, el éxito de la investigación técnica permitió introducir los cambios necesarios tanto en sus sistemas ADIRU como en la formación de los pilotos, de tal modo que es muy difícil que el mismo tipo de accidente pueda repetirse en este modelo. Me atrevería a decir que ahora antes sucedería en cualquier otro avión que en un A330, por lo demás una aeronave excelente. Justamente para eso sirven las buenas investigaciones técnicas: para corregir los problemas y así salvar incontables vidas futuras.

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Air France 447: Buscando cajas negras a 4.000 metros de profundidad (1)

Y con montañas submarinas, y tiburones, y de todo.

Quizá recuerdes que el 1 de junio de 2009 ocurrió una catástrofe aérea que nos dejó helados a todos. Quiero decir especialmente helados, porque los grandes aviones de hoy en día no se caen de los cielos sin más. Que no, que no, que ni en broma. Que un gran avión de pasajeros desaparezca por las buenas es cosa de los viejos tiempos. Y sin embargo, eso fue exactamente lo que le pasó al vuelo regular Air France 447 de Río a París, un moderno Airbus A330-203 con apenas cuatro años y pico de antigüedad y 228 personas a bordo. Así, tal cual.

Air France F-GZCP, Airbus A330-203

El avión del vuelo Air France 447, un Airbus A330-203 con matrícula F-GZCP. Fotografía tomada en el aeropuerto París – Charles de Gaulle dos años antes de su desaparición. Foto: Pawel Kierzkowski vía Wikimedia Commons.

A ver, lo primero para los puristas (como yo): sí, ya sé que caja negra se pone en cursiva, porque en realidad se llaman grabadoras o registradoras de vuelo y tal. Pero es que esto no permite poner cursivas en el título y me sobraban las comillas. En los aviones suele haber dos, como mínimo: la grabadora de voz en cabina de vuelo (cockpit voice recorder, CVR) y la grabadora de datos de vuelo (flight data recorder, FDR). La última vez que lo miré eran obligatorias, por EU OPS, en todas las aeronaves multi-turbina, con capacidad para más de 9 pasajeros o con peso máximo al despegue superior a 5.700 kg, y deben cumplir la norma EUROCAE ED-112.

CVR, FDR y memoria SSFDR

Arriba: una grabadora de voz de cabina de vuelo («caja negra de voz», CVR). Registra las comunicaciones con el exterior y todos los sonidos de cabina a través de un sistema de micrófonos y una derivación de las radios. Al medio: una grabadora de datos de vuelo («caja negra de datos», FDR). Según modelos, almacenan entre decenas y cientos de parámetros del avión, desde la altitud hasta la configuración de los motores, a través de las unidades de adquisición de datos de vuelo (FDAU). Antiguamente grababan en cinta, pero ahora lo hacen en memorias de estado sólido (abajo, una SSFDR -solid state FDR-) con protecciones adicionales de extrema resistencia. Resisten impactos de 3.400 g, incendios de 1.100ºC durante 1 hora seguido de otro de 260ºC durante 10 horas, pueden permanecer sumergidas en agua o cualquier otro medio hasta 6.000 metros de profundidad durante 30 días y muchas otras cosas. Las «cajas negras» son en realidad de color naranja chillón para facilitar su localización entre los restos de un accidente. Fotos: NTSB / Meggar vía Wikimedia Commons y BAE. (Clic para ampliar)

Esto quiere decir que la gran mayoría de avionetas y pequeños helicópteros, por ejemplo, no suelen llevar (las grabadoras son caras y pesadas, así que resultan difícilmente compatibles con las aeronaves ligeras). Por el contrario, todos los jetliners de pasajeros cargan ambas y en ocasiones, también cosas más avanzadas como las QAR. En aviones de combate y eso, lo que mande la superioridad para cada país. Normalmente se montan en la cola, lejos de los puntos de impacto primarios más típicos, de los grandes depósitos de combustibles situados en las alas y protegidas por las fuertes estructuras que sujetan los timones y otras cosas sólidas.

Este hecho y alguna evidencia estadística circunstancial (basada únicamente en accidentes investigados por la NTSB estadounidense) hace pensar a algunos que la mítica parte más segura de un avión es exactamente esa, la cola. Claro que cada vez que alguien dice esto, sale un accidente a desmentirle. En el mundo real, la diferencia es mínima. Tus (y mis) probabilidades de supervivencia en caso de accidente aéreo dependen sobre todo de la naturaleza del mismo y la manera como esté construida tu aeronave en particular. Una de las leyes de hierro de la aviación dice que, desde que una persona acompañó a otra a los cielos, a bordo de las máquinas de volar vamos todos juntos desde el señor comandante hasta el último bebé y o volvemos todos juntos, o sólo vuelven quienes decida el azar.

Desde hace ya muchos años, las cajas negras no sólo van a bordo de los aviones. También se encuentran, por ejemplo, en gran cantidad de instalaciones terrestres, como los centros de control de tráfico aéreo. Y en muchos otros sitios que no tienen nada que ver con la aviación, desde los trenes hasta instalaciones críticas como las centrales nucleares (cada cual según sus propias necesidades, como es de suponer). La idea de que en el peor de los casos siempre quede un testigo objetivo, insobornable e inconfundible para contarnos lo que pasó y evitar así que vuelva a ocurrir es ciertamente brillante.

Resulta imposible saber cuántas vidas se han salvado gracias a eso pero yo no tengo la menor duda de que son millones. Es por eso que las personas que trabajan bajo su ojo implacable no oponen mucha discusión. Bueno, y porque va con el curro, claro. No te creas, representa una grave cesión de la privacidad personal. ¿A ti te haría alguna gracia que tus hijos, o tus padres, o quien te importe en esta vida pudieran oírte morir maldiciendo porque algún hideputa le ha filtrado la grabación a un Murdoch cualquiera?

Grabadoras de vuelo recuperadas del avión presidencial polaco 101. MAK, Moscú, Rusia.

Grabadoras recuperadas del avión presidencial 101 de la Fuerza Aérea de Polonia, un Tupolev 154M, que se estrelló en Smolensko (Rusia) el 10 de abril de 2010 con la muerte de todos sus ocupantes. Como puede verse, estas eran todavía grabadoras soviéticas antiguas de cinta. La práctica totalidad de las voces y datos datos fue recuperada en las instalaciones del MAK de Moscú. Foto: Comité Interestatal de Aviación MAK, Rusia. (Clic para ampliar)

Que a veces ha ocurrido, ¿eh? Que una cosa es la transcripción, que en muchos países es un documento público de la investigación y a veces ya son duras, ya, pero tira que te vas, no se puede evitar y son útiles para aprender. Y otra muy distinta, la grabación. Imagínate a tu abuelo favorito, ese que está tan delicado de salud, o a tu hija pequeña escuchándola porque anda por ahí subida por Internet y no se han podido resistir, que son las últimas palabras de su papá adorado o su nieto favorito o su mejor amigo, joder, a ver quién no se obsesiona con eso. Este que te escribe opina que una vez finalizadas las investigaciones deberían destruirse todas las copias del audio por ley salvo que las familias de quienes salgan en ellas quieran una. Ya no le sirven a nadie para nada ético y sólo pueden causar dolor.

Al grano. A decir verdad las cajas negras también resultan un poquito inquietantes para muchos otros porque, claro, cada vez que una aeronave aterriza en más de un trozo hay otra caja que empieza a sumar. Es una caja registradora. Y no sabes –bueno, a lo mejor sí– lo muy deprisa que pueden empezar a acumularse los ceros a la derecha. Para empezar, el avión, que puede costar desde unos pocos millones para los más viejos y pequeños hasta varios cientos en el caso de los más grandes y nuevos. Por ejemplo, un Airbus A330 como era el Air France 447 no baja de 165 millones de euros, nuevo. Cualquier 320 de estos de ir a por el pan se te puede poner en 68 millones. Y un 380 gigantón, de los que no se ha estrellado nunca ninguno, y esperemos que jamás lo haga, se te puede subir a la parra hasta los 300 millones. Boeing anda con unos precios muy parecidos para lo que ofrece. Ya sabes, es un mercado, hay competencia.

Primera clase de Emirates (A380) y clase única de Ryanair.

Arriba: Una de las legendarias suites de Primera Clase en los Airbus A380 de Emirates. Sí, eso es un avión y se puede viajar así si tienes la pasta. Abajo: Un bebé duerme en la clase única de una low-cost, en este caso Ryanair, con este que te escribe sentado detrás. En los aviones volamos gentes de todo pelaje, algunas muy, muy humildes y otras que pueden llegar a costar muchísimos millones hasta después de muertas. Pero la ley de hierro de la aviación viene a decir que a los cielos subimos todos juntos y o bajamos todos juntos o de ahí arriba no vuelve ni Dios. Fotos: Emirates / La Pizarra de Yuri (Clic para ampliar)

Por ahí andan también los seguros de vida de quienes van a bordo, que puede oscilar desde el mínimo obligatorio de la inmigrante que iba a ver a su primer nieto con el pasaje de clase turista más económica hasta los múltiples y multimillonarios de ese financiero tan importante que viajaba en primera tomando Dom Pérignon, pasando por mucha gente como tú y como yo. Que quien más y quien menos, además del obligatorio de viaje, ha pagado el billete con la Visa (lo que muchas veces incluye un seguro de viaje adicional), tiene el personal de la hipoteca por ahí y una cosita que se hizo para los hijos una vez, por si las moscas. En un país desarrollado, cada difunto cuesta como poco medio millón de media, más los gastos. Y si quedan heridos o inválidos o eso, pues a pagar atención médica e indemnizaciones varias para los restos.

Luego están los seguros de equipaje y carga, que pueden subir otro pico, y eso suponiendo que el avión no transportase algún objeto realmente valioso. Cosa que no es tan rara. Cuando un objeto es muy valioso y no muy pesado o voluminoso, sale muy a cuenta y muy seguro mandarlo por avión, o incluso que un segurata de fiar lo lleve encima. Yo me sé de algún paquete de diamantes de los buenos que acabó en una marisma con los piedros esparcidos por el cieno a lo largo de varios kilómetros junto con el resto del avión y quienes iban dentro, en pleno Tercer Mundo. Porque claro, entre dos paraísos de primerísimo Primer Mundo muchas veces hay subcontinentes enteros de Tercer Mundo. En ocasiones, hasta las mismísimas alambradas de la frontera esa desde donde los de siempre defienden a los de siempre contra los de siempre. A veces pasa que a tus diamantes como bellotas les da por acabar al otro lado de la alambrada. Ve y busca. Otras veces hay océanos y cosas así. El caso es que ya te puedes imaginar cuántos se recuperaron. Me han dicho que al del seguro diamantífero le entró como una risa tonta cuando vio la nota. Así como con un tic, ¿sabes o qué?

Ahora suma las indemnizaciones por daños en tierra, si los ha habido. La investigación, que algunas se te pueden poner en treinta millones o más. Los costes jurídicos, porque va a haber juicios, y muchos y muy caros. Las pérdidas de rentabilidad futura. Los intangibles. Y alguien va a tener que pagar todo eso. Imagínate qué facturón. Alguna vez en que las cosas se complicaron y hubo años de juicios intercontinentales, demandas tejidas y fuertes indemnizaciones, pasó de mil millones. Sí, de euros, claro.

Unidades brasileñas recuperan la FDR del Gol 1907 en la selva del Mato Grosso.

Un go-team brasileño recupera la grabadora de datos del vuelo 1907 de Gol Transportes Aéreos, un Boeing 737-8EH que se estrelló en la selva del Mato Grosso el 29 de septiembre de 2006, tras una colisión aérea con un jet privado Embraer Legacy. El Boeing se desintegró en el aire y cayó a plomo sobre la selva desde 37.000 pies de altitud, pereciendo las 154 personas que iban a bordo. No obstante, puedes observar que la «caja negra» sólo presenta unas abolladuras en la cubierta exterior. Así de duras son. Foto: Alessandro Silva / Força Aérea Brasileira vía Wikimedia Commons. (clic para ampliar)

Pack de memoria interno de una "caja negra" con sus protecciones.

Pack de memoria interno de una grabadora de vuelo con sus protecciones puestas. Foto: Jeffrey Milstein – www.jeffreymilstein.com

Por cierto, una cosita. Que vamos, que supongo que sobra decirlo, y más a ti, ¡qué tonterías tengo! Pero si alguna vez por una de aquellas que pasan en la vida te encuentras una cosa de estas por ahí, no se te vaya a venir ninguna idea rara a la cabeza. Lo de NE PAS OUVRIR – DO NOT OPEN, o sea NO ABRIR, o sea no manipular de ninguna manera, va en serio. Serio como una cárcel. Llamas a la autoridad pública que te merezca más confianza y se lo comunicas sin tocarla. Si puede ser y no hay peligro, te quedas al lado cuidándola para que nadie le meta mano. Y si no hay ninguna autoridad pública disponible, pero ninguna, tipo área blanca en zona de guerra, entonces, y sólo entonces, la llevas con mucho cariño a un lugar donde la haya lo antes posible. Cuando la tengas en las manos, recuerda que ahí dentro van muchas vidas futuras en juego. Que yo ya sé que tú no vas a hacer nada raro, vamos, ni de coña. Está claro que tú no eres la clase de miserable hideputa o la piedra ignorante que hay que ser para andar jodiendo con una caja negra. Fijo que tú eres buena gente y con cabeza y estarás diciendo «el Yuri este, que cósas tiene» con toda la razón. Pero por si no habías caído y eso. Si por ejemplo tienes hijos o alumnos o esas cosas, también se lo puedes contar.

Bien. Idealmente, la investigación técnica no puede usarse para establecer responsabilidades (Art. 3.1 del Anexo 13 de la OACI; Art. 4.3 de la Directiva Europea 94/56/CE; Art. 12.2 de la Ley española). Sólo y únicamente para saber lo que pasó y corregirlo. Es eso lo que ha salvado tantas vidas. Porque claro, en el momento en que empezamos a determinar responsabilidades, la investigación se convierte en persecución y la gente deja de buscar la verdad para ponerse a salvar el culo. Pero si quieres salvar vidas futuras, la investigación técnica necesita descubrir la verdad o lo más parecido que sea posible. Si no se sabe lo que ha fallado realmente, no se podrá corregir. Y si no se corrigen los fallos, otra ley de hierro dice que el accidente puede volver a ocurrir en cualquier momento, cobrándose decenas o cientos de vidas más. En ocasiones, una y otra vez.

Caja negra del vuelo 93 de United Airlines.

Grabadora extremadamente dañada del vuelo 93 de United Airlines, el «cuarto avión» de los atentados del 11 de septiembre de 2001. El avión, un Boeing 757-222, se estrelló en un área rural del estado de Pennsylvania a alta velocidad (906 km/h), 40º de picado y boca abajo, desintegrándose por completo. Formó un cráter de 12 metros de diámetro y sus 44 ocupantes resultaron pulverizados. Arriba puede verse lo que queda del cuerpo y abajo, la cápsula con los datos, arrancada de cuajo. La práctica totalidad de los datos fue recuperada. Fotos: Departamento de Justicia de los Estados Unidos de América.

En la práctica, las investigaciones judiciales –las de cargar culpas– se apoyan a menudo en la investigación técnica, directa o indirectamente, lo que constituye un verdadero problema que suele acabar matando a más gente. La actual tendencia a criminalizarlo todo y endurecer las penas de todo no hace sino empeorar las cosas. (Ver aquí, aquí , aquí o aquí también) En el momento en que un profesional se ve obligado a responder a otro profesional «lo siento, pero para contestarte a eso tengo que hablar primero con mi abogado» tú ya sabes que va a morir más gente.

Este es un dilema de difícil solución porque bien, obviamente hay que establecer las responsabilidades. Entre otras cosas, para determinar qué compañía de seguros y sus reaseguradoras van a pagar esa factura monumental. Y los tribunales no suelen tener ni la capacidad científico-técnica ni la proclividad a realizar complejas investigaciones aeronáuticas, tanto más cuanto menos recursos tienen. Cuando la cosa degenera a considerar las aportaciones de los peritos de las partes, ya puedes contar con que nadie está buscando la verdad. Sólo están viendo a ver quién se come el marrón. Y tú te vas a hacerte un cubatita con un sentimiento de fatalidad de lo más molesto, pensando en si irán muchas criaturas en el próximo avión.

Sin embargo, mal que bien, el sistema funciona por una diversidad de razones. Una de ellas, y lo siento por los más cínicos, es que cuando hay vidas en juego mucha gente tiende a comportarse honorablemente, aunque sea recurriendo a algún subterfugio. Va en serio, la gente normal no suele sen tan perra y los profesionales que lo son siempre dejan algún huequecito libre para pasar un dato esencial. Otra es que los profesionales del vuelo saben que su propia seguridad depende de que se corrijan los fallos verdaderos. Una más, que para los fabricantes de aeronaves y las aerolíneas un accidente no resuelto o mal resuelto es pésima publicidad, sobre todo si se repite. No sería la primera vez que un accidente o una serie de accidentes han acabado con una línea aérea. Cuando tienen algún estado detrás, la misma credibilidad y prestigio de ese estado pueden verse afectados. Air France o British Airways estarán privatizadas, pero nadie ha quitado las palabras France o British de sus aviones. Y no hace falta decir lo que representan Boeing o Airbus para Estados Unidos y la Unión Europea, respectivamente.

La misteriosa desaparición del Air France 447.

Hablando de Air France y Airbus, como te dije al principio, durante la madrugada del 1 de junio de 2009 les pasó algo espantoso. Y a las 228 personas que iban a bordo del vuelo AF447 desde Río de Janeiro a París, ni te cuento. Lo impensable. Lo que a estas alturas ya no puede suceder. Que no, que no, que te lo dice el tío Yuri, que los grandes aviones de pasajeros modernos no desaparecen en la noche y el mar en plan Madagascar. Qué va.

Configuración de clase turista 2-4-2 de un Airbus A340-300 de Air France.

Clase turista de un Airbus A340-300 de Air France (configuración 2-4-2 nº2, parecida a la del A330-200). Foto: Mr. Guillaume Grandin vía www.seatplans.com

De sus 228 ocupantes, tres eran tripulantes técnicos (2 pilotos a los mandos y 1 de reserva), nueve tripulantes de cabina y el resto pasaje, incluyendo a siete menores de 12 años (1 infant y 6 children). Como curiosidad, entre los pasajeros adultos se encontraba el príncipe Pedro Luís de Orléans-Bragança, tercero en la línea de sucesión al desaparecido trono imperial del Brasil; los músicos de fama internacional Silvio Barbato y Fatma Ceren; y el activista contra el tráfico ilegal de armas Pablo Dreyfus, acompañado por su esposa. 228 personas son un pueblo medianín entero de gente. Más o menos como Villasrubias o Villaherreros o Alba, todos bien juntitos y apretados en una máquina de volar junto con 140.000 litros de combustible Jet A1 para reactores de aviación.

Terminal 1 del aeropuerto internacional de Galeão, Río de Janeiro, Brasil ( GIG / SBGL ).

La última tierra que pisaron los ocupantes del Air France 447: Terminal 1 de salidas internacionales del aeropuerto internacional de Galeão, Río de Janeiro, Brasil (GIG / SBGL). Imagen: Google Street View. (Clic para ampliar)

Ruta prevista del vuelo Air France 447, 31 de mayo - 1 de junio de 2009.

Ruta prevista del vuelo Air France 447, 31 de mayo – 1 de junio de 2009. Gráfico: Wikimedia Commons modificado por la Pizarra de Yuri. (Clic para ampliar)

Toda esa humanidad pisó tierra por última vez una tarde magnífica de primavera tropical, con una temperatura de 26ºC, visibilidad total, el sol brillando en un cielo muy azul con pocas nubes y suavísima ventolina del Norte (METAR SBGL 312200Z 34002KT 9999 FEW035 SCT100 26/18 Q1009=). Con un peso al despegue de 233 toneladas, el vuelo AF447 partió de la gran metrópoli brasileña en torno a las siete y media del 31 de mayo, hora local (22:29 UTC). Comandaba el capitán Marc Dubois, de 58 años, con 10.988 horas de vuelo y 1.747 en ese tipo de Airbus. Su copiloto era el primer oficial Pierre-Cédric Bonin (32 años, 2.936 horas de vuelo, 807 en el tipo). El otro primer oficial, David Robert (37 años, 6.547 horas de vuelo, 4.479 en el tipo), descansaba en el área de reposo situada detrás.

Enseguida ascendieron por encima de las nubes hacia los 35.000 pies de altitud, lo que vienen siendo unos 10,7 kilómetros, bajo la blanca luz del sol estratosférico. No pudo ser un despegue mejor, sin turbulencia alguna a pesar de unos cumulonimbos lejanos en el cielo azul profundo. Tras activar el piloto automático nº 2, la autotransferencia de combustible y el autoempuje, tomaron rumbo Norte-Noreste (028º) hacia Recife y el Atlántico para el largo viaje oceánico de 9.200 kilómetros hasta París-Charles de Gaulle. Ahí les esperaban sus familias y amistades diez horas y media después, de buena mañana. Vamos, como el viaje de Marco Polo, pero en línea recta, en apenas una noche, viendo pelis, tomando algo y echando una cabezadita en una burbuja de aire acondicionado de alta tecnología con el mundo a tus pies. El progreso. Conforme atardecía, la tripulación de cabina de pasajeros empezó a servir las cenas. Todo iba bien.

Amanecer a gran altitud sobre España.

Un amanecer estratosférico. Gélido, bellísimo, despiadado, letal, si no fuese por esas máquinas de volar tan cojonudas que los humanos sabemos hacer. En este caso, un Boeing 737-800. Algo muy parecido tuvo que ser la última visión del mundo de las 228 personas que viajaban en el Air France 447, sólo que al anochecer. Foto: La Pizarra de Yuri. (Clic para ampliar)

Sobre las 21:30 hora local (00:30 del 1 de junio UTC), aún sobrevolando las playas del Brasil, los pilotos recibieron un mensaje del centro de control de operaciones de Air France. Les indicaban que iban a encontrarse con tormentas convectivas vinculadas a la Zona de Convergencia Intertropical. Esto ocurre normalmente en las regiones ecuatoriales y no se le dio más importancia. De hecho, el informe procedía de uno de los otros doce vuelos que circulaban por la misma ruta u otras cercanas en esos momentos. El avión puede agitarse un poco, pero se atraviesa sin problemas y no pasa nada. Así pues, siguieron adelante. Desde las playas de Recife, una mulata guapa vio pasar una estela muy alta, muy blanca, muy lejos. Pero ni se fijó, claro. Por ahí pasan aviones constantemente. Qué te vas a fijar.

Cabina de vuelo de un Airbus A330-200

Cabina de vuelo de un Airbus A330-200 de Swiss. Foto: © C. Galliker. (Clic para ampliar)

Los ocupantes del AF447 divisaron tierra por última vez mientras se ponía el sol sobre Natal, a las 21:54 hora local (00:54 del 1 de junio UTC, METAR SBNT 010100Z 00000KT 9999 FEW018 24/24 Q1012=). Después, el avión se adentró en el Océano Atlántico, hacia el punto INTOL y la noche. Sobrepasaron INTOL a las 22:35 (01:35 UTC), a Mach 0,82 de velocidad. Ahí se pusieron en contacto por alta frecuencia con el control brasileño de la FIR Atlántico para notificar sus intenciones y hacer una prueba de comunicaciones SELCAL que salió bien. Sin embargo, no dio resultado un intento de conectar por ADS-C con su siguiente destino, la FIR Dakar-Oceánica. ya en el lado africano del Charco. Pero esto no tiene mayor importancia y continuaron su camino. Los controladores brasileños de FIR Atlántico fueron los últimos humanos que oyeron la voz de otro humano a bordo del Air France 447.

Tal como les avisaron, el tiempo empeoraba, con una tormenta eléctrica bastante espectacular. Los pilotos constataron que estaban penetrando en las nubes y tuvieron que oscurecer las luces de cabina para ver mejor los instrumentos. Pero sólo hallarían algo de turbulencia a las 22:45 (01:45 UTC), que cesó siete minutos después. En realidad, no ocurría nada anormal en esa clase de vuelos intercontinentales entre hemisferio y hemisferio donde las comunicaciones son inciertas y la meteorología, difícil. Tanto era así, que poco después el comandante Dubois fue a despertar al primer oficial Robert para que ocupase su puesto como piloto al mando e irse él a descansar.  Tras conversar los tres sobre la mejor manera de atravesar la tormenta, así lo hizo. Quedaron, pues, David Robert al mando y Pierre-Cédric Bonin de copiloto. Eran las dos de la madrugada UTC, y el Air France 447 se aproximaba al punto TASIL, muy océano adentro. A las 01:49, salieron del alcance de los radares de FIR Atlántico, alejándose aún más mar adentro, hacia las tinieblas durante unos veinte minutos más.

Últimos mensajes ACARS transmidos por el vuelo Air France 447, 01/06/2009 02:11-02:14 UTC

La famosa última ráfaga de mensajes ACARS transmitida automáticamente por los ordenadores del  vuelo Air France 447 entre las 02:11 y las 02:14 del 1 de junio de 2009 UTC. Texto completo y significado por orden de recepción: AUTO FLT AP OFF – Desactivación automática del autopiloto | AUTO FLT REAC W/S DET FAULT – Perdida la detección y corrección automática del viento en cizalladura | F/CTL ALTN LAW – Conmutación automática del control de vuelo de ley normal a ley alterna | FLAG ON CAPT PFD SPD LIMIT, FLAG ON F/O PFD SPD LIMIT – Las pantallas principales de ambos pilotos han perdido la indicación de límites de velocidad | AUTO FLT A/THR OFF – Desactivación automática del autoempuje | NAV TCAS FAULT – El sistema anticolisiones TCAS ha dejado de operar | FLAG ON CAPT PFD FD, FLAG ON F/O PFD FD – Las pantallas principales de ambos pilotos han perdido las indicaciones del sistema director de vuelo (flight director) | F/CTL RUD TRV LIM FAULT – El sistema de control de vuelo no puede limitar las acciones de los pilotos sobre el timón | MAINTENANCE STATUS EFCS 2, MAINTENANCE STATUS EFCS 1 – Notificación de mantenimiento para ambos sistemas de control electrónico de vuelo (EFCS) | EFCS2 1,EFCS1,AFS,,,,,PROBE-PITOT 1X2 / 2X3 / 1X3 (9DA),HARD – Los sensores de velocidad con respecto al aire presentan discrepancias superiores a 30 nudos entre sí en menos de un segundo | EFCS1 X2,EFCS2X,,,,,,FCPC2 (2CE2) / WRG: ADIRU1 BUS ADR1-2 TO FCPC2,HARD – El ordenador de control de vuelo (FCPC) ha dejado de aceptar datos de los sistemas de tubos pitot (ADR) | FLAG ON CAPT PFD FPV, FLAG ON F/O PFD FPV – Las pantallas principales de ambos pilotos han dejado de mostrar las indicaciones del vector de ruta de vuelo (FPV, «bird») | NAV ADR DISAGREE – Datos contradictorios en los sistemas de tubos pitot (ADR); el sistema electrónico de control de vuelo no los está aceptando | ISIS 1,,,,,,,ISIS(22FN-10FC) SPEED OR MACH FUNCTION,HARD – Datos de velocidad en el sistema de instrumentos combinados ISIS fuera de límites durante al menos 2 segundos | IR2 1,EFCS1X,IR1,IR3,,,,ADIRU2 (1FP2),HARD – La unidad de referencia de navegación inercial nº 2 considera que todos los datos de los sistemas de tubos pitot son inválidos | F/CTL PRIM 1 FAULT, F/CTL SEC 1 FAULT – Los ordenadores de control de vuelo primario y secundario han dejado de funcionar | MAINTENANCE STATUS ADR 2 – Notificación de mantenimiento para el sistema de tubos pitot (ADR) nº 2 | AFS 1,,,,,,,FMGEC1(1CA1),INTERMITTENT – Inconsistencias entre los canales del ordenador nº 1 de gestión, guiado y envolvente de vuelo (FMGEC) | ADVISORY CABIN VERTICAL SPEED – Aviso de velocidad vertical: cambio de altitud de más de 1.800 pies/minuto durante al menos 5 segundos. Pese a su tono ominoso, este tipo de transmisiones ocurrían a veces por problemas con los tubos pitot, se resolvían fácilmente y no dispararon ninguna alarma. Sin embargo, esta vez era una última transmisión. La máquina, que se lamentaba al morir. Imagen: Air France. (Clic para ampliar)

De pronto, algo ocurrió. Algo muy malo. Entre las 02:11 y las 02:14 UTC, los ordenadores de a bordo transmitieron automáticamente una ráfaga de mensajes de alerta a Air France por el sistema de telecomunicaciones ACARS, una especie de SMS aeronáutico que se recibe desde prácticamente todo el planeta. Fueron un total de 26 mensajes, indicando una serie de fallos y alertas en sistemas diversos, pero casi todos ellos relacionados con inconsistencias entre los sensores y las computadoras del avión que condujeron a una desactivación anómala del piloto automático. Dicho a lo sencillo: por una causa entonces desconocida los ordenadores están recibiendo datos contradictorios de los sensores, no saben a qué atenerse y devuelven el control a los pilotos humanos para que se aclaren.

Sin embargo, el centro de mantenimiento de Air France donde se recibieron estos mensajes tampoco les dio demasiada importancia. Al parecer, sucedía a veces cuando los aviones atravesaban tormentas, por problemas con los tubos Pitot. Ya hablaremos de esto. Así que no se activó ninguna alarma en ese momento.

Pasó un poco más de media hora. Noche en el Atlántico. A las 02:48 UTC los controladores de Dakar (Senegal) llaman a los de Sal (Archipiélago de Cabo Verde) para comunicarles que el Air France 447 debería estar llegando a su lado del océano, pero no tienen noticias. A las 03:54 Sal devuelve la llamada a Dakar. Dicen que tampoco está entrando a su zona a la hora prevista, ni se han puesto en contacto para modificar el horario. A las 04:07 Dakar y Sal vuelven a conversar, porque en sus pantallas están viendo llegar al siguiente vuelo (otro Air France, el AF459) pero no al AF447. Dakar pide al AF459 que intente contactar con sus compañeros a las 04:11. El AF459 lo intenta, pero no lo consigue, y a las 04:20 se lo notifica a Dakar y también a Air France, para que prueben ellos.

Durante la siguiente hora, las llamadas empiezan a multiplicarse entre Dakar-Oceánico, Sal, Canarias, Madrid, Francia y Brasil, cada vez más preocupadas. Air France lanza numerosos mensajes ACARS al AF447 y luego prueba a entrar en contacto con ellos por vía satélite. Los sistemas rechazan todos sus intentos. El receptor está offline. Ni personas ni máquinas saben nada del avión. Sobre las 05:20, Brasil-Atlántico dispara la primera alarma y pone en prealerta a su Servicio Aéreo de Rescate.

Poco a poco, la verdad sencilla se va volviendo evidente: el vuelo AF447 con sus 228 vidas ha desaparecido. Un escalofrío recorre tres continentes al amanecer. Lo impensable, que se esfume sin más un moderno jetliner lleno de gente dormida plácidamente, viendo pelis en sus sistemas de entretenimiento personal o llevando al baño a Clarita Eccard, de dos años de edad, acaba de suceder. Y nadie sabe ni dónde, ni cómo, ni por qué.

Próxima: Air France 447: Buscando cajas negras a 4.000 metros de profundidad (2)

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Así te persigue un misil.

¿Cómo lo hace una máquina para perseguirte con la furia gélida de los robots?


Un UAV georgiano Hermes 450 de fabricación israelí graba el instante en que fue derribado por un caza ruso MiG-29,
el 20 de abril de 2008, durante los prolegómenos de la última guerra entre ambos países.
El derribo, probablemente con un misil R-73 «Arquero», se produjo frente a la costa de la disputada Abjasia.
Ministerio del Interior de Georgia, Reuters

El bífaz Excalibur, hallado en la sima de Atapuerca.

El bífaz Excalibur, un hacha de 400.000 años de antigüedad hallada en Atapuerca. ¿Una ofrenda, un utensilio, un arma...? En todo caso, una herramienta.

A ojos extraterrestres, probablemente el rasgo más distintivo de la especie humana con respecto a los demás animales sería nuestra capacidad para construir herramientas. Somos mucho más capaces de construir herramientas –materiales e intelectuales– que cualquier otro de los terrestres, y encima sabemos utilizarlas para crear herramientas aún más complejas, en una carrera sin fin llamada tecnología. La historia de la humanidad es, sobre todo, la historia de su tecnología y del conocimiento acertado o equivocado que hay detrás: la filosofía, la religión, la ciencia.

Desde el principio, aplicamos esta capacidad a la construcción de armamento. Como cualquier otra especie biológica, la gente humana necesitamos cazar, defendernos, atacar. En esto no nos diferenciamos en absoluto de los demás vivientes: la violencia forma parte sustancial de nuestra naturaleza. Eso no es ni bueno ni malo; simplemente, es. Toda la historia de la civilización es la historia de cómo aprendimos a ir contra natura; a limitar, articular e incluso suprimir nuestra naturaleza en favor de un bien percibido mayor –la colectividad, el progreso, la justicia, la ley, el orden social, la prosperidad–, que a su vez forman parte de estas herramientas intelectuales con las que sabemos dotarnos.

Así, los actos de violencia adquieren en las sociedades humanas una dualidad extraña. Matar por razones individuales, egoístas, se convierte en un crimen: el homicidio, el asesinato. Matar por razones colectivas –la tribu, la nación, la religión, la clase, la política, la ley– pasa a ser un acto de heroísmo. El mismo individuo al que las turbas gritan «¡asesino!» durante su camino al juzgado para ser condenado por matar a veinte personas es llamado «héroe» durante el desfile de la victoria, por esas mismas masas, si sus veinte víctimas pertenecían al enemigo. Por lo que hoy es un espantoso crimen, mañana dan medallas. En ausencia de una ética universal, los actos humanos carecen de sentido y de valor moral por sí mismos: todo depende del contexto, de la ética local, de la narrativa, de la propaganda.

De este modo los creadores de armas nuevas –herramientas nuevas para la violencia– se suelen considerar geniales y magníficos cuando son de los nuestros o pérfidos y diabólicos cuando son de los ellos. Esto se observa desde que existen registros escritos, y sigue viéndose en la actualidad sin cambio alguno; por ejemplo, en las condenas a los países que intentan crear armas de destrucción masiva… por parte de países que poseen decenas de miles de armas de destrucción masiva. El argumento es siempre igual: lo nuestro está justificado (por nuestro contexto, nuestra ética local, nuestra narrativa, nuestra propaganda); lo de ellos no. Y viceversa, claro.

Siendo un poco más eclécticos, se comprende que el afán de crear armas nuevas capaces de aportarnos una ventaja decisiva contra ellos ha sido una constante en todas las sociedades humanas. Con alguna perspectiva histórica, la verdad es que a estas alturas nos importan bien poco los valores que defendía el bífaz Excalibur de Atapuerca, suponiendo que defendiese alguno. Los viejos lamentos de que la reintroducción de la ballesta en Occidente iba a acabar con la nobleza medieval, al permitir al plebeyo infante perforar la coraza del caballero montado, se nos antojan hoy anticuados y hasta risibles; entre otras cosas, porque los valores de la aristocracia feudal –que la ballesta, en efecto, contribuyó a destruir– ya no nos parecen dignos de mantener. Y qué decir de la pólvora. O la dinamita. O la industrialización de la guerra, que nos llevó al concepto moderno de guerra total. La historia de las armas es la historia de la tecnología, de la ciencia y del pensamiento de las sociedades que las crearon.

La literatura está llena de referencias a toda clase de anheladas armas mágicas a caballo entre la religión, la ciencia, la filosofía y la leyenda. Por ejemplo, las distintas espadas con nombre propio capaces de derrotar a incontables ellos: Tizona, Colada, Zulfiqar, Durandarte, Kladenets, Taming Sari, Kusanagi, la Excalibur artúrica. O las defensas mitológicas: Égida, Svalinn, los escudos de Ajax y Lancelot, el baño de Aquiles en el río Estigia. Y, por supuesto, lanzas y flechas que jamás fallaban su blanco: Gungnir, Gandiva, Gáe Bulga, el arco de Hércules. Inevitablemente fue la ciencia, y su hija la tecnología, quienes terminaron por crearlas. O al menos, cosas parecidas.

Soldados alemanes preparan un misil de crucero V-1 para su lanzamiento. Deutsches Bundesarchiv.

Soldados alemanes preparan una "bomba volante" o misil de crucero V-1 para su lanzamiento. Probablemente la V-1 nazi fue el primer misil operacional verdadero de la historia. Deutsches Bundesarchiv.

La flecha que nunca falla. O eso se pretende.

La idea de crear una especie de flecha capaz de perseguir a su blanco por sí sola habría puesto sin duda los ojos como platos a cualquier guerrero antiguo. Si además le hubiéramos contado que esa flecha se propulsaría a sí misma y destruiría el más grande de los barcos, la más resistente de las murallas y la más impresionante máquina bélica de ellos en un destello de fuego deslumbrador, o nos habría tomado por locos o nos habría pedido que siguiéramos contándole esa leyenda tan chula. Durante milenios, lo más parecido que tuvo la humanidad a un arma autoguiada fueron los perros de caza y combate y otros animales de uso militar.

Las primeras armas capaces de guiarse a sí mismas aparecieron durante la Primera Guerra Mundial. Se trataba, básicamente, de complicados mecanismos de relojería capaces de hacer que un avión o torpedo describiese una trayectoria prefijada antes de precipitarse sobre su blanco. Entre estos intentos primitivos se cuentan el torpedo volante del inventor estadounidense del piloto automático Lawrence Sperry, el Kettering Bug de este mismo país –a caballo entre lo que hoy en día llamaríamos un misil de crucero y un UAV– o los blancos aéreos británicos guiados por radio. Parece que los alemanes también intentaron alguna clase de torpedo guiado para su lanzamiento desde zepelines.

Durante el periodo de entreguerras fueron surgiendo conceptos cada vez más sofisticados, pero aún insuficientes para ser tomados seriamente en consideración por los militares. Entre estos se encuentran el Larynx británico y el GIRD-06 soviético de Sergei Korolev, que además de un autopiloto giroscópico incorporaba ya un pequeño cohete como impulsor. Pero no fue hasta mediados de la Segunda Guerra Mundial cuando las armas autopropulsadas y autoguiadas encontraron definitivamente su camino al frente de batalla. Sucedió en 1943, de modo casi simultáneo, con el torpedo alemán G7e/T4 Falke y el Mark 24 FIDO estadounidense. Ambos seguían el ruido subacuático emitido por sus blancos –buques y submarinos– y se demostraron tan eficaces que ya no hubo marcha atrás. Al año siguiente, 1944, la Alemania nazi ponía en servicio el primer misil de crucero real: la V-1. Y en septiembre de ese mismo año, el primer misil balístico eficaz: la V-2.

Tanto la V-1 como la V-2 utilizaban pilotos automáticos para alcanzar un punto determinado del territorio enemigo, por lo que no seguían al blanco, sino que atacaban objetivos estáticos (los misiles de crucero y los ICBM actuales siguen haciendo exactamente lo mismo, si bien con ayudas mejoradas a la navegación y mucha mayor precisión y eficacia). Su enorme visibilidad hizo que otros inventos alemanes capaces de perseguir a su blanco pasaran bastante desapercibidos en el imaginario colectivo. Así, pocos recuerdan al Fritz X, que hundió al acorazado Roma –buque insignia de la flota italiana– cuando ya se estaba pasando a los aliados; sin embargo, el Fritz X era un arma de telecomando, que seguía a su blanco gracias a las acciones de un operador humano, no de un sistema de guía autónomo.

Corbeta Komar disparando un misil P-15 Termit (SS-N-2 Styx).

Durante la Guerra de los Seis Días, el 21 de octubre de 1967, la Armada Egipcia hundió al destructor israelí Eilat con tres misiles P-15 Termit (SS-N-2 Styx). El lanzamiento fue realizado por dos corbetas Komar, sin salir del puerto de Port Said, a 17 millas de distancia. Fue la primera vez en que un buque resultaba hundido por misiles completamente autopropulsados y autoguiados, cambiando así la historia de la guerra naval. En la imagen, una corbeta Komar lanza un misil P-15 Termit. (Mały okręt rakietowy, Wydawnictwo MON, Varsovia, 1974)

El Ruhrstal X-4, que no llegó a entrar en servicio, pretendía derribar bombarderos también bajo el comando de un ser humano. Lo mismo cabe decir del Hs 293, que consiguió algunos éxitos antes de que los aliados aprendieran a interferir la señal de telecomando. Los antiaéreos Wasserfall y Feuerlilie también eran teleguiados, no autoguiados; ninguno de los dos estaba terminado cuando acabó la guerra. Más interesante resulta el Enzian. Aunque aún telecomandado, iba provisto con una guía final infrarroja denominada Madrid que dependía igualmente de la acción humana pero ya empezaba a apuntar hacia el futuro. Ninguno de todos estos conceptos llegó a tiempo para tener una influencia significativa en la Segunda Guerra Mundial.

Resulta difícil decir cuál fue el primer misil moderno verdadero, pues fueron el resultado de una evolución progresiva durante la Guerra Fría. También depende del tipo de misil del que hablemos. Se puede afirmar que la V-2 alemana ya era un misil balístico moderno verdadero; aunque le faltaban algunas características de los actuales (etapas y cabezas múltiples, guía astroinercial…), ya «hacía lo que tenía que hacer» y era dispara-y-olvida por completo. En sentido estricto, la V-1 también entraría en esta clasificación, como misil de crucero. Entre los misiles aire-aire, probablemente el honor corresponda a alguna versión del estadounidense AIM-9 Sidewinder.

Los tierra-aire, en cambio, tardaron más en desprenderse del telecomando humano; sistemas legendarios de la Guerra Fría como el SA-2 soviético o los Nike norteamericanos dependían por completo de sus operadores. Incluso las primeras versiones del S-300 y el Patriot utilizaban teleguiado parcial, que sigue usándose actualmente en algunos modos de operación. La mayor parte de misiles genéricamente llamados antitanque, contra blancos móviles terrestres, siguen dependiendo de algún sistema de puntería manejado por una persona. Los antibuque, en cambio, se independizaron desde por lo menos el P-15 Termit soviético (SS-N-2 Styx, en denominación OTAN). Y entre los aire-superficie hubo y hay una diversidad de soluciones, dependiendo de su función exacta. Veámoslo.

Misilística básica.

En sus idiomas originales –francés e inglés– la palabra missile viene del latín missilis («lanzable») y puede referirse a cualquier proyectil, incluso una piedra, arrojado deliberadamente o no. Sin embargo, hoy en día decimos que un misil es un tipo de arma aeroespacial autopropulsada y autoguiada. Así, se distinguen de los torpedos guiados (que no son aeroespaciales, sino submarinos), de las bombas guiadas o inteligentes (que carecen de propulsión autónoma), de los cohetes no guiados (artillería de cohetes, cohetes sin guía como los RPG, los LAW, los Zuni o las series S rusas) y de los lanzadores espaciales (aeroespaciales, autopropulsados y autoguiados, pero no armas en sí mismos).

Por centrar el post, vamos a estudiar los misiles que son capaces de seguir autónomamente a un blanco. Es decir, eso de las pelis: apuntas a algo, le lanzas un misil y te olvidas mientras el otro tipo hace lo que puede por evitarlo. ¿De qué manera puede una máquina perseguir a su oponente cual Terminator con trastorno obsesivo-compulsivo? Bien: todas ellas lo hacen husmeando sus emisiones.

Todo lo que existe, emite. Y además, emite radiación electromagnética. Tu cuerpo, por ejemplo, emite calor debido a sus procesos metabólicos; es decir, radiación térmica, en la banda del infrarrojo. También refleja la luz visible procedente del sol, la luna, las estrellas o cualquier fuente de iluminación artificial. Por eso se nos puede ver: los ojos son receptores de radiación electromagnética en la banda de la luz visible. Esta es, de hecho, la manera más antigua de localizar al enemigo utilizada por la humanidad: verlo.

Guía Avtomatika L-112E para el misil anti-radiación ruso Kh-31P (MAKS 2009).

Guía Avtomatika L-112E para el misil anti-radiación ruso Kh-31P de 1988. Actualmente han sido reemplazadas por las L-130. (MAKS 2009)

Empecemos con uno de los conceptos más fáciles: el misil anti-radiación. Los misiles anti-radiación se usan para atacar objetivos que están emitiendo voluntariamente, como los radares o los transmisores de radio y radiotelefonía. Los ejércitos modernos y las sociedades modernas en general dependen de una montaña de emisiones, desde los grandes radares de alerta temprana hasta los teléfonos móviles. Y todo lo que emite se delata a sí mismo. Usando tecnología similar a la de tu oponente, tú puedes detectar una emisora enemiga como mínimo al doble de distancia a la que esa emisora es eficaz, y por lo tanto atacarla desde el doble de distancia si tienes un arma con ese alcance. ¿Cómo puede ser esto?

Veámoslo con un ejemplo sencillo. Supongamos que tú vienes en un avión a atacarme a mí y yo quiero detectarte con un radar; ambos tenemos un nivel tecnológico similar. Yo enciendo mi radar, tú vienes hacia mí. Como las señales de radio (el radar usa señales de radio) reducen su intensidad con el cuadrado de la distancia, al principio estamos demasiado lejos y la señal pierde potencia hasta el punto en que no puede excitar un receptor a ninguno de los dos lados: ninguno detecta al otro. Tú sigues acercándote. A una distancia dada, mi señal mantiene intensidad suficiente para excitar los receptores que llevas a bordo: tú acabas de detectarme a mí. Pero la señal aún tiene que rebotar sobre ti y hacer el viaje de vuelta hasta mi radar, con lo que pierde demasiada intensidad durante el retorno y sigo sin detectarte: tú me estás detectando a mí, yo no te estoy detectando a ti. Me estoy delatando yo solito y tú puedes utilizar técnicas de radiogoniometría para ubicarme con gran precisión, y yo aún no te veo. Tendrás que acercarte mucho más, al menos a la mitad de distancia, para que mi señal rebote sobre ti y vuelva a mi radar con la intensidad suficiente para excitar mis receptores: sólo entonces te detectaré. Mientras te mantengas en la «segunda mitad» de la distancia que nos separaba en el momento en que me detectaste por primera vez, estás a salvo por completo salvo que mis receptores fueran mucho más sensibles que los tuyos.

Con receptores iguales, un blanco puede detectar al radar antes de que el radar lo detecte a él.

El cazador cazado: con receptores iguales, un blanco puede descubrir al radar antes de que el radar lo descubra a él. Teóricamente, aplicando la ley del inverso del cuadrado, al doble de distancia exacta. El blanco puede aprovechar esa diferencia para atacar al radar desde una distancia de seguridad donde no está siendo detectado. Si el avión encendiera su radar, perdería esta ventaja de inmediato. (Clic para ampliar)

Misil antirradiación estadounidense AGM-88 HARM.

Misil antirradiación estadounidense AGM-88 HARM, aire-superficie. La Fuerza Aérea Española equipa estos proyectiles con los cazabombarderos EF-18.

Evidentemente, desde esa «segunda mitad» de distancia puedes dispararme un arma con toda la tranquilidad del mundo. Y yo seguiré sin detectarte. Lo primero que veré de ti será… tu misil, directamente hacia mi posición. En un caso como este, decimos que mi radar está en modo activo (porque emite y recibe) mientras que tu avión está en modo pasivo (porque sólo recibe); mientras la cosa se mantenga así, tu avión tendrá una ventaja decisiva sobre mi radar.

Para ti, sería idóneo llevar ahora un misil anti-radiación de alcance suficiente para atacar mi radar sin entrar en su zona de detección. Un misil anti-radiación, en sus modelos más básicos, es un cohete con un receptor de radio que tiende a volar hacia el punto en que la radiación electromagnética (o sea, la emisión de radio o radar) es más intensa. Si siempre se dirige hacia el punto donde la radiación es más intensa, pues al final se encontrará… con la antena del radar, lógicamente. Bum.

Hay cosas que yo puedo hacer para evitar que tu misil anti-radiación me alcance. Por ejemplo, cambiar de frecuencia, a alguna que su receptor no logre captar. O simplemente apagar el radar unos minutos, con lo cual ya no podrá seguirme y se perderá. Debido a eso, los misiles anti-radiación modernos llevan receptores mejorados y sistemas de guía adicionales; por ejemplo, una segunda guía de tipo infrarrojo que «se enganche» al calor residual disipado por los equipos electrónicos del radar aún cuando ya esté apagado. E incluso un sencillo navegador inercial que mantenga la dirección de vuelo hacia las coordenadas donde detectó mayor emisión antes de que el radar se apagara.

Pero en términos generales, el ejemplo del misil anti-radiación nos sirve muy bien para entender el principio en el que se sustentan todos los misiles que persiguen al blanco: viajan hacia el punto donde la radiación característica emitida (o reflejada) por su objetivo es más intensa. Por simple teoría de campos, ese punto es el propio objetivo: un radar, una radio, un teléfono celular o satelitario, su estación base, cualquier cosa que emita de manera identificable.

El misil anti-radiación básico es también un buen ejemplo de un sistema de guía completamente pasivo. Esto es: la guía del misil no emite nada para localizar a su objetivo. Es el objetivo quien lo emite todo, delatándose así y ofreciéndole en bandeja una trayectoria al misil.

Misil anti-AWACS ruso R-37.

Misil aire-aire anti-AWACS ruso R-37. Fue desarrollado para destruir aviones-radar AWACS y otros C4ISTAR desde largas distancias (supuestamente hasta 400 km), tras detectar sus emisiones.

Quiero tu calor.

Este es el principio de funcionamiento de todos los misiles (y torpedos) provistos con guías pasivas: aprovechar una emisión inherente al blanco para localizarlo y perseguirlo. Desde el principio, se observó que las emisiones inherentes más interesantes desde el punto de vista militar eran el calor y el sonido. Todo lo que lleva un motor a bordo emite necesariamente calor y sonido; los equipos eléctricos y electrónicos también disipan calor.

Perfil de emisión térmica del MiG-27.

Perfil de emisión térmica de un avión táctico MiG-27 de 1975. La luz solar incidente es reflejada y re-emitida por la estructura y el material de la cabina, con intensidad dependiente de sus acabados. La parte posterior de la estructura, calentada por el motor, hace que el fuselaje trasero emita en banda de 4μ y la tobera en torno a 2μ. La "pluma" del reactor se expande y enfría detrás de la aeronave, absorbiendo algunas de las longitudes de onda más cortas emitidas por la tobera pero emitiendo en banda infrarroja más larga (de 4 a 8μ). La intensidad de la emisión viene generalmente definida por la temperatura, que a veinte metros detrás de la cola viene a ser de unos 100ºC sin posquemador y de 300ºC con posquemador. (Clic para ampliar)

Las ondas sonoras se transmiten mucho mejor en el agua que en el aire, y esa es la razón de que la mayor parte de los torpedos con guía pasiva se apoyen sobre todo en el sonido emitido por el blanco para alcanzarlo. La radiación térmica del calor, una forma de radiación electromagnética, se difunde mucho mejor por el aire que por el agua; y ese es el motivo de que un gran número de misiles aéreos aprovechen las emisiones infrarrojas del objetivo para atacarlo en el cielo o en la superficie. Casi todos los misiles pasivos aire-aire y una parte significativa de los aire-superficie utilizan guías infrarrojas para perseguir a sus blancos.

Las máquinas de volar son grandes emisores de radiación infrarroja. Un motor a reacción militar, por ejemplo, desprende mucho calor durante el vuelo; algunas partes del mismo alcanzan más de 1.000 ºC. A los ojos de una guía infrarroja, esto es un «destello en el cielo» casi tan brillante como el sol. Al igual que ocurre con los misiles anti-radiación en la banda de radio, un misil básico de guía infrarroja tiende a volar hacia la fuente de emisión electromagnética en la frecuencia infrarroja más intensa dentro de su cono de detección.

Uno de los trucos más antiguos para despistar a un misil de guía infrarroja fue posicionar tu avión contra el sol, de tal modo que el arma tendiese a buscar el punto más caliente (con más emisión térmica) del cielo: el astro rey. Así, el misil se olvidaba de tus reactores y se iba a perseguir un punto imposible del espacio exterior, quedándose sin energía rápidamente. En buena lógica, una de las primeras mejoras que se aplicaron a las guías infrarrojas de los misiles fue diseñarlas de tal modo que ignoraran al sol como fuente de radiación infrarroja.

Un misil aire-aire moderno de guía infrarroja pasiva está compuesto por cinco secciones principales. La sección de empuje es un motor-cohete de alta aceleración; los más avanzados disponen de tobera vectorizada para multiplicar su maniobrabilidad. La sección aerodinámica está compuesta por diversas aletas, canards y alerones móviles más sus mecanismos de control, encargadas de orientarlo constantemente en la dirección precisa; algunos disponen de desestabilizadores, con el propósito de incrementar la velocidad de reacción en maniobras ultrarrápidas. La cabeza explosiva consta de un cartucho detonante envuelto en metralla, normalmente provista con una espoleta de impacto convencional. También tenemos la espoleta de proximidad, que se encarga de hacer estallar la cabeza explosiva cuando no hay impacto directo, en el instante en que la distancia al blanco deja de reducirse. Y, por supuesto, el sistema de guía, con su sensor infrarrojo y toda la electrónica de control.

Esquema del misil aire-aire ruso R-73 (AA-11 Archer).

Esquema del misil aire-aire ruso con guía infrarroja pasiva todo-aspecto Vympel R-73 (llamado en Occidente AA-11 Arquero). La versión original de 1982 tenía 20 km de alcance, mientras que la más moderna R-73M2 es efectiva hasta a 40 km de distancia, con una velocidad de Mach 2.5; cada unidad cuesta entre 50.000 y 60.000 dólares (por el Sidewinder norteamericano, con 18 km de alcance, cobran $85.000). Este fue, probablemente, el misil empleado en el video que abre este post por el MiG-29 para derribar al UAV georgiano; los UAV, con su minúsculo motor a hélice, dejan una traza infrarroja muy débil y resulta conveniente acercarse para asegurar el tiro.

Buscador infrarrojo de un misil europeo Iris-T.

Buscador infrarrojo de un misil europeo Iris-T de 2005. Puede observarse el montaje en cárdan.

Los sensores infrarrojos modernos suelen ir montados en un cardán (gimbal) para incrementar su capacidad de detección fuera de eje (off-boresight). Así no es preciso que el misil o el avión lanzador estén apuntando en la dirección general del blanco todo el tiempo, sino que pueden desviarse para optimizar la aproximación o atacar desde un lateral o desde altitudes muy distintas. El R-73 original de 1982 tenía una capacidad off-boresight de 60º, el Sidewinder AIM-9X de 2003 la mejora a 90º y el R-73M2 llega hasta 120º. Esto les permite también mejorar su navegación proporcional, aumentando las posibilidades de derribar blancos en alcances extremos o ángulos difíciles.

Las guías infrarrojas del presente son también todo-aspecto. Antiguamente, la guía tenía que apuntar directamente a la fuente de calor para «engancharse» (blocar) adecuadamente al blanco; esto significaba que era preciso lanzar el misil desde un estrecho cono detrás del objetivo, donde la emisión térmica de sus motores resulta más intensa. Las actuales, mucho más sensibles, pueden ver el calor del blanco desde cualquier ángulo; esto permite, por ejemplo, disparos frontales de gran alcance o realizados durante fuertes maniobras donde el ángulo relativo al eje del blanco varía brutalmente. Para lograrlo, han sustituido los tradicionales sensores infrarrojos de sulfuro de plomo (PbS) por otros fabricados con antimoniuro de indio (InSb) o telururo de mercurio-cadmio (HgTeCd, MerCad), refrigerados con nitrógeno líquido u otros gases comprimidos. Junto a una aerodinámica y un cobertor frontal mejorados, que reducen el calentamiento del propio misil al acelerar a velocidades supersónicas, estos nuevos sensores les permiten ver señales más tenues y/o a mayor distancia.

La mejor manera de engañar a un misil de guía infrarroja es enfrentándolo a otras fuentes de calor que se confundan con las del blanco. Además del truco solar mencionado más arriba, la más clásica era instalar una rejilla desprendible en la tobera, que se separaba durante la aproximación de un misil mientras el avión realizaba un brusco viraje para salirse de su campo de búsqueda. Así, el misil tendía a seguir persiguiendo la rejilla caliente, en vez de al avión. Poco después llegaron las bengalas, que arden a miles de grados y por tanto ofrecen al buscador una fuente térmica mucho más intensa que el blanco.


Dos cargueros C-130 Hércules de la Fuerza Aérea Estadounidense disparan bengalas durante una exhibición,
con su característica forma de «alas de ángel».
El propósito de estas bengalas es ofrecer fuentes de calor alternativas a los misiles de guía infrarroja para confundirlos.

Los avances en las cabezas buscadoras infrarrojas han ido convirtiendo progresivamente estas defensas en obsoletas. Por ejemplo: los sensores antiguos eran monocromáticos, esto es, ajustados para ver en una sola frecuencia; típicamente en torno a la longitud de onda de 4,2 μm, correspondiente a la emisión característica del CO2 caliente a la salida de un reactor. Esto era relativamente sencillo de confundir con bengalas que emitían calor en una frecuencia muy parecida. Después aparecieron los sensores bicromáticos, que ven también en la longitud de onda entre 8 y 13 μm, donde la absorción del aire es menor y por tanto la radiación llega más lejos. En la actualidad, claro, ya los hay policromáticos: observan en estas dos bandas y en otras donde las bengalas responden peor, por lo que se distinguen mejor de los gases y el fuselaje caliente del blanco.

Contramedida infrarroja direccional AN/AAQ-24V Nemesis.

Contramedida infrarroja direccional (DRCM) AN/AAQ-24(V) "Nemesis" de Northrop Grumman, para inducir confusión en los misiles con guía infrarroja mediante el uso de señales direccionales láser. Se suele equipar en cargueros, aviones ligeros y helicópteros, especialmente frágiles a esta amenaza.

Otro problema tradicional con estas guías se producía al aproximarse al objetivo. Los buscadores antiguos utilizaban modulación por amplitud para determinar la posición angular del blanco con respecto a la del misil, y por tanto indicar a éste cuánto debía virar para echársele encima. Durante el tramo final, esta técnica daba problemas porque el mayor tamaño percibido del blanco provocaba una señal más fuerte, conduciendo a errores de cálculo que además podían utilizarse para engañar al proyectil con bruscas maniobras que cambiaban el aspecto del objetivo. Este problema se resolvió cambiando a frecuencia modulada, que permite discriminar correctamente la distancia sin dejarse confundir por el tamaño aparente.

En cuanto a la manera como el sensor busca, del barrido por giro se pasó al barrido cónico y hoy en día a la composición digital; en estas guías de última generación, el sensor es una especie de cámara CCD infrarroja-ultravioleta que compone constantemente un mapa tridimensional de la posición del misil y la de su blanco en el ordenador de a bordo del primero. El perfil de vuelo de un avión o un helicóptero es muy distinto al de una bengala, por lo que el misil puede distinguir entre ambos y atacar al correcto.

Más allá de las bengalas, existen perturbadores para inducir errores en el análisis de la señal infrarroja del misil. Estos sistemas, llamados genéricamente contramedidas infrarrojas o IRCM, constan de una fuente de radiación infrarroja modulada con una intensidad mayor que la de los motores y superficies del blanco. Esta señal de modulación alterada introduce confusión en la cabeza buscadora y puede provocar un desblocaje; entonces, es más probable que el misil vuelva a blocarse contra una de las bengalas que se disparan simultáneamente. El problema es que, si este truco no sale bien, la guía del misil tiene una fuente infrarroja inmejorable en la propia contramedida, típicamente fijada al objetivo. Los misiles modernos están diseñados para hacer un blocaje contra el perturbador (lock-on-jam) en cuanto detectan esto, conduciendo a un derribo prácticamente seguro.

DRCM Sukhogruz montada en la cola de un Sukhoi Su-25T.

Otra DRCM: la Sukhogruz, montada en la cola de un Sukhoi Su-25T.

Para mejorar esto se están creando nuevas contramedidas, las DRCM y CRCM, que utilizan a su vez un sensor infrarrojo para detectar el calor del misil en aproximación y un láser para inducirle directamente las señales espurias en el sensor. Y los diseñadores de guías infrarrojas para misiles disponen ya de nuevas técnicas con el propósito de suprimirlas e incluso aprovecharlas. En general, el más mínimo cambio o error puede transformar una de estas contramedidas por emisión (IRCM, DRCM, CRCM) en una estupenda baliza infrarroja que atraiga al misil con mucha más eficacia que si no se estuviera usando; por ello, el uso de estas contramedidas debe medirse cuidadosamente, caso por caso y situación por situación.

Guías activas.

Como hemos visto, las guías pasivas dependen de las emisiones inherentes al blanco para perseguirlo hasta su destrucción. Son extremadamente eficaces y, más importante todavía, no se delatan de ninguna manera hasta que ya están prácticamente encima del objetivo. Sin embargo, tienen sus limitaciones. Aunque resultan óptimas para atacar blancos que emiten intensamente (como un radar terrestre o áereo, tipo AWACS), presentan más problemas a la hora de perseguir objetivos que no emiten tan intensamente de manera natural. Por ello, los misiles infrarrojos más avanzados y de mayor alcance pueden atacar a un máximo de 40 km aproximadamente. A distancias superiores, las emisiones inherentes al blanco se disipan demasiado como para poderse detectar.

La solución resulta obvia: forzar al blanco a emitir con más intensidad o al menos de una manera que se pueda localizar a mayor distancia. Esto se consigue realizando nosotros una emisión que rebote en el blanco y retorne a nuestros receptores: el radar en el aire (aprovechando la mejor difusión aérea de las ondas electromagnéticas), el sonar bajo el agua (aprovechando la mejor difusión submarina de las ondas sonoras). Ya dijimos más arriba que todo lo que emite voluntariamente está en modo activo; y, en el momento en que lo hace, se puede detectar a su vez.

Componentes de un sistema antiaéreo ruso Almaz-Antey S-400.

Componentes de un sistema antiaéreo ruso Almaz-Antey S-400, que entró en servicio en 2007. De izquierda a derecha, vehículo de mando 55K6E, radar móvil de adquisición 96L6, radar móvil de tiro 92N2E y vehículo TEL lanzamisiles 5P85TE2. Además de este "set básico", hay otros componentes adicionales, entre ellos el radar pasivo ucranio Kolchuga. El S-400 podría atacar blancos hasta a 400 km de distancia con el misil hipersónico 40N6.

Los sistemas de telelocalización y seguimiento activos presentan una ventaja sustancial: yo controlo las características de la señal, lo que incrementa enormemente el alcance y precisión a largas distancias. Todas las guías pasivas tienen que pelearse con un montón de incertidumbres sobre la naturaleza del blanco y las señales que emite bajo una multitud de circunstancias distintas; por ello, sólo se aclaran bien a una distancia relativamente corta, donde esas señales llegan ya con mucha nitidez e intensidad. Usando un radar o un sonar, en cambio, obligo al objetivo a reflejar y re-emitir una señal conocida y bien determinada cuyas alteraciones puedo estudiar para mayor información.

Y la desventaja ya mencionada: todo sistema activo se delata a sí mismo al menos al doble de distancia de la que puede detectar y/o atacar. En el campo de batalla moderno, encender un radar (o cualquier otro transmisor) equivale a chillar: «¡estoy aquí!». En la actualidad existen los llamados radares de baja probabilidad de intercepción («radares furtivos»), como los que equipan el caza norteamericano F-22 Raptor (el AN/APG-77) o los antiaéreos rusos S-300PMU2 y S-400. Estos «radares furtivos» utilizan una diversidad de técnicas para reducir la posibilidad de que los detecten, localicen o ataquen, como el uso de onda continua con ancho espectral ampliado mediante rápidos saltos de frecuencia, reducir la potencia al mínimo imprescindible, usar un haz muy estrecho con gran control sobre los lóbulos laterales y posteriores o introducir los llamados radares pasivos (que no son un verdadero radar porque no emiten nada, pero pueden detectar señales emitidas por otros a grandes distancias).

Guía por radar activo del R-77 original.

Guía por radar activo del R-77 (RVV-AE, AA-12 Adder) original de 1994 (MAKS 2009).

Existen dos grandes categorías de misiles con guía radar: los activos y los semi-activos. Los misiles activos son del tipo «dispara y olvida» por completo: van provistos de su propio radar y lo usan para localizar y perseguir al blanco. Normalmente van equipados con un sistema adicional de navegación inercial, para recorrer partes de su trayectoria sin delatarse encendiendo el radar. Entre estos se encuentran algunos de los misiles más conocidos: los aire-aire de alcance medio AMRAAM y R-77 o antibuques como el Exocet,  el Harpoon o el Raduga Kh-15.

Estos misiles tan chulos y famosos tienen un problema: son pequeños. Más exactamente: sus antenas son pequeñas para que quepan en ese diámetro, y tampoco pueden cargar una enorme cantidad de electrónica, al menos en comparación con sus blancos. Por ello, cuando el «dispara y olvida» no resulta estrictamente necesario, se utilizan guías semiactivas. En una guía semiactiva, la señal principal es suministrada por un radar grande (un radar terrestre, naval o aéreo; por ejemplo, el radar del avión lanzador o un AWACS) y el misil se limita a captar el rebote y dirigirse hacia él. Así son, por ejemplo, los famosos antiaéreos Patriot y S-300/S-400. Ambos utilizan diversas combinaciones de modos semiactivos y activos; en la más básica, el misil es guiado hacia su blanco por una señal semiactiva emitida por sus potentes emisores terrestres  o áereos y usa su propio radar sólo para la aproximación final (homing).

La contramedida más antigua frente a este tipo de sensores es el chaff, ya utilizado contra los primeros radares, durante la Segunda Guerra Mundial. Sigue siendo sorprendentemente eficaz, y hasta los ICBM más avanzados lo incorporan tal cual o en forma gaseosa. Básicamente, se trata de cintas o hilillos metálicos que producen una miriada de rebotes en el radar, haciendo desaparecer la imagen en una neblina de incertidumbre. O, cuando se usa en un vehículo, generando un «segundo blanco» producido por los reflejos de la nube de chaff detrás del auténtico.

Casi setenta años después, sigue sin existir un método totalmente seguro para contrarrestar la eficacia del chaff. El más básico es medir la velocidad de los blancos detectados: la nube de chaff tiende a decelerar rápidamente detrás del blanco, lo que ayuda a distinguirla. Esto funciona bien con aviones pero mal con objetivos más lentos, como los barcos. Otro método consiste en hacer que el buscador del misil reaccione sólo ante las señales que proceden de un pequeño espacio alrededor del blanco, ignorando así el chaff que queda detrás; pero esto, además de reducir las capacidades todo-aspecto del buscador, se puede confundir utilizando lo que se llama un gate-stealer, que desplaza la señal rebotada por el blanco hacia la nube de chaff.

Este gate-stealer (¡es que no hay forma de traducirlo!) es una de las varias contramedidas posibles contra un misil guiado por radar. Casi todas ellas se basan en inducir señales falsas en el radar atacante y adolecen del mismo problema que ya vimos en los infrarrojos: cuando funcionan bien, funcionan muy bien; pero cuando funcionan mal, constituyen una emisión adicional que regala al misil un blanco perfecto (home-on-jam). Y, claro, no es posible predecir cuándo va a salir bien y cuándo va a salir mal.

En los años ’80 del pasado siglo, el misil francés Exocet se labró una fama curiosa atacando con éxito diversos buques civiles y militares; estos últimos iban equipados, obviamente, con numerosas contramedidas. Durante la Guerra de las Malvinas (1982), el destructor británico HMS Sheffield resultó destruido por uno de estos misiles y el HMS Glamorgan, gravemente dañado a manos de otro. También destruyeron al portacontenedores MV Atlantic Conveyor, cargado hasta las antenas con material militar, y los argentinos juran y perjuran que lograron al menos un impacto parcial en un portaaviones. Sea cierto esto último o no, el Exocet fue la única arma verdaderamente eficaz para la Argentina durante este conflicto. Tanto el Sheffield como el Glamorgan y los portaaviones estaban provistos con lanzadores de chaff, contramedidas electrónicas diversas y primitivos misiles anti-misil Sea Dart.

Durante la Guerra entre Irán e Iraq (1980-1988) Saddam era aún uno de nuestros chicos y estaba provisto con gran cantidad de armamento occidental. Sus misiles Exocet causaron una pesadilla en la navegación del Golfo Pérsico que vino a conocerse como la Guerra de los Petroleros; entre otros, hundieron al buque más grande jamás construido, un superpetrolero ULCC entonces llamado Seawise Giant. El 17 de mayo de 1987, un Mirage F1 iraquí –aparentemente por error– le endiñó dos de estos Exocets a la fragata estadounidense USS Stark, matando a 37 ocupantes. El gringo no se hundió por el sencillo hecho de que le arrearon bastante por encima de la línea de flotación y sus tripulantes lograron hacerse con los incendios y las vías de agua, pero el buque había quedado inutilizado por completo y la chapa y pintura costó 142 millones de dólares. La USS Stark iba provista con un sistema de defensa terminal Phalanx, un módulo de chaff y contramedidas automatizadas SRBOC, así como misiles Standard con posible uso marginal como defensa antimisil. Le sirvieron de lo mismo que al Sheffield y al Glamorgan: de nada.

La fragata estadounidense USS Stark escora tras ser alcanzada por dos misiles Exocet.

La fragata estadounidense USS Stark escora a babor tras ser alcanzada por dos misiles iraquíes Exocet de fabricación francesa, el 17 de mayo de 1987. (US Navy)

¿Cuál fue la clave del éxito del Exocet? Fácil: ninguno de sus blancos lo vio llegar. En todos los casos, el único preaviso fue un marinerito berreando despavorido aquello de «¡misil por babor!». Bueno, en todos no: el Glamorgan pudo detectarlo por radar en el último momento, lo que le permitió ejecutar un brusco viraje para ponerle la popa. Así, el Exocet sólo le atizó en el hangar de helicópteros, haciendo estallar al Westland Wessex que estaba dentro, provocando un fuerte incendio y matando a trece tripulantes. Pero logró alejarse, renqueando.

¿Cómo es posible que no lo vieran llegar? Bueno, es que el Exocet es un misil rozaolas (sea-skimming). Y, diga lo que diga la propaganda habitual, los misiles rozaolas eran y siguen siendo muy difíciles de detectar con tiempo suficiente para hacer algo. Es que la Tierra es curva, sabeusté. Cuando algo vuela a muy poca altitud, queda por debajo del horizonte según se ve desde su objetivo, y eso vale tanto para los ojos como para el radar. Al aproximarse por debajo del horizonte radar, el Exocet simplemente no es detectado hasta que está ya encima como quien dice. Y si ya está encima, como recitamos en román paladino, te queda el tiempo justo para besarte el trasero y decirle adiós.

Lo que nos conduce a la defensa más eficaz en guerra moderna: que no te vean, ve tú al enemigo antes que el enemigo a ti. Esto ha sido efectivo desde siempre, pero en la actualidad es ley e incumplirla se castiga con la muerte. Atrás quedaron los tiempos de andar buscándose las vueltas con clarines, trompetas y banderones. Si puedes ver al enemigo antes de que el enemigo te vea a ti, puedes dispararle antes de que te disparen a ti. Y si tu arma hace lo que tiene que hacer, es probable que ellos sólo la vean llegar cuando ya estén a punto de comérsela sin patatas ni nada.

Para que no te vean, lo más eficaz es mantenerse disimulado en el ruido de fondo hasta que llegue el momento de atacar. Con las tecnologías de detección contemporáneas, mantenerse oculto por completo resulta casi siempre muy difícil e incluso imposible. Pero un buen camuflaje, una buena maskirovka, puede obrar efectos asombrosos. Disimularse en el ruido suele ser mucho mejor que pretender absurdamente que no estás allí en absoluto. La otra alternativa es, obviamente, mantenerse a distancia suficiente e ir recopilando pacientemente la información necesaria para lanzar un buen ataque por sorpresa desde fuera del alcance del enemigo.

En general, la espada ha demostrado históricamente ser mucho más poderosa que el escudo. La espada elige arma, táctica, espacio y tiempo; el escudo tiene que permanecer ahí todo el rato, gastando energía y recursos, esperando a ver si viene alguien o no, siempre expuesto a discreta observación y análisis para hallar sus puntos débiles. Los misiles, la última evolución de la flecha o la lanza, se acoplan perfectamente a este papel de espada. La única defensa segura es inutilizarlos antes de que lleguen a atacar, o mantenerse lejos de su radio de acción. Una vez en el aire, resultan muy difíciles de detener y su efecto es devastador. Por eso y por lo que decía al principio, los veremos cada vez más, durante mucho tiempo más.


Ejercicios de tiro con antiaéreos S-300 (ca. año 2000).

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¡Qué malo!Pschá.No está mal.Es bueno.¡¡¡Magnífico!!! (63 votos, media: 4,92 de 5)
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